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miércoles, 19 de noviembre de 2025

Cary Grant: el arte de saber estar

La muerte de Cary Grant sorprende más que otras porque nos habíamos acostumbrado a su ausencia actual, pero no habíamos dejado de verle —en pantalla— perennemente joven o, a lo sumo, maduro; nunca viejo o caduco. Se nos antojaba, si no eterno, por lo menos permanente. Aunque supo retirarse a tiempo —hace veinte años ya, con una tibia comedia premonitoriamente titulada «Anda, no corras» en inglés—, sus intermitentes apariciones —más o menos publicitarias— en la prensa, sonriente siempre y aparentando menos edad de la que tenía, contribuyeron a mantener vivo el recuerdo de sus grandes actuaciones, caracterizadas por una singular combinación de naturalidad y elegancia, y siempre enriquecidas por una especial ironía, por un sentido del humor que hizo de él, pese a ser inglés, quizá el más grande de los actores americanos. Porque, aunque nacido en Bristol y educado en Gran Bretaña, de la que inequívocamente procede su «flemática» actitud en la pantalla, Archibald Leach fue siempre un actor por completo ajeno al naturalismo, que interpretaba mediante la estilización de la conducta y de los gestos, sin caer jamás en el exceso ni bordear la caricatura: nunca se le vio realmente en apuros, pues siempre había entre él y el personaje que encarnaba una cierta distancia, hecha de humor, escepticismo y «juego»; era tan evidente su seguridad, se notaba tanto que estaba disfrutando mientras actuaba, que no era posible olvidar que estaba interpretando.

Esto limitó, en algún sentido, su radio de acción como actor, vedándole personajes neuróticos, excesivamente preocupados, torpes o rústicos, pero le catapultó a la cumbre de la «alta comedia». Ni siquiera Hitchcock consiguió hacer que creyéramos en su maldad o que temiésemos en serio por su vida —Sospecha, Con la muerte en los talones—; aunque su obeso compatriota y el flaco Hawks lograron eludir su habitual simpatía —Encadenados, Sólo los ángeles tienen alas—, nunca hubiéramos podido tomarle por un tonto o un maleducado. De cuando en cuando intentó romper con su imagen despreocupada, y en este sentido None But the Lonely Heart de Clifford Odets es la excepción que confirma la regla, pero hizo bien en no insistir en el western ni en el film de guerra, porque no era ése su terreno más adecuado. Era otro su ambiente, y en él supo moverse como pez en el agua. En el melodrama discreto —Tú y yo de McCarey, por ejemplo— y en todo tipo de comedias no tuvo igual, porque en esos géneros no tenía límites, como demostró el estrepitoso ridículo que hicieron cuantos tuvieron la osadía de tratar de imitarle.

Supo mantener el tipo en medio de la locura —La fiera de mi niña, Arsénico por compasión— o sumarse a ella con equilibrado entusiasmo —Me siento rejuvenecer—, lo mismo que logró conservar la dignidad y la compostura en las situaciones más delicadas, sospechosas o comprometidas —Página en blanco, Charada, Atrapa un ladrón, Con la muerte en los talones, Indiscreta—, durante toda una larga carrera profesional en la que se cuentan con los dedos de una mano las películas carentes de interés: pocos actores han conseguido elegir con tanto acierto guiones y directores, y quizá ninguno cuente tantas obras maestras en su filmografía; hasta tal punto es así que su presencia constituye una garantía casi absoluta, y sólo extraña que nunca tratase de pasar al otro lado de la cámara.

Siempre me ha llamado la atención que ni el inglés ni el francés —to be, être— distingan, como lo hace en cambio el castellano, entre ser y estar, y que utilicen el mismo verbo —to play, jouer— para actuar y jugar, indiferenciación semántica que tiene, sin duda, consecuencias a la hora de interpretar un papel, tanto en la ficción como en la vida real. Si un actor puede ilustrar a la perfección esa concepción de la representación, ése fue, sin duda, Cary Grant, probablemente la persona que más ha disfrutado haciendo —sin aparente esfuerzo— su trabajo. Es evidente que le divertía hacer cine, y esa fruición es contagiosa.

Seguro que se tomó la muerte con mucha calma; como siempre, con elegancia; quizá hasta con humor.

En Manhattan nº 1 (enero de 1987)

lunes, 5 de febrero de 2024

Cary & Gary

Nunca fueron rivales; sólo coincidieron en una película. No salieron juntos ni parece que los encargados del reparto dudasen entre uno y otro para ningún papel. Estrictamente coetáneos, estrellas casi desde el principio, recorrieron tres décadas del cine sonoro americano (Cooper empezó en el mudo) y frecuentaron casi todos los géneros, aunque Grant no hiciese nunca un “western” – cuesta imaginarle a caballo, aunque le hayamos visto practicando la hípica o la caza del zorro –, Cooper no se cruzase con el “musical” y ninguno de los dos interviniese en un film “negro” en sentido estricto. Dramas y comedias eran su terreno, Gary más próximo a los primeros, Cary más en su salsa en las segundas. Los dos fueron lo bastante inteligentes (y poderosos) para hacer buenas carreras, y trabajar – en varios casos, más de una vez – con casi todos los grandes directores. Capra, McCarey, Sternberg y Hawks, por ejemplo, emplearon a ambos. Lang, DeMille, Wyler, Vidor o Wellman solo a Cooper; Hitchcock, Lubitsch o Cukor solo a Grant. Ford a ninguno de los dos.

A primera vista, en nada se parecen. Tímido, de pocas palabras, serio, dubitativo, preocupado, responsable, formal, decente, honrado, rural Gary. Seguro de sí, brillante, divertido, parlanchín, pícaro, ambiguo, urbano, refinado, mujeriego Cary. En última instancia, encarnaban dos estilos muy diferentes de ser fundamentalmente lo mismo: buenas personas. De ahí que ni Hitchcock – con el más escurridizo y menos transparente – consiguiera hacernos dudar de él, y menos todavía Michael Anderson tratando de que creyésemos a Gary Cooper culpable. Eran de fiar. Pero los dos fueron siempre actores comedidos, sobrios; y fueron siempre ellos mismos. Es decir, no eran (pisaran o no las tablas) actores de teatro, sino puramente cinematográficos. Usaban todo el cuerpo, su forma de moverse, sus andares, su complexión, su estatura. Y sobre todo, su rostro, y dentro de él sus ojos. Los dos sabían ser “actores pasivos”: es decir, dejarnos ver cómo escuchan, cómo miran, cómo piensan, cómo reaccionan y cómo se comportan; eso, más que el diálogo y los argumentos define a sus personajes.

Este “duelo” de actores parece, a primera vista, una exhibición de contrastes. En el fondo, son dos reflejos en el espejo de la cámara y la pantalla, entre los que el espectador puede dudar, difícilmente elegir excluyendo al otro: ha de optar por los dos. Son dos enfoques personales de un mismo estilo interpretativo, que consiste en estar ante la cámara – más que actuar – y vestirse con los trajes de los sucesivos personajes sin dejar de ser uno mismo.

En el programa de la Filmoteca Española (febrero de 2004).