jueves, 1 de junio de 2023

La muerte en diferido

Lightning Over Water (Wim Wenders & Nicholas Ray, 1980)

La mort en direct (Bertrand Tavernier, 1980)

Si Godard pasase por Alphaville –la de aquí, no la “capital del dolor” del Profesor Nosferatu, el “hombre a abatir” por Lemmy Caution– a últimos de Marzo, se encontraría con un programa de los que le gusta –a falta tan solo de alguna película suya– montar en Montréal o Rotterdam, un alucinante “viaje” organizado conjuntamente por el azar y la coherencia. En una sala sigue resonando la obra maestra de Nicholas Ray que tanto le influyó y le entusiasma todavía, Johnny Guitar (1954); en la cafetería se puede dialogar con Wim Wenders en persona o a través de su obra; en otro cine hay que asistir al sobrecogedor espectáculo de automoribundia que firman conjuntamente estos dos cineastas, Lightning over Water Nick’s Movie(1980) y al lado se proyecta Death Watch o La Mort en direct(1979), un film que, curiosamente, es su contrario y complementario, como diría Machado.

Tanto el francés Bertrand Tavernier –coautor del libro Trente ans de cinéma américain– como el alemán Wim Wenders –director de El amigo americano tienen treinta y tantos años y fueron cinéfilos y críticos antes de realizar –ya en los 70– su primer largometraje; los dos son muy aficionados a dedicar sus películas a cineastas fallecidos.

Tanto La muerte en directo como Relámpago sobre agua están habladas en inglés y se rodaron en tierras anglosajonas, en Glasgow y Nueva York, respectivamente, con intérpretes, guionistas y técnicos en buena parte americanos. Y no acaban ahí los paralelismos: ambas tienen el cine por tema, y entendido, según Cocteau, como la tarea de filmar la muerte en acción. Cine y Muerte, pues, unen y separan estas apasionantes películas. Porque si Tavernier nos narra una ficción, Wenders nos cuenta –en primera persona, con voz en off retrospectiva, de thriller– la auténtica pasión y muerte de Nicholas Ray; estamos seguros de que Romy Schneider no muere al final de Death Watchy de que el encargado de filmarla, sin que se dé cuenta, mientras el cáncer la destroza (Harvey Keitel) sólo finge enamorarse de su hermosa presa, y en cambio sabemos que Ray murió de cáncer antes de terminar lo que no llegó a ser Lightning over Water –sino algo así como Wim ’s Nick ’s Movieque él mismo encomendó a Wenders levantar acta cinematográfica de su ruina física, y notamos que el discípulo siente verdadero afecto por su maestro moribundo.

Pero supongamos que cae en Lighning over Water algún incauto que nada sabe de Ray ni de Wenders, o tan sólo que han hecho, respectivamente, Johnny GuitarEn el curso del tiempopero ignora que el autor de The Lusty Men falleció el 17 de junio de 1979 y que ese chico con gafas es el director de El amigo americano en persona, y no el actor que hacía de hijo de Angie Dickinson en Vestida para matar¿Verá la diferencia que existe entre este film y el de Tavernier? Porque es obvio –los diálogos lo señalan explícitamente– que Ray interpreta un papel –al menos, lo intenta, y en ocasiones lo consigue– que actúa, que recita unos versos de El rey Lear; en cambio, la dirección de actores de Tavernier se pliega a los postulados de la verosimilitud, por lo que, paradójicamente, se nota menos que todo es simulación. Además, La muerte en directo es una película más narrativa y dramatizada que Relámpago sobre agua; en la que –pese a exhibirse su segundo montaje– el documento angustioso y desolador mina y corroe el espectro incompleto de la trama ficticia urdida por Ray como caparazón autoprotector y plataforma expresiva, maniobra ante la que Wenders no oculta su reticencia. ¿Cabe, entonces, que alguien pueda encontrar más “real” el film de Tavernier que los despojos y jirones de Ray que Wenders recogió y recompuso con una mezcla de horror y respeto, admiración y pánico, impudor y escrúpulos que desconcierta e inquieta tanto como emociona y deprime, pese a hacer el primero ciencia-ficción novelesca y el segundo una mezcla de cinéma-vérité y psicodrama, llevada a sus últimas consecuencias? Sería preciso averiguarlo. También habría que estudiar la presencia –invasora y proliferante, como la del cáncer– de la televisión y el “videotape” en las dos, y el sentido que pueden tener expresiones como “cine directo” o “filmación en directo” cuando hay algo más que una retrasmisión de acontecimientos incontrolados. Está claro, por ejemplo, que ni el film de Ray/Wenders ni el de Tavernier tienen el carácter inmediato de un partido de fútbol visto por televisión mientras se juega, ni el que conserva la cuarta vez que se contempla –a toro pasado– el “golpe del almendruco” (gracias, quizá, a que la telecámara siguió funcionando sin operador); que hay en ambas películas no ya tensión y trama –de la que no carecen las competiciones– sino, en mayor o menor grado, premeditación, estilización y representación, esto es, “puesta en escena” y “visión ordenadora” que convierten todo film en “drama diferido”, pero que, sin embargo, el cine no sabe conjugar más tiempo verbal que el presente indicativo: tanto si relata hechos realmente acaecidos unos meses antes como si inventa sucesos hipotéticos, más o menos probables, y los sitúa en el futuro, todo pasa exclusivamente en el momento –entonces presente– en que se rodó y para los espectadores, en el instante en que lo vemos en la pantalla.

Por eso Nicholas Ray agoniza cuatro veces al día en un cine mientras –paradoja que justifica el arte, ya que todo lo hacemos, si no para vivir, por placer, para pasar el rato o por afán de expresarnos y comunicarnos, para dejar alguna huella de nuestro paso por el mundo–, en una sala vecina, permanece vivo, vibrante y elocuente en las imágenes llenas de color, emoción y furia de Johnny Guitar.

En Alphaville Noticias nº 3 (Marzo de 1981) 

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