Quizá la más famosa actriz de cine japonesa, Tanaka Kinuyō –permítaseme seguir el uso oriental de anteponer el apellido al nombre propio–, nacida en 1910 y muerta en 1977, fue, según parece –y supongo yo que lo lograría precisamente por ser una estrella–, si no la primera mujer, al menos la segunda o tercera que dirigió en el Japón, aunque lo cierto es que la recién “desempolvada” Sakane Tazuko sólo hizo un corto, Kaitaku no hanayome (1943), que sospecho no se conserve, y que de la supuesta segunda, Irie Takako, no he encontrado la menor huella como realizadora. Por lo demás, que yo sepa, tampoco hubo muchas desde entonces –hoy sólo se me ocurre Kawase Naomi–, pese a lo cual muchos ignoran acerca de Tanaka Kinuyō precisamente su carrera como directora.
Fue una carrera ciertamente breve: tres películas en blanco y negro, y en las que aparecía, aunque nunca como protagonista, entre 1953 y 1955; otras tres, en Scope y dos de ellas en color, entre 1959 y 1962. Es una filmografía que hasta hoy mismo ha permanecido olvidada: en Cahiers du Cinéma, si no me equivoco, ha habido que esperar al número 784, de febrero de 2022, para encontrar un texto sobre ella, motivado por el tardío estreno en salas parisinas y la edición en DVD de sus seis películas. Además, permanece olvidada, pues han sido películas muy poco vistas y con muy escasa circulación.
Aunque la primera de ellas llamó un poco la atención, y la revista Kinema Jumpō la incluyó entre las mejores películas japonesas de 1953 (la 22) y la tercera fue considerada la 16ª de 1955, la única posterior que fue clasificada fue La princesa errante, puesto 27º de 1960. Y ni una de las seis películas dirigidas por Tanaka figuró entre la lista de las cien mejores películas niponas de todos los tiempos publicada en 2008, ni entre las 200 contabilizadas en 2019.
Intrigado al darme cuenta de su existencia, en un catálogo que usó la Filmoteca en 1990 para programar un ciclo de cine japonés, yo las vi –prácticamente en solitario– en el cine Doré y me encontré de repente con que, como unos años antes Naruse Mikio y más tarde Shimizu Hiroshi (con quien Tanaka estuvo brevemente casada, por lo visto en secreto), Goshō Heinosukē, Shimazu Yasujirō y Kinoshita Keisukē, otro enorme cineasta japonés se añadía a Mizoguchi Kenji, Ozu Yasujirō y Kurosawa Akira entre mis favoritos de toda la Historia del Cine. Una auténtica revelación, a la que incomprensiblemente nadie había prestado atención.
Hay que señalar que Tanaka interpretó, entre 1924 y 1976, por lo menos 182 películas, 216 según otras fuentes, y que trabajó, casi siempre varias cuando no muchas veces, con prácticamente todos los grandes cineastas clásicos del Japón. Corre el rumor de que ella y Mizoguchi se pelearon a causa de su afán por dirigir, cuando contaba ya 43 años y había interpretado como poco unas 135 películas, quizá egoístamente, sospecho, porque temía dejar de poder contar con ella como actriz, aunque no fue así, ya que siguieron trabajando juntos en 1954; pero otros cineastas veteranos la apoyaron: el guión de la primera que dirigió era de Kinoshita, y el de la segunda de Ozu, y diez años después de su muerte Ichikawa Kon hizo una película (mediocre), Eiga joyū (1986/7) sobre parte de su biografía (sólo llega hasta 1952, es decir, omitiendo su tarea de directora). Casi todos los que conocieron a Mizoguchi sostienen que estaba enamorado de Tanaka, aunque ella, años después, insistía en que no era de ella como persona sino como actriz, nunca sabremos si por aversión al cotilleo, por pudor o por modestia.
Para mí es un misterio la ignorancia y el olvido en que han caído estas seis admirables películas, todas muy distintas entre sí, todas tan inteligentes, sobrias y elegantes como conmovedoras y lúcidas, que abarcan desde el intimismo a la acción violenta, el realismo cotidiano (para entendernos, una especie de “neorrealismo” que los cineastas japoneses practicaron desde el periodo mudo) y el cine histórico, sin signos ostentosos ni evidentes de femineidad, pero con una visión perceptible como una mirada de mujer, y a menudo centradas en problemas, dificultades o sufrimientos de las mujeres, en su fuerza, energía y decisión, en su inteligencia y capacidad profesional, en su paciencia, fortaleza, valor y sentido del humor, pero sin idealizarlas ni trazar una hagiografía general ni tratar a los hombres con maniqueísmo.
Aquí os mostraré algunos fragmentos de las tres primeras, que son las que, además, prefiero, pese a encontrar las seis admirables.
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