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viernes, 23 de junio de 2023

The Spiral Staircase (Robert Siodmak, 1945)

Sí, puede decirse, como se ha escrito y se volverá a decir, que The Spiral Staircase congrega casi todos los que (retrospectivamente) cabría considerar como tópicos del cine de terror y de suspense, desde oportunas lluvias y truenos hasta animales con los que se tropieza, desde viento y ventanas que se abren a ramas que se mueven, chirridos y otros elementos típicos de una lista casi interminable, y que casi sin excepción hacen acto de presencia (oportuna y funcional) en esta eficacísima y muy disfrutable película de género más fluctuante que impreciso pero de gran precisión en su factura, realizada con impecable maestría por Robert Siodmak, un enorme técnico que a menudo añadía imaginación e inspiración a su casi invariable competencia y a su no desdeñable sentido plástico.

Y señalaba antes (discretamente) que esos reproches son sobre todo retrospectivos, porque a mi entender su influencia, tanto en películas inmediatamente posteriores (pienso en algunos planos de NotoriousEncadenados, 1946) como en otras ya bastante alejadas en el tiempo (como PsychoPsicosis, 1960, nuevamente de Hitchcock, o Bunny Lake is MissingEl rapto de Bunny Lake, 1965, de Otto Preminger), sin contar otras menos ilustres y que se limitaron a copiar (a menudo mal, de modo más efectista que efectivo) algunos o muchos de los aciertos de este film de Siodmak en el que, por el contrario, no sobra un plano –salvo unos cuantos, demasiados, del “ojo del asesino en serie”, curiosamente uno de los del propio Siodmak– ni pesa un segundo vacío, ni transcurre un minuto sin que algo nos inquiete o sorprenda, tentándonos a sacar conclusiones que una vez tras otra se revelan precipitadas, sin fundamento, provisionales o dudosas, y estas mismas percepciones erróneas las padecen prácticamente todos los abundantes personajes que pueblan la oscura y tenebrosa mansión de los Warren, una familia poco y mal avenida y no poco desequilibrada, propia de los relatos más o menos góticos, románticos o fantásticos que tanto abundan en la literatura anglosajona.

Porque, conviene advertirlo, aunque formalmente tenga puntos en común con ese género tan frecuentemente practicado por Siodmak, La escalera de caracol no es cine “negro”, sino una película “de época”, temporalmente situada en los primeros años del siglo XX, con calesas, teléfonos y películas que aún resultaban novedosas (como The Sands of Dee, 1912, de D.W. Griffith), y que indirectamente aborda –a través de un personaje que odia y desprecia toda deformidad o defecto físico, naturalmente sin darse cuenta de que mentalmente él está mucho peor que cualquiera de sus víctimas– la política de raza pura y superior y la tendencia a la eugenesia, la esterilización y la eutanasia de todos aquellos que consideraba enfermos o débiles que había predicado y practicado el nazismo (no se olvide que, aunque estrenada en 1946, fue terminada en 1945).

Por último, no conviene olvidar que, si el talento y la precisión de la puesta en imágenes de Siodmak es decisiva en el éxito de la película, es una producción de Dore Schary para la RKO, con el concurso de varios de los técnicos fundamentales de esa modesta productora, como el genial director de fotografía Nicholas Musuraca, el músico Roy Webb, los montadores Harry Gerstad y Harry Marker, los directores artísticos y decoradores Albert S. D'Agostino, Jack Okey y Darrell Silvera, además de contar con el guionista Mel Dinelli (el de House by the River, 1949/50, de Fritz Lang) adaptando (con muchas innovaciones) una novela de Ethel Lina White, la autora de The Lady Vanishes (Alarma en el expreso, 1938) de Hitchcock y de The Unseen (Misterio en la noche, 1944) de Lewis Allen. Sin olvidar a la excelente actriz Dorothy McGuire, en un papel sin diálogo ni voz, y a un montón de competentes secundarios.

Cineclub Santander, julio-2020

miércoles, 21 de junio de 2023

The File On Thelma Jordon (Robert Siodmak, 1949)

Tampoco El caso de Thelma Jordon, film “negro” ejemplar y más bien tardío dentro de la cronología del género, y quizá, para mi gusto, la obra cumbre de la larga y variada carrera de Robert Siodmak, se ha librado de la acusación de convencional, sin duda porque es tan característica y típica del género que buena parte de lo que se nos cuenta se nos antoja familiar y hasta lo tomamos, imprudentemente, por previsible, pese a que tanto la estrategia narrativa de Siodmak como la de su guionista (la infrecuente pero bastante ilustre Ketti Frings) y tal vez la del autor de la novela en que se basa, Marty Holland (el de Fallen Angel, ¿Ángel o diablo?, 1945, de Otto Preminger)  consiguen frustrar varias veces nuestras expectativas, y además con un criterio bastante realista: no son los personajes genios del mal, de la conspiración y de la astucia criminal, sino más bien aficionados chapuceros, que cometen errores hasta cuando hacen trampas a sus cómplices o improvisan coartadas poco convincentes con premura y atolondramiento.

Vista hoy, parece The File On Thelma Jordon un perfecto arquetipo del film noir en su vertiente individualista y no institucional, que es una de las muy fértiles variantes que caben dentro del género, con su buena dosis de imaginería casi expresionista (algo en principio nada hollywoodense, pero importado por Siodmak y los restantes alemanes y centroeuropeos que enriquecieron el clasicismo americano, cuando Hitler les forzó a la emigración) y sus personajes turbios y ambiguos, contemplados con una cierta curiosidad distanciada que evita toda tentación de fomentar la identificación o simpatía del espectador con ellos. Ni el personaje convincentemente interpretado por Barbara Stanwyck ni, sobre todo, el encarnado por el muy extraño y notable actor que fue Wendell Corey parecen fiables, y más bien inspiran permanente desconfianza, cuando no cabal sospecha. Algo suena a autoindulgencia y quejumbrosería, cuando no a victimismo, en la desesperación alcoholizada del asistente de la fiscalía que interpreta Corey, algo de falsedad y disimulo se percibe en cada gesto de Stanwyck: no parecen gente de fiar, y encima se precipitan y aturullan con facilidad, se ponen nerviosos y se agitan en todas direcciones sin una idea clara de qué hacer. Tememos por su suerte, pues es lo que nos están contando, y por su futuro, aunque sin poder creer que vayan a tener mucho ni que el que les quede pueda ser muy prometedor. Lo cual basta para mantenernos intrigados, en vilo, pendientes de lo que intuimos que se  proponen, casi deseando inconscientemente que se salgan con la suya o que se libren de lo peor que puede caerles encima, pero, al mismo tiempo, siempre conscientes de sus muy escasos escrúpulos y por ello, sin verdadera simpatía hacia ninguno de los dos, que reciben, en el fondo, lo que han hecho bastante para merecer.

Naturalmente, todo esto no suena a novedad y es fácil que hoy se trate, curiosamente, con cierto desdén, sin tener en cuenta que no está al alcance de cualquiera crear arquetipos ni mitos, como se siente en grado agudísimo en la mayor parte del cine que se hace hoy, que parece haberse quedado huérfano de dos de sus rasgos antaño esenciales: la fantasía y la imaginación, como prueba la abundancia –que tampoco es nueva, pero nunca tan abrumadora– de secuelas, series, remakes y versiones traspuestas de un género o una época a otro u otra. Si añadimos que Siodmak, como tantos muy hábiles artesanos que procuraban no aburrir y sacar el máximo partido de los argumentos que les encomendaban, está hoy olvidado –aunque tuvo mucho prestigio tanto en Alemania y Francia como en Estados Unidos, casi tanto como William Dieterle, Georg Wilhelm Pabst o Fritz Lang– y nada de moda, parece oportuno revisar películas como las suyas, que podrían aún servir de ejemplos en varios aspectos. Fíjense, por ejemplo, en la intrincadísima trama, llena de giros y con un nutrido elenco de personajes secundarios –entre ellos uno siempre descuidado o maltratado, el de la esposa engañada que interpreta Joan Tetzel–, que Siodmak cuenta magistralmente en tan sólo cien minutos; de rodarse hoy un remake, apuesto que la misma historia, peor narrada, exigiría como poco dos horas y cuarto, si no se inflaba y estiraba hasta convertirse en una serie de televisión.

Cineclub Santander, agosto-2020