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viernes, 9 de octubre de 2026

The Story of Dr. Wassell (Cecil B. DeMille, 1944)

"¡Qué grande es el cine!" (17/11/2003)

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Si hay un director que haya sido durante muchos años célebre, y cuando no solían ser ni conocidos, junto con Griffith y más tarde Hitchcock, ese fue, sin duda, Cecil B. DeMille. Lo curioso es que su fama, más que eclipsarse u olvidarse, se haya tornado en mala fama y que no haya logrado sacudírsela, pese a que su imagen peyorativa se compone esencialmente de falsedades, en su mayoría desmentidas por la visión desprejuiciada de sus películas. Pero se le sigue motejando de "maestro del cartón piedra" cuando se jugó la vida, y sin duda la acortó, por empeñarse en rodar en Egipto buena parte de su última obra, la segunda versión de Los Diez Mandamientos.

La película de esta noche, simplemente titulada en origen "La historia del Dr. Wassell", es una de las menos conocidas en Europa, ya que se rodó en plena guerra mundial; es también una de las que, para colmo, tienen peor reputación, basada, se diría, en una lectura prejuiciada y poco atenta de su resumen argumental -que difícilmente puede hacer justicia a una película que, pese a la reconocida capacidad de síntesis de Cecil B. DeMille, le exigió 2 horas y casi 20 minutos-; con la significativa excepción de los contados comentarios elogiosos que ha recibido, sus críticas recientes casi nunca dan la sensación de que el redactor haya visto la película.

A mí me parece una de las tres más grandes obras maestras de DeMille, que no son precisamente -aunque son muy buenas- las mudas, poco vistas desde hace mucho tiempo, sino, además de The Story of Dr. Wassell, El mayor espectáculo del mundo y la mencionada segunda versión -más que remake- de Los Diez Mandamientos, su testamento. Y como tengo a DeMille por uno de los grandes cineastas americanos de su generación, la más ilustre de todas, eso dará una somera idea de hasta qué punto admiro esta película, que me entusiasma cada vez que la veo y desde la primera.

Advertiré que es una película de una audacia narrativa inesperada y sorprendente en 1944 y en un cine como el americano, que casi todo el mundo se empeña todavía en considerar, contra toda evidencia empírica, como más uniforme y rutinario de lo que fue hasta hace poco, atribuyéndole una ficticia fidelidad a unos patrones narrativos tan simplistas y esquemáticos que prácticamente es imposible que se cumplan, olvidando, para colmo, que entre los rasgos que explican el frecuente y duradero éxito mundial del cine americano se cuentan, precisamente, su variedad y su capacidad para engullir y asimilar, haciéndola aceptable para la mayoría del público, casi cualquier innovación. DeMille, para colmo, fue uno de los fundadores del cine americano clásico, lo que significa que solía inventar sus propios patrones, en lugar de seguir modelos preestablecidos, entre otras razones porque no existían o eran, en todo caso, los de la competencia, los de sus rivales. Y, como suele suceder con los artífices que no se toman por artistas, aunque lo sean, no dejó nunca de intentar mejorar sus formas de narrar y mostrar, de entretener y emocionar, de crear espectáculo y aventura.

De hecho, es este afán el que le lleva a querer realizar cinematográficamente la odisea del Dr. Wassell, tras contársela a todo el país, por la radio, el Presidente Roosevelt. Como dice DeMille, entusiasmado, en el tráiler de esta película, la historia de Wassell "Tiene todo". La empresa le llevaría dos años de trabajo, y tiene una amplitud narrativa, un número de personajes, una variedad de escenarios y un empuje que anuncian las grandes películas de la etapa penúltima de otro cineasta hoy injustamente olvidado, el Otto Preminger de Éxodo, Tempestad sobre Washington, El Cardenal o Primera victoria. De hecho, sería fantástico, revelador e instructivo, por sus puntos comunes y sus divergencias estilísticas, poder ver seguidas, tras The Story of Dr. Wassell, They Were Expendable (1945) de John Ford, American Guerrilla in the Philippines (1950) de Fritz Lang y Primera victoria.

Si se considera -como yo- que hay pocos casos comparables al de DeMille, de un cineasta tan famoso pero en realidad tan poco (y tan mal) conocido, y con una imagen tan arraigada como falsa, es decir, tan calumniado e incomprendido, se trata de una buena ocasión para, al mismo tiempo que dar a conocer una grandiosa película que pocos habrán visto como la aquí llamada, muy bíblicamente, Por el valle de las sombras, intentar restaurar la reputación de un director que ni era primitivo ni primario, y mucho menos incapaz de evolucionar.

Lo primero que me maravilla -como en Mizoguchi o Anthony Mann, Ford o Stroheim- es recordar, al verlo un plano tras otro, con verdadero asombro, todo lo que cabe, perfectamente nítido, visible, inteligible, en un simple encuadre en pantalla cuadrada, sin necesidad de recurrir a formatos más vastos (lo que sólo haría en su obra final) ni a lentes especiales. Es una cuestión de saber disponer con orden y sentido de la perspectiva los elementos en juego, ordenarlos dinámicamente y en función de su jerarquía dramática, y de intuir, a continuación, dónde colocar la cámara para que en cada momento, sin llamar la atención hacia ella, capte y nos permita ver lo mejor posible lo que más interesa e importa al autor. Es decir, una cuestión de composición y encuadre, que hace posible reducir a los estrictamente imprescindibles los movimientos de cámara y, en consecuencia, evitar que distraigan nuestra atención, al competir con el espectáculo presente en la pantalla.

En cada caso, según el desarrollo y la densidad o complejidad de la escena y las características de su escenario espacial, la solución es distinta e individual, aunque responda, evidentemente, a los mismos objetivos generales, a los mismos principios éticos y estéticos. Nunca resulta reiterativa, ni sistemática o perezosamente acomodaticia, una puesta en escena en la que cada plano está concebido como si fuera autónomo, autosuficiente e independiente.

Otro factor que llama poderosamente la atención es cómo DeMille se las apaña para crear desde el primer momento un cierto aire de misterio, sugiriendo un secreto del pasado que despierta y alimenta la curiosidad del espectador mediante un sostenido "suspense", más narrativo que dramático. Intuimos la presencia subterránea de algún secreto oculto, que nos intriga y que queremos saber. Cada vez que -diferentes personajes, desde distintos puntos de vista- nuestra curiosidad empieza a verse satisfecha, que no saciada, y que en el proceso de desvelamiento es, de hecho, excitada, algún acontecimiento interrumpe el relato, y nos deja pendientes de que siga, ansiosos de que continúe. Es primero el mismo Wassell quien explica a un herido de su misma procedencia sus comienzos en Arkansas; luego es un antiguo ayudante chino el que muere a mitad de su relación, que ha anunciado como esclarecedora. Un tercer personaje pregunta luego a Wassell qué sucedió en China y abre así un tercer flashback, que no acaba de contarnos todo, porque hay parte de la historia que Wassell mismo ignora o cuyo desarrollo ha supuesto erróneamente. Incluso ya concluida la película, una voz en off sobre cola negra añade noticias frescas, de última hora, acerca de la suerte de uno de los personajes, posteriores a la terminación del rodaje, justo antes de dar comienzo a su distribución.

Es un grado de eficacia y maestría expositiva que debiera convertir en admiradores de DeMille a muchos que lo son meramente de boquilla, porque manifiestan una valoración que puede parecer, por falta de criterios, argumentos y explicaciones razonables y pormenorizadas, bien un capricho, bien un error ajeno que es muy vanidosamente asumido como cierto. Fluidez y ritmo son buenos aliados de cualquier exposición sintética y elíptica.

Entre las muy numerosas escenas que destacaría selecciono unas pocas:

- El bombardeo del hospital, con los enfermos debajo de las camas, en el que muere Ping a punto de desvelar una parte del misterio de Wassell.

- La escena de la ruptura Gary Cooper-Laraine Day.

- La escena entre Tremartini y Hoppy tras volcar su jeep.

- El reencuentro de Wassell con el Dr. Wayne.

- El mensaje radiofónico para Signe Hasso en el que Carl Esmondo retransmite la invasión japonesa de Java, solo, hasta que una ráfaga de metralleta le pone fin.

- Cuando, justo después, Gary Cooper le dice a la enfermera "The living can't affor the dead, Bettina", para que reaccione.

- Ataque de aviones al barco fugitivo; el Dr. Wayne herido, Wassell sorprendido al descubrir que su mujer no es, como creía, Laraine Day.

Texto preparatorio para la intervención en ¡Qué grande es el cine! (17 de noviembre de 2003)

lunes, 17 de julio de 2023

Union Pacific (Cecil B. DeMille, 1939)

La reposición de Union Pacific (1939) debiera ser ocasión para replantearse el caso de su autor y sustituir los tópicos que circulan sobre su obra por una visión más justa y actual. Para ello, convendría, ante todo, ver sus películas sin otra base de juicio que la única real que puede tenerse: aquellos de sus films que se hayan visto recientemente.

Como es frecuente en DeMille, el tema elegido responde a una serie de exigencias bien precisas: importancia histórica, espectacularidad y posibilidad de darle un tratamiento grandioso, mítico, bigger than life. La creación de un ferrocarril que, cruzando los Estados Unidos, enlazase la costa del Pacífico con la del Atlántico, cumple, como puede verse, estos requisitos.

Ahora bien, si su tema es histórico, no por ello puede considerarse a “Unión Pacífico” como un film histórico, pues, como ha sido frecuente en el cine americano desde sus primeros tiempos, la historia ha sido simplificada e idealizada a través de un quizá inconsciente, pero efectivo, proceso de mitificación. Contrariamente a lo que sucedía en el cine soviético de la época muda (y, en general, pre-stalinista), donde las películas épicas nos presentaban a un héroe colectivo, el Pueblo, sin que aparecieran por encima del nivel de la masa figuras descollantes, el cine épico hollywoodense ha tendido siempre a crear un personaje protagonista, un héroe individual que simbolizaría en su sola persona todos los atributos y virtudes del pueblo americano, hasta tal punto que se podría pensar que, sin la mediación de Jeff Butler (Joel McCrea) los Estados Unidos carecerían todavía de ferrocarril transcontinental. Este héroe emblemático, producto de un fabuloso esfuerzo de síntesis, sería totalmente irreal de no ser por los excelentes actores que solían encarnarlos, y que les otorgaban su propia e “ideal” personalidad. Sin embargo, a través de ellos hemos abandonado ya el terreno de la historia para adentrarnos en el del mito, habida cuenta, sobre todo, de que este carácter mítico ha sido coherentemente reforzado por el tratamiento estilístico que ha dado DeMille a la historia.

Efectivamente, todo, desde los encuadres a la construcción (emparentable, según los casos, a la balada o a la saga) del guion, pasando por la elección y caracterización de los actores-personajes, tiende a agrandar las dimensiones de la película, apoyada además en un maniqueísmo que, astutamente, sabía recurrir de vez en cuando a la ambigüedad; así el personaje de Dick Allen, interpretado por Robert Preston, o el simpático malvado Sid Campeau (Brian Donlevy). Aparece también, asociada a estos factores, una de las características particulares de DeMille —que le confiere una singular modernidad—: la mezcla de géneros, presente, me imagino, desde sus comienzos, pues se encuentra ya no sólo en la inenarrable “El prófugo” (The Squaw Man, 1931), que de comedia de alta sociedad inglesa pasaba a melodrama y luego a western melodramático, sino en el más antiguo de los films de DeMille que conozco, “La huella del pasado” (The Road to Yesterday, 1925). Así nos encontramos, simultánea o alternativamente, con escenas “históricas”, de western, de intriga más o menos policíaca, de comedia sentimental (en las que brilla el extraordinario talento de DeMille en la dirección de actores: véanse las escenas entre Mollie Mohnahan-Barbara Stanwyck y Jeff Butler, acompañados a veces por Dic Allen en una intriga triangular inocentemente pre-Jules et Jim).

Desgraciadamente, “Unión Pacífico” no consigue aún la sutileza que en este terreno lograría más tarde DeMille, en aquellas de sus películas que me parecen más importantes, “Los inconquistables” (Unconquered, 1947), “Sansón y Dalila” (Samson and Delilah, 1949) y, sobre todo, “El mayor espectáculo del mundo” (The Greatest Show on Earth, 1952). Además, la ausencia del color (y su asesora, Natalie Kalmus) y lo rudimentario de los decorados y transparencias —no desprovistos de encanto, por otra parte— le impiden acceder a la cosmicidad de “Los Diez Mandamientos” (The Ten Commandments, 1956) o al romanticismo aventurero de “Piratas del mar Caribe” (Reap the Wild Wind, 1942). Además, el guion está peor construido que —por tomar otro western mítico como referencia— el de “Búfalo Bill” (The Plainsman, 1936), de tal forma que las escenas quedan deshilvanadas y, como cada una de ellas tiene un desarrollo completo hasta culminar en un clímax épico, su dispersa sucesión produce cierto cansancio. Por último, es digno de mención un error que DeMille corregiría en su película siguiente, “Policía Montada del Canadá” (North West Mounted Police, 1940), y que es el de la solución del triángulo amoroso: Jeff Butler se enamora de Mollie, mientras que ella es seminovia de Dick Allen, antiguo amigo (aunque ahora enemigo) de Jeff, y, para salvar a su amado, Mollie se casa con Dick. Desde este momento resulta no sólo previsible, sino incluso inevitable, que Dick muera (por salvar a Jeff, encima) con el fin de dejar al héroe el campo libre. Este final se cumple infaliblemente, con la consiguiente decepción, que DeMille supo evitar al año siguiente permitiendo que el protagonista (Gary Cooper) partiera solo mientras Preston Foster conseguía el amor de Madeleine Carroll.

De todas formas, y aun siendo una de las películas menos interesantes de DeMille por las causas señaladas, en “Unión Pacífico” se manifiestan en todo su esplendor muchas de las características virtudes de DeMille, y así nos encontramos con una obra poco sutil, pero vigorosa, en que las peripecias más variadas y demenciales se suceden a cargo de una galería de personajes inolvidables, cuya mítica aureola contribuye a hacer del film una pieza importante del cine-epopeya americano, y digna de figurar en los “altares” de cualquier culto camp, y en mayor medida aún que otras películas de DeMille, estimables directamente por sus valores puramente cinematográficos.

En “Nuestro Cine” nº 91, noviembre-1969