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viernes, 12 de mayo de 2023

Rainer Werner Fassbinder: fin del pequeño caos

Tal vez no sea yo la persona más adecuada para hablar de Rainer Werner Fassbinder en la hora de su muerte, cuando la noticia está aún fresca y confusa, todavía no impresa. Pero me ha tocado, tal vez porque escribí varias veces sobre su obra —más en contra que a favor, por pura casualidad—, cuando ésta seguía su curso, acrecentándose cada pocos meses, y Fassbinder —de no haber sido indiferente a lo que sobre él se dijese, malo o bueno, por haberse acostumbrado ya a que lo uno y lo otro abundase, o porque nunca le importase dar que hablar— hubiera podido defenderse —probablemente sin decir palabra, con una nueva película— de cualquier ataque; quizá porque, a pesar de las reservas que me han inspirado sus creaciones cinematográficas —únicas que, en parte, he llegado a conocer— sentía por él cierta admiración, un notable interés y, ocasionalmente, simpatía hacia su postura, tranquila y activamente provocadora. Y perdone el lector que plantee la cuestión en términos personales, pero no pueden escribirse «notas necrológicas» —género convencional y detestable— desde otra posición que la propia; es decir, desde uno mismo: de lo contrario, se cae en la unánime hipocresía del elogio fúnebre, que equivale casi siempre a la última paletada de tierra sobre el cadáver aún caliente del ilustre difunto, y contribuye, cuando el muerto deja algo tras de sí —y cuantitativamente pocos dejan un legado tan jugoso como Fassbinder, pese a su juventud— a facilitar la comercialización de sus huellas, sin más beneficiarios de esa «plusvalía de la muerte» que los herederos o propietarios legales de las obras del artista.

Nacido el 31 de mayo de 1946, en Wörishofen, Fassbinder acababa de cumplir treinta y seis años. De su biografía se divulgarán ahora datos conocidos hasta la saciedad, falsedades copiadas en cadena de un gacetillero a otro, rumores que nadie se ocupará de desmentir, especulaciones gratuitas y fantásticas, secretos que será muy rentable revelar, detalles sórdidos y escandalosos, mezquindades o errores; la prensa seleccionará al azar las piezas más «significativas» de su filmografía, sin duda las más recientes, o la de inminente estreno, que supuso su consagración oficial en el último Festival de Berlín. Como cualquier periódico proporcionará esta información antes de que los lectores tengan esta revista en sus manos y otras publicaciones especializadas dirán dentro de un mes que ponen a su disposición la lista —seguramente incompleta— de sus obras, pasaré por alto el material meramente estadístico o de archivo y me centraré en lo que, a mi modo de ver (posiblemente equivocado), hacía que Fassbinder conservase, a pesar de sus numerosos errores, un interés muy superior al de buena parte de los autores cinematográficos surgidos después de la nueva ola, en su país o en cualquier otro.

Si mis cuentas no fallan —y no estoy seguro—, Fassbinder hizo 42 largometrajes o series —para cine o televisión, en video o en soporte químico— y cuatro cortos. El segundo de éstos, rodado en 1966, me ha sugerido el título de este comentario: Das kleine Chaos es, supongo, la idea de la vida que tenía su autor; es, también, la sensación que le produce la obra de Fassbinder al que escribe estas líneas, porque en ella se mezclan, en la promiscuidad más asombrosa —en unos meses, con el mismo equipo, barajando elementos temáticos y dramaturgias semejantes—, lo mejor y lo peor que ha podido dar el cine de los últimos quince años (su primer largo data de 1969). De todos esos kilómetros impresionados —y a veces impresionantes para el espectador—, de los miles de minutos montados que supone su obra, no he visto más que 18 largos y el episodio, autobiográfico, de Deutschland im Herbst (Alemania en otoño, 1978), y en esa porción —que no llega a la mitad— hay realmente de todo: encuentro detestable su adaptación de Nabokov Despair/Eine Reise ins Licht (Desesperación, 1978), irritantemente nulas Satansbraten (El asado de Satán, 1976) y In einem Jahr mit 13 Monden (Un año con trece lunas, 1978); fallida Lola (1981); carentes de interés Götter der Pest (1970) y Chinesisches Roulette (La ruleta china, 1976); al mismo tiempo que me parecen enormemente interesantes su aportación a Alemania en otoño —de sinceridad e impudor que admiran y aterran— y Fontane Effi Briest (1974); apasionantes Warum läuft Herr R. Amok? (1970), Händler der vier Jahreszeiten (El mercader de las cuatro estaciones, 1971), Die bitteren Tränen der Petra von Kant (Las amargas lágrimas de Petra von Kant, 1972), Faustrecht der Freiheit (La ley del más fuerte, 1974), Mutter Küsters’ Fahrt zum Himmel (Viaje a la felicidad de mamá Küster, 1975), Bolwieser (1977), Die Ehe der Maria Braun (El matrimonio de María Braun, 1978) y Lili Marleen (Una canción... Lili Marleen, 1980), y geniales —atroces, conmovedoras, lúcidas y generosas— Angst essen Seele auf (Todos nos llamamos Alí, 1973), y la filmación en video —sinuosos y acusadores movientes de cámara, magistral empleo del espacio escénico y el decorado, aprovechando la peculiar textura visual del material empleado, con una dirección de actores casi tan prodigiosa como la de Dreyer en Gertrud—, de su puesta en escena de Casa de muñecas, de Herik Ibsen, el «teledrama» Nora Helmer (1973).

Pero lo importante no es la irregularidad que —a mi juicio— propiciaba la excesiva actividad de Fassbinder, sino la amplitud de lo que le interesaba, afectaba, apasionaba, indignaba o conmovía, la variedad de personajes y sentimientos que tenían cabida en su obra, las características que concurrían paradójicamente en su manera de hacer cine. En sus películas hay pasión y miedo, furia y audacia, desvergüenza y timidez, cinefilia y naturalismo, teatro y documento en bruto, mentiras y verdades, locura y economicismo, afán de éxito y provocación estilística, ruptura y reconciliación, finales felices y desgraciados, academicismo y desnudez, barroquismo y confesión, inextricablemente unido todo en la producción de un mismo año crítico (1974 o 1978) y en el seno de una sola película. Era un cine viscoso, un poco repelente, pero casi siempre palpitante, con vida, hasta si se trataba de una vitalidad enfermiza y febril, roída por la muerte, amenazada por las trampas del amor y la ansiedad, o acariciada por la helada mano húmeda del miedo y la incertidumbre. Pero la duda no detuvo nunca a Fassbinder: le impulsaba a esa forma pacífica y duradera de acción que es la creación; un no detenerse que tal vez tuviese algo de compulsivo, de huida hacia delante, de temor a las pausas, a la inmovilidad, a la reflexión, a mirarse en el espejo —aunque se atrevió a filmar su propio reflejo en más de una ocasión, sin que pueda acusársele por ello de narcisismo o exhibicionismo—; prefería cometer errores que eludirlos, y sospecho que bien pudo decir que «nada humano le fue ajeno»: ni el mal, ni el dolor, ni el dinero, ni el amor, ni la opresión, ni el egocentrismo, ni el miedo, ni el trabajo.

A veces, amenazaba con alcanzar prematuramente la decrepitud decadente de ese sapo de Lautréamont, al que recuerda desde hace años, cada vez más, Joseph Losey; otras, parecía aspirar sincera y decididamente a reinjertar en la cultura alemana la tradición que representó —en América sobre todo— Douglas Sirk; por su productividad y afición a diagnosticar la podredumbre de las relaciones humanas, hacía pensar en el Godard de los años 60. Sin embargo, la muerte le ha fulminado antes de que sus tendencias escindidas hayan tenido ocasión de fundirse en una sola o estallar en mil pedazos y empujarle a un nuevo atajo: el misterio de este creador de «estrellas» —de verdad, Hanna Schygulla, pero también, potencialmente, Margit Carstensen, Ingrid Caven y Barbara Sukova— queda vedado para siempre.

Publicado en el nº 18 de Casablanca (junio de 1982)

sábado, 8 de abril de 2023

In einem Jahr mit 13 Monden (Rainer Werner Fassbinder, 1978)


No cabe duda, Fassbinder es un caso. Además, no es probable que lo resolvamos nunca, aun suponiendo que tuviésemos paciencia suficiente para intentarlo (yo confieso que, una película sí, otra no, estoy tentado de abandonar), ya que por cada obra suya que conocemos rueda dos o tres, y sigue siendo abundante —hasta mayoritaria— la porción de su filmografía que ignoramos: a estas alturas, debe haber rodado cuatro cortometrajes y sketches (de los que he visto uno) y 40 largos y series de televisión (de los que desconozco 27). Tal hiperactividad —a la que habría que sumar guiones y obras teatrales, direcciones escénicas e interpretaciones en varios medios— en quince años revela, ciertamente, una extraordinaria capacidad de trabajo y un aliento creador casi sin precedentes, pero tiene, a mi entender, un alto precio, que pagamos los espectadores más que el propio Fassbinder: sin duda, para él son útiles —aunque sólo fuese como desahogos— hasta sus errores, y algo parece ir aprendiendo de ellos, mientras que algunas de sus películas carecen por completo de interés y están filmadas con descuido o precipitación. No es lo mismo rodar tres o cuatro películas al año contando con la sólida infraestructura industrial y técnica de los estudios del Hollywood de la gran época que trabajar por libre, a merced de subvenciones federales o de los länder, con medios escasos, y tan pronto apuntando al vasto e indiscriminado público televisivo como a los jurados de festivales internacionales de cine, al tiempo que se aspira a realizar una obra que suele ser personal hasta la impudicia y el exhibicionismo.

A Fassbinder no le falta valentía ni talento; sí, quizá, rigor y exigencia para consigo mismo. A menudo parece creer que con su desafiante sinceridad basta para alcanzar algo que propone como verdad absoluta e indiscutible de las relaciones humanas o de la vida en sociedad; a veces uno sospecha que piensa que reduciendo todo a un esquema alcanza una validez general o incluso universal, y que cuanto más carentes de personalidad sean sus protagonistas, más fácil resulta que cualquiera pueda reconocerse en ellos y comprender así las fábulas que narra. Sin embargo, la permanente revisión de películas antiguas muestra que envejecen mucho mejor las que no aspiran al internacionalismo ni presentan personajes rellenables, sino precisamente las «locales» y las que cuentan con personajes más individuales e irreductibles, por lejanos que puedan sernos a la mayor parte de sus espectadores actuales.

 


Por otra parte, Fassbinder oscila entre un elaborado esteticismo y un (no sé si deliberado o espontáneo) feísmo, saltando por encima de los muchos términos intermedios posibles, lo que hace que sus películas sean unas veces empalagosas y otras veces de una vulgaridad plástica apabullante, y que, en cualquier caso, tiendan a resultar opresivas y a provocar una especie de claustrofobia visual que, personalmente, encuentro desagradable. Un año con trece lunas (In einem Jahr mit 13 Monden) es un exabrupto, suscitado por el suicidio reciente de su amante Armin, rodado más contra que en Frankfurt, y con un equipo técnico reducido al mínimo posible (el propio Fassbinder hace casi todo); podría, pues, esperarse una obra pobretona y torpe, pero apasionada y obsesiva: lo curioso es que no hay tal, sino una frialdad y una frivolidad que quizá sean producto de una reacción autodefensiva de Fassbinder, demasiado implicado como para atreverse a hablar en primera persona, pero que hacen que, a partir de los diez minutos iniciales, me desinterese de la suerte —que se presiente triste, tristísima— de Elvira, ex Ervin, y no consiga creerme sus quejumbrosas historias. Cierto que hay algunas secuencias —como la del negro que va a suicidarse colgándose en una oficina vacía— insólitas, que me despiertan un poco del resignado letargo en que Fassbinder me ha sumido, pero encuentro significativo que todas ellas sean marginales a la «pasión» del transexual insatisfecho, y concernientes a personajes de importancia muy secundaria, encontrados casualmente y sin relación alguna con Elvira. Tal vez hubiera valido la pena que Fassbinder tuviese menos facilidades para llevar a la práctica sus proyectos y que eso le hubiese dado tiempo para elaborar un guión más coherente y reflexivo.

Publicado en el nº 7-8 de Casabalanca (julio-agosto de 1981)