SINOPSIS
El viejo matrimonio Cooper reúne a sus hijos para anunciarles que el banco se ha quedado la casa familiar hipotecada y que han de desalojarla de inmediato. Como ninguno puede acoger a ambos, Bark y Lucy se ven separados por primera vez en cincuenta años, cada uno en la casa de uno de los hijos y causando molestias y contratiempos. Tras diversos conflictos y sinsabores, al cabo de tres meses, el matrimonio se reúne de nuevo durante unas horas antes de que Bark parta hacia California mientras ella (sin que él lo sepa) ingresará en una residencia de ancianos de Nueva York.
Pese a basarse en una novela titulada The Years Are So Long (Los años son tan largos), Make Way For Tomorrow está dominada por el sentimiento de la fugacidad de la vida –por larga que sea–, expresado muy nítidamente en el cartel introductorio, tan típico de McCarey, aunque choque que pudiera tener tales ideas, y tan claras, siendo aún un hombre joven (y la guionista Viña Delmar, cuyo verdadero nombre era Alvina Croter, tenía 34 años).
La película empieza con una reunión familiar, convocada por los padres, Barkley (a quien su mujer llama ‘Bark’, ladrido) y Lucy Cooper, y que ha despertado curiosidad –aunque no inquietud– entre los miembros del "clan", como dice Robert (Ray Mayer), el hijo menor. Aunque es probable que no lo advirtamos en la primera visión, cuando aún ignoramos qué va a suceder, el "invisible" estilo de McCarey da pistas claras de su enfoque desde esa secuencia inaugural, a través de una sucesión de planos aparentemente simple y funcional, de composiciones y encuadres que no llaman la atención: continuamente, se confrontan imágenes de Lucy y Bark juntos, compactos, equilibrados, que forman una unidad, con los hijos reunidos pero dispersos, a menudo enfrentados por pullas y pequeñas rencillas; cuando el espacio se va desglosando, a medida que avanza la escena, observamos que dos o tres hijos, casi siempre tres incluyendo en puntos variables al mayor, George (Thomas Mitchell), que se desplaza continuamente y es el que lleva "la voz cantante", rodean a uno u otro de los progenitores, separándole de su pareja. Es Bark mismo quien corta el aire artificialmente festivo de la inhabitual reunión (casi todos hace medio año lo menos que no se ven), a la que sólo falta Addie (que vive en California y no sale en la película), que Robert ha centrado inoportunamente en "su" casa al brindar: "La casa ya no es nuestra, se la ha quedado el banco". Y está a punto de agotarse el plazo de seis meses que les dieron para desalojarla. Los viejos no tienen donde vivir, ya que Bark lleva sin trabajar cuatro años (tiene 70) y, obviamente, gasta más de lo que ingresa. Y el momento es inoportuno: los negocios van mal, la crisis persiste, no es fácil conseguir un empleo, hijos que mandar a la Universidad, deudas... Y en sus casas no caben los dos, y se sospecha –y pronto comprueba– que los maridos de las hijas o las mujeres de los hijos no los acogerían de buen grado. Así, tras 50 años de matrimonio, los viejos Cooper no sólo tienen que abandonar su casa, sino que se ven forzados a separarse por primera vez. En el primer turno de tres meses, Nellie (Minna Gombell) y su marido Harvey Chase (Porter Hall) acogerán a Bark, mientras que George, su esposa Anita (Fay Bainter) y su hija Rhoda (Barbara Read) harán un hueco a Lucy.
No les vemos despedirse ni salir de su casa, elipsis que prueban que McCarey, aunque pudiera ser sentimental, no era sensiblero ni manipulaba los sentimientos de los espectadores. Pasamos a secuencias alternas de uno y otro, cada cual en su nueva residencia. Vemos de inmediato que, además de echarse de menos mutuamente, y sentirse aislados y solos, los dos están muy incómodos, y son tratados un poco como trastos que estorban y que siempre están en medio, de los que hay que ocuparse.
Si analizamos lo que cuenta la película, se trata de un melodrama terrible. Pero eso no es sino el esqueleto. La carne, los músculos y la piel que los recubren proceden más bien de la comedia. Como tal, es de una dureza crítica terrible, y de su ironía implícita no se libra nadie, ni la pareja de ancianos, que han sido poco previsores y nada realistas, pues se dedicaron a "esperar que les saliese algo", sin hacer gran cosa por conseguirlo. De hecho, Bark parece a gusto sin trabajar, y poco tenaz en improbable búsqueda de empleo, además de un tanto calamitoso e inútil, sin duda acostumbrado a que su mujer le hiciera todo. Los hijos, sin cargar las tintas ni subrayar su egoísmo, salen malparados sin excepción. Puede que su voluntad sea buena, pero es escasa. Para colmo, Bark y Lucy acaban por admitir (a un amigo y el uno al otro) que les han decepcionado, lo que contribuye a que se sientan fracasados; y los propios hijos, tras dárselo a entender su padre, terminan por reconocerlo. No es extraño que la película resultase incómoda para quienes fueran a verla, y que no incitasen a sus conocidos a acudir al cine, ya que pocos pueden considerarse libres de los defectos o las carencias, la comodonería o la indiferencia de las que son culpables todos, en mayor o menor medida, con peor o mejor estilo, poniendo buena cara o dando rienda suelta, ocasionalmente, a su contrariedad. Ninguno de los hijos o yernos y nueras (ni la única nieta) son unos canallas, ni siquiera insensibles, ni es preciso que exageren sus dificultades económicas, su falta de espacio o las complicaciones que acarrea tener a un casi anciano en casa. Por eso mismo, hay que comprender que la película es un espejo que devuelve una imagen poco halagüeña de los espectadores, y no es raro que fuese un fracaso en taquilla.
Conviene insistir en que McCarey elude la caricatura, lo mismo que evita los excesos melodramáticos: Bark coge un catarro, pero ninguno se muere de hambre, ni enferma por falta de cuidados ni es abandonado. Pero no es grato sentirse un estorbo o un impedimento, ni tiene gracia que hijos y nietos le miren a uno como a un mueble anticuado y destartalado que ni siquiera cabe confinar al cuarto trastero. En un montaje alterno que no cae en las facilidades y tentaciones que ofrece el procedimiento, vamos asistiendo equilibradamente a las vicisitudes de la pareja dividida. Apenas consiguen hablarse por teléfono –y, como es frecuente en McCarey, con "público", sin la intimidad ni el tiempo que necesitarían; véase la incomodísima escena en que Lucy habla con Bark ante los alumnos de bridge de Anita, que acaban por sentirse violentos e incómodos–, y las cartas que escribe Lucy a su marido son tan íntimas que el bondadoso Max Rubens (Maurice Moscovitch) se siente incapaz de leerle en voz alta el final, pese a que a Bark se le han vuelto a romper las gafas. Hay un pudor y un respeto a la intimidad de los personajes que me parece ejemplar, del mismo modo que lo más conmovedor de la película –y pocas he visto que me afecten tanto– es la emoción contenida que se desprende de ella.
Es una película de singular perfección, a la que en unas veinte visiones no le he descubierto un borrón, una vacilación o un defecto, ni siquiera una salida de tono, un exceso, una falta de gusto o una imprecisión. Y a pesar de eso, y de su ritmo prodigiosamente medido y controlado, todavía consigue ir a más, para culminar con la más larga despedida de la historia del cine. Este adiós definitivo de Lucy y Bark es su reunión en Nueva York, el día que él sale en tren hacia California, para vivir una temporada en casa de la para nosotros desconocida Addie, mientras que Lucy –sin que él lo sepa– ingresará en una residencia para ancianos que ha encontrado horrible y deprimente para que la vida de George, Anita y Rhoda vuelva a sus (mediocres) cauces.
Y es un reencuentro que, privados de futuro, se desarrolla simultáneamente en el presente –esas cinco horas juntos que apuran hasta el último instante, desentendidos de sus hijos, y procurando olvidarse del tiempo y disfrutar al máximo– y en el pasado, ya que es como una rememoración –dentro de lo que permiten sus memorias respectivas, que empiezan a fallar y no coinciden– de su anterior escapada en solitario, la única vez que estuvieron juntos fuera de casa: su luna de miel neoyorkina, hace justamente medio siglo. A esta secuencia, en realidad todo el “tercer acto” de Make Way For Tomorrow, dedica McCarey unos 20 de los 92 minutos que dura, y hay que destacar al mismo tiempo su simplicidad transparente y su compleja riqueza, de la que la discreción del cineasta y de los personajes principales permite preservar la parte de misterio. Es, como toda la película, una inextricable combinación de patetismo y humor, de ironía y melancolía, de añoranza y de revalidación de una vida en común que, por Lucy y Bark, seguiría. Salen también varios personajes episódicos, de importancia secundaria, como el frustrado vendedor de coches Ed Weldon (Dell Henderson), el gerente del Hotel The Vogard, Horton (Paul Stanton), el director de orquesta Carlton Gorman (Gene Morgan), que interrumpe una conga para que bailen un vals “Let Me Call You Sweetheart”, que contrapesan –con el mencionado Max Rubens–, pese a ser todos ellos comerciantes, la ruindad de los hijos y sus familias, impidiendo así que la película sea partidista y que su efecto final sea deprimente: los Cooper han perdido su hogar, sin duda cargado de recuerdos compartidos, y han vivido separados y en el exilio durante tres meses; todo hace pensar que, separados por toda América, no volverán a verse, dada su edad y su precaria salud; probablemente, perderán las ganas de vivir, y esperarán que la muerte venga a reunirlos en el otro mundo. Pero durante cinco intensas horas de libertad recuperan la alegría y el humor, el cariño y la ilusión, cierta ingenua travesura y la capacidad de gozar de la vida, y se ratifican que acertaron al casarse y que lo mejor de sus vidas ha sido la pareja que formaron, no sus consecuencias: la familia a la que, sin duda, dedicaron la mayor parte de su atención, sus energías, su tiempo y sus ingresos.
Aunque Beulah Bondi y Victor Moore tenían, respectivamente, 49 ó 45 (según las fuentes) y 61 años cuando rodaron Make Way For Tomorrow, sus interpretaciones respectivas me parecen de lo mejor que ha dado un actor en el cine, y componen la imagen más real, completa y emocionante de la vejez que he visto en una película. Pero lo más emocionante de Make Way For Tomorrow tiene poco que ver con la edad de sus personajes o con los aspectos críticos de su argumento. Son, quizá, siete de los momentos más auténticos y conmovedores que me ha dado a ver el cine. Y todos obedecen al mismo planteamiento: desaprovechar ocasiones de obtener el máximo rendimiento dramático o emotivo de una escena, negándose a exprimirla como un limón, por una mezcla de respeto a los personajes y a los espectadores que considero esencial en el cine de Leo McCarey. Los siete están, desde luego, en la parte final (que es la que menos gusta a los críticos americanos).
El primero, al comienzo de la secuencia neoyorkina, les muestra hablando, sentados en un banco del Central Park. Lucy dice, en una reflexión que encarna el modo de pensar de McCarey, que todo el mundo tiene derecho a una porción de felicidad en su vida; que unos la tienen al principio, algunos en medio, otros al final y, por último, los hay que tienen una capa fina esparcida a lo largo de toda su vida. Con cierta melancolía, Bark dice que lo que ha fallado es que él es un fracasado, y ella dice que si hubiera sido de verdad todo lo que creyó que era –aludiendo por vez primera y última a la decepción que les ha ocasionado la actitud de sus hijos– no estarían en la situación en que se encuentran.
El segundo es cuando, paseando por las calles, Bark finge querer comprar algo y pide a su mujer que le espere fuera. Ella descubre en el escaparate un cartel ofreciendo un puesto de dependiente, y comprende que su marido está haciendo una última tentativa de encontrar un empleo que les permita vivir juntos. Todo sucede en plano americano, sin una palabra acerca de lo que realmente está sucediendo, y puede que el que se distraiga no entienda nada, lo encuentre innecesario. A mí me parece sobriamente épico.
El tercero es cuando deciden cenar en el restaurante del Vogard. Mientras ascienden lentamente los escalones, acompañados por una panorámica vertical, el gerente Norton, en el mismo plano general y casi fuera de cuadro, hace un gesto con la mano –que puede pasar desapercibido– al maître para que les atienda (y quizá no les cobre).
El cuarto es el beso que, con la cámara detras de ellos, están a punto de darse Lucy y Bark, en el restaurante del hotel. Pero Beulah Bondi se vuelve –sin duda, nunca se han besado en público– hacia la cámara, y por tanto también hacia nosotros, los espectadores, y nos echa una pícara mirada de reconvención, como reprochándonos nuestra indiscreta curiosidad. No llegan a besarse, pero es, por omisión, uno de los besos más hermosos de la historia del cine.
El quinto es otro largo plano fijo, un two-shot frontal con los dos en primer plano holgado, en el que hablan y Lucy recita un largo poema (“Are You Afraid”, del conocido letrista Leo Robin). Es un plano de una osadía sólo comparable a algunos momentos de Godard en los 60, o del Dreyer de Gertrud (1964), y resulta asombroso en 1937 y en una producción de la Paramount.
El sexto es cuando, en el último taxi que cogen, camino de la estación de ferrocarril, Bark –con poca y vacilante voz, con emoción y timidez– canta la pieza que han bailado en el hotel, "Let Me Call You Sweetheart", y Lucy se suma, haciendo un dúo, en el verso siguiente, "I'm in love with you", que equivale a una declaración de amor.
El último, ya en la estación, es su auténtico adiós. Bark le dice a su mujer: "Por si no volvemos a vernos, quiero que sepas que ha sido muy agradable conocerte, señorita Breckenridge", y ella le contesta "Sólo quiero decirte que ha sido encantador cada pedacito, todos estos cincuenta años", en una despedida de la que juraría que se acordó cuatro años después Raoul Walsh, en "They died with their boots on..." (Murieron con las botas puestas, 1941), lo mismo que de casi toda la película Ozu cuando rodó Tōkyō monogatari (Cuentos de Tokio, 1953). Era, estoy seguro, una película que admiraban también Mizoguchi, Hawks, Lubitsch, Borzage, Cukor, y Stevens, y Ford, Renoir, Capra y Welles han manifestado explícitamente su entusiasmo.
Y todavía falta el plano final de la película, que no desvelo, con un giro de cabeza y un fundido inolvidables.
Reelaboración del texto publicado en “Leo McCarey: sonrisas y lágrimas”, hecha para el librito que acompaña la edición en dvd. Escrito el 17 de junio de 2011.




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