viernes, 10 de julio de 2026

La dialéctica cinematográfica de S. M. Eisenstein

CINE Y REVOLUCIÓN

Ante todo, convendría intentar precisar el verdadero estatuto que, como cineasta, le corresponde a Eisenstein, dadas las proporciones míticas que, hoy más que nunca, revisten su figura. Sobre pocos directores ha corrido tanta tinta, con tanta confusión y dogmatismo, con tantos epítetos no justificados, como sobre el autor de El acorazado Potemkin.

Para empezar, cabría preguntarse si en efecto es Eisenstein, como tanto se ha repetido, un cineasta revolucionario, y, de serlo, en qué medida y en qué sentido. Ideológicamente, y desde un punto de vista histórico-cultural, Eisenstein es más un artista de la Revolución (un producto, una consecuencia de ésta) que un artista revolucionario (un productor de la revolución). Él mismo ha escrito: “Muchos de nosotros han venido por la revolución al arte. Y todos nosotros llamamos al arte por la revolución” (1). Por ser “de clase” (familia, cultura, etc.), Eisenstein era un burgués, que fue atraído por el comunismo durante la revolución. Si su cine puede definirse como revolucionario, hay que tener en cuenta que es un cine de después de la Revolución -su primer film data de 1924, siete años después de Octubre-, cosa mucho más fácil -y posible- de llevar a cabo que un cine revolucionario antes de la Revolución (y para ella, con ella como objetivo). Esto queda muy claro en sus primeros tres films, los únicos anteriores al stalinismo: Stachka (La huelga, 1924) narra la represión y el fracaso de una huelga, en la época zarista, y acaba con un rótulo muy explícito: “¿Te acuerdas, proletario?”; Bronenosets Potemkin (El acorazado Potemkin, 1925) canta la fallida revolución de 1905, en su veinte aniversario; Oktiábr (Octubre, 1927) conmemora el décimo aniversario de la de 1917. Las dos últimas, además, son encargos que formaban parte del programa de festejos de ambas efemérides. Es decir, que los tres films -como luego, todavía más, Aleksandr Nevski e Ivan Grozni-Boyardski zágovor- se sitúan en el pasado, y no abordan temas de actualidad (al contrario que Vertov y su Kino-Glaz, o Dovjenko en ocasiones), constituyendo, dentro de la U.R.S.S., primero los fundamentos, y luego los pilares, de una épica post-revolucionaria: apologética, integrada y conformista con respecto a la situación del momento. La función de estas películas -a nivel interior- era propagandístico, destinada a fomentar la satisfacción del público (mostrando lo malas que eran antes las cosas, lo mucho que han mejorado) y a consolidar figuras históricas (proceso acentuado por todo el cine stalinista, como parte del culto a la personalidad). El único efecto revolucionario de dichos films tendría lugar precisamente fuera de la Unión Soviética, en países que no hubieran hecho la revolución; sin embargo, y tal vez por ello, su distribución extranjera fue tardía, irregular, con frecuencia en copias mutiladas, y, sobre todo, se vio restringida a grupos minoritarios, que se interesaron por ellas desde posiciones estético-culturales (esto mismo sigue ocurriendo, y con mayor gravedad, en su exhibición actual).

Esto lleva a plantearse la posibilidad misma de que el cine pueda ser políticamente revolucionario, espejismo hoy muy difundido y que convendría que cada cineasta se planteara a fondo, pues las conclusiones al respecto no son muy optimistas: aún suponiendo -y es mucho suponer- que el cine tenga alguna eficacia como instrumento de agitación de masas (normalmente se limita a contagiar cierto “fervor” épico momentáneo, satisfaciente para las frustraciones del espectador, o una adhesión emotivo-sentimental), parece claro que, una vez hecha la revolución, el cine no contribuye revolucionariamente a ella glorificándola, sino, en todo caso, criticando sus posibles deficiencias (la burocratización, el culto a la personalidad, el inmovilismo, etc.). Por otra parte, en un país en un estado prerrevolucionario, un cine que intenta llevar a la revolución, o incluso informar a los espectadores de la situación real (no “oficial”), será o bien irrealizable (censura, policía, capital, etc.), o bien verá su difusión clandestinizada y prohibida, es decir, impedida o limitada hasta el punto de perder su hipotética eficacia masiva (los films de Godard posteriores a 1968, La Hora de los Hornos), al reducir el número de espectadores a, prácticamente, aquellos colaboradores y amigos del director (o grupúsculos políticos afines) dignos de confianza: es decir, que la comunicación no tendría lugar, al verse confinada a un circuito cerrado, a decir algo a aquellos que ya lo saben y que piensan aproximadamente lo mismo (que han hecho, a nivel individual, la revolución teórica). De esta forma, el cine revolucionario se debate entre la impotencia y el conformismo (hecho a tener en cuenta, por ejemplo, por los cineastas cubanos), y no parece aventurado deducir que el cine de Eisenstein, políticamente, no se inscribe revolucionariamente en el devenir histórico.

Le queda, pues, otra acepción de lo revolucionario, la cinematográfica, la correspondiente al propio campo de actuación del cine. En rigor, no puede decirse que Eisenstein sea un cineasta realmente innovador como lo fueron Porter, Lumière, Méliès, Griffith, Chaplin, Stroheim, Sternberg, Murnau, Stiller, Keaton, Lubitsch, Vidor, Renoir, Hawks, Dreyer, Lang, Rossellini, o como lo son Godard y Straub, ni siquiera como lo han sido Ford o Walsh. Al igual que Welles o Resnais, Eisenstein tiene más de bricoleur, de constructor, de montador, que de inventor. Prácticamente, toda la etapa muda de su cine no es sino un desarrollo de los descubrimientos de Griffith (y otros pioneros) sobre el montaje alternado, el primer plano, etc., fusionados a las corrientes teatrales (Meyerhold), musicales (Debussy), poéticas, pictóricas y artísticas en general (futurismo, modernismo, dadaísmo, surrealismo, expresionismo alemán, vanguardismo francés, etc.) de la época, e incluso de épocas pasadas y de culturas ajenas (ideogramas chinos, pintura y teatro japoneses, etc.), a través de un tratamiento dialéctico de la forma. En este sentido, Eisenstein no innova con respecto a la novela o las artes plásticas: simplemente aporta al cine elementos de otras artes y, aunque el conjunto reconstruido a partir de factores conocidos sea, como totalidad, algo nuevo, sus aportaciones no son exactamente cinematográficas (a diferencia de, por ejemplo, Ford, poco innovador estructuralmente, pero muy importante desde un punto de vista narrativo, o de dirección de actores, en profundidad y sin llamar la atención). Los films mudos de Eisenstein están, sin duda, entre las cumbres de aquella etapa del cine, pero gracias a su habilidad para fundir en un todo orgánico una serie de elementos previamente existentes y heteróclitos (Octubre equivale, en este sentido, a Citizen Kane o Hiroshima mon amour, mientras que, por ejemplo, The Birth of a Nation equivaldría a Roma, città aperta o À bout de souffle, obras estas últimas realmente innovadoras y fértiles).

Esto, sin embargo, no disminuye la importancia histórica de Eisenstein, incluso si sus enseñanzas sólo ahora empiezan a ser asimiladas por los nuevos cineastas (Godard por un lado, Rocha y Guerra por otro), entroncándolas a otras aportaciones (por ejemplo, en el caso de Godard, el cinéma-verité, el musical, el cine negro, Nicholas Ray, etc.) y reactualizándolas, frente al arqueologismo academicista que se ha dado en el cine ruso stalinista, que se limitaba a copiar los rasgos más aparenciales de Eisenstein, como simples morceaux de bravure. Sus teorías, tal vez excesivamente de moda, empiezan a estudiarse ahora, si bien hay que poner entre paréntesis su vigencia actual, pues junto a textos proféticos, que preceden en decenios -aunque como pura especulación- algunos de los más modernos logros del “nuevo cine”, o a intuiciones -a veces muy rigurosamente formuladas- aún no llevadas a la práctica, se encuentran en sus abundantes ensayos teóricos algunos escritos cuya única utilidad reside en servir como comentario a su obra práctica (a los films realizados). En este sentido, Eisenstein se revela, a la vez, como uno de los cineastas más lúcidos y conscientes de sus propósitos, métodos y logros (ninguna falsa modestia enturbia sus afirmaciones), y como uno de los mejores críticos de la historia del cine, y tal vez, sin más, del Arte en general (si bien hay que tener bien presente que ningún crítico tiene tantos datos sobre los films que estudia como un autor sobre su propia obra). Sin embargo, sus estudios comparativos de cine y literatura, de Dickens, Chaplin y Ford, de la pintura japonesa, del contrapunto visual-sonoro (musical) en el cine, del color, etc., tienen una enorme trascendencia tanto como estudios en sí, como en cuanto datos sobre la personalidad del cineasta y sus películas. 

Con la doble y armónica actividad práctico-teórica de Eisenstein (en la que tanto los films daban lugar a la teoría como la teoría era puesta en práctica en los films), el cine cobra una complejidad y una consciencia de su propio lenguaje del que antes carecía casi por completo. Se debe lamentar que las dificultades burocráticas y su muerte prematura le impidieran llevar a la práctica sus últimas ideas (explicadas algunas en Lecciones de cine con Eisenstein, de Vladimir Nizhny, Biblioteca Breve, Seix-Barral) y desarrollar por completo dichas teorías, así como abordar a fondo algunos descubrimientos técnicos (el color, la estereofonía, el CinemaScope, el relieve, el Cinerama, etc.) que, en sus manos, hubieran hecho avanzar al cine. Porque Eisenstein era, sobre todo, un experimentador y un perfeccionador. Su pasión por las novedades y su sentido del espectáculo, su afán de integrar orgánicamente todos los elementos a su alcance, su voluntad de estudiar la posible utilidad a todo, hubieran hecho, sin duda, que el cine consolidase y desarrollase debidamente las innovaciones técnicas que el cine comercial se contenta con pregonar y asimilar y que los autores desprecian o, económicamente, no tienen a su disposición, y que, en consecuencia, se han desperdiciado (el Cinerama es un claro ejemplo).

EL PERIODO MUDO

Los comienzos cinematográficos de Eisenstein tuvieron lugar antes de la llegada del sonido. Esta es una circunstancia histórica que hay que tener en cuenta, pues su obra (teórica tanto como práctica) se vio condicionada radicalmente por ella, y hubiera sido muy diferente de empezar a hacer cine cinco años después. Para comprender esto, hay que analizar la diferencia radical -y no meramente técnica, sino semántica- que existe entre el cine mudo y el cine sonoro, entre los que existe casi tanta distancia (y proximidad) como entre el cine sonoro y el teatro. El mudo y el sonoro podrían considerarse, incluso, como dos artes diferentes, como la pintura y la fotografía, pero con la peculiaridad de que una ha sustituido a la otra, y ello tan sólo por razones económicas (las preferencias del público, la competencia), introduciendo así alguna confusión en cuanto a la hipotética naturaleza realista del lenguaje cinematográfico.

El cine mudo -cuando no se concebía la posibilidad de que fuera sonoro- era un medio irrealista de expresión.  Conseguida la reproducción visual (fotográfica) de lo real, pero no el relieve (la corporeidad) ni el cromatismo, restituido el movimiento (sin que, en virtud de las leyes de la óptica ni de la percepción ocular, importara la discontinuidad), pero no la sonoridad, el cine se presentaba en sus comienzos como un arte autosuficiente, y que efectuaba “naturalmente” una selección (espacial, dimensional, cromática) de la realidad que la alejaba de ella. Sin embargo, hay datos que prueban que se echaba en falta algo: como arte visual -como la pintura- no le faltaba nada, excepto el color, pero desde muy pronto se empezó a pintar a mano las copias (superponiendo así la pintura a la fotografía); con respecto a la escultura faltaba volumen, pero desde Porter se empieza a explorar no sólo la perspectiva, sino la profundidad de campo mediante los objetivos de focal corta; como arte narrativo -la novela- faltaba la introspección y ciertas precisiones, suplidas por los rótulos; como arte de representación -el teatro- se echaba de menos la palabra y la presencia física de los actores, la sensación de realidad, que incluso el star-system fue incapaz de compensar (de ahí viene el atractivo que tuvo para el público la llegada del sonido, del color, del relieve, del Cinerama, etc.); como arte temporal -como la música- se hacía notar la atonía rítmica, de ahí la temprana costumbre -que, además, permitía ocupar el oído en alguna actividad- de interpretar música en las salas de proyección, y el desarrollo del montaje como creador de ritmos y tensiones. En resumen, que el cine, nacido como superación (por la adición del movimiento) de la fotografía, es decir, como medio de reproducción de la realidad, vería su destino comprometido por su nacimiento, pues, si se exceptúan algunos movimientos vanguardistas europeos -que, significativamente, no tuvieron éxito de público- como el expresionismo alemán y el impresionismo francés de los años 20, que tendían a la creación de una realidad pictórica u onírica, creada, ajena al mundo, todo el cine mudo se fue perfeccionando como medio de llegar a reproducir mejor, con más fidelidad, más globalmente, el mundo ya existente, la realidad (cotidiana o distante, da lo mismo). De esta forma, resulta que el cine -al empobrecer la vida al recrearla- era un arte irrealista, plástico-temporal antes que narrativo (pues la narración, con lo que tiene de sumisión a la literatura y al teatro, sólo empezó a ser necesaria cuando la ley de la demanda obligó a ampliar la duración de las películas, y cuando la simple mostración de lo real resultó insuficiente por saturación), pero al que se exigía realismo.

A causa de estas insuficiencias, el cine mudo no podía contentarse con mostrar; tenía que explicar, que significar. Los rótulos fueron ya una primera desviación, y una primera forma de montaje, que -además- reducía la sensación de realidad, al interrumpir la continuidad con un material de diferente naturaleza que la imagen cinematográfica, que exigía otra forma de lectura (interpretación) y que subrayaba la ausencia visual de lo que expresaba por escrito; por eso, poco a poco -y también para conservar el carácter de “lenguaje universal”, accesible a todos los niveles culturales, y por ello muy rentable-, se tendió a suprimirlos. A continuación, se encontró que, sin oírse nada, la acción resultaba confusa, y por ello hubo que explicitar lo que se quería decir; esto, unido a que el oído, ocioso, se distraía con ruidos ajenos al film (risas, comentarios, proyector, golosinas, etc.) y hacía perder interés a éste, llevó al montaje, que, por un lado, permitía acelerar el ritmo, aumentar el interés -mediante el suspense: montaje paralelo- y abordar tramas más complejas, y también, por otro, asociar unos planos con otros de forma arbitraria e indicar así lo que no podía, simplemente, mostrarse. Se introduce así, paradójicamente, con el fin de acentuar el realismo, un factor que aleja el cine de la captación de la realidad: el artificio, la reconstitución, la fragmentación, la asociación arbitraria, la discontinuidad espacial (y temporal), y se crea entonces, realmente, un lenguaje. Es decir, la exigencia de realidad lleva a una serie de artificios que consiguen dar la sensación de realidad: se sustituye la realidad empobrecida, imperfectamente reproducida, por la apariencia de la realidad, por la reproducción de esta apariencia. Hay que hacer constar que el público, en un principio, reaccionó en contra de esto, protestando por la falta de realidad del “primer plano” cuando éste se inventó (se reían, preguntándose cómo no se caía el personaje, sin pies ni suelo donde apoyarlos). De forma indirecta -y siempre comercialmente rentable, además de motivada por razones económicas- se intentó calmar al público haciéndole admitir un cierto irrealismo: haciéndole consciente, mediante el star-system, de que era a los actores, y no a los personajes, a quienes les ocurría todo, que todo era “mentira”. Esto sirvió luego para justificar los trucajes -necesarios por imposibilidad o coste excesivo de la acción real-, y utilizarlos corrientemente. Esta exigencia de realidad se fue convirtiendo poco a poco en exigencia de verosimilitud, de inteligibilidad, de reconocibilidad, lo que arrastró consigo la ley del “término medio”, del “máximo común denominador”, de los “precedentes”, y llenó el cine de convenciones, sustituyendo el reconocimiento de lo real por el de lo ya visto, ya conocido, ya dicho, ya narrado (impulsado también por el intento de repetir los éxitos comerciales).

Así vemos cómo el cine, a consecuencia de los sistemas económicos imperantes en los países (Francia, U.S.A.) en que fue inventado y en los que nació primero como industria, al ser concebido como espectáculo (fuente de beneficios) y tener un coste elevado -cada vez más- de producción, y ser necesario el empleo, para ello, de un costoso capital fijo (cámara y otros aparatos, estudios, laboratorios) y circulante (película virgen), de una mano de obra especializada, y otros gastos (alquiler de salas, publicidad; más tarde cadenas de distribución) que contribuían a encarecer el producto -en un principio totalmente monopolizado-, se convirtió en un bien de consumo (y además de lujo, no de primera necesidad), y por ello vio su naturaleza originaria desviada por las exigencias de la demanda. Todo ello, naturalmente, tuvo consecuencias muy dispares: la demanda hizo elevar los precios de las entradas, con lo que aumentó la oferta y, con ella, la competencia, dando lugar, por un lado, a perfeccionamientos técnicos y a una mayor diversidad y, por otro, a una serie de repeticiones de las “fórmulas del éxito”. Con ello, se produjo esta deformación de la realidad que parecía más real que su simple reproducción cinematográfica, y a consecuencia de la cual surgió, por un lado, un nuevo lenguaje, y, por otro, una serie de convenciones falseadoras; el cine, en principio documental (Lumière, noticiarios), abordó la ficción (ya en Méliès, primeras películas “de trucajes”, irrealistas abiertamente), y más tarde la narración. Nacen así los géneros, la industria del cine, las redes de distribución, las cadenas de cines, el ceremonial de la proyección (hay ya una gran diferencia de la proyección del Grand Café a los Nickel-Odeon), y con ello el cine se empieza a considerar un espectáculo respetable -y no una mera curiosidad de barraca de feria-, lo que amplía su audiencia. Con el fin de atraer a los más reacios, se acometen las adaptaciones literarias y se produce una división entre dos clases de cine, el minoritario y el mayoritario, destinado a dos clases de público. Nos encontramos así con que el cine es, desde su nacimiento, una industria (primero fue considerado como simple periodismo, luego como industria, tan sólo al fin como un arte) burguesa, destinada a conseguir un beneficio, y con que, como espectáculo público, cayó dentro de la esfera de la intervención estatal (fisco, censura, permisos). El cine, pues, no fue libre durante mucho tiempo, ni frente al Estado ni frente a las exigencias del público que pagaba por verlo, lo cual lo determinó social, económica e ideológicamente hasta el punto de, como se ha visto, hacerle desviarse tanto de la realidad como de la creación de un mundo artificial, fantástico e imaginario, confinándolo a la hibridez -ni del todo negativa ni del todo positiva- y a no decir algunas cosas y sí, en cambio, otras (repitiéndolas, incluso, una y otra vez).

Muy pocos cineastas, y por motivos muy diversos, y a veces paradójicos, permitieron que el cine evolucionara, a pesar de todo. Algunos, por afán de experimentación unido a imperativos comerciales -como Griffith-, rompieron con esas convenciones formales o temáticas -Stroheim-, tanto en dirección a un mayor realismo como a un mayor irrealismo, mediante innovaciones en el montaje, en la función de los letreros, en la dirección de actores, en la longitud de las películas, etc. Otros -como Flaherty- por interesarse más por la realidad que por el cine, o -como Stiller- por los sentimientos que por la narración, introdujeron también algunas variantes. Otros, por su formación extracinematográfica -poetas, pintores, escritores- abandonaron la apariencia de realidad en favor de un irrealismo pictórico: véase el expresionismo alemán, que, por otra parte, revela su carácter “selecto” y minoritario en la importancia conferida a los rótulos (adornados con dibujos, en letras de tamaño variable e incluso en tipografía de caracteres góticos) y a los decorados (antinaturalistas). Resulta así que todo progreso, en un sentido u otro (hacia la reproducción o hacia la creación imaginativa), en el terreno artístico o en el industrial, tienen su origen en motivaciones económicas y/o de clase.

En un cine definido por el intento de reconstruir (fabricar) la apariencia de realidad (la continuidad espacio-narrativo-temporal) y tendente a la repetición de una serie de convenciones (temas, figuras de estilo, etc.) aceptadas por el público (es decir, por el sector de la población que puede permitirse el lujo de gastar parte de sus ingresos en una diversión, que tiene resueltas sus primeras necesidades y que dispone de tiempo libre después de haber descansado), Eisenstein introdujo una serie de rupturas brutales, violentas y extremadas, pero, tengámoslo en cuenta, de origen y de naturaleza también ambiguos.

De la importancia de estas rupturas da idea el que haya sido preciso sobrevolar todo el cine mudo para intentar hacerlas comprender. Sin embargo, hay una cuestión teórica, previa a toda valoración, que me parece irresoluble: el cine ¿debe ser un arte realista o, por el contrario, debe intentar la creación de un “metamundo” paralelo al real? Creo que para esta pregunta no hay respuesta; si acaso, la de los hechos: el cine es, por su naturaleza reproductora de lo real, un arte de vocación realista, pero como también puede reproducir una falsa “realidad” elaborada, se presta también a concretizar lo imaginario; por otra parte, como la reproducción sin más no siempre es posible, y en toda película hay un cierto coeficiente de selección y de reorganización de lo filmado, ha surgido el artificio, tanto en la vertiente “naturalista” como en la “fantástica”, lo cual, unido a los deseos del público, expresados en la taquilla, ha llevado al cine a una hibridez que, si por un lado, relativiza y empobrece ambas vertientes, por otro, fusionándolas, aumenta su riqueza y sus posibilidades (tenemos así films “realistas” rodados de forma irrealista, como La huelga, y films “fantásticos” rodados de forma realista, como Nosferatu, de Murnau, sirviendo en un caso el artificio y en otro la ausencia de trucaje como garantizadores de la verosimilitud total de las películas). En cualquier caso, se puede considerar, esquemáticamente, que el cine, durante los años 20, es un arte sometido, conciliador.

Entra ahora en escena Eisenstein. Esta escena es la recién nacida Unión Soviética, la Rusia de la revolución. El cine se concibe en ella, más que como una industria y un negocio, como un instrumento al servicio de la revolución realizada (es decir, del Estado). Su meta es llegar al público -en su mayor parte analfabeto-, su función es didáctica y propagandística. Por otra parte, Eisenstein, durante el periodo mudo, elimina de su obra toda expresión personal (excepto indirecta, ya que ha vivido los acontecimientos relatados en Octubre, y le interesan los que narra en La huelga o El acorazado Potemkin). Su punto de vista no es el propio, ni el determinado por la demanda, sino el del Partido (y en la medida en que se aleje de él, verá su obra interrumpida, como La línea general, que pasa a llamarse Lo viejo y lo nuevo, o mutilada, como Octubre). Sin embargo, la vigencia del colectivismo y de la visión dialéctica de la historia, allí y entonces, le llevan a separarse de lo que constituía hasta entonces lo normal en el cine. Por un lado, pues, sus primeros films tienen protagonistas colectivos -y no individuales, como en el cine americano, francés o sueco; ni siquiera tratan conflictos colectivos a través de personajes emblemáticos (representativos de grupos más amplios) o utilizando a individuos como conductores de la narración (como Griffith en The Birth of a Nation e incluso en Intolerance)-; por otra parte, la noción de dialéctica se introduce no sólo en su visión de la historia, sino incluso en su concepción del cine. Por eso en Eisenstein cobra tan fundamental importancia el montaje, como productor de sentido a través de la síntesis que puede efectuar de elementos dialécticamente contrapuestos. La tríada dialéctica tesis-antítesis-síntesis se reproduce en la estructura de cada plano y de cada secuencia de las películas de Eisenstein. Más que la fusión de todas las artes, lo que Eisenstein busca es su síntesis dialéctica. A partir del montaje alternado (de naturaleza binaria) inventado por Griffith (Intolerance) y del también binario “efecto Kulechov”, Eisenstein elabora un montaje intelectual -basado en las “atracciones” asociativas- que resolvía la simple oposición (creadora de suspense, o suscitadora de comparaciones) en una tercera fase, la síntesis.

Este proceder se da también en el interior de cada plano, utilizando diversos tipos de interpretación, de elaboración de significantes, de estructuras plásticas, etc. (que provienen de fuentes tan dispares como el teatro de Meyerhold, el futurismo, Maiakovski, la pintura japonesa o la escritura china), y en la estructura general de la obra. Eisenstein concibe dialécticamente los materiales de que dispone -no como una unidad, sino como fragmentos con los que, por el montaje, puede recrear una unidad superior-, por lo cual acentúa el carácter de lenguaje -significante, simbolista, metafórico, más que metonímico, de simple mostración-reproducción- que había cobrado el cine mudo. Abandona los intentos de conservar la unidad espacial (movimientos de cámara en Murnau, supresión o disminución de los letreros explicativos o dialogales), y lleva al paroxismo la fragmentación. Si, en un principio, cada plano es “realista” (aunque muy deliberadamente selectivo, por encuadre y composición, con vistas a su inserción en el conjunto previsto) el empleo que hace de ellos (temporal y espacialmente) Eisenstein al montarlos es totalmente subjetivo, es decir, “irrealista” y significante. Dada la enorme complejidad de su sistema de simplificación (ya que toda intervención significante, es decir, explicativa, interpretativa, simplifica la realidad), parece que un público tan poco cultivado como el soviético de 1924-27 sería incapaz de comprenderlo; pero esta dificultad se salvaba mediante el impacto de las imágenes, y contando historias ya conocidas por este público (lo que le permitía reconocer la realidad en ellas, y reintroducía la verosimilitud). Las metáforas, tanto integradas en el desarrollo de la acción, justificadas desde un punto de vista naturalista y sólo convertidas en tales por su colocación y por el relieve que les confiere Eisenstein (primeros planos que aíslan y amplifican), como incrustadas -sin justificación naturalista y rompiendo la continuidad narrativa-, se multiplican, y se cargan de una función conductora de las reacciones del espectador tan calculada como en Hitchcock (2).

El montaje de atracciones y el uso de la metáfora, ya formulados a la perfección en La huelga, son aplicados -sin verdadero progreso- a un tema de mayores dimensiones en El acorazado Potemkin y, llevados al límite y superpuestos a un tema gigantesco, en Octubre. La primera variación importante se produce en Staroie i novoie (ex Generalnaia linnia, 1926-29), pues los protagonistas colectivos de films anteriores -en los que algunos personajes ya cobraban magnitud superior, como Lenin en Octubre- se ven sustituidos por uno individual, una campesina emblemática. En total, Eisenstein, recogiendo las aportaciones del cine y del arte de los más diversos orígenes que su formación cultural burguesa había puesto a su disposición, llevó al cine mudo a una de sus posibles madureces; es decir, a la madurez total de una de sus vertientes (otras fueron conquistadas por Murnau, por Dreyer, por Stroheim, etc.). Lo más grave de la cuestión es que esta perfección se vio segada por la llegada del sonoro, y además no alteró en absoluto el curso del cine. Fue una obra excepcional y privada de continuidad.

PERIODO DE TRANSICIÓN

No es de extrañar que, en un principio, la llegada del sonoro desconcertara a Eisenstein, ni tampoco que pronto se entusiasmara por sus posibilidades y empezara a estudiar su utilización. En estos momentos, Eisenstein viaja por Europa y llega a Estados Unidos, con varios proyectos que realizar allí.

Sin embargo, no consigue llevar a cabo ninguno de ellos y se va a México, donde no logra terminar la que hubiera sido su primera película sonora, ¡Que Viva México! (1931), y que, al ser sus fragmentos montados por otras personas y sin sonido, se convierten en un valioso documento en el que estudiar la evolución de Eisenstein. Lo primero que se observa, pese a la condición fragmentaria e inacabada de las diversas películas que se han confeccionado con el material rodado por Eisenstein, es una mayor libertad plástica, un mayor peso de los planos considerados independientemente (y, dado que no los montó Eisenstein, no hay otra forma de considerarlos), pasando la función significante de la interacción de los planos a cada plano en sí (el montaje de atracciones y las metáforas tienen lugar en el interior del plano, a través de la composición). Además, el drama colectivo está encarnado en una serie de episodios centrados en personajes individuales. La -también inconclusa- película siguiente, realizada ya en la U.R.S.S., Bezhin lud (El prado de Bezhin, 1935), proseguía esta evolución, que prefigura netamente su obra sonora, Aleksandr Nevski (1938), y las dos partes de Iván el Terrible, Ivan Grozni (1944) y Boyardski zágovor (La conjura de los boyardos, 1946).

EL PERIODO SONORO

Cuando Eisenstein realiza Aleksandr Nevski, su situación política es desfavorable. Muchos de sus proyectos han sido interrumpidos o prohibidos, está mal visto en las altas esferas del P.C.U.S. (dominado por Stalin) y el arte debe someterse a las doctrinas jdanovistas y al “realismo socialista”. Por otro lado, la guerra es inminente, y el enemigo es, claramente, Hitler (a pesar del futuro pacto germano-soviético). Opuesto por naturaleza al “realismo socialista”, Eisenstein tiende al cine histórico (de hecho, su único film contemporáneo fue Staroie i novoie), y, cuando se le da a elegir entre dos figuras, elige la de Nevski, ya que, al haber sobre él menos datos, podrá inventar lo que quiera. Conviene tener en cuenta que, en esa época, el culto a la personalidad se manifestaba, metafóricamente, haciendo de todos los gloriosos personajes del pasado “modelos” de Stalin, y que esto llevó a la aparición de héroes individuales, como el príncipe Nevski o el zar Iván el Terrible.

Dadas las circunstancias, el proceder, antes explícito, de Eisenstein empieza a parecerse al de los grandes directores americanos que, sometidos al control de las casas productoras (aquí el Estado), intentan introducir su punto de vista indirectamente, a través de los elementos más sutiles de la puesta en escena, lo que desplaza el lugar de intervención de Eisenstein desde el montaje a la planificación,  composición y encuadre de cada plano, cosa ya previsible desde su llegada al cine sonoro, pues al igual que Eisenstein fue uno de los más “mudos” del cine mudo (frente a Griffith, Stroheim, Murnau), también fue uno de los cineastas más “sonoros” del cine sonoro, y si no llegó, dentro de éste, al grado de madurez que alcanzó en el primero fue sólo por falta de tiempo (pese a lo cual, el díptico de Iván el Terrible, considerado como un solo film, es la mejor de sus obras, superando incluso La huelga y Octubre).

El cine sonoro, en sus primeros años, y con las excepciones de rigor (Hawks en Scarface, Sternberg en Der blaue Engel, Vidor en Hallelujah!, algunos films de Lang, Schoedsack, Browning, Mamoulian, los hermanos Marx y Lubitsch, por ejemplo), fue o bien cine mudo con sonido superpuesto, o bien un cine basado en la palabra (teatro filmado) y la música (films musicales primitivos) que, viendo el interés del público desplazado hacia uno de los factores que antes le echaba en falta, se despreocupó por completo de crear un lenguaje cinematográfico propio del sonoro. A causa de ello (y si no se tienen en cuenta excepciones como las citadas o las que supusieron, más tarde, Vigo, Renoir, Rossellini y Eisenstein), el cine sonoro no ha alcanzado un nivel de madurez comparable al que había conquistado el cine mudo entre 1927 y 1931 hasta la llegada de cineastas como Godard, Straub y Rouch que, con instrumentos de toma directa de sonido y cámaras silenciosas perfeccionadas, abordaron desde cero el problema del sonido.

En este sentido, aunque también privada de continuidad, la experiencia eisensteiniana tiene gran importancia. Manteniendo siempre su concepción dialéctica del cine, Eisenstein comienza a estudiar el montaje contrapuntístico imagen-sonido (como, más tarde y en otro sentido, Bresson), sustituyendo el choque significante de unos planos con otros por el contrapunto establecido entre la unidad sintética que es ahora cada plano (dialécticamente organizado por la composición a partir de los elementos seleccionados por cada encuadre) y el conjunto sonoro que le corresponde, y, a un nivel superior, por la sucesión (más que choque/contraste) de estas unidades sonoro-iconográficas.

La aparición del sonido permite a Eisenstein la fusión de nuevos elementos “externos” al conjunto de factores que constituían ya sus materiales cinematográficos. La influencia de la música no es ya una cuestión de rítmica visual, ni de estructuras (rimas, repeticiones de “temas”), sino un factor material que, unido a un teatralismo incrementado (gracias a las voces, los ruidos, la diferente función del decorado y del espacio), desemboca en la ópera y le aleja, definitivamente, del realismo. Es decir, que al ser el cine de Eisenstein un cine de adición, cuantos más elementos tiene a su alcance más complejo y mejor resulta. En Boyardski zágovvor la introducción del color añade a su cine un valioso factor (pues no sólo hay el “color”, sino muchos colores y muchas posibilidades de combinarlos). El cine de Eisenstein sigue siendo, pues, un cine de montaje, pero ahora no monta planos, sino voces, sonidos, música, colores, decorados, cuerpos, ritmos, temas, etc. A esta sutilización corresponde un enmascaramiento del sentido de la obra, y a una irrupción de las obsesiones personales del autor. De esta forma, en Iván el Terrible sobre todo, la tendencia a la monosemia de sus films mudos queda rebasada, y en lugar de ser films con metáforas, sus films sonoros son, en su totalidad, metafóricos. A la vez que se debate un tema histórico como el de la unidad rusa, llevada a cabo por el zar Iván (y, por tanto, la unidad soviética a las órdenes de Stalin durante la Segunda Guerra Mundial), un tema político como el de las fuentes (Dios o el pueblo) del poder, su conquista y la tiranía consiguiente a la voluntad de conservarlo, se debate también un tema psicoanalítico como el del complejo de Edipo, la ausencia de la figura paterna y sus consecuencias, que corresponde a Eisenstein más que a la figura histórica que se pretende que ensalce con el film. Esta nueva riqueza de significación es lógica consecuencia de la incrementada riqueza de factores significantes, lo que prueba la indivisibilidad de los conceptos escolásticos de “forma” y “contenido” y convierte a Eisenstein en uno de los más importantes autores de la Historia del Cine.

Un aspecto nuevo en su obra que aparece en la etapa sonora es el que podríamos llamar “litúrgico”: personajes individuales y bigger than life (de proporciones míticas o convertidas en tales por la puesta en escena) en lugar de masas colectivas anónimas, cortes reales en lugar de ambientes proletarios, la importancia de factores como el tiempo (Iván el Terrible transcurre a lo largo de muchos años, desde la infancia -en flashbacks- a la incipiente vejez del soberano), el maquillaje, el decorado, la declamación, los gestos (entre la mímica y la danza) y la música, confieren al cine de Eisenstein una vertiente ritual y un carácter fascinatorio de los que antes carecía por completo. En cierto sentido, el director vanguardista que Eisenstein -ahora soterradamente- no había dejado de ser se recubría de un aparente clasicismo que abrazaba en su interior todas las experiencias prácticas y teóricas que Eisenstein había asimilado. Con Iván el Terrible, Eisenstein reconquista la armonía, logra la síntesis definitiva que durante tantos años había intentado recomponer a partir de los fragmentos dispersos y dispares que tenía ante sí, y ello a pesar de que no logró acabar la tercera parte del film (veinte minutos se conservan en la U.R.S.S., pero nadie los ha visto, de Los combates de Iván) y de que La conjura de los boyardos, mutilada e interrumpida, se resiente, en comparación con Iván el Terrible (Ivan Grozni), de un cierto descuido que la hace menos armónica, perfecta y musical (si se exceptúa la primera secuencia) de lo que pudo haber sido.

Con la muerte prematura de Eisenstein y la interrupción del rodaje de la tercera y definitiva etapa de su obra maestra, se cierra uno de los capítulos más importantes de la historia del cine, si no por lo que Eisenstein inventó, sí por lo que llevó a la perfección. 

  1. En Cahiers du Cinéma nº 226-227, especial Eisenstein.
  2. Cfr. mis artículos sobre Stachka y Aleksandr Nevski en Nuestro Cine nº 100-101, especial Eisenstein.

Para Hablemos de Cine nº 58 (marzo-abril de 1971)

miércoles, 8 de julio de 2026

Respuesta a una encuesta sobre la mejor película y el mejor cineasta de los 90

Lamentablemente, no encuentro en el último decenio, 1991-2000, ni tanta variedad —cada vez todo se uniformiza más— ni tanta fuerza creadora como para verme impelido a hacer la trampa —para poder mencionar a dos— de separar la obra y el cineasta.

Para mí no hay duda de que la película —si se la puede llamar así, porque es más bien una serie de televisión, se sirve profusamente del vídeo y cuenta con muy poco material nuevo, rodado por el autor, aunque sí elegido y trabajado por él (y esta naturaleza 'ambigua' también me parece significativa)— no sólo más importante, sino más emocionante y más imaginativa, además de la que supone una más honda reflexión sobre la naturaleza, las posibilidades, las promesas incumplidas y la historia del cine, sentando así una base crítica pero no por ello teórica ni estática, por inestable y exclusivamente personal que pueda ser, para un progreso futuro, es Histoire(s) du cinéma de Jean-Luc Godard.


En ella Godard parece culminar —con una amplitud enorme, aunque con carácter selectivo— el trabajo al que parece haberse entregado —probablemente sin darse cuenta— desde sus primeros artículos críticos, desarrollando al máximo un nuevo concepto de montaje asociativo multidimensional, que ya venía desarrollando desde À bout de souffle (1960) y, sobre todo, a partir de Deux ou trois choses que je sais d'elle (1967) y —un salto más— de Sauve qui peut (la vie) (1979), y que incluye aspectos como el collage y la superposición de diferentes imágenes y sonidos, y su tratamiento cromático, con un mayor o menor grado de descomposición del movimiento, combinando así desde las investigaciones de Marey a los hallazgos de Lumière, Griffith, Vertov, Eisenstein en un sistema nuevo de análisis y generación de imágenes sugerentes.

Que no sea Godard un cineasta surgido en la década de referencia, sino muy anterior, veteranísimo y de edad avanzada —sin que ello le impida evolucionar constantemente, adaptarse a las nuevas técnicas y seguir estando en la cabeza de un cine que, en general, apenas se mueve y que rehúye como la peste conceptos como vanguardia, experimentación, ensayo, estética, estilo, autor o lenguaje—, puede, quizá, decepcionar a los más jóvenes, que ansían tomar el relevo sin hacer nada para merecerlo, pero a mí no me sorprende en absoluto.

Es un síntoma más, al igual que el hecho de que no sea Histoires(s) du cinéma ni siquiera una obra concebida e iniciada en los noventa, aunque sí completada en ese decenio. Son circunstancias que tampoco me parecen casuales, sino concordantes con la fase de marasmo y desconcierto en que parece encontrarse el cine.

En Secuencias nº 16 (segundo trimestre de 2002)

lunes, 6 de julio de 2026

Lloyd Bacon

Antiguo gagman, actor en los primeros cortos de Chaplin, Lloyd Bacon es el típico veterano sin personalidad, recordado hoy exclusivamente por lo que no hizo: dirigir las escenas musicales de 42nd Street, Wonder Bar y otros musicales melodramáticos de la Warner durante los años 30. Resulta así que se asocia su nombre al del coreógrafo Busby Berkeley, generalmente para reprocharle las sólidas escenas explicativas o expositivas -entre bastidores, entre baile y baile- que interrumpen bruscamente la fascinada contemplación de los arabescos multitudinariamente femeninos de Berkeley. Pasa Bacon, pues, por un torvo aguafiestas, ignorando las clásicas y modestas virtudes de su estilo -directo, conciso, rudo en ocasiones- y el sabor popular e incluso reivindicativo de tales secuencias, gracias a las cuales Ruby Daniels o Warner Baxter se convertían en algo más que objetos brillantes inscritos sobre celuloide. Naturalmente, a nadie le importa ya el pequeño drama de las coristas o los tramoyistas que, en plena Gran Depresión, dependían para su supervivencia física del éxito o fracaso del show en el que habían logrado encontrar trabajo, pero para quienes un baile, una canción o un decorado no eran una diversión, sino la lucha por la vida.

Ese mismo estilo, soterradamente épico, nada llamativo, impersonal a fuerza de eficiencia, es el que impera en los films que realizó en la Warner, durante los años 30 y 40, el viejo Lloyd Bacon, conocedor de todos los géneros, desde el western mitificador a lo DeMille -el sardónico The Oklahoma Kid- hasta el drama -San Quentin- o la comedia -Brother Orchid- de prisiones, pasando por la aventura, el espionaje, la guerra -en tierra, mar o aire, le daba igual-, el deporte -Indianapolis Speedway-, el policiaco, la comedia rosácea, elegante o descarada; películas realizadas sin especial talento, pero con idéntico profesionalismo.

Su obra hasta 1944 sería el material de trabajo idóneo para estudiar el grueso de la producción de la Warner, mejor que las películas de directores igualmente vinculados a esta productora, pero más personales, como Walsh, Curtiz o incluso Keighley. Su carrera se vio hasta tal punto condicionada por los métodos de trabajo y los equipos técnicos de la Warner que, cuando abandonó esta compañía y se pasó primero a la Fox y luego a la R.K.O., su estilo -que no era suyo, sino de la Warner- se desintegró, perdiendo fuerza y eficacia durante los últimos años de su vida, hasta toparse, seguramente por casualidad, con un film de luchas submarinas, The Frogmen, que de alguna forma se parecía, dentro de los esquemas de la Fox, a los proyectos que solía dirigir en la Warner. Reencontró así, durante hora y media, la precisión dramática, la economía narrativa y la sequedad expresiva que caracterizaba la producción en serie de la Warner durante la época en la que Bacon fue uno de sus más sólidos y discretos pilares.

Quizá inédito. Escrito para Hablemos de Cine en 1976.

viernes, 3 de julio de 2026

La aldea maldita (Florián Rey, 1929)

La primera La aldea maldita -pues el propio Florián Rey dirigió una versión sonora en 1942, mucho menos famosa, pero que yo, por lo menos, encuentro todavía más interesante- es hoy, sin el menor género de dudas, la más célebre de las películas mudas realizadas en España.

No es que causara sensación cuando por fin se estrenó en Madrid, un año después de terminada, hace hoy exactamente 66 años y cuatro días. No sé a ciencia cierta si es español o importado el refrán que advierte que "Nadie es profeta en su tierra", pero sospecho que debe ser de nuestra propia cosecha, porque La aldea maldita se exhibió antes y con mejor acogida en París que en España. Cierto que se empezó a rodar, como película muda, cuando hacía ya un par de años que se sabía de la existencia del cine sonoro y del éxito que el nuevo procedimiento técnico había cosechado en Estados Unidos, y estaba a punto de imponerse en los países cinematográficamente más avanzados, aunque no llegase a hacerse ninguna película sonora francesa hasta 1930.

A pesar de ello, lo cierto es que La aldea maldita suponía una ruptura en el cine español del momento, y como tal, al menos, debiera haberse apreciado. Pasaron bastantes años hasta que, hace ya mucho, fuese consagrada por Don Carlos Fernández Cuenca como la "obra cumbre de Florián Rey y del cine silencioso español", y hoy sigue siendo la más célebre de cuantas se rodaron en ese periodo en nuestro país.

Esto revela, aparte de la conocida tendencia a dar por buenos los juicios previos, sobre todo si los han "santificado" el tiempo y esa razón tan sospechosa que es la unanimidad, lo poco que se conoce actualmente en España, y prácticamente desde la misma llegada del sonido, el cine mudo nacional; como desde entonces, y no digamos tras la guerra civil, estas películas desaparecieron de la circulación comercial, y la mayoría se destruyeron -la guerra, los incendios que han sufrido casi todos los laboratorios, la inexistencia hasta 1953 de una Filmoteca, la persecución legal de los nitratos, la posibilidad de usar los rollos de película "inservibles" para hacer peines o para extraer la plata-, quedan hoy muy pocas, que nunca se programan en la televisión, que no se editan en vídeo, y que sólo de tarde en tarde, y las pocas que se van restaurando, se proyectan en la Filmoteca, o excepcionalmente en algún festival.

Digo esto porque, entre las pocas de las que se conservan en estado más o menos completo, no pienso que La aldea maldita sea la mejor película muda española; de las que conozco, al menos dos me parecen notablemente superiores, con el mérito adicional de ser más antiguas: por unos meses El sexto sentido, de Nemesio Martín Sobrevila, por doce años El golfo, de José de Togores. Será casualidad, pero conviene precisar que son también dos películas que apenas fueron vistas en su época, a las que nadie hizo caso y de las que nadie se acuerda, y que, en consecuencia, pocos valoran en nuestro país, pero que han sorprendido muy gratamente a todos los expertos extranjeros que han llegado a verlas en los últimos años. Pero es sabido que la época del cine más olvidada es la muda, y que el cine nacional importante que peor conocemos y menos apreciamos en este país es precisamente el nuestro.

Hay que admitir que el cine español no ha estado nunca entre los más avanzados, pese a que no tardase mucho en llegar a nuestro país el invento de los hermanos Lumière. Esto, me dirán, sigue sucediendo; no lo creo, pero era cierto durante el periodo mudo, en el que llevábamos un atraso estético y narrativo de unos diez años ya en 1915, que se fue ensanchando a medida que esta forma de cine se aproximaba a su brusco y prematuro final, impuesto por la técnica y la moda, más que por razones estéticas.

Casi todas las películas mudas españolas que he podido ver tienen más metraje de rótulos que de imágenes, y estas parecen a menudo estampitas estáticas y rígidas, que ilustran lo que los letreros nos han contado. De ahí que suelan ser más bien pesadas y aburridas, más largas y lentas de lo común en cada fecha. Pero no se alarmen: entre las contadas excepciones, siquiera relativas, está La aldea maldita de 1929.

No es la única, ni a mi juicio la más lograda, como ya he dicho; tampoco es, a mi entender, la obra suprema de su autor: de lo que conozco de Florián Rey encuentro mucho mejores sus películas sonoras, en particular Morena Clara. Pero, hechas estas salvedades, se trata de una película sumamente interesante, bastante original, y que todavía conserva ciertas bellezas y sustenta determinadas virtudes.

La primera, hoy quizá la más llamativa y vigente, es una cierta sobriedad, un acentuado aire de realismo. Rasgos que chocan en una película argumentalmente tan melodramática como esta. Incluso los letreros son mucho menos largos y frecuentes de lo que todavía por estos pagos era habitual, pese a que Murnau en 1924 hubiese prescindido de ellos en varias de sus últimas películas alemanas y en las primeras que realizó en Hollywood.

La segunda, quizá más de esperar para quien conozca la filmografía de Florián Rey, es un notable sentido de la composición y el encuadre, que dotan de fuerza y ritmo a sus imágenes, incluso en los momentos más solemnes, y a pesar de una cierta propensión al hieratismo.

La tercera tiene mucho que ver con las anteriores: la sobriedad de los intérpretes, que es, por supuesto, relativa; hay que situarla dentro de la mímica y el lenguaje corporal del cine mudo, y específicamente del español. El caso es que los actores no gesticulan como solían. Ese afán de sobriedad linda a veces con la inexpresividad, y explica en parte ese hieratismo que antes mencioné.

Aunque muy célebre, es una película que apenas se ha visto -y en no muy buena copia- entre 1936 y 1986, fecha en que la Filmoteca Española procedió a restaurarla y añadirle una partitura escrita especialmente por José Nieto. A mí, personalmente, no me parece una de sus mejores composiciones para el cine, pero es la que se ha incorporado a las únicas copias decentes hoy en circulación.

Para terminar ya con esta presentación, y dar paso a la película, que es lo verdaderamente importante, quiero aclarar que La aldea maldita es una película muy interesante y de visión obligada para todo español que se interese por el cine. Si he insistido en que no es -al menos para mí- una obra maestra, ni tampoco una de esas películas que a los cinco minutos nos hacen olvidar su edad, porque siguen frescas y plenamente vigentes, es porque creo que no se debe coaccionar al público con el prestigio de lo que no ha visto, y porque para poder apreciarla hay que contemplarla con una actitud distinta de la que se adopta habitualmente cuando se ve cine por la televisión o se acude a una sala a presenciar un estreno reciente.

Es como una de esas ancianas arrugadas, pero con el porte digno y cierta viveza en la mirada, de las que uno se dice "De joven debió ser muy guapa", y con las que hay que ser tolerantes y tener un poco de paciencia, porque, aunque nos cuente una historia muy melodramática, que hoy puede parecemos trasnochada, creo que refleja problemas que en su época tenían vigencia, y que todavía la conservaban, en forma residual, hasta hace no tanto tiempo, en muchos rincones de España.


Quizá no sea ocioso, a este respecto, explicar un poco el origen de La aldea maldita, porque tiene mucho que ver con esta provincia de Segovia. Parece que la idea inicial se le ocurrió a Rey en 1925, mientras rodaba los exteriores de Los chicos de la escuela en Pedraza de la Sierra, cuya población era entonces de 500 habitantes, cifra a la que había quedado reducida desde 15.000, como consecuencia de la sequía y las heladas. Era el éxodo forzoso del pueblo lo que le interesaba a Florián Rey, y lo demás fue probablemente un pretexto dramático, una infructuosa apoyatura comercial.

Escribió el guión en seis días y, tras reunir con Pedro Larrañaga, el actor principal del film, las 22.000 pesetas que costó hacerla, rodó todos los exteriores en Pedraza, incluso las escenas nocturnas. Parcialmente sonorizada en París, fue allí donde se estrenó, con elogios de la crítica y una aceptable carrera comercial. En cambio, en España no puede decirse que despertase inicialmente gran entusiasmo: como ya dije, no se estrenó hasta el 8 de diciembre de 1930, y no en una sala de primera categoría, lo que ayudó a que pasase sin pena ni gloria, o con más pena que gloria.

Pese a esa fría acogida, insisto en que no es lo mismo verla ahora que hace 66 años. Si no recuerdo mal, yo la vi por primera vez en 1964, cuando era ya muy antigua, pero yo tenía 16 años, y era para mí, en cierto sentido, una nueva. Hoy es otra película, y seguramente habrá cambiado de nuevo cuando vuelva a verla dentro de 20 años, porque las películas no sólo preservan grabadas en sus imágenes cosas y personas, sino que tienen una dimensión viva, y envejecen paralelamente a nosotros. Por eso a veces una película muy vieja recobra un frescor que había perdido, mientras que otras, una vez caducadas, se marchitan y mueren. Y de las películas mudas españolas La aldea maldita es una de las que siguen presentes.

Texto preparatorio para una presentación de la película en Segovia (12 de diciembre de 1996).

miércoles, 1 de julio de 2026

Moses und Aron ([Danièle Huillet y] Jean-Marie Straub, 1975)

Moses und Aron es una tentativa de escenificar cinematográficamente la estática ópera -más bien oratorio- de Arnold Schoenberg, que encadena con anteriores films de Jean-Marie Straub en tanto en cuanto que todos ellos se apoyan en un texto preexistente: la novela de Heinrich Böll Billard um Halb Zehn (Nicht veröhnt, 1965), la música de Johann Sebastian Bach (Chronik der Anna Magdalena Bach, 1967), el drama Othon de Pierre Corneille (Les Yeux ne veulent pas toujours se fermer ou Peut-être qu’un jour Rome se permettra de choisir à son tour, 1969), la novela Die Geschäfte des Herrn Julius Caesar (Geschichtunterricht, 1972), el artículo de Franco Fortini I cani del Sinai (Fortini/Cani, 1976). No conozco las dos últimas, pero Moses und Aron representa un fracaso bastante más grave que el que supuso la versión cinematográfica de Othon.

Tanto Nicht veröhnt como Chronik eran obras singularmente austeras y armoniosas, que evocaban -por su rigor y precisión, por su amplitud y desnudez, por su capacidad de síntesis y su desprecio de lo superfluo u ornamental- las más ricas de Mizoguchi, Dreyer o Lang. Eran obras de plenitud, producto de un esfuerzo gigantesco que lograba transfigurar la materia narrativa o biográfico-musical que constituía su punto de partida. Eran películas reflexivas, de una sorprendente madurez, que reelaboraban los textos originarios cinematográficamente, potenciándolos, sin depender de ellos, y sin interferir su auténtico significado. Les Yeux…, sin embargo, distorsionaba el genial drama de Corneille al situarlo en la Roma de nuestros días, conservando -como fácil efecto “distanciador”, más bien irritante- el ambiente sonoro, captado en directo, de la ciudad, mientras que actores de diferentes nacionalidades y acentos -casi todos ajenos a la lengua francesa- recitaban monocordemente los versos de la obra, quebrando su ritmo y dificultando su comprensión, sin que, por lo demás, Straub aportase nada nuevo -ni siquiera un análisis o un punto de vista- al drama original. En Moses und Aron el resultado obtenido es aún más decepcionante, pues si bien Straub no ha introducido factores perturbadores, lo cierto es que se ha limitado a registrar una representación al aire libre de la ópera de Schoenberg; los actores no son simplemente “no profesionales”, sino cantantes, y su voz ha sido grabada en directo, sobre un fondo musical preexistente. Los movimientos de cámara y el montaje no suelen añadir nada a los conflictos explícitos de la obra, y a menudo resultan gratuitos (por no mencionar el significado que Straub pretende darles), salvo en el breve acto final, hablado y no cantado. Lo cierto es que es muy poco lo que se pierde si uno se limita a escuchar la versión discográfica editada por Philips, también dirigida por Michael Gielen y los mismos intérpretes. Es más, hasta cierto punto, si es preciso visualizar en forma de representación dramática la música y el libreto de Schoenberg, las imágenes de Straub pueden ser una limitación y un freno a la imaginación del oyente.

En Dirigido por nº 45 (junio-julio de 1977)

lunes, 29 de junio de 2026

La aventura de José Luis Borau

Me pide Carlos F. Heredero, invocando no sé qué deuda para conmigo en su interés por la obra y personalidad —indisociables, aunque no lo parezca a primera vista ni el interesado lo subraye nunca— de Borau, que le abra el camino al lector de este libro, tan apasionado como lúcido en su detallado análisis de cuanto ha hecho este polifacético hombre de cine nacido en Aragón. No creo que sea preciso mi machete para despejar el sendero, ya que no sobra maleza; pero una promesa es una promesa, y ahí va a riesgo de decepcionarles, advierto ya a cuantos me sigan que no tendrán que hacerlo por un largo trecho: se trata de introducir al lector en el libro, no de demorar o interceptar su acercamiento, ni de hacerle perder un tiempo que mejor haría en dedicárselo al grueso del ensayo que a sus preámbulos.

Cuando yo escribí por vez primera sobre Borau, acababa de rodar Furtivos y tenía pendiente de estreno —desde hacía dos años— Hay que matar a B. Trece años y sólo tres películas más no han cambiado a mejor la situación. Los equívocos a cuyo paso intenté salir se han visto reforzados por On the Line (Río abajo), que fue lo que Borau sacó en limpio de su larga y penosa aventura americana, de la que una persona menos tesonera hubiera salido, probablemente, con las manos vacías. Las otras dos películas, en lugar de aclarar el panorama, lo han complicado, en otras dos direcciones divergentes: La Sabina fue radicalmente incomprendida y Tata mía supuso, asombrosamente, un cierto desprestigio, al ser confundida con un intento oportunista de subirse al carro de la comedia madrileña, cuando era dudoso que perteneciese a tal género y, en cambio, era evidente el riesgo que corría al hacer una película tan rara. Pero, claro, el peligro es algo a lo que Borau está acostumbrado, y que no le arredra: casi se diría que le atrae, le tienta y le fascina hasta en contra de su voluntad. Y la rareza no es tampoco una novedad: en el fondo, todas las películas de Borau son anómalas, y no ya en el contexto del cine que se hace en el momento —no sólo en España, porque Borau nunca ha sido provinciano—, sino como eslabón de su propia filmografía si se compara con el anterior... quizá meramente porque suelen ser bastantes los años que transcurren entre una película y otra, y mientras tanto, aunque no ruede, Borau no deja de hacer cine, en su cabeza desde luego, con su mirada constantemente, muy a menudo sobre el papel, escribiendo una y otra vez guiones que nunca cobrarán vida. Supongo que si Borau rodase, como los cineastas del viejo Hollywood, dos o tres películas al año, su trabajo tendría una lógica mucho más evidente, sin los saltos y los bruscos cambios de sentido —y hasta de terreno de juego— que tanto desconciertan en su carrera, cuando lo que sucede, simplemente, es que faltan los pasos intermedios, los que corresponden a las películas que ha pensado e imaginado, pero que no ha realizado.

Por carácter y por convencimiento, producto no del mero gusto personal, sino de una reflexión acerca de la naturaleza del cine, su narrativa y su modo de captar la realidad y estilizarla para que cobre sentido, Borau es un defensor del cine clásico, es decir, en líneas generales, del cine americano, que suele ser, no lo olvidemos, el que han hecho los cineastas europeos que han aspirado a ser entendidos por todo el mundo, sin distinción de clases, niveles de cultura, nacionalidades, razas, creencias, ideologías, edades o idiomas. Pero, precisamente por ser muy personal —un autor, y no un simple aunque excelso artesano— y por haber llegado a esa postura tras honda meditación, con consciencia de que los tiempos son otros —y no precisamente mejores— y de que no es fácil ya para un europeo emitir desde América, Borau ha evitado siempre la imitación y el remedo del cine clásico americano (a diferencia de muchos de los más jóvenes y cinéfilos directores estadounidenses), y ha buscado la esencia profunda, la raíz de la vigencia antaño universal de ese lenguaje, para aplicarlo a sus historias, a lo que le interesa e importa, sin caer en el mimetismo; a medida que se deterioraba ese estilo, o que era embalsamado para disimular su pérdida de vigor, el enfoque de Borau se aproximaba cada vez más a una crítica radical del sistema, pero plasmada en una práctica alternativa y actualizada, no en parrafadas o discursos teóricos. Y, curiosamente, en la medida en que la operación ha tenido éxito, Borau ha logrado comunicar con el espectador (e irritar a la crítica) o, cuando el público ha seguido perdiendo capacidad de concentración, atención y asociación, es decir, a medida que se ha hecho crecientemente incapaz de seguir una historia narrada por medio del cine, ha fallado en los dos campos, y no, curiosamente, por haber fracasado en su tentativa de recobrar el lenguaje del clasicismo, sino por conseguirlo cuando esa manera de hacer cine está a punto de convertirse en una lengua muerta, que sólo conocen unos pocos paleógrafos, historiadores y lingüistas, pero que la mayor parte del público, sin darse cuenta, ha olvidado, o sólo es capaz de recordar cuando sus rasgos se presentan acentuados por la caricatura o el pastiche, o le llegan con otro envoltorio, por otra vía, un poco como piezas de museo o en conserva (a través de la televisión, de la videocassette).

Este afán de ver la realidad de modo inteligente, y de transmitir esa visión de manera que sea comprensible ha tenido consecuencias graves para Borau. Una búsqueda lleva a otra: para hacer un cine que responda a los propios deseos y a la exigencia para consigo mismo de que ha hecho siempre profesión de fe Borau, es preciso obtener una autonomía financiera, un poder de decisión, un control del proceso de creación que sólo puede soñar el que, además de director y guionista, se hace productor. Más trabajo y más riesgo, que no todos son capaces de soportar, y que a Borau le ha complicado todavía más la vida. Pero qué remedio: no es, en su caso, un capricho, sino más bien una especie de resignación, de aceptación fatalista de lo lógico e irremediable, dadas las circunstancias.

Que, tras casi treinta años de ejercer combativamente el oficio, Borau siga en la brecha, intentando una vez más alcanzar su objetivo, no es sino demostración patente de su fuerza de voluntad, de la fe que tiene en el camino elegido para llegar a esa meta, de la necesidad que siente de expresarse, ciertamente, pero no por desahogo ni para un grupito de amigos, sino para comunicarse con los demás, y mejor cuanto más numerosos y distintos y distantes sean. Creo que todo eso es lo que, mejor que yo y con menos simplificaciones, remontándose a las fuentes y buscando las raíces, os va a contar ahora Carlos F. Heredero, así que con él y con Borau os dejo.

En “José Luis Borau : teoría y práctica de un cineasta” de Carlos F. Heredero. Madrid : Filmoteca Española, septiembre de 1990.

viernes, 26 de junio de 2026

Play Misty For Me (Clint Eastwood, 1971)

"¡Qué grande es el cine!" (22/09/2003)


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Mientras sea bueno y no quiera pasarse al otro lado de la cámara para hacer sin trabas las muecas que se le antojen ni meramente para disimular u ocultar sus canas y sus arrugas, yo respeto y comprendo la tentación de dirigir que parece sentir, antes o después, la mayoría de los actores, aunque sólo suelan sucumbir a ella los más poderosos, los que pueden permitírselo porque, de hecho, ya controlan en buena medida las películas que protagonizan, y eso, por lo general, cuando empiezan a envejecer.

Casi todas las grandes estrellas, cuyo sueldo es tan alto que en parte es un porcentaje de la recaudación neta, podrían dar ese paso. Muchos no repiten, y en ocasiones – pienso, por ejemplo, en Charles Laughton o Jack Lemmon – es una lástima que no lo logren o ni siquiera lo intenten. Algunos, durante cierto tiempo, alternan o compatibilizan ambas funciones (a la que suelen agregar la de productor, a veces la de guionista; en casos excepcionales, las de montador y de músico). Los hay que descubren que el nuevo oficio les gusta aún más, y que gradualmente van abandonando el primero. Los que considero los tres mejores directores americanos de las últimas décadas son, o han sido, o fueron mientras vivieron, actores: el difunto John Cassavetes, el hace mucho inactivo como director Paul Newman, el muy activo Clint Eastwood.

Eastwood es hoy el más fiable de los cineastas americanos. El único que se ha convertido en un clásico por derecho propio, como los de verdad. Que no es un "neoclásico" ni coquetea con las apariencias del clasicismo, que no viste con su ropaje tradicional películas que cabría calificar de postmodernas o que caen en diversas formas de manierismo, que van a otra cosa y además parten de otros supuestos. Hoy semejante cosa no se considera una excentricidad; todavía hace quince años sonaba a provocación o delirio, no digamos hace treinta y dos, cuando Eastwood dirigió esta su primera película, la hermosamente nombrada Play Misty for Me, título que aquí juzgaron, por lo visto, demasiado esotérico, colgándole la vulgar etiqueta de Escalofrío en la noche, que podría servir para otras mil, y que fue tan poco atendida que nadie la recordó cuando se estrenó, con gran éxito, Atracción fatal de Adrian Lyne.

Como otros films interpretados por Eastwood, es un thriller situado en la California contemporánea, en este caso en la localidad de Carmel, donde reside y de la que incluso fue alcalde. Pero, si debe poco al cine negro clásico, tampoco es una derivación de la serie de Harry el sucio, ya que Clint no es aquí un duro detective, sino un suave y melenudo disc-jockey radiofónico, de cierto éxito (sobre todo con las mujeres) y no poca ambición profesional, y que vive muy confortablemente hasta que su voz resulta demasiado atractiva, por lo menos, para una de sus oyentes, que decide ponerle cerco.

Como no hay operación de acoso sin el complementario derribo, y Clint tiene una relación conflictiva con su novia, más mona y joven, la acosadora hará cuanto esté en su mano – y a menudo es algún arma blanca de notables dimensiones – para deshacerse de su ignorante rival.

La intriga en sí es muy simple, y no demasiado original; permite a Eastwood hacer un ejercicio de estilo que demuestre su capacidad cono realizador, sin correr riesgos comerciales excesivos, y tomando algunas cosas prestadas de Psycho (Psicosis, 1960) de Alfred Hitchcock. Lo mismo ocurre con las canciones populares que se convierten en standards de jazz, y de las que caben multitud de versiones muy diferentes, tantas como intérpretes y ocasiones de interpretarlas; así, lo original aquí son los personajes, sus relaciones y, cosa rara en los 70 – década de una estética que encuentro particularmente desagradable –, su tratamiento cinematográfico. No es que Eastwood esté totalmente libre de algunas de las tentaciones, modas y convenciones más influyentes o dominantes de la época, y sospecho que, de haber estado en condiciones de hacerla en 1982, la hubiera resuelto aún mejor, pero forzoso es reconocer que, hasta cuando hace una escena-videoclip, con la obligada canción pegadiza, tiene el suficiente buen gusto musical para que la canción elegida sea memorable – First Time I Ever Saw Your Face, por Roberta Flack, nada menos – y, lo que es aún más notable, que la escena en cuestión – habitualmente cualquier cosa menos una escena, más bien una incoherente sucesión de estampitas – sirva para hacer avanzar la trama, incluso ahorrándonos explicaciones verbales perfectamente imaginables, y acabe por tener emoción y una dosis considerable de erotismo, demostrando así la habilidad de Eastwood no sólo como narrador, sino para resolver problemas (que, no se olvide, es una de las principales funciones de un director).

Sin tratarse de una obra maestra sensacional, tipo À bout de souffle y no tantas más, sorprende retrospectivamente que no se descubriera a la primera el talento de Eastwood como cineasta; cierto es, y hoy no se recuerda o ni se imagina, que por entonces eran pocos los que le respetaban como actor, por lo que su debut como director se miró con no poca ironía, como si se tratase de un síntoma de megalomanía, de un "capricho de estrella" que merecía, más que curiosidad, una severa regañina, que es con lo que muchos críticos recompensaron sus esfuerzos. Por suerte, ante la Universal, y aunque el riesgo lo asumía básicamente el propio Clint a través de su productora Malpaso Co., consiguió la luz verde para nuevas intentonas.

El guión es sumamente hábil, muy bien y gradualmente construido a partir de una situación única, extremadamente simple, que el espectador puede anticipar y que va cumpliéndose paso a paso, de acuerdo con los peores presagios, y con un ritmo tenso y acelerado de modo nada artificial. De hecho, lo que cuenta es muy verosímil, tiene difícil escapatoria y tiende a ir a peor, tal como ocurre, una vez que se confirma la sospecha de que la admiradora es una desequilibrada muy peligrosa, capaz de cualquier cosa, y no desprovista de astucia ni, por supuesto, de un orgullo inmenso y dispuesto a convertirse en feroz y destructivo orgullo herido al menor síntoma de hartazgo o de desdén, que su propio intervencionismo agobiante y entrometido facilita en extremo; incluso si fuese más guapa, menos tensa y nerviosa, a cualquiera le espantaría su lado posesivo e invasor. Jessica Walter – como las otras, demasiado pocas, veces que la he visto – compone un personaje coherente y convincente, que resulta inquietante, incluso antes de montar números histéricos o de dar rienda suelta a sus celos y su agresividad perturbadora, hasta para alguien tan incauto y tan dispuesto a aprovechar cualquier ocasión que le brinden como el disc-jockey presumidillo interpretado por Eastwood, no digamos el espectador que la contempla a cierta distancia, y con una perspectiva de la que Dave carece. Se nota que Eastwood aprendió bien la lección nº 1 de Hitchcock: la primacía del suspense sobre la sorpresa, con la correlativa necesidad de dar al espectador la información necesaria para que la anticipación de hipótesis genere tensión y mantenga el interés.

De hecho, en lo único que se detecta algo el carácter de "novato" del director es en la tendencia a un cierto alarde técnico, en el gozoso empleo de recursos, como tomas desde helicópteros y con la cámara moviéndose montada en grúas casi dignas del Delmer Daves de los 60, que le sirven para crear un cierto dinamismo, si se quiere algo artificial, pero no malvenido, y para hacer un canto plástico al paisaje de la costa californiana donde vive, un poco como el que hizo Jack Smight en Harper/The Moving Target (1966).

La dirección de actores es excelente; la planificación, aunque hubiera ganado con un poco de sobriedad, es funcional y lógica, correcta siempre; su sentido del ritmo no le engaña, y conduce la película sin una vacilación hacia su sorprendente (por la brutal concisión) conclusión, uno de los momentos más impresionantes de la película, como todos aquellos en los que, adelantándose a Dave, Evelyn muestra haber avanzado un paso más hacia la locura: la aparente pesadilla que no es tal, E. en el bosque, espiando la reconciliación de la pareja, el apuñalamiento del policía, el ataque a Birdie, la presencia de E. como compañera de casa de Tobi, y el momento en que esta se da cuenta, por las cicatrices en las muñecas, de quién es realmente Annabel, mientras Dave demuestra ser un superficial amante de la poesía por no reconocer y tardar tanto en encontrar el poema de Edgar Allan Poe...

Texto preparatorio para la intervención en ¡Qué grande es el cine! (22 de septiembre de 2003).