viernes, 26 de junio de 2026

Play Misty For Me (Clint Eastwood, 1971)

"¡Qué grande es el cine!" (22/09/2003)


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Mientras sea bueno y no quiera pasarse al otro lado de la cámara para hacer sin trabas las muecas que se le antojen ni meramente para disimular u ocultar sus canas y sus arrugas, yo respeto y comprendo la tentación de dirigir que parece sentir, antes o después, la mayoría de los actores, aunque sólo suelan sucumbir a ella los más poderosos, los que pueden permitírselo porque, de hecho, ya controlan en buena medida las películas que protagonizan, y eso, por lo general, cuando empiezan a envejecer.

Casi todas las grandes estrellas, cuyo sueldo es tan alto que en parte es un porcentaje de la recaudación neta, podrían dar ese paso. Muchos no repiten, y en ocasiones – pienso, por ejemplo, en Charles Laughton o Jack Lemmon – es una lástima que no lo logren o ni siquiera lo intenten. Algunos, durante cierto tiempo, alternan o compatibilizan ambas funciones (a la que suelen agregar la de productor, a veces la de guionista; en casos excepcionales, las de montador y de músico). Los hay que descubren que el nuevo oficio les gusta aún más, y que gradualmente van abandonando el primero. Los que considero los tres mejores directores americanos de las últimas décadas son, o han sido, o fueron mientras vivieron, actores: el difunto John Cassavetes, el hace mucho inactivo como director Paul Newman, el muy activo Clint Eastwood.

Eastwood es hoy el más fiable de los cineastas americanos. El único que se ha convertido en un clásico por derecho propio, como los de verdad. Que no es un "neoclásico" ni coquetea con las apariencias del clasicismo, que no viste con su ropaje tradicional películas que cabría calificar de postmodernas o que caen en diversas formas de manierismo, que van a otra cosa y además parten de otros supuestos. Hoy semejante cosa no se considera una excentricidad; todavía hace quince años sonaba a provocación o delirio, no digamos hace treinta y dos, cuando Eastwood dirigió esta su primera película, la hermosamente nombrada Play Misty for Me, título que aquí juzgaron, por lo visto, demasiado esotérico, colgándole la vulgar etiqueta de Escalofrío en la noche, que podría servir para otras mil, y que fue tan poco atendida que nadie la recordó cuando se estrenó, con gran éxito, Atracción fatal de Adrian Lyne.

Como otros films interpretados por Eastwood, es un thriller situado en la California contemporánea, en este caso en la localidad de Carmel, donde reside y de la que incluso fue alcalde. Pero, si debe poco al cine negro clásico, tampoco es una derivación de la serie de Harry el sucio, ya que Clint no es aquí un duro detective, sino un suave y melenudo disc-jockey radiofónico, de cierto éxito (sobre todo con las mujeres) y no poca ambición profesional, y que vive muy confortablemente hasta que su voz resulta demasiado atractiva, por lo menos, para una de sus oyentes, que decide ponerle cerco.

Como no hay operación de acoso sin el complementario derribo, y Clint tiene una relación conflictiva con su novia, más mona y joven, la acosadora hará cuanto esté en su mano – y a menudo es algún arma blanca de notables dimensiones – para deshacerse de su ignorante rival.

La intriga en sí es muy simple, y no demasiado original; permite a Eastwood hacer un ejercicio de estilo que demuestre su capacidad cono realizador, sin correr riesgos comerciales excesivos, y tomando algunas cosas prestadas de Psycho (Psicosis, 1960) de Alfred Hitchcock. Lo mismo ocurre con las canciones populares que se convierten en standards de jazz, y de las que caben multitud de versiones muy diferentes, tantas como intérpretes y ocasiones de interpretarlas; así, lo original aquí son los personajes, sus relaciones y, cosa rara en los 70 – década de una estética que encuentro particularmente desagradable –, su tratamiento cinematográfico. No es que Eastwood esté totalmente libre de algunas de las tentaciones, modas y convenciones más influyentes o dominantes de la época, y sospecho que, de haber estado en condiciones de hacerla en 1982, la hubiera resuelto aún mejor, pero forzoso es reconocer que, hasta cuando hace una escena-videoclip, con la obligada canción pegadiza, tiene el suficiente buen gusto musical para que la canción elegida sea memorable – First Time I Ever Saw Your Face, por Roberta Flack, nada menos – y, lo que es aún más notable, que la escena en cuestión – habitualmente cualquier cosa menos una escena, más bien una incoherente sucesión de estampitas – sirva para hacer avanzar la trama, incluso ahorrándonos explicaciones verbales perfectamente imaginables, y acabe por tener emoción y una dosis considerable de erotismo, demostrando así la habilidad de Eastwood no sólo como narrador, sino para resolver problemas (que, no se olvide, es una de las principales funciones de un director).

Sin tratarse de una obra maestra sensacional, tipo À bout de souffle y no tantas más, sorprende retrospectivamente que no se descubriera a la primera el talento de Eastwood como cineasta; cierto es, y hoy no se recuerda o ni se imagina, que por entonces eran pocos los que le respetaban como actor, por lo que su debut como director se miró con no poca ironía, como si se tratase de un síntoma de megalomanía, de un "capricho de estrella" que merecía, más que curiosidad, una severa regañina, que es con lo que muchos críticos recompensaron sus esfuerzos. Por suerte, ante la Universal, y aunque el riesgo lo asumía básicamente el propio Clint a través de su productora Malpaso Co., consiguió la luz verde para nuevas intentonas.

El guión es sumamente hábil, muy bien y gradualmente construido a partir de una situación única, extremadamente simple, que el espectador puede anticipar y que va cumpliéndose paso a paso, de acuerdo con los peores presagios, y con un ritmo tenso y acelerado de modo nada artificial. De hecho, lo que cuenta es muy verosímil, tiene difícil escapatoria y tiende a ir a peor, tal como ocurre, una vez que se confirma la sospecha de que la admiradora es una desequilibrada muy peligrosa, capaz de cualquier cosa, y no desprovista de astucia ni, por supuesto, de un orgullo inmenso y dispuesto a convertirse en feroz y destructivo orgullo herido al menor síntoma de hartazgo o de desdén, que su propio intervencionismo agobiante y entrometido facilita en extremo; incluso si fuese más guapa, menos tensa y nerviosa, a cualquiera le espantaría su lado posesivo e invasor. Jessica Walter – como las otras, demasiado pocas, veces que la he visto – compone un personaje coherente y convincente, que resulta inquietante, incluso antes de montar números histéricos o de dar rienda suelta a sus celos y su agresividad perturbadora, hasta para alguien tan incauto y tan dispuesto a aprovechar cualquier ocasión que le brinden como el disc-jockey presumidillo interpretado por Eastwood, no digamos el espectador que la contempla a cierta distancia, y con una perspectiva de la que Dave carece. Se nota que Eastwood aprendió bien la lección nº 1 de Hitchcock: la primacía del suspense sobre la sorpresa, con la correlativa necesidad de dar al espectador la información necesaria para que la anticipación de hipótesis genere tensión y mantenga el interés.

De hecho, en lo único que se detecta algo el carácter de "novato" del director es en la tendencia a un cierto alarde técnico, en el gozoso empleo de recursos, como tomas desde helicópteros y con la cámara moviéndose montada en grúas casi dignas del Delmer Daves de los 60, que le sirven para crear un cierto dinamismo, si se quiere algo artificial, pero no malvenido, y para hacer un canto plástico al paisaje de la costa californiana donde vive, un poco como el que hizo Jack Smight en Harper/The Moving Target (1966).

La dirección de actores es excelente; la planificación, aunque hubiera ganado con un poco de sobriedad, es funcional y lógica, correcta siempre; su sentido del ritmo no le engaña, y conduce la película sin una vacilación hacia su sorprendente (por la brutal concisión) conclusión, uno de los momentos más impresionantes de la película, como todos aquellos en los que, adelantándose a Dave, Evelyn muestra haber avanzado un paso más hacia la locura: la aparente pesadilla que no es tal, E. en el bosque, espiando la reconciliación de la pareja, el apuñalamiento del policía, el ataque a Birdie, la presencia de E. como compañera de casa de Tobi, y el momento en que esta se da cuenta, por las cicatrices en las muñecas, de quién es realmente Annabel, mientras Dave demuestra ser un superficial amante de la poesía por no reconocer y tardar tanto en encontrar el poema de Edgar Allan Poe...

Texto preparatorio para la intervención en ¡Qué grande es el cine! (22 de septiembre de 2003).

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