viernes, 11 de septiembre de 2026

Conjeturas acerca del origen y la evolución de la Filmoteca Española, nacida Nacional

Comprendo que la historia de la Filmoteca Española pueda parecer de un interés muy minoritario, y de hecho ni siquiera ella misma parece haber tenido nunca el egocentrismo ni la holgura de tiempo para establecer sus anales y recopilar documentada y ordenadamente fuentes hoy muy dispersas que pudieran permitir, a partir de una suerte de amplio borrador acumulativo, trazar un breve resumen de su trayectoria. Sin embargo, tengo la impresión, por los indicios reunidos, y algunos interrogantes que surgen a diestra y siniestra, que puede ser una historia que merezca ser contada algún día, es decir, digna de investigación y estudio detallado, siempre que se emprenda, claro está, con tiempo (aunque sin esperar a que desaparezcan algunos de los testigos que aún quedan) y con garantías suficientes, es decir, con el necesario grado de conocimiento de la institución para comprender lo que ha pasado –y, sobre todo, lo que, durante mucho tiempo, no sucedió– y de gratitud hacia su meritoria labor –pues, con todas sus insuficiencias, el saldo es indiscutiblemente positivo– como para que la inevitable crítica no resulte injusta y destructiva, y como para que de esa peripecia se puedan extraer enseñanzas prácticas que ayuden a mejorar su situación presente y su funcionamiento en el futuro.

La historia de la Filmoteca española arranca repentina y más bien tardíamente –si se compara con otras cinematecas europeas, y se tiene en cuenta la temprana demanda de una institución del género que manifestaron algunos entusiastas del cine, de la que hay ya indicios en los años 40– con la publicación en el Boletín Oficial del Estado de un Decreto fechado el 13 de febrero de 1953. Es decir, que la primera cinemateca de España nace mediante un mero y relativamente simple acto administrativo, por mucho que esté datado la víspera de San Valentín, como se sabe, "el día de los enamorados".

Aunque no esté yo en condiciones de afirmarlo tajantemente, ni parece que pueda asegurarse todavía con plena certeza, y quizá nunca llegue a demostrarse, no considero inverosímil, sino todo lo contrario, la hipótesis –alguna vez insinuada, aunque siempre más coloquial que documentalmente, más oralmente que por escrito– de que la iniciativa de la creación de un archivo-museo cinematográfico, pese a su carácter oficial, no correspondió al Estado en sí mismo, sino que en realidad partió de un individuo, D. Carlos Fernández Cuenca, que, gracias a su perseverancia e insistencia, su prestigio personal (merecido o no, el caso es que lo tenía, y no vale la pena ahora debatir acerca del verdadero alcance de sus conocimientos, virtudes, limitaciones y defectos, del mismo modo que poco importa a estas alturas que cayera más o menos simpático a quienes le conocieron personalmente o que sus escritos tengan o no vigencia en nuestra opinión) y sus buenas relaciones con el Régimen (o, al menos, con algunas personas que ocupaban puestos relevantes o influyentes en el Gobierno y sus aledaños).

Es decir, que no se trata de que el Estado o una rama competente de la Administración cobre gradual o repentina conciencia de la importancia de preservar el cine de la destrucción a que lo condena irreversiblemente, aunque sin fecha fija de caducidad, el uso de las copias y el deterioro de los soportes químicos, con el mero paso del tiempo y la pérdida de valor comercial como importantes aliados, y decida súbitamente, o tras larga y pausada reflexión, tratar de ponerle remedio, antes de que sea demasiado tarde –y cuando, por lo demás, en muchos casos la pérdida era ya irremediable–, sino de que alguien, amante del cine y al corriente de lo ideado en el exterior para resolver o paliar el problema, en contacto con los responsables franceses o italianos de instituciones de este género, propugne con suficiente elocuencia e insistencia la adopción de tal medida, hasta lograr –aunque fuera para librarse de él, para que no siguiera dando la lata, motivaciones nunca "descartables" y mucho más frecuentes de lo que se piensa, en cualquier ámbito y época– su propósito, naturalmente con la consecuencia habitual en este tipo de empeños: que al que tuvo la idea y la propugnó le carguen con la tarea de ponerla en práctica. No parece siquiera probable que por parte de la Administración se tratase de una decisión espontánea, que por lo demás estaba al alcance de cualquier admirador y émulo del despotismo ilustrado o de un mecenas privado, sino de la muy tardía asunción formal –y, durante demasiado tiempo, mera y exclusivamente formal, es decir, sólo sobre el papel– por el Estado, aunque fuera con reticencia y tacañería, quizá a regañadientes, desde luego sin demasiado entusiasmo, de lo que en muchos países nació y continuó, por lo general, como una iniciativa privada (individual o colectiva), aunque reconocida, bendecida, protegida, apoyada, subvencionada o financiada totalmente por las Administraciones Públicas, según los países y según los vientos que corriesen, en unos casos con muchos cambios y en otros con envidiable estabilidad. Siento no poder dar excesivo crédito a quienes hoy intentan presentar a D. Gabriel Arias Salgado como un hombre inteligente, culto, razonable y susceptible de preocuparse sinceramente por la conservación de nuestro patrimonio cinematográfico, imagen que en nada cuadra con la que teníamos en su época los que la (y le) padecimos, ya que durante su prolongado mandato ministerial la censura no se caracterizó precisamente por su respeto a la integridad de las obras –propias o ajenas– ni por su apoyo y estímulo a la libre creatividad de los cineastas, y la acción censora ha sido siempre uno de los peligros no naturales que se ciernen, como un buitre amenazador, sobre las películas y su conservación en la forma en que fueron creadas.

Pese a su condición de indemostrable, y puede que hasta cierto punto mítico o embellecido, el probable origen que acabo de sugerir de la Filmoteca Española –que nació, por cierto, sin falsos pudores, y como corresponde a su alcance, con la denominación de Nacional, que nada tiene que ver ni con el llamado "nacionalismo español" ni con que el bando triunfante en la Guerra Civil se autocalificase de "nacional", del mismo modo que tildaba de "rojos" a cuantos no estaban de acuerdo– tiene un interés que rebasa lo que pueda tener de aparentemente anecdótico o meramente pintoresco y hasta levemente picaresco, porque, de hecho, explicaría alguna de las carencias que ha sufrido desde su creación –y todavía, hasta cierto punto, padece residualmente– la Filmoteca. No se trata de restar méritos a una medida administrativa que, aunque tardía, pudo serlo mucho más, o no haber llegado a plasmarse nunca, y que, para colmo, sobre el papel, es casi irreprochable. Probablemente redactado por el mismo autor y promotor de la propuesta, que quizá ni sospechase su condición de Director "in pectore", el Decreto de 1953 define las funciones de la Filmoteca de modo bastante completo y aceptable, quizá un tanto impreciso y teórico en algunos extremos, pero todavía válido en lo esencial; casi lo más extraño de ese texto, junto a algunas omisiones de naturaleza administrativa y presupuestaria (sin duda se creó sin cobertura específica, y probablemente Fernández Cuenca creyó que otros más expertos se encargarían de descender a los detalles prácticos) sea el nombre elegido, harto infrecuente en cualquier idioma, y divergente del adoptado en las instituciones extranjeras que más verosímilmente le sirvieron de modelo, la Cinémathèque Française y la Cineteca Nazionale, lo mismo que entre las iberoamericanas.

El problema "de nacimiento" de la Filmoteca radica en que apenas se pasa de ahí, de su constitución formal, legal, de la publicación en el Boletín Oficial del Estado de su existencia, y de que pasan muchos años antes de que la Filmoteca tenga desarrollo reglamentario y cobre existencia administrativa real, y aún así, durante demasiado tiempo, sumamente precaria –hoy se calificaría de "virtual", entonces se hubiese considerado "teórica" o "potencial"–, en la práctica casi al margen de la ley, sin medios ni poderes suficientes, a menudo sin dotación presupuestaria clara (y casi nunca la necesaria), sin personal ni instalaciones para ejercer su cometido y cumplir su misión cabalmente. Era, sin duda, el resultado de una "concesión", de un favor, de atender con escepticismo y sin embarcarse en gastos ni compromisos desmedidos una "solicitud", y nunca fue una empresa de Gobierno, de esas que se publicitaban y que se dotaban con recursos que permitieran lucirse, sin duda porque el interés por la conservación del cine del pasado era sumamente minoritario, restringido a un grupo de inquietos al que no era urgente ni prioritario tener contento. De ahí que la Filmoteca, durante demasiado tiempo, haya sido tolerada más que apoyada, y haya tenido que vivir "de prestado", donde le hacían un hueco.

Cuanto se hizo –poco o mucho, depende de cómo se mire, y con qué grado de buena voluntad y de conocimiento tanto de los verdaderos cometidos de una filmoteca como de las carencias de la nuestra; por desgracia, se vea de un modo u otro, nunca lo suficiente– fue obra del entusiasmo y el voluntarismo, a veces imprudente, ineficaz o ignorante, sin conocimientos técnicos o sin recursos económicos para hacerlo mejor, de su Director, durante toda su primera y larga etapa el propio "padre" de la criatura, y de sus escasos, irregulares, mal retribuidos y laboralmente inseguros colaboradores y empleados, a veces con la ayuda más o menos duradera, desinteresada y entusiasta de aficionados o profesionales, o con la tolerancia o buena voluntad de otros órganos de la administración, de alguna institución y de algún colega del movimiento archivístico internacional, gracias, en buena parte, a los contactos y conocidos del propio Fernández-Cuenca o a la complicidad que se fue estableciendo, poco a poco, con el trato y la camaradería que fomentan las pasiones compartidas y las dificultades conocidas, entre sus ayudantes y alguno de sus equivalentes en filmotecas más asentadas, veteranas y poderosas, con cuyo apoyo logra la Filmoteca Nacional adherirse y luego convertirse –casi milagrosamente– en miembro de pleno derecho de la FIAF, organización internacional cuyo efecto legitimador y de respaldo a la consolidación de la Filmoteca no es desdeñable, por mucho que a menudo hubiera dificultades hasta para abonar la cuota anual necesaria para mantenerse como miembro de la asociación, y de que durante años las relaciones con ella fuesen sobre todo postales, sin apenas presencia directa en sus congresos y comisiones.

Aunque no hay constancia de que exista ninguna relación de causa-efecto entre ciertos acontecimientos inmediatamente anteriores, cuya fecha precisa resulta hoy difícil de rastrear, no parece que pueda ser casual que la creación de la Filmoteca Nacional se produzca precisamente a comienzos de 1953. En todo caso, y aun suponiendo que esos hechos o sus previsibles consecuencias no influyeran en la insistencia de su promotor y primer Director ni en el consentimiento del Ministerio de Información y Turismo, como hubiera resultado hasta lógico, sería casi providencial que la Filmoteca, aun desprovista como estuvo durante los primeros tiempos de actividad y de medios, empezase a existir legalmente por esas fechas, lo que al menos permitía invocar su nombre y su función para tratar de impedir algunas catástrofes y para ir consiguiendo depósitos y donaciones.

Por un lado, hacia 1951 se produce una suerte de prescripción internacional del soporte nitrato, generalmente considerado como altamente peligroso por su fácil inflamabilidad espontánea y por el carácter explosivo que puede tener su autocombustión en recintos cerrados, sobre todo si hay cerca otros materiales químicos, y se abandona su empleo en la filmación de películas, sustituyéndolo por material llamado "de seguridad", en acetato, que se presuponía, además de menos peligroso, más estable y quizá por ello más duradero (aunque luego se vio que también tenía defectos y que, desde luego, no era eterno). Cabe suponer que tal decisión estuvo consensuada por la industria en todas sus vertientes, tanto los fabricantes de película virgen y los laboratorios como la rama de producción cinematográfica. Y es de imaginar que por esas mismas fechas se dispuso la paulatina retirada de la circulación –¿quizá cuándo concluyera su licencia de exhibición?, normalmente de cinco años prorrogables a seis en las películas importadas, sin fecha de caducidad para la producción nacional– de las copias que se estaban proyectando en los cines. De hecho, revisando el Boletín Oficial del Estado de esos años en busca de datos más reveladores, se encuentra uno con que en 1957 se prohíbe en España el transporte aéreo de copias "inflamables", lo que más o menos coincide con un plazo de seis años a partir de 1951.

La sustitución del nitrato por el acetato suponía, para el cine de todo el mundo, tras la llegada del sonoro –que convirtió en inútiles muy pronto las cintas mudas– y la guerra (en general, la Segunda Mundial, en España la Civil), una tercera oleada de grandes destrucciones masivas, que amenazaba con hacer desaparecer casi todas las películas realizadas hasta la fecha, todas –por supuesto– en nitrato, y tanto los negativos como las copias positivas y los posibles materiales intermedios susceptibles de reproducción.

Por otro lado, los nitratos retirados de la circulación no podían, sin más, arrojarse a un vertedero ni incinerarse, y tendrían que dictarse medidas específicas para su reciclaje o eliminación con las precauciones adecuadas, no sé si por parte del Ministerio de Industria o del de Gobernación –ya que la exhibición de películas y la política de espectáculos entraban en su área de competencias–, aunque quizá estas disposiciones fueran delegadas a las ordenanzas contra incendios o de seguridad de los respectivos Ayuntamientos, probables encargados de velar por su cumplimiento y de establecer, en cada caso, los medios adecuados para deshacerse de materias peligrosas (el simple calor podría provocar un incendio o una explosión).

Instrucciones estas últimas, viniesen de donde viniesen, que, sospecho, se confunden o solapan, en la memoria de los testigos de la época, con otras disposiciones, quizá cláusulas de los contratos de distribución, destinadas a inutilizar para la proyección (a ser posible, en sus latas) aquellas películas –fundamentalmente extranjeras, pues las nacionales no tenían límite– cuya licencia de exhibición hubiera terminado, y cuya explotación sería, a partir de ese momento, indebida e ilícita, ya que no tendría mucho sentido devolver al país de origen (con el coste que suponía hacerlo) las copias en mal estado. Creo que de ahí procede esa imagen bárbara y pavorosa, desde luego nada civilizada ni culta, de que había que dar hachazos a las películas, y que, junto a destinos alternativos tan poco gloriosos como la idea de que las obras maestras del cine –Amanecer, Nanuk el esquimal, El séptimo cielo– terminaran convertidas en peines, llena de justa indignación retrospectiva a los cinéfilos y ha servido de coartada a muchos salvadores incumplimientos de las normas y a algunas prácticas cercanas a la apropiación indebida o la piratería.

También en el terreno de la creación cinematográfica y de la vuelta a una cierta normalidad política acababan de producirse novedades que "cuadran" –aun si nada tuvieron que ver, en realidad– con el paso que supone la creación de una Filmoteca. Como se sabe, precisamente en 1951 debutan o consiguen llamar la atención varios directores con ambición renovadora y pretensiones artísticas, o logran cierto éxito de crítica otros cineastas más o menos principiantes, o al menos en los comienzos de su carrera (Antonio del Amo, José Antonio Nieves-Conde, Manuel Mur Oti, etc.), que dan pie a la sensación de que corren aires nuevos, influidos por el neorrealismo (al menos por su noticia, ya que también datan de 1951 las famosas proyecciones en el Istituto Italiano de algunas de esas obras, no estrenadas comercialmente). En ese mismo año Juan Antonio Bardem y Luis García Berlanga ruedan conjuntamente Esa pareja feliz (no estrenada hasta 1953), primer paso en una dirección que prolongarían después tanto el propio Berlanga y el principal intérprete de la película, Fernando Fernán-Gómez, en su faceta paralela de director, como el italiano Marco Ferreri, en sus primeras obras, que fueron las primeras escritas por Rafael Azcona; 1951 es también el año en que hacen películas destacadas no sólo Nieves-Conde (Surcos) o Mur Oti (Cielo negro), suscitando esperanzas que duran, en general, hasta 1956, sino algunos de los cineastas ya "consagrados", en general trabajando para Cifesa, que realizan producciones "históricas" de considerable presupuesto e impacto (Locura de amor, de Juan de Orduña). Puede decirse que, desde varios puntos de vista, se están haciendo en España películas que –más allá de la propaganda y el triunfalismo– no resulta ridículo o irrisorio pretender preservar para el futuro.

Y no hay que olvidar, como precedente en el terreno de las infraestructuras y las instituciones cinematográficas, la creación, a partir de 1947, del Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas, que luego se convertiría en Escuela Oficial de Cinematografía, y que siempre mantuvo una lógica relación con la Filmoteca, tanto personal (también la dirigió Fernández Cuenca) como funcional (las películas que conserva un archivo son como los "libros de texto" de una escuela de cine) y física (compartieron sede, y luego la Filmoteca ocupó los locales de la extinta Escuela en la Dehesa de la Villa); o, en 1951, del Festival Internacional de Cine de San Sebastián (de nuevo, en algún momento, encomendado a los cuidados de Fernández Cuenca), con el que muy pronto colaboró la Filmoteca, como sigue haciéndolo al día de hoy.

También en lo político habían vuelto por entonces algunas aguas a su cauce. El Tratado con Estados Unidos, la firma del Concordato, el regreso de los embajadores extranjeros, fueron poniendo fin a la época de mayor aislamiento que ha sufrido el país, y acotando a terrenos más aceptables y razonables la tentación autárquica y el rechazo de todo lo extranjero, con lo que deja de ser mal visto imitar alguna iniciativa foránea, como podría considerarse la idea misma de crear una cinemateca.

Desgraciadamente, la efectividad de la Filmoteca durante sus primeros años de existencia es extremadamente reducida, por no decir que simbólica y limitada a poner las primeras piedras de su colección, sin apenas sitio para almacenarlas, de modo que es poco lo que puede hacer en la práctica para impedir la desaparición y destrucción de muchas películas, que se sigue produciendo, en dosis considerables, aunque escalonada e irregularmente, hasta 1973, sin que en esos veinte años disponga todavía la Filmoteca de los medios, las instalaciones y el personal que le permitirían cumplir verdaderamente la misión que, puramente sobre el papel, se le ha encomendado.

Naturalmente, se conservaron o duplicaron películas destacadas o material documental de indudable valor histórico, y se inició una colección de títulos, muy modesta y a menudo con copias ya en muy mal estado o mutiladas, casi siempre censuradas, y mayoritariamente dobladas en el caso de las extranjeras, que además se fueron deteriorando con el uso, sobre todo al prestarse –en algún periodo sin las debidas precauciones y restricciones– a los cine-clubs (que también por esa época habían empezado a rebrotar, y que en los años 60 cobrarían una gran importancia) y a otras instituciones más interesadas por la proyección que por la conservación de las películas. También se sacaron contratipos de parte de los nitratos que iban a ser destruidos, en general sin poder repararlos ni siquiera limpiarlos previamente, pero al menos salvando las películas de la desaparición total.

Hay que tener en cuenta que la labor de una cinemateca es lenta y poco visible, y que en la fase constitutiva es casi imposible obtener resultados palpables ni crecer a un ritmo muy rápido. De hecho, toda cesión de material un poco voluminosa lo que hacía era aumentar la acumulación de tareas pendientes, ya agobiante, cuando todavía no existía ni siquiera una rutina mecánica de actuación ni estaban establecidos los procedimientos más elementales, que se iban diseñando y corrigiendo sobre la marcha, rectificando los descuidos o los errores. La falta de espacio, de instalaciones pensadas "ex profeso" para ese cometido, de talleres, no digamos de laboratorios, durante mucho tiempo hasta de moviolas, de personal y de presupuesto impedían copiar los métodos ajenos y obligaban a buscar fórmulas provisionales –a veces de larga vigencia– que sirvieran como sucedáneos.

Era más fácil y más barato, en el fondo, empezar a realizar conatos de programación, aunque al principio fueran ocasionales, discontinuos y nada sistemáticos, y establecer los principios de una colaboración –siquiera esporádica– con algunos festivales de cine –como, además del de San Sebastián, el de Valladolid–, y hasta acometer un modesto plan de publicaciones (en general, folletos o "programas" redactados por el mismo Fernández Cuenca y asociados a ciclos o conmemoraciones) que lanzarse de lleno a la recuperación masiva de copias –ni habría dónde guardarlas–, no digamos para proceder a su minuciosa investigación y catalogación, y menos aún para establecer un plan de restauraciones, ni siquiera con la única opción de encargar los trabajos técnicos imprescindibles a un laboratorio, pues casi nunca se contaba con fondos suficientes. Además, la vertiente de difusión y colaboración tenía la ventaja de favorecer los contactos y las buenas relaciones, de crear imagen y permitir hacer acto de presencia, lo cual, en vista de la situación, era una política oportuna por parte de una Filmoteca que intenta abrirse camino con grandes dificultades y preocupada por consolidarse como algo permanente.

En 1964 se produce una revisión legislativa del incierto y vago estatuto de la Filmoteca, aunque la verdad es que el Decreto del 20 de marzo de ese año poco mejora sus condiciones reales de funcionamiento; las novedades principales de este texto legal son, sobre todo vistas hoy, muy poco presentables, por lo que representan de intromisión ideológica y partidista, totalmente incompatible con las funciones de una cinemateca y con la autonomía que exigen a sus miembros los Estatutos de la FIAF: se le atribuye como misión adicional específica conservar y recopilar toda la documentación fílmica referida a la llamada Cruzada de Liberación y (no olvidemos que ese año se conmemoraban los 25 años de Paz y que la Filmoteca dependía precisamente del Ministerio de Información y Turismo, encargado de los fastos) la Paz de España, es decir, prácticamente el cine español de 1936 a 1964 (olvidando una vez más el casi perdido periodo mudo, y de paso los años de la II República, que comprende los albores del sonoro).

Sin embargo, si nos desentendemos de la retórica sectaria y de la finalidad oportunista que la inspiraba, esa nueva misión –que adquiría un cierto carácter prioritario o preferente, por su insistente mención y por su carácter de novedad– quizá fuese un nuevo y solapado logro de Fernández Cuenca, ya que, quizá jugando con la posible idea de que alguien pudiese emplear ese material en recopilaciones de propaganda del régimen, daba base legal a la conservación y colección, como un "cuerpo temático-cronológico", de toda la documentación fílmica existente –de cualquiera de los bandos contendientes– acerca de la Guerra Civil, sin excluir las obras de ficción rodadas durante esos años y desde el cese de las hostilidades, tarea de salvaguardia históricamente trascendental que, además, tuvo que ver años más tarde con la adjudicación a la Filmoteca de la custodia de los fondos de No-Do, y que tal vez permitió salvar de alguna tentación destructiva el material que el régimen veía como "enemigo" y, por ende, "falseador" y difamatorio de la "Cruzada".

Esta asignación sirvió también de plataforma para que la Filmoteca, con el fin de preservar y duplicar ese material, y acrecentarlo con el muy importante existente en el extranjero, empezase a poder obtener fondos adicionales, aunque siguiese en precario la financiación de sus restantes y más bien intermitentes actividades habituales.

La mayor o menor "proyección pública" de la Filmoteca dependió, desde el primer momento en que la hubo, de sus sesiones de exhibición de películas, que fueron durante mucho tiempo más bien excepcionales y francamente escasas, y casi siempre en locales prestados o alquilados. Estas proyecciones cambiaban de sede casi cada temporada, recorriendo Madrid de un extremo a otro, hasta que –hacia 1983– se firmó un acuerdo con el Ayuntamiento de Madrid para la cesión del antiguo cine Doré, en la calle de Santa Isabel, que, una vez restaurado y acondicionado, se convirtió, desde su inauguración a comienzos de 1989, en el primer local estable de proyecciones destinadas al público de la Filmoteca, dotado con dos salas (ampliables a tres durante parte del verano).

Hay que reconocer que la programación, desde algunos memorables ciclos sueltos en los años 60, que permitieron conocer parte de la filmografía de Mizoguchi y algunas muestras de la Nouvelle Vague, o –aunque fuese sin subtítulos ni traducción alguna– la obra de Murnau, de Dovjenko o de Pabst, y sobre todo a partir de los 70, ha sido el punto fuerte de la Filmoteca Española, que en pocos años mejoró y se intensificó hasta llegar a no tener mucho (incluso nada) que envidiar a las mejores cinematecas del mundo, y en ocasiones realizando una labor pionera de revisión y de difusión de obras olvidadas, desconocidas por las nuevas generaciones, que no se estrenaban comercialmente o que la censura no autorizaba para su exhibición pública, y supliendo, durante muchos años, la ausencia de una Escuela de Cine en el terreno de la formación de futuros cineastas. La sistemática organización –a veces en colaboración con festivales– de ambiciosos y muy completos ciclos retrospectivos, y las sucesivas mejoras introducidas en las condiciones de visión y audición (sobre todo al introducir, primero, la traducción simultánea y, sobre todo, más tarde, el subtitulado electrónico; o el acompañamiento musical en algunas proyecciones de cine mudo) han permitido que sea, desde hace ya muchos años, una de las filmotecas con mayor número de sesiones a lo largo de todo el año y con mayor promedio de espectadores por película.

Además de su eficaz difusión de la cultura cinematográfica en general, y su capacidad para convertir sus salas sucesivas –y más aún el Doré– en puntos de encuentro de los aficionados al cine, a menudo con la presencia de cineastas o de responsables de otros archivos fílmicos, estos ciclos han tendido a impulsar la actividad editorial de la propia Filmoteca, con una colección de libros con la que pocas instituciones de este tipo pueden rivalizar, y una política paralela de coediciones que también ha ayudado a promover la investigación sobre el cine nacional, tarea a la que siempre ha prestado la Filmoteca un apoyo decisivo a través de la Biblioteca, la Fototeca y todos sus fondos de documentación, además de la colaboración de sus empleados.

El punto más crítico de las funciones de la Filmoteca –ya que los departamentos de consulta y apoyo, o los encargados de la colaboración con otras instituciones y la asistencia a los investigadores se han ido, poco a poco, ampliando y perfeccionando, y hasta el Museo, sin almacén ni dónde exhibirlas, ha ido adquiriendo y catalogando piezas de colección– sigue siendo, como era de temer y las insuficiencias de partida hacían previsible, la labor de conservación de material cinematográfico en sentido amplio.

En primer lugar, es difícil acrecentar una colección de películas si no hay espacio suficiente y en condiciones técnicas para almacenarlo y para conseguir depósitos y donaciones; incluso la propia responsabilidad de sus directivos supone un freno a cualquier intento sistemático, ya que no se puede insistir, por ejemplo, a un laboratorio o a un productor para que deposite sus negativos en la Filmoteca mientras no se reúnen las condiciones de seguridad requeridas. Además, muchas veces los procedimientos administrativos y las restricciones presupuestarias han impedido la adquisición de películas o el tiraje de nuevas copias. La falta de un laboratorio y de técnicos adecuados impidió, durante muchos años, que se acometiesen labores de restauración que, por otra parte, era cada vez más difícil, oneroso e inseguro encomendar a empresas comerciales, acostumbradas a procedimientos más expeditivos, estandardizados y económicos que los exigidos por la restauración de una vieja película en blanco y negro.

La falta de personal suficiente y adecuadamente preparado bloquea, de hecho, hasta las tentativas de catalogación e inventario, que son en muchos casos el primer paso para decidir la necesidad, la urgencia y el alcance de una restauración, y la mejor vía para recuperar una película, aunque lo cierto es que este problema afecta incluso a la catalogación de libros, documentación y otros objetos relacionados con el cine, que es menos difícil conseguir, que requieren menos elaboradas instalaciones para su conservación y que ocupan menos volumen que las películas. Pero difícilmente se puede poner orden donde no hay espacio, ni se puede mantener al día un archivo de ningún tipo si el ritmo de entradas supera el de catalogación y, para colmo, se parte ya de una grave acumulación de material pendiente de revisión y análisis. Cada logro, cada hallazgo, cada depósito importante se convierte en fuente de problemas añadidos, y puede suponer un colapso.

Pero, desde su misma creación, la Filmoteca ha tenido ahí un cuello de botella de difícil solución, debido a la inexistencia de una plantilla razonable, a la medida del volumen de trabajo y con los conocimientos, la experiencia o la formación precisas para llevarlo a cabo, que, naturalmente, no estaban a disposición de los funcionarios ministeriales. La reconversión y cualificación de algunos de ellos ha requerido, además de buena voluntad y paciencia, mucho tiempo.

Con un carácter artesanal –y hay que tener presente que la misma naturaleza del trabajo exige calma, minuciosidad, atención y cuidado, es decir, tiempo–, desde hace unos veinte años se han ido realizando, a menudo –es cierto– muy lentamente, algunas restauraciones, siempre menos de las deseables, y a un ritmo menos ágil del que se podría conseguir si se contase con equipos técnicos y humanos adecuados, al menos en los casos de reparaciones menos complejas. Por eso hay que reconocer que la actividad central de la Filmoteca, la que justifica su existencia, es la que menos satisfactoriamente se ha desempeñado y, todavía, la que con más dificultad se puede llevar a cabo. Una vez que se consiga, como ahora parece nuevamente posible –y esperemos que no se frustre, una vez más, esa esperanza–, un local propio suficientemente amplio, razonablemente situado, debidamente climatizado y con espacios acondicionados para la conservación con garantías de los diversos tipos de material, podrá reemprenderse con nuevo ímpetu la tarea de recopilación de películas, todavía dispersas en depósitos y laboratorios que no siempre reúnen los requisitos mínimos de seguridad. Pero poco se habrá adelantado si para entonces la Filmoteca no consigue disponer de un personal –que no se improvisa de la noche a la mañana, y que hoy es todavía muy insuficiente– para proceder a su inmediata catalogación, revisión y evaluación, paso previo indispensable para establecer un plan racional de restauración; proceso este que, a su vez, requeriría igualmente más personal, de otro tipo y tampoco disponible y listo para contratar, y la dotación presupuestaria precisa, con garantías de continuidad, para empezar a intentar recuperar, al menos en parte, el tiempo perdido, en un terreno en el que cada día que pasa supone un riesgo adicional, una mayor dificultad y un coste superior.

Gran parte del cine mudo español y una porción nada desdeñable del sonoro parecen perdidos irremediablemente. Con independencia de una búsqueda sistemática que pudiera o no dar algún fruto inesperado, y de los hallazgos que puedan producirse durante el proceso de catalogación y revisión de materiales, hay en el cine del periodo supuestamente conservado lagunas suficientes como para que sea urgente acometer un plan de rescate acelerado y muy vasto, que obviamente no podrá llevarse a término con solvencia ni con la premura deseable sin los medios indispensables para ello, tanto económicos y técnicos como, sobre todo, humanos, ni sin una planificación coordinada de las investigaciones y la colaboración decidida de las filmotecas de las Comunidades Autónomas.

Rastreando las huellas legislativas de la evolución de la Filmoteca, en un vano intento de encontrar algo que, por ser fundamentalmente una omisión, probablemente es inhallable, surge un caso bien curioso: la creación, en 1954, y mediante una Orden del Ministerio de Educación Nacional, prácticamente calcada del Decreto fundacional de la Filmoteca, de una Cinemateca Educativa Nacional, que se desarrolla muy rápidamente y con gran detalle organizativo y departamental, como nunca la Filmoteca (ni siquiera en el Decreto del 20 de marzo de 1964, ni en el de 17 de noviembre de 1970), y a la que se asignan, tal vez por inspirarse demasiado literalmente en el Decreto del año anterior, funciones quizá excesivas para el objetivo que se le asigna y se le puede presuponer, y casi paralelas a las de la Filmoteca Nacional creada y enmarcada siempre en el Ministerio de Información y Turismo o los que asumieron posteriormente sus competencias. Que hoy ambos ministerios se hayan unificado en el actual Ministerio de Educación, Cultura y Deportes habría facilitado, de no haberse logrado ya con anterioridad, la incorporación a los archivos de la Filmoteca de los fondos de esa Cinemateca, cuyo objeto –suministrar material fílmico o gráfico de posible uso cultural y didáctico a las escuelas, universidades laborales y demás centros docentes dependientes del Ministerio de Educación–, aparentemente limitado, aunque lo bastante difuso para cobrar las dimensiones que se le quisieran asignar, contrasta con los departamentos en que se estructura, que incluyen un taller y operaciones tan específicas como el repaso de copias, todo mucho más preciso y minucioso que en lo que respecta a la Filmoteca Nacional, y quién sabe si presupuestaria y administrativamente mejor dotado, ni si con una cobertura inmediata de su plantilla con funcionarios del Ministerio, que contrasta con el insuficiente desarrollo de la Filmoteca Nacional, sin omitir la posibilidad, no desdeñable, de que Fernández Cuenca, muy ocupado, ya pluriempleado y tal vez lego en procedimientos administrativos y alérgico a la burocracia, no diese nunca los pasos requeridos para dotar realmente de contenido la Filmoteca y crear su plantilla y su organización interna, con lo que, lógicamente, permanecería marginada e incompleta durante mucho tiempo.

Entre 1953 y 1963 la actividad de la Filmoteca es sumamente escasa, intermitente y circunscrita a organizar algunas proyecciones sueltas y sin continuidad, elaborar varios folletos y poner los fundamentos de su colección de películas, quizá aceptando algunas donaciones de objetos y documentos, de libros y revistas y algún depósito de distribuidoras deseosas de hacerse un hueco en el almacén. Es posible, aunque no visible, que se procediese lentamente a su organización interna, a la elaboración de una estrategia de futuro, y que fuera preciso dedicar mucho tiempo y atención a negociaciones a menudo infructuosas, a peticiones a la superioridad que no siempre fueron atendidas, a tratar de encontrar apoyos.

Poco más visible es el funcionamiento de la Filmoteca, sin embargo ya bastante regular, y con mayor eco entre los aficionados, durante el decenio siguiente, que sin embargo es probablemente un momento de consolidación, y en el que tienen lugar algunas adquisiciones. Es a partir del momento en que se hace cargo Florentino Soria de la dirección de hecho, y entran en la Filmoteca algunos de sus actuales responsables, cuando se produce realmente un considerable aumento de la actividad, tanto nacional como internacional, y, aunque fundamentalmente perceptible, llamativa y meritoria en el ámbito de la programación y, secundariamente, en el de las publicaciones, se van organizando ya los primeros intercambios, tirajes de copias y búsquedas de películas perdidas, fomentando los depósitos e iniciando una política más activa de recuperación de material. Es, además, el periodo en el que, pese a muchas críticas y polémicas, se va consolidando la reputación de la Filmoteca como una institución útil y cada vez más apreciada, siquiera por parte de los cinéfilos, y un bastión importante de la cultura cinematográfica, aunque haya que lamentar la indiferencia de una parte de la industria, a veces convertida en resistencia a la entrega de unas copias que a menudo fueron, destruidos los negativos, su única posibilidad de recuperar las películas.

Pero lo cierto es que la actividad de la Filmoteca se multiplica y se diversifica espectacularmente a partir de 1973, y todavía más desde la reinstauración de la democracia; los gobiernos de UCD y el primero del PSOE muestran más interés del habitual por la idea de conservar y difundir el patrimonio. Por eso, a partir de 1983, y ya desde entonces con mayor orden y con una cierta regularidad y un progresivo aumento de su presencia pública, de su proyección internacional y de los trabajos relacionados con la recuperación y restauración patrimonial, así como de establecer canales de cooperación con el mundo académico y los investigadores y con las instituciones equivalentes de la Unión Europea, desde el ingreso en la misma de España. Aunque el carácter y las habilidades de sus sucesivos responsables hayan tenido, como es natural, alguna influencia en el estilo, las áreas y las naturalezas de su desarrollo ulterior, lo cierto es que, por mucho que se planee y se ponga entusiasmo, poco puede hacerse en la práctica sin el apoyo y el interés de los respectivos Directores Generales y de los Ministros correspondientes, que son los únicos con capacidad suficiente para movilizar recursos económicos, tomar determinadas decisiones cruciales, aprobar proyectos y tratar de regularizar la situación de la Filmoteca. Poco a poco, cada uno de los equipos que han estado al frente de la Filmoteca ha ido aportando su granito o su montón de arena, tanto en función de los problemas más acuciantes que se hayan encontrado como del tiempo de que han dispuesto para acometer la tarea e intentar realizar sus ideas, y también de acuerdo con cuáles de las múltiples habilidades que el cargo idealmente requiere –y que es difícil que reúna una sola persona– haya tenido en mayor medida cada uno de los directores; a algunos se les habrá dado mejor la labor de relaciones públicas, de buscar el apoyo ministerial, de establecer lazos con la industria, de intensificar la colaboración con otras filmotecas, a otros la reorganización interna, o las tareas de programación; es posible que el periodo en que la Filmoteca contó con un Presidente (el director Luis García Berlanga) que asumió funciones de representación y aprovechó sus contactos y relaciones para obtener ventajas y negociar apoyos permitiera liberar al Director de esas cargas y permitir que se concentrase en una gestión que es complicada y recargada. También parece importante que una institución de este tipo goce de la suficiente autonomía y tenga un estatuto claro y adecuado a la complejidad y variedad de sus funciones.

Muchas son aún las carencias y las limitaciones, es ingente la tarea que queda por hacer y mucho lo que sería preciso poner al día, y también lo que aún está pendiente de acometer, a la espera de contar por fin con las instalaciones necesarias, pero lo cierto es que, tras 20 años de vida latente y casi vegetativa o subterránea, y diez de reorganización, configuración y lanzamiento de un nuevo proyecto, la Filmoteca Española lleva ya más de veinte años –sobre todo, desde 1989– desarrollando con regularidad una labor que sobrepasa sus medios y sus efectivos, y que requiere, para alcanzar su pleno desarrollo y no temer estancarse ni sufrir retrocesos, la puesta al día de su estructura y estatutos, la dotación de plantilla fija y de medios permanentes y los locales acondicionados que permitirán, por fin, que cumpla con plena eficacia su misión primordial de recopilación y preservación del patrimonio cinematográfico.

Publicado en “El cine español en los años 50, 50 años de la Filmoteca Española”. Madrid : Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, junio de 2003.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

La Muette (Claude Chabrol) [Paris vu par…, 1965]

Chabrol es, con Pollet (aunque de forma muy diferente), el único de los directores de Paris vu par... que explota a fondo las características sociales del distrito parisiense en el que tiene lugar la acción de su episodio. La Muette, rodado en 1965, toma su nombre de un barrio burgués y elegante de la capital francesa. En consecuencia, Chabrol ha escogido como protagonista a una familia burguesa, compuesta por un matrimonio (Claude Chabrol y su esposa en la vida real, Stéphane Audran), su hijo (Gilles Chusseau) y la criada (Dinah Saril), sobre la que Chabrol se ha complacido en volcar su humor ácido y sarcástico y a la que ha contemplado desde un punto de vista cercano al de Billy Wilder: a través de una lupa que aumenta caricaturescamente lo mucho que hay de ruin y viciado en sus personajes.

Con estos elementos, Chabrol ha construido un film muy sencillo y claro, estructurado en breves escenas descriptivas de la vida burguesa, que se repiten con diversas variantes una y otra vez: regreso del niño del colegio, su madre hablando por teléfono sobre cosméticos, la familia (en especial Chabrol) comiendo vorazmente mientras hablan de temas tópicos y banales y el niño contempla alternativamente a cada uno de sus progenitores como en un juego de ping-pong, agrias discusiones conyugales (cuyos ecos llegan al niño, encerrado en su cuarto y aburriéndose en compañía de su perro), los flirteos del padre con la criada, nuevas discusiones (por celos, por dinero), de una forma que recuerda el prólogo y el epílogo del Tartufo (Tartüff, 1925) de Murnau y que aúna la mirada lúcida y despectiva de Fritz Lang con la sátira corrosiva de Lubitsch y Wilder, sin olvidar un desenlace mortal que recuerda a Hitchcock (Psicosis) y a Bellocchio (I pugni in tasca): el niño, que se ha puesto tapones en los oídos para no soportar las sórdidas disputas de sus padres ni sus banales hipocresías, se va al colegio sin enterarse de que su madre agoniza dando alaridos al pie de la escalera por la que, en su afán de insultar al amo de la casa (que se ha ido al trabajo), ha caído rodando.

Este episodio, quizá el más "clásico" del film, reposa casi por entero en una excelente dirección de actores, especialmente a cargo del propio Chabrol, que hace un burgués truculento a base de muecas y de una caracterización muy divertida: peinado con raya en medio, con gestos de malvado y masticando y engullendo con la mayor grosería y glotonería imaginables, en medio de un decorado lujoso y de falso "buen gusto".

De esta forma, Chabrol añade un retablo más a su ya larga colección, y se revela como el más lúcido y despiadado pintor de la burguesía de la Francia gaullista, que lleva analizando desde 1958 (Les Cousins, Los primos) en todos sus aspectos: fascismo más o menos latente, hipocresía, vulgaridad, avaricia, mediocridad e inmovilismo.

En Nuestro Cine nº 91 (noviembre de 1969)

lunes, 7 de septiembre de 2026

The Serpent's Egg (Ingmar Bergman, 1977)

La primera película no sueca de Bergman, rodada en inglés en Alemania (a donde se exilió varios años perseguido por el Fisco), con un par de actores norteamericanos (David Carradine y James Whitmore) y presentada por el italiano cosmopolita Dino De Laurentiis, se dedica a explorar los estados de ánimo y los conflictos sociales de una serie de personajes marginales en los años caóticos y decadentes de la república de Weimar, sumida en la Depresión y presa de los movimientos iniciales de los nazis para irse haciendo con el poder. Es, teóricamente, la película más "política" de Bergman, aunque no se refiera a una situación actual, sino -esta vez- difusamente histórica (más de cuarenta años, pero con una clara imprecisión en la datación, tan pronto parecen los años 20 como los 30), como otras veces ha situado la acción en diversos futuros, siempre indeterminados -en Sånt händer inte här (Esto no puede ocurrir aquí), en Tystnaden (El silencio), en Skammen (La vergüenza)- y tal vez no muy lejanos. En todas ellas reina (ya o todavía) un difuso y ominoso clima prebélico o policial, con movimiento de tropas o tanques por las calles, máscaras antigás, atentados, tiroteos, palizas y manifestaciones.

En El huevo de la serpiente es más notable la sensación de hambre, derroche y corrupción que en las otras películas de Bergman no intimistas o que, aún centradas en un microcosmos aislado (la isla de Farö de Skammen), sufren intrusiones de la amenaza o la crisis circundante: hay escasez, se oyen disparos o se ven estelas de reactores, movimientos que siempre resultan inquietantes y amenazadores, aunque no llegue a producirse un estallido revolucionario ni una declaración de guerra. Pero llegan ecos, rumores de guerra, inseguridad, desorden.

Narrativamente, quizá sea la película de Bergman más cercana al cine comercial y a sus modelos predominantes, que son los del cine americano, razón por la que decepcionó a algunos de sus admiradores, por considerarla una concesión y una vulgarización de su estilo habitual, aunque esto es bastante relativo, ya que se trajo al operador habitual suyo desde muchos años antes, el excelente Sven Nykvist, y a Liv Ullmann, y fichó a los mejores técnicos y actores locales. Hay que destacar los magníficos decorados, que revelan la admiración de Bergman por el cine alemán mudo y del comienzo del sonoro. Por otra parte, lo que revela es la adaptabilidad y flexibilidad de Bergman, y que no se dejó atrapar por un estilo rígido y reconocible desde el primer fotograma, cerrado a toda influencia, evolución o innovación, como les ha ocurrido a algunos otros cineastas célebres, convertidos en prisioneros de su propia imagen, de la que si se apartaban podían ser acusados de eclecticismo y falta de constancia, o hasta de incoherencia, y si no cambiaban se les reprochaba que se repitieran o que se hubieran hecho previsibles.

Es precisamente uno de los grandes méritos de Bergman el haber conseguido, a lo largo de casi sesenta años de carrera, mantener una indudable continuidad temática y estilística al tiempo que evolucionaba constantemente, y en varias direcciones, desarrollando diversos aspectos de su cine, y explorando a fondo rasgos que inicialmente no eran dominantes, sino tal vez hallazgos casuales o accidentales. Piénsese, por ejemplo, en la depuración y progresiva precisión de sus encuadres, la esencialización de la iluminación, la importancia y el tamaño de los primeros planos, el paso de un montaje más suave a uno que podría calificarse de cortante, la creciente sobriedad de sus escenas, la aminorada presencia del decorado, el muy cambiante uso de la música y el sonido, el menguante empleo de fundidos, la frecuencia cada vez mayor de las elipsis narrativas y de las omisiones.

Hay otros elementos que, ubicados ahora en Alemania y en los años 20, tienen antecedentes en otras películas anteriores de Bergman, o suponen trasposiciones no exactas pero aproximadas: el ambiente circense de Gycklarnas afton (Noche de circo), por ejemplo, se encuentra aquí en los más bien sórdidos cabarets. Y las relaciones un tanto ambiguas y desordenadas entre David Carradine y Liv Ullmann -que es la viuda de su hermano- sí son típicas de las películas de Bergman de cualquiera de las décadas en que se desarrolló su actividad como director. Sin embargo, es también cierto que, aunque excelente, es un poco menos personal, por estar hecha en circunstancias de excepción, sin el grado de control y libertad usual. Si nos hubieran dicho que era anónima, no la hubiéramos reconocido como indudablemente de Bergman, tal vez nos hubiera parecido, más bien, obra de un discípulo o admirador suyo, con alguna influencia de Bergman, que seguramente atribuiríamos a la presencia de Liv Ullmann, para colmo fotografiada por Nykvist. Pero podríamos haber aventurado otros posibles autores, tanto americanos, como Robert Aldrich o Richard Brooks, como alemanes, y hubiéramos dudado, en este caso, entre Rainer Werner Fassbinder, Völker Schlöndorff y Margarethe von Trotta.

En “El universo de Ingmar Bergman”. Madrid : Notorious, junio de 2018.

viernes, 4 de septiembre de 2026

Carta a Borau

Madrid, 14 de abril del 2000

Querido José Luis:

Aunque charlamos bastante el otro día, después de años de hablar muy de tarde en tarde, poco y apresuradamente, lo cierto es que de la película en sí misma apenas se trató, preocupado como estabas por su recepción; siento no haber podido darte excesivos ánimos al respecto, ni una visión más optimista del panorama en el que nos movemos, pero todavía soy incapaz de decir algo que no pienso, aunque alguna rara vez consiga callarme parte de lo que pienso. Y, además, ¿para qué hubiera servido?

Creo que poco puedes hacer ya por la película, después de haberla hecho, salvo prestarle ese apoyo de salida - necesario pero insuficiente - que supone estar "disponible" y aceptar contestar preguntas. Ni la crítica (mejor diría, "la crónica de estrenos") sirve de gran cosa, ni es seguro que quienes se ocupan de tales menesteres sepan muy bien qué decir a propósito de una película como Leo, con lo cual nada que resulte verdaderamente atractivo escribirán, si es que no llega a irritarles su incapacidad para explicarla, o su clara condición de "film de autor". Ah, si se limitaran, sin buscar frases supuestamente brillantes (chuscas misturas de metáforas desdichadas) ni justificaciones teóricas o culturales, a dar a entender que una obra es apasionante o a trasmitir al menos una curiosidad que diera ganas de verla...

Yo apostaría que todos los que presten a la pantalla un mínimo de atención la seguirán no ya sin problemas, sino sin lograr desengancharse un momento, desde el principio al final. Y que el espectador que se meta en ella saldrá satisfecho. Quizá no tanto como entusiasmado, porque no sabrá muy bien qué decir, y esa vacilación o indecisión le impedirá expresarse rotunda y claramente. El problema mayor sigue siendo conseguir que el número suficiente de personas decidan ir a ver Leo, y para colmo lo antes posible.

Las virtudes de la película me parecen claras y evidentes, y no te las voy a contar precisamente a tí, que las sabrás mejor que nadie, lo mismo que le verás algún defectillo que yo, al menos en primera visión, no he logrado encontrar; lo que dudo que muchos las tengan todavía por virtudes fundamentales. No podrán, seguramente, ser rotundos, porque la película no se da "aires" ni hace esfuerzo alguno por convencer al público de su excelencia o importancia histórica o estética. Y el desconocimiento y la falta de criterios claros impedirá a muchos percibir su superioridad con respecto a casi toda la cartelera. A mí me gusta mucho Todo sobre mi madre, porque es muy personal y se atreve a expresar muy claramente cosas bastante insólitas, muy sentidas, que suelen ocultarse; Leo me parece claramente mejor, pero ve por ahí a decirlo, y verás qué respuesta obtienes: no lo aceptaría ni uno de los que no han visto ninguna de las dos, y sospecho que ni siquiera aquellos que, en voz muy baja, casi en un susurro, declaran que a ellos no les gusta nada la película de Almodóvar. Si te fijas, hay muchos conmovidos y gratamente sorprendidos por Solas que dan por sentado que, por bien que esté, "naturalmente" carece de la importancia de Todo, y que no serán capaces de decir que les parece mejor, o en todo caso, como si fuese una limitación suya, que a ellos les "gusta" más Solas, como una muy discutible opinión subjetiva, aunque, "desde luego", sea más "importante" Todo... Y contra eso no hay nada que hacer. Así que no esperes que nadie se extasíe o lance las campanas al vuelo, por mucho que le guste o interese Leo, al menos entre los que escriben en los medios que pueden tener alguna influencia en la suerte en taquilla de la película.

Por eso creo que Leo ganará la batalla a largo plazo, en privado, entre personas que quizá no airean su opinión, y que es una película más adecuada para dos o tres cines no muy grandes que para 25 en Madrid y provincia. Pero como, en todo caso, aunque llegases a estar de acuerdo conmigo, no tienes poder para imponer un método de lanzamiento opuesto al hoy de moda, y encima tu única posibilidad económica parece que sería alcanzable únicamente con 80 copias y mucha suerte, sin que el tiempo en que se recauden 50 millones sea un factor secundario, sino de vida o muerte, el caso es que poco puedes hacer ya, una vez hecho lo fundamental, la película misma, salvo empezar la siguiente cuanto antes.

Como te dije muy de pasada anteanteayer, creo que Leo es tu mejor película. Con eso no quiero decir "mejor que las últimas", ni que la encuentre al mismo nivel que las mejores -para mí, como sabes, y en este orden, eran hasta ahora Hay que matar a B., Furtivos y La Sabina o, para ser más preciso, The Sabine, pues la versión española era poca cosa comparada con la original bilingüe-, sino nítidamente mejor. Tampoco me limito a pensar que es tu mejor trabajo de dirección, el más conciso, el más complejo, el más preciso, el más sobrio, el más controlado, sino la mejor de tus películas desde mi punto de vista de espectador (no de seguidor de tu carrera como autor cinematográfico): la más emocionante y menos sentimental, la más breve pero con información suficiente, la más misteriosa y elíptica aunque inteligible, la más exigente y crítica hacia los personajes pero también la más generosa; y siendo, en el fondo, la más escéptica (alguno diría pesimista), no es en modo alguno deprimente o desesperanzadora de tono, en parte simplemente por lo poco retórica que es.

Lo que ocurre es que una película así contrasta con todas las demás. Si en 1973 no tenías nada en común con el entorno e ibas por libre, hoy, habiendo evolucionado con el tiempo pero desde los mismos principios tanto sobre el cine como sobre los seres humanos y la vida, es decir, tras avanzar por el mismo camino, estás mucho más en desacuerdo (o en abierta discrepancia) con lo que te rodea. Eso hace que la película, sin proponerte tú que sea "diferente", sea completamente distinta de las demás. Y eso, José Luis, es peligroso, como muy bien sabes: si la gente, vagamente, se siente disconforme, puede encontrar en tu película una expresión de lo que intuye o le preocupa; si está entregada al conformismo y la satisfacción de sí misma, os verá a ti y a la película como un par de rarezas extemporáneas o inoportunas, incordiantes, y no le gustará Leo.

Creo que va a sorprender, en general. Que nadie se espera que sea como es. Eso me hace pensar que quizá se podría utilizar ese rasgo como argumento de atracción. No es descarado autobombo advertir que es una película sorprendente; avisa un poco, crea expectativas y, además, no las defraudará. Había algo semejante, si no recuerdo mal, en el lanzamiento de Furtivos (algo acerca del bosque y lo que en él sucede, por debajo o por detrás de la aparente calma, tranquilidad o normalidad). Otro elemento con el que ya nadie juega, y tú podrías hacerlo con abundante materia prima, son los personajes; creo que es una baza explotable, porque tienen mucha fuerza en Leo, son lo más importante, lo más visible y lo más oculto. Hasta la falta de explicaciones de la película da pie a "presentarlos" de antemano, muy someramente. Y quizá también, de algún modo, el escenario del drama, el polígono. Y puede que decir eso de que es una película sobre el peso o la gravitación del pasado, pero sin flashbacks, también podría ser intrigante y atractivo sin despistar, sino orientando un poco a los posibles espectadores sobre cómo ver la película.

Tampoco está mal como demostración en vivo de la plena vigencia actual del clasicismo que no se ha estancado, ni es copia o remedo del pasado, sino que se va adaptando a los temas y a la época que explora, lo mismo que fueron haciendo Hitchcock o Lang, Hawks o Ford: adaptando y desarrollando su estilo a cada época, sin que dejase de ser básicamente el mismo, y tan clásico en los 60 como en los 20.

En todo caso, como aficionado al cine, gracias por hacerla. Como amigo, te deseo suerte, y que no tardes mucho en ponerte a hacer la siguiente. Un abrazo,

Miguel Marías

* * *


Madrid, 25 de abril de 2000.

Querido Miguel:

No sé cómo explicarte el bien que me ha hecho tu carta. Y no sólo ya por cuanto dices en ella de "Leo", sino por el ánimo y la entrega que implica semejante atención.

Siempre he creído que la célebre soledad del corredor de fondo no se manifiesta durante la carrera -hay que ganar o al menos seguir adelante como sea-, sino al final, cuando el esfuerzo ha concluido y sólo se oyen, por lo regular, unos cuantos aplausos aislados.

Es el momento de preguntarse por qué y para qué se ha corrido e incluso, en el mejor de los casos, el sentido de la misma victoria. Uno recoge la impedimenta y se va despacio a las duchas, a que la alcachofa de zinc llore por él.

Creo que tienes razón en cuanto dices, sobre todo al hablar de lo difícil que resulta dirigirse al espectador de hoy, impaciente, distraído y estragado por el uso y abuso de los productos "en oferta". Quien trabaja sin edulcorantes ni colorantes, y se dedica a recoger los frutos cuando caen maduros, puede resultar tan patético como un catetillo situado a la puerta del supermercado con su cesto de manzanas.

Por otra parte, se puede saber la razón de haber hecho las cosas de una forma u otra, así o asá, pero nunca cómo han salido al final ni siquiera hasta qué punto quedaron cumplidos los propósitos del inicio.

Que entonces venga un buen amigo, de reconocido criterio y probada sinceridad como tú, dispuesto a poner orden en tamaña confusión, es algo muy difícil de pagar y por lo que uno ha de quedar en deuda a la fuerza "pa" los restos. (Yo ya lo estaba, dicho sea de paso).

Con la gratitud correspondiente, y el deseo de que vuelva a presentarse la ocasión de hablar más y con cierto sosiego, de Cine o de lo que sea, ahí va ahora un fuerte abrazo para Mary Reyes y para tí

José L.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

15 comedias sonoras de Hollywood y 15 europeas

15 COMEDIAS SONORAS DE HOLLYWOOD (por orden cronológico)

Trouble in Paradise (Un ladrón en la alcoba, 1932) de Ernest Lubitsch
Holiday (Free to Live/Unconventional Linda) (Vivir para gozar, 1937) de George Cukor
The Awful Truth (La pícara puritana, 1937) de Leo McCarey
Bringing Up Baby (La fiera de mi niña, 1938) de Howard Hawks
Four’s a Crowd (1938) de Michael Curtiz
The Philadelphia Story (Historias de Filadelfia, 1940) de George Cukor
The Lady Eve (Las tres noches de Eva, 1941) de Preston Sturges
Arsenic and Old Lace (Arsénico por compasión, 1941/44) de Frank Capra
Holy Matrimony (1943) de John M. Stahl
The Inside Story (1948) de Allan Dwan
Jet Pilot (Amor a reacción, 1950/57) de Josef von Sternberg (cl. N. Ray)
The Mating Season (Casado y con dos suegras, 1950) de Mitchell Leisen
The Quiet Man (El hombre tranquilo, 1952) de John Ford
Man’s Favorite Sport? (Su juego favorito, 1963) de Howard Hawks
Avanti! (¿Qué sucedió entre mi padre y tu madre?, 1972) de Billy Wilder

NOTA: Advierto que en lo que a veces se denomina "comedia dramática" para mí pesa más el tono dramático que la situación de comedia, y que no considero fundamentalmente como comedias -aunque tengan mucho del género- Breakfast at Tiffany’s (Desayuno con diamantes, 1961) de Blake Edwards, The Ghost and Mrs. Muir (1947), People Will Talk (1951) y The Honey Pot (Mujeres en Venecia, 1967) de Joseph L. Mankiewicz, The Trouble With Harry (Pero... ¿quién mató a Harry?, 1955) y North by Northwest (Con la muerte en los talones, 1959) de Alfred Hitchcock, Hatari! (¡Hatari!, 1961) y varias otras de Howard Hawks, Make Way For Tomorrow, Love Affair (Tú y yo, 1939), Once Upon A Honeymoon (1942) o An Affair to Remember (Tú y yo, 1957) de Leo McCarey, Angel (Ángel, 1937), The Shop Around the Corner (El bazar de las sorpresas, 1940), To Be or Not to Be (Ser o no ser, 1942) y Heaven Can Wait (El diablo dijo ¡no!, 1943) de Ernst Lubitsch, Unfinished Business (Ansia de amor, 1941) de Gregory LaCava, Rich and Famous (Ricas y famosas, 1981) o The Marrying Kind (Chica para matrimonio, 1952) de George Cukor, The Apartment (El apartamento, 1960) de Billy Wilder, Kiss Them for Me (Bésalas por mí, 1957) de Stanley Donen o It’s A Wonderful Life (¡Qué bello es vivir!, 1946), Mr. Smith Goes to Washington (Caballero sin espada, 1939) y You Can’t Take It With You (Vive como quieras, 1938) de Frank Capra, por ejemplo; al contrario que algunos, no veo nada de comedia en uno de mis melodramas favoritos, Blonde Venus (La Venus rubia, 1932) de Josef von Sternberg. Y excluyo cualquiera protagonizada por actores cómicos (de Buster Keaton y Chaplin, pasando por los hermanos Marx, a Woody Allen), salvo precisa y únicamente la de Jerry Lewis que hubiera figurado -Three on a Couch (Tres en un sofá, 1966) del propio Lewis- si hubiesen sido veinte -más no otras suyas-, porque no suelen ser comedias; considero que las "comedias musicales" pertenecen a otro género, el musical. He resistido la tentación de incluir una de las películas americanas más locas y divertidas que he visto, injustamente ignorada, porque es tan excéntrica que no sé si es la comedia el género con el que más tiene que ver: The Horn Blows at Midnight (1945) de Raoul Walsh. Y confieso que Vincente Minnelli me parece un gran director de melodramas y musicales, pero no tanto de comedias. Por último, he eliminado con todo el pesar del mundo Monkey Business (Me siento rejuvenecer, 1952), porque ya había dos de Howard Hawks, y era la que menos me desagradaba tachar.

* * *

15 COMEDIAS SONORAS EUROPEAS (por orden cronológico)

Ze soboty na nedeli / Von Samstag bis Sonntag (D'une nuit à l'autre) (Entre sábado y domingo, 1931) de Gustav Machaty
U samogo siniego moria (1935) de Boris Barnet (cl. S. Mardanov)
Bonne chance! (1935) de Sacha Guitry (cd. F. Rivers)
La vida en un hilo (1945) de Edgar Neville
Kind Hearts and Coronets (Ocho sentencias de muerte, 1948) de Robert Hamer
The Maggie (La bella Maggie, 1954) de Alexander Mackendrick
Calabuch (1956) de Luis Gª Berlanga
La Pyramide humaine (1959) de Jean Rouch
Le Déjeuner sur l'herbe (Comida en la hierba, 1959) de Jean Renoir
The Grass Is Greener (Página en blanco, 1960) de Stanley Donen
Tutti a casa (Todos a casa, 1960) de Luigi Comencini
Il sorpasso (La escapada, 1962) de Dino Risi
A Countess from Hong Kong (La condesa de Hong-Kong, 1966) de Charles Chaplin
Play Time (Playtime, 1967) de Jacques Tati
L'immorale (Demasiadas cuerdas para un violín, 1967) de Pietro Germi

Nota: Ante la sorprendente abundancia, y comprensible variedad, y tras descartar los casos más ambiguos, para llegar a 20 he dejado una película por director, lo que ha hecho desaparecer muchas de Guitry, y varias de Rohmer, Neville, Renoir, Berlanga, Tati, Risi, Germi, Comencini. Las últimas sacrificadas han sido, por "impurezas" genéricas más que por su calidad, Sonnenstrahl / Gardez le sourire (Rayo de sol, 1933) de Paul Fejös, La Verbena de la Paloma (1935) de Benito Perojo, Morena clara (1936) de Florián Rey, La vida por delante (1958) de Fernando Fernán-Gómez y Ma nuit chez Maud (Mi noche con Maud, 1969) de Éric Rohmer.

Inédito. Listas hechas a petición de Manolo Marinero (27 de agosto de 1995)

lunes, 31 de agosto de 2026

Basilio Martín Patino se retira, pero sus películas vuelven

Casi al mismo tiempo que hacía lo propio en Suiza Alain Tanner, el otrora célebre autor de La salamandra y Jonás, que tendrá 25 en el año 2000, anunciaba en Salamanca su definitiva retirada del cine Basilio Martín Patino, que figura en los libros como uno de los creadores del llamado Nuevo Cine Español, con Nueve cartas a Berta. No han sido muy numerosas las “películas” realizadas por Patino en los 37 años que van desde su primer largo, de 1965, al último, Octavia, de 2002, sin que por ello su actividad, aunque intermitente y semisubterránea, haya sufrido más interrupciones que las impuestas en un tiempo por la censura, ocasionalmente por la salud y siempre por la falta de medios y de procedimientos para financiar el cine de ambiciones culturales, sociales o políticas, que son y han sido siempre, por eso, una exigua minoría, hoy en vías de extinción. No siempre me han gustado las películas ni los inclasificables productos audiovisuales que ha generado Basilio; pero siempre me ha resultado simpática su figura, digna de respeto y hasta de encomio. Por eso lamento esta retirada, a la que tiene perfecto derecho, pero que lamentaría sirviera como ejemplo a otros no menos desanimados. Y eso sí, celebro que haya tomado esta decisión sólo cuando ha logrado recuperar casi toda su obra y volver a ponerla en circulación, porque lo cierto es que dudo que la mayoría de los jóvenes videastas, creadores audiovisuales, documentalistas, directores y críticos hoy en activo, no digamos la mayoría del público, probablemente desconocen lo que, con gran esfuerzo, ha logrado hacer, y que, en cualquier caso, constituye una obra digna de consideración y de ejemplar dignidad: Patino se habrá equivocado, pero ni se ha vendido ni ha claudicado, ni ha cometido chapuzas para ganarse la vida. Naturalmente, no habrá sido una vida de lujo y esplendor, sino de modestia y privaciones, como solían ser, hasta hace poco, las de los artistas, como lo han sido la de Robert Bresson y Carl Th. Dreyer, y lo son aún, sin duda, las de Jean-Luc Godard, Éric Rohmer, Jacques Rivette, Jean Rouch, Víctor Erice, Philippe Garrel o José Luis Guerín. Que no viven en La Moraleja o sus equivalentes ni tienen lujosos coches deportivos precisamente. Pero que no han hecho nada de lo que deban avergonzarse. Los que sí lo hacen, por lo demás, carecen de vergüenza y viven felices. El caso es que, por razones que nunca he logrado averiguar a ciencia cierta, quizá porque se hayan cruzado varios motivos, hace mucho que era casi imposible ver, ni en las televisiones ni menos aún en los cines, algunas de las mejores, más importantes o más interesantes películas de Patino. Ni se habían editado en vídeo, o hacía mucho que la que salió se había agotado. De tarde en tarde, si acaso, se podía ver Nueve cartas a Berta. Pero ni su mayor éxito, Canciones para después de una guerra, ni la que yo prefiero, Queridísimos verdugos, ni otra de las más famosas, Caudillo, estaban disponibles. No digamos las películas sobre Andalucía rodadas más recientemente –hacia 1995-1996– para la televisión de dicha autonomía, que sólo en alguna Filmoteca se han visto fuera de la región. Y no hablemos, claro, de otras películas que obtuvieron premios pero desconcertaron o demostraron ser muy poco del gusto de los espectadores, desde La fascinación del caos a Madrid u Octavia, pasando por Los paraísos perdidos y Del amor y otras soledades. Es una lástima que, por poco, lo que acaba de salir en 13 DVDs no sea su “obra completa”; creo que alguno le habríamos dado una nueva oportunidad incluso a las que nos parecieron en su tiempo menos conseguidas, más fallidas. Pero el caso es que, mientras Basilio opta por la dignidad de retirarse sin doblar la cerviz, sus películas hablarán por él, empezarán a moverse, a ser vistas, y recordarán que hasta en las peores circunstancias –peores incluso que las actuales–, si se tiene deseo y empeño, es posible hacer, incluso en este país, un cine que lo refleje y que reflexione sobre su carácter y su historia, que invente en cada ocasión el lenguaje adecuado para hacerlo y que, veinte o treinta años después, aún sea elocuente y nos muestre y diga cosas dignas de ser vistas y escuchadas. Y eso no se lo quitarán a Basilio Martín Patino.

En El Séptimo Vicio on Line. Escrito el 13 de febrero de 2004.

viernes, 28 de agosto de 2026

Citizen Kane (Orson Welles, 1941)

"¡Qué grande es el cine!" (01/01/1996)



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Lo primero que aconsejaría a los espectadores, en esta ocasión, es que se olviden del reclinatorio, y que contemplen esta película sin dejarse acomplejar por su fama, su prestigio ni su apabullante esplendor formal; que se pregunten si de verdad es tan buena como se dice, y si les parece que "no es para tanto", no se inquieten, que no pasa nada: aunque pueda considerarse como una herejía o una falta de cultura, es perfectamente comprensible y aceptable. Y si, tal como parece hoy obligado, de verdad les parece maravillosa, que traten de averiguar por qué.

Yo debo decir que, aunque me gusta mucho, la encuentro sumamente irritante: me parece descortés e ineducada, ostentosa y petulante, efectista y retorcida, y hay en ella varios de los planos más horrorosamente obvios que he visto nunca. Es más, aunque me guste, tengo siempre la sensación de que, de no ser de Orson Welles, de no llegarme precedida por su fama, podría haber llegado a detestarla, y a ponerla como un ejemplo típico de debutante con ínfulas y afán de "épater les bourgeois", ya que en algunas cosas, en algunos momentos, incluso bastantes, representa lo que menos me gusta en el cine, hasta lo que más fervientemente odio encontrarme en una película.

Esto equivale a decir que dista mucho de parecerme una obra perfecta, y mucho menos "la mejor de la Historia del Cine", como desde hace décadas parece pensar una mayoría opinante: no sólo no es la obra de su autor que prefiero, ni de lejos, sino que ni la incluiría entre las diez mejores películas americanas de 1941; y del siglo de cine que hoy podemos contemplar habrá por lo menos mil que antepondría sin la menor vacilación a Citizen Kane.

Por una vez, pues, voy a quitarle a Juan Miguel Lamet su papel favorito, y voy a actuar yo como "abogado del diablo". Aclararé que, de todos modos, y como -por lo visto, aunque yo no me lo crea mucho- a todo el mundo, me gusta mucho Citizen Kane. La prueba, más allá de las palabras, es que la he visto 20 veces, cosa que no haría, por supuesto, con una película que no me gustase, por famosa que fuera, porque, anticuado como soy, no tengo un pelo de masoquista. Pero me irrita sobremanera la "beatería" que, desde hace unos 50 años, rodea al Kane, su rápida canonización como "la mejor película de la Historia", y hasta la leyenda martirológica montada en torno a la carrera de Orson Welles, no más terrible y conflictiva que la de otros, desde Stroheim a Nicholas Ray.

Como he dicho, no es, ni de lejos, la película que más me gusta de su autor. Puesto a elegir, me quedo, en primer lugar, con Campanadas a medianoche, una de esas películas que encuentro que son más grandes que su autor, seguida inmediatamente por El cuarto mandamiento y, muy poco después, por Sed de mal. Pero también me quedo, antes que con Kane, con La dama de Shanghai, con Mr. Arkadin, y casi, si se me aprieta un poco, con Macbeth, Otelo, Una historia inmortal, pues no me parecen inferiores y me "caen" más simpáticas. Para mí, Kane sólo fue la mejor película de Welles durante un año, es decir, cuando no había hecho otro largo, ya que la siguiente, El cuarto mandamiento, ha sido mi favorita hasta que hizo Campanadas. Y Kane no fue, para mi gusto, ni siquiera una de las diez mejores películas de 1941, año bastante brillante y en el prefiero con mucho Qué verde era mi valle de Ford -ganadora del Oscar con toda justicia, y no por ningún reaccionarismo de la Academia-, pero también otras varias, de Walsh, Borzage, Cukor, Preston Sturges (2 nada menos), Grémillon, Curtiz, Sternberg, Stevens, Lang, Capra, LaCava, DeMille.... Y al mismo nivel que Kane todavía encuentro ese año un segundo Ford, un Hawks, un Vidor desconocido que se dio hace poco en este mismo programa, un Powell & Pressburger y el primer Renoir americano.

Por si fuera poco, y a guisa de justificación, se le ha colgado a esta primera película de Welles una reputación de "revolucionaria" que me parece pura leyenda, un auténtico mito, y que no entiendo cómo perdura, ya que sólo la ignorancia y el olvido pueden dar pie a tal pretensión. Lo mismo que Iván el Terrible de Eisenstein, lejos de innovar lo que hace es recopilar: al ver Kane o ese film de Eisenstein, lo único que consigo hacer, si no hago un esfuerzo tremendo de abstracción, es identificar la procedencia, remota o reciente, y en general bastante ilustre, de cada plano, cada detalle, cada sombra, cada encuadre, cada movimiento, cada gesto.

En cuanto a las "novedades" que se le atribuyen, debo precisar que no se trata de que ocasionalmente y por casualidad Murnau, Dreyer o Lang, en pleno cine mudo, y a veces Griffith, Feuillade, Stroheim o hasta Edwin S. Porter en 1903, sino que en el sonoro, en los años 30, directores como Ford, Renoir y Mizoguchi utilizaban a menudo, a veces casi sistemáticamente, la profundidad de campo, aunque, eso sí, sin forzar encuadres ni composiciones, por lo cual no llama tanto la atención tal procedimiento en Hombres intrépidos ni en La regla del juego. Algunos de estos directores empleaban también tomas muy largas, e incluso construían sus películas a base de planos secuencia, y además no necesariamente fijos. Cualquier Mizoguchi sonoro y anterior a Kane valdría para probarlo.

Y también los famosos techos -techos, por lo demás, falsos, de decorado, que no de interiores reales- podrían verse, quizá, si los mencionados cineastas no sintiesen escasísima inclinación a filmar en contrapicado, cosa que se convirtió en una de las "marcas de fábrica" de Welles, y uno de los rasgos más copiados por sus imitadores superficiales.

En cuanto a la estructura narrativa, con flashbacks sucesivos que a veces se solapan y que contradicen la versión de alguna escena que se nos ha ofrecido ya antes desde otro punto de vista, no voy a entrar en la polémica montada por Pauline Kael acerca de si fue el notable guionista Herman J. Mankiewicz -el hermano más famoso pero menos inteligente de Joseph L.- quien tuvo la idea, o si fue Welles, porque para mí es evidente que el responsable absoluto de Citizen Kane, de sus virtudes y sus defectos, es su director e intérprete principal. Y, como no he visto la muy anterior The Power and the Glory, dirigida en 1933 por William K. Howard a partir de un guión de Preston Sturges ciertamente parecido en su estructura, tampoco voy a discutirle esta supuesta primicia... a la que, por lo demás, encuentro escaso mérito, ya que como recurso literario estaba archiinventado desde hacía un montón de años. De esa construcción lo único que me importa es si es la más adecuada para relatar esa historia, la más clara e intrigante para el espectador y la que permite economizar más eficazmente el tiempo narrativo; y si de lo primero tengo algunas dudas, de lo segundo las tengo todas y de lo tercero bastantes, pues ya se sabe que la fragmentación, el desorden cronológico y las repeticiones parciales contribuyen a que las películas parezcan más largas de lo que son, y eso incluso cuando no entorpecen o dificultan la cabal comprensión de lo que ocurre.

Otro "mérito" de Kane parece estribar en ser la primera película de su autor, y en lo joven que era entonces Welles. Sin contarme entre la gente que, como Noël Burch, cree supersticiosamente que la primera suele ser la mejor obra de cada cineasta, sino más bien lo contrario, ya que tiendo a considerar que los artistas, por muy listos y geniales, aprenden, llegan a dominar la técnica y depuran su estilo, y que las personas, por lo general, suelen madurar, serenarse, y hacerse más sabias y modestas -aunque no siempre sea así ni el progreso continúe indefinidamente, por lo que tampoco comparto la creencia igualmente caprichosa de que la última obra tenga que ser, por fuerza, la mejor de cada director-, lo cierto es que en la historia del cine hay bastantes "óperas primas" excelentes: aparte de Welles, se me ocurren ahora Luis Buñuel, Jean Vigo, Nicholas Ray, Joseph Losey, y un montón de ausentes de este programa, como Jean-Luc Godard, Jean Rouch, André Delvaux, Jean-Marie Straub, Arthur Penn, Manoel de Oliveira, Éric Rohmer, Alain Resnais, Jacques Rivette, Maurice Pialat, Jean Eustache, Danièle Dubroux, Jerzy Skolimowski, Víctor Erice, Alain Tanner, y paro de contar, porque son legión... En cuanto a la edad de Welles, siento decir que, suponiendo que sea una virtud, es más una película primeriza que juvenil -en muchos momentos, se diría que es la obra de un viejo amargado, o de un hombre prematuramente envejecido, obsesionado por la decadencia y la muerte-, y se olvida que muchos de los "viejos cineastas" -Ford, por ejemplo- empezaron a dirigir cuando eran aún más jóvenes que Welles. Aunque, eso sí, con menos libertad para hacer lo que se les antojase, y sin llegar a Hollywood cuando eran ya celebridades por sus actividades teatrales o radiofónicas.

Para mí, es un auténtico misterio que entusiasme tanto esta película, sobre todo, que gustase muy especialmente a quienes fueron los primeros en proclamar su genialidad. Porque puedo comprender que a quien no le guste nada, en general, el cine americano, y desdeñe los géneros, y encuentre convencional y vulgar su estilo clásico, y en cambio crea que para ser "artístico" el cine tiene que ser ambicioso y estar lleno de detalles raros y llamativos, le deslumbre una película tan barroca, recargada, retorcida, poco natural y estruendosa como Kane, que parece realizada con el propósito de demostrar que su inexperto realizador era capaz de hacer cualquier cosa. Pero que subyugue y despierte vocaciones arrebatadas entre los admiradores de, por ejemplo, Howard Hawks, la verdad, es algo que me asombra. Porque Kane representa -y no otras películas de Welles menos famosas, desde la siguiente, cuando ya no tenía que "probar" nada- la antítesis de lo que admiramos en el cine americano clásico, concepto lo bastante amplio para admitir en sus fronteras a Hitchcock y Raoul Walsh, a Ford y Hawks, a McCarey y Henry King, a King Vidor y a Borzage, a Wellman y Tod Browning, a DeMille y Chaplin, a Keaton y Capra, y en el que ciertamente ocupa un puesto destacado The Magnificent Ambersons, pero muy difícilmente cabe incluir como si tal cosa una película tan poco transparente, tan deliberadamente complicada y tenebrista, tan presuntuosa y chillona, tan llena de efectos, como Citizen Kane.

En última instancia, mucho me temo que hoy es casi imposible recuperar la sensación de sorpresa y novedad que pudo producir en 1941, o en 1945 en Europa, esta película, porque nos llega ya con su reputación a cuestas, con la abrumadora fama de ser la elegida una y otra vez, durante muchos años ya, como la mejor de la Historia del Cine.

Esto sucedía ya en 1966, cuando por fin se estrenó en España y por fin conseguí verla por primera vez. No es preciso que lo explique para imaginar la impaciencia con la que, el día de su estreno, esperé su primera sesión: por fin iba a cubrir una laguna que resultaba escandalosa, hiriente prueba de la ignorancia y del aislamiento y atraso en que vivíamos en este país; además, por fuerza tenía que ser magnífica, porque conocía ya, creo, todas las demás películas que para entonces había rodado Welles, y era Kane la que casi todo el mundo consideraba su obra maestra. Había leído páginas y páginas sobre ella; incluso, a falta de la propia película, me sabía de memoria el guión publicado por Film Ideal en Temas de Cine, y, siempre aficionado a la versión original, lo había leído también en inglés.

Debo confesar que, pese a mi admiración por Welles, a las enormes esperanzas que tenía en ella, y a pesar de tratarse de una obra indudablemente muy personal, y que proclama ostentosamente no ya su importancia sino su condición de Arte -con mayúsculas, por favor-, salí un poco decepcionado, mosqueado y desconcertado, con una mezcla de entusiasmo y contrariedad que no he dejado de experimentar cada una de las veces que he vuelto a ver la película -casi siempre, por suerte, ya en V.O.- en estos treinta años. La verdad, no me parecía para tanto, ni en su época ni dentro de la filmografía de Welles. Por mucho que descontase su influencia en el cine posterior, y el cuarto de siglo transcurrido para entonces desde su realización, y tratase de restituirla a su contexto histórico, no encontraba muchas novedades, y sí, en cambio, unas pretensiones que me resultaban antipáticas, un tono grandilocuente que me irritaba, una dosis de efectismo que me parecía inelegante, unos alardes de dominio técnico y una heteróclita pirotecnia formal que se me antojaban más propios de cualquier cinéfilo debutante y con ínfulas de grandeza que del genio del cine moderno, el Stroheim sonoro, el modelo -con Renoir y Rossellini- de la Nouvelle Vague: era un joven prodigio que mezclaba con habilidad pero sin mucho rigor Ford con el expresionismo, Hitchcock con Griffith, Murnau y Lang con Dreyer y los grandes del cine soviético mudo, los arabescos de Busby Berkeley y el naturalismo de Pagnol, todo ello revuelto más bien caprichosamente. La actitud de Welles me recordaba todo el rato -y sin la autoironía que luego adoptó en Fake, por ejemplo- a la del prestidigitador que saca de su chistera conejos, pañuelos y palomas, y que hace pausas muy medidas para cosechar los aplausos del público.

Pero he dicho, y es verdad, que Citizen Kane me gusta mucho. A pesar de todo lo enumerado, de un prestigio que me parece tan infundado como exagerado e inflado, y de que nadie parece atreverse a discrepar de tan rotundo, general y reiterado veredicto, reconozco que es una película excelente... pero como tantas otras de aquella época, no más. Algo fría quizá, desde luego mucho menos sutil y emocionante que El cuarto mandamiento, el caso es que Citizen Kane contiene, en sus casi dos horas de proyección, muchas imágenes imborrables, varios personajes memorables y algunos misterios en los que vale la pena tratar de ahondar.

No me extraña que Jorge Luis Borges, maestro en el arte de injuriar, titulase su temprana crítica de esta película (en el número 83 de la revista Sur, de agosto de 1941) "Un film abrumador", y que la empezase diciendo que "tiene por lo menos dos argumentos. El primero, de una imbecilidad casi banal, quiere sobornar el aplauso de los muy distraídos"... y es el que podemos resumir con el nombre del McGuffin más grande y hueco de la historia del cine: "Rosebud"... cuyo prestigio todavía hoy demuestra que abundan "los muy distraídos". Como persona bien leída, el otro argumento, que le parece más interesante y algo "kafkiano", y la forma de contarlo, evocan en Borges dos referencias: Chance, la excelente novela de Joseph Conrad, que data de 1914, es decir, un año antes de que Welles viniese al mundo, y el film de William K. Howard ya mencionado, que Borges califica de "hermoso". Termina Borges su breve y expeditiva reseña con una profecía: "Me atrevo a sospechar, sin embargo, que Citizen Kane perdurará como "perduran" ciertos films de Griffith o de Pudovkin, cuyo valor histórico nadie niega, pero que nadie se resigna a rever. Adolece de gigantismo, de pedantería, de tedio. No es inteligente, es genial: en el sentido más nocturno y más alemán de esta mala palabra."

Creo que Borges tenía bastante razón, aunque muchos sí nos resignemos a volver a ver, una y otra vez, Citizen Kane. Veinticinco años después, y treinta más tarde también, yo le encontraba ya un cierto tufillo museístico que es síntoma inequívoco de que una obra, por importante e influyente que pueda ser, ha perdido vigencia y frescura, ha entrado en la historia, pero no se mantiene viva y fresca. Les ocurre esto a algunas películas de los más grandes directores, a menudo las más famosas, como Intolerancia de Griffith, Juana de Arco de Dreyer, Metrópolis de Lang, el Potemkín de Eisenstein, y hasta, en medida algo menor, a El último de Murnau, La gran ilusión de Renoir, y La diligencia o El delator de Ford, mientras que la mayor parte de sus películas, incluso de esas mismas fechas o anteriores, permanecen enteramente libres de esa afección, de esa especie de enmohecimiento y apolillamiento, que tiene mucho que ver, creo yo, con las aspiraciones de novedad y las pretensiones de sus directores en el momento de realizarlas.

Por eso, desde la primera vez, mi momento favorito de Citizen Kane, el único que encuentro comparable a los mejores de los Ambersons, es uno muy breve y fugaz, que incluso puede pasar desapercibido: los contados fotogramas que preceden un fundido, en los que vemos al muy envejecido Jedediah Leland (Joseph Cotten) alejarse, tras mendigar una vez más al periodista que indaga acerca de Charles Foster Kane un puro de esos que las enfermeras no le dejan fumar. Siempre he sentido que estaba yéndose al tiempo que se desvanecía su imagen, que caminaba hacia su muerte, hacia la desaparición y la nada, hacia el olvido, o mejor, eso que ominosamente se llama en inglés oblivion, y que es un poco como la suma de la nada, el olvido y la eternidad.

Texto preparatorio para la intervención en ¡Qué grande es el cine! (1 de enero de 1996)