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lunes, 9 de octubre de 2023

Vogliamo i colonnelli (Mario Monicelli, 1973)

Si Vogliamo i colonnelli (1973) se hubiese presentado, más pretenciosamente, como Cronaca di un colpo di stato (subtítulo apenas visible en la película, y no utilizado por la publicidad), y viniese firmada por cualquier fumista funcionario del P.C.I. o, al menos, del P.S.I., como Giuliano Montaldo o Florestano Vancini, o por un profesional de la «denuncia» como Elio Petri, Damiano Damiani o Gillo Pontecorvo, y no por el injustamente olvidado y «poco serio» Mario Monicelli (Rufufú, La gran guerra, Llegaron los bribones, Habitación para cuatro), nos estarían atronando los oídos y los ojos con cánticos a su excelencia. Como no es así, y pese a que el film parece haber estado cuatro años retenido por censura —y tal vez siguiera estándolo, de haberse intentado estrenar en Madrid el 24 de enero, y no justamente un mes después—, todo el mundo parece haberse puesto de acuerdo para disminuir su importancia, atribuyéndole una supuesta tosquedad de realización y detectando un cierto desfallecimiento en la parte final —precisamente la más inquietante, la más lúcida desde un punto de vista político—. Resultado: el film se proyecta sin pena ni gloria, ante la indiferencia y la abstención de los mismos que acuden en tropel a Sacco e Vanzetti, Il delitto Matteotti o, en la Filmoteca, a O Thiasos (film de Angelopoulos que me parece el gran bluff de los años 70), al parecer tan enardecidos por el flamear de banderas rojas que olvidan preguntarse por qué tantos films pretendidamente «marxistas» huyen del análisis como de la peste, zambulléndose en cambio en una confusión que contribuye activamente a aumentar, mediante juegos malabares con el tiempo que delatan una concepción cíclica de la historia —casi el «eterno retorno»— que poco tiene que ver con el materialismo dialéctico.

Como no tengo espíritu inquisitorial, ni de policía ni de delator, no me he molestado en averiguar la filiación política de Mario Monicelli, que, sin duda, será pública —como la de casi todos los cineastas italianos, expertos capitalizadores del partidismo—. En primer lugar, porque no veo por qué un demócrata-cristiano ha de ser mejor director de cine que un socialista, ni creo que la militancia en tal o cual partido constituya un antídoto contra la estupidez o la deshonestidad. En segundo lugar, porque me interesan más los resultados —el film que he visto— que las intenciones, que nada garantizan. En tercer lugar, porque no basta afiliarse al P.C. o declararse marxista para serlo, y muchos artistas proclaman una determinada militancia por puro interés, abonando una modesta cuota con la esperanza de hacerse con la publicidad gratuita de la prensa del partido en cuestión.

De modo que, para antecedentes, me atengo a otros: «por sus obras les conoceréis». Y entre Vancini (La calda vitaLe stagioni del nostro amore), Cavani (Francesco d'AssisiGalileoL'ospite), Petri (A ciascuno il suoIndagine su un cittadino al di sopra di ogni sospetto) y Monicelli, por ejemplo, me quedo, sin la menor duda, con este último, aunque conozco, mal su obra, ya que, por lo menos, ha dado prueba de una honestidad que echo a faltar en los otros y de un talento intermitente que en los restantes directores citados brilla por su ausencia. Para colmo, Queremos los coroneles cuenta con un guión de Age y Scarpelli, cuya filmografía es verdaderamente impresionante y va estrechamente unida a lo más valioso, a mi juicio, del cine italiano de géneros, bastante más interesante —salvo excepciones, como Rossellini, Bertolucci, últimamente los hermanos Taviani, esporádicamente Fellini o Visconti, y algún otro— que el cine italiano de autor, que es uno de los más promocionados y sobrevalorados del mundo, y que con frecuencia se confunde con el de los géneros considerados serios y respetables: el «político» —generalmente «histórico» e inconscientemente fascinado por el fascismo—, el «de denuncia» —a menudo confinado a Sicilia—, el «procesal» —que es una versión enmascarada y pretenciosa del simple giallo—, etc., géneros todos ellos que se han revelado últimamente más rentables que el de «resistencia», el spaghetti-western, el «peplum» o el de «terror», y capaces de competir con el «erótico».

En fin, tras este largo preámbulo, que trata de explicar, de algún modo, por qué prefiero, con mucho, directores como Vittorio Cottafavi, Pietro Germi, Dino Risi, Luigi Comencini, Mario Monicelli, Ettore Scola o incluso, a veces, Mario Bava, a prestigiosos autores como Antonioni, Fellini, Visconti, Rosi y sus congéneres de segunda o tercera fila, creo que ya es hora de ocuparse de Queremos los coroneles.

Como casi todo el cine italiano de género, Vogliamo i colonnelli descansa en un guión enormemente inteligente y lúcido, pero en clave genérica; en este caso, como es frecuente, es clave de comedia. Este mecanismo, semejante al empleado, en España, por Berlanga y Fernán-Gómez en sus mejores obras, o, en México, por Buñuel y Alcoriza en sus películas menos «libres», permite hablar de problemas actuales y graves sin llamar la atención, solapadamente, venciendo la resistencia que el público a que van destinadas pudiera oponer a su tratamiento explícito y alarmante. Son, hasta cierto punto, films de contrabandista, y por tanto posibilistas, enfocados con el disimulo necesario para atravesar las diferentes barreras que pueden encontrar en su camino: productores, censura, distribuidores, exhibidores, el propio público. Más que decir, sugieren o insinúan; prefieren mostrar sin señalar con el dedo, sin nombrar, o dejar ver, que demostrar o denunciar. Decididamente partidarios de la metáfora, del «ejemplo», del «cuento moral» y de la fábula —véase la certera exposición de la lucha de clases que hizo Comencini en Sembrando ilusiones (Lo Scopone scientifico, 1972)—, recurren con frecuencia a la trasposición histórica —al pasado, como ¡Dios mío, cómo he caído tan bajo! (Mio Dio come sono caduta in basso!, 1965) de Bava [sic]—, a la sátira —Sábado inesperado (Mordi e fuggi, 1973) de Risi— o a la parodia de los géneros «serios» —En nombre del pueblo italiano (In nome del popolo italiano, 1971), también de Risi, mucho más eficaz que los contramodelos de Petri o Damiani—, con el fin de disimular o, entre risas y sonrisas, «hacerse perdonar» lo que implican acerca de la sociedad y la política italiana.

Violgamo i colonnelli es una sabrosa —aunque no poco inquietante— fábula, que aborda como comedia un tema de política-ficción que ha estado a punto de convertirse en realidad en Italia y, no hace mucho, en nuestro país. Es un film que presenta un atentado ultraderechista dirigido contra un blanco (una catedral) que permita atribuirlo a la izquierda, con el fin de provocar la reacción de la masa conservadora del país y propiciar el golpe de estado planeado por un grupo de diputados «misinos», trasnochados, exaltados y folklóricos —de esos a quienes se tiende a no tomar en serio, porque son «cuatro gatos», o un 2'6 %—, en contubernio con algún destacamento militar «de élite» y con viejos generales fascistas —casi todos «gagá» y retirados o depurados, pero influyentes y dedicados a la nostalgia activa—. Toda la organización del «golpe» está contada con la habitual imaginación de Age y Scarpelli, con abundantes sarcasmos, con una gran sentido de la caricatura, y nos permite reconocer, con muy leves matices diferenciadores, toda una fauna neonazi que también pulula libremente —aunque ahora algunos de sus componentes empiecen a visitar la cárcel— por España: organizaciones juveniles paramilitares, agrupaciones de veteranos que resienten el ex- de la palabra ex-combatiente, hombres de negocios pre-conciliares y tradicionalistas, beatas de la alta burguesía y la aristocracia, nostálgicos de la monarquía absoluta, demagogos racistas, «cuerpos de choque» aficionados al brazo en alto y el taconazo, delincuentes a sueldo, paranoicos que ven conspiraciones «rojo-judeo-masónicas» por doquier y que encuentran «tontos útiles» y «compañeros de viaje» del comunismo hasta a los cristiano-demócratas. Dejo al espectador el divertido juego, bastante fácil, de ir emparejando a los personajes de la película con sus homólogos hispanos, y la triste reflexión de lo imposible que sería hacer hoy, en España, algo parecido a Queremos los coroneles.

El «segundo acto» de la película, también rico en «gags» mordaces, y con esa abundancia de ideas, gestos y detalles por plano que caracteriza a los mejores artesanos del cine italiano —y de la que en tan asombrosa medida carecen sus colegas más pretenciosos: piénsese en la astenia de las películas de Antonioni, en su falta de vitalidad, en la oquedad de cada plano, en el sonambulismo que impone a sus actores—, y a sus geniales intérpretes secundarios, narra el fracaso del golpe de estado ultra, frustrado por la cómica torpeza de sus ejecutores —no olvidemos que en 1973 hacía 28 años que se puso fin al fascismo organizado— y por una serie de fantasiosos azares, que acercan la película a la astracanada. Este «acto», el más divertido, el más fácil, el que sirve para «quitar hierro» a la lúcida aunque caricaturesca exposición del primero, no deja de ser bastante verosímil, como revelará el tercero y último, en el que se ha querido ver un desfallecimiento cuando lo que ocurre es, simplemente, que la imaginación deja paso a la lógica implacable de sus triste conclusión: denunciado por demócrata-cristianos, socialistas y comunistas el complot derechista (que ha descubierto, por casualidad, un periodista rápidamente silenciado) al ministro del Interior, éste les dice que se trata de un bulo infundado, bloquea la noticia —«para que no cunda la alarma»—, detiene a los tres dirigentes como «medida preventiva», y se dedica a controlar, a cierta distancia, el desarrollo del golpe, que hubiera aprovechado de tener éxito, pero que, una vez fracasado, utiliza como pretexto para suspender las garantías constitucionales y decretar el estado de excepción, justificándolas con la necesidad de impedir un contragolpe de la izquierda que sólo existe en su interesada imaginación. Y así, sigilosamente, desde el poder ejecutivo, con el apoyo del mismo y religiosísimo magnate de la electrónica que había financiado a los golpistas «ultras» y de otros elementos «civilizadamente» conservadores del poder económico, político, religioso, militar y policial, el ministro del Interior disuelve el Parlamento y, beneficiándose del ataque cardíaco que su intervención provoca en el venerable Presidente de la República, detiene a los «ultras» más conocidos y da, desde dentro, un «golpe de estado» destinado a impedir que otros lo den antes. Muy poco después, como nos muestra el deprimente epílogo del film —en una llamada de atención tan poco comercial como espectacular—, Italia está sometida a la dictadura del antiguo ministro de Interior, con un Gobierno «provisional» que aspira a la eternidad y está integrado por el «poder en la sombra». El estado de excepción se ha convertido en la norma —está prohibido que en las calles, desiertas, se reúnan más de dos personas; media población debe estar en la cárcel; la ciudad es constantemente patrullada por vehículos militares y tríos de policías—, pero el «cerebro» del fallido golpe, el «honorable» Trifoni (Ugo Tognazzi) está ya en libertad, tratando de vender su know-how a algún aspirante a dictador del continente africano.

¿No es éste un film político mucho más próximo a las circunstancias actuales del país que Sacco e VanzettiIl delitto MatteottiO Thiasos o tantos otros aún sin estrenar en España? Aunque parezca una comedia, aunque uno se ría a menudo —no siempre—, aunque mucho de lo que en él ocurre parezca absurdo o grotesco, ¿no lo parecen también los GRAPO, los Guerrilleros de Cristo Rey, Fuerza Nueva, la Hermandad de Covadonga y tantos otros grupos, agrupaciones y grupúsculos que, en total, representan el 2'6 % de la población censada mayor de 21 años de este país? ¿No serán también peones de otras fuerzas, más silenciosas, con mayor poder efectivo, que tratan de pasar desapercibidos y juegan sus bazas desde la sombra?

En "Dirigido por" nº 43, abril-1977

domingo, 4 de junio de 2023

Risate di Gioia (Mario Monicelli, 1960)

Es posible que, de todas las películas de Mario Monicelli que he visto o revisado conscientemente y en versión original, sea esta, poco conocida y, por ende, escasamente valorada, la que más me gusta e interesa, esto último, en parte, porque se aleja de la idea que uno puede hacerse de un cineasta como Monicelli, tan deliberadamente afiliado al artesanado que casi cualquier generalización acerca de su cine se me antoja a la par arriesgada y ambigua, porque será probablemente aplicable, o extensible sin forzar en exceso las cosas, a Luigi Comencini, Dino Risi o Mario Camerini, quizá a Pietro Germi -en un extremo- y a Stefano Vanzina “Steno” -en el otro-, entre varios con los que, a lo largo del tiempo, ha compartido guionistas, intérpretes, productores y técnicos, y con los que se le pueden hallar puntos comunes que, en realidad, probablemente sean ajenos a unos y otros, y pertenezcan más bien al acervo de un cine italiano industrial y de género, que durante un par de décadas o  tres cultivó con acierto varios géneros, no específicamente nacionales, pero con marcado acento italiano.

Ya la primera vez que tuve ocasión de contemplar Risate di Gioia (Llegan los bribones, 1960) a raíz de su tardío (y doblado, por supuesto) estreno en España, la preferí a otras películas suyas, más celebradas, de mayor éxito, quizá objetivamente mejores, como La Grande Guerra (La gran guerra, 1959), I soliti ignoti (Rufufú, 1958) o I compagni (1963), motivos suficientes para no menospreciar su talento y recordar su nombre, entre un número considerable de obras menos ambiciosas o no tan logradas, pero igualmente apreciables y disfrutables, dentro de un nivel medio singularmente digno para una filmografía tan dilatada y copiosa como la suya.

Es una película de tonalidad muy singular e insólita; lo era en su tiempo, y lo ha resultado cada vez más a medida que pasaban los años y conseguía revisitarla. Hoy sería prácticamente imposible plantear un proyecto semejante, más todavía encontrar financiación para realizarlo, y no hablemos ya de conseguirle un distribuidor o lograr atraer a un público suficientemente numeroso como para recuperar la inversión -que sospecho considerable para esos tiempos-, olvidándonos por completo de que los actores empleados, y elegidos con acierto asombroso, no han tenido sucesión entre los actualmente disponibles.

Sin duda, el fichaje de Ben Gazzara y Fred Clark se interpretaría como una tentativa de internacionalización (paradójicamente, doblados), de las que son frecuentes en el cine italiano (II bidone [Almas sin conciencia, Federico Fellini, 1955], II grido [El grito, Michelangelo Antonioni, 1957]), aunque la película en cuestión no trate de pasar por americana y sea inconfundiblemente italiana. De ser Monicelli un joven cinéfilo, sospecharía que trataba de hacer ver lo que Shadows (1959) debía al cine italiano (aunque Cassavetes no había usado aún a Gazzara) y cierto Fellini a Tashlin. Descartada tal hipótesis -Monicelli no ha sido nunca el todavía nonato primerísimo Bertolucci-, concluyo que los elegiría por su facha y su manera de moverse, que habría visto Anatomy of a Murder (Anatomía de un asesinato, Otto Preminger, 1959) y encontrado en el gran Ben la encarnación de la ambigüedad resbalosa, versión dura (Sordi sería su variante quejumbrosa). Combinarlos con Anna Magnani y Totò es una de esas ideas arriesgadas, de resultados imprevisibles a priori, que a veces, como en este caso, se revelan un hallazgo.

Lo curioso es que, a partir de elementos casi tópicos, tomados de una novela de Moravia, Risate di Gioia sea una película indiscutiblemente moderna, liberada del relato que le sirve de armazón, y de conclusión imprevisible. De ahí su extraña libertad -muy superior a la de películas de Monicelli más redondas, más dependientes de la narración, de la estructura cerrada del guión-, que está entre Cassavetes y el Godard de Vivre sa vie (Vivir su vida, 1962) y nos introduce en un estado de expectación distanciada decididamente insólito. Sabemos -desde las conversaciones telefónicas para ir a la fiesta- más de la verdadera situación de los personajes que ellos mismos, somos más conscientes de la hipocresía o el interés que intervienen en sus relaciones, de su soledad, de que nadie los soporta, menos aún los quiere, y contemplamos sin poder hacernos ilusión alguna su estado de abandono, hasta qué punto son prescindibles para los demás. Algo que no he vuelto a atisbar hasta Ginger e Fred (Ginger y Fred, 1985) de Fellini, y aquí sin que ronde siquiera el fantasma del patetismo. Lo que a las claras nos muestra Monicelli, a guisa de presentación, excluye toda tentación de compasión. Vemos cómo les dan de lado, los rehúyen, cómo hacen el ridículo, fracasan, se meten en líos, no se enteran de nada, fracasan reiteradamente y están dispuestos a alquilarse aunque nadie puje por sus servicios. Vemos cómo se cuelan en una casa, en plan de polizones gorrones, y allí les pillan robando. Qué manera de acabar un año y empezar otro -volviendo a las andadas, sin cumplir propósito alguno de enmienda-, y de engañarse a ellos mismos, unos por negarse a comprender que ya no serán nunca lo que creen que fueron, otros porque al verse en el espejo ven que se les pasó la hora, que ya no tendrán ocasión de ser nadie, de conseguir nada. Pero la película es triste y divertida a la vez, como las de Chaplin. Hay mucho frenesí, movimiento, desorden, captados con serenidad por una cámara que el responsable sabe dónde colocar, cuándo dejar quieta y cuándo moverla, para dar a ver con claridad, ordenadamente, sucesiva o simultáneamente, sin confusión. Se ríe uno, pero no precisamente de alegría. Más bien para no llorar. Y se acaba cuando y como debe.

En “Mario Monicelli”. Editado por Festival de San Sebastián y Filmoteca Española. Septiembre 2008.