Curioso que durante algunos años fuese Traidor en el infierno una de las películas mejor consideradas de Wilder, probablemente por el Oscar adjudicado a William Holden, ya que sospecho que, despojada de sus títulos de crédito, estilísticamente podría ser erróneamente atribuida a varios otros directores ya activos por esa época -John Sturges, Robert Wise, Mark Robson, Fred Zinnemann, Edward Dmytryk, por ejemplo-, lo cual no implica ni que sea impersonal ni que no sea buena, sino fundamentalmente "funcional", es decir, eficaz ante todo; de hecho, para mi gusto personal, sin ser una de las obras capitales de Wilder, se cuenta entre las escasas muestras verdaderamente logradas de un subgénero -el de campos de prisioneros- que está -con el de cárceles, el de submarinos y el de cuarteles- entre los que más me aburren y encuentro menos prometedores y apetecibles a priori. Siempre he pensado que era porque no suele haber mujeres, pero las de cárceles femeninas tampoco me atraen ni me suelen gustar nada.
Esta segunda y nuevamente productiva colaboración de Wilder con William Holden (tras Sunset Blvd. y antes de Sabrina y Fedora) les permite componer un personaje en el que veo -identificando al director muy abusivamente con un personaje, pese a que proceda de una obra de teatro y Wilder solo participara en la adaptación- buena parte de la responsabilidad de la fama de cínico con que durante muchos años se obsequió al cineasta berlinés, y que lo mismo todavía perdura. Porque, efectivamente, el personaje que interpreta magistralmente Holden puede parecer a primera vista un cínico insolidario y un oportunista despreciable, aunque en realidad, más que nada, es un superviviente veterano, ya muy desengañado y casi completamente escéptico, además de hábil táctico e inteligente, mientras que su compañero de barracón más supuestamente animoso, combativo, idealista y solidario resulta ser un espía nazi infiltrado entre los prisioneros de guerra como si fuese un sargento americano más.
De las películas de campos de concentración que he visto -ojo, el Stalag 17 no es un campo de exterminio como Auschwitz, ni de trabajos forzados extenuantes como Buchenwald-, tengo la sensación -por fortuna, sin base alguna para estar seguro, como se comprenderá- de que debe de ser de las más realistas; por lo menos, todo parece más verosímil y plausible de lo habitual. Todo hace pensar que uno de los autores de la pieza escénica original (que sale como actor en la película, Edmund Trzcinski) cuenta su experiencia personal y nos habla de seres reales a los que ha conocido. Hay, además del de J. J. Sefton encarnado por Holden, otros personajes bien dibujados y representados, como Price (Peter Graves), Joey (Robinson Stone), el teniente Dunbar (Don Taylor), por ejemplo, y hasta, dentro de la caricatura, el comandante del campo von Scherbach (se nota que el director Otto Preminger disfruta haciendo el histrión) y el encargado del barracón Schulz (Sig Rumann); lástima, a mi entender, que supuestos cómicos (Robert Strauss, Harvey Lembeck, ambos importados de la pieza teatral, y Gil Stratton) hagan, más que nada, muy pesados sus respectivos personajes (Animal, Harry Shapiro y Cookie) de torpe elemental, gracioso profesional y subordinado vocacional, y que el guión, todavía con residuos un tanto teatrales, no nos ahorre ni uno solo de los tópicos del cine de prisioneros de guerra, entre ellos el monótono bocazas Duke (interpretado por Neville Brand), tan previsible como insistente.
Como otras varias obras de Wilder, Stalag 17 es, en cierto sentido, un cántico a la resistencia y la astucia, hasta a la falta de escrúpulos, como condiciones, si no imprescindibles sí convenientes, para sobrevivir en circunstancias adversas. Una moral a la que tarde o temprano rindieron tributo, sobre todo en los años finales de la década de los 60 y en los 70 -antes es posible que el Código Hays lo hubiese dificultado-, muchos de los cineastas americanos por entonces todavía en activo, desde Joseph L. Mankiewicz a George Cukor, desde Otto Preminger a Richard Brooks, desde Samuel Fuller a Robert Aldrich, desde Robert Parrish a André de Toth, desde John Huston a John Sturges. Evidentemente, en tal lista Wilder no podría estar ausente.
En “El universo de Billy Wilder”. Madrid : Notorious, diciembre de 2015.
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