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miércoles, 8 de julio de 2026

Respuesta a una encuesta sobre la mejor película y el mejor cineasta de los 90

Lamentablemente, no encuentro en el último decenio, 1991-2000, ni tanta variedad —cada vez todo se uniformiza más— ni tanta fuerza creadora como para verme impelido a hacer la trampa —para poder mencionar a dos— de separar la obra y el cineasta.

Para mí no hay duda de que la película —si se la puede llamar así, porque es más bien una serie de televisión, se sirve profusamente del vídeo y cuenta con muy poco material nuevo, rodado por el autor, aunque sí elegido y trabajado por él (y esta naturaleza 'ambigua' también me parece significativa)— no sólo más importante, sino más emocionante y más imaginativa, además de la que supone una más honda reflexión sobre la naturaleza, las posibilidades, las promesas incumplidas y la historia del cine, sentando así una base crítica pero no por ello teórica ni estática, por inestable y exclusivamente personal que pueda ser, para un progreso futuro, es Histoire(s) du cinéma de Jean-Luc Godard.


En ella Godard parece culminar —con una amplitud enorme, aunque con carácter selectivo— el trabajo al que parece haberse entregado —probablemente sin darse cuenta— desde sus primeros artículos críticos, desarrollando al máximo un nuevo concepto de montaje asociativo multidimensional, que ya venía desarrollando desde À bout de souffle (1960) y, sobre todo, a partir de Deux ou trois choses que je sais d'elle (1967) y —un salto más— de Sauve qui peut (la vie) (1979), y que incluye aspectos como el collage y la superposición de diferentes imágenes y sonidos, y su tratamiento cromático, con un mayor o menor grado de descomposición del movimiento, combinando así desde las investigaciones de Marey a los hallazgos de Lumière, Griffith, Vertov, Eisenstein en un sistema nuevo de análisis y generación de imágenes sugerentes.

Que no sea Godard un cineasta surgido en la década de referencia, sino muy anterior, veteranísimo y de edad avanzada —sin que ello le impida evolucionar constantemente, adaptarse a las nuevas técnicas y seguir estando en la cabeza de un cine que, en general, apenas se mueve y que rehúye como la peste conceptos como vanguardia, experimentación, ensayo, estética, estilo, autor o lenguaje—, puede, quizá, decepcionar a los más jóvenes, que ansían tomar el relevo sin hacer nada para merecerlo, pero a mí no me sorprende en absoluto.

Es un síntoma más, al igual que el hecho de que no sea Histoires(s) du cinéma ni siquiera una obra concebida e iniciada en los noventa, aunque sí completada en ese decenio. Son circunstancias que tampoco me parecen casuales, sino concordantes con la fase de marasmo y desconcierto en que parece encontrarse el cine.

En Secuencias nº 16 (segundo trimestre de 2002)

viernes, 12 de diciembre de 2025

Presentación de la "Colección Miguel Marías"


Este lunes 15 de diciembre, a las 19:00 h., presentación de la "Colección Miguel Marías" (Editorial Confluencias) en la Librería Antonio Machado de Madrid.

Presenta Rodrigo Dueñas, coordinador del presente blog y editor de la colección. Los dos primeros títulos estarán dedicados a Jean-Luc Godard y Alfred Hitchcock.

***

***


ÍNDICE

PRÓLOGO
Jesús Cortés
15
CARTA SOBRE GODARD
[Alphaville]
Inédito, abril de 1966.
21
JEAN-LUC GODARD EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO
[Pierrot le fou]
El Noticiero Universal, 5 y 6 de enero de 1967.
31
LO ATROZ Y LO SUBLIME
[Les Carabiniers]
El Noticiero Universal, 3 de julio de 1967.
39
LOS HIJOS DE MARX Y DE LA COCA-COLA
[Masculin Fémenin]
El Noticiero Universal, 16 de agosto de 1967.
43
EL TESTAMENTO DE JEAN-LUC GODARD
[Le Mépris]
El Noticiero Universal, 7 de septiembre de 1967.
47
UNA SOMBRÍA INTRIGA POLÍTICA
[Made in U.S.A.]
El Noticiero Universal, 2 de enero de 1968.
51
UN FILM «NIVOLESCO»
[2 ou 3 choses que je sais d’elle]
El Noticiero Universal, 2 de febrero de 1968.
55
LEJOS Y CERCA DEL VIET-NAM
Nuestro Cine, nº 74, junio de 1968.
59
WEEK END
Nuestro Cine, nº 80, octubre de 1968.
67
MONTPARNASSE ET LEVALLOISE
Nuestro Cine, nº 91, noviembre de 1969.
71
LOS CARABINEROS
Nuestro Cine, nº 93, enero de 1970.
75
EL ESPÍRITU DEL «MUSICAL»
[Une femme est une femme]
Nuestro Cine, nº 97, mayo de 1970.
79
UNE FEMME EST UNE FEMME
Film Ideal, 1970, nº 222-223, 1970.
81
EL SOLDADITO
Nuestro Cine, nº 102, octubre de 1970.
85
LE SPHINX ET LA LUMIÈRE
[Alphaville]
Inédito, comienzos de los 70.
91
UNE FEMME MARIÉE
Dirigido por, nº 31, marzo de 1976.
95
LE NOUVEAU MONDE/IL NUOVO MONDO
Dirigido por, nº 73, mayo de 1980.
97
SAUVE QUI PEUT (LA VIE)
Casablanca, nº 1, enero de 1981.
99
SEÑALES DE VIDA DE JEAN-LUC GODARD
Alphaville Noticias, nº 1, enero de 1981.
103
A VUELTAS CON GODARD
Casablanca, nº 11, noviembre de 1981.
107
ENTREVISTA A JEAN-LUC GODARD
Casablanca, nº 11, noviembre de 1981.
111
GODARD SUPERVIVIENTE
Jean Luc Godard. JC, Madrid, 1981.
135
PASSION
Casablanca, nº 29, mayo de 1983.
159
TIEMPO DE GODARD
IV Festival Internacional de cine de Sevilla, noviembre de 1983.
165
LA CARMEN DE GODARD
Hoja de presentación de Alphaville, diciembre de 1983.
177
FRENTE A GODARD
[Prénom Carmen]
Casablanca, nº 37, enero de 1984.
183
REVELACIONES
[«Je vous salue, Marie»]
Hoja de presentación de Alphaville, junio de 1985.
189
GODARD A LA INTEMPERIE
«Jean-Luc Godard». Filmoteca Regional, Murcia, 1986.
195
MICHEL POICCARD MURIÓ HACE 32 AÑOS
[À bout de souffle]
Circular de L’Ateneu de Olot, nº 18, febrero de 1992.
211
GODARD FOREVER
Nickel Odeon, nº 12, otoño de 1998.
215
VIVRE SA VIE
Texto preparatorio para la intervención en
¡Qué grande es el cine!, 4 de septiembre de 2000.
221
HERMANOS SECRETOS: CHRIS MARKER
& JEAN-LUC GODARD
Texto preparatorio para una presentación en el Festival de Creación
Audiovisual de Navarra, 24 de noviembre de 2000.
223
JEAN-LUC GODARD & JACQUES RIVETTE
Nickel Odeon, nº 23, verano de 2001.
227
GODARD JUVENIL
En torno a la Nouvelle Vague: rupturas y horizontes de la modernidad.
Institut Valencià de Cinematografia, Valencia, noviembre de 2002.
233
TODAVÍA GODARD
Prólogo al libro JEAN-LUC CINÉMA GODARD de Paulino Viota.
Fundación Marcelino Botín, Santander, 2004.
249
MONTAJE ESTRATIFICADO EN EL CINE
DE JEAN-LUC GODARD: TEXTURAS, COLORES,
SONIDOS, TEXTOS, CALIGRAFÍA
Artecontexto, otoño de 2005.
253
VIVRE SA VIE
Inédito, 13 de marzo de 2006.
263
GODARD Y EL TIEMPO
[Vivre sa vie]
El Cultural, 27 de julio de 2006.
265
SANDALED FEET GOING DOWN A FLIGHT OF STAIRS
[Notre Musique]
Defining Moments in Movies: The Greatest Films, Stars, Scenes
and Events that Made Movie Magic. Cassell, Londres, 2007.
269
GODARD, HUILLET Y STRAUB &
LA VELOCIDAD DEL RAYO
Inédito. Versión más reducida en Miradas de cine, nº 62, mayo de 2007.
273
¿POR QUÉ LA S ENTRE PARÉNTESIS?
[Histoire(s) du Cinéma]
Cahiers de Cinéma España, nº 2, junio de 2007.
287
AL BORDE
[Film Socialisme]
Lumière Internacional Godard, finales de 2010.
289
MADE IN U.S.A.
Programa de la Filmoteca, marzo de 2016.
295
SIN ESPERAR A GODARD
Un blog comme les autres, 18 de septiembre de 2022.
297
AN EARLY GOODBYE
[JLG/JLG (Autoportrait de décembre)]
MUBI, 30 de enero de 2023.
303
INTRODUCCIÓN A «INTRODUCCIÓN A UNA
VERDADERA HISTORIA DEL CINE» Y PRESENTACIÓN
DE VIVRE SA VIE
Texto preparatorio para una presentación en la Filmoteca de
Catalunya, 9 de julio de 2023.
307
NO ES OBLIGATORIO
El cine de Jean-Luc Godard: rupturas y aperturas. Universidad
de Lima, noviembre de 2023.
313
BANDE À PART
Inédito, 25 de julio de 2025.
325
FERDINAND CORRIÓ...
[Pierrot le fou]
Inédito, comienzos de los 70.
327


Los libros se pueden adquirir aquí y aquí.

viernes, 18 de octubre de 2024

Jean-Luc Godard en busca del tiempo perdido

«Caminante, no hay camino,

se hace camino al andar.»

Antonio Machado


Cuanto más nueva y original es una obra, más difícil es hacer su crítica: no se sabe por dónde empezar. Siempre he pensado que una crítica de cine debía ser, en cierta medida, a imagen y semejanza del film criticado. Así, esta crítica, la más difícil que he emprendido, será hasta cierto punto una crítica-collage como Pierrot le fou (Pierrot el loco, 1965) es, entre otras cosas, un film-collage.

El propio Jean-Luc Godard, en una entrevista, indica la primera puerta por la que puede penetrarse en el film: «El cine tradicional es una manera de seleccionar unas escenas en vez de otras. En Senso, que me gusta mucho, me hubiera gustado ver los momentos que Visconti disimulaba. Pierrot le fou, desde ese punto de vista, es el anti-Senso

En efecto, y desde su primera obra, À bout de souffle (Al final de la escapada, 1959), Jean-Luc Godard emprendió la tarea de devolver al cine el tiempo perdido.

No se piense, sin embargo, que este artículo quiera determinar si el cine de Godard es nostálgico o pretende un «retorno al pasado». Es nostálgico, sin duda (nostalgia de Humphrey Bogart y del film negro en À bout de souffle, del musical en Une femme est une femme, de la serie B en Vivre sa vie, de los «países exteriores» en Alphaville, de la aventura en Pierrot, del cine americano en todas sus películas), pero no es esto lo que ahora importa. Porque el tiempo perdido que Godard intenta recobrar no es el pasado, sino otro, cinematográficamente inédito.

Dado que en cine nunca se suele mostrar todo el tiempo de la acción, cada director elige una serie de escenas que va a mostrar, eliminando otras por medio de una elipsis, fundiéndolas en un «encadenado», borrándolas en un «fundido». Habitualmente, incluso desde Griffith, el director selecciona los llamados «tiempos fuertes», en los que discurre lo principal de la acción y planea sobre los «tiempos débiles», en los que «no pasa nada», y que servirían de enlace entre una escena y otra. Preminger y Lang son los maestros de la elipsis, dado su gran poder de síntesis y sus respectivos estilos narrativos. Sin embargo, fue el mismo Godard quien, en À bout de souffle, llegó al máximo en cuanto a eliminación de escenas intermedias, al tiempo que ya daba principio al proceso seleccionador de tiempos débiles que tiene su sublimación (por ahora) en Pierrot. Así, pues, una de las principales aportaciones que con À bout de souffle Godard hizo al cine fue basar su film sobre tiempos débiles, que el montaje convertía en fuertes. Antonioni también ha construido sus últimas obras a base de tiempos débiles, pero su dirección de actores — tan falta de vida — y su montaje los «vaciaban», convirtiéndolos en tiempos «muertos», en los que la acción se estancaba: a fin de cuentas, en La noche (La notte, 1960) no pasaba «casi nada», mientras que en los films de Godard pasan muchas cosas.

Es una lástima que la censura y la inercia de los distribuidores, cine-clubs y Filmoteca, nos hayan privado de conocer tres cuartos de la obra de Godard, en especial Bande à part (1964), de la que Pierrot es casi una continuación, pues sería fundamental en un autor que, como Hitchcock o Jerry Lewis, es conscientemente evolutivo, y nos permitiría ver el progreso gradual de esta revolución del tiempo cinematográfico.

En efecto, en Pierrot el loco sólo se nos muestran los momentos que habitualmente se nos ocultan. De ahí su profundo carácter innovador; de ahí el desconcierto, la irritación, que produce en una parte del público, que, al verse privado de sus habituales puntos de referencia, se pierde. Porque es desconcertante que no se nos muestre la muerte de «Donovan» (sólo su cadáver, con unas tijeras en el cuello, sobre una cama), ni el plano en que el coche rojo recibe el disparo de Anna Karina y empieza a arder, ni la muerte del enano, ni la paliza de los dos gangsters a Jean-Paul Belmondo (sustituida por un homenaje al documental Guernica, de Alain Resnais: montaje de planos de un cuadro azul de Picasso; y gritos en la banda sonora), ni la muerte del dueño del yate, ni el plano en que los dos gangsters reciben los disparos de A. K. En general, no se muestra directamente la violencia, sino sólo las consecuencias. Por eso, las muertes de A. K. y J.-P. B., que sí se ven, son más impresionantes.

En cambio, Godard nos muestra ciertos instantes que no vemos nunca en cine, y pocas veces en la vida misma: las conversaciones entre Marianne Renoir (A. K.) y Ferdinand-Pierrot (J.-P. B.) en el coche, mientras luces de colores cruzan el parabrisas; cuando paran en medio de la carretera para besarse; cuando, tumbados en la playa, miran la luna; la canción de Anna en su cuarto (él la mira con cara triste, bogartiana; ella se acerca, le quita el cigarrillo, le besa, devuelve el cigarrillo a sus labios); el coche entre las olas (claro homenaje a la obra maestra de King Vidor Ruby Gentry (Pasión bajo la niebla, 1952); cuando caminan, de la mano, el agua hasta las rodillas, a lo largo del Loira; cuando corretean, cantan y bailan por el bosque, cuando Marianne recorre la playa preguntándose «¿Qué puedo hacer?, no sé qué hacer…» (dañado por un espantoso doblaje).

La revolucionaria selección del tiempo filmable que Godard ha llevado a cabo en Pierrot el loco desemboca en una especial estructura, al parecer relacionada con la de Wind Across the Everglades (1958), de Nicholas Ray. Es rara la escena en que intervienen más de dos personajes, pues al ser Pierrot y Marianne dos inadaptados que huyen, la película se centra casi exclusivamente en ellos. Por otra parte, la supresión de tiempos «fuertes» en favor de los «débiles» lleva consigo el que el film esté construido a base de secuencias cortas (de un par de minutos) entre las cuales hay una considerable discontinuidad. Esta estructura fragmentada permitiría cambiar el orden de algunas secuencias sin altercar el significado del film, y además produce la total pérdida de la noción del tiempo. Todo esto se ve acrecentado por la mezcla de géneros que hay en Pierrot: a una escena dramática sigue un gag, a éste un número musical, y luego una entrevista en estilo cinéma-vérité, una escena de comedia, un monólogo o una sátira política; luego, planos de pinturas, de noticiarios, de otra película. Como ha visto muy bien René Richetin, quizás es Pierrot la primera «obra abierta» del cine, en la que bloques de tiempo discontinuos se unen únicamente en la continuidad de la proyección de la obra.

Al ser el film más «abierto» que conozco, es también aquel que requiere la más activa participación del espectador, aquel donde éste debe aportar más, pues se le entregan numerosos signos cuyo significado él mismo, como un detective, debe esclarecer. En Pierrot hay que atender más que nunca a todo lo que se ve y se oye, pues, por ejemplo, un diálogo en off nos explicará un cadáver aparecido hace dos o tres secuencias, y una noticia del periódico que Pierrot lee en el puerto de Toulon nos justificará que al final se suicide de un modo tan original. De hecho, todo está explicado (aunque no lo parezca), pero hay que ir almacenando datos y relacionarlos por uno mismo. Esto y la estructuración del film, junto a su carácter estrictamente no-narrativo, es la causa primordial de que, mientras se ve, Pierrot carezca de argumento, y sólo al final, una vez acabado, nos demos cuenta de lo que ha ocurrido. Creo que todo film con algún interés debe verse más de una vez; con Pierrot le fou esto es más necesario que nunca.

No hay duda de que Pierrot el loco desconcierta. Ya hemos analizado algunas de las causas, pero aún quedan varias. Por un lado, la utilización de técnicas de distanciación (más o menos brechtianas), como el casi constante diálogo, voces en off a dúo, división en capítulos, pantomimas (Belmondo imitando a Michel Simon, la representación sobre la guerra del Vietnam), los actores que hablan al espectador o miran a la cámara, monólogos en primer plano, trozos del diálogo de Pierrot que no pueden leerse (lo que importa en ese momento no es lo que escribe, sino que escribe, y es un modo de indicar el carácter reflexivo e intelectualizado del personaje, además de una manera de reintroducir la dimensión subjetiva de la novela en que se basa vagamente la película, pues está narrada en primera persona), etc., técnicas que no hacen, en el fondo, sino aumentar la adhesión del espectador atento (pese a que un cartel intermitente luminoso nos recuerde que estamos en el cine, o un muerto parpadee). Es digna de mención, por otra parte, la falta de exhibicionismo de los movimientos de cámara y de la planificación, pues el único «efecto» está totalmente justificado: se trata de cuatro o cinco planos «de un solo color» (rojo, verde, amarillo) que hay en la fiesta del principio, y que contrasten con la arbitraria y esteticista coloración de la mayor parte de Un homme et una femme (Un hombre y una mujer, 1966, de Lelouch), pues lo que en Pierrot es un modo de señalar la estupidez de los invitados, que hablan como anuncios de TV, sin tener que exagerar sus gestos, y de separarlos de las inteligentes declaraciones de Fuller (en color normal), en el film de Lelouch no era más que uno de los más gratuitos detalles de seudomoderna «puesta en escena». Hay que señalar, por otra parte, que esta sátira de la influencia de la publicidad en el mundo moderno se encontraba ya en Bande à part y Une femme mariée (1964) y que además Pierrot es anterior a Tant qu'on a la santé (Mientras haya salud, 1965), de Pierre Étaix.

Aunque quizá prefiera Pierrot a grandes films clásicos, como Éxodo, Con la muerte en los talones, Río Rojo, El hombre tranquilo, Le carrosse d’or, Yokihi, El general de la Rovere, Tabú, Chicago año 30, El hombre de Laramie o Esplendor en la hierba, comprendo que Pierrot no guste, irrite o deje indiferente, mientras no comprendo que puedan desagradar aquellos otros, algunas de las cimas de la puesta en escena. Y puedo comprender que Pierrot desconcierte, porque con Pierrot el cine ya no es la «puesta en escena» tradicional, sino otra cosa, más abierta, más libre, por la que Godard empieza a abrir un camino que directores como Skolimowski ya han empezado a seguir. Pierrot, por lo tanto, va no contra la puesta en escena, sino más allá. Y Pierrot desagrada fácilmente porque, mientras cualquiera de los grandes films antes citados está hecho para ser visto y comprendido, éste, además de verlo y oírlo, hay que sentirlo físicamente. Por eso es muy buena la crítica que ha hecho Louis Aragon, por eso acierta Fuller al decir: «He comprendido todo. Es bello como una pintura abstracta».

Godard, que sigue siendo un crítico lúcido, ha expresado bien el espíritu de improvisación y libertad con que el film ha sido hecho: «No hay nada que comprender en mis films. Es preciso contentarse con escuchar y mirar. Yo mismo no siempre comprendo lo que hago», «todo el final ha sido inventado, al contrario que el principio, que estaba organizado. Es una especie de happening, pero controlado y dominado», «es un film completamente inconsciente, no lo he premeditado», «no es verdaderamente un film, más bien una tentativa de cine», «he querido reconstruir una sensación a partir de los elementos que la componen».

Pasando por el tan debatido asunto de las «citas», que me parece una muestra de honradez intelectual, pues es un modo de reconocer a sus maestros, sus predecesores, sus influencias, y de dársenos a conocer a través de sus gustos, además de delatar una cultura que no tiene nada de superficial (como demuestra el hecho de que, si se conoce la obra citada, cada alusión aporta nuevos datos sobre los personajes o los hechos que se ven en la pantalla), se llega a otro de los motivos de desconcierto: los personajes no se definen claramente, ni se analizan. Dice Godard: «No se sabrá quiénes son, ni lo que piensan», «lo que es interesante es esta especie de fluidez, es llegar a sentir la existencia como una materia; no son las personas lo importante, sino lo que hay entre ellas», pues, como dice Truffaut de Godard: «Nunca le ha gustado entrar en detalles, nunca». Lo cual no quiere decir que no lleguemos a conocerles: Pierrot es un Michel Poiccard cansado, pasivo y reflexivo; Marianne es atractiva, inconsciente, que sólo quiere «vivir». Se quieren, pero ella se aburre de la introspección de Pierrot. Cuando ella le traiciona y le abandona y él es torturado, y se ve envuelto en un nuevo crimen («no quiero ver la sangre») escribe en su diario: «No puedo odiarla, ni confiar en su lealtad», y se sienta en la vía del tren, pero se arrepiente en el último momento. Al final, tras haber matado a Marianne («no sé por qué lo he hecho»), la vida ha perdido todo sentido para él, y aunque también se eche atrás esta vez, ya no podrá apagar la mecha, y volará por los aires. Sobre el mar lleno de sol, las voces de Pierrot y Marianne hablan por última vez: -«Ella ha encontrado el fin...» -«¿Qué?» -«La eternidad» -«Cara al mar... vete» -«Con el sol».

Por último, Pierrot es el diario de Godard, pero en vez de escribirlo lo filma. En unas semanas, ha recorrido la Costa Azul con sus amigos Coutard (cuya fotografía, con el uso que Godard hace del color, merecería un estudio), Anna, Jean-Paul, Devos (es curioso que, aparte Marianne, las dos únicas personas con quien Pierrot se entiende sean dos locos: el de la música y la «reina del Líbano»), filmando una huida de trágico fin, basada en una novela que no recordaba bien («Obsession», de Lione White); ha releído varios libros, se ha acordado de You Only Live Once y La Chienne, ha oído noticias del Vietnam, ha visto cómo Michael Poiccard, en un cine, reencontraba a Patricia Franchini, que filmaba al Gran Estafador (al que así, como a él, delataría). Viendo este film se conoce a Godard mejor que nunca.

Por todo esto, tras El nacimiento de una nación (Griffith, 1915), Amanecer (Murnau, 1927), La Régle du jeu (Renoir, 1939), El cuarto mandamiento (Welles, 1942), Paisà (Rossellini. 1946), Cantando bajo la lluvia (Kelly & Donen, 1951), Candilejas (Chaplin, 1952), Ugetsu monogatari (Mizoguchi, 1953), Ordet (Dreyer, 1965), Centauros del desierto (Ford, 1956), De entre los muertos (Hitchcock, 1958), El tigre de Esnapur-La tumba india (Lang, 1958), Hatari! (Hawks, 1961) y El cardenal (Preminger, 1963), se coloca Pierrot el loco entre los films que prefiero.

En El Noticiero Universal (5 y 6 de enero de 1967)

miércoles, 22 de noviembre de 2023

Sauve qui peut (la vie) (Jean-Luc Godard, 1980)

1. Sauve qui peut (la vie) es un film muy duro, más que por lo que cuenta —o muestra, sugiere, permite deducir— y más incluso con que lo hace, porque Godard —consciente del carácter necesariamente fragmentario y parcial de un film— ha prescindido de todas las escenas cuya única o primordial función parece consistir en suavizar, embellecer o comentar el desarrollo de las películas y que actúan, en el mejor de los casos, como un lubricante de la narración, a veces como un obstáculo. Aquí no hay tiempo que perder, y se pasa directamente de una cosa a otra, de un personaje a otro: el primero, Paul Godard (Jacques Dutronc) se nos presenta, sin explicaciones, en plano general; siete minutos más tarde, aparece de pronto, en plano medio, el segundo, Denise Rimbaud (Nathalie Baye); pasados unos treinta minutos, un primer plano introduce al tercero, Isabelle Riviére (Isabelle Huppert). De ninguno se nos advierte la profesión, el estado de ánimo o las condiciones de vida: nos enteraremos mientras avanza la película, veremos que todos ellos han tenido, tienen o tendrán alguna relación; asistiremos, incluso, a una serie de encuentros casuales y de coincidencias cuyo carácter extraordinario el film no subraya nunca.


2. En consecuencia, Sauve qui peut (la vie) es un film breve (no llega a la hora y media) y seco, pero más denso de lo habitual en Godard, y muy tenso. Al contrario de lo que ha sido hasta ahora normal en su cine, no hay acumulación de elementos, sino una nueva organización del número mínimo que resulta imprescindible para dar una visión compleja, en facetas, de la realidad, y no subjetiva o exclusivista. Es, en el fondo, una película muy clara, más ordenada que de costumbre, más «compuesta». Lo que choca no es la profusión ni la heterogeneidadsino la brusquedad, la concisión, la eliminación de toda redundancia. Se trata, sin duda, del film más «directo» y «primario», menos retórico y discursivo que ha hecho Godard hasta ahora. No hay melodramatismo ni énfasis; nada que pula, adorne, redondee o palie su brutal exposición.

Narrativamente, no hay meandros ni digresiones, sino líneas de fuerza quebradas mediante elipsis; dramáticamente, no se «explotan» a fondo las posibilidades de cada escena. Podría decirse que Sauve qui peut (la vie) es el primer film verdaderamente realista de Godard: todos los anteriores —incluso los «colectivos»; desde luego, también los posteriores a Mayo del 68, y tal vez ninguno tanto como Número Deux (1975)— eran films «en primera persona», en los que Godard parecía obsesionado por dejar huellas de su paso —piénsese en sus intervenciones en Número Deux y el episodio de Loin du Viêt-nam (1967), en sus pequeños papeles de A bout de souffle (1959) o Le Mépris (1963), en su voz en off en Bande à part (1964) o 2 ou 3 choses que je sais d'elle (1966), en los textos autógrafos de Pierrot le fou (1965), Alphaville (1965) y muchos otros, etc.—, mientras que éste es un film claramente «en tercera persona». Tal vez por eso han desaparecido casi por completo las referencias o «citas» cinematográficas (apenas se ve que Paul lee el libro de Claude Beylie sobre Pagnol, ni que en un cine dan City Lights de Chaplin, y Marguerite Duras no se deja filmar), literarias (Milan Kundera) o políticas; no hay voz en off, ni textos escritos, ni monólogos-entrevistas; para ser un film de Godard, es notablemente lacónico, aunque haya más afán de diálogo entre los personajes que nunca.

3. En Sauve qui peut (la vie) encontramos a un Godard más tranquilo y «resistente» —menos desanimado— que antaño, menos tentado que nunca a dar lecciones o proponer remedios —con recetas ajenas o propias, tanto da—, que se niega a fingir que encuentra el mundo que le rodea menos irrespirable de lo que es, pero que, de todos modos, parece dispuesto a no dejar de respirar. Por eso, en lugar de sentarse de brazos cruzados a contemplar el progreso de la corrupción, o quejarse, hace películas —en cine o televisión—, tal vez sin el entusiasmo juvenil ni el lirismo innovador de sus treinta años —pues acaba de cumplir cincuenta—, pero con la misma inquietud y curiosidad, idéntico inconformismo y comparable afán de explorar las posibilidades expresivas de la imagen tras la forzada austeridad de Le Gai Savoir (1968) o la deliberada monotonía, el color, la composición y el movimiento, que se traduce en los cambios de velocidad que tienen lugar cada vez que en Sauve qui peut (la vie) hay una variación de ritmo o de dirección en los personajes, cuando intentan salir de la situación en que se encuentran —y el sonido. Hay también una búsqueda de claridad y concisión particularmente loables en tiempos tan proclives a los supermetrajes y a la inflación espectacularmente hueca de tramas insignificantes. Godard hizo «tabula rasa» durante unos años, y ahora empieza a repoblar su pantalla: su renacido interés por los personajes tiene por consecuencia inmediata una nueva concepción —menos psicológica todavía, más cálida y física, mucho menos verbal que antes— de la dirección de actores; en este sentido, hay en Sauve qui peut (la vie) cosas radicalmente inéditas en su cine, como el breve pero delicioso plano-secuencia de Denise e Isabelle charlando y sonriendo en el R-5 rojo de ésta, que podría esperar de Pialat o Eustache, pero creía fuera del alcance de Godard.

4. Pese a que la vida de los personajes es bastante invivible, la dureza del film se debe precisamente a la impasibilidad con que Godard contempla sus peripecias. Se ha hablado mucho de desesperación a propósito de Sauve qui peut (la vie): es ésta una cuestión muy subjetiva, que depende en buena parte de la que el espectador —poco manipulado por el film en un sentido u otro— proyecte, pero no acierto a ver ni siquiera desesperanza, en parte porque no hay identificación alguna entre el autor y sus personajes —aunque uno se llame Godard—, como la había, en cambio, en A bout de souffle o Pierrot le fou —películas emocionantemente desesperadas y subjetivas—, ni tampoco entre estos y el espectador. Godard ha optado esta vez por la distancia —pero sin rastro de la indiferencia o el desprecio que apuntaban Les Carabiniers (1963), Une femme mariée (1964) o Week End (1967)—, una distancia relativa que no excluye el interés, la preocupación o el cariño por los personajes: no es la lejanía del rechazo o el asco  ante lo ajeno, incomprensible o detestable, sino el resultado de una serenidad conquistada, no sé si intuitiva —como en Vivre sa vie (1962) o Masculin Féminin (1966) —o deliberadamente— como en La Chinoise (1967) o Tout va bien (1972)—, pero que en todo caso se ha visto acompañada de una liberación afectiva. Para comprobarlo, bastaría con comparar la actitud de Godard hacia Paul, Denise e Isabelle con la que mantenía frente a los personajes de Número Deux, film éste verdaderamente pesimista y opresivo. Tampoco debe darse una gran importancia a que Sauve qui peut (la vie) se salde inesperadamente con la muerte fortuita y solitaria de Paul Godard, lo mismo sucede al final de Bez znieczulenia («Sin anestesia», 1978) —a  mi entender lo mejor que ha hecho nunca Andrzej Wajda—, con la diferencia crucial de que en el film polaco la víctima del accidente es indudablemente el protagonista —en el sentido etimológico del término— y en el de Godard es tan sólo uno de los tres personajes centrales, tal vez el más débil y el que en realidad tiene menos problemas.

5. Por último, creo oportuno señalar la completa desaparición de cualquier síntoma de paranoia: en Sauve qui peut (la vie) no hay villanos, ni siquiera esos villanos abstractos y «estructurales» (el sistema, la sociedad de consumo, el capitalismo, la burguesía, el imperialismo) a que tan aficionado se ha vuelto el cine de los años setenta. El mundo es tal como es porque así lo hemos hecho o hemos permitido que lo hicieran; así de dura y difícil es la vida, pero algo hay en ella —Godard no dice qué: cada cual tendrá sus motivos, si los encuentra— que hace que valga la pena que la salve el que pueda. Y está claro, cuando el film acaba, que Isabelle podrá, que tal vez —si pasa de la teoría a la práctica, si se mueve a tiempo— Denise lo consiga, y que Paul —que muere engañándose a sí mismo— difícilmente lo hubiese logrado.

En “Casablanca” nº1, ene-1981

lunes, 16 de octubre de 2023

Loin du Vietnam (1967)

LEJOS Y CERCA DEL VIETNAM

He tenido la ocasión de ver, fuera de España, dos películas políticas de gran interés. Ambas son francesas, y ambas tratan de la guerra del Vietnam, y si bien ambas enfocan el conflicto desde el mismo punto de vista ideológico (contra la guerra y la intervención americana) son, en cambio, casi opuestas estéticamente (y, por tanto, éticamente), y de ahí sus diferentes niveles de calidad artística y, por tanto, política.

Loin du Vietnam (1967) es una obra colectiva, casi anónima, a cuya construcción cada colaborador aportó su «piedra» (cf. NUESTRO CINE, número 68, página 52), gratuitamente. La película se hizo con muy pocos medios: de ahí que se haya usado celuloide viejo, estropeado, rayado, de muy grueso granulado, feo. Este defectuoso color, unido a fragmentos azulados en «blanco y negro», da al film, paradójicamente, uno de sus atributos esenciales: el de la molestia (la palabra francesa gêne Ilustra muy bien lo que quiero decir), Pero no es sólo el color lo que convierte Loin en una obra provocativa y agresora, sino toda su estructura y cada uno de los elementos que la forman. La película está dirigida por Jean-Luc Godard, Alain Resnais, Joris Ivens, William Klein, Claude Lelouch y Agnès Varda (Ruy Guerra y Jacques Demy retiraron sus fragmentos, para que el film no sobrepasara las dos horas de duración, y es una lástima), con supervisión, coordinación, montaje y comentarios de Chris Marker, y la ayuda de escritores (Jacques Sternberg, K. S. Karol), periodistas (Michèle Ray), fotógrafos (Kurant, Levent, Boffety), técnicos de sonido (Michel Fano, Antoine Bonfanti) y otros. Pero la película no es, como podría pensarse una serie de «episodios», sino que se mezclan fragmentos de diversos autores, y solo Godard y Resnais han hecho casi sketches (y son lo mejor de la película). Desde luego el material es muy heterogéneo y, aparentemente, caótico y desorganizado, siguiéndose sin orden secuencias de los más diversos temas, ritmos y duraciones, en color o en negro, con actores o filmadas «en directo», con trozos de TV y de noticiarios, con interviews de «cinéma-verité» o con fotos fijas, con ruidos o en mudo, con cartelitos, con subtítulos, con divisiones en «capítulos», con fragmentos de comics, gráficos y dibujos animados. Como se ve, un auténtico collage. Más aún cuando se tiene en cuenta que el desorden era solo aparente, y que Loin du Vietnam, como todos los grandes films «caóticos» (de Pierrot le fou, 1965, de Godard, o Deus e o Diabo na Terra do Sol, 1964, de Glauber Rocha), es realmente una obra orgánica, lógicamente estructurada y que, como muchas obras del nuevo cine (y en especial Godard), nos propone una verdadera dialéctica de materiales, preparándonos no ya diferentes niveles de lectura, sino incluso una captación total de la obra (hay que ver, leer, oír, pensar, incluso organizar). De este modo, el film es visto como un proceso de acumulación, que va formando poco a poco un objeto que podría calificarse de «arrojadizo» y que es lanzado hacia el espectador, forzando en él una toma de posición clara, ya de aceptación, ya de rechazo, pero haciendo que este intervenga activamente. Y, precisamente, uno de los modos de lograr este «despertar» del espectador es agredirle, hacerle sentirse vulnerable, molestarle (y esta capacidad es para mí la mayor virtud de La caza, la única de Juguetes rotos, una de las muchas de Godard, Buñuel, Rocha, los últimos Fuller y los Losey anteriores a Modesty Blaise). Así tenemos que Loin du Vietnam no es solo un acto político, sino además una llamada al espectador para que tome posición: un activador político.

Además de su valor político y provocador, Loin du Vietnam, puede que inconscientemente (en el sentido en que su misión primordial era política), es magnífica como objeto estético, inscribiéndose en las más modernas corrientes del cine anti-académico. Va hemos visto cómo mezclaba la realidad y la ficción, lo directo y lo elaborado, uniendo coherentemente los mis diversos estilos sin que por ello cada fragmento dejase de ser «de autor» (aún sin estar firmados son fácilmente reconocibles por su estilo), dando lugar a un film si no «de autor», si, desde luego, «de autores». Se habrá observado, quizá, un detalle curioso: aunque el «director» del film ha sido Marker, todas estas características son netamente godardianas, como podremos apreciar, además, analizando en detalle la estructura dialéctica del film, que consta (es un poco difícil delimitarlo, pero en fin) de diecinueve secuencias:

1. Carga de bombas y despegues a partir de los portaaviones de la VII Flota americana (Lelouch, con sencillez, hace lo mejor que conozco de él). La voz en off, serena y sin grandilocuencia ni histerismo (así en todo el film), comenta: «Mil toneladas de bombas por día: es una guerra de ricos». Se observa, con cierto horror, la tranquilidad e indiferencia con que los pilotos y marinos hacen su trabajo. Agresión, riqueza y cotidianeidad.

2. Alerta en Hanoi: indiferencia cansada de los norvietnamitas, que se refugian en pequeños pozos individuales, en pequeños toneles metálicos de fabricación casera, o no se esconden siquiera. Este fragmento de Ivens es seguido de un largo fundido en negro con ruidos de bombardeo y trozos de documentales de los escombros del bombardeo. Sacan un cadáver de las ruinas (en mudo, sin música, sin sentimentalismo, sin abusar del horror, sin efectismos, como todo el film). Agredidos, pobres y acostumbrados. Estas dos secuencias forman, en cierto sentido un prólogo.

3. Manifestación anti-USA (visita de Dean Rusk) en París. Representa la reacción fuera de Estados Unidos (contraria a la guerra).

4. Manifestación belicista en USA. Reacción interior favorable.

5. Manifestación anti-guerra en Wall Street (Nueva York). Reacción interior negativa.

6. Pantomima anti-USA en Hanoi (Ivens). Reacción norvietnamita.

Vale la pena subrayar en esta segunda parte, filmada por el americano Klein, que tanto los pro-guerra como los anti-guerra son filmados igualmente: esto es, sin usar para aquellos lentes deformantes y contra éstos no, sino dejando al espectador libertad para simpatizar con unos u otros. También es interesante señalar que se muestra la acción de la Policía (secuencias 3 y 5), y por otro lado, que la seis es casi exacta a la pantomima Jean-Paul Belmondo-Anna Karina en «Pierrot el loco», que tanto se le criticó a Godard, el cual se inspiró en lo que un amigo le contó que se hacía en China (cf. «La China de Mao: el otro comunismo», de K. S. Karol).

7. Un intelectual de izquierda cuenta sus dudas, y denuncia la hipocresía que hay en dar importancia a Vietnam y no a lo que ocurre en otros lugares, creándose así «una segregación de los muertos, una lucha de clases de los muertos», al dar más categoría a los muertos del Vietnam porque mueren ante un enemigo de más «clase», para acabar diciendo «ahora todo el mundo es anti-imperialista en Francia, pero cuando Argelia nadie decía nada». Sobre un texto de J. Sternberg, Resnais se ha limitado a filmar con la mayor sencillez la protesta de un intelectual de izquierda, extranjero a la guerra.

8. Un cartelito godardiano bautiza «Flash-back» a este capítulo, que nos hace la historia del conflicto desde 1949 a 1967 (Indochina, Acuerdos de Ginebra, Hanoi, comics, etc.).

9. Interviú filmada con Ho Chi-minh.

10. Mujeres y niños trabajando en barrizales. Pueblo de Vietnam del Norte.

11. Cartelito: «Camera-Eye» (cámara-ojo). Una claqueta nos indica que es el sketch de Godard. Enseguida aparece el propio Jean-Luc, que filma, mira por el visor y nos dice, en off, con modestia y sinceridad, que si él fuera americano o ruso haría un documental, pero que como vive en París y los norvietnamitas no le dejaron ir allí porque es «un chico de ideología vaga» —«quizá tengan razón», dice—, hace lo que puede: planos de La Chinoise, de Godard rodando, trozos de noticieros, de los portaaviones que filmó Lelouch. etc. Y Godard continúa su monólogo de once minutos mientras vuelve el objetivo de su cámara hacia el espectador, cita a «Che» Guevara y dice que no hay que olvidar a los negros, ni Angola, África del Sur, Sudamérica, las huelgas de Rhodiaceta (gran obsesión de J.-L. G.: cf. NUESTRO CINE número 66, pág. 25; «Cahiers du Cinéma» número 194), y reconoce estar «cortado» de los obreros (véanse entrevistas), y acaba citando a Debray y haciendo un llamamiento al espectador. Obsérvese de qué modo más perfecto responde Godard a Resnais (7), cómo hace cine «de autor» (cine dentro del cine: rodaje, planos de La Chinoisecollagescomics, anuncios, carteles, noticieros, etc.) y cómo advierte que en Cuba o Vietnam o el Congo es la misma batalla la que se lucha. Protesta extranjera, activa pero distante.

12. Planos «bonitos» chicas sudvietnamitas que pasean en Saigón (Varda), mientras Tom Paxton hace canción-protesta anti-guerra («los Estados Unidos quieren liberar Vietnam de los vietnamitas». Pueblo de Vietnam del Sur. (Cf. 10.)

13. Bases americanas; comentario de Michèle Ray.

14. Escenas de guerra. (Película destrozada, rayada, feísima.)

15. El general Westmoreland hace un discurso a través de la TV, y es realmente «destrozado» por el granulado, las rayas, las interferencias, las imágenes (algo así ocurre en Anticipationsketch de Godard en Le Plus vieux métier du monde, 1967) mientras acusa  de traidores e insulta a los manifestantes anti-guerra y defiende ésta (señalo que los subtítulos franceses suavizaban un poco la dureza de Westmoreland). Jefe militar USA.

16. Entrevista con Fidel Castro en la Sierra: dice, con calma y seguridad, de la guerra de guerrillas, que no la hacen por elección, sino obligados por los opresores, que no les dejan otro camino que la lucha armada, y que hay que «luchar en dos frentes: creadoramente y defensivamente». Guerrillas.

17. La viuda de Norman Morrison cuenta el suicidio «a lo bonzo» de su marido, ante el Pentágono, como protesta contra la guerra, y expresa, en una entrevista-psicodrama, deseos de hermandad entre los pueblos de Estados Unidos y Vietnam, que ilustra viviendo (en París) con vietnamitas.

18. Cartelito: «Vértigo». Manifestación anti-guerra, con «hippies», el Black Power, y neo nazis que les insultan (Nueva York, 15 de abril de 1967) y muy interesantes discusiones y charlas entre enemigos y partidarios de la guerra, entre espectadores y manifestantes, filmadas por Klein. Cantos, pantomimas, manifestantes maquillados de blanco y con «sangre» pintada en la cara (relación con el Living Theater, y los Godard de 1967: La Chinoise y Week End). Protesta colectiva.

19. «Dentro de unos minutos este film va a acabar» nos advierte el comentario, y acaba pidiendo la transformación de una sociedad que «ha aceptado la guerra de ricos y pobres como inevitable, y va a perderla». Invitación a la protesta al espectador.

A este film, admirable, le falta no poco para ser perfecto (defectos de montaje, ciertos fallos de ritmo, etc.), pero, en cualquier caso, es mucho mejor y más eficaz que 17e parallèle (1968), de Joris Ivens, «el holandés errante» del documental, que si bien es interesante, lo es, sobre todo, por los vietnamitas y no como Ivens los muestra.

En primer lugar, habría que acusar al film de Ivens de falta de complejidad: ni aborda la guerra de Vietnam con todas sus derivaciones y consecuencias ni siquiera tiene una —o varias— ideas directrices claras a partir de las cuales estructurar la película, que queda así deshilachada, llena de fragmentos incluso admirables, pero falta de perspectiva y de auténtica calidad artística. Porque si Ivens aborda, con peligro de su vida, la filmación en directo de un documental en Vietnam del Norte, en zona bombardeada, a los sesenta y nueve años de edad, lo cual es admirable, es también cierto que las casi dos horas que dura se hacen largas, que a veces se queda a un nivel de pintoresquismo muy discutible, que si bien es sobria para ser un «canto al heroico pueblo de Vietnam» no le faltan detalles sensibleros y demagógicos, que si el comienzo es sobrio y dicho sin ira, cae a veces en algunos tópicos terminológicos o sentimentales, que si es netamente contraria a la guerra es muy poco política y no muy eficaz, y, sobre todo, que si alguien pone en duda la autenticidad de lo que se nos muestra sería muy difícil, y a veces imposible, demostrar que no está trucada en el montaje (y de hecho, se puede probar que una vez hay trampa, aunque no grave), pues rara vez respeta Ivens en su planificación la continuidad espacio-temporal de los sucesos, de tal modo, que los aviones tiran sus bombas en un plano y éstas caen en otro. Y lo mismo ocurre con el sonido (magnífico, como cabe esperar de Fano y Bonfanti), que muchas veces se superpone a planos rodados en mudo. De este modo, lo más interesante de este film son las sencillas imágenes que nos enseñan a niños de nueve años que aprenden a decir «manos arriba» en inglés para cuando capturen a un piloto, o aquellas que muestran los trabajos y los refugios, o cómo aprovechan los restos de bombas y aviones americanos («regalos de Johnson», dicen) para hacer bombas y todo tipo de aparatos. En el fondo, lo que se echa de menos en el film de Ivens es «puesta en escena», organización y estructura, y también el no seguir un consejo de Buñuel, que interrogado sobre qué tipo de films debían hacerse, respondió: «Películas tales que el espectador salga inquieto de ellas, que el film dé un sentimiento de incomodidad y le haga adquirir un punto de vista crítico sobre cosas que no se le ocurría poner en duda, que le hagan comprender la imperfección de una sociedad que él creía perfecta», consejo que Loin du Vietnam, por el contrario, cumple de modo ejemplar.

En "Nuestro Cine" nº 74, junio-1968

lunes, 10 de julio de 2023

Vivre sa vie (Jean-Luc Godard, 1962)

 
¡Qué grande es el cine! (04/09/2000)


Film en doce cuadros: doce capítulos aislados, no narrativos, de naturaleza y duración muy variable, que resumen los últimos meses de la vida de una joven de 22 años. Vivir su vida es tal vez su deseo, irrealizado: poco tiene como proyecto, tan sólo vagos sueños; y poco tiempo para intentar convertirlos en realidad. Malvive una vida enajenada, alienada al extremo. Vivir su vida es también lo que quiere que, desde fuera, sin identificarnos con ella realmente, hagamos los espectadores de la película. Para ello nos transmite su confusión, sus difusos anhelos, su desorientación, su agobio, su malestar, y nos documenta sobre los mecanismos del oficio en el que, por deslizamientos progresivos, se deja meter.

Se dirá aún, como se dijo hace nada menos que 38 años, que Vivre sa vie carece de unidad y de progresión narrativa; que se pierde en digresiones. Sería artificioso imponer un impulso narrativo a una vida que precisamente carece de objetivos claros y del empuje preciso para siquiera acercarse a ellos. Sería vano pretender contárnosla en su integridad, y además de ser imposible, no hubiera resultado muy interesante. Siempre nos dan fragmentos, laboriosamente convertidos en un argumento dramatizado. Godard quiere desdramatizar, analizar, diseccionar, un asunto que le preocupaba ya entonces y sobre el que ha vuelto obsesivamente, sin duda porque encuentra que la prostitución es una metáfora de nuestra época. Por eso opta por darnos los fragmentos como tales, al azar, sin un orden preciso.

Notas preparatorias para la presentación de la sesión de “¡Qué grande es el cine!” emitida el 4 de septiembre del 2000.

Ro.Go.Pa.G. (1963)

Rodada en 1962, pero estrenada un año después con el título Laviamoci il cervello a causa de las denuncias por blasfemia que suscitó —ridículamente— el sketch de Pasolini, este largometraje toma su extraño nombre primitivo de los apellidos de los directores de los cuatro episodios de que se compone. No hay ente ellos, pues, más relación que la de estar realizados simultáneamente y por cineastas que, en aquella época, tenían un cierto prestigio como «autores». En consecuencia, no tiene sentido alguno comentar o enjuiciar Rogopag en su conjunto sino que hay que considerar cada una de las películas que la integran por separado; de hecho, no me extrañaría que el espectador saliese ganando si las viese aisladamente, y no en inmediata sucesión, ya que no hay tiempo para proceder al reajuste necesario para apreciar debidamente cada una de estas miniaturas: cuando se empieza a conseguir, termina un sketch y se pasa a otro bien distinto, tanto argumental como estilísticamente, y que adopta una forma muy diferente de dirigirse al espectador.

1. Illibatezza (Castidad), de Roberto Rossellini, dura 30 minutos, y es la última incursión de su autor en las —para él— aguas estancadas del cine comercial. Su anécdota no puede ser más insignificante, ni menos original; sin embargo, no faltan ideas ingeniosas, ni ciertas reflexiones sobre la naturaleza del cine que encontramos en el Godard de la época, sobre todo en Les Carabiniers (Los carabineros, 1963), basada en una obra de Benjamin Joppolo contada por Rossellini al autor de À bout de souffle. Además, es una «obra menor» admirablemente rodada y con una excelente dirección de actores: hay que ver el partido que Rossellini ha sido capaz de sacar de una actriz tan sosa, vulgar e inexpresiva como Rosanna Schiaffino —a quien Minnelli ajustaría las cuentas ese mismo año, mediante un puntapié de Kirk Douglas, en Two Weeks in Another Town (Dos semanas en otra ciudad)—, porque si no se ve no se puede creer. El método empleado en Illibatezza es el que ha aplicado siempre Rossellini a cualquier material, fuese rico o pobre, ilustre o anónimo, remoto o inmediato, y consiste, simplemente, en contemplar con impasibilidad, sin intervenir, sin subrayar, los hechos «en bruto», dejando que sean éstos y solamente ellos los que nos emocionen, nos hagan reír o nos permitan comprender. La originalidad mayor de Illibatezza está en su dirección de actores y radica, precisamente, en que Rossellini, del mismo modo que renuncia a coaccionar al espectador, se niega a forzar a sus intérpretes, impidiéndoles que lleguen siquiera a rozar la caricatura a la que tan proclives son, por los general, los italianos y a la que parecía invitar la absurda situación que plantea el guion. La superposición de ambas neutralidades —la del director y la de los actores— en la puesta en escena de una serie de personajes disparatados que se conducen como dementes de muy variado género da por resultado algo muy semejante a las escenas más divertidas de las películas de Buñuel: aquellas en que, en un ambiente de cortesía y respeto acartonado a las formas, algún personaje actúa —con toda naturalidad, como si cuanto hace y dice fuese normal y correcto— de un modo irracional o escandaloso (Michel Piccoli metiéndose bajo la mesa de un restaurante en el que se ha encontrado con Catherine Deneuve en Belle de Jour, casi todas las de El Ángel ExterminadorLe Charme discret de la bourgeoisie, y Cet obscur objet du désir).

En resumen, Illibatezza es una peliculita intrascendente, pero muy bien hecha, que nos revela secretas afinidades entre dos cineastas que —a pesar de que alguna relación puede establecerse entre Europa'51 y Nazarín o Viridiana, entre Francesco, giullare di Dio y Simón del Desierto y La Voie lactée, entre Stromboli, terra di Dio y Robinson Crusoe o The Young One, entre Germania, anno zero y Los Olvidados— no suelen asociarse más que para deplorar, asombrosamente en ambos casos, su «torpe aliño indumentario», su pobreza formal, su descuidada técnica (semejantes dislates se escriben todavía hoy, en 1980). Personalmente, lllibatezza me hace lamentar que Rossellini no tuviese nunca la tentación de hacer una verdadera «commedia all'italiana», pues estoy convencido de que hubiese batido en su propio terreno a Dino Risi o Mario Monicelli; tal vez las interferencias que sufrió Dov'è la libertà…? (1952), y su fracaso comercial, pese a contar con una maravillosa actuación de Totó, le desanimase. El abandono del cine por la televisión, casi inmediatamente después de haber realizado una de sus más grandes obras maestras, Era notte a Roma (Fugitivos en la noche), permitió a Rossellini hacer sus películas más ambiciosas, pero es posible, también, que le impidiese desarrollarse en otras direcciones por lo menos tan interesantes como la ilustrada por La prise de pouvoir par Louis XIV (1966), Atti degli Apostoli (1968), Socrate (1970), Blaise Pascal (1971) o L'età di Cosimo de Medici (1973), todas ellas admirables, pero mucho menos apasionadas y apasionantes que las mejores de las etapas primera —Paisà (1946), Germania, anno zero (1947)—, segunda —Stromboli, terra di Dio (1949), Europa ‘51 (1952), Viaggio in Italia (1953)— y tercera —India (1957), Era notte a Roma (1960), Viva l'ltalia (1961)— de su carrera.

2. La ricotta (El requesón), de Pier Paolo Pasolini, dura 35 minutos y es su tercera incursión cinematográfica, tras Accattone (1961) y Mamma Roma (1962). Además de insinuar que ya estaba pensando II Vangelo secondo Matteo (1964) —trata de un director, encarnado por Orson Welles, que está rodando la Pasión—, supone una clara ruptura con el realismo de sus anteriores trabajos, es el primero de sus cortometrajes —aunque también el menos logrado de los que conozco— y prefigura, por su carácter de fábula o apólogo moral, su heterogeneidad estilística y su tono provocativo, las películas que haría a partir de Uccellacci e uccellini (Pajaritos y pajarracos, 1966).

Sin la coherencia, la imaginación y la poesía de las que, a falta de Accattone y de Salò o le centiventi giornate di Sodoma (1975), siguen pareciéndome sus obras maestras, los sketches con Totó La Terra vista dalla Luna (en Le streghe, 1966) y, sobre todo, Che cosa sono le nuvole? (en Capriccio all'italiana, 1967), La ricotta es, con diferencia, el mejor episodio de Rogopag, el único que no es un mero esbozo o una simpleza, el único que tiene verdadera consistencia y fuerza, el más personal y arriesgado. Parece evidente que P. P. P. no participaba en películas de sketches de forma rutinaria y por razones mercenarias, sino que aprovechaba el menor riesgo financiero para llevar a cabo experimentos que no siempre desarrolló en posteriores largometrajes.

La ricotta es, fundamentalmente, un pastiche: pictórico —los planos estáticos y estereotipados de la Pasión que rueda Welles, únicos en color de todo Rogopag—, cinematográfico —claras influencias de los cortos de Charlot, con acelerados y carreras subrayadas por la música— y personal —la historia del «extra» Stracci (Mario Cipriani) parece una caricatura de la «pasión» de Ettore Garofolo (que también sale en La ricotta) en Mamma Roma—, todo ello bañado de una curiosa mezcla de compasión, crueldad e ironía que resulta singularmente provocativa, y no demasiado lejana, sorprendentemente, de algunas comedias mudas, del género conocido como groteske, de Ernst Lubitsch (pienso, por ejemplo, en Die Bergkatze, 1921, o, más aún, por la confluencia de la commedia dell'arte y la sátira religiosa, en Die Puppe, 1919).

Pese a su fuerza innegable, que hace de este episodio una obra a tener en cuenta dentro de la carrera de Pasolini, La ricotta se resiente, como otras películas de este poeta - novelista - ensayista convertido en director, de un cierto simplismo, particularmente sensible en sus planteamientos «dialécticos»: me parece un recurso algo fácil, por demasiado evidente y ya muy explotado, realzar la trágica vida del subproletario convertido en «extra» cinematográfico convirtiéndose en una figura crística y haciendo de su miserable muerte una «pasión»; por si fuera poco, Pasolini subraya el paralelismo haciéndole «figurar» como el «buen ladrón» de una versión desangelada, gélida y relamida de la Pasión —como si se tratara de indicar lo que no iba a hacer en II Vangelo secondo Matteo— y, para colmo, por si las cosas no quedasen ya excesivamente claras, se empeña en resaltar el contraste entre ambas pasiones —la de Cristo, cinematográficamente academicista, y la del pobre «extra»— rodando en color los planos correspondientes a la primera y atribuidos al director encarnado por Welles (en una divertida composición).

3. Le nouveau Monde/Il nuovo mondo (El nuevo mundo), de Jean-Luc Godard, dura 20 minutos y es un cortometraje particularmente insignificante; no ya la película, sino la idea en que se basa, está a medio guisar, casi sin esbozar. Se intuye que Godard andaba ya preocupado por la «deshumanización» que sentía a su alrededor —y de la que unos años después sería partícipe, no se sabe si por contagio o persuasión—, y eso que todavía Antonioni no había realizado Il deserto rosso (El desierto rojo, 1964) ni se había manifestado partidario entusiasta de la progresiva «robotización» del mundo en un curioso diálogo de sordos que mantuvo con un muy escamado Godard, poco antes de que Godard se lanzase a dirigir una de sus películas más discutidas y apasionantes, Alphaville (1965), versión a caballo entre el film noir y la ciencia - ficción del Orfeo de Cocteau en la que algunos detalles de Le nouveau Monde —los únicos que, por eso mismo, tienen hoy cierto interés— serían desarrollados e integrados en una trama coherente (las réplicas fuera de lugar, la gente devorando pastillas y echando hacia atrás la cabeza, el uso del París de los años 60 como ciudad del futuro, las chicas en bikini y con puñal en la piscina; hasta salen ya Jean-André Fieschi y Michel Delahaye).

Sin duda, veinte minutos no permiten hacer Invasion of the Body Snatchers (1955), aunque en menos de un cuarto de los 80 que dura esta obra maestra Siegel sea capaz de contar muchas más cosas que Godard en Le Nouveau Monde, pero lo cierto es que este sketch resultaría aburridísimo y excesivamente largo de no ser por la belleza de Alexandra Stewart y por la habilidad de Godard para «acariciarla» con la cámara mientras se mueve con insegura fragilidad, como si fuese de vidrio y pudiese quebrarse al abrazarla Jean-Marc Bory, o menea o peina su rubia cabellera. Esto es, sin embargo, muy poco, sobre todo si se tiene en cuenta que se encuentra, y mejor, en cualquier film de Godard —no sólo de aquella época, sino hasta en los más esqueléticos y puritanos, como Le Gai Savoir (1968) o Comment ça va (1976)—, y que no es suficiente para impedir que este episodio de Rogopag resulte tan insípido y exasperante como lo que, sospecho, pretende criticar: la conducta de los personajes de L'eclisse (1962) de Antonioni.

4. El pollo ruspante (El pollo triguero), de Ugo Gregoretti, debe durar cerca de media hora, pero no me sentí capaz de quedarme a cronometrarlo, ya que los diez minutos que pude aguantar se me hicieron excesivamente largos e irritantes como para seguir perdiendo el tiempo viendo —y oyendo— algo que, claramente, no tenía remedio. Autor de un curioso aunque trucado film llamado I nuovi angeli (1962), Gregoretti es hoy recordado, casi exclusivamente, por haber intervenido, al lado de Rossellini, Pasolini y Godard en Rogopag, lo que impide, generalmente, que nadie se acuerde de su episodio (si es que alguien llegó a soportarlo entero), de una tosquedad y facilonería tales que resultan inútiles los esfuerzos de un actor tan notable como Ugo Tognazzi para que logremos reírnos con esta burda sátira de algo en sí mismo tan grotesco que no precisa de caricatura: la publicidad televisiva. Los guiños, los codazos al espectador que lanza insistentemente Gregoretti, buscando su complicidad, son de una grosería que nada tiene que envidiar a los peores métodos de los «spots» publicitarios que dice denunciar.

En “Dirigido por” nº73, mayo-1980

lunes, 29 de mayo de 2023

Todavía Godard

La obsesión conmemorativa imperante en los últimos tiempos -paralela a un menor ímpetu creativo- habrá hecho que quienes desconozcan buena parte de la dilatada carrera de Jean-Luc Godard hoy lo tengan alojado en un remoto pasado histórico, sepultado por los más de 40 años transcurridos desde que fuera calificada de Nueva Ola la más famosa promoción del cine francés. Y ahí se habrá quedado para muchos, sin duda, ya que hace lustros que sus noticias no llegan por aquí, sino que los curiosos han de salir a buscarlas.

Sin embargo, Godard, aunque ha cumplido 73 años el pasado diciembre, sigue vivo y coleando. No ha permanecido quieto ni se ha convertido en una estatua de sal, y eso que ha osado mirar hacia atrás (aunque, eso sí, desde el presente y con la mirada puesta en el futuro: véanse sus Histoire(s) du Cinéma).

Como el grueso del cine, entre tanto, parece haberse estancado en la retaguardia o el conformismo, cuando no ha retrocedido, y se limita a repetir a ciegas, sin saberlo y en forma degradada, pasos ya dados, a fatigar caminos bien señalizados y mil veces recorridos en una y otra dirección, no hubiera necesitado Godard el menor esfuerzo para seguir en posiciones de vanguardia, pese a que con seguridad hace mucho que ni aspira a ello, si es que alguna vez sintió esa tentación - yo diría que ambiciona objetivos más simples y esenciales, y por eso más difíciles de conseguir-, pero como el buen hombre, tozudo y curioso como irremediablemente es, continúa afanándose en la busca, siempre en la brecha, y en esa nada rentable empresa son cada vez menos y más intermitentes en sus expediciones los que le siguen o le acompañan un rato en su camino hacia lo desconocido, la verdad es que Godard lleva más de cuatro décadas convertido en involuntario y tal vez resignado mascarón de proa, reducido ya al casi anonimato, con una repercusión social y hasta cultural muy menguadas (prueba de que la sociedad y la cultura se han empantanado hasta en Francia).

Nada sabe realmente del presente paradero de Godard quien lo reduce a su primer largo, À bout de souffle (1959), sobre el que pesa la carga del prestigio histórico. Ni el que sigue aferrado a la plenitud serena y amplia de Le Mépris (1963) o llega, como mucho, hasta la exaltación fragmentada de Pierrot le fou (1965). Ni el que dejó a Godard en la cuneta en el duro sendero que conduce de Le Gai Savoir One Plus One (1968) a Ici Et Ailleurs Numéro Deux (1975). Ni el que tras 2 ou 3 choses que je sais d’elle (1966), Sauve qui peut (la vie) (1979) o Nouvelle Vague (1990) -cuanto antes peor- no quiso saber más de él puede tener ya una idea clara, una imagen mínimamente nítida y completa de lo que dice cuando habla acerca de Godard. Los que se desentendieron en ruta no llegarán al final del arco iris, pues Godard prosigue su persecución, mirando la cambiante realidad  que le rodea y haciéndose preguntas pertinentes -que debieran ser acuciantes- sobre el cine, su naturaleza y su función, cambiando de medios y soportes, saltando de un formato a otro, haciendo incursiones lo mismo en el cortometraje en vídeo que en la serie televisiva, liberado del peso de su propia reputación y apartado del mundanal ruido, siempre fiel a sí mismo, a sus principios, a su ética de explorador y a su exigente idea del cine, de lo que pudo ser y prometía… Si el cine sobrevive, entre paréntesis y en permanente mutación, reservando sus fuerzas para poder desplegarlas en tiempos mejores, por si llegaran, por si volvieran, es gracias, muy principalmente, a Godard. Él mantiene vivo el fuego y con él ilumina a quien aún quiera ver más y mejor de lo que los ojos permiten, más allá y a través de las más tupidas y abrumadoramente engañosas apariencias sensibles, dentro de la gente y a su alrededor, en ese terreno invisible en el que tejen y destejen sus relaciones con los demás y con el mundo, con la sociedad y la naturaleza, con la historia y las ideas, con la imaginación y el recuerdo, con el deseo y la autoexigencia ética.

Queda aún un foco de resistencia, de vigilia alerta, oteando un horizonte que apenas se vislumbra en los nebulosos últimos años, llenos de ruido e interferencias, que pide una y otra vez compañía y complicidad en la pesquisa, un poco desanimado a veces por la soledad, pero aun así atento a cada una de las herramientas a su alcance, sin desdeñar nunca los nuevos medios técnicos y sin tomarlos por una panacea ni confundir los meros instrumentos con un fin, en singular combate cuerpo a cuerpo con cada uno de los recursos que ha ido acumulando y absorbiendo esta forma de inmersión en lo real que sigue pudiendo ser -pero parece no querer ya- el cine.

Podría decirse, sin hipérbole ni partidismo, que ningún otro cineasta ha puesto a prueba como Godard la capacidad iluminadora y expresiva del color, el sonido, la música, la luz, el paisaje, el espacio, el tiempo y sus ritmos, el plano y sus fronteras, los fenómenos meteorológicos, el rostro humano (sobre todo el femenino, pero no sólo). Ha exprimido en cuarenta y cinco años todas las posibilidades del montaje, y ha ideado nuevas maneras de concebirlo, que ha ensayado en el acto. Ha ido, cada vez más, sustituyendo la idea de “obra” por la de trabajo, la de “perfección” por la de experiencia, la de “creación personal” por la de colaboración, la de “realismo” por la de veracidad, la de “expresión íntima” por la de descubrimiento compartido, sin dejarse atrapar ni por el señuelo de la gloria ni por las seducciones del prestigio o el magisterio, afanoso menos de enseñar que de seguir aprendiendo, buscando sin cesar nuevas maneras de captar la vida en una imagen sonora en movimiento y de asociar entre sí, libre y significativamente, sin someterse a las riendas narrativas tradicionales, esos fragmentos de realidad cristalizada en su esencia, para que de su sucesión o choque brote una visión nueva, más profunda, de lo vivido.

Por eso sigue siendo hoy Godard un modelo de exigencia, al menos para aquel que no quiera seguir a oscuras la senda de la rutina, para quien crea aún posible -y no sólo conveniente- tratar de enderezar el rumbo y recobrar el cine, que lleva demasiado tiempo en manos mercenarias. Esa fe es, sin duda, lo que ha impulsado a Godard a dedicar más de diez años de su vida a la edificación de una obra abierta e inagotable, que puede recorrerse en múltiples sentidos y desde perspectivas diferentes, de la que no hay precedente alguno, y que se llama, precisamente para dar cuenta de esas posibles alternativas, no Historia sino Historia(s) del Cine, un faro puesto a disposición de todos los que osen tratar de reencontrar la senda perdida, a la vez una especie de oratorio lírico en responso del cine del pasado- y un “memento mori” de quienes lo hicieron - y una llamada a la acción de los que crean aún posible impulsar de nuevo el desarrollo frenado o desviado desde hace años y devolverle al cine todos sus poderes.

Prólogo al libro Jean-Luc cinéma Godard de Paulino Viota. Fundación Marcelino Botín, 2004.