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viernes, 24 de julio de 2026

Octavio Getino y "La hora de los hornos"

Con la atención que recientemente le han prestado revistas tan dispares como Positif y Cahiers du Cinéma, refiriéndonos únicamente a francesas, La hora de los hornos viene a convertirse, en nuestro país, para aquellas pocas personas que la han visto, manteniendo una actitud similar a la señalada por F. Lara en Nuestro Cine número 75, en uno de los films más discutidos de los últimos tiempos.

La presencia en Madrid de Octavio Getino, uno de sus autores, nos ha llevado a hacerle una entrevista para tratar de aclarar ciertos puntos, dejando previamente bien fijada nuestra posición ante el film, pero, como puede observarse, nuestras posiciones y las suyas continúan estando en oposición.

La película, con una duración total de doscientos cincuenta y cinco minutos, está subdividida en tres grandes bloques con autonomía propia. El primero, "Neocapitalismo y violencia", dura noventa y cinco minutos, y es un prólogo, a nivel latinoamericano, sobre la situación argentina. El segundo, "Acto a favor de la liberación", que dura ciento veinte minutos, está subdividido a su vez en dos partes, "Crónica del peronismo (1945-1955)" y "Crónica de la resistencia (1955-1966)". El tercero, "Violencia y liberación" dura cuarenta y cinco minutos, y es un estudio sobre la violencia como forma de liberación.

Como se dice en la entrevista, el primero aisladamente, tiene un valor en cuanto exposición de la situación histórica general de Latinoamérica y particular de Argentina, aunque es muy irregular; junto a capítulos excelentes hay otros muy flojos; el segundo, concretamente la parte titulada "Crónica del peronismo", compuesta casi en su totalidad por materiales de archivo, resulta inadmisible: está formada por una serie de momentos alucinantes, entre los que quizá destaque aquel en que se muestra al pueblo haciendo grandes colas para despedirse del cadáver de Evita, que desvirtúan, en casi su totalidad, el valor del primero, por lo que resulta muy distinto proyectarlo aisladamente, como se ha hecho en la mayoría de los lugares en que se ha exhibido públicamente el film. El resto, también como se señala en la entrevista, no lo conozco.

A. Martínez Torres

***

— ¿Tú naciste aquí, verdad?

— Sí, en León, en el 35, donde estoy hasta el 52 en que me fui directamente a Buenos Aires, donde me radiqué. Allí hice de todo, periodismo, estudié, escribí, empecé a hacer cortometrajes.

— Creo que un libro tuyo de cuentos es premio de la Casa de las Américas.

— Sí, el del 64, se llama Chulleca. Son cuentos situados en el norte de la Argentina; están dentro de un realismo crítico con cierta dosis de fantasía, casi documentales, con un lenguaje de grabadora. Como escritor me ubicaría dentro de la corriente de jóvenes escritores que aparecen en la Argentina hacia el 61, una generación que sale después de la caída del peronismo, que en algunos casos ha tenido alguna experiencia dentro de los partidos de la clase media, que ha depositado una gran confianza en el frondizismo, pero que luego se siente defraudada; gente que creía que el peronismo existía como consecuencia de un atraso tremendo de las masas, que Perón seguía engañándolas; la persistencia de este fenómeno la obliga a empezar a estudiarlo y es cuando se empieza a producir la diferenciación entre esta joven generación de la otra izquierda, con la cual había estado trabajando tiempo atrás. Mi caso, en este sentido, es algo distinto, porque yo era de las juventudes socialistas hasta el 55; en este período tuve una experiencia dual, por un lado era socialista y creía en Marx y en todo eso pero, por otro, estaba al lado del elemento más gorila que habría luego, los sectores más antiperonistas, como eran los españoles republicanos. Mi vivencia concreta de lucha sindical la estaba haciendo dentro del movimiento, pero la veía de otra manera; tenía un pensamiento teórico idealmente socialista y una praxis dentro del movimiento de masas que interpretaba cómo la tentativa real, dentro de Argentina, de caminar hacia el socialismo. A partir de este momento comencé específicamente una labor cultural y política dentro del peronismo.

— ¿Qué te parece el «boom» de la literatura latinoamericana? En la película os metéis mucho con Mujica Laínez y Borges, y de rechazo con los Cortázar, Onetti o Vargas Llosa.

— Los Mujica Laínez, las Victoria Ocampo, los Bioy Casares, la revista Sur, incluso los Borges no constituyen en este momento ningún problema para la joven generación. Es gente que ya ha perdido la autoridad que tenía sobre sectores medios durante toda una etapa, que respondían al pensamiento oligárquico y que, caído Perón, perdurará cuatro o cinco años. Pero, ya durante el proceso del frondizismo, la joven generación los ubica en su lugar. Los Cortázar también estuvieron durante algún tiempo vinculados a una manera de pensamiento de la oligarquía, y sólo empiezan a revisar su visión a partir de la revolución cubana y del proceso mundial que les obliga a radicalizar su visión de la realidad, pero hasta un determinado margen, creo que más de eso no dan y también sería absurdo exigirles. Creo que es una corriente que asimila las influencias de un proceso revolucionario mundial, más concretamente latinoamericano, aunque sea desde París, y que se ubican a una gran distancia de los Mujica Laínez, que son típicos escritores exponentes del pensamiento liberal oligárquico. Con los Cortázar, los Vargas Llosa, podemos disentir, en cuanto a esa dualidad que todavía está dentro de una gran capa de intelectuales; por un lado, la obra, que puede ser muy fácilmente absorbible por la cultura dominante y, por otro, una actitud de compromiso muy válida; sin embargo, defendemos su actitud y creemos que participan de un frente mundial contra el enemigo común. Dentro de esta generación podríamos habernos inscrito nosotros, a los que antes me he referido, pero que nos hemos convertido en un grupo minoritario que intenta dar un paso más adelante, superar esa dualidad del artista. Podemos disentir de ellos, pero sólo porque creemos que lo que hacen no es lo mejor que podrían hacer.

— ¿Antes de La hora de los hornos haces algún documental?

— Sí, Trasmallos, sobre una familia de pescadores, rodado en 16 mm. En Argentina estudiaba en la «Asociación de Cine Experimental», centro joven totalmente independiente, el único que hoy funciona en el país —la «Escuela de Santa Fe» y la de «La Plata» y la «Escuela» que intentó levantar el «Instituto Nacional de Cinematografía» prácticamente no existen—, donde están agrupados cuarenta o cincuenta personas de «pensamiento comprometido», dispuestas a hacer sus experiencias como sea, de manera totalmente independiente y en 16 mm. Allí hice mi primera experiencia cinematográfica mientras escribía cuentos y teatro, vinculado a algunas revistas literarias, que entonces tenían importancia, como El escarabajo de oro, La rosa blindada.

— ¿Cuál es tu colaboración en La hora de los hornos?

— Con Solanas hemos constituido un equipo, después de tres años de trabajo, donde nos hemos sentido absolutamente identificados, que ha hecho que el film lo hiciésemos prácticamente entre los dos. Aunque uno de los dos era siempre el que decía la palabra definitiva, y era él. Eso sólo se consiguió saltando sobre algunas diferencias, y gracias a que hubo cierta madurez en nuestro diálogo, que nos hizo poder coincidir en términos generales. El hecho de empezar a corporeizar algo tan abstracto como era la idea base, la liberación del hombre en la Argentina, de documentarnos, de meternos en la realidad y hacerlo a través de una discusión viva, dio lugar a que el proceso de evolución fuese bastante semejante en ambos.

— El proceso de investigación que supone la película ¿lo hicisteis antes del rodaje o al mismo tiempo?

— Se establecieron una especie de primeras estructuras, que ahora aparecerían como muy imprecisas, la libertad, la cosa poética, la lucha, a partir de las que empezamos a filmar; el contacto con los problemas que se nos iban planteando, la investigación que íbamos haciendo, nos hizo modificar diez o quince veces la estructura. Nosotros la terminamos y la primera vez que la vimos en una pantalla fue en Pésaro; incluso después hemos hecho algunas variaciones.

— Yo vi la película en Pésaro: la primera parte me pareció interesante, pero discutible; la segunda, me indignó profundamente, y la tercera, no la vi; luego, con gran asombro he leído que tanto en Karlovy Vary, como en Mannhein y Mérida, sólo se proyectaba esa primera parte, ¿por qué ocurría esto?; es evidente que la primera parte funciona aislada de una manera y junto a la segunda, de otra.

— Es un problema técnico. Hace dos meses únicamente se terminaron de hacer las traducciones del film a otros idiomas. Y aún seis meses después de Pésaro hicimos correcciones principalmente en la segunda y tercera partes. La primera parte fue a Mérida porque era imposible llevar allí las cuatro horas y media; la idea era llevar el resto a Viña del Mar, un festival que luego no se ha celebrado. En Italia se difundió la primera parte porque a los distribuidores no les interesaba la segunda, y la tercera; en París, que es el lugar de Europa en que más interés hubo, el distribuidor que está más interesado la quiere entera.

— En la película defendéis el peronismo, lo que me parece discutible, pero también defendéis a Perón, lo que creo que no es discutible.

— Nosotros no entendemos el peronismo sin Perón. Ese es el dilema dentro del sector de la vieja izquierda argentina, que frente al peronismo siempre tuvo una actitud paternalista, que cree que el movimiento obrero era engañado, que Perón le llamaba a Plaza de Mayo, le ofrecía cuatro caramelos y la gente venía; la vieja izquierda jamás comprendió lo que era un movimiento nacional de liberación en un país semicolonizado y atrasado como es la Argentina. Entonces cae Perón y sube la oligarquía en septiembre; la izquierda, el liberalismo, los sectores católicos estaban detrás de Leonardi y creían que realmente desaparecería todo, pero cae Perón y no desaparece nada. Entonces la impotencia de una izquierda, que no es capaz de organizar revolucionariamente una salida dentro de la Argentina, cargaba las culpas sobre Perón.

Yo no considero a Perón un tipo de derechas. Para nosotros, en aquella etapa, Perón pudo ser a la Argentina lo que Castro ha sido a Cuba. Hay que entrar a analizarle. Aunque si, en última instancia, el problema fuese Perón, te aseguro que la situación de Argentina se resolvía fácilmente. No es posible comprender a Perón y al peronismo si tratas de desvincularlos. Yo lo ubico en el lado de lo que es el pueblo argentino, que sigue confiando en Perón y avanzando a través de la bandera de Perón hacia su liberación y hacia su lucha antiimperialista, porque no tiene otra bandera mejor. Perón encarna la tentativa más alta que da la sociedad argentina en la búsqueda de su emancipación del imperialismo y de la oligarquía; Perón significa una derrota para la oligarquía y el imperialismo en el 45. Lo que cuenta no es su persona, sino lo que significa para las capas que van a hacer la liberación; entonces, su problema personal empieza a relativizarse, porque él nunca fue un obstáculo para que se desarrollase el proceso revolucionario. Si hoy no está más avanzado no es por su culpa, aunque tampoco fue el elemento que lo impulsó, sobre todo después de su caída, sino porque las capas revolucionarias tenemos profundas limitaciones para desarrollar la liberación. Sería absurdo achacarle la responsabilidad a Perón, porque cuando estas capas demostraron mayor capacidad de audacia se acopló a ellas; basta ver lo que ocurrió en el 59, en el 60, cuando se dan las grandes huelgas y las primeras tentativas de guerrillas, las grandes manifestaciones estudiantiles; él se puso al frente de todo esto. Perón no puede tomar o actuar desde posiciones marxistas, sería absurdo pretenderlo, eso lo puede ambicionar la izquierda, pero tampoco expresa la tendencia hacia la derecha de la sociedad argentina, sino hacia la liberación antiimperialista; no alcanza a cumplimentarla ni a llevarla en profundidad por las limitaciones históricas que tiene la burguesía argentina en el 55 que, antes de profundizar en una revolución, liquida a Perón.

— Esta defensa del peronismo, ¿es porque realmente os parece bien o, quizá, es una instrumentalización, en el sentido de que era capaz de movilizar a las masas, cosa que los partidos de izquierdas no lograban, y entonces es una especie de infiltración de grupos izquierdistas dentro del peronismo?

— No, no, aquí no hay trampa. Es la comprensión de que el único movimiento de masas antiimperialista que existe en la Argentina es el peronismo, es el proletariado, que en la Argentina es sinónimo de peronismo desde hace veinticinco años.

— ¿Pero no estará completamente alienado este proletariado que va detrás del peronismo, porque dado su subdesarrollo e incultura es fácil engañarle?

— E1 proletariado a nivel colectivo, en una situación histórica como la de América latina, no puede estar engañado. Las masas argentinas jamás fueron engañadas, sobre todo las que empujaron un proceso de liberación, que siempre sostuvieron banderas que eran las más importantes que tenían en ese momento. Aunque tendrán que pasar por encima del peronismo cuando encuentren formas superiores, como ya está empezando a suceder. Hoy existen corrientes que han hecho su madurez dentro del peronismo y avanzan hacia posiciones revolucionarias, y corrientes que, dentro de la izquierda, rompen con los esquemas de la vieja izquierda, que confluyen, todavía con grandes diferencias. La tentativa nuestra con el film era tratar de expresar la confluencia de esas dos líneas que convergen detrás de la construcción de algo que puede ser, a nuestro criterio, el único elemento revolucionario positivo que puede darse en la Argentina hoy. Para nosotros, Perón y Castro no son antagonistas, sino experiencias históricas que confluyen, es decir, Castro no hubiese existido si no existe Perón antes, sin Guatemala, sin lo del 52 en Bolivia, sin Vargas en el Brasil; hay un proceso revolucionario continental que alcanzó su primera victoria en Cuba como condensación de toda una experiencia latinoamericana.

— ¿Creen entonces que los grupos castristas en Argentina tienen los mismos objetivos que los grupos peronistas?

— Pienso que, en perspectiva, sí, y que las diferencias existen, como en cualquier otro país del mundo entre los distintos grupos; simplemente, el problema es que ninguno de ellos está demostrando condiciones y capacidad para darle al sistema un golpe serio. Pero en la medida en que uno de esos grupos, venga del peronismo o no, sea capaz, a través de sus acciones, de empezar a desarrollar golpes al sistema, una política que las masas vayan sintiendo como realmente revolucionaria, todas las diferencias empezarán a superarse.

— ¿El propósito de vuestra película es que las masas tomen conciencia de que esta posibilidad sería ventajosa y que la lleven a efecto?

— Exactamente. Los primeros grupos que han comprado la película son los sectores revolucionarios del peronismo. En Chile, la primera parte, la ha comprado el partido socialista, que nada tiene que ver con el peronismo. Yo creo que el peronismo es el elemento necesario para la revolución argentina, pero necesita el aporte de capas que ahora están en otros sectores y que no vienen por antiperonistas, cuando el enemigo principal es común: el imperialismo yanqui y la oligarquía. Creo que lo único positivo que va surgir en la Argentina es a través de la coincidencia de estas vertientes: de un lado la profunda experiencia antiimperialista de las masas peronistas, y de otro el aporte intelectual, que no han podido darse por sí mismas, a nivel de cuadros y organización, de gente que proviene del marxismo, que ha roto con unos esquemas anquilosados, y ciertos grupos de la Iglesia rebelde, alrededor de la figura de Camilo Torres, que están radicalizándose en sus posiciones, que también han aceptado nuestra película. Si en la Argentina hubiese ahora un grupo que fuese más capaz de lo que ha sido Perón, de resolver los problemas del pueblo, Perón no existiría; luego el problema no es suyo, es nuestro.

— ¿Cómo explicas que en los sitios en que han puesto mayores inconvenientes ideológicos a la película haya sido en España y en Brasil?

— La situación de Brasil es un poco como la de España. Brasil es el país, después de Méjico, más desvinculado de la América latina, con una intelectualidad que se ha formado dentro de una experiencia muy particular y una cultura también muy particular. En este momento no sería capaz de decir la postura de un Alex Viany, por ejemplo, ante Vargas, porque no la sé; para mí, Vargas es una de las expresiones de liberación dentro de América latina. Es posible que sean antivarguistas, como en la Argentina hay realizadores que son antiperonistas. Lo que no puedo explicarme es el fenómeno de la existencia aquí, en España de sectores que, a mi parecer, no alcanzan a comprender lo complicado y complejo de un proceso revolucionario en un país latinoamericano, concretamente en la Argentina, mientras para otros sectores de la intelectualidad europea ese proceso es mucho más válido. Aquí se defiene a Lumumba, como un mito, y nunca a Perón, cuando las reivindicaciones que Perón estaba planteando eran diez veces más avanzadas que las de Lumumba, aunque la situación de Lumumba le permitía ir mucho más lejos. Aunque comprendo que hay cosas de Perón, incluso para mí, indigeribles, en la medida en que se esquematiza el análisis y no se ve lo que se está moviendo bajo esos elementos.

— Pero parecéis situados ante un recurso al mal menor: ya que no hay nada mejor quedémonos con Perón.

— La gente revolucionaria peronista no está esperando si Perón dice sí o no; se está moviendo simplemente; desde hace diez años no le han esperado; cuando decidió más es cuando dentro de la situación argentina no había direcciones políticas que impusiesen un respeto. Con el peronismo existe ahora la misma actitud que existía en otros momentos respecto al comunismo, ¡ojo, no contaminarse!, la actitud purista de no ensuciarse las manos, típica del intelectual de izquierdas; todo el mundo está tratando de no ensuciarse las manos, porque el otro grupo no es lo suficientemente marxista-leninista, porque está aliado al comunismo; ese purismo que hace perder de vista quién es el enemigo principal y lleva a la lucha interna para ver quién es más revolucionario; nosotros no queremos entrar dentro de ese juego, queremos hechos concretos, no ideas abstractas para discutir.

— En la película planteáis un rechazo de todo lo que sean influencias culturales externas norteamericanas o europeas, colonizantes, opresoras, pero, curiosamente, la impresión que da La hora de los hornos, y me refiero principalmente a la parte formal y estructural, es que está hecha por europeos o extranjeros en general; es técnicamente perfecta, tiene las mismas influencias francesas mal asimiladas de casi todas las películas argentinas, pretende criticar una serie de cosas valiéndose de ellas mismas.

— Creo que no. En este momento pienso que es imposible hacer una obra a partir de cero que rompa con todas las influencias, cuando otras obras están saliendo de una cultura que no es aún nacional, porque tampoco somos naciones. E1 problema de la cultura o del cine en América latina está vinculado íntimamente al proceso de la liberación y a la construcción de nacionalidades; es lo único que puede permitir su existencia, diferenciada y original. El cine que va surgiendo como expresión más latinoamericana es el que está dentro de esa corriente bajo las influencias del cine y la cultura mundiales. La hora de los hornos tiene también influencias de todo el cine del mundo y un resultado que para mí es original y distinto a la mayor parte de las películas. Nosotros tampoco buscamos el hacer una película distinta y original, sólo tratamos de transmitir nuestro pensamiento sobre una determinada realidad, para lo cual tenemos que utilizar formas de lenguaje en cierta medida originales; si lo alcanza o no es otro problema, pero no está como tentativa, sino como consecuencia. La idea del film-acto, donde el film se niega como film, para nosotros es únicamente un pretexto para desarrollar la comunicación entre un grupo de gente en torno al problema básico de nuestra liberación; una de las resultantes que surgen como consecuencia de dirigirnos a ese público con esa actitud es ese estilo, esas nuevas formas, no por la búsqueda «a priori». En este sentido la frase de Brecht: «Deducimos nuestra estética de la necesidad de nuestro combate», se puede aplicar a lo que estábamos intentando hacer. Nuestra película puede tener influencias de cualquier otra categoría de cine, pero, como resultado, pienso que aporta algo, en cuanto a que es distinta; no encuentro en este momento ninguna película que se le parezca. Este fue, por otro lado, uno de nuestros mayores problemas: ¿qué película tenemos de referencia?; cuando tenemos que hacer una película así antes de la liberación y trabajar con una cámara Bolex de cuerda de 30 metros, un grabador Philips «cassette» y un equipo que nunca pasaba de tres personas, encarando un tema de esa envergadura.

— ¿Hay dentro del cine argentino y del cine mundial algunos directores con los que te sientas en algún sentido solidario? Por ejemplo, ¿Favio os interesa?

— Favio dijo que nuestra película era muy importante, aunque no la había visto, y el hecho de decirlo, para mí, es muy estimulante, dado que la situación es que la mayor parte de los cineastas antes de opinar de La hora de los hornos se mete en su casa y cierran la puerta. Yo la emparento con los otros trabajos que está haciendo nuestro grupo en Argentina, lo que está haciendo Santiago Alvarez en Cuba, lo de Mario Handler en Uruguay, a ciertos proyectos latinoamericanos que caminarán si no ocurre nada imprevisto, la emparento al «Newsreel», al «Ciné-Tract», al «Cine-giornale», al «Terzo canale», al «Singakuren», a los «Estados Generales», a toda una corriente del cine mundial, que me parece el hecho más importante del cine en estos momentos, que está descubriendo una posibilidad que hasta ahora era inaudita, un tipo de cine para trabajar políticamente, para incidir dentro del proceso de liberación. Y es sintomático el que, por primera vez, en América latina organizaciones revolucionarias se hayan interesado en comprar la primera parte de nuestra película, descubriendo que el cine es un instrumento político. Creo que ese no es el único camino para dar una batalla por la construcción de una nueva cultura, de un nuevo cine, superior al existente; el cine de autor, independientemente de que nosotros creamos que tiene limitaciones, cumple también un papel dentro de capas en que si ese cine no ejerce influencia otro tampoco podría. Nosotros nos sentimos solidarios con los que dentro de este cine están tratando de aprovechar al máximo sus posibilidades, tratan de hacer un cine de descolonización, desde un Buñuel hasta ciertas experiencias de un Godard último, aunque a otro nivel, con algunos italianos, con algunas tentativas de algunos españoles y latinoamericanos. Es un tipo de cine que a lo mejor haríamos. Favio quizá sea el único elemento que ha aportado algo al «nuevo cine argentino», teniendo en cuenta además que muchos de ellos están hoy mucho más atrás que hace diez años. En este momento, paradójicamente, lo más avanzado del cine argentino no está a nivel de las capas jóvenes, sino al nivel de ciertas capas semi-industriales, que tratan de construir una industria paralela; burgueses y particulares que han descubierto la presencia de un mercado que demanda un tipo de obras más problematizadas; son los Maspero y los Feltrinelli argentinos dentro del cine, es esta especie de neopopulismo que empieza a existir en ciertas obras, me refiero a Martín Fierro, de Torre-Nilsson, y a La fiaca, de Ayala; esta última va mucho más lejos, en cuanto a tentativas, que toda la gente joven, que está más preocupada por un cine comercial.

— La película ¿cómo fue financiada: os dieron dinero los grupos peronistas o Perón?

— La primera vez que nosotros hicimos una exhibición a nivel de dirigentes políticos, entre ellos estaba la mujer de John William Cook —el tipo más importante que dio el peronismo; era uno de los hombres de confianza de Perón; es uno de los que más radicalizó su pensamiento, y era hombre de confianza del Che—, no tenían noticias de lo que era. Para nosotros fue profundamente satisfactorio, porque era ese el público que buscábamos, porque la recibieron mucho mejor de lo podíamos esperar. A partir de estar hecha es cuando se interesaron profundamente en ella y es, también, cuando se planteó el problema de su difusión partiendo de la idea del film-libro, venta de copias, que se ha empezado a hacer en 16 mm. y que dentro de poco se hará también en super 8 mm., como tentativa para alentar un nuevo tipo de cine, que si quiere sobrevivir ha de ser autosuficiente. El dinero para rodarla surgió a través de nuestro trabajo en cine publicitario, por el que se están produciendo las películas del «cine nuevo argentino», que permitió que la autoprodujésemos. Película que al ir a Pésaro tenía un costo y que hoy tiene más del doble, por lo que entonces no teníamos deudas y hoy en día son tales que hemos tenido que ponerla en manos de una empresa. Pero que tampoco es mucho, porque el costo en estos momentos anda por los 50.000 dólares; pero si nosotros al empezarla nos llegamos a imaginar que tenemos que invertir esa cantidad no la hubiésemos hecho.

— ¿La ha visto Perón?

— Creo que no; sé que está al tanto, que ha venido gente a decirle que éramos comunistas infiltrados; ha habido informes y contrainformes, porque Perón mantiene buenas relaciones con todos los grupos, desde los guerrilleros hasta los conservadores, para mantener la cohesión. Creo que le agradará, le interesará que por primera vez gente que de alguna manera está vinculada al movimiento haga una película que tenga una repercusión mundial. Por nuestra parte también nos interesa que la vea.

— ¿Cuánto tiempo os llevó el trabajo?

— Bueno, teniendo en cuenta que no lo hicimos seguido, hubo meses en que no hicimos nada, desde la primera carta que intercambiamos Solanas y yo hasta que se estrenó en Pésaro pasaron dos años y cuatro meses.

— ¿En qué países se ha estrenado la película?

— En Uruguay se estrena ahora a través del semanario Marcha y la sección de críticos, en Chile a través de la Universidad y los partidos de izquierdas. En París se ha puesto en la «Cinemateca» y en la Facultad de Derecho, aunque se prohibió su proyección en la «Semana de Positif»; puede que también se difunda en el «Circuito Paralelo», porque los «Estados Generales», después de discutir profundamente con ellos, no la han querido, porque nosotros estamos tramitando que pase la censura y ellos no aceptan películas que hayan sido aprobadas por censura. En Suecia se está exhibiendo comercialmente a través del «Filmcentrum», un grupo de gente joven que trabaja en 16 mm. En Italia se está difundiendo a nivel de Universidades y la presentación, digamos comercial, se hará pasado el verano.

— ¿Ahora tenéis algún proyecto?

— Nuestro grupo también ha hecho varios números de un noticiario, el primero que edita una central obrera en América latina, que creo que Chris Marker va a traer ahora a Europa. Dentro del cine de autor nuestro grupo ha terminado una película con personajes reales, una especie de Los hijos de Sánchez, en cine; Camino hacia la muerte del viejo Reales es una familia en la que los hijos cuentan sus vidas y el viejo recrea su propia muerte para un espectador. Luego hay planteadas dos cosas importantes, una a nivel argentino y la otra a latinoamericano; en ésta, en principio, estarían Santiago Alvarez, Mario Handler, Miguel Littin, de Chile, y algunos brasileños.

(Grabada en magnetofón, por Augusto M. Torres y Miguel Marías). Madrid, mayo 1969.

En Nuestro Cine nº 89 (septiembre de 1969)

miércoles, 13 de mayo de 2026

Entrevista con Miguel Marías

Historia(s) del cine

¿Por qué deberíamos tomarnos en serio a Alfred Hitchcock? ¿O a Jean-Luc Godard? Hay quienes no se toman en serio a ninguno, hay quienes se toman en serio a uno en detrimento del otro e incluso hay quienes solo se toman en serio a sí mismos. Pero para Miguel Marías no es tan sencillo. Lo primero que él se toma en serio es el ejercicio de la crítica, aunque a veces no tenga muy claro que él mismo sea algo más que un gran espectador. Empezando por ahí, por tomarse la crítica en serio, ya nos deja claro que su prioridad siempre ha sido el lenguaje cinematográfico y la lengua que usa para escribir. Uno y otro se retroalimentan. Si sabes ver, te resultará un poco más fácil escribir; y viceversa.

La editorial Confluencias ha comenzado a publicar una colección dedicada a Miguel Marías, centrando cada uno de sus volúmenes en un cineasta canónico. Sobre algunos Miguel Marías lleva escribiendo más de sesenta años, como sucede con Alfred Hitchcock y Jean-Luc Godard, a quienes él ha seguido en su evolución como cineastas, pero a quienes ha radiografiado acorde a su propia evolución como espectador y como crítico. No es lo mismo ver Vértigo a los veinte años que a los cuarenta, ni a los ochenta. Tampoco es lo mismo ver Al final de la escapada sin más referencias sobre Jean-Luc Godard y verla después de haber visto un monumento cinematográfico como Histoire(s) du cinéma. Por otra parte, ¿es lo mismo escribir un texto de 600 palabras sobre Hitchcock para un periódico que uno de 3000 sobre Godard para una revista especializada? ¿Se escribía igual hace sesenta años que como se escribe ahora? Estos libros tienen posibles respuestas a las preguntas que acabo de formular.

Miguel Marías es de los pocos críticos de su generación con un gusto ecléctico y con una curiosidad indestructible. A veces da la sensación de que lo ha visto todo, lo ha leído todo y lo sabe todo; y aun así sabe escuchar. La colección que acaba de salir en Confluencias, que ya anuncia un tercer volumen dedicado a Nicholas Ray, y Otro Luis Buñuel, publicado por Athenaica, no solo nos recuerdan que estamos ante la obra de uno de los críticos de cine españoles más importantes desde los años sesenta hasta ahora mismo, sino que además estamos ante alguien que ha sabido trascender los motivos por los que ha escrito casi siempre, para convertirse él mismo y su escritura en clásicos a la espera de ser descubiertos por las jóvenes generaciones y redescubiertos por quienes hasta ahora lo habían leído de manera dispersa, porque en adelante tendrán en la colección de Confluencias y en los libros suyos que vayan apareciendo en otras editoriales la oportunidad de comprobar la evolución y afianzamiento de su estilo, la capacidad de textos escritos en diferentes época para dar forma a discursos cohesionados, libros.

Comienzas tu carrera como crítico en una época crucial: los años sesenta. ¿Cuáles fueron, en tu opinión, los cambios más importantes en la crítica?

No sé yo si tengo una carrera como crítico; de hecho, empecé a escribir sobre cine para mí mismo, y sin haber leído apenas críticas ni historias del cine. Es a posteriori, cuando ya colaboro en revistas especializadas, cuando me entero de Bazin (y no solo de Mitry o Sadoul) y me leo los Cahiers du cinéma de tapa amarilla, entre otras cosas. En los 60 llega en España, a algunos, el eco de lo que había cambiado en los 50 en Francia. Pese a su aparente abstracción, esa nueva crítica se basa menos en teorías y más en la visión directa de películas concretas y me resulta un poco más fiable para ir a ver esas películas.

Hitchcock y Godard, los dos cineastas en los que se centran los dos primeros volúmenes que te está dedicando la editorial Confluencias, son dos figuras importantísimas por aquel entonces. ¿De qué maneras establecerías similitudes y diferencias entre ambos y similitudes y diferencias entre tus libros sobre ambos?

Bueno, ninguno de esos dos libros es un «ensayo» sobre esos cineastas, que para mí siguen siendo fundamentales y plenamente vigentes hoy, e intuyo que lo serán aún dentro de cien años. Son «recopilaciones» de casi todo lo que he escrito a lo largo de muchos años sobre ellos. Ambos directores me parecen grandes creadores de formas, experimentadores en el terreno de la narración y muy alejados, en cambio, en otros aspectos. Para mí, la mejor crítica sobre Hitchcock es la de Falso culpable que escribió Godard. Por cuestiones básicamente de azar y casualidad, no hablo de todas las películas de ninguno de los dos, y no he escrito de algunas de mis preferidas de ambos. Son dos pilares básicos de mi cinefilia, y los primeros sobre los que escribí (para mí).

¿De qué manera fue transformándose tu manera de entender a Hitchcock? ¿Cuáles eran tus cinco películas suyas favoritas y cuáles son ahora mismo?

Mi manera de entender a Hitchcock solo cambió, parcialmente, al ensayar él nuevas exploraciones, básicamente a partir de Psicosis y en los sucesivos escalones que van de Los pájaros hasta Family Plot, y que suponen desviaciones del clasicismo. Como nunca he tenido el menor interés por las interpretaciones religiosas, metafísicas o excesivamente psicoanalíticas o estructuralistas de su obra, no creo que mi visión haya cambiado gran cosa. Tampoco mis preferencias: hoy siguen en cabeza Vértigo y Con la muerte en los talones, como en 1962. Durante algún tiempo Marnie, Topaz y la segunda versión de El hombre que sabía demasiado formaron un segundo bloque, que ahora mismo ocupan Atormentada (que tardé mucho en ver bien), Falso culpable y Los pájaros. Pero cinco son pocas películas para quien ha hecho tantas tan inagotables. Lo que sí tengo claro es que le venía mejor trabajar en América y hacer cine sonoro, aunque en su filmografía las hay mudas e inglesas que son muy buenas.

¿Hasta qué punto consideras a Godard un cineasta más para la crítica que para los espectadores? O ¿de qué maneras matizarías esta pregunta?

Godard no ha sido nunca un cineasta «para todos», ni dentro del público en general ni entre la crítica. Debiera haber interesado, sobre todo, a otros directores, que curiosamente han preferido Ocho y medio y a Truffaut. La reflexión sobre el cine, su historia y la Historia (real y general) siempre ha asustado a la mayoría. Plantea muchos problemas, hace muchas preguntas (no muy cómodas) y exige respuestas individuales.

¿Con qué críticos te sientes cercano cuando comienzas a escribir? ¿Ahora mismo?

Cuando empecé a escribir me sentía cercano a Jean-Luc Godard, Jacques Rivette, Robin Wood, Victor F. Perkins, Jean Douchet, Jos Oliver, José Luis Guarner, Manolo Marinero, José María Carreño, Miguel Rubio, Juan Cobos… Visto los que quedan en vida, o en activo, comprenderás que hoy sean pocos: no es buen tiempo para la crítica, y cada vez la leo menos. Algunos (pocos) me son simpáticos o más o menos fiables, pero a veces los menos fiables aciertan.

¿Qué libros sobre Hitchcock te han parecido más relevantes y qué época crees que le fue más propicia para su recepción?

Algunos son artículos más que libros: Robin Wood, Victor F. Perkins, Ian Cameron, Chris Marker, Jean Douchet, las entrevistas de Hitchcock con Truffaut, lo que escribió Eugenio Trías en Lo bello y lo siniestro. No me gusta gran cosa el libro sobre Hitchcock de Chabrol y Rohmer.

¿Cuál ha sido, en tu opinión, la evolución de la crítica y de tu misma escritura en relación a la evolución del propio Jean-Luc Godard?

Casi siempre hemos ido todos muy rezagados, cuando no desconcertados y paralizados o totalmente perdidos en el desierto de Gobi.

¿Cómo dirías que son las condiciones perfectas para ver y apreciar una película de Hitchcock y una de Godard?

Las condiciones perfectas para ver cualquier película de cualquier director serían, en mi opinión, hoy casi inencontrables: con un público silencioso y atento, que para ver cine no necesite comer palomitas, en un cine con muy buen sonido y con una pantalla verdaderamente grande (de las que quedan muy pocas) y ajustada al verdadero formato de cada película. A ser posible, sin saber nada acerca de su argumento. Siempre conviene ver todo al menos dos veces. Muy especialmente las de Godard realizadas a partir de Sálvese quien pueda.

¿En qué momento crees que un espectador tiende a sentirse especialmente atraído hacia lo que se escribe sobre un cineasta como Hitchcock y sobre un cineasta como Godard?

Cuando algo le intriga pero le fascina o emociona o inquieta y le gustaría entender mejor por qué. Lo preferible es escribirlo uno mismo.

¿Te parece posible la supervivencia de los modelos críticos más allá de tres o cuatro generaciones? ¿De qué forma un modelo crítico se asegura su supervivencia, su perdurabilidad más allá de su contexto?

Ni idea: veo pocos «modelos críticos» y no veo que tengan que sobrevivir, suponiendo que pudieran o debieran. Ninguno me valdría, además. Me intriga tanto como que existan clases, cursillos, Masters o hasta cursos de cómo hacer crítica. Para mí, hay que ver mucho cine y varias veces, pensar mucho y, tras eso, hay que inventar el enfoque más adecuado a cada película. Ni para otra del mismo autor valdría el acercamiento que para alguna encontramos (nosotros mismos u otros) satisfactorio.

¿Hay un legado Hitchcock visible en la crítica y en los espectadores? Es decir, ¿ayuda Hitchcock a ver el cine de una manera distinta? Si te parece que sí, ¿cuál?

Yo pienso que Hitchcock creó un estilo que estimula a profundizar en lo que hay o sucede por debajo o más allá de las apariencias, de las palabras y de la historia narrada o sugerida. Ayuda a intentar ver otras películas como si fueran de Hitchcock, sean de Bresson, Dreyer, Mizoguchi, Buñuel, Eisenstein o Godard.

¿Es Godard un simple cineasta o es un crítico y un historiador y un pensador disfrazado de cineasta?

Godard nunca ha dejado de ser un crítico, un historiador y un pensador. Si se quiere, el ensayista cinematográfico total. Y lo era antes de rodar su primer corto, desde lo primerísimo que escribió.

Al mismo tiempo que aparecieron los dos primeros volúmenes de la colección Miguel Marías en Confluencias, apareció tu libro Otro Luis Buñuel en la editorial Athenaica. ¿De qué manera son distintos y parecidos los tres libros?

Otro Luis Buñuel no tiene nada que ver: es un libro concebido como tal, que habla de todas sus películas y prescinde de su muy narrada biografía. Su único punto en común con los otros es que está escrito y reescrito a lo largo de un montón de años por causas azarosas e involuntarias. He conseguido ser breve (no creo que se pueda pedir a nadie que pierda el tiempo), lo cual requiere tiempo.

¿Te parece que Buñuel es una asignatura pendiente de la crítica?

¿Quién soy yo para decirlo? Lo era para mí y por eso he querido acabar un libro empezado en 1969 e interrumpido muchas veces por largos periodos.

¿Qué otros libros, además del tuyo, destacarías sobre el cineasta aragonés?

Cito los que encuentro para mí más útiles en el libro. El que prefiero es Buñuel despierta, de Jean-Claude Carrière, que es una especie de novela de ficción.

De entre todos los buñueles posibles, dinos tus cinco favoritos y explícanos brevemente por qué.

No logro desempatar entre Él y El ángel exterminador: el primero el más clásico, el segundo el más moderno y surrealista. Después, Ensayo de un crimen y El gran calavera, que son ensayos de humorismo inteligente; por último, el Buñuel más inesperado: Robinson Crusoe, que junto con La joven indica que pudo haber sido un gran «cineasta clásico norteamericano». Y el más loco es el de Ese oscuro objeto de deseo. Aclaro que mi falta de verdadero entusiasmo por Viridiana, «su obra maestra oficial», no me impide encontrarla muy bien hecha; simplemente prefiero otras 23.

Entrevista realizada por Hilario J. Rodríguez. Publicada en "Pickpocket" el 7 de mayo de 2026.

viernes, 17 de abril de 2026

Entrevista a Miguel Marías


Entrevista realizada por Conrado Reviriego el 21 de agosto de 2025. Publicada en el canal de YouTube "Cowboys de medianoche".

viernes, 27 de marzo de 2026

En el camino del Sur: una conversación con Víctor Erice

«El coral brota,
la palmera crece,
pero el hombre se va»

Viejo refrán de las islas Marquesas citado
por R. L. Stevenson en «Los mares
del Sur» y que encabeza el guión de El Sur.

Siempre el ritmo y su producción. Lo que en un principio se planteó como «una entrevista con Víctor Erice» quedó, tras dos «cassettes» de hora y media y un racimo de palabras aparcadas en los bordes de la técnica de grabación, como una confrontación similar a la (tristemente) constante práctica de amputación del cine actual.

Para no caer en los mismos errores de ese «compromiso de producción» que ha sido la conversación con Erice, Casablanca ha mantenido la duración original de la misma. No hemos querido hacer «un nuevo Sur» con el autor de El espíritu de la colmena. Hemos tratado de comprender, «coproduciendo», las necesidades de un ritmo distinto de un cineasta singular y honesto para con «su» cine. «El Cine» con mayúsculas (y eso lo deja claro su obra, que con dos largometrajes tiene más entidad que otras de veinte) y con «el cine» español con minúsculas.

Que no se llamen a engaño prensa, industria cinematográfica y «sectores culturales» de este país. El cine de Víctor Erice está ahí a pesar del ambiente y muy poco gracias a él. Pero esto es algo que se debería desprender de la conversación que sigue, en donde un cineasta contemporáneo se plantea la difícil contradicción entre práctica y reflexión cinematográficas. Todo para que ciertas cosas no desaparezcan del todo.

1. DE COMO SE TRAZAN MAPAS

CASABLANCA: ¿Cuáles son los orígenes de El Sur?

VICTOR ERICE: El motivo por el cual un día, hace ahora casi dos años, comencé a trabajar en El Sur, es un poco fruto del azar..., bueno, quizá no tanto del azar como de un acuerdo que logré establecer con Elías Querejeta. Más o menos sucedió igual que en El espíritu de la colmena. En aquella ocasión, después de presentar un par de argumentos, se me ocurrió proponer: «¿Por qué no hacemos una película con Frankenstein?» Mi propuesta fue aceptada casi de inmediato. Con El Sur sucedió algo parecido. Tras sugerir algún tema en el que había trabajado con anterioridad, tomé un relato de Adelaida García Morales y lo presenté como argumento de un proyecto que provisionalmente se titulaba El Sur.

C.: ¿Tenía ya la misma historia?

V. E.: Sí, la historia era la misma. ¿Por qué se eligió esta historia y no cualquiera de las otras? Es difícil saberlo con exactitud, pero presiento que en esa elección ha podido influir el hecho de que la historia de El Sur tiene que ver con la infancia, es decir, con algo de lo cual ya había hablado anteriormente.

C.: Yo me pregunto si lo que necesitabas rodar era esto, y no otra cosa, aunque me parece legítimo que tú aceptes hacerlo, pese a lo que pueda tener de limitación.

V. E.: Creo que si se trabaja dentro de una perspectiva abierta, de búsqueda personal, lo que de antemano se puede saber es siempre poco, acaso nada. Las ideas previas, por sí solas, no sirven. Lo que cuenta es cómo se realizan. Por otro lado, ciertos aspectos que pueden, en principio, aparecer como una limitación, luego resulta que no lo son tanto... En cualquier caso, tu observación me parece muy oportuna, porque la verdad es que, trabajando en el guión, me sentía al principio bastante inquieto. Al tener que abordar otra vez la infancia, existía el peligro de caer directamente en una cierta forma de repetición. Por otro lado, recordaba con frecuencia ese proceso, bastante generalizado en la obra de algunos cineastas modernos, a través del cual sus hallazgos iniciales, ciertas formas espontáneas de expresión, lo que podríamos considerar como figuras de estilo, se hacen, película tras película, cada vez más rígidas, más impostadas, hasta convertirse en una especie de tics. En fin, a medida que el trabajo fue avanzando, mi inquietud se disipó bastante, pero no sé si he conseguido evitar ese peligro del todo.

C.: A mí esto me preocupa en la medida en que pueda suponer, por parte de la prensa, una mentalidad semejante a la de los productores: ha aceptado que tú seas un director encasillado, que eres como un Piaget, y ahora vas con el segundo volumen de «La infancia», lo cual en algún sentido no está mal, pero... Y al ser dos películas con puntos comunes, tu experiencia demostrable sigue siendo la misma, con lo que para la próxima te encierra más todavía.

V. E.: Yo no sé si soy un director encasillado. Quizá sí, pero supongo que de una manera distinta a la habitual. No hay que olvidar que, entre los dos largometrajes que hasta ahora he logrado hacer, han transcurrido diez años, lo cual no es frecuente. Y cuando pasa tanto tiempo, y esa experiencia inicial, por las razones que sean, sigue siendo la única... El encasillamiento entonces viene un poco impuesto por las circunstancias, aunque el resultado sea el mismo: una visión reductora de los recursos de ese director.

C.: Y es un encasillamiento en el que, además, el público no interviene para nada.

V. E.: En efecto, el público nunca interviene en esta operación.

C.: ¿No crees que en el caso de El Sur influye también, tanto en la crítica como en el público, el hecho de «reconocer» el mundo de El espíritu de la colmena? No estoy diciendo con esto que se parezca, pero si se pareciera mucho menos todavía, es decir, si fuera otro de esos proyectos que presentaste, o si estuviera rodada entera, hubiera gustado menos y sorprendido más unánimemente a la crítica y al público en general.

V. E.: Es posible. Cuando un director participa en la escritura de los guiones, sus películas, por lo general, suelen tener más puntos en común. Y además, en este caso concreto, es cierto que, dado el carácter de obra inacabada, la acción se desarrolla más en la infancia que en la adolescencia, con lo cual el parecido con El espíritu de la colmena, al menos en la superficie, se acentúa. Pero quizá esto sea, en el fondo, un poco anecdótico. Creo que, hablando en términos un poco convencionales, en El Sur he intentado alcanzar un grado de comunicación mayor con el espectador. La necesidad de esta tentativa se desprendía de la naturaleza del proyecto: se trataba de una película que iba a ser distribuida a través de un circuito mayoritario. Para mí es indudable que este hecho comporta de inmediato una elección formal, en la que quizá pueden existir contradicciones, pero no equívocos. No sé si me explico. Un ejemplo de película en la cual los equívocos o malentendidos han alcanzado a las imágenes es Hammett, de Ford Coppola y Wim Wenders.

C.: Hay una cuestión más general, que para Wenders no fue positiva y, por ejemplo, para Lang sí lo fue, que es la necesidad de dirigirse a un público más amplio. Lang decía que en Alemania hacía películas para un público determinado, con una cultura alemana, y que en América las hacía para todo el mundo, y que eso le obligaba a renunciar a parte de su lenguaje y a aprender otras cosas. Y tal vez Wenders no quiso enterarse de eso, y luego le obligaron a volver a hacer la película.

V. E.: Yo entiendo el equívoco que, imagino, Wenders ha experimentado en esa película, porque creo que las cosas, en líneas generales, estaban más claras en la época de Lang. La noción de espectador a la que aludes, que es fundamental, no se cuestionaba lo más mínimo, mientras que hoy resulta muy ambigua, casi no se sabe lo que es. La transparencia que existía entre la ficción que sucedía en la pantalla y el espectador, se ha perdido. Antes el espectador admitía sin ninguna reticencia una serie de convenciones que, sin embargo, en la actualidad no admite. Este es un fenómeno absolutamente contemporáneo.

C.: Y ahora admite otras, de la televisión. Y antes el público de cine era más homogéneo y ahora está más especializado también.

V. E.: Desde luego, el cine se ha fragmentado mucho, y el público también. Lo que hay detrás de ese fenómeno es un cambio social vertiginoso, de amplias proporciones. Por otro lado, cuando en esa época se hablaba de cine, solamente existían dos universos distintos, pero muy relacionados entre sí, a los que referirse: el del cine norteamericano y el del cine europeo. Hoy ya no se puede hablar en esos términos, porque además tanto el uno como el otro han perdido una gran parte de su identidad. Repito, entiendo el equívoco de Wenders, porque es un cineasta moderno, sensible a este tipo de problemas, y mucho menos «americano» de lo que la mayoría de la gente cree.

C.: Sí, tiene fama de «americano», pero...

V. E.: Apenas lo es... Hay otro hecho importante: cuando Lang llegó a Hollywood, ni en Norteamérica ni en Europa estaba en crisis la noción de representación. Este es un fenómeno que surge en los años 60, y que se convierte en la enfermedad crónica del cine moderno. Las diferencias entre una época y otra son, como vemos, muy grandes. No en balde el cine ha vivido en un periodo muy breve de tiempo una serie de experiencias que otros lenguajes, como el literario o el musical, han llevado a cabo en un plazo de siglos.

C.: Es como esos niños que envejecen precozmente...

V. E.: Sí, de la noche a la mañana, quién sabe si intoxicado, entre otras cosas, por el principio de realidad, la verosimilitud, etc., es decir, todos esos principios de una retórica crítica que sospechaba de todas las formas de ficción. Bueno, en serio, aunque cierta crítica ha puesto circunstancialmente su grano de arena, creo que ha sido la televisión la que ha jugado un papel mucho más decisivo en esa experiencia traumática que el cine ha sufrido.

C.: Eso plantea un problema básico previo a cualquier cineasta actual: ante esto, ¿por qué voy a optar yo?

V. E.: Es decir: ¿qué hacer? Por un lado, un exceso de reflexión puede restarle a uno espontaneidad, y conducirle poco a poco a una suerte de inmovilismo; por otro, la situación del cine actual es tan ambigua, tan incierta... Está claro, no obstante, que, en un momento así, al hacer una película hay que comprometerse con ella radicalmente, pero resulta que es más fácil hacerlo cuando la película ya está en marcha, cuando tienes a tu alrededor movilizado al equipo y a los actores, por ejemplo. Y eso, a veces, tarda en llegar.

C.: ¿No hay un sentimiento de falsedad especialmente durante la preparación de la película, precisamente porque la película aún no se hace, y hay un proceso lentísimo antes de que tu trabajo se transforma en imágenes?

V. E.: Sin duda.

2. COMIENZA EL VIAJE

C.: Me llama la atención que tus guiones son absolutamente visuales, no tienen nada que ver con esa extraña literatura, que no es literatura ni es nada, que se encuentra en los guiones.

V. E.: Siempre intento visualizar de antemano lo que, al menos en principio, va a figurar en la película. Trabajar sobre el papel la visualización creo que es muy necesario, especialmente si se trata de un guión en el cual no ha participado el director. No hay duda que un mismo guión y unos mismos actores, en manos de dos directores distintos, pueden resultar en la pantalla radicalmente diferentes. La visualización es fundamental. Basta recordar aquella época del cine que realizaban los grandes estudios de Hollywood, en la cual existían muchas películas cuyos guiones estaban elaborados con elementos dramáticos convencionales, a veces de segunda o tercera mano, pero que al ser visualizados alcanzaban de pronto una expresividad extraordinaria.

Dentro del proceso que, salvadas las distancias, tanto en Europa como en América suponía hacer una película, existía un momento, una especie de momento de la verdad, en que el director, después de haber atravesado un montón de aduanas, tenía que enfrentarse a lo esencial: el texto, los actores, la cámara... En ese momento ya no contaban las vicisitudes del proceso, aquello que los distintos aduaneros habían ido recomendando, controlando, fiscalizando o incautando, según cada caso particular, al revisar el equipaje... Contaba lo esencial...

Existían directores cuya sabiduría se demostraba desde un principio en la forma habilísima que tenían de atravesar indemnes todas las aduanas, de camuflar en ese trance el auténtico contenido de su equipaje. Contrabandistas maravillosos, expertos en disfraces, provistos a menudo de un humor muy socarrón, eran capaces de seducir al más hirsuto de los aduaneros: Luís Buñuel, John Ford, Alfred Hitchcock... Había otros, más frágiles, más egoístas también, siempre en liza abierta con los aduaneros, cuya fuerza y sabiduría se demostraba, sobre todo, en ese momento de la verdad al que me refería. Ahí, aunque sólo fuera de una manera fragmentaria, en un instante eran capaces de recuperar lo que el funcionario de turno creía haberles incautado: directores como Nicholas Ray...

C.: En ese momento de la verdad se produce igualmente el abismo fundamental, y quizá se resuelven todos los problemas teóricos...

V. E.: Es cierto... Aunque, de todos modos, a veces te quedan dudas... No sé cómo decirlo... Voy a poner un ejemplo concreto, referido a El Sur, al rodaje de la escena del baile, el día de la primera comunión de Estrella.

En el guión estaba planteada en exteriores, entre otros motivos, porque normalmente las primeras comuniones se celebran en mayo, hace buen tiempo, y se puede comer al aire libre. A pesar de que estábamos en vísperas de Navidad, yo seguía manteniendo la idea inicial, y había situado la escena en el jardín de la casa. Tenía la visualización bastante clara: arriba, asomados a una terraza, que parecía una especie de palco, observando, el grupo de familiares; en las escaleras, en un nivel intermedio entre la terraza y el jardín, el acordeonista; abajo, en el césped, el padre y la niña bailando. Necesitaba un día luminoso, con sol a ser posible. El caso es que el día del rodaje hizo muy mal tiempo, así que tuve que trasladar rápidamente la escena al comedor de la casa, un interior natural, de dimensiones reducidas, y escenificar toda la acción de una manera completamente distinta. En el exterior, dadas las distancias entre los personajes y los tres diferentes niveles de altura, había previsto rodar unos diez planos. En el interior, al reducirse el espacio y desaparecer los distintos niveles, pude encuadrar de una forma más sintética, de tal modo que los segundos términos ganaban en presencia... Total, que acabé rodando la escena en un plano-secuencia. A todo el equipo le pareció muy bien la solución, pero, no obstante, yo me quedé preocupado. En la primera visualización había previsto rodar unos insertos de Lola, Germaine y Rafaela mientras miran cómo bailan Omero y Sonsoles y, aunque en el plano-secuencia insistí bastante en la dirección y sentido de sus miradas, como la cámara estaba siempre en movimiento, pensé que ese matiz no se iba a apreciar... Me temo que, a la postre, ha sido así. En fin, ya veis que, por mucho que se elabore previamente la visualización de una película, el rodaje impone a veces unas necesidades que hay que asumir...

C.: Ya, pero eso puede dar la sensación de que no vale la pena hacer ese trabajo previo, porque luego van a cambiar las circunstancias...

V. E.: No, No... Yo no quiero decir eso...

C.: Mientras que es evidente en este mismo ejemplo tuyo que ese trabajo previo es el que te permite en un tiempo mínimo trasvasar esa concepción visual... porque yo creo que se mantiene, que el movimiento de cámara equivale al aislamiento de los espectadores en la terraza, y que trasladas en horizontal la disposición que habías planteado verticalmente, y el plano-secuencia tal vez modifique un poco el sentido, pero tiene la ventaja...

V. E.: De una musicalidad mayor...

C.: ... de que encierra a la pareja del padre y la hija, y da una fuerza al momento que es útil para la importancia que tiene su recuerdo cuando suena el mismo pasodoble en la escena entre los dos en el Gran Hotel, ese momento en su integridad tiene una especie de... sí, justamente, musicalidad, que, cortado por los planos de las miradas, no tendría.

V. E.: Quizá. Me alegra que veas eso...

C.: Ahí hay un problema, de todos modos: a lo mejor el público lo habría entendido mejor, pero sería menos sutil y menos armonioso. Es decir, la cuestión de si, a lo mejor por ser demasiado sutil o demasiado elegante, llegas sólo a cuatro, en lugar de a cuarenta o a cuatrocientos. Y es un poco como cuando te planteas, como comentábamos antes, si tienes que renunciar, por ejemplo, a la reflexión sobre la propia ficción al hacer una película que iba a distribuir C. B. Films en «cines de Gran Vía». Bueno, pongamos que la quitaras, y no hay, en efecto, una reflexión sobre la propia ficción de la película, pero sí hay, hasta en la película tal como es que es media, una reflexión sobre las ficciones de los personajes.

V. E.: Es cierto... Desde luego ya no sirve de mucho seguir dándole vueltas... Las cosas son como son... Asumir esos condicionamientos no me parece una limitación, que quede esto claro. Además te obligan a trabajar en una dirección que quizá de otra manera no te plantearías... Aunque imagino que El Sur, hablando en términos más amplios, es también la consecuencia de las películas que en todos estos años no he rodado.

3. EL RIESGO DE PERDERSE EN EL CAMINO

C.: Ese es un tema que yo quería plantear: supongo que piensas un poco, como dice Godard, que se hace cine no sólo rodando, sino pensando sobre el cine, viendo películas, escribiendo (en tu caso, más privada que públicamente), es decir, que tú has dejado durante diez años de hacer películas, pero no de pensar en cine...

V. E.: Desde luego.

C.: Quizá porque haya dos categorías, el director de cine y el cineasta...

V. E.: Sí, exactamente. Recuerdo que más de una vez a lo largo de esos años pensé: aunque no vuelva a dirigir una película en mi vida, creo que seguiré viendo las cosas como cineasta. Es decir, el cine no ha sido para mí una profesión. He dirigido casi por azar, demasiado de tarde en tarde, ocasionalmente..., y, sin embargo, es evidente que una parte (no sé cuál es su grado de importancia) de mis relaciones con el mundo se han establecido a través del cine, como espectador, desde la infancia.

C.: A mí lo que me parece preocupante de esto, que está en El espíritu de la colmena, que es una experiencia, la de descubrir el cine, y que el cine te influya en tu vida y te marque de una determinada manera, que el tiempo que pasas en el cine es tan importante como cualquier cosa que pasa en la calle en ese momento, o muchísimo más, es lo que tengamos que racionalizar tanto ahora, es decir, qué mal está el cine cuando los espectadores de antes lo vivíamos emocionalmente de una manera mucho más sana, menos mediatizada... En el fondo, el espectador es también un cineasta...

V. E.: Lo es, sin duda alguna. Por eso creo que lo que mejor se ha mantenido en mí, en relación al cine, a lo largo del tiempo, es quizá la condición de espectador.

C.: Y no ha cambiado tu forma de ver las películas desde que has dirigido?

V. E.: No lo sé... Es posible que en algunos aspectos secundarios, pero, básicamente, pienso que no... Bueno, si algo ha cambiado no es desde luego por el hecho de haber dirigido. Ya digo que creo seguir siendo un buen espectador. Por otro lado, salvo quizá en los rodajes, que en realidad han ocupado un tiempo muy pequeño de mi vida, yo no me siento director. Cineasta, sí, pero ya habéis hablado de la diferencia.

C.: Eso me lleva a lo que decías antes sobre la importancia del cine en tu vida, y es que yendo mucho al cine lo que aprendes es a ver o, por lo menos, a mirar. Y me parece que lo que cuenta o lo que enseña El Sur es a mirar. Yo lo que veo (y por eso el que no esté acabada la desequilibra para mí de un modo grave) es un esfuerzo enorme por ser justo con los personajes...

V. E.: Sí, sí, claro.

C.: No es una película particularmente cálida hacia los personajes, ni que se aproxime demasiado a ellos (por lo menos en la primera parte), incluso hay un predominio de la frontalidad que interpreto como un deseo de no intervenir demasiado en la escena, de no manipular al espectador...

V. E.: No hay grandes primeros planos...

C.: Y hay una voluntad, creo yo, de dar la misma sensación de existencia como seres de ficción a todos los personajes, por poco que salgan, que se ve frustrada por el hecho de que la película no esté rodada en su integridad. Sobre todo, porque, al quedar insuficientemente justificado el suicidio del padre, y convertirse casi en el final de la película, puede parecer que lo «matas» para conseguir un efecto dramático o para poner término a la historia retrospectiva en que, al faltar todo lo que sucede en el Sur, se ha convertido la película, y también, claro, porque haya varios de los personajes principales que ni siquiera aparecen...

V. E.: Evidentemente, el suicidio del padre puede aparecer ahora como injustificado... En cualquier caso, adquiere otro sentido. Además, si Estrella crece es, entre otras cosas, para comprender bajo otras luces la figura paterna, completar su historia, afirmar por vez primera su propia identidad y salir definitivamente de la infancia... Y esto lo lograba en su viaje al Sur. Son aspectos que han quedado frustrados.

4. LOS COMPAÑEROS DE VIAJE

C.: Cambiando un poco de tema: una cosa que llama la atención en la escena del Gran Hotel es el doblaje de Omero Antonutti, lo que, dada la importancia que le das al sonido directo, le hace a uno preguntarse qué hace Antonutti metido en la película, aunque me imagino que es un condicionamiento de producción la presencia de ciertos actores extranjeros, y qué haría en la segunda parte Aurore Clément.

V. E.: El sonido directo es para mí fundamental, por eso el doblaje me parece siempre algo a evitar. Lo que ocurre es que no siempre puedes. Fue el problema que más me hizo dudar en la elección de Omero Antonutti, y debo decir que, en este caso concreto, no existió el más mínimo condicionamiento: él es italiano y la coproducción era con Francia. Entre los actores posibles, Omero era el que mejor respondía a lo que yo buscaba. Además de sus cualidades como actor, su aspecto físico respondía a una cierta idea del personaje. En algunas películas, el actor, si es muy conocido o está muy encasillado por el público, puede suscitar ideas preconcebidas, equívocas, sobre el personaje. Con Omero esto no sucedía. Estoy muy contento del resultado de su trabajo.

La elección de Germaine Montero y Aurore Clément se suscita de una forma distinta a la de Antonutti, está relacionada directamente con la coproducción. Germaine es una actriz magnífica, a la que no pretendo descubrir, y la lástima es que su papel sea tan breve. Con Aurore Clément pasa lo mismo. A Aurore la elegí sin más, sin tener siquiera una entrevista previa con ella, amparado en el recuerdo de las dos películas suyas que había visto. Ella intervenía sobre todo en la parte que se iba a rodar en Andalucía. Cuando la conocí, justo la víspera del rodaje de su secuencia, confirmé que se adecuaba perfectamente al personaje. Es una actriz nata de cine, muy exigente consigo misma, que tiene «aura», y creo que habría dado al personaje de Laura Quintana, ex Irene Ríos, un carácter especial. Fernando Fernán-Gómez iba a incorporar el papel de Luis, su hermano. Y Emilio Serrano, un chico de catorce años, el de Octavio, su hijo. En fin, siempre me ha gustado el reparto de El Sur, y al hacerlo, salvo el doblaje, no he tenido ningún condicionamiento serio.

C.: Háblanos un poco más de los actores...

V. E.: El trabajo con los actores me parece fundamental. Me gustaría poderle dedicar más tiempo. En la mayoría de las escenas de El Sur he ensayado mientras se disponían las luces. En la escena del Gran Hotel pude ensayar antes, con Iciar y Omero, durante una hora y media. Las cosas han ido bastante bien en ese sentido: no me quejo. Además, es cierto que, en ocasiones, si se elaboran demasiado los detalles, el sentido de la escena se satura y los intérpretes pierden espontaneidad. Hay que buscar un equilibrio. Pero, repito, el trabajo con los actores es fundamental, tanto como su elección. Al elegir a un actor determinado empieza ya a adquirir cuerpo el estilo de la película. Es muy distinto escoger a un actor con una experiencia primordialmente de comedia que a otro especializado en teatro clásico. Este tipo de distinción creo que la comprende todo el mundo. Pero, además, ya se sabe que el cine impone más exigencias particulares que no son las del teatro. La presencia física, el rostro, sobre todo; pero también, y en esto se insiste mucho menos, el ritmo. Porque cada actor tiene un ritmo, que le es propio (al andar, al hablar, al mirar), que hay que hacer compatible no sólo con el de los demás intérpretes, sino con el de la cámara. Por ejemplo, el ritmo de James Cagney, un actor genial, poseedor de uno de los ritmos de interpretación más extraordinarios y singulares que yo he visto en la pantalla (a veces parecía un relámpago), que permanecía en la escena, dominándola, incluso cuando él ya la había abandonado. Sólo en el cine se producen cosas así...

A la elección le doy mucha importancia, como creo que debe hacer todo el mundo, pero sobre todo cuando lo que busco son actores no profesionales. Es decir, personas que no se han puesto jamás ante una cámara y en las que hay un rasgo fundamental: que la noción de representación (de la que ya hemos hablado) no se da en ellas, al menos en primer término. Que, más que representar el personaje, lo que hacen es ser el personaje. Esto es algo en lo que insistía siempre Dreyer a propósito de los actores en sus películas: «Quiero que los actores sean.»

Dentro del estilo de Dreyer, esa necesidad se ve de una forma muy clara, y él la cumplía (lo que es extraordinario) con actores profesionales.

Mi preocupación es buscar la forma en que los actores puedan llegar a ser, naturalmente en un sentido distinto al que se daba en el cine de géneros, donde no sólo la ficción era muy transparente, sino también el juego del actor. Por ejemplo: en un western, de pronto aparecía John Wayne en el umbral de una puerta, y ya casi no había más que decir: «lo sabíamos todo».

C.: En tu caso, con las niñas, ¿les explicas o les pides expresiones?

V. E.: Tanto en el caso de las actrices «infantiles» de El espíritu, como de Sonsoles Aranguren e Iciar Bollain en El Sur, al margen de la anécdota (desde luego no han tenido una experiencia similar, sus vidas son muy distintas), en el fondo último de sí mismas, en la forma de mirar el mundo, de definirse en relación a los adultos, son los personajes de esas películas. Entonces, lo único que hay que hacer es descubrirlo previamente. Acudo a un centro de enseñanza tras establecer contacto con la dirección. Me presento en clase o a la hora del recreo, sin que las niñas sepan que mi presencia allí se debe a una película. Entre todas las que veo, hay unas cuantas que, por algún motivo, me llaman la atención. Hablo de cualquier cosa con ellas y tomo unas notas.

Creo mucho en esta primera impresión, sobre todo la visual, porque, en cierto modo, se ajusta bastante a la que después va a recibir el espectador inicialmente.

Suelo llevar una Polaroid y hago unas cuantas fotos de cada una. Tras una segunda selección, realizo una prueba.

C.: Y en El Sur ¿a cuál elegiste primero, a la mayor o a la pequeña? Porque, al ser el mismo personaje, una determinaría a la otra.

V. E.: Primero tenía a Iciar, pero la elección casi fue simultánea. Lo determinante para mí es la prueba, en la cual acostumbro a rodar (en video, en el caso de El Sur; en 16 mm., en el caso de El espíritu de la colmena) una escena del guión.

En la primera toma dejo siempre que actúen a su aire, les doy totalmente la iniciativa. Con Sonsoles Aranguren grabé en video, a modo de prueba, una escena que luego eliminé de la película (no la rodé) y que ocurría en una tienda de campaña. Se trataba de una conversación nocturna entre el padre y la hija. Yo hacía el papel de Omero Antonutti. En la primera toma, como he dicho, de forma totalmente neutra, porque era necesario comprobar la capacidad de comprensión de Sonsoles ante un texto del que no conocía ni los antecedentes ni los consecuentes, observar su intuición, su capacidad de asimilación y su ritmo personal. En las tomas siguientes introducía variaciones: mis réplicas eran matizadas, incluso actuaba, y hasta sobreactuaba si quería extraer una reacción determinada. Normalmente, en la primera toma las niñas tienden al recitado, porque, por inercia, se han aprendido el texto como una lección, y eso produce una cierta atonía. Luego ya paso a marcarles el tono y el ritmo adecuados, trabajando la escena como si se tratase de un rodaje definitivo, porque creo que hay que poner totalmente a prueba las posibilidades de la actriz. A veces he llegado incluso a realizar un montaje. Si la elección no es adecuada, y si no se experimenta a fondo, en el rodaje pueden surgir muchas sorpresas.

Me gusta mucho trabajar con niños, es una experiencia muy gratificante. Requiere a veces un poco de paciencia, pero vale la pena. En ocasiones se pueden plantear problemas cuando coinciden en una misma escena un actor profesional y una actriz muy joven, que actúa por primera vez. Ante la espontaneidad y sencillez de ella, el profesional puede sentir que su interpretación es... no diré falsa, pero sí más retórica. Por ejemplo, en la escena del Gran Hotel hemos trabajado mucho el ritmo y la forma de decir las cosas, pero además había que rescatar esa verdad última que debía contener la escena.

Creo que una parte de esa verdad está tanto en la mirada y la voz de Iciar, como en la ambigüedad de la «representación» de Omero. Por eso creo que no es necesario dar unas explicaciones rebuscadas ni perseguir una identificación a toda costa.

C.: ¿Le diste el guión entero a las dos?

V. E.: A Sonsoles no, porque no quería que supiese lo que iba a pasar más adelante, cuando ella desaparece de la película. A Iciar sí, claro.

C.: ¿Y está rodada antes la parte cronológicamente anterior?

V. E.: Sí.

C.: ¿Y había visto Iciar Bollain la parte interpretada por Sonsoles Aranguren?

V. E.: No, sólo había visto algunos días proyección. Pero había leído el guión, y cuando ella evoca un momento de una situación que sólo Sonsoles ha vivido en la ficción, he procurado transmitirle el clima ambiental de ese momento o de esa situación.

Cuando rodé con Sonsoles la escena en el exterior del cine Arcadia, hacía un frío tremendo; así que, cuando Iciar evoca ese momento, le añadí a su diálogo el comentario: «Hacía un frío...» Es un detalle que el espectador ha percibido ya antes y que, por tanto, le hace sentirse más cómplice de Iciar... En el trabajo específico con los actores hay un director, Nicholas Ray, cuyas obras están llenas de sugerencias extraordinarias. La revisión de sus películas me ha sido muy útil. Para mí, Ray ha sido el mejor director de actores de su generación, superior a Elia Kazan, que, sin embargo, tiene más fama...

C.: Es curioso, porque la escena del Gran Hotel no se parece nada a Ray, pero hay algo en el ritmo, en la distancia entre los planos y los contraplanos, una separación algo mayor de lo normal...

V. E.: Buscada, además...

C.: Que me recordaba a eso que pasa varias veces en Rebelde sin causa...

V. E.: Vi Rebelde... poco antes de comenzar el rodaje de El Sur... Son dos casos muy diferentes, desde luego... Para empezar, Rebelde... es en Cinemascope... Imagínate esa escena en CinemaScope...

C.: Además, están las pausas y las miradas...

V. E.: Por ahí sí puede ir más la cosa, me parece. El uso de las miradas es fundamental en el cine. Y Ray, precisamente, desarrolló mucho ese tipo de recursos, lo experimentó muy a fondo.

C.: Está clarísimo que elaboras las cosas a partir de imágenes, y da la sensación de que no eres literalmente capaz de desarrollar nada si no lo visualizas, todo procede de una visualización. Y en ese sentido, la diferencia que más se nota entre El espíritu de la colmena y El Sur es que en ésta hay más planos, has jugado más con el contraplano, hay planos más cortos, la planificación es más «fordiana», por decirlo de alguna manera, frente a la más cercana de Mizoguchi o Dreyer de El espíritu de la colmena.

V. E.: El Sur es una película más narrativa que El espíritu... En la segunda parte se apreciaba aún más...

5. UN TERRITORIO POR DESCUBRIR

C.: Creo que la idea de que no haya cine es demasiado bestial, se interpreta muy literalmente, y no es que desaparezca, sino que se transforma tan brutalmente que no lo vamos a reconocer. A mí lo que me espanta es la sensación, cada vez que se ve por televisión una película clásica, desde el Cukor que se ponga hoy hasta cualquier otra, de que el cine se ha parado: es como leer los clásicos, y ¡ya no hay más! Lo que hay ahora es otra cosa que no sé qué es ni cómo llamarlo. El cine se ha detenido en los 60 y ya no hay más... más movimiento.

V. E.: No, apenas lo hay. Si pasas revista a lo que se hace ahora en el mundo...

C.: Bueno, yo creo que no sólo pasa en el cine, es muy generalizado, tal vez sean muy malos tiempos para las artes...

V. E.: Sí, desde luego. Yo creo que, evidentemente, una cierta forma del cine se va a convertir socialmente en algo como la poesía... La poesía me parece el lenguaje más radical...

C.: Y residual...

V. E.: Exactamente, y más residual... Ese carácter residual que tiene hoy día la poesía, me temo que es el que va a ir adquiriendo el cine...

C.: Yo creo que el cine ha dejado de ser un arte mayoritario, destinado al público en su totalidad, y que pasa con él como con la novela, que, aparte de los «bestsellers», que «lee» todo el mundo, cada novela tiene un grupo de lectores específico. Es más, no sé hasta qué punto puede modificar ese cine de antes, destinado a la visión colectiva, el hecho de que empiece a verse a solas, en casa, en vídeo, viéndolas como televisión...

V. E.: Seguramente el sentido de la experiencia se va a modificar.

C.: Hay un lado de maldición incluso, hay un lado muy dramático en la forma de vivir el cine ahora, y ese peso está también en El Sur.

V. E.: El Sur, en su estado actual, por el hecho de ser una obra inacabada, comporta una cierta forma de fracaso, en el que yo también tengo, imagino, mi parte de responsabilidad. Si hubiera podido realizar la película en su totalidad, mi visión hacia el futuro sería distinta, más optimista probablemente. La mejor forma de superar este estado de ánimo supongo que consiste en abordar otro proyecto. Aunque, la verdad, no me gusta hacer películas sólo por la rutina de hacerlas.

Cuando uno se encuentra en condiciones existenciales muy precarias puede no sentirse inclinado a hablar. Si de pronto se tiene la oportunidad de dirigirse a los demás, hay que intentar contar algo, y eso implica ya disponer de una cierta dosis de buena salud, me parece... El que está viviendo una experiencia límite negativa de una manera radical, es probable que no sólo sea incapaz de hacer una película, sino casi de hablar. Por eso tengo la impresión de que cierto cine contemporáneo de autor, de apariencia última muy ambiciosa y casi solemne, puede resultar a veces muy superfluo. Entiendo que para el director haya sido necesario realizar esa película, quizá como terapia personal, quizá para reproducir su existencia o mantener su estatuto profesional simplemente, pero de ahí a proponer sus imágenes a la contemplación de los demás... En fin, es algo muy representativo de los tiempos, tan precarios, que corren, y que comprendo... Es muy difícil asegurar que uno no va a caer nunca en ese tipo de situación. Dentro del cine clásico no existía apenas la posibilidad de que esto sucediera ni al director ni al espectador... Quizá por eso se desprendía de sus películas, de una forma sencilla, no impostada, una lección.

C.: Bueno, además en las películas clásicas no había voluntad de enseñar: uno podía sacar una enseñanza, aprender algo de ellas...

V. E.: Desde luego, ésa es una de las diferencias más claras que se perciben entre el cine clásico y el moderno... La cuestión está en que, como decíamos al principio de esta conversación, no es el cine únicamente quien ha cambiado, es la sociedad la que se ha transformado radicalmente en estos últimos treinta años... Hay cineastas modernos que han vivido esa transformación en cuanto espectadores, pero existen otros que la han experimentado sin dejar en ningún momento de hacer películas: Godard, por ejemplo.

La trayectoria de Godard, independientemente de lo que cada uno pueda opinar acerca de sus obras, me parece de una coherencia absoluta, ejemplar. Junto con Rossellini, y en una dirección distinta, es quizá el único cineasta que ha intentado asumir esa transformación vertiginosa en todas sus consecuencias, afrontando todos los riesgos que ello implica. Si eso le ha llevado a hacer películas llenas de interrogantes, en las que se pregunta una y otra vez acerca de lo que significa hoy el hecho de filmar, la dificultad de filmar, es porque vivimos en una época de total incertidumbre... No comprendo a los que se entusiasman con el Godard 1959-1968, y detestan al actual. Comprendo que no les interese, pero de ahí a detestarle...

6. NUNCA LLEGAREMOS AL SUR

C.: En la parte del guión no rodada, la que se desarrollaba en Andalucía, existía una referencia directa a dos libros de Stevenson, La isla del tesoro e Islas del Sur, pero sobre todo a su figura como ser humano…

V. E.: Sí. Se producía a través del personaje de Octavio, el hijo de Laura-Irene Ríos (Aurore Clément), después de su encuentro con Estrella, en una de sus primeras conversaciones. En determinado momento el diálogo entre los dos giraba alrededor de los libros y los escritores que más les gustaban... El chico enseñaba una foto de Stevenson a Estrella, y ésta le preguntaba quién era. Octavio, entonces, se lo explicaba a su manera. Entre otras cosas, decía: «Estaba tuberculoso, pero iba de un lado a otro viajando y escribiendo sin parar...»

Esta frase formaba parte del diálogo de la escena que, precisamente, elegí para hacer una prueba con Iciar Bollaín (Estrella) y Emilio Serrano (Octavio). Hace unos días, al recordar esas imágenes grabadas en vídeo, y que desgraciadamente no están en la película, al escuchar a Emilio decir esas palabras sentí, no sé por qué, que quizá en ellas estaba contenido discretamente uno de los posibles sentidos de lo que pudo suponer para mí el proyecto de El Sur en su totalidad... «Estaba tuberculoso, pero iba de un lado a otro viajando y escribiendo sin parar...» Al margen de las complicidades que todos podemos tener con Stevenson, que pueden ser muchas y variadas, creo que hay algo de ejemplar en su destino de escritor, tal como el chico de la película lo expresaba..., alguien, enfermo de gravedad, pero en el cual permanece todavía un aliento capaz de generar vida a su alrededor...

Me pregunto si de ese destino ejemplar no se desprende una imagen alegórica de la que quizá puede ser nuestra única actitud consecuente y generosa en relación al cine en el momento presente: esforzarnos por mantener el recuerdo y la esperanza de lo que en el cine ha existido, y quizá existe aún, como posibilidad de conocimiento primordial.

Puede, de todos modos, ocurrir lo que a muchos aparecerá como lo peor: que el cine, cierta idea del cine, si no ha muerto ya, muera definitivamente, y no resucite. No importa. En este orden, nada sabemos, y nada podemos saber. Está bien que así sea. Al fin y al cabo, esta condición (que, si no resultara un poco pedante, llamaría trágica) es la única que, hoy por hoy, puede dar quizá un sentido, por precario que sea, a la tarea del cineasta contemporáneo; aquello que, al margen de los resultados, puede llegar a convertirla en una auténtica prueba del valor.

(Entrevista grabada en magnetófono el 8 de junio de 1983, en Madrid, realizada por Miguel Marías y Felipe Vega y revisada posteriormente por Víctor Erice)

En Casablanca nº 31-32 (julio-agosto de 1983)