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viernes, 28 de noviembre de 2025

El imperio Coppola

Relativamente "exigua" en número de películas —unas 25, aunque varias de duración superior a la normal—, para llevar ya cuarenta años en activo (al menos, si se compara su producción con la de los directores de la época habitualmente considerada hoy como "clásica"), la filmografía de Francis Ford Coppola se cuenta entre las pocas del cine estadounidense que todavía podríamos sin excesivo escándalo denominar "reciente" —el realizado precisamente en estos últimos cuatro decenios: empezó su carrera justo cuando se comenzaba a desmoronar el sistema, todo lo discutible que se quiera, que había hecho y mantenido la grandeza de Hollywood— que admitiría, sin inaceptable hipérbole —de las que tan a menudo suscita o provoca el personaje en cuestión, y no digamos tras su definitiva elevación a los altares en el cincuentenario del Festival de San Sebastián y en las casi sincrónicas votaciones decenales de las mejores películas de la Historia del Cine que organiza la académica revista británica Sight & Sound—, el calificativo de imponente, que con mucho prefiero —pese a su desuso— al de "colosal", a veces retóricamente (o por la creciente contaminación de la crítica por la jerga y hasta la intención publicitaria) aplicado a una obra que, junto a grandes superproducciones, cierto es, cuenta también en sus filas con piezas de normal y hasta relativamente modesto —para lo allí usual— presupuesto, y no por ello menos interesantes, significativas, logradas, importantes, impresionantes o emocionantes (que es lo que importa, más que su coste o su rentabilidad, no digamos su recaudación bruta en taquilla) que las que, por su volumen y amplitud, dominan el edificio —un tanto heteróclito e irregular— que poco a poco, con largos periodos de inactividad o trabajosa preparación y elaboración, ha venido construyendo el cineasta.

Dejando de lado sus otras muchas actividades, más suplementarias que verdaderamente complementarias —desde las iniciales de guionista hasta las hoy casi predominantes de empresario vinícola o promotor de revistas literarias o de información general, ahora Story, antes City; ¿será significativo el salto desde el espacio urbano a la narración?— que se disputan con la dirección su tiempo, su energía y su imaginación, e incluso dejando a otros colaboradores hipotéticos de este número de Nickel Odeon las iniciativas colaterales —como la producción de películas, propias o ajenas, o el "rescate del retiro", más bien tentativo (o quimérico e ilusorio) que real, quizá sólo lograra desempolvarlos de una triste capa de olvido, de cineastas admirados como Michael Powell y su puesta en contacto con otros, tanto ya igualmente veteranos como Michelangelo Antonioni o Kurosawa como (entonces) jóvenes europeos tipo Wim Wenders, Werner Herzog, Hans Jürgen Syberberg o Ivan Passer—, y no porque carezcan en si de interés (desde luego, para el propio Coppola a veces parecen tener más atractivo que su carrera como director), sino con el fin de tratar de despejar el abigarrado campo de visión que se nos ofrece, a primera vista, cuando contemplamos los trabajos (titánicos pero, desde fuera, de apariencia un tanto perezosa) de Coppola en su totalidad o en conjunto: bastante problemática resulta ya la unidad de su obra "personal" como para entretenerse en sus otras múltiples labores, que más bien añaden confusión, dispersión, desconcierto y hasta contradicciones difíciles de conciliar o de abarcar que orden y claridad.

Por mi parte, prefiero no tomar tampoco en consideración los impersonales subproductos que hizo más como meritorio o aprendiz que como autor, estos sí exageradamente carentes de los mínimos medios indispensables para llevar a divertido, si no buen fin, tan disparatados proyectos, evidentemente más ajenos que propios y, en todo caso, de muy leve interés (incluso como precedentes de algo por venir) y, por suerte, sin continuidad. Y no, conste, porque haya de avergonzarse de ellos ni deba el espectador procurar sortearlos, sino porque creo que a los artistas hay que valorarlos por lo mejor que hacen —sin excluir lo fallido, mientras sea también interesante o personal—, no por cuán bajo hayan sido capaces de caer, y menos todavía si esas insuficiencias o esos desfallecimientos lamentables se sitúan al arranque o al final de su carrera. Dejo a otros la colección y exhibición de "antecedentes penales", a menudo pistas falsas en cuanto al carácter de sus casuales perpetradores aprovechadas como arma arrojadiza por los envidiosos (conscientes o no de ello).

Lo primero que puede decirse es que, al repasar la obra cinematográfica en sentido estricto de Coppola, sea en el recuerdo, sea —mucho mejor— exponiéndose (uno y su memoria) de nuevo al impacto de las propias películas, la sensación predominante es, junto a la de riqueza, de confusión, desorden y hasta cierto agobio.

Parece difícil restablecer un mínimo principio de unidad, de identidad, hasta de orden, con las películas variopintas y multicolores que tienden a etiquetarse bajo el triple nombre de su "autor", Francis Ford Coppola, acto hoy ya reflejo en la mayoría de crítica, hasta cuando nada invita a semejante atribución en una filmografía, y para el que en este caso, de todos modos, suele haber base sobrada: normalmente (aunque hay excepciones), la iniciativa es de Coppola y el control también, por lo menos durante el rodaje; firme o no (y tiende a hacerlo, como guionista sindicado que fue antes de verse "promovido" a realizador), suele escribir los guiones o participar activamente (y, desde luego, casi siempre con derecho a la última palabra) en su elaboración o trasformación, incluso con anterioridad al rodaje (y no digamos en él, ni, para colmo, en el montaje, la sonorización, etc.); las decisiones últimas las toma él también, y suele ser su propio productor, con lo que rara es la ocasión en que ha logrado imponerle sus términos el poderoso estudio que financia o distribuye (o ambas cosas) sus caprichos, obsesiones y tablas de salvación (que de todo hay en su filmografía), aunque también pueden encontrarse encargos ocasionales (como el primer Padrino, el de 1972) de productores (en aquel momento, hoy casi ninguno lo sigue siendo) muy poderosos; a menudo emplea a parientes varios en los equipos técnicos y artísticos, incluso cuando no parece evidente (la actriz Talia Shire se apellida realmente como Francis Ford, y es su hermana), y en varias ocasiones su padre, Carmine, fue el autor o el arreglista o el director de la música, o (cuando Coppola logró fichar a Nino Rota) parte de ella; de lo contrario, tiende a utilizar una y otra vez a los mismos, los que se han ganado su confianza.

Ni siquiera ayuda a poner un poco de orden el no muy riguroso juego al que Coppola se dedicara durante algún tiempo —no queda claro desde qué momento ni anunció cuándo había renunciado a dar esa clave, quizá por no estar muy seguro o haber cambiado de opinión—, consistente en firmar con su nombre íntegro las películas que consideraba más personales, y eliminar su middle name y firmar solo "Francis Coppola" en las que eran más artesanales o respondían a un encargo (o tal vez no le dejaban plenamente satisfecho), es decir, a las que no reconocía —guiño a sus discípulos, exégetas y otros "iniciados"— como completamente "suyas".

Con todo, creo que, sin pecar de injusticia, cabe atribuirle sin remilgos la responsabilidad de todas sus películas, para bien o para mal. El aparente o efectivo (siempre dudoso y discutible, al menos relativo) grado de libertad del artista tampoco es un criterio que lleve muy lejos en esta tentativa de poner orden y claridad donde ni lo uno ni lo otro abundan en demasía, como puede comprobarse al observar que las películas más apasionantes, logradas o sonadas de Coppola se reparten más o menos equitativamente entre las que pusieron en marcha otros y luego le encomendaron su realización y las promovidas desde su mismísima concepción por FFC, sea en solitario o acompañado de algún socio, acólito o cómplice, y sean éstos ocasionales o amigos de toda la vida.

La confusión reinante es, pues, notable, como lo son los contrastes de tamaño, tono, estilo, ritmo o enfoque. Visto negativamente, podría hablarse incluso de caos, de un magma confuso e informe, aunque no sé que pueda exigírsele otra cosa a un artista: bastante tiene con hacer su obra como para ponerle orden y garantizar su coherencia; sería añadirle cargas y problemas para exclusiva comodidad y conveniencia de críticos, historiadores y estudiosos, con el agravante de hacer al autor más consciente de su propio "ego" de lo que suelen serlo.

En todo caso, sería difícil negarle a Coppola personalidad; pero no sería fácil, en cambio, definir su estilo como algo coherente y evolutivo, como ese "algo" indefinible —pero más o menos descriptible— que, a pesar de sus adaptaciones a las reglas y convenciones de cada género, de las limitaciones o los excesos que permite cada presupuesto y de las tendencias o modas que son de "curso legal" en cada época, conserva siempre un cierto "aire de familia". Sus intereses y preocupaciones son de lo más amplio y variable, y si su temperamento puede considerarse como "obsesivo", lo cierto es que no tiene una obsesión excluyente, sino varias a menudo simultáneas, y por ello no puede describírsele como monomaníaco ni monotemático, y mucho menos tacharle de monótono. Podría tomarse esta diversidad de enfoques como una demostración de su espíritu independiente y experimentador, o indicio de un cierto afán por explorar nuevos territorios y rehuir la repetición (y con ella la tentación del perfeccionismo y de la autocorrección permanente), pero temo que a costa de incurrir en hipérboles o meras exageraciones, y no conviene sumar las del observador a las ya patentes en el objeto de nuestro estudio, si de veras tratamos de introducir un poco de orden y sistema, de arrojar luz sobre una carrera que parece presidida al alimón por el capricho y la pereza, el entusiasmo y la duda, la ambición y la modestia, la publicidad y cierta huraña vocación eremita, la autoafirmación y la inseguridad, la megalomanía y los complejos de inferioridad cultural frente a Europa, la fobia a verse encasillado y la tentación de regresar al lugar del "crimen", según una pauta esquizoide nada infrecuente entre los cineastas de su generación, y agudizada en los americanos.

Sin duda, es Coppola un personaje complejo, contradictorio y... poderoso. Esto último le permite cambiar de opinión con relativa facilidad, cancelar un proyecto en marcha —pese a lo mucho ya invertido—, rehacer parte de lo rodado o eliminarlo en el montaje, ocultar lo que hace o permanecer alejado del plató durante años, renacer de sus cenizas y recomponer su imperio después de haberse endeudado y arruinado —ha quebrado varias veces—, triunfar sin que el éxito le suponga un estímulo o un acicate o perder sin por ello desanimarse apenas ni, menos todavía, rendirse o hundirse definitivamente. En resumen, ha conquistado la infrecuente opción de contradecirse.

Y en la medida —dudosa en cuanto a la fidelidad, precisión y proporción, pero innegable— en que sus películas, casi inevitablemente, reflejan al menos una parte (o parte de una faceta) de su manera de ser, no es raro que parezcan, sobre todo a primera vista, como heterogéneas y hasta incompatibles no sólo al comparar unas con otras, sino hasta algunas de sus secuencias entre ellas, dentro de una misma obra, como sucede, con mayor o menor intensidad, en creo que todas, con la excepción de, quizá, el primer (y por entonces único) Padrino.

Quizá no sea fácil, a partir de esas pistas, hacer un retrato-robot del personaje —lo cual tampoco es imprescindible—, y alguna de sus películas, de carecer de títulos de crédito, dudaríamos en atribuírsela de inmediato y sin la menor duda (como sucede, en cambio, casi sin excepción, en el caso de Hitchcock, o igualmente, aunque de forma algo menos patente e instantánea, en los de Hawks o Ford), pero eso no equivale tampoco, ni mucho menos, a insinuar que sean anónimas; gusten o no, adocenadas y convencionales sí que no son, y ni sus trabajos más "alimenticios" o "recaudatorios", que normalmente ha hecho suyos a partir de 1972, podrían en justicia tildarse de impersonales.

Quizá la descomposición del propio sistema de Hollywood, a la que asistió, y no como mero espectador o crítico distanciado —regocijado o agorero, tanto da—, sino desde dentro, desempeñando —como otros muchos cineastas de su generación, que entonces eran, en mayoría, jóvenes aprendices y debutantes, dedicados a olvidar mediante el ejercicio práctico las generalidades teóricas que habían estudiado en la Universidad— los más variados cometidos en la "factoría" de Roger Corman, marginal y paupérrima pero totalmente mainstream y tributaria del estado general de la industria, sea el origen de esta cacofonía, que es posible que hasta cierto punto sea voluntaria, o al menos asumida, como parte de una táctica para sobrevivir: abrirse camino, primero, y luego mantener las posiciones conquistadas, en un entorno ferozmente competitivo y en el que la publicidad, el culto a la personalidad —y, por tanto, el autobombo— estaban a la orden del día, por lo que la situación aconsejaba ser astuto y camaleónico, jugar con la ventaja añadida de la sorpresa, del ataque relámpago en el punto más inesperado e incluso, si se terciaba, más distante de la zona de operaciones en la que se había detectado su presencia por última vez.

Esto hace que no pueda ni deba disociarse la actitud variable de Coppola de unas circunstancias muy determinantes y que no cesan de cambiar, con creciente rapidez y de la forma más drástica, ni de la desorientación —al menos temporal— que tales mutaciones súbitas y radicales producen. Si su trayectoria parece errática y despistante no es solo por afán de borrar las huellas y de quitarse de encima a los competidores, o de obtener una difícil primicia en algún nicho inexplorado o provisionalmente no ocupado. Quizá no consiga imponer sus reglas improvisadas o particulares a la industria del espectáculo ni siempre logre negociar con éxito y en beneficio propio (o mutuo) con las grandes compañías financieras y distribuidoras, pero desde luego obliga a que los que le seguimos con interés, curiosidad y atención tengamos que movernos, en lugar de permanecer quietos y utilizar una misma vara de medir, el mismo rasero que para sus otros colegas (ni siquiera Martin Scorsese, Steven Spielberg, Brian De Palma, George Lucas o Terrence Malick, no digamos John Milius, Robert Duvall o Carroll Ballard, mucho menos asiduos).

Y parece claro que no se puede analizar El Padrino (y me refiero ahora a la trilogía, no a su primera entrega) del mismo modo que Apocalypse Now —la de verdad o la reciente versión Redux, más bien Redundante y Reconducida, en todo caso, hacia el gusto corralero del día—, mucho menos que Jardines de piedra o La conversación, o Peggy Sue se casó y no digamos The Rain People; ni siquiera películas que aparecen emparejadas entre sí, como Rumble Fish y The Outsiders, obedecen al mismo planteamiento ni permiten la misma clase de lectura durante la proyección o de análisis tras ella.

Las primeras películas algo personales de Coppola, excesivamente permeables a los gustos del día como para que puedan defenderse (o incluso disfrutarse) en su integridad —y menos aún hoy que entonces, pues su comunión con las modas de los últimos años 60 las hace irremediablemente anticuadas, aunque también las convierta en documentos históricos y explique sus defectos principales—, pese a que You're a Big Boy Now! y Finian's Rainbow tengan ciertos valores y The Rain People sea, en algún sentido, admirable, no son base suficiente para que nadie hubiera podido anticipar que Coppola fuera capaz de hacer algo ni remotamente comparable, en ningún sentido, con The Godfather.

Porque es otro el cineasta que surge con esa película, del mismo modo que Otto Preminger no se manifiesta plenamente hasta Laura. Incluso sorprende el (a la postre, indudable) acierto de la Paramount al encomendar tal superproducción a un director casi novato que, para colmo, no había dado la menor muestra de aptitud o siquiera afinidad con el género, corriendo un riesgo que hoy probablemente ninguna compañía estaría dispuesta a asumir ni sus propietarios finales a dejar que llevara a la práctica, incluso si el director tuviera a su favor algún éxito de taquilla que hasta entonces Coppola no había cosechado todavía.

Porque El Padrino supuso en 1972 —y hoy se ve con mayor claridad— un insospechado rebrote del más perfecto y aparentemente natural y espontáneo clasicismo, de una solidez que ya por entonces parecía perdida hasta como posibilidad para el cine americano, y que se producía, para colmo, en el terreno más insospechado y menos propicio, el de la gran superproducción basada en un bestseller que, para colmo, tocaba temas espinosos y aún latentes (y hasta presentes) y que exigían, para que la película resultase convincente, un alto grado de violencia. No era cuestión de darle un enfoque mítico y abstracto; daba igual que la acción se centrase en 1946, porque lo que Coppola —siguiendo a Mario Puzo— cuenta era todavía entonces —como hoy, treinta años más tarde— de actualidad, no solo historia o leyenda.

En efecto, ¿quién podría imaginar siquiera, no digamos creer si lo pretendiese alguien sin que nosotros mismos pudiéramos verificarlo, que un joven y algo blando cineasta, sin experiencia suficiente, y en su primera confrontación con tal tema, con una época en la que apenas había nacido y con una cantidad de medios y de fondos que superaba a la suma de los de todas las películas anteriores en las que se había visto implicado, iba a ser capaz de superar a todos sus precursores, por muy ilustres y clásicos que fueran, y darnos a esas alturas de la historia la que es la mejor y más profunda de las películas de gángsters, mejor incluso que la precursora y definitiva Scarface?

Cabe preguntarse cómo es tal fenómeno posible —en ningún otro género ha sucedido nada ni remotamente semejante, y hay mejores directores (o al menos tan buenos como Coppola) que no han tenido tal fortuna en sus incursiones en otros territorios archibatidos por el cine de la gran época—, y cómo ha sido capaz Coppola no ya de superar la prueba con honores sino de lograr una obra tan admirable y que tan asombrosamente resiste los asaltos y la marea erosiva de los años: no hay que olvidar que el primer Padrino tiene hoy más a sus espaldas que Stagecoach (La diligencia, 1939) de Ford cuando la vi por primera vez en 1964.

La primera deducción es que algo de lo que contaba Puzo lo llevaba dentro también Coppola, quizá rechazado o ignorado, tal vez olvidado, y que la novela que tenía que adaptar se lo hizo revivir, asumir y reimaginar artísticamente por un doble motivo: para no ser injusto con los suyos y para no resultar completamente inverosímil. Se produce, pues, un encuentro de Coppola con sus raíces italianas (probablemente dormidas, si no denegadas), que tendría consecuencias para el resto de su carrera, reintroduciendo poco a poco la familia tradicional, la lengua de sus padres y hasta referencias cinematográficas insólitas en el cine americano.

Lo segundo que llama la atención es que no se trata de una película basada a su vez en otras películas, como hasta cierto punto cabía esperar. No creo que Coppola se dedicara a revisar la historia del cine de gángsters; y si lo hizo fue, creo yo, para rectificar algunas deformaciones y para evitar repeticiones o copias inconscientes, mimetismos automáticos y atajos fáciles. Nada debe The Godfather a sus precursoras, aunque sean —hoy tras ella, hasta entonces incontestadas— las obras maestras del género, o más bien "subgénero" (ya que se trata, en realidad, de una provincia del más vasto y difuso imperio del cine negro).

No quiero decir que sea imposible detectar alguna huella de otros realizadores en el primer Padrino; se pueden y deben ver, por ejemplo, las de Griffith —ignoro si Coppola había visto The Musketeers of Pig Alley (1912) de D.W. Griffith, pero es la película en la que más me hace pensar, mientras la veo, la trilogía de El Padrino— y John Ford, y hasta ciertos procedimientos —refinados y mejorados— se dirían tomados de David Lean... o de William Wyler.

Ocasionalmente, cabe detectar la sombra de Frank Capra (no en vano ¡Qué bello es vivir! tiene elementos de cine negro y hasta denuncia el caciquismo y el dominio del crimen organizado que se daría en un mundo sin personas como el protagonista, George Bailey, y también los había en otras obras suyas de 1931 a 1948). Pero no las hay del cine "negro" ni de los semidocumentales sobre el gangsterismo y su represión de los años 30, 40, 50 o 60. Desde Sternberg, Hawks, Wellman, Curtiz, Lloyd Bacon, Mamoulian, Walsh, Keighley, LeRoy a Dassin, Kazan, Anthony Mann, Fritz Lang, André de Toth, Allan Dwan, Frank Tuttle, Wise, Robson, Dmytryk, John Berry, Litvak, Robert Aldrich, Siodmak, Fuller, Jacques Tourneur, Lewis Allen, Preminger, Don Siegel, Nicholas Ray, John V. Farrow, John Cromwell, Lewis Milestone, Lewis B. Seiler, Ulmer, Orson Welles, Stanley Kubrick, Phil Karlson o Joseph H. Lewis, todos parecen deliberadamente evitados como referencias plásticas y hasta estructurales. El enfoque es nuevo, y no solo por el color; y se aparta no sólo de los modelos clásicos, anónimos o famosos, sino también del aspecto decorativista del "subgénero retro", tan de moda por esas fechas y representado por El Gran Gatsby, adaptado de F. Scott Fitzgerald por FFC que dirigió Jack Clayton, el remake de Farewell My Lovely (Adiós, muñeca) de Raymond Chandler que realizó Dick Richards en 1975, The Way We Were (Tal como éramos, 1973) de Sydney Pollack o la visión kazaniana de El último magnate de Fitzgerald.

Lo que Coppola consigue, sin que nadie pareciese advertirlo, quizá por producirse en el centro mismo del sistema hollywoodense, en una obra de gran presupuesto y destinada a ser un espectacular éxito de taquilla coronado por los premios de la Academia, es el ejemplo perfecto de lo que, restringido a la exigua parroquia de los previamente convencidos, se consideraba y predicaba unos años antes —muy pocos—, y todavía por entonces, como el ideal de un cine "social" y "político" o al menos "comprometido" y "responsable", es decir, una representación distanciada, reflexiva, brechtiana, que analizase el funcionamiento y las implicaciones de los intereses, grupos y mecanismos en juego o en conflicto en el proceso de evolución histórico-económica de una sociedad concreta, corroída por una corrupción multiforme y en incesante mutación de formas, rostros y métodos, de la que, nada casualmente, el gangsterismo ha sido reiterada metáfora, con antecedentes ilustres que se remontarían, como poco, a La resistible ascensión de Arturo Ui de Bertolt Brecht y El testamento del Doctor Mabuse (1932) de Fritz Lang.

Uno de los rasgos destacados de los Padrinos estriba en que Coppola elude la mitificación o poetización de los gángsters, incluso su justificación sociológica y victimista, pero también su caricatura meramente negativa y esquematizadora, despersonalizada; desde los más poderosos a los más insignificantes y adocenados, casi todos son presentados inequívocamente como delincuentes sin escrúpulos ni freno, sumamente peligrosos y despiadados, capaces de matar a quien pueda ser un obstáculo, un desafío o un peligro, un mal ejemplo, un precedente indeseable. Lo que no impide que tengan, al mismo tiempo, una cierta dignidad —a veces, incluso grandeza—, o que sean tan leales como exigentes o implacables con los suyos. Sin identificarnos verdaderamente con ninguno, Coppola trata —diría yo que con éxito patente— que estemos en condiciones de entenderlos, de apreciar que sus decisiones suelen ser, desde su peculiar punto de vista, razonables y hasta las más convenientes, a la vista de las circunstancias y de las "reglas del juego" que han importado del Viejo Continente. Entiendo que la perspectiva de Coppola haya hecho que algunos consideren fría la primera parte de The Godfather. La peculiar trayectoria de Michael Corleone (Al Pacino) ilustraría por sí sola —y está siempre bien acompañada— la enriquecedora ambigüedad de la postura de Coppola, que consigue individualizar a cada uno de los personajes y liberarlos de cualquier determinismo social, étnico o familiar: asistimos con meridiana claridad al momento de prodigiosa penetración en el que Michael decide asumir la jefatura de la familia, con todo lo que ello implica, y de ese modo acepta un destino que hasta entonces había rechazado y que, de haber querido, hubiera podido evitar, y con él todas las consecuencias que, a corto y a largo plazo, supone para él mismo y para muchas otras personas.

The Godfather. Part II, rodada dos años más tarde y ya con control absoluto del propio Coppola, que se beneficiaba de la independencia conquistada gracias al éxito de la primera, es una película de otro tipo, completamente diferente, a la vez una revisión crítica, en profundidad, de la primera, y una tentativa de explicación que se remonta una y otra vez al pasado, y una visión mucho más subjetiva, libre, personal y estilizada de lo que representa la Mafia. Por estricta necesidad —secundada por una audacia excepcional—, la estructura narrativa y cronológica rompe con todos los patrones admitidos en el cine comercial, y se permite una libertad de movimientos a la que solo Bird de Clint Eastwood —también por necesidad más que por conveniencia— ha osado desde entonces aproximarse.

En esa segunda parte, consecuentemente, son menos los hechos que la visión de Coppola lo que cuenta, y por ello es comprensible que el propio lenguaje cinematográfico pase a un primer piano, por lo que reaparecen las alusiones al cine del pasado, y con unas referencias inusuales en Hollywood —hasta esa generación de cineastas; véase Brian De Palma—, tan minuciosamente ignoradas y marginadas como puedan ser los autores soviéticos (y muy especialmente, S.M. Eisenstein). Frente a una mostración frontal que se sucede casi linealmente, secuencia tras secuencia, como mucho recurriendo al montaje paralelo de Griffith, The Godfather. Part II tiende, como ninguna otra película americana, a lo que cabría describir como una posible actualización del "montaje de atracciones", naturalmente adaptado al cine sonoro y a la muy diversa "textura" del cine americano. Pese a esas influencias, desarrolladas con toda libertad por el propio Coppola, es sin duda la película más personal del cineasta.

The Godfather. Part III es, si se quiere, un apéndice; rodado muchos años más tarde, puede aducirse en su contra que no era estrictamente imprescindible, aunque a mí me parezca un complemento muy interesante, y como tal oportuno y bienvenido. Nada hubiera sucedido, desde luego, si Coppola no hubiera vuelto a ocuparse de los variados destinos de los Corleone, pero, si él lo encontró interesante, no veo razón alguna para llevarle la contraria. Faltaba quizá esa visión operística de una fase ulterior de corrupción y decadencia, que reitera —poniéndola al día— la validez y vigencia de las dos primeras partes, y que no desmerece con respecto a ninguna de ellas, aunque carezca de la capacidad de sorprendernos de que supieron hacer gala, cada una a su manera.

Los tres Padrinos constituyen un territorio aparte, cerrado en sí mismo, dentro de la filmografía de Coppola, que puede analizarse sin tener en cuenta sus restantes películas. Ni las anteriores ni las posteriores; ni siquiera Apocalypse Now, que comparte con ellas la ambición de constituirse en fresco colectivo de un momento crucial de la historia americana, ni las más modestas La conversación y Jardines de piedra son necesarias para comprender la trilogía, aunque, a la recíproca, es posible que ninguna de las obras de Coppola posteriores a The Godfather sean plenamente inteligibles ni calibrables sin tener en cuenta esa reflexión lúcida e implacable sobre la integración de los inmigrantes sicilianos y sus descendientes en América.

En Nickel Odeon nº 29, dedicado a “El padrino” (invierno de 2002)

lunes, 14 de julio de 2025

Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979)

Hay que volver a ver Apocalypse Now. Se comentó tan insistentemente su aventurado y prolongado rodaje, se estrenó en medio de tanta expectación y se discutió de tal modo acerca de sus sucesivos o alternativos finales que un muro de letra impresa entorpeció la (necesaria ardua) relación que debía establecerse entre la película y su público. El saldo fue decepcionante: todos la han visto, a pocos les satisface, nadie la recuerda. Después de tanto hablar sobre ella, ya nunca se menciona. Y no hay que olvidarla: es urgente recuperarla como obra viva, vigente más aún que entonces, y no dejar que quede sepultada bajo la losa de difamaciones con que se intentó restarle importancia. Porque se trata de una obra verdaderamente impresionante, audaz e innovadora en un grado raro en el cine americano. Un verdadero monumento, que no ha tenido prolongación ni descendencia.

Hay que reconocer que se trata de una experiencia agotadora, porque hay que sufrirla y «atravesarla» —como la jungla—, más que verla: no es posible limitarse a asistir a ella como un espectáculo distante, porque arrastra; tiene una vitalidad sorprendente en el cine moderno, un empuje único en el cine no narrativo, que obliga al espectador a una implicación (a la que éste se resiste) que no consiguieron nunca los vanguardistas europeos, no sé si por falta de energía o por creer que la distanciación era la mejor forma de establecer una cierta complicidad intelectual con su exiguo público. Ignoro si el acierto de la estrategia de Coppola obedece a la necesidad económica de que su película fuese vista por el mayor número posible de personas o se debe a la asunción (consciente o no) del dinamismo propio del cine épico de su país, pero lo cierto es que Apocalypse Now bate en sus terrenos respectivos tanto al Godard de Les Carabiniers (1963) como al Walsh de Objetivo Birmania (1945), hazaña de la que sólo encuentro un precedente en el delirante y lúcido Fuller de Invasión en Birmania (1962), que era, con todo, una película mucho más tradicional, de dimensiones más modestas y más lineal.


El controvertido final —ahora se ve claramente— da lo mismo, en el fondo, que sea uno u otro, pues lo que cuenta es el viaje, el itinerario. Hasta tal punto carece de verdadera importancia la conclusión que es el proyeccionista el que, de hecho, al correr las cortinas o encender las luces de la sala, determina en cada proyección dónde acaba la película, es decir, en qué termina exactamente, sin que ello modifique la experiencia que supone su visión ni su sentido global, que es el que vale. Para convencerse, basta con ver la película varias veces; aunque los finales sean diferentes, su efecto es el mismo. La polémica sobre este «punto final» debe dejarse a los amantes de las simplificaciones y los mensajes verbales, esos que dirán que detestan Selecciones del Reader's Digest, pero añoran sus recapitulaciones finales, porque quieren que les digan lo que tienen que pensar acerca de lo que han visto en lugar de pensar ellos (que es lo que Coppola exige). En el fondo parece insensato pedir aclaraciones a una película cuya última hora de proyección tiene una capacidad alucinatoria única en el cine que conozco, pues hace —por su duración— que uno pierda toda noción del tiempo real, «objetivo», exterior a lo que sucede en la pantalla, dimensión anunciada ya por el juego de sobreimpresiones y sonidos obsesionantes del genérico. No hay que olvidar que debe ser la única película del mundo que empieza diciendo «Esto es el fin» (a través de la canción de Jim Morrison & The Doors).

En una película que trata de la guerra y la locura, la muerte y la destrucción, el ruido y el fuego, el desorden y el exceso, es particularmente notable que Coppola haya conseguido ejercer un control sobre los actores tan absoluto: Brando (en uno de sus mejores y más incomprendidos trabajos) da volumen a un personaje que permanece en la sombra; Robert Duvall impide que resulte caricaturesco el suyo; Martin Sheen borda el papel más difícil imaginable, puesto que se reduce a callar y mirar. De este modo, en Apocalypse Now la desmesura avanza, a paso de carga, sin desviarse un milímetro del sendero trazado con osadía por Coppola, que mantiene el rumbo con mano firme y segura, como un buen piloto: ser director de cine consiste también en eso.

En Casablanca nº 34 (octubre de 1983)

miércoles, 25 de junio de 2025

The Rain People (Francis Ford Coppola, 1969)

Considerada todavía por muchos como la mejor película de Coppola —opinión que, al menos durante algún tiempo, compartía su autor—, Llueve sobre mi corazón es probablemente la más reveladora. Aunque esté, para mí, muy lejos de dar una idea de lo mejor que es capaz de hacer, indica con precisión sus limitaciones, las tentaciones que le acosan y algunas de sus habilidades más convencionales. Y en la medida en que Coppola es un cineasta fundamentalmente inseguro, propenso a las caídas y recaídas tanto como a los resurgires victoriosos, puede reflejar su posición más justamente que sus obras maestras, que tienen algo excepcional que no siempre está al alcance del director. Es decir, que si se quiere cine de verdad, apasionante, más vale ver La conversación (1974), El Padrino, 2ª parte (1974) y Apocalypse Now (1979), aventurándose a lo sumo a El Padrino (1972); pero si se pretende conocer a Coppola, calibrar su valor medio, entonces hay que ver The Rain People, porque sólo con las tres grandes se podría pensar que es un genio, y no creo que sea el caso, por mucho talento que tenga.


The Rain People es una película bastante emocionante y muy irritante, tan interesante como decepcionante. Continuamente bordea el ridículo, el melodramatismo (no el melodrama), el esteticismo, el mensajismo y otros varios «ismos», entre ellos esa variante del «modernismo» tan voluntariosa, superficial y llena de estupidez que habría de llamar modernez. Si te dejas enfurecer por todo lo que de deliberadamente malo y presuntuoso hay en The Rain People, te parecerá un muestrario de cómo hacer mal uso del talento. Si uno hace la vista gorda ante los defectos más sensibles —que son casi siempre ópticos— y se desentiende del enfatismo y la machaconería con que se nos intenta explicar lo evidente, no se sabe si para emocionarnos o porque se nos presupone tontos, puede conseguir a cambio de esa benévola ceguera relativa, ver algunas cosas que el uso poetizante de los objetivos tiende a oscurecer o velar: más que una historia, el retrato de unos personajes, casi muy bien interpretados por James Caan, Shirley Knight y Robert Duvall.

En Casablanca nº 34 (octubre de 1983)

lunes, 16 de junio de 2025

Finian's Rainbow (Francis Ford Coppola, 1968)

En su momento, y hasta hace un par de años, pudo parecer la menos personal de las películas de Coppola. Hoy cabe dudar del acierto de tal presunción al menos por dos razones: la primera, que Coppola ha rodado un musical (One from the Heart); la segunda, que el joven cine americano parece vivir bajo el trauma de El mago de Oz (véanse Lucas, Scorsese, Spielberg), y El valle del arco iris tiene algunos puntos de contacto con la célebre película firmada por Victor Fleming (y filmada además por King Vidor, Richard Thorpe, George Cukor y su productor, Mervyn LeRoy) el año que nació Coppola.

Por otra parte, me parecería un imbécil el cineasta que rechazase la oportunidad de dirigir a Fred Astaire por viejo que estuviese (y no lo estaba tanto), de modo que no veo motivo para reprochar a Coppola que aceptase llevar a la pantalla este libreto, si se quiere, no demasiado inspirado ni original, algo pueril y sensiblero, pero base suficiente —y en pocos géneros es tan puramente un pretexto y un punto de partida el guión como en éste— para conseguir uno de los contados «musicales» dignos de ese calificativo y soportables de los años 60 y 70. No es mucho, pero menos da una piedra. Y no es poco, en cambio, a pesar de Astaire, lograr compensar la insufrible estupidez de Tommy Steele y la sosería de Petula Clark.

Aunque menos lograda que las películas posteriores de Coppola, supuso un paso adelante estilístico: por vez primera abandonó las coqueterías de montaje y objetivos y empezó a utilizar funcionalmente la cámara. Obligado sin duda por la necesidad de captar en su integridad y continuidad los bailes y las canciones, empezó a descubrir que la cámara de cine no es una cámara fotográfica. Aunque por momentos lo olvidase al año siguiente, sin duda obsesionado por hacer una obra «personal» y «distintiva», más tarde recogería el fruto de lo que empezó a aprender en este musical desangelado.


En Casablanca nº 34 (octubre de 1983)

miércoles, 4 de junio de 2025

You’re a Big Boy Now (Francis Ford Coppola, 1966)

La primera película normalmente distribuida de Coppola, pese a ser la tercera que dirigía, tiene todas las características de una opera prima (sobre todo, las negativas). Además es terriblemente americana en su afán de parecer europea. Para colmo, es un producto típico de la cultura juvenil de los años 60 en lo que tuvo de incoherente amalgama (residuos de Freud y la Beat Generation, ecos de Carnaby Street y el Liverpool Sound, influencia de la Nouvelle Vague, descontento pasivo, aromas de «hippies» e hindúes, mal despertar del sueño americano). Por todo ello se trata de una película enormemente datada, anticuada desde hace ya muchos años, híbrida e irregular, ingenua y pretenciosa a la vez, que puede resultar irritante, pero que, al mismo tiempo y precisamente por las mismas causas, es muy probable que conserve un interés perdurable, más que como primera obra «pública» de Coppola, como manifestación sociológica de una época. Incluso para el que no sienta la menor curiosidad por el pasado ni nostalgia por el suyo no me extrañaría demasiado que, a pesar de sus numerosos defectos y de sus molestos efectismos «modernistas» (la nefasta influencia de Lester, que los que no la vivieron no creo que sean capaces de imaginar hoy día), acabe por caer «simpática».


Además, no todo es malo. Aunque no anuncie en modo alguno el cine futuro de Coppola ni sea prometedora, hay que reconocer que tiene momentos muy divertidos, otros, patéticos, pero reveladores, alguna escena satírica eficaz, ciertos destellos de emoción y belleza dentro de la desenfocada fealdad a que suele conducir la desmedida voluntad de «poesía» de que hace gala Coppola, y una notable dirección de actores: más que el pesado protagonista (Peter Kastner) brillan intermitentemente los talentos de los por entonces poco o nada conocidos Elizabeth Hartman, Karen Black, Tony Bill y Michael Dunn, y los nunca suficientemente aprovechados de Geraldine Page, Julie Harris, Rip Torn o Dolph Sweet. Película, pues, para curiosos... no necesariamente interesados por la obra de Coppola.

En Casablanca nº 34 (octubre de 1983)

viernes, 2 de febrero de 2024

The Godfather Part II (Francis Ford Coppola, 1974)

"¡Qué grande es el cine!" (08/03/1999)


Debo decir que, a pesar de considerar El padrino, 2ª parte la obra maestra de Francis Ford Coppola, y la mejor película de gangsters - sin olvidar ninguno de los clásicos, ni siquiera el Scarface de Hawks -, un factor ajeno a la propia película y a la voluntad de su autor hace que no me resulte nada exaltante: se trata, simplemente, de que tengo la impresión, desde el momento de su estreno, que nada ha desmentido en el cuarto de siglo ya transcurrido desde entonces, de que no sólo Coppola, sino el cine americano en su conjunto - y, por tanto, podríamos decir que el cine a secas - ya no es capaz de volver a hacer una obra tan amplia, rica, compleja y llena de matices, y para colmo, tan increíblemente audaz desde un punto de vista estructural, lo que no puedo evitar que me parezca un poco deprimente.

Es más, y aunque encuentro que los 3 Padrinos son espléndidos, y que forman una trilogía realmente monumental, de altísimo nivel - es decir, a pesar de que no me cuento entre los que se sintieron decepcionados por la 3ª parte -, he de confesar que la segunda me parece una cumbre inigualada, muy superior a las otras dos, y sin duda la más osada película comercial americana de varias décadas y la obra más personal y madura de su autor.

Lo primero que asombra, a posteriori, de este 2º Padrino es que, a pesar de su larga duración (unas 3 horas 20), del dicho absurdo de que "segundas partes nunca fueron buenas" (desmentido desde el Quijote por bastantes otras) y de que su estructura narrativa sea sumamente heterodoxa - en cualquier fecha, y quizá más todavía en 1974 que ahora, aunque de esto último ya no estoy tan seguro, porque pienso que vivimos una etapa de academicismo y falta de audacia que aterran -, fuese casi de inmediato un enorme éxito, si no de crítica - en un primer momento -, sí de público y luego de premios de la Academia, para ser a muy corto plazo casi unánimemente reconocida por la crítica como la obra maestra que es. Es una de las últimas ocasiones en que la evidente grandeza de una película ha logrado, sin tener que esperar varias décadas ni que se produzca una operación de rescate y reivindicación, superar todos los prejuicios y vencer todas las resistencias y escepticismos que suelen despertar las secuelas.

Conviene aclarar, por si alguno de los espectadores no la ha visto, que no hay motivos para alarmarse: uno de los secretos del éxito sorprendente de Coppola consiste en haber conseguido que se entienda todo perfectamente, y sin impacientarse, a pesar de que la cronología de la película pueda parecer arbitraria y sea, sin duda, contraria a todas las normas lógicas, sean "convencionales" o no.

Y es que, en el fondo, no está contada de modo que sea preciso recomponer con precisión el rompecabezas, ni hace falta saber exactamente cuánto tiempo antes y en qué preciso momento sucede cada escena con respecto a la precedente, porque no se nos relata ni la mera biografía de un individuo ni, menos aún, una intriga de misterio o policiaca: se nos ofrece, más bien, un fresco histórico de carácter anímico e impresionista, que cubre - o más bien sobrevuela, y no en una sola dirección - varias décadas y se refiere a las actividades y peripecias vitales de varios de los integrantes de la familia Corleone en su sentido más amplio; aunque se presupone que el espectador de la 2ª parte habrá visto la primera, El padrino de 1972, se entiende todo sin necesidad de conocer o recordar - y menos aun en detalle - la entrega inicial, de la que esta segunda no es en modo alguno una continuación, sino un curioso apéndice, todavía más largo, más ramificado, más profundo y más analítico, y, en consecuencia, más esclarecedor, puesto que al mismo tiempo nos da algunos antecedentes y varias derivaciones y consecuencias ulteriores, que dinamizan la imagen, en cierto modo estática, ofrecida por el primer episodio.

Ignoro cómo pudo llegar Coppola a concebir semejante estructura, ni qué le hizo decidir atreverse a ir adelante con ella, a pesar de que cualquier productor - y seguramente también Mario Puzo, el autor del libro y coautor del guión, lo haría - le hubiese desaconsejado (o prohibido, de haber estado a su alcance) tamaña osadía. Quizá incluso pensó que nadie iba a darse cuenta, o confió - acertadamente - en que personajes y sucesos tendrían fuerza suficiente para acallar las preguntas que pudiera plantearse el público, o tal vez, simplemente, no se le ocurrió otra forma de seguir exprimiendo la novela sin que la duración de la película - ya enorme - superase la capacidad de resistencia física del espectador normal, y optara por usar sistemáticamente la elipsis narrativa. El caso es que no creo que haya sido interrogado a fondo al respecto, o en todo caso, que yo sepa, él nunca se ha explicado con detalle, cosa muy típica, por cierto, de Coppola: como la gran mayoría de los cineastas clásicos americanos, no suele ser muy articulado ni brillante verbalmente, y finge no ver nada insólito en las cosas que hace, por raras que puedan ser; a veces se puede sospechar que actúa por puro instinto, sin ser capaz de dar una explicación coherente y racional de sus decisiones.

Parte de la fuerza del 2º Padrino radica precisamente en que su estructura la hace totalmente imprevisible y sumamente variada. Son pocas las aportaciones realmente novedosas: casi todo lo que se nos muestra, relata o insinúa acerca del nacimiento, funcionamiento y evolución cronológica del gangsterismo es, si lo pensamos un poco, conocido ya, con independencia de nuestra información documental al respecto, por otras muestras cinematográficas; sin embargo, el orden en que suceden esas cosas nos mantiene alertas y permanentemente intrigados, y el fuerte carácter individual de cada uno de los personajes - compatible con su posible condición de arquetipos, ya que en cumplir ciertas características que se esperan de ellos consiste parte del poder y la influencia de los "padrinos" o "dons" de la Mafia - hace que consideremos como una historia privada y particular, realmente única, lo que podría ser una visión generalizadora y un tanto esquemática del funcionamiento de una organización criminal con raíces sicilianas, extendida por toda Italia y trasplantada con particular éxito y arraigo a los Estados Unidos, donde florece, se adapta al curso de los tiempos y resiste a todos los envites.

Quizá parte de la clave del acierto sin precedentes de Coppola consista en haber sabido elegir la distancia más adecuada para que todo sea a la vez realista y verosímil, por un lado, y sin embargo adquiera, a pesar de ello, unas dimensiones míticas que le confieren una aureola legendaria. Eso es algo que estimo imposible de predeterminar, sobre todo en la fase de escritura, y que, en todo caso, se consigue por sensibilidad, equilibrio y olfato, por la objetividad acerca de la propia obra precisa para prescindir de momentos muy hermosos - escritos o incluso rodados - y contar con un cierto talento poético para pasar de una escena a otra, de un momento a otro, de un escenario a otro, simplemente porque se encuentra una especie de rima misteriosa, una afinidad entre dos imágenes, una correspondencia o contraste entre dos ideas, un eco entre dos personajes, dos gestos, dos decisiones, dos acciones simultáneas o lejanas en el tiempo y el espacio, pero que pueden ser enlazadas y montadas, quizá porque se produce una pausa, porque la acción se detiene un instante: tal vez el de la reflexión, al menos el de la evocación y el recuerdo, lo que no es de extrañar en personas tan cargadas de memoria, tan predeterminadas por la familia y por la tradición secular, tan pendiente de las lejanas raíces, tan apegada a lo italiano, tan llena de nostalgia por la tierra de nacimiento o de origen.

Debo aclarar que quizá yo no esté hablando de la copia que Uds. van a ver, ya que existen varios montajes sucesivos, realizados por el propio Coppola en diferentes momentos, y de las siete veces que he visto este episodio segundo las últimas me he atenido a la reconstruida hace dos o tres años, en la que se respeta el formato panorámico del encuadre y se han rescatado algunos fragmentos descartados en el primer montaje que se distribuyó.

Los primeros 7 minutos suceden en Sicilia, mucho más impresionante que la famosa matanza del Salvatore Giuliano de Francesco Rosi. Poco después, el niño para el que la viuda pide clemencia a Don Ciccio llega a Ellis Island: "Vito Corleone Ellis Island 1901".

De ahí pasamos a "His Grandson Vito Corleone, Lake Tahoe, Nevada 1958" y una fabulosa fiesta que coincide con la Primera Comunión del hijo de Michael Corleone, su heredero, encarnado por Al Pacino.

Mientras Michael y su abogado Tom Hagen (Robert Duvall) negocian con el despectivo/corrupto gobernador Geary, y planean asociarse con el gangster judío de Miami Hyman Roth (Lee Strasberg), la hermana de Michael, Connie (Talia Shire), le pide permiso para casarse con Troy Donahue.

Súbitamente, y pese al ejército de guardaespaldas que protegen la casa, ametrallan el dormitorio de Michael y su mujer, Kay (Diane Keaton), que está embarazada. Es evidente que hay un traidor.

"Vito Corleone, NYC 1917": Vito (Robert De Niro) con su mujer y un bebé. Calles de Nueva York, travellings que parecen sumergirnos en el pasado, que se dirían sacadas de Griffith de la época (The Musketeers of Pig Alley, 1912).

Don Fanucci (Gastone Moschin) de la Mano Negra da el ejemplo a imitar, lo que hace Vito al ser despedido para hacer sitio a su "nipote"; Vito decide demostrar de lo que es capaz, matándole y sustituyéndole y creándose una reputación, que luego le evita - persuasión por el miedo - tener que ejercer la violencia, y multiplicar su poder mediante favores, convirtiéndose así en el acreedor de su comunidad. Ayuda a una viuda, atemorizando a Don Roberto (Leopoldo Trieste).

Fantástico episodio en La Habana, Cuba, en vísperas del triunfo de la revolución castrista. Johnny Ola, el mensajero/ matón de Roth (Dominic Chianese) y Fredo (John Cazale), el débil hermano mayor de Michael, dicen no conocerse, pero el primogénito de los Corleone se va de la lengua y se delata, "old Johnny knows" explica acerca de un club sado-masoquista.

Tremendo "beso de la muerte" de Michael a Fredo ("You broke my heart") en plena fiesta de fin de año, en cuyo caos vertiginoso Batista se despide, los visitantes huyen y estalla el tumulto de la revolución victoriosa.

Estupenda escena en que Connie pide a Michael que perdone a Fredo.

Tras traerse de Italia a un pariente, cuya presencia junto a Michael induce al arrepentido a renegar de sus declaraciones, Hagen habla de los antiguos romanos a Frankie Pentangeli (Michael V. Gazzo), el miembro de la familia que, en desacuerdo con el jefe, se ha convertido en testigo ante una comisión del Senado, para sugerirle que debe suicidarse en el baño.

Kay se despide de los niños, para irse sola; llega Michael y cierra la puerta tras ella, sin una palabra.

Magnífico y ejemplar, quizá el mejor momento: Michael solo, en su salón, mirando por el ventanal, cielo plomizo; matan a Roth (y a su ejecutor silencioso e impasible, con pinta de payaso de luto); descubren que Frankie se ha cortado las venas; Fredo ejecutado en off. Y esto empalma con el recuerdo de su hermano muerto, Sonny (James Caan). Primer Plano de Michael solo, en el jardín, y funde.

Texto preparatorio para la intervención en ¡Qué grande es el cine! (8 de marzo de 1999)

miércoles, 6 de septiembre de 2023

Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979)

En lugar de un «acontecimiento» —como reza la publicidad— más o menos prefabricado, Apocalypse Now (1979) es una experiencia casi física para sus espectadores, como lo fue, durante años, para su autor. Coppola podría decir, como Conrad, que su objetivo es «haceros oír, haceros sentir, sobre todo haceros ver», y para alcanzarlo se ha atrevido a todo, por heterodoxo, desconcertante o arriesgado que fuera. Ha osado, incluso, violar ciertas leyes no escritas, pero tácitamente asumidas y aceptadas por la mayoría, de la narración y la representación; por eso su última película es singular —diferente a todas, única, irrepetible— y, al mismo tiempo, aunque el propio Coppola parezca ignorarlo, profundamente arraigada en algunas de las tradiciones del cine americano más obsesionado por la violencia y más atento a sus consecuencias éticas y materiales. Esta fidelidad —muy selectiva, probablemente inconsciente— sirve para enmascarar la naturaleza transgresiva de la empresa acometida por Coppola, pero es significativa: como en muchos Peckinpah —en particular Mayor Dundee (1964), The Wild Bunch (1969) y Pat Garrett & Billy the Kid (1973)—, los antagonistas de Apocalypse Now, el capitán Willard (Martin Sheen) y el coronel Kurtz (Marlon Brando), son complementarios (1); como Aldrich y Siegel, Coppola ha basado su dramaturgia en el «duelo» o «desafío» entre individuos o representantes de organizaciones que, más allá de su oposición, recurren a los mismos métodos; como las películas más virulentas y paradójicas de Fuller, la que nos ocupa trata de la infiltración en terreno enemigo, la traición, la locura y la muerte (2); como sucede a menudo en el cine de acción, de aventuras y de guerra, el film describe un itinerario tanto físico —la remonta de un río— como moral —el acercamiento fascinado y aterrado de Willard a Kurtz, su semejante y su hermano—, que se salda con la muerte de uno de los protagonistas a manos precisamente del otro, que pasa a ocupar, efectiva o potencialmente, el lugar del asesinado.

La presencia de Conrad

Apocalypse Now es, además, como The Man Who Would Be King (1975) de Huston (pero en otra dirección), un modelo de lo que puede ser la versión cinematográfica de una obra literaria. Sorprendentemente fiel al espíritu y al sentido de Heart of Darkness (1899), tomando elementos de su complementaria The Secret Sharer (1910) y apoyándose libre y creativamente en su estructura, Coppola hace revivir al espectador las sensaciones —de inquietud, angustia, incertidumbre e indefinido espanto— que provoca en el lector la breve y misteriosa novela de Joseph Conrad, pese a cambiar la época, el continente y los personajes. Creo, incluso, que mucho de lo que desconcierta en Apocalypse Now procede de Conrad: en efecto, como El corazón de las tinieblasEl partícipe secreto o Lord Jim —basadas todas ellas en sucesos reales, vividos por Conrad—, la película de Coppola es una parábola, totalmente ajena al realismo, al naturalismo y al psicologismo que, más o menos veladamente, imperan en el cine y la literatura corrientes. Estilísticamente, pues, y no hace falta que su autor lo corrobore con fatigada insistencia a todos sus entrevistadores, es un film deliberadamente estilizado, irrealista e incluso onírico, más sensorial o «sensacional» que narrativo o dramático en el sentido convencional o habitual de estos términos. De ahí vienen, claro está, muchos de los malentendidos —con frecuencia malintencionados— que circulan por ahí acerca de Apocalypse Now, que no es, en modo alguno, una película sobre la guerra de Vietnam (ni tampoco sobre la guerra en general, ya que no podría suceder tal como lo hace en ninguna otra), no es una crónica documentalista de la intervención norteamericana en el Sudeste asiático, ni de una de sus fases; no trata de explicar las causas o los orígenes del conflicto, ni de contraponer las razones de uno y otro contendiente, pese a ser, probablemente, la única obra que ha logrado dar una imagen convincente —condensada, deformada y alucinante— de lo que tuvo de especifico esta guerra, de lo que la distingue de las precedentes, es decir, la falta de objetivos claros, el callejón sin salida en que se metieron los americanos, la hipocresía con que se presentó a la opinión pública, el desorden y la indisciplina reinantes, el caos y la corrupción consiguientes, la arbitrariedad destructiva, el derroche de medios y de tecnología avanzada con que se trató en vano de aplastar a los vietnamitas. Este último aspecto, quizá el más espectacular y llamativo (3), es el que la película muestra de forma más satisfactoria para casi todo el mundo, precisamente por ser el más evidentemente criticado —«la guerra estaba dirigida por un puñado de payasos con cuatro estrellas que acabarán por regalar el circo entero», dice Willard, y se pregunta qué podrá tener contra Kurtz el alto mando si no pone reparos en las actividades del «simpático» Kilgore (Robert Duvall)—, el más impresionante y el único en el que se refleja en la pantalla el elevado coste de Apocalypse Now.

La cabalgata de las Walkyrias

El tour de force técnico de la película es el ataque del batallón de helicópteros mandado por Kilgore contra un poblado vietnamita, al son de Wagner y con el propósito de practicar el surfing en las playas cercanas. Esta escena se prestaba a un tratamiento caricaturesco y bufo a lo Altman (M.A.S.H.) o, en el mejor de los casos, a lo Kubrick (Dr. Strangelove), pero Coppola, inteligentemente, ha comprendido que la situación era de por si lo bastante grotesca, demencial y salvaje como para cargar las tintas o bromear tomándola como pretexto, y ha rehuido los excesos y las facilidades a que tan propensos son aquellos interesantes cineastas. Buena prueba de ello es que la música de Wagner sea una idea de Kilgore, y no puramente caprichosa o megalomaniaca, sino inspirada en las técnicas de «guerra psicológica» que con tanto entusiasmo —y tan escaso éxito, por lo visto— se experimentaron en Vietnam, y no represente, pues, una especie de «comentario significante» del director —destinado a establecer un paralelo entre los americanos y los nazis, por ejemplo—, ni tampoco un artificio para dar ritmo o «magnificencia» a la secuencia.

Sin embargo, esta celebrada proeza técnica ha servido también de pretexto a ciertas críticas pretendidamente «de izquierdas» cuyo paradigma, muy sintomático, podría ser la de Ignacio Ramonet (4). No contento con reprochar a Coppola el describir «unas aplastantes victorias norteamericanas» cuando todo el mundo sabe cómo acabó la cosa (5), pese a que en el film no hay más «victoria» que la impune destrucción por los helicópteros de Kilgore de un villorrio sin importancia estratégica —de los que a buen seguro se aniquilaron centenares, sobre todo cuando hacían más de 400 misiones de bombardeo diarias—, con lo que Ramonet se delata como un contumaz partidario del «realismo socialista» (6), nuestro inquisidor se permite escribir, a propósito de esta escena, las siguientes frases: «(…) todo embriaga al espectador que participa sensorialmente de la guerra y se identifica con los comandos norteamericanosToda la secuencia está rodada desde el punto de vista de los atacantes, nunca nos proponen la visión de los atacados (…). De ahí que, en el confort de nuestras butacas, esa secuencia procure el sentimiento ambiguo, turbio, desagradable, de participar (sin riesgo) en una batalla colonial. Una extraña exaltación bélica se apodera del espectador. La perversidad ideológica de ese efecto de cámara-subjetivo no se le puede escapar a nadie (…)». Lo primero que se me vino a la cabeza, al contemplar este patoso juego de manos, fue un antiguo dicho popular: «piensa el ladrón que todos son de su condición». Porque está claro que a Ramonet se le hacen los dedos huéspedes, pero, por favor, que hable por sí solo, sin arrogarse por propia iniciativa una calidad de «representante» que nadie le ha otorgado, sin atribuir a los demás su belicoso militarismo; porque a mí —que soy, lo confieso, bastante pacífico y totalmente ajeno a lo castrense— esa escena me produjo auténtico terror, asombro asqueado, y nada, en cambio, ni remotamente asimilable a la «identificación» con los atacantes ni a la «exaltación bélica» (que, curiosamente, parece ser, para Ramonet, compatible con el sentimiento «desagradable» que procura la secuencia). Sin duda, soy menos impresionable que Ramonet, no dejo que las películas se «apoderen» de mí ni me «embriaguen», o me hagan partícipe (o cómplice) de lo que muestran o relatan, sea una batalla colonial o un orgasmo, pero quiero precisar que el público en general tampoco es tan ingenuo, manipulable y alineado como él pretende hacernos creer, tal vez para consolarse atribuyendo a muchos (o todos) el mal que padece. En cuanto a la «coartada tecnicista» que enarbola al final del fragmento citado —y en el que los subrayados son míos— para intentar justificar la «reclamación ética» acerca de que no se nos dé la visión de los atacados, habría que precisar: 1.° que no es lógico reprochar a un film «subjetivo» —narrado a través de Willard— que sea coherente y no infrinja el «principio de contextualidad» (7), cosa que haría si introdujese arbitrariamente unos planos —que resultarían efectistas, si no melodramáticamente retóricos— que diesen el punto de vista subjetivo de las víctimas del bombardeo; 2.° que, de haber seguido Coppola los consejos de Ramonet, sería un demagogo, ya que tales planos darían el punto de vista de un sujeto inexistente (al no existir las víctimas como personajes de la ficción, y no conocerlas, por tanto el espectador, es difícil que éste pudiera «identificarse» con ellas, como —no sé por qué— querría Ramonet, salvo en nombre de un «humanismo» puramente teórico, generalizador y «compasivo»); 3.° que, para hacer que el espectador tenga en cuenta a los atacados no es preciso —no sería muy elegante— montar primeros planos de los aterrados vietnamitas y los consiguientes contraplanos, en ominoso contrapicado, de los helicópteros escupiendo metralla y cohetes: basta con mostrarles corriendo y cayendo, como hace Coppola; 4.° que la escena, filmada desde dentro del ataque, pero desde fuera de los personajes, no contiene «planos subjetivos» más que de Willard, que, aunque vaya con los atacantes es más bien un testigo pasivo (y estupefacto) del bombardeo, y que darse cuenta de este no insignificante detalle está al alcance de cualquiera que de verdad quiera ver la película tal como es (8).

El viaje

El segundo «acto» de la película —el ascenso por el río, sin abandonar la lancha, desde Nha Trang hasta el feudo de Kurtz en Camboya— es, tal vez, aunque solapadamente, el meollo de la película. Durante esta parte, más inconexa, menos tributaria del principio de causalidad y menos contundente e impresionante que lo anterior, Apocalypse Now va a apartarse progresivamente de lo que Sánchez Ferlosio llama «derecho literario» y de sus pilares, los «índices escatológicos» y el «factor de sucesión» (9), si bien ya ha empezado a hacerlo desde el momento en que presenta a un personaje como Kilgore totalmente desprovisto de los «estigmas» que, por su actuación, le corresponderían.

El tercer «acto» —la oscura y ambigua confrontación de Willard con Kurtz y el vago y elusivo, pero patente, «horror» que ha instaurado a su alrededor— consuma ya la «decepción» que produce el que la amplitud de la película se vaya reduciendo —como los márgenes del río desde el delta a su nacimiento— hasta revelar su carácter intimista y reflexivo, con una parquedad explicativa y un laconismo que hacen pensar en el Jean-Pierre Melville de Le Samouraï. Y es que a Apocalypse Now le sucede lo mismo, en ese sentido, que —curiosamente— a otra gran adaptación conradiana, el Lord Jim (1965) de Richard Brooks: hay una discrepancia casi escandalosa entre su coste, su formato visual y su apariencia épica, por un lado, y su tono introspectivo, meditativo, interior. Esa discordancia, lejos de ser un error, es para mí una manera elegante y segura de hacer sensible, sin proclamarlo abiertamente, el verdadero carácter de la película y el auténtico propósito del autor.

El final

No es sorprendente, pues, la especie de «consenso» crítico que se ha producido para calificar de «fallido» el final de Apocalypse Now, y del que participan incluso buena parte de los admiradores de la película. A esta casi unanimidad han contribuido, sin duda, las vacilaciones del propio Coppola, y su ingenua y excesiva franqueza al hacer públicas sus dudas con respecto a la forma de poner fin al relato. Como se sabe, hubo varias versiones del guion, que se reescribió nueva y repetidamente durante el largo y accidentado rodaje; a lo largo del laborioso y prolongado proceso de montaje y acabado del film, Coppola siguió indeciso, e incluso se ha estrenado con un final distinto del exhibido en Cannes. Todo ello ha dado lugar a que gente como Ramonet, con el santo temor a la duda que profesan los dogmáticos, pretendan que «el hecho de que Coppola haya dado tres finales a su película demuestra que (…) su indecisión es total», y a que otros, más prudentes, den a lo que no son sino diferencias de matiz una importancia desmedida. He visto «el otro» final —en realidad, los «tres» finales no suponen otra cosa que interrumpir un mismo final en tres puntos diferentes: uno de ellos suele ser eliminado por el cierre de las cortinas que cubren la pantalla mientras se encienden las luces de la sala—, aunque no como «punto final» de la película, y no creo que modifique el «sentido» de Apocalypse Now (10), ya que tal sentido reside en la totalidad de la historia, y no en su conclusión. La «inseguridad» de Coppola indica simplemente que es un perfeccionista y que no se ha limitado a «ilustrar» o, en el mejor de los casos, «realizar» un guion prefabricado, una historia resuelta «a priori», sino que se ha embarcado en la aventura de ir hacia lo desconocido, hasta donde le arrastrasen los personajes. Coppola ha pretendido rehuir «la polarización agonística de los textos narrativos, en el sentido de que el argumento es concebido ya como un dato unívoco, bajo la cualidad de acontecido» (11), y ha tratado de rebelarse contra esa convención misteriosa, que habría que estudiar a fondo (12), por la cual es el final lo que parece dar sentido a un relato, o al menos asentarlo, hacerlo definitivo e inmutable, cerrarlo. Y esa convención es, de hecho, tan poderosa, tan generalizadamente vigente, que el que para Coppola el final no sea tan importante y concluyente como suele, parece desconcertar al público y, sobre todo a los críticos, que siempre prefieren un resumen final, bien etiquetado que integran dos horas y media de compleja acción, ese «grueso» de la película que —curiosamente— parece anularse —o quedar entre paréntesis— en virtud del estatuto privilegiado que se le otorga tradicionalmente a la escena cronológicamente última. También puede contribuir a esa irritada desorientación del espectador el que, consecuentemente con lo anterior, y en contra de lo dictado por la costumbre y las leyes de la «eficacia» narrativa, la película describa una trayectoria más bien «descendente» —y no ascendente—; que Coppola (13), en vez de provocar aplicadamente un gradual «crescendo» final o un súbito «acelerón» que condujese a ese clímax explosivo que permite obtener la mayor «plusvalía significante» de la conclusión, haya procurado ir indeterminando la ubicación temporal de cada plano, minando la causalidad narrativa, diluyendo la tensión dramática, hasta que el film alcance la «stasis» y no pueda seguir su curso. De ahí el carácter «decepcionante» —cada vez menos «concluyente», esclarecedor o definitivo— que tiene la parte última de Apocalypse Now, carácter que coincide bastante exactamente —sin reproducirlo, consiguiéndolo de otra forma y con otros medios— con el de Heart of Darkness.

(1) Willard dice que se convirtió en la «memoria viviente» de Kurtz; que su propia historia no puede contarse sin contar la de éste, y que si la de Kurtz es una confesión, también lo es la suya. Coppola: «Para mí son dos aspectos del mismo hombre». Conrad hace decir al narrador anónimo de The Secret Sharer, acerca de Leggatt, que «era como si, en la oscuridad de la noche, me hubiese visto confrontado por mi propio reflejo en las profundidades de un sombrío e inmenso espejo».

(2) De hecho, tal vez el antecedente estilístico más inmediato de Apocalypse Now no sea, como piensa Coppola, 2001: A Space Odyssey (1968) de Kubrick, sino Shock Corridor (1963). También guarda cierta relación con otros films de Fuller, como House of Bamboo (1955), Run of the Arrow (1957), Underworld U.S.A. (1960) o Merrill’s Marauders (1962), así como con un Peckinpah no mencionado, Bring Me The Head of Alfredo García (1974).

(3) Véase Vietnam (1967), de Mary McCarthy, editado en castellano por Seix-Barral.

(4) Aparecida en Triunfo (17 de noviembre de 1979) con el título de «Apocalypse Now»: un discurso de derechas.

(5) En efecto, todo el mundo lo sabe, así que no se ve muy claramente qué falta hace que Coppola nos lo recuerde sin que venga a cuento, es decir, sin que lo exija el relato.

(6) «La pretensión tradicional del realismo común y corriente (equivocado o no, posible o no; no entro aquí en eso), o sea, la trasmisión de una experiencia en cuanto tal experiencia singular (ejercicio de cuya utilidad o inutilidad tampoco he de hacer causas), queda absolutamente hollada y defraudada por el realismo socialista, ya que por la programática proyección ordálica del texto, la literalidad es confutada y derogada por la función representativa, lo sensible subsumido por su actividad simbolizante, lo particular empírico laminado por la resonancia categorial: no hay más que luchas entre categorías», escribe Rafael Sánchez Ferlosio en la pág. 169 de la primera de Las semanas del jardín (Nostromo, 1974).

(7) Ver Las semanas del jardín, por ejemplo.

(8) Cosa que, evidentemente, evita Ramonet, como delata su falsificadora y simplista asimilación de los puntos de vista de Willard y Coppola, cuando dice, refiriéndose al personaje, «luego, según él (y también según la película)….».

(9) «Tanto nos hemos acostumbrado desde entonces a leer, de manera inmediata, “el sentido” de una historia a partir de estas señales, a interpretarla, al primer golpe de vista, a la luz de estos estigmas, tanto nos hemos hecho al hábito policíaco de echarnos a la cara, con ojos paranoicos y mirada lombrosiana, las figuras, para reconocer inmediatamente quién es quién…» (pág. 63); «El sentido de la historia (…) quedaría igualmente indeciso si hubiese una simultaneidad de ambas figuras o si, sin suspender la sucesión, se anulasen los índices escatológicos escritos en sus frentes; con lo que los espectadores se verían entonces en el desapacible trance de no saber a qué carta quedarse (pues más que la pretensión de conocer el juicio del autor, los domina tal vez el afán —consolidado por el sedimento de una costumbre inveterada— de que se les suministre va hecho uno inequívoco, cualquiera que éste sea), o sea de tener que juzgar por sus propios medios, o bien de tener que renunciar simplemente a todo juicio, todo veredicto totalizador y archivador, y a resolverse por el conocimiento y por la cualidad.» (p. 69), en Las semanas del jardín, Semana primera.

(10) Lo mismo que con los «tres» finales de Topaz (1969) de Hitchcock.

(11) Pág. 155, Las semanas del jardín, Semana primera.

(12) Han empezado a hacerlo Sánchez Ferlosio en Las semanas del jardín; mi hermano Javier en Fragmento y enigma y espantoso azar, ensayo que forma el nudo de El monarca del tiempo (Alfaguara, 1978); al parecer, también Frank Kermode en The Sense of an Ending: Studies in the Theory of Fictions (Oxford University Press, 1967) y Barbara Herrnstein Smith en Poetic Closure: A Study of How Poems End (University of Chicago Press, 1968). Ver pp. 37-38 de la primera de Las semanas del jardín.

(13) Coppola: «Desde el principio sabía que no debía alcanzar un apogeo dramático complaciente.»

En “Dirigido por” nº 68, noviembre-1979