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lunes, 21 de septiembre de 2026

La cicatriz/The Scar (Pablo Llorca, 2005)

La mano escondida

La historia que nos cuenta, con emoción y claridad -aunque no sin misterio- Pablo Llorca en su quinto largometraje, sin duda el más clásico que ha realizado hasta la fecha, no puede ser de mayor actualidad -aunque cronológicamente situada antes de la caída del Muro de Berlín- y dramatismo. The Scar tiene cuanto parecería preciso para que el público acudiera a verla y saliese satisfecho, lo que en otros tiempos hubiera supuesto “un éxito”. Sin embargo -y es lamentable que así sea-, no creo que lo sea. Entre otras cosas, porque no se lo van a permitir. Se estrenará sin publicidad visible (sí, cabe tal paradoja), rodeada de tostones gigantes que a nadie satisfacen pero todos corren a ver como si les fuera la vida en ello, de modo que quién sabe -salvo el exhibidor que ha fijado de antemano sus días de vida- si estará en cartel lo bastante para que alguien la vea, y Llorca seguirá siendo un desconocido, pese a que -sin contar cortos, que no deja de rodar- ha hecho cinco películas desde 1989, todas interesantes, alguna notable, esta excelente.

Hizo, sí, películas raras; aunque hoy es raro lo más normal: no ya Bresson o Dreyer, ni siquiera Nicholas Ray o Fuller, hasta John Ford, McCarey o Hitchcock serían hoy considerados “raros” y consiguientemente marginados. Hay quien dice adorar a Cassavetes o respetar a Rohmer, pero habría que ver qué pasaría si se estrenase Faces; baste recordar lo sucedido cuando con Triple agente, el último Rohmer. Pese a sus antecedentes, la última de Pablo Llorca no tiene nada de rara; es, eso sí, singular, original, implícita y secretamente personal. Los actores, aunque excelentes, no son conocidos -Angela Pugh y Ludovic Tattevin-, pero hoy no lo son aquí las estrellas del cine francés. Habrán adivinado que, como los actores, los personajes son extranjeros: La cicatriz cuenta la relación de un danés un poco postizo y una irlandesa carnal e ingenua, que viven en Alemania. Como Llorca respeta la realidad, la película está hablada en alemán e inglés (y un poco en italiano), y, aunque española, no tiene nada que ver con este país cada vez más uniformemente pesado; por eso su verdadero título es The Scar.

Cada vez encuentro menos respuestas razonables a la pregunta de por qué van al cine los que todavía lo hacen: temo que a comer palomitas y a beber Coca-Cola, y que eligen dónde siguiendo los impulsos de la publicidad; de unos trailers que a mí me llevarían, si me fiase de ellos, a no ver nada, ni el último Garci, pues parecen hechos por enemigos de las películas. Si de verdad fuese alguien porque le interesase el cine, desde cualquier punto de vista, no dejaría de ver The Scar. Tiene algo para los que desean que les cuente una historia, con dramatismo e intriga; para los que quiere aprender, he aquí una película verdaderamente bien hecha, sin alardes ni efectismos, con precisión, soltura y sencillez; para los que buscan una reflexión sobre el mundo presente o sienten interés por lo que se oculta bajo las apariencias inocuas de lo cotidiano; para los que se hayan preguntado si es lícito utilizar a las personas, si no se miente hasta por omisión, si no es un canalla el cobarde.

En El Cultural (21 de julio de 2005)

viernes, 15 de diciembre de 2023

Uno de los dos no puede estar equivocado (Pablo Llorca, 2007)

La afirmación que da título a esta película obliga a hacerse preguntas hasta el extremo de ponerle a todo un signo de interrogación. ¿Dónde estamos, qué sucede, quiénes somos, hacia dónde vamos, qué será de nosotros? Hace pensar en los interrogantes del famoso cuadro de Paul Klee. Lo cual ya, para empezar, no es lo habitual en el cine. De ningún país, de ninguna época. Salvo muy contadas excepciones, muy de tarde en tarde.

¿Es el personaje misterioso y con poderes que encarna Luis Miguel Cintra el Diablo, como proclaman los títulos y a veces uno sospecha que, en efecto, pudiera serlo, aunque un diablo extremadamente educado, grave, crítico pero más bien parece un benigno perturbador, un tentador responsable? Pero, ¿un diablo enamorado? Eso sí, de una no menos misteriosa y hermosa mujer independiente, bienhumorada y decidida, Almudena (Mónica López), cuyo labio y barbilla están surcados por una cicatriz que no logra afearla, sino más bien atraer hipnóticamente hacia ella todas las miradas.

¿Qué relato extraño se va tejiendo, sin orden visible pero con calma, a lo largo de esta película no ya elíptica sino resueltamente saltarina, melancólicamente alegre, que pasa como por arte de magia (de la magia del montaje) de un rincón a otro del mundo, de un paisaje desértico a una selva verde y espesa, y de un tiempo pasado a otro tal vez futuro o hipotético, en la que tanto el diablo como otro enigmático personaje (Alberto Sanjuán) intercambian tremendas historias de destrucción y caos?

¿Cómo se combina tan tranquila y felizmente una escena de comedia, otra de sátira política, quizá una de suspense y otra de apocalipsis anunciado, con un, en el fondo, escéptico o tal vez nostálgico romanticismo, o con una de las raras – y más largas y emocionantes - escenas de baile de una pareja de todo el cine español, algo no visto ni soñado por lo menos desde El Sur (1983) de Víctor Erice?

Y no hay en esta excepcional película, como pudiera pensarse, ni desorden, ni estridencias, ni superficialidad, ni chistes fáciles, ni grosería ni cursilerías, ni sensacionalismo alguno ni autopromoción autoral, sino una especie de sobrio y nunca sombrío dramatismo, de nostalgia por lo que quizá pudo ser pero no fue y es ya imposible recobrar porque, si somos realistas, el tiempo no se detiene y la vida sigue y pasa, y los pasos dejan huellas y las huellas no se borran porque, en todo caso, se recuerdan.

Texto preparatorio para la presentación de la película en los “Encontros Cinematográficos” de Fundão (abril de 2018).