Como algunas otras obras de madurez avanzada realizadas entre los años 50 y los 70 por cineastas que habían adquirido prestigio en el mudo o en los años 30, Elena et les hommes fue despreciada en su momento y hoy parece condenada al olvido implícito en la condición de “menor” que le ha otorgado la pereza. Nadie, en tiempos de indiferencia y desmemoria, se va a batir por ella. Y es algo que sucede a menudo: Man’s Favorite Sport? y Red Line 7000 para Hawks, Two Rode Together o Donovan’s Reef para Ford, el díptico indio y el postrer Mabuse para Lang, Torn Curtain o Frenzy para Hitchcock. La Voie Lactée, Tristana, Le Charme discret de la bourgeoisie, Le Fantôme de la Liberté y Cet obscur objet du désir hacen de Buñuel y del autor de Elena -y Le Carrosse d’or, French Cancan, Le Testament du Docteur Cordelier, Le Déjeuner sur l’herbe, Le Caporal épinglé y la apenas vista Le Petit Théâtre de Jean Renoir-, quizá los grandes cineastas con mayor número de obras consideradas, por unos o por otros, “banales” o insignificantes.
Porque se trata de obras sin mayores pretensiones, modestas y ligeras, no “competitivas” ni con aire de lecciones magistrales. Películas que no se creen trascendentes ni autoproclaman importancia alguna, que no afirman categóricamente sino, si acaso, insinúan o dudan, con el sano y nada desesperado escepticismo -despreocupado, indolente y juguetón, unas veces afectuoso y otras algo desdeñoso- del que ha hecho cuanto podía y nada espera. Aunque no todas, un buen número de ellas son obras maestras (a falta de denominación menos inapropiada), en modo alguno superfluas o excedentarias. Parecen realizadas sin esfuerzo, porque los cineastas geniales ya viejos no dudan y ya no se preguntan qué es el cine, porque el cine son ellos, lo que hagan ellos de él. Certezas que confieren una serena tranquilidad, contraria al énfasis, al retorcimiento, a la espectacularidad. No necesitan un éxito que les permita sobrevivir; son, por ello, libres para pintar a su antojo lo que les apetezca, para bromear o atreverse a cualquier audacia, y se aprovechan de esa irresponsabilidad. Por otra parte, como para conseguir rodar habrán tenido que engañar, camelar o seducir a más de uno, suelen ser, indirectamente, elogios de la astucia y de la picaresca, lo que las hace irreverentes, traviesas y simpáticas, en ocasiones extremadamente tolerantes.
En el caso concreto de Elena, el marco elegido es deliberadamente anticuado: nos encontramos con una comedia cuadrangular de amores e infidelidades, con un trasfondo de intrigas políticas muy serias, en el París convencionalmente encantador de la Belle Époque, interpretado por un reparto brillante, popular y heteróclito -de Jean Marais a Mel Ferrer pasando por Juliette Gréco- y presidido por una diosa (o musa), Ingrid Bergman en el esplendor de su madurez. Estoy seguro de que a esta película no se le perdona su frivolidad, "falta" agravada por su belleza plástica. Pero, sobre todo, no se tolera su inteligencia ni que, para colmo, sea muy divertida.
En “Movie Movie : guía de películas” por Teo Calderón. 4ª edición. Madrid : Alymar, febrero de 2011.

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