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miércoles, 11 de marzo de 2026

Tanaka Kinuyō, cineasta

Quizá la más famosa actriz de cine japonesa, Tanaka Kinuyō –permítaseme seguir el uso oriental de anteponer el apellido al nombre propio–, nacida en 1910 y muerta en 1977, fue, según parece –y supongo yo que lo lograría precisamente por ser una estrella–, si no la primera mujer, al menos la segunda o tercera que dirigió en el Japón, aunque lo cierto es que la recién “desempolvada” Sakane Tazuko sólo hizo un corto, Kaitaku no hanayome (1943), que sospecho no se conserve, y que de la supuesta segunda, Irie Takako, no he encontrado la menor huella como realizadora. Por lo demás, que yo sepa, tampoco hubo muchas desde entonces –hoy sólo se me ocurre Kawase Naomi–, pese a lo cual muchos ignoran acerca de Tanaka Kinuyō precisamente su carrera como directora.

Fue una carrera ciertamente breve: tres películas en blanco y negro, y en las que aparecía, aunque nunca como protagonista, entre 1953 y 1955; otras tres, en Scope y dos de ellas en color, entre 1959 y 1962. Es una filmografía que hasta hoy mismo ha permanecido olvidada: en Cahiers du Cinéma, si no me equivoco, ha habido que esperar al número 784, de febrero de 2022, para encontrar un texto sobre ella, motivado por el tardío estreno en salas parisinas y la edición en DVD de sus seis películas. Además, permanece olvidada, pues han sido películas muy poco vistas y con muy escasa circulación.

Aunque la primera de ellas llamó un poco la atención, y la revista Kinema Jumpō la incluyó entre las mejores películas japonesas de 1953 (la 22) y la tercera fue considerada la 16ª de 1955, la única posterior que fue clasificada fue La princesa errante, puesto 27º de 1960. Y ni una de las seis películas dirigidas por Tanaka figuró entre la lista de las cien mejores películas niponas de todos los tiempos publicada en 2008, ni entre las 200 contabilizadas en 2019.

Intrigado al darme cuenta de su existencia, en un catálogo que usó la Filmoteca en 1990 para programar un ciclo de cine japonés, yo las vi –prácticamente en solitario– en el cine Doré y me encontré de repente con que, como unos años antes Naruse Mikio y más tarde Shimizu Hiroshi (con quien Tanaka estuvo brevemente casada, por lo visto en secreto), Goshō Heinosukē, Shimazu Yasujirō y Kinoshita Keisukē, otro enorme cineasta japonés se añadía a Mizoguchi Kenji, Ozu Yasujirō y Kurosawa Akira entre mis favoritos de toda la Historia del Cine. Una auténtica revelación, a la que incomprensiblemente nadie había prestado atención.


Hay que señalar que Tanaka interpretó, entre 1924 y 1976, por lo menos 182 películas, 216 según otras fuentes, y que trabajó, casi siempre varias cuando no muchas veces, con prácticamente todos los grandes cineastas clásicos del Japón. Corre el rumor de que ella y Mizoguchi se pelearon a causa de su afán por dirigir, cuando contaba ya 43 años y había interpretado como poco unas 135 películas, quizá egoístamente, sospecho, porque temía dejar de poder contar con ella como actriz, aunque no fue así, ya que siguieron trabajando juntos en 1954; pero otros cineastas veteranos la apoyaron: el guión de la primera que dirigió era de Kinoshita, y el de la segunda de Ozu, y diez años después de su muerte Ichikawa Kon hizo una película (mediocre), Eiga joyū (1986/7) sobre parte de su biografía (sólo llega hasta 1952, es decir, omitiendo su tarea de directora). Casi todos los que conocieron a Mizoguchi sostienen que estaba enamorado de Tanaka, aunque ella, años después, insistía en que no era de ella como persona sino como actriz, nunca sabremos si por aversión al cotilleo, por pudor o por modestia.

Para mí es un misterio la ignorancia y el olvido en que han caído estas seis admirables películas, todas muy distintas entre sí, todas tan inteligentes, sobrias y elegantes como conmovedoras y lúcidas, que abarcan desde el intimismo a la acción violenta, el realismo cotidiano (para entendernos, una especie de “neorrealismo” que los cineastas japoneses practicaron desde el periodo mudo) y el cine histórico, sin signos ostentosos ni evidentes de femineidad, pero con una visión perceptible como una mirada de mujer, y a menudo centradas en problemas, dificultades o sufrimientos de las mujeres, en su fuerza, energía y decisión, en su inteligencia y capacidad profesional, en su paciencia, fortaleza, valor y sentido del humor, pero sin idealizarlas ni trazar una hagiografía general ni tratar a los hombres con maniqueísmo.

Aquí os mostraré algunos fragmentos de las tres primeras, que son las que, además, prefiero, pese a encontrar las seis admirables.

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viernes, 31 de marzo de 2023

Chibusa yo eien mare (Tanaka Kinuyō, 1955)

Tanaka Kinuyō (1910-1977) fue una famosa actriz, favorita de Mizoguchi y muy presente en las filmografías de Ozu y Naruse… y de casi todos los cineastas japoneses que hicieron cine entre 1924 y 1976, pues intervino en 214 películas. Es mucho menos sabido que entre 1953 y 1962 dirigió seis películas. De ellas logré ver ya cinco hacia 1990, y cuatro se cuentan desde entonces entre las que más me emocionan y admiran de cuantas he visto. Quizá la mejor sea Chibusa yo eien mare (1955), que al parecer significa "Pechos eternos"; es para mí la máxima obra cinematográfica dirigida por una mujer, y ninguna hecha por un hombre me parece superior. Pero podría decir lo mismo de las dos primeras que realizó, Koibumi (1953) y Tsuki wa noborinu (1954/5), que algunos días se alternan en pasar a ser mi preferida... y casi de las tres últimas. Es decir, una carrera de directora breve, pero extraordinaria y además variada.

De las múltiples historias que, como quien no quiere la cosa, cuenta Tanaka en esta su tercera película, me impresiona de modo especial una muy marginal. La protagonista, Fumiko, una mujer en trance de separarse de su marido, y poeta, visita - con su niña Aiko - a su amiga Kinuko, casada con el poeta Hori, que está enfermo. Kinuko tiene que salir, Fumiko mira un álbum de fotos (en el que aparecen los tres, más jóvenes, antes de la guerra); Aiko se queda dormida, y de pronto se pone a diluviar. Hori las acompaña hasta la parada del autobús, cubriendo a Fumiko (que lleva a Aiko cargada a la espalda) con un paraguas. Por el camino, Fumiko le dice a quien comprendemos quería que no volverá a visitarle. Un lento travelling les sigue, mientras ella le confiesa que sólo acude a las tertulias poéticas para verle.

Se paran junto a una valla, ante la parada del autobús, y la cámara sigue adelante un poco. Ella, en plano un poco más cercano, le desea felicidad con Kumiko; él advierte que se acerca el autobús. Hori la ayuda a subir y queda solo bajo la lluvia en la carretera, cubierto por el paraguas. (En la escena siguiente sabremos que Hori ha muerto).

Todo muy tranquilo, muy triste.
 
 

 
Actualización de 2020 de un e-mail a Álvaro Arroba de 2006 sobre “escena favorita” para la revista Letras de Cine

lunes, 27 de marzo de 2023

Koibumi (Tanaka Kinuyô, 1953)

This is a very difficult choice, but I will take a scene from one of the six films directed by the extraordinary Japanese actress Tanaka Kinuyô. I could have chosen almost any scene from any of her three earliest (and best) films as director. As in a similar poll I chose a scene from Chibusa yo eien nare (Eternal Breasts, 1955), I’m choosing now another, from her first effort as director, after having played at the other side of the camera in 147 films: Koibumi (Love Letters, 1953). This happens after some 35 minutes. Mayumi Reikichi (Mori Masayuki), who we already know passes time at train stations trying to find someone, overhears, hidden by a curtain at the store where he works as a writer of love letters in English from Japanese women to their departed American soldiers and former lovers, a voice that he thinks he recognizes, and runs after her across the streets of the city, until he sees finally Machiko (the graceful Kuga Yoshiko) already inside the train, and calls her. She comes out of the wagon, they look at each other on the platform, the train starts… and the scene ends. And then, after these 5 minutes, starts a very long (6 minutes) flashback which explains what happened to her from her childhood to her forced marriage, followed by another, terrible 5 minutes in which he reproaches her very rudely, tells her he lost uselessly for five years hopelessly searching for her (in Tokyo!), and she asks forgiveness and leaves, and then he hesitates for a moment before walking in the opposite direction. Of course, this is almost three scenes, but in really good films there are not isolated scenes for an anthology nor coups de théatre but rather what Robin Wood called “an organic structuring”, and that is what moves me very much, as someone that does not drive and therefore can imagine or project himself less in Vertigo’s Scottie (James Stewart) than in the more modest Mori looking across the crowds, waiting at bus or train or subway stations, walking and running after the woman he loves and has lost.


Respuesta a la pregunta sobre escena favorita en la revista finlandesa Filmihullu