| "¡Qué grande es el cine!" (12/10/1998) |
Hay que decir que, sin duda, llegó al cine casi por casualidad: es uno de los actores y directores de teatro de cierta reputación -como Cukor o Mamoulian- a los que Hollywood atrajo con suculentas ofertas a la llegada del sonoro, para que enseñasen a decir los diálogos. Empezó, pues, a una edad relativamente madura (41 años), y ocupándose de los actores, mientras que A. Edward Sutherland se cuidaba de los aspectos técnicos.
No puedo presumir de conocer bien su filmografía, ya que sólo he visto 23, es decir, la mitad; cabe, por tanto, que me falten por descubrir piezas importantes, y hay varias desde luego, que me gustaría ver algún día, porque despiertan mi curiosidad o, por su reparto, parecen sumamente apetitosas.
Aunque a este tipo de realizadores suele compensar seguirles la pista, pues a veces son mucho más interesantes de lo que parece, o de lo que su reputación deja suponer, creo conveniente advertir que, en mi modesta opinión, Cromwell no es un gran artista "maldito", olvidado o ignorado, que sea preciso revisar y reivindicar a fondo, sino, más bien, uno de tantos eficientes y hábiles artesanos que dirigieron en Hollywood durante la gran época del cine americano, y que fue precisamente grande porque abundaban este género de individuos.
Siempre ha habido algunos genios, siempre se han hecho grandes obras maestras, pero lo extraordinario de ese largo periodo era el elevado nivel de la media, la garantía de un mínimo de calidad, interés y entretenimiento que ofrecía casi cualquier película, cuando las verdaderamente malas eran una excepción.
Y eso se consiguió no gracias a Ford, Hawks, Hitchcock o McCarey, Borzage, Preminger, Capra, King Vidor, Tourneur, Fuller o Minnelli, que eran excepciones, sino porque existían personajes como Cromwell, Edmund Goulding, Mervyn LeRoy, Lloyd Bacon, Frank Lloyd, Jean Negulesco, William Keighley, Victor Fleming, Sam Wood, Woody Van Dyke, H. Bruce Humberstone, Charles Vidor, Richard Thorpe, Norman Taurog, Roy Rowland, Henry Hathaway, Clarence Brown, André de Toth, Edward Ludwig, Robert Parrish, Rouben Mamoulian, Lewis B. Seiler, John Brahm, William A. Seiter, Stuart R. Heisler, John H. Auer, Leslie Fenton, John V. Farrow, Gordon Douglas, Alfred E. Green, John English, Lewis Milestone, Anatole Litvak, Robert Siodmak, Lewis R. Foster, Norman Foster, Irving Reis, John Sturges, Wesley Ruggles, James Cruze, Delmer Daves, James Whale, Michael Curtiz y un muy largo etc., algunos de ellos no carentes de ambición, personalidad o pretensiones, todos sin duda dotados de cierto talento, la mayoría modestos y eficaces artesanos en los que cada productora podía confiar y a los que casi nunca faltaba trabajo.
A veces hicieron obras misteriosas y fascinantes, en otras ocasiones cayeron en la más tediosa rutina, pero, por lo general, nos dieron películas amenas, que todavía hoy pueden verse con interés y hasta, más a menudo de lo que se piensa, con admiración. Se ven con frecuencia con la sospecha de que quizá sus directores fueran muy superiores a lo que hacían, que a menudo dependía (y variaba) según con qué productora estuviesen bajo contrato.
Esa sospecha, lo confieso, la alimenté hacia Cromwell durante algún tiempo, cuando sólo había visto dos o tres películas suyas, casualmente de las que sigo encontrando las mejores después de "investigar" o merodear en busca de otras 20 que se me han puesto al alcance.
Es decir, que el resultado de la pesquisa no ha confirmado mis más optimistas esperanzas, aunque me haya permitido descubrir la que hoy considero su mejor película, The Enchanted Cottage, por encima de su otra obra maestra, la muy distinta y poco apreciada Dead Reckoning (Callejón sin salida, 1946), tan copiada que injustamente se le reprocha ser un "film negro" arquetípico, y todavía me falten películas singularmente interesantes, como varios melodramas con Ann Harding, en particular The Fountain (1934), que es uno de sus favoritos.
Uno de los misterios de estos directores, de sus atractivos a la par que de sus riesgos, es su sorprendente habilidad para hacer bien cualquier cosa, por escasa que sea su afinidad personal con el género y por poco que creyesen, salvo como relato, en el argumento que estaban contando.
Y digo esto para que no se le atribuyan a Cromwell los poco coherentes argumentos, sentidos o mensajes de sus películas, y que no se despiste el que lea una filmografía de Cromwell, sobre todo si se fija en los títulos españoles.
Porque, a pesar de haber dirigido cosas aquí llamadas Mística y rebelde, Cautivo del deseo, El lazo sagrado, Su milagro de amor, Mi corazón te guía o Sin remisión, y una no estrenada cuya traducción es La diosa, Cromwell no era un realizador de cine "religioso", ni siquiera un predicador moralista, sino más bien, aunque supongo que no por su cine, un individuo sospechoso de cierto grado de "izquierdismo".
El caso es que se vio incluido en alguna de las "listas negras" de McCarthy y sus seguidores, a lo mejor simplemente porque, como casi todo el mundo, durante la guerra rodó algunos alegatos anti-nazis, o simplemente porque, especializado como casi estuvo en las adaptaciones literarias, además de a Charles Dickens, Joseph Conrad, Mark Twain, Anthony Hope, Robert E. Sherwood, Mazo de la Roche, W. Somerset Maugham y Frances Hodgson Burnett, ilustró a Erich Maria Remarque, a W. R. Burnett y a Sinclair Lewis, que, como luego Paddy Chayefsky, a algunos les debían parecer "peligrosos rojos" y "antiamericanos", o rodó guiones escritos por John Howard Lawson o Philip Dunne, o en los que intervino James M. Cain, que también eran sospechosos.
Quizá fuera porque dirigió a los "inamistosos" actores Humphrey Bogart, Morris Carnovsky, etc., o simplemente porque acabó presidiendo una Asociación Democrática de Hollywood, que apoyaba la política de Franklin Delano Roosevelt, el caso es que su carrera cinematográfica se vio interrumpida entre 1951 y 1957, lo que le hizo volver al teatro.
Of Human Bondage es ya su vigésima película, una de las cuatro que dirigió el año 1934. Se basa, como tantas, en una novela; en este caso, se trata, más bien, de la segunda parte de una de las más conocidas de un escritor por entonces muy apreciado, y hoy, me temo, muy poco leído, pese a que, como tantos "de segunda fila" de las letras inglesas, no carece de interés...
Aunque es imposible tratar de encontrar rasgos comunes a todas las películas de Cromwell, que casi nunca estuvo en el origen de los proyectos que realizó y nunca fue su propio productor, responde a algunas de las características más frecuentes en su filmografía, ya que presenta a un hombre débil, inseguro o desorientado -en este caso, las tres cosas- que se ve dominado por fuerzas externas o por sus propias obsesiones, a menudo encarnadas por mujeres mucho más enérgicas y decididas, de las que en última instancia depende su suerte.
Leslie Howard, que interpreta a Philip Carey, parece una elección obvia para este tipo de personaje; no hay ni que decir que "borda" su papel, y que casi consigue hacerlo verosímil, pese a que raras veces -y es un defecto que procede de la novela- se nos habrá obligado a seguir las peripecias de un ser tan indeciso y de tan poco empuje como éste.
Bette Davis, en cambio, se me antoja un error de "casting" monumental: es una opción obvia de puro tópica, si se quiere, pero no resulta creíble que nadie se esclavice de tal modo por un ser tan vulgar, apático ("no me importa" es la motivación de casi todo lo que hace) y desleal como Mildred Rogers, tan desprovisto de encanto, gracia, simpatía o decencia.
Si se añade a eso que, para mí, carece del menor atractivo erótico y ni siquiera es lasciva, realmente no se explica la asombrosamente duradera fijación por ella que contrae a simple vista Philip, ni siquiera con la melodramática excusa de que tiene un "pie equino" y eso le ha convertido en un acomplejado. Realmente, lo que parece es un masoquista.
Con esto llegamos a lo fundamental de la película, que es una lección en el arte de llevar a buen puerto un encargo desesperado, de conseguir los mejores resultados posibles con los ingredientes ya fijados que se le encomiendan a un director.
Y es una enseñanza que no creo inoportuna, pues me temo que no se imparten clases de eso en las escuelas de cine, pese a que cada vez son más los pretendidos "autores" que en realidad hacen películas "de encargo".
La primera astucia no se si procede de Cromwell o estaba ya presente en el guión de Lester Cohen que debió entregarle el productor Pandro S. Berman. Se trata de adaptar sólo una parte, quizá la más melodramática y la menos sobrecargada de disquisiciones filosóficas, de una novela ciertamente voluminosa, inabordable con fidelidad por el cine.
Quizá ya estaba hecha esa tarea, tal vez es que Cromwell prescindió de medio guión. En todo caso, abundan elipsis que no parecen "escritas" y muy pensadas, sino "borradas", es decir, el resultado de tachar drásticamente páginas de guión o de cortar escenas enteras en el montaje.
Son, a veces, saltos divertidamente sorprendentes, hasta si pueden resultar también, durante algunos momentos, arriesgadamente desconcertantes.
Eso, y el ritmo imprimido a los movimientos de los actores y la cámara, a la dicción de los diálogos, y el recurso a figuras retóricas hoy muy anticuadas como el paso de hojas del calendario, permiten acelerar al máximo la narración, que es expeditiva hasta extremos asombrosos.
El estilo de Cromwell, usualmente muy sobrio, se hace aquí no ya retenido y discreto, sino esforzadamente púdico, distante incluso, lapidario. Es un folletín tratado "a contrapelo", visto desde una cierta altura, desmenuzándolo hasta el punto de desvelar, aunque sea implícitamente, las inconsistencias del personaje central, e impidiendo que nos identifiquemos con él o con la contraheroína en lo más mínimo.
Imagino que la productora se quedaría consternada al encontrarse con 83 minutos de implacable marcha hacia adelante de una intriga movida por recursos melodramáticos -es obvio que otra hubiese sido la vida de Philip si no hubiera nacido con un pie equino, o si le hubiesen podido operar antes de conocer a Mildred-, y que poco a poco se van desactivando, sin que hasta su eliminación pierdan su influencia: Philip nunca se resigna a su pie, ni logra olvidarse o distanciarse de Mildred hasta que ella muere y así desaparece para siempre de su existencia.
Lo que encuentro más ejemplar de la película es su arranque: en los 3 primeros minutos llegamos a saber casi todo lo que es preciso acerca de Philip.
Me gusta mucho la ironía de la escena en que la amantísima Norah (Kay Johnson, la primera esposa de Cromwell) revela a Philip que ella no lee, sino escribe, esas novelas rosas que tiene por encima: en ese instante sabemos ya que nada podrá contra la maldad desapasionada de Mildred.
Me gusta mucho, como siempre, Francis Dee, que tiene a su cargo un extraño personaje, sumamente simpático. La escena final, por ejemplo, es estupenda, y sumamente original.
Pero lo que prefiero de la película es el brutal juicio de Fournier, cuando el aspirante a pintor Phil Carey le muestra sus cuadros: "No hay talento aquí, solo inteligencia y sensibilidad".
Texto preparatorio para la intervención en ¡Qué grande es el cine! (12 de octubre de 1998)