miércoles, 29 de julio de 2026

Coloquio sobre la personalidad de John Ford

Juan Cobos: ¿A qué se debe esa serie de alternancias críticas sobre la obra de John Ford, un creador que vuelve a ser muy considerado? Hace menos de un mes vi en televisiones de Nueva York películas como El gran combate o Centauros del desierto, precedidas de grandes elogios y reconociendo que no habían recibido en su estreno la alta valoración que merecían. Y es que en el caso de Ford se ha dado de todo. Recordemos el famoso y despreciativo texto de Truffaut aunque luego, con gran humildad, se sumó a los grandes admiradores, como se verá en las páginas de este número. En un texto de Todd McCarthy —autor de un gran libro, Howard Hawks. The Grey Fox of Hollywood, Grover Press, 1997— recuerda la época de los años 60 y parte de los 70 en que proyectar alguna de las películas de la "trilogía de la Caballería" —y también otros de sus films— en un campus universitario de Estados Unidos era desatar las iras de los estudiantes más metidos en la política.

Miguel Marías: Yo creo que el origen de todo está en el propio Ford, que era un tipo bastante complejo, muy contradictorio, en el que hay facetas muy mezcladas en la vida real, pero cuando hacía películas tenía de repente como un doble ojo y nos daba un lado y, al mismo tiempo, su contrapuesto. Hay un elemento dialéctico en sus películas que probablemente sus declaraciones, que no tiene muchas, o sus actitudes, por ejemplo cuando decide votar a Barry Goldwater, lo complican. Pero al mismo tiempo cuando se inicia la "caza de brujas" está censado como de izquierdas, como le pasó a Capra, pero también tenía amigos como Ward Bond que estaban en las filas de los cazadores. En todo esto seguramente había un elemento de autoprotección. Ahora, al estudiar sus papeles, se ha visto que desgravaba al fisco las ridículas cantidades que entregaba a la Asociación para la Conservación de los Ideales Americanos. Lo que entregaba era a modo testimonial porque a veces se desgravaba un dólar, como en 1971. Siempre fueron cifras ínfimas dados los ingresos que él tenía; creo que sería por presión de amigos como Ward Bond por lo que simbólicamente dejaba ese dinero. Y esto le servía en momentos difíciles para justificar que igual que había apoyado comités a favor de la causa republicana en la guerra de España, aportaba ahora algo en la campaña anticomunista.

En cuanto a las películas, sobre todo su "trilogía de la Caballería", hay que tener presente que todos nosotros hemos vivido una época en que se ideologizó muchísimo la crítica y que se juzgaba a las películas a partir de cosas muy esquemáticas. El que hacía una película sobre la policía era un facha, sin analizar lo que la película decía sobre la policía. A veces, la historia contada era muy crítica, pero su autor quedaba ya inscrito entre los sospechosos. Pasados los 70 hubo un cierto reflujo que creo que está volviendo porque en Estados Unidos, con el retorno de lo "políticamente correcto", los profesores tratan de seguir las corrientes de sus alumnos porque si no éstos no se matriculan en su curso y éste deja de darse por la falta de inscritos. Se vuelve así a actitudes similares a las que aquí tuvieron en los años 60 críticos como Antonio Eceiza o José Luis Egea frente a Ford. Pero a esto se añade el tema de las minorías; en el momento en el que le dan unos suaves azotes en el trasero a una señorita ya estamos con la etiqueta del machismo. En otras películas surge el tema de los indios, o de los negros. Por ejemplo, si éstos aparecen bien tratados se dice que la película es paternalista.

J. C.: En vuestra opinión, el arco tan amplio en el tiempo que cubre la carrera de Ford, ¿se ve influenciado por una serie de hechos históricos de enorme importancia social del siglo XX?

Miguel Rubio: Yo creo que hay varias épocas de Ford que, como dices, corresponden a una serie de evoluciones de la historia. En muy poco tiempo creo que recibe cuatro Oscars, lo cual le coloca en una situación de excesivo descubrimiento; tiene mucho prestigio, y hay una parte de la crítica que tiene mucha importancia, la de Cahiers du Cinéma, que le defiende al principio, pero luego, como ya está descubierto y no hay que defenderlo, se le deja al margen al exponer la política de los autores, que significa defender a los que no han sido defendidos. Los hombres básicos de la generación clave que es la de Godard, Truffaut, Rohmer, Rivette, no se empeñan en descubrir a Ford.

Luego, hay una cosa que es terrible y son los años de la dictadura del gusto, absolutamente ideologizada, cuando empieza la "guerra fría". Todo aquello que no esté claramente a favor del comunismo es atacado. Y esto se evidencia en Ford, un creador en el que yo no encuentro ningún rasgo reaccionario. Es más, tiene películas verdaderamente espléndidas que son claramente sociales.

Hay, eso sí, un hecho muy contestado por la intelligentzia y es que él defiende más a los militares que a los políticos. A los militares siempre los trata bien, incluso al coronel Thursday (Henry Fonda), de Fort Apache, al que trata con cierta dignidad. Pero eso es no entender a Ford.

J. C.: Además hay que tener en cuenta que ése es un ejército embrionario en Estados Unidos en comparación con la tradición militarista de muchos Estados europeos. Se trata de un ejército que lucha en condiciones pésimas, mal pagado, pero siempre de raíz popular y formado por voluntarios que se convierten en profesionales.

M. M.: El problema es que siendo al principio un ejército verdaderamente popular nunca se le ha tomado de esa manera.

M. R.: Creo que para entender a Ford hay que comprender que, a lo largo de sus películas, ese relativo elogio del ejército se debe a que en éste la norma se cumple. Cosa que no sucede en otras profesiones. Hoy en día la norma no existe. Y la norma siempre tiene una carga ideológica. No hay sociedad que exista sin norma. Cuando no hay norma, como sucede hoy en el arte plástico, reina el caos. Todo vale. Esto es lo que a mí me parece absolutamente reaccionario y contrario a la idea que se trata de dar de John Ford, que cuenta con el pasado, pero también lo hacen Rossellini, Lang, Renoir y Hawks. Cuentan que el pasado existe, que está sobre nosotros, que tenemos que asumirlo y quizás logremos sobrepasarlo. Todas las películas de Ford tratan de cómo un personaje, unos personajes, se hacen cargo de un pasado, de ese lado que tiene la sociedad de norma, de establecimiento de costumbres, y de cómo hay que vencerlo para constituir otra norma, para ensanchar esa existencia del pasado y hacerla más libre. Preguntas a alguien sobre Hawks y sobre Hitchcock y sabes lo que entiende de cine. Ahora bien, no comprendo que haya nadie que le guste, que se interese por el cine, si no entiende a John Ford.

J. C.: Jos, ¿Cómo ves tú, que has pasado años estudiando a ambos, esa aproximación que aquí se ha señalado entre Ford y Rossellini, que en ciertos ámbitos puede causar irritación?

Jos Oliver: Yo no asimilaría a Ford con Rossellini. Creo que si hay dos parejas de cineastas que representan América del Norte y Europa, en mi opinión serían Ford y Hawks y Renoir y Rossellini. Creo que Ford estaría del lado de Renoir y Hawks del de Rossellini. La inteligencia predomina en un lado, es una visión intelectual de las cosas, y en el otro lo que domina es la tradición y el sentimiento.

Ya sé que no estaréis de acuerdo, pero a mí hay muchas películas de Ford que no me gustan. Y en mi opinión creo que tiene películas militaristas, reaccionarias, o como se quieran llamar, y no sólo de las primeras. En las que hizo para televisión hay una, que no me acuerdo ahora cómo se llama, en la que hay un médico que tiene que operar a alguien pero está borracho y le tiemblan las manos y a la arenga de "Por Dios, por la patria, por el ejército" se convierte en el mejor cirujano del mundo (*). Yo creo que cosas de éstas, que son elementales, abundan en algunas películas de Ford. Lo que pasa es que, no en todas, pero sí en sus grandes películas, hay las contradicciones de un gran creador. Y hablo de las películas grandes, que lo son no porque reflejen a un autor individual, sino el mundo en que se han hecho. En este sentido a mí me parece que Ford es el que asume más de la sociedad en la que vive y es capaz de transformar sus contradicciones, tomar cosas de aquí y de allá y darnos un mundo que es más complejo, a veces incluso opuesto a sus opiniones. La primera película que a mí me gusta mucho de Ford es Las uvas de la ira, de la que se dijo que era una película marxista y es una obra que sigue siendo la conciencia social de Estados Unidos. Un director que hasta entonces ha hecho unas películas que están en otra dimensión, de repente nos ofrece un film que muestra el alma social, la conciencia del lado más progresista de su América.

M. M.: Pero aquí estamos ante un caso muy excepcional porque es casi la única película en la filmografía de Ford que trata sobre el presente. Todas las demás tratan el pasado. La otra excepción sería They Were Expendable, una película rodada al final de la guerra que trata del comienzo del conflicto, con lo que no llega a un desfase temporal de cuatro años. Todas las demás reflejan un tiempo pasado.

J. O.: A mí lo que me parece en el caso de Las uvas de la ira es que Ford está trasladando al tiempo de la Depresión americana el pasado irlandés...

J. C.: Sí, cuando la pérdida de la "cosecha de patatas", alimento vital del pueblo, produce una terrible hambruna y origina el éxodo masivo hacia América...

J. O.: En La ruta del tabaco, por ejemplo, cualquier plano de un patio, de una carretera está cargado de pasión. Y en eso, en las grandes películas, las que a mí me parece que están bien, Ford supera cualquier esquematismo ideológico.

J. C.: Creo que de los grandes, los que podríamos llamar maestros, Ford es el único que no se considera autor. Cuando uno se considera autor se construye una imagen que proyecta en su obra y deja en la intimidad todo aquello que podría dañar a su discurso. Ford no tiene esa ambición y sus contradicciones, en vez de tamizarlas, aparecen constantemente en su obra. Lo que sabemos de la vida cotidiana y familiar de Buñuel, por hablar de un creador extraordinario, casa mal con el discurso que difunden sus obras más grandes.

M. M.: En mi opinión, no hay que hacer caso de la coquetería de los autores ni de sus opiniones. Creo que Ford sí se consideraba autor. Es una pose. Todos sabemos que era una persona culta, que le encantaba leer; por ejemplo, hay que rastrear la importancia de la literatura rusa en su obra.

J. C.: No, por descontado que era un hombre muy culto. Pero me refiero a que Dudley Nichols comentaba que a la casa de Ford no acudían de visita estrellas o productores. Lo normal es que charlase allí con los eléctricos, los de atrezzo, las gentes de cámara... No buscaba el contacto que Hawks, por ejemplo, mantenía con gentes de la alta sociedad o grandes escritores.

M. M.: Si ves cinco minutos de cualquier película en seguida te das cuenta de que es de Ford. Es uno de los diez autores completos de la historia del cine...

J. C.: Jos no defiende en bloque la teoría de autor, sino que incluso los grandes tienen películas que carecen de interés...

M. R.: Sí, esa teoría se admite en la política de autor; lo que pasa es que una película fallida de Ford es más interesante que la de muchos otros directores.

M. M.: Lo que ocurre es que, a veces, los errores de un autor son más interesantes que los aciertos de un simple artesano.

J. O.: Hay autores que son divisionarios. Yo creo que aquí soy el más apasionado seguidor de Raoul Walsh y habré visto las ochenta y tantas películas suyas que se conservan. Pero de ésas, a mí me parece que treinta o cuarenta no tienen interés. Eran películas que no le motivaban y no se ha tomado ninguna molestia, se ha limitado a cumplir un contrato. Yo creo que Ford es más grande que otros porque no tiene el prurito de imponer una cosa muy personal en sus películas, pese a lo cual muchas veces es muy personal. Hawks, por ejemplo, está siempre poniendo su sello, pero Ford es más el catalizador de una serie de cosas que inciden sobre él y que no las tamiza, no las reduce, sino que las integra.

M. M.: Pero yo creo que un autor no lo es porque él lo quiera, sino porque su visión le hace serlo.

M. R.: Hay directores que lo intentan con ahínco y no lo son ni lo serán nunca.

M. M.: A veces hay películas de Ford que son algo caricaturescas porque se ve que hay una voluntad estilística, más a priori y más sobreimpuesta, sobre el material que tiene. Lo que creo es que él es consciente de que no es lo único que hay en el mundo ni la suya es la única visión posible, que en el mundo hay cosas contradictorias, que probablemente se deban a que él tenía sentimientos contradictorios en gran parte por el predominio de lo afectivo. La referencia a Irlanda le permite conectar con una situación que conoce a través de lo que le ha contado su familia, cuando sus antepasados irlandeses sufrieron la gran hambruna. Ford es un director que puede estar en contra de personajes que nos presenta y, sin embargo, como personas, le caen bien. Convive con la complejidad del personaje, el que, junto a sus taras, tenga un lado digno, o un lado cariñoso, aunque desempeñe un papel negativo en la historia. A mí me parece que el tratamiento del coronel Thursday en Fort Apache es muy ejemplar y se dice, a veces —lo que me parece una tontería—, que al final hay una especie de entreguismo de Ford y del capitán York, el personaje de John Wayne, porque se suma a la glorificación del Coronel fallecido en la masacre. Pero si te pones en el lugar de ese personaje, cosa que suele hacer Ford, en el de un militar sometido a la disciplina, a la tradición, y no olvidemos que estamos más o menos en 1876, no puede decir que su anterior superior era un canalla o un imbécil. Y además es el padre de Philadelphia (Shirley Temple), que está casada con el teniente O'Rourke, un amigo que pertenece a su círculo íntimo.

Indudablemente basado en el general Custer, el Coronel es un personaje cuyos errores Ford no deja de mostrar en la película.

M. R.: Yo creo que en esa película, como en El hombre que mató a Liberty Valance, hay un sentido irónico. Nadie se cree ese final porque en toda la historia, donde ha dibujado personajes espléndidos, los de John Wayne y Henry Fonda, el que tiene la razón es Wayne. Pues bien, Ford da un giro, como en Liberty Valance, que es absolutamente irónico, y nos está diciendo que la leyenda existe, el mito existe, no hay que desmitificar por desmitificar. Lo que no hace Ford es un elogio del personaje. Lo que nos dice es que Thursday/Custer, a pesar de todo eso, se convirtió en una leyenda. En Liberty Valance, James Stewart se convierte en un político importante gracias al sacrificio de Doniphon (John Wayne). Creo que todo el cine de Ford trata sobre la tolerancia...

J. C.: No compartir ideas, sino tolerar las de los demás...

M. R.: Sí, tolerar. Una sociedad en Europa muy tolerante, según los españoles que han vivido allí, es la holandesa y te dicen: "son muy tolerantes, nos toleran". En el caso de Ford creo que es mucho más profundo que eso porque hay una visión de los indios, de los negros, de los mormones que nos los intenta explicar, intenta asumirlos. Aunque desde luego lo hace desde el punto de vista de un hijo de emigrantes, como lo hace de una manera mucho más agónica, mucho más de autor convencido, Elia Kazan. También es el caso de un hombre que quiere entender ese país al que ha ido a parar. Lo hace de otra manera, porque Ford nace ya en el estado de Maine y no viene, como Kazan, de otro continente. Ford quiere asimilar América sin perder sus raíces irlandesas. En el momento que estamos viviendo eso es muy importante y quizás por ello es cada vez mayor el aprecio y la reflexión sobre los valores que sus películas defienden. No se puede decir que empezamos de nuevo. Hay que asumir que uno viene del pasado. Y ése es también el último gran mensaje de Rossellini.

J. C.: Lo que tiene una importancia capital son los valores que Ford defiende y que, en la medida que uno ha vivido mucho, considera como esenciales...

M. R.: La familia...

J. C.: ...el sacrificio, la amistad, el folklore..., que sin embargo en un momento determinado —años 60, años 70— se pusieron muy seriamente en tela de juicio, quizás también, siempre refiriéndonos a Estados Unidos, porque las guerras en que ese país se implica no presentan a los ojos de sus ciudadanos el lado heroico que había supuesto devolver el golpe de Pearl Harbor, por ejemplo.

M. R.: Es el asentamiento del Imperio, cuando Estados Unidos sustituye a Gran Bretaña, y eso le crea problemas que a Juan Cobos y a mí nos plantearon dos grandes cineastas como Nicholas Ray y Orson Welles en las conversaciones que mantuvimos con ellos. Ambos sostenían que Estados Unidos no era un país hecho para dominar un vasto imperio y además esa idea del imperio va en contra de los ideales americanos. Pero en un momento determinado se ve abocado a sustituir al Imperio británico, lo que está en contra de su propia tradición. Creo que ese dilema es muy profundo en la obra de Ford, que explica muy bien que los norteamericanos tienen otra manera de ser, que en su estilo democrático también hay obediencia, hay sacrificio, hay norma. Si no seguimos las normas estamos desarraigados, en el vacío. En Wagonmaster (Caravana de paz) sólo trata mal a unos personajes: la familia de los Clegg. La compañía teatral, los indios, los mormones, los vaqueros, están bien tratados. ¿Qué es lo que Ford no entiende, ni nosotros tampoco? La familia Clegg, unos bandidos desarrapados, que no obedecen más normas que las suyas propias. El hombre tranquilo es una maravillosa crítica de una sociedad arcaica que a Ford le fascina porque es la de sus padres, la de sus abuelos...

J. C.: ...pero es permanente la crítica a unas estructuras sociales que impiden que los hombres sean libres.

M. R.: Por eso, Sean Thorton (John Wayne) tiene esa carga de descubrimiento de ese mundo al que va a contradecir, al que trata de imponer unas reglas nuevas, en este caso importadas. No entiendo ese lado reaccionario que se atribuye a Ford. Y además, hay en él el lado cervantino y shakesperiano de dar oportunidades a todos sus personajes.

M. M.: Yo lo que no veo en ninguna película de Ford es un canto a la familia; más bien lo que cuenta es el caso de familias llenas de conflictos, familias rotas, familias que se desmiembran... No existe la típica familia feliz...

J. C.: Pero está presente en todo momento el vínculo...

M. M.: ...la nostalgia de algo que se ha perdido, que no funciona o que no ha llegado a funcionar. Las historias de Escrito bajo el sol o de Cuna de héroes son prácticamente ese caso, que además enlaza con una de las funciones del ejército y de otras colectividades como sustitutorias de la familia. Creo que hay un componente de este tipo en Ford: la mezcla de gente que tiene añoranza de la compañía, de la comunidad y, al mismo tiempo, son solitarios condenados permanentemente a la soledad, pero que desearían otra vida...

J. C.: Esos personajes solitarios lo que nos cuentan es que hay que superar el pasado, esa comunidad, y hay que alcanzar el futuro. En ese sentido, el personaje de Ethan (John Wayne) en Centauros del desierto está clarísimo. Ese mundo que Ford nos ha descrito —la lucha con los indios, la búsqueda de la sobrina—, es un mundo que se va a acabar... ¿Va a sobrevivir ese personaje solitario? ¿Por cuánto tiempo? Seguramente morirá tan olvidado como Tom Doniphon en Liberty Valance.

M. M.: Se tiende a confundir a Ford con sus personajes y es en ese sentido en el que no tiene prurito de autor. Sus personajes no son portavoces suyos, prácticamente nunca. Incorpora y reparte entre sus personajes los elementos contradictorios que hay en él, pero te está contando el drama de esos personajes, y lo que sí que encontramos evidentemente en Ford son personajes racistas, personajes reaccionarios, que son criticados... o simplemente te los muestra como son.

J. C.: Los muestra y eres tú quien los enjuicia.

M. M.: Evidentemente, no te dice que un personaje es muy malo, como cuando Ethan en Centauros del desierto dispara a los ojos de un apache muerto y dice: "A un apache eso le condena a vagar entre los vientos y no ir al paraíso". Es una escena de un feroz ensañamiento. Naturalmente, Ethan no cree en esa leyenda, pero descarga su amargura en esos disparos.

Y al final, este personaje que está persiguiendo a su sobrina para matarla, tiene una especie de impulso en el que cambia. Pero, en efecto, es un personaje todo lo racista que se quiera, es reaccionario, no se ha resignado a la derrota del sur...

M. R.: No creo que Ethan quiera matar a su sobrina por racismo. La película explica muy bien por qué no será integrado en la nueva sociedad. Después de la experiencia de Ford con los indios, de la admiración por su cultura, incluso de su religión, que dice que se parece mucho a la nuestra..., Ethan entiende que esa chica no está hecha para la nueva sociedad. Es el mismo discurso de Dos cabalgan juntos.

J. O.: Yo creo que en Centauros del desierto, que a mí me parece una de las películas clave de Ford, tiene un último plano, el del marco de la puerta, en que nos muestra que Ethan está excluido de la sociedad y es algo que aparece en sus más grandes películas. Está también en el final de El gran combate, con el personaje que mata a Sal Mineo y queda excluido de la tribu. Hay un código de valores que no se ejerce en el mundo moderno pero que viene de muy antiguo, que es que el ejecutor de la justicia no puede pertenecer al pueblo. Esto es algo que me parece que está en las películas más completas de Ford.

M. R.: Salvo en el cambio que se produce en Siete mujeres con el personaje de la doctora Cartwright.

J. O.: Es que ahí ella tiene que sacrificarse, pero ésa es la película más brechtiana que existe. En Siete mujeres hay una visión heroica. Sí, en Ford hay una visión heroica, de exaltación del héroe y, a partir de un momento —la culminación sería Liberty Valance, que es una película hecha para explicar eso de alguna manera—, el héroe tiene que dejar paso a la ley. En Liberty hay de alguna forma la admiración por este mundo de los héroes y la aceptación, no sé si resignada, de un Progreso que trae otros valores. Pero en el cambio...

M. M.: Hay un sentimiento de que en esos cambios algo se pierde. En todo cambio siempre se gana y se pierde. Unas cosas aparecen, otras desaparecen. Ford tiene más clara la valoración del pasado que certidumbres en el progreso futuro indefinido que se ofrece, en que todo va a ir a mejor. Y en esto hay un momento de ruptura, que muchos han compartido, que es la vivencia de la Segunda Guerra Mundial. Algo que atestigua la primera película que realiza tras su dedicación a los documentales de esa guerra, They Were Expendable, película capital, sin heroísmo y justamente la historia de una derrota. Vemos ahí la amargura que luego se ha comentado mucho de la etapa final de Ford y que se palpa aquí. Nos ofrece la sensación de que se ha acabado un mundo —el mundo de sus padres, el de su propia juventud—. No olvidemos que Ford, aparte de exponerse a filmar con fuego real, fue el encargado de preparar los testimonios filmados de los crímenes del nazismo para los juicios de Nuremberg, y tuvo evidencia, mucho antes que otros, de una serie de horrores, ya que estuvo muy activo en el Servicio Secreto... Comprendió que esa idea de armonía, de orden, que conformaba su mundo, se había venido abajo. Forma parte de una generación que creyó de verdad que la Primera Guerra Mundial sería la última de las grandes guerras, la guerra que acabaría con las guerras.

J. C.: Una segunda guerra que tiene una lectura aparte y es que Estados Unidos ha superado con enorme coste social una década, la de la Gran Depresión, y cuando empieza a asomar la cabeza llega la expansión de los ejércitos de Hitler en Europa —con un fuerte sentimiento de aislacionismo por parte del pueblo americano que no quiere verse envuelto— y se produce el mazazo de Pearl Harbor...

J. O.: Creo que hay un cambio de valores después de la guerra que está presente en todo el cine americano. Pero no es exactamente en 1945 o 46, sino un poco más tarde, cuando se produce un cambio de valores en la sociedad.

M. M.: Pero en la "trilogía de la Caballería" que hace Ford de 1948 a 1950, ya deja ver ese cambio.

J. O.: Pero el lado de pérdida de una cosa, de descomposición, en los films posteriores, a partir de Dos cabalgan juntos, se refleja más directamente. La última etapa de Ford es impecable en este sentido, con películas como El gran combate, donde la hazaña es la retirada, volver a casa.

M. M.: Ahí tenemos otro elemento que muestra esa sensación de Ford de que los valores han cambiado. Y él tiene esa sensación más o menos hasta 1952. Los tiempos pasan a ser otros durante el segundo mandato de Eisenhower, que supone una prosperidad, una hegemonía mundial y una especie de aspiración por la riqueza, la ambición con mucho de autocomplacencia. En ese momento es cuando Ford toma conciencia de que la sociedad a la que dirige sus películas quiere cosas muy alejadas de los valores que él propugna, y que están dejando de ser respetados.

En ese momento ronda ya los sesenta años y es una etapa en que uno puede sentirse superado por su tiempo, un tiempo que no te gusta. Es lo mismo que la actitud de Hawks y Ford respecto a los jóvenes y sus comportamientos. Por ejemplo, he conocido en esos años a mucha gente indignada por el retrato de los jóvenes que aparecía en el cine de Hawks de ese momento. En Ford se da el caso de que tiene a Patrick junto a su padre, John Wayne, en Centauros del desierto, o en La taberna del irlandés, y seguramente no puede dejar de comparar a este joven todavía muy verde, sin ninguna grandeza, con la personalidad de su padre...

J. C.: Pues imagina cuando viese a Peter Fonda cruzar Monument Valley en moto en Easy Rider y le comparase con Henry Fonda...

M. M.: Hay un elemento irrevocable y es que los autores que siguen en activo envejecen y no le puedes pedir lo mismo a un viejo que a un joven, ni le puedes pedir las mismas ideas a un europeo nacido en 1945 que a un americano nacido en 1894.

J. O.: Pero no creo que sea sólo por la edad, sino porque los autores jóvenes no incorporan estos valores, están inmersos en un mundo que ha cambiado, en un tipo de actitudes diferentes, porque es gente que no ha pasado por estas cosas, no las ha conocido, y los otros expresan su nostalgia, su adiós...

M. R.: Yo creo que lo maravilloso de Ford es que es un autor del mundo, como Renoir. La sensación que se tiene viendo una película suya es que los planos están hablando de su mundo y, sin hacer ningún alarde, estás notando esa especie de respiración que tiene y que registra la cámara. Lo que sí creo es que en Ford hay épocas distintas. Está la época espléndidamente humanista, con películas magníficas como Las uvas de la ira, la pasión que muestra por seres metidos en otros ambientes como Hombres intrépidos o ¡Qué verde era mi valle!... Hay una visión humanista que es más evidente. Volviendo a Las uvas de la ira...

M. M.: Ford es un cantor de un mundo elegiaco, porque siempre lo que canta es el final de un mundo.

J. C.: ...canta como hemos dicho la desaparición de un mundo y la aparición de otro.

M. M.: Hay muy pocas películas suyas, y es curioso, sobre el mundo de los pioneros. Al final de su vida quiso hacer una película sobre la revolución americana y no lo consiguió. Más bien se ha centrado en el lado de lo que desaparece, en una visión que enlaza de alguna forma con lo que hay en Río Salvaje (Wild River,1960), de Kazan. Allí la película apoya el proyecto de la presa del Río Tennessee que defiende Montgomery Clift como un factor de progreso, pero se centra y en parte adopta las razones sentimentales de la vieja dama que interpreta Jo Van Fleet.

M. R.: Porque ahí tienes más drama. Si no explicas que un mundo desaparece porque va a aparecer otro, lo que es existencialmente rico es lo que desaparece porque lo nuevo no lo conocemos. Pero en Las uvas de la ira hay un final que sí ilumina un nuevo mundo...

J. C.: Una nueva estructura social.

J. O.: Las uvas de la ira creo que es la última película optimista de Ford.

M. R.: Todos hemos leído con pasión la novela de John Steinbeck y es verdad lo que dice, creo que Andrew Sarris, que en la prosa son entes mecánicos, mientras que en la versión de Ford son seres humanizados. Lo mismo que la nostalgia que cuenta ¡Qué verde era mi valle!, que es una de las más grandes películas de Ford y marca una época del cine porque viene tras El joven Lincoln, La diligencia, Las uvas de la ira y Hombres intrépidos, un momento muy distinto al que se produce tras el paréntesis de la guerra. Es verdad que mantiene muy malas relaciones con los productores y se da la paradoja que ha de crear tras la guerra su marca, Argosy, y que le distribuye Republic, que no es ninguna de las majors, sino una marca muy desprestigiada...

J. C.: Que remedia su fama en parte al final de los años 40 con el Macbeth de Welles, Johnny Guitar y las películas de John Ford.

M. R.: A lo que voy es que se trata de un director cuyo número de Oscars y premios de la crítica sólo iguala en Hollywood Frank Capra. Ford hizo películas que le gustaban a él y las hizo contra viento y marea, como Wagonmaster, The Sun Shines Bright o El fugitivo.

En el cine español hay un personaje que se parece a él y que tampoco mantiene buenas relaciones con los productores pero sí con los técnicos, con los que juega al mus o se une a sus mesas en las comidas de rodaje, y es Mario Camus, uno de los grandes admiradores de Ford.

J. C.: Ford, al hablar de los productores, sólo salva a Zanuck, a quien sabía que podía dejar su película rodada porque supervisaría un excelente montaje. Creo que en Las uvas de la ira, proyecto que la central financiera de Fox en Nueva York rechazaba, Zanuck fue su gran defensor, pese a sus ideas muy conservadoras, y hasta accedió a que no se realizara el típico estreno sorpresa —como el que resultó fatal para The Magnificent Ambersons— porque entendió que era una película a contracorriente, que había que preparar al público para verla. Y gracias a eso no se destrozó, como en el caso de Welles, una obra extraordinaria.

Otro tema que quería plantearos es ¿por qué Ford va tratando de borrar sus huellas, intenta aparentar desinterés por cosas que sí le interesan, contesta de forma inadecuada a preguntas sobre sus opiniones o su propia obra? Incluso a veces trata de rebajar sus logros, como cuando despacha de forma casi vulgar una película como Dos cabalgan juntos. Es un constante esfuerzo por disminuir sus méritos.

M. R.: En el libro que le dedica Peter Bogdanovich se muestra insatisfecho de muchas de sus películas y las que elige como más personales son las que no tienen éxito. Es el caso contrario de Hitchcock, que odiaba aquellos films suyos que no habían gustado al público.

J. O.: Creo que Ford no habla muy bien de sus películas... deliberadamente.

M. M.: En realidad, es que apenas habla de ellas...

J. C.: Es un deseo premeditado de destruir su leyenda.

J. O.: Incluso en las entrevistas filmadas muestra a menudo displicencia, no tiene mayor interés en explicar...

J. C.: La verdad es que sabotea a menudo sus entrevistas. Me contaba Peter Cowie, autor de buenos libros sobre Bergman, Welles y Coppola entre otros, que fueron a visitarle en Venecia para hablarle del homenaje del British Film Institute y a Peter, que habla un inglés exquisito, le dijo que no le entendía, que en qué idioma hablaba. Pura interpretación del viejo Ford.

J. O.: No tenía el menor interés en explicar sus películas y solía tomar el pelo a los admiradores.

M. M.: Aparte de eso, una persona que ha hecho unas 150 películas y ha trabajado unos 50 años en el cine, de la mayoría ni se acordaría cuando le preguntaban.

M. R.: No lo creo. Hathaway empezó más o menos cuando Ford y cuando Juan y yo le entrevistamos se acordaba no sólo de sus películas, sino de algunos momentos clave de las películas de otros, como las de Von Stroheim.

Ford es una persona muy seria, tanto que rechaza parte de su obra y elogia algunas de las películas que hizo en absoluta libertad, como El fugitivo, Wagonmaster. ¿Por qué elige esas películas? Porque cree que es donde más acertó con respecto a lo que se había propuesto al hacerlas. Luego es un personaje ambicioso y, en consecuencia, todo lo que nos dice sobre sí mismo es falso y no hay que tenerlo en consideración.

J. O.: Muchos directores explican cada una de las películas que han hecho, sus razones, su opinión sobre el resultado final. Ford, no.

M. M.: Lo más que hizo fue contestar a una de las preguntas de Peter Bogdanovich: "Hombre, Peter, eso es bastante obvio, ¿no?".

M. R.: O cuando le explica lo del triunfo en la derrota y Ford le dice: "Hombre, eso está bien. Lo voy a utilizar".

M. M.: Nunca dice espontáneamente nada que sea mínimamente significativo, aclaratorio, sobre ninguna de sus películas. Y yo creo que no tenía una teoría sobre lo que había que hacer.

M. R.: Tenía una mirada en vez de una teoría.

M. M.: Tenía una especie de instinto, lo que no significa que no pensara internamente lo que iba a hacer, porque todas sus películas están elaboradísimas y, desde luego, un director que empieza Centauros del desierto como la empieza y la acaba como la acaba, sabe lo que se trae entre manos.

J. C.: El plano de inicio, similar al del final, no estaba en el guión, según dice Frank S. Nugent.

M. M.: Pero él lo tenía en la cabeza y cierra la película de esa manera. Luego es un hombre que tiene una concepción global de la película en la que cuentan además los elementos plásticos y el hecho de que casi todos los detalles más importantes en Ford, y que han dado lugar a confusiones, no están dichos. Es algo visible. Está para que lo veamos, es perceptible, pero, insisto, no está subrayado. Como te distraigas o no estés muy atento, no lo ves. Sé de gente que te pregunta por qué se habla en Centauros del desierto de un enamoramiento entre Ethan y su cuñada. Pero si sigues con atención la película, está clarísimo. Y además está clarísimo por un tercer personaje...

J. C.: El reverendo militar que hace Ward Bond...

M. R.: Eso es muy interpretable y yo creo más bien que es un enamoramiento de ella...

J. C.: Yo creo que es algo mutuo y lo explica en parte este exilio que Ethan se ha impuesto durante tanto tiempo hasta que regresa a su familia... Ahí está la idea del sacrificio, de la renuncia. En definitiva, de unos valores que rigen los comportamientos...

M. M.: Está hecho en una síntesis admirable, pero el espectador atento capta toda la historia en unos pocos segundos. A lo que iba. Hay cosas en Ford que no están dichas, no están expresadas. Incluso hay gente que está haciendo manifestaciones verbales sobre una cosa mientras lo que ocurre es otra. Un fenómeno grave derivado del hecho de que las películas antiguas casi siempre se ven sólo en televisión es que en una pantalla tan pequeña la cantidad de detalles sutiles de Ford que se pueden perder es mucho mayor.

J. C.: Y esa actitud de evitar acudir a actos y ceremonias, incluso en el caso de algún Oscar, aparte de que, como se lee en este número, Dudley Nichols no recogió el correspondiente al mejor guión por El delator porque los guionistas estaban en guerra con los productores...

M. R.: Él afirma, en las pocas ocasiones que habla de sí mismo, que lo que le gustaba era rodar, una pasión por el rodaje que tienen ciertos directores, como función clave de la película. A Ford siempre se le ha interpretado a través de sus protagonistas, pero en estas semanas que llevamos repasando su obra y la literatura sobre él, hay algo genial que veo que pocos directores tienen y es la riqueza que hay en sus películas de excelentes personajes secundarios y eso que a menudo utiliza los mismos actores. Ese mundo de los actores de segundo plano a mí me parece que en Ford tiene una importancia capital.

J. C.: Apoya la idea de que no es sólo el héroe el que nos está contando la historia, sino que está hablando de un paso de la historia a otro momento.

M. R.: Va del pasado a un futuro incierto donde el personaje teme asumir los valores del pasado y trasladarlos al futuro. Si no logra pasar los valores reales existentes, buenos, al futuro, la aventura del protagonista estará mal hecha. De ahí la importancia de los personajes secundarios. Ford nos muestra que la sociedad está hecha de conjuntos. Por ejemplo, la importancia de los bailes. En un mundo que es angustioso, difícil, de pronto todo eso puede desaparecer con uno de esos bailes donde participa la sociedad en su conjunto. Eso tiene en su cine una significación; el baile te está diciendo que puede desaparecer y, al tiempo, nos lleva a pensar que, desde que la humanidad existe, los hombres se reúnen, y lo hacen para compartir. La cultura nace de las reuniones en torno a la hoguera. Hay muy pocos autores de cine que hayan contado cosas tan esenciales como ésa. Y Ford es de los que nos han contado cosas fundamentales sobre nosotros mismos.

M. M.: Unas reuniones que en Ford tienen unas normas, un protocolo, una etiqueta, y cuando alguien las rompe se lo echan en cara. Por ejemplo, cuando se rompe la armonía del baile en Dos cabalgan juntos por la actitud ante el personaje que interpreta Linda Cristal. Y no son normas impuestas por la ley, sino por el uso y la convivencia, que tiene que ver también con otro factor importante: es el tratamiento de los indios. Se dice que los indios en Ford están tratados a menudo como una horda salvaje y que en otras películas los defiende. Si analizamos a lo largo de la carrera la presencia de los indios en las películas de Ford, el tratamiento es el mismo. No hay una discriminación entre los indios y los blancos, sino entre unos indios y otros, como la hay entre unos blancos y otros. Son partidas aisladas de indios que no tienen otro objeto que vivir del pillaje mediante ataques e incursiones...

M. R.: Esos indios intentan salvar algo de su pasado, de su civilización, de su cultura...

M. M.: Porque no pueden aceptar que la situación es otra. En cambio, cuando son tribus, son pueblos, están tratados siempre con muchísimo respeto desde las primeras películas en las que aparecen. Por eso, cuando los americanos pactan con las naciones indias, con sus guerreros y sus gentes está muy claro que han de cumplir su palabra. Y cuando no es así, Ford lo critica duramente.

El drama de parte de los personajes fordianos es que no siempre son conscientes de que su tiempo se acaba, de que su mundo, como ya hemos dicho, va a desaparecer a favor de otro que llega. Y probablemente, el mismo Ford sintoniza con esos personajes porque es consciente de que su mundo se le está esfumando y que el cambio trae unos valores que no tienen excesivo interés para él. Argumentalmente está muy claro desde Liberty Valance y, si se quiere de una manera más humorística, en Dos cabalgan juntos, y muy rotundamente en el retrato del personaje en Siete mujeres, una película que es histórica, pero que ya no sucede en el siglo XIX, sino que nos sitúa en los años 30 del siglo XX. De una manera muy abstracta representa otros tiempos, pero no es exactamente 1935. Hay un personaje más moderno, una mujer, y una mujer no creyente que además hace una cosa que en una película de Ford en otro tiempo se habría visto como algo tremendo, aparte de insólito, como es el suicidio. Exactamente, morir matando. Creo que tenemos aquí un cambio de planteamiento, y en algunas declaraciones, por ejemplo a Axel Mandsen, Ford se mostraba muy contento de esta película. En su momento apenas la vio nadie y los que la vieron no le hicieron mucho caso.

En definitiva, creo que sí hay una cierta evolución, aunque no sea uniforme ni cronológicamente ordenada. Recorre un territorio contradictorio en el que sus impulsos cambian de alguna manera.

Ford destaca más por sus retratos de personajes que como narrador de historias. Narrativamente me parece rarísimo. Se salta todas las convenciones de la narración propia de la etapa clásica americana. Empieza en sitios muy raros, hace todo tipo de meandros, para la acción de repente e introduce digresiones constantemente —a veces las películas están hechas de digresiones—. ¿Qué historia nos cuenta Wagonmaster? Pues que en un terreno se encuentran diferentes personajes en situación insólita, y no hay prácticamente ilación narrativa entre una cosa y otra. Sin embargo, la película ofrece un montón de personajes a los que retrata de arriba abajo; quizás la clave de esto se encuentra en el artículo que hay en este número de su guionista, Frank S. Nugent, donde explica que le pedía que escribiera la biografía completa de cada uno de los personajes del guión, por secundarios y pequeños que fueran. Estoy convencido que el camarero de Pasión de los fuertes, al que preguntan si ha estado alguna vez enamorado y responde: "No, yo siempre he sido camarero", es un personaje del que Ford tenía todos los datos hasta el momento en que llega a trabajar a Tombstone.

M. R.: Creo que trabaja sobre sucesivas visiones de Wagonmaster, que es una de las películas más claras del estilo de Ford: sobria, absolutamente rigurosa en su planificación, hecha con austeridad en los medios...

J. C.: ¿Por qué crees que elige esa sobriedad de estilo?

M. R.: Tiene tres o cuatro formas de encarar sus películas. Hay una mayestática, que sería por ejemplo ese momento en que aparece Ethan en Centauros del desierto; la épica, que es ese momento de Fort Apache cuando se dice: "Ya no le veo. Sólo veo las banderas"; las mujeres esperando el regreso de sus hombres; pese a ser un auténtico poeta de la imagen, jamás te saca un paisaje completo. A lo sumo hace una panorámica, se ve un trozo de Monument Valley y al final, esa panorámica va en busca de un indio; no es que se quiera recrear en la descripción del lugar. Pero lo que a mí me parece absolutamente admirable es lo concreto de su planificación. En Wagonmaster rara vez hay un movimiento de cámara, salvo alguna leve panorámica. La cámara está fija y a lo sumo avanza un poquito, siempre lo menos posible. Sin embargo, en todo lo que está contando en esos planos hay una contención que refleja una enorme capacidad expresiva, de condensación de la mirada, que me parece importantísima, porque además es muy distinta a la de los otros grandes autores; distinta a la de Renoir, a la de Rossellini, a la de Hawks. Porque es verdad que a Ford le interesan los seres humanos, pero afectados por una realidad. Y esa aproximación les hace tener mucho relieve.

J. C.: Es lo que decías antes, que en tres o cuatro planos de una de sus películas aparece un personaje y es como si le conociésemos perfectamente desde hace tiempo. Viene del pasado, camina hacia su futuro y, en esos momentos que ha pasado ante nosotros, lo hemos sentido cercano y conocido.

M. M.: La maravillosa Ma Joad (Jane Darwell) de Las uvas de la ira aparece en Wagonmaster riéndose, y notas que es un personaje que conoces perfectamente. No sé si la conozco porque la recuerdo emocionado de Las uvas de la ira, pero aquí es un personaje insignificante. Y Ford ha llamado a esa gran actriz para un breve papel, quizás porque era amiga suya.

Yo creo que esa mirada, distinta a la de otros cineastas omnicomprensivos, lleva a Ford a usar de manera magistral la cámara para ver, para aproximarnos a los seres humanos.

M. M.: Quisiera añadir algo sobre los personajes secundarios de Ford ya que se habla mucho de la Ford Stock Company...

J. C.: Uno de ellos, Harry Carey, hijo del hombre que, en su apogeo como estrella de westerns mudos, ayudó a Ford en sus comienzos, ha escrito un libro delicioso, Company of Heroes. My Life as an Actor in the John Ford Stock Company, donde recoge detalles muy humanos y anécdotas muy divertidas de su trabajo con Ford y de la camaradería entre todos ellos...

M. M.: ...y es que tenía la costumbre de reunir con frecuencia a los mismos actores secundarios en una serie de películas. Pero para mí ha sido un misterio cómo esos actores se le adjudican a Ford, sobre todo cuando descubres que se convierten en típicos actores fordianos gente que a lo mejor ha hecho una, dos o tres películas con él. Me quedé perplejo porque alguien tan fordiano como Maureen O'Hara ha hecho sólo cinco películas con él. Y sin embargo, nos parece que su cine está lleno de Maureens O'Haras por todas partes. Y tomas a Mildred Dunnock (Jane Argent en Siete mujeres) y te parece una típica actriz fordiana. Bien, pues nunca había trabajado con él. Sin embargo, ya se ha convertido en fordiana. Hay algo que, de repente, puede que por la forma que tenía de elegirlos, se convierten en actores cuyo recuerdo se une al cine de Ford en toda su extensión. Eso sucede también con Edmond O'Brien (Dutton Peabody en El hombre que mató a Liberty Valance), aunque ése sí que es un personaje que ha aparecido en Ford, aunque a veces lo encarnaba Thomas Mitchell, pero O'Brien nunca había trabajado con él. Tampoco con James Stewart, pero cuando se incorpora muy tardíamente al mundo fordiano, en Dos cabalgan juntos, parece que siempre ha estado en ese universo. Lo mismo sucede con Vera Miles, a la que vemos como la encarnación tópica de la mujer fordiana, y también trabaja sólo en tres o cuatro películas. La forma en que, sin cambiar a los actores, los asimila a su mundo me parece uno de los misterios de Ford. Como con casi todos los grandes autores, al final las cosas que más nos admiran no logramos descifrarlas.

J. O.: En el final de Las uvas de la ira vemos que quizás el tipo no tenga un alma, sino que participe simplemente del alma colectiva. Da la impresión de que toda la familia de Ford en cierta manera es esto. Puede intercambiar actores y todos encajan porque el mundo, los personajes, forman parte de una misma familia.

M. R.: Lo que tiene Ford es una de las miradas más intensas y perdurables del cine.

M. M.: Ayer fui de nuevo a ver Vertigo en la Filmoteca, tras llevar bastante tiempo revisando películas de John Ford, y no pude evitar las comparaciones entre dos de los cineastas que personalmente más admiro, pero que son casi contrapuestos. Son años muy seguidos los que separan el trabajo de James Stewart con los dos directores y encuentras que no tienen nada que ver. ¿Cuál es la diferencia fundamental? Notas que Hitchcock quita cosas de la realidad, selecciona lo que va a aparecer en su puesta en escena, se está centrando en lo que a él le interesa y le obsesiona, mientras que Ford, que en algún sentido pudiera decirse que es un cineasta muy obsesivo porque ha arrastrado formas y temas a lo largo de cincuenta años (hay películas de 1917 donde hay planos como los que ves en Centauros del desierto. Los componentes básicos de su estilo los tiene ya muy fijados desde joven), lo que hace es añadir. Y la diferencia entre Hitchcock y Ford tiene mucho que ver con la mirada; que narrativamente lo quites de las historias o que visualmente lo alargues. Ford muestra un mayor respeto a la realidad y trata de no excluir. Dejaba que la realidad se le colara en los planos. Hitchcock, por el contrario, es un tipo muy restrictivo, va haciendo una labor de selección absolutamente

increíble. Entonces piensas que quizás Hitchcock llega a unas profundidades y a unas insinuaciones sobre el interior de los personajes a las que Ford probablemente no ha llegado nunca. Pero, sin embargo, su visión es mucho más amplia y admite mucho más las contradicciones. Creo que en Hitchcock tienes la sensación de que si no le gusta el cuadro que el director de arte ha elegido para una pared, quita el cuadro, mientras que en Ford lo que tiene alrededor lo acepta, lo armoniza y algo sale de allí. Y si tiene un actor que no es el que quería, en lugar de lamentarlo eternamente como Hitchcock, utiliza a ese actor y busca las cosas singulares que puede aportar al papel.

J. C.: En mi opinión, a Ford le interesa la realidad en su conjunto y no una parte de la realidad.

M. R.: Ford es uno de los pocos autores cinematográficos que tiene universo propio, algo que es más restringido en Hitchcock, porque es más agónico, es más expresionista... Pero uno tiene la sensación ante una película de un autor, como Rossellini, que está en un universo. Y eso sucede también en Renoir, en Fritz Lang y en Hawks. En Ford todos tenemos muy claras una serie de imágenes que nos dan un universo. Y eso quiere decir que le interesa tanto ese universo como la mirada sobre los hombres.

Transcripción de Juan Cobos

(*) Por la descripción argumental que hace Peter Bogdanovich en su libro John Ford (Revised and enlarged edition, 1978), la película para televisión a que se refiere Jos Oliver sería The Colter Craven Story, un episodio de la serie The Wagon Train (1960). El argumento contado en cinco breves líneas incluye un médico alcohólico y una decisiva intervención quirúrgica. (J. C.)

En "Nickel Odeon" nº 26 (Primavera de 2002)

lunes, 27 de julio de 2026

Concorrenza sleale (Ettore Scola, 2001)

Ettore Scola, antiguo guionista de Dino Risi, a menudo con la pareja Age-Scarpelli, es hoy un veterano; eso, en el actual cine italiano, significa, con suerte, ser un superviviente. En el caso de Scola, supone también una posición ideológica, lo que quiere decir que Competencia desleal es una de las raras películas italianas recientes que no está producida por Berlusconi, lo que no deja de ser un alivio en un casi monopolio que tiene todas las posibilidades de la censura, sin ninguna de sus desventajas.

Nos ha llegado casi de milagro, y temo que no aguante mucho. Los honores y la taquilla fueron para la deplorable, manipuladora y falsa La vida es bella de Roberto Begnini; Competencia desleal es lo contrario: no hace chantaje al espectador, no le fricciona su fibra sensible; no hay héroes ni apenas gente inteligente ni extraordinaria, meramente con la decencia suficiente para escandalizarse con los primeros asomos -aún relativamente incruentos, pero terriblemente mezquinos, humillantes e injustos- de las leyes racistas aprobadas en 1938 en Italia, por influencia de Hitler, cuando el régimen fascista llevaba ya dieciséis años en el poder. Admirable pintor de familias -así se llama la que sigo prefiriendo de las suyas- y director de actores extraordinario, consigue que comprendamos y que nos indignemos, que nos emocionemos con dignidad.

Texto preparatorio para la intervención en El Séptimo Vicio, en Radio 3. Escrito el 26 de septiembre de 2002.

viernes, 24 de julio de 2026

Octavio Getino y "La hora de los hornos"

Con la atención que recientemente le han prestado revistas tan dispares como Positif y Cahiers du Cinéma, refiriéndonos únicamente a francesas, La hora de los hornos viene a convertirse, en nuestro país, para aquellas pocas personas que la han visto, manteniendo una actitud similar a la señalada por F. Lara en Nuestro Cine número 75, en uno de los films más discutidos de los últimos tiempos.

La presencia en Madrid de Octavio Getino, uno de sus autores, nos ha llevado a hacerle una entrevista para tratar de aclarar ciertos puntos, dejando previamente bien fijada nuestra posición ante el film, pero, como puede observarse, nuestras posiciones y las suyas continúan estando en oposición.

La película, con una duración total de doscientos cincuenta y cinco minutos, está subdividida en tres grandes bloques con autonomía propia. El primero, "Neocapitalismo y violencia", dura noventa y cinco minutos, y es un prólogo, a nivel latinoamericano, sobre la situación argentina. El segundo, "Acto a favor de la liberación", que dura ciento veinte minutos, está subdividido a su vez en dos partes, "Crónica del peronismo (1945-1955)" y "Crónica de la resistencia (1955-1966)". El tercero, "Violencia y liberación" dura cuarenta y cinco minutos, y es un estudio sobre la violencia como forma de liberación.

Como se dice en la entrevista, el primero aisladamente, tiene un valor en cuanto exposición de la situación histórica general de Latinoamérica y particular de Argentina, aunque es muy irregular; junto a capítulos excelentes hay otros muy flojos; el segundo, concretamente la parte titulada "Crónica del peronismo", compuesta casi en su totalidad por materiales de archivo, resulta inadmisible: está formada por una serie de momentos alucinantes, entre los que quizá destaque aquel en que se muestra al pueblo haciendo grandes colas para despedirse del cadáver de Evita, que desvirtúan, en casi su totalidad, el valor del primero, por lo que resulta muy distinto proyectarlo aisladamente, como se ha hecho en la mayoría de los lugares en que se ha exhibido públicamente el film. El resto, también como se señala en la entrevista, no lo conozco.

A. Martínez Torres

***

— ¿Tú naciste aquí, verdad?

— Sí, en León, en el 35, donde estoy hasta el 52 en que me fui directamente a Buenos Aires, donde me radiqué. Allí hice de todo, periodismo, estudié, escribí, empecé a hacer cortometrajes.

Creo que un libro tuyo de cuentos es premio de la Casa de las Américas.

— Sí, el del 64, se llama Chulleca. Son cuentos situados en el norte de la Argentina; están dentro de un realismo crítico con cierta dosis de fantasía, casi documentales, con un lenguaje de grabadora. Como escritor me ubicaría dentro de la corriente de jóvenes escritores que aparecen en la Argentina hacia el 61, una generación que sale después de la caída del peronismo, que en algunos casos ha tenido alguna experiencia dentro de los partidos de la clase media, que ha depositado una gran confianza en el frondizismo, pero que luego se siente defraudada; gente que creía que el peronismo existía como consecuencia de un atraso tremendo de las masas, que Perón seguía engañándolas; la persistencia de este fenómeno la obliga a empezar a estudiarlo y es cuando se empieza a producir la diferenciación entre esta joven generación de la otra izquierda, con la cual había estado trabajando tiempo atrás. Mi caso, en este sentido, es algo distinto, porque yo era de las juventudes socialistas hasta el 55; en este período tuve una experiencia dual, por un lado era socialista y creía en Marx y en todo eso pero, por otro, estaba al lado del elemento más gorila que habría luego, los sectores más antiperonistas, como eran los españoles republicanos. Mi vivencia concreta de lucha sindical la estaba haciendo dentro del movimiento, pero la veía de otra manera; tenía un pensamiento teórico idealmente socialista y una praxis dentro del movimiento de masas que interpretaba cómo la tentativa real, dentro de Argentina, de caminar hacia el socialismo. A partir de este momento comencé específicamente una labor cultural y política dentro del peronismo.

¿Qué te parece el «boom» de la literatura latinoamericana? En la película os metéis mucho con Mujica Laínez y Borges, y de rechazo con los Cortázar, Onetti o Vargas Llosa.

— Los Mujica Laínez, las Victoria Ocampo, los Bioy Casares, la revista Sur, incluso los Borges no constituyen en este momento ningún problema para la joven generación. Es gente que ya ha perdido la autoridad que tenía sobre sectores medios durante toda una etapa, que respondían al pensamiento oligárquico y que, caído Perón, perdurará cuatro o cinco años. Pero, ya durante el proceso del frondizismo, la joven generación los ubica en su lugar. Los Cortázar también estuvieron durante algún tiempo vinculados a una manera de pensamiento de la oligarquía, y sólo empiezan a revisar su visión a partir de la revolución cubana y del proceso mundial que les obliga a radicalizar su visión de la realidad, pero hasta un determinado margen, creo que más de eso no dan y también sería absurdo exigirles. Creo que es una corriente que asimila las influencias de un proceso revolucionario mundial, más concretamente latinoamericano, aunque sea desde París, y que se ubican a una gran distancia de los Mujica Laínez, que son típicos escritores exponentes del pensamiento liberal oligárquico. Con los Cortázar, los Vargas Llosa, podemos disentir, en cuanto a esa dualidad que todavía está dentro de una gran capa de intelectuales; por un lado, la obra, que puede ser muy fácilmente absorbible por la cultura dominante y, por otro, una actitud de compromiso muy válida; sin embargo, defendemos su actitud y creemos que participan de un frente mundial contra el enemigo común. Dentro de esta generación podríamos habernos inscrito nosotros, a los que antes me he referido, pero que nos hemos convertido en un grupo minoritario que intenta dar un paso más adelante, superar esa dualidad del artista. Podemos disentir de ellos, pero sólo porque creemos que lo que hacen no es lo mejor que podrían hacer.

¿Antes de La hora de los hornos haces algún documental?

— Sí, Trasmallos, sobre una familia de pescadores, rodado en 16 mm. En Argentina estudiaba en la «Asociación de Cine Experimental», centro joven totalmente independiente, el único que hoy funciona en el país —la «Escuela de Santa Fe» y la de «La Plata» y la «Escuela» que intentó levantar el «Instituto Nacional de Cinematografía» prácticamente no existen—, donde están agrupados cuarenta o cincuenta personas de «pensamiento comprometido», dispuestas a hacer sus experiencias como sea, de manera totalmente independiente y en 16 mm. Allí hice mi primera experiencia cinematográfica mientras escribía cuentos y teatro, vinculado a algunas revistas literarias, que entonces tenían importancia, como El escarabajo de oro, La rosa blindada.

¿Cuál es tu colaboración en La hora de los hornos?

— Con Solanas hemos constituido un equipo, después de tres años de trabajo, donde nos hemos sentido absolutamente identificados, que ha hecho que el film lo hiciésemos prácticamente entre los dos. Aunque uno de los dos era siempre el que decía la palabra definitiva, y era él. Eso sólo se consiguió saltando sobre algunas diferencias, y gracias a que hubo cierta madurez en nuestro diálogo, que nos hizo poder coincidir en términos generales. El hecho de empezar a corporeizar algo tan abstracto como era la idea base, la liberación del hombre en la Argentina, de documentarnos, de meternos en la realidad y hacerlo a través de una discusión viva, dio lugar a que el proceso de evolución fuese bastante semejante en ambos.

El proceso de investigación que supone la película ¿lo hicisteis antes del rodaje o al mismo tiempo?

— Se establecieron una especie de primeras estructuras, que ahora aparecerían como muy imprecisas, la libertad, la cosa poética, la lucha, a partir de las que empezamos a filmar; el contacto con los problemas que se nos iban planteando, la investigación que íbamos haciendo, nos hizo modificar diez o quince veces la estructura. Nosotros la terminamos y la primera vez que la vimos en una pantalla fue en Pésaro; incluso después hemos hecho algunas variaciones.

Yo vi la película en Pésaro: la primera parte me pareció interesante, pero discutible; la segunda, me indignó profundamente, y la tercera, no la vi; luego, con gran asombro he leído que tanto en Karlovy Vary, como en Mannhein y Mérida, sólo se proyectaba esa primera parte, ¿por qué ocurría esto?; es evidente que la primera parte funciona aislada de una manera y junto a la segunda, de otra.

— Es un problema técnico. Hace dos meses únicamente se terminaron de hacer las traducciones del film a otros idiomas. Y aún seis meses después de Pésaro hicimos correcciones principalmente en la segunda y tercera partes. La primera parte fue a Mérida porque era imposible llevar allí las cuatro horas y media; la idea era llevar el resto a Viña del Mar, un festival que luego no se ha celebrado. En Italia se difundió la primera parte porque a los distribuidores no les interesaba la segunda, y la tercera; en París, que es el lugar de Europa en que más interés hubo, el distribuidor que está más interesado la quiere entera.

En la película defendéis el peronismo, lo que me parece discutible, pero también defendéis a Perón, lo que creo que no es discutible.

— Nosotros no entendemos el peronismo sin Perón. Ese es el dilema dentro del sector de la vieja izquierda argentina, que frente al peronismo siempre tuvo una actitud paternalista, que cree que el movimiento obrero era engañado, que Perón le llamaba a Plaza de Mayo, le ofrecía cuatro caramelos y la gente venía; la vieja izquierda jamás comprendió lo que era un movimiento nacional de liberación en un país semicolonizado y atrasado como es la Argentina. Entonces cae Perón y sube la oligarquía en septiembre; la izquierda, el liberalismo, los sectores católicos estaban detrás de Leonardi y creían que realmente desaparecería todo, pero cae Perón y no desaparece nada. Entonces la impotencia de una izquierda, que no es capaz de organizar revolucionariamente una salida dentro de la Argentina, cargaba las culpas sobre Perón.

Yo no considero a Perón un tipo de derechas. Para nosotros, en aquella etapa, Perón pudo ser a la Argentina lo que Castro ha sido a Cuba. Hay que entrar a analizarle. Aunque si, en última instancia, el problema fuese Perón, te aseguro que la situación de Argentina se resolvía fácilmente. No es posible comprender a Perón y al peronismo si tratas de desvincularlos. Yo lo ubico en el lado de lo que es el pueblo argentino, que sigue confiando en Perón y avanzando a través de la bandera de Perón hacia su liberación y hacia su lucha antiimperialista, porque no tiene otra bandera mejor. Perón encarna la tentativa más alta que da la sociedad argentina en la búsqueda de su emancipación del imperialismo y de la oligarquía; Perón significa una derrota para la oligarquía y el imperialismo en el 45. Lo que cuenta no es su persona, sino lo que significa para las capas que van a hacer la liberación; entonces, su problema personal empieza a relativizarse, porque él nunca fue un obstáculo para que se desarrollase el proceso revolucionario. Si hoy no está más avanzado no es por su culpa, aunque tampoco fue el elemento que lo impulsó, sobre todo después de su caída, sino porque las capas revolucionarias tenemos profundas limitaciones para desarrollar la liberación. Sería absurdo achacarle la responsabilidad a Perón, porque cuando estas capas demostraron mayor capacidad de audacia se acopló a ellas; basta ver lo que ocurrió en el 59, en el 60, cuando se dan las grandes huelgas y las primeras tentativas de guerrillas, las grandes manifestaciones estudiantiles; él se puso al frente de todo esto. Perón no puede tomar o actuar desde posiciones marxistas, sería absurdo pretenderlo, eso lo puede ambicionar la izquierda, pero tampoco expresa la tendencia hacia la derecha de la sociedad argentina, sino hacia la liberación antiimperialista; no alcanza a cumplimentarla ni a llevarla en profundidad por las limitaciones históricas que tiene la burguesía argentina en el 55 que, antes de profundizar en una revolución, liquida a Perón.

Esta defensa del peronismo, ¿es porque realmente os parece bien o, quizá, es una instrumentalización, en el sentido de que era capaz de movilizar a las masas, cosa que los partidos de izquierdas no lograban, y entonces es una especie de infiltración de grupos izquierdistas dentro del peronismo?

— No, no, aquí no hay trampa. Es la comprensión de que el único movimiento de masas antiimperialista que existe en la Argentina es el peronismo, es el proletariado, que en la Argentina es sinónimo de peronismo desde hace veinticinco años.

¿Pero no estará completamente alienado este proletariado que va detrás del peronismo, porque dado su subdesarrollo e incultura es fácil engañarle?

— E1 proletariado a nivel colectivo, en una situación histórica como la de América latina, no puede estar engañado. Las masas argentinas jamás fueron engañadas, sobre todo las que empujaron un proceso de liberación, que siempre sostuvieron banderas que eran las más importantes que tenían en ese momento. Aunque tendrán que pasar por encima del peronismo cuando encuentren formas superiores, como ya está empezando a suceder. Hoy existen corrientes que han hecho su madurez dentro del peronismo y avanzan hacia posiciones revolucionarias, y corrientes que, dentro de la izquierda, rompen con los esquemas de la vieja izquierda, que confluyen, todavía con grandes diferencias. La tentativa nuestra con el film era tratar de expresar la confluencia de esas dos líneas que convergen detrás de la construcción de algo que puede ser, a nuestro criterio, el único elemento revolucionario positivo que puede darse en la Argentina hoy. Para nosotros, Perón y Castro no son antagonistas, sino experiencias históricas que confluyen, es decir, Castro no hubiese existido si no existe Perón antes, sin Guatemala, sin lo del 52 en Bolivia, sin Vargas en el Brasil; hay un proceso revolucionario continental que alcanzó su primera victoria en Cuba como condensación de toda una experiencia latinoamericana.

¿Creen entonces que los grupos castristas en Argentina tienen los mismos objetivos que los grupos peronistas?

— Pienso que, en perspectiva, sí, y que las diferencias existen, como en cualquier otro país del mundo entre los distintos grupos; simplemente, el problema es que ninguno de ellos está demostrando condiciones y capacidad para darle al sistema un golpe serio. Pero en la medida en que uno de esos grupos, venga del peronismo o no, sea capaz, a través de sus acciones, de empezar a desarrollar golpes al sistema, una política que las masas vayan sintiendo como realmente revolucionaria, todas las diferencias empezarán a superarse.

¿El propósito de vuestra película es que las masas tomen conciencia de que esta posibilidad sería ventajosa y que la lleven a efecto?

— Exactamente. Los primeros grupos que han comprado la película son los sectores revolucionarios del peronismo. En Chile, la primera parte, la ha comprado el partido socialista, que nada tiene que ver con el peronismo. Yo creo que el peronismo es el elemento necesario para la revolución argentina, pero necesita el aporte de capas que ahora están en otros sectores y que no vienen por antiperonistas, cuando el enemigo principal es común: el imperialismo yanqui y la oligarquía. Creo que lo único positivo que va surgir en la Argentina es a través de la coincidencia de estas vertientes: de un lado la profunda experiencia antiimperialista de las masas peronistas, y de otro el aporte intelectual, que no han podido darse por sí mismas, a nivel de cuadros y organización, de gente que proviene del marxismo, que ha roto con unos esquemas anquilosados, y ciertos grupos de la Iglesia rebelde, alrededor de la figura de Camilo Torres, que están radicalizándose en sus posiciones, que también han aceptado nuestra película. Si en la Argentina hubiese ahora un grupo que fuese más capaz de lo que ha sido Perón, de resolver los problemas del pueblo, Perón no existiría; luego el problema no es suyo, es nuestro.

¿Cómo explicas que en los sitios en que han puesto mayores inconvenientes ideológicos a la película haya sido en España y en Brasil?

— La situación de Brasil es un poco como la de España. Brasil es el país, después de Méjico, más desvinculado de la América latina, con una intelectualidad que se ha formado dentro de una experiencia muy particular y una cultura también muy particular. En este momento no sería capaz de decir la postura de un Alex Viany, por ejemplo, ante Vargas, porque no la sé; para mí, Vargas es una de las expresiones de liberación dentro de América latina. Es posible que sean antivarguistas, como en la Argentina hay realizadores que son antiperonistas. Lo que no puedo explicarme es el fenómeno de la existencia aquí, en España de sectores que, a mi parecer, no alcanzan a comprender lo complicado y complejo de un proceso revolucionario en un país latinoamericano, concretamente en la Argentina, mientras para otros sectores de la intelectualidad europea ese proceso es mucho más válido. Aquí se defiene a Lumumba, como un mito, y nunca a Perón, cuando las reivindicaciones que Perón estaba planteando eran diez veces más avanzadas que las de Lumumba, aunque la situación de Lumumba le permitía ir mucho más lejos. Aunque comprendo que hay cosas de Perón, incluso para mí, indigeribles, en la medida en que se esquematiza el análisis y no se ve lo que se está moviendo bajo esos elementos.

Pero parecéis situados ante un recurso al mal menor: ya que no hay nada mejor quedémonos con Perón.

— La gente revolucionaria peronista no está esperando si Perón dice sí o no; se está moviendo simplemente; desde hace diez años no le han esperado; cuando decidió más es cuando dentro de la situación argentina no había direcciones políticas que impusiesen un respeto. Con el peronismo existe ahora la misma actitud que existía en otros momentos respecto al comunismo, ¡ojo, no contaminarse!, la actitud purista de no ensuciarse las manos, típica del intelectual de izquierdas; todo el mundo está tratando de no ensuciarse las manos, porque el otro grupo no es lo suficientemente marxista-leninista, porque está aliado al comunismo; ese purismo que hace perder de vista quién es el enemigo principal y lleva a la lucha interna para ver quién es más revolucionario; nosotros no queremos entrar dentro de ese juego, queremos hechos concretos, no ideas abstractas para discutir.

En la película planteáis un rechazo de todo lo que sean influencias culturales externas norteamericanas o europeas, colonizantes, opresoras, pero, curiosamente, la impresión que da La hora de los hornos, y me refiero principalmente a la parte formal y estructural, es que está hecha por europeos o extranjeros en general; es técnicamente perfecta, tiene las mismas influencias francesas mal asimiladas de casi todas las películas argentinas, pretende criticar una serie de cosas valiéndose de ellas mismas.

— Creo que no. En este momento pienso que es imposible hacer una obra a partir de cero que rompa con todas las influencias, cuando otras obras están saliendo de una cultura que no es aún nacional, porque tampoco somos naciones. E1 problema de la cultura o del cine en América latina está vinculado íntimamente al proceso de la liberación y a la construcción de nacionalidades; es lo único que puede permitir su existencia, diferenciada y original. El cine que va surgiendo como expresión más latinoamericana es el que está dentro de esa corriente bajo las influencias del cine y la cultura mundiales. La hora de los hornos tiene también influencias de todo el cine del mundo y un resultado que para mí es original y distinto a la mayor parte de las películas. Nosotros tampoco buscamos el hacer una película distinta y original, sólo tratamos de transmitir nuestro pensamiento sobre una determinada realidad, para lo cual tenemos que utilizar formas de lenguaje en cierta medida originales; si lo alcanza o no es otro problema, pero no está como tentativa, sino como consecuencia. La idea del film-acto, donde el film se niega como film, para nosotros es únicamente un pretexto para desarrollar la comunicación entre un grupo de gente en torno al problema básico de nuestra liberación; una de las resultantes que surgen como consecuencia de dirigirnos a ese público con esa actitud es ese estilo, esas nuevas formas, no por la búsqueda «a priori». En este sentido la frase de Brecht: «Deducimos nuestra estética de la necesidad de nuestro combate», se puede aplicar a lo que estábamos intentando hacer. Nuestra película puede tener influencias de cualquier otra categoría de cine, pero, como resultado, pienso que aporta algo, en cuanto a que es distinta; no encuentro en este momento ninguna película que se le parezca. Este fue, por otro lado, uno de nuestros mayores problemas: ¿qué película tenemos de referencia?; cuando tenemos que hacer una película así antes de la liberación y trabajar con una cámara Bolex de cuerda de 30 metros, un grabador Philips «cassette» y un equipo que nunca pasaba de tres personas, encarando un tema de esa envergadura.

¿Hay dentro del cine argentino y del cine mundial algunos directores con los que te sientas en algún sentido solidario? Por ejemplo, ¿Favio os interesa?

— Favio dijo que nuestra película era muy importante, aunque no la había visto, y el hecho de decirlo, para mí, es muy estimulante, dado que la situación es que la mayor parte de los cineastas antes de opinar de La hora de los hornos se mete en su casa y cierran la puerta. Yo la emparento con los otros trabajos que está haciendo nuestro grupo en Argentina, lo que está haciendo Santiago Alvarez en Cuba, lo de Mario Handler en Uruguay, a ciertos proyectos latinoamericanos que caminarán si no ocurre nada imprevisto, la emparento al «Newsreel», al «Ciné-Tract», al «Cine-giornale», al «Terzo canale», al «Singakuren», a los «Estados Generales», a toda una corriente del cine mundial, que me parece el hecho más importante del cine en estos momentos, que está descubriendo una posibilidad que hasta ahora era inaudita, un tipo de cine para trabajar políticamente, para incidir dentro del proceso de liberación. Y es sintomático el que, por primera vez, en América latina organizaciones revolucionarias se hayan interesado en comprar la primera parte de nuestra película, descubriendo que el cine es un instrumento político. Creo que ese no es el único camino para dar una batalla por la construcción de una nueva cultura, de un nuevo cine, superior al existente; el cine de autor, independientemente de que nosotros creamos que tiene limitaciones, cumple también un papel dentro de capas en que si ese cine no ejerce influencia otro tampoco podría. Nosotros nos sentimos solidarios con los que dentro de este cine están tratando de aprovechar al máximo sus posibilidades, tratan de hacer un cine de descolonización, desde un Buñuel hasta ciertas experiencias de un Godard último, aunque a otro nivel, con algunos italianos, con algunas tentativas de algunos españoles y latinoamericanos. Es un tipo de cine que a lo mejor haríamos. Favio quizá sea el único elemento que ha aportado algo al «nuevo cine argentino», teniendo en cuenta además que muchos de ellos están hoy mucho más atrás que hace diez años. En este momento, paradójicamente, lo más avanzado del cine argentino no está a nivel de las capas jóvenes, sino al nivel de ciertas capas semi-industriales, que tratan de construir una industria paralela; burgueses y particulares que han descubierto la presencia de un mercado que demanda un tipo de obras más problematizadas; son los Maspero y los Feltrinelli argentinos dentro del cine, es esta especie de neopopulismo que empieza a existir en ciertas obras, me refiero a Martín Fierro, de Torre-Nilsson, y a La fiaca, de Ayala; esta última va mucho más lejos, en cuanto a tentativas, que toda la gente joven, que está más preocupada por un cine comercial.

La película ¿cómo fue financiada: os dieron dinero los grupos peronistas o Perón?

— La primera vez que nosotros hicimos una exhibición a nivel de dirigentes políticos, entre ellos estaba la mujer de John William Cook —el tipo más importante que dio el peronismo; era uno de los hombres de confianza de Perón; es uno de los que más radicalizó su pensamiento, y era hombre de confianza del Che—, no tenían noticias de lo que era. Para nosotros fue profundamente satisfactorio, porque era ese el público que buscábamos, porque la recibieron mucho mejor de lo podíamos esperar. A partir de estar hecha es cuando se interesaron profundamente en ella y es, también, cuando se planteó el problema de su difusión partiendo de la idea del film-libro, venta de copias, que se ha empezado a hacer en 16 mm. y que dentro de poco se hará también en super 8 mm., como tentativa para alentar un nuevo tipo de cine, que si quiere sobrevivir ha de ser autosuficiente. El dinero para rodarla surgió a través de nuestro trabajo en cine publicitario, por el que se están produciendo las películas del «cine nuevo argentino», que permitió que la autoprodujésemos. Película que al ir a Pésaro tenía un costo y que hoy tiene más del doble, por lo que entonces no teníamos deudas y hoy en día son tales que hemos tenido que ponerla en manos de una empresa. Pero que tampoco es mucho, porque el costo en estos momentos anda por los 50.000 dólares; pero si nosotros al empezarla nos llegamos a imaginar que tenemos que invertir esa cantidad no la hubiésemos hecho.

¿La ha visto Perón?

— Creo que no; sé que está al tanto, que ha venido gente a decirle que éramos comunistas infiltrados; ha habido informes y contrainformes, porque Perón mantiene buenas relaciones con todos los grupos, desde los guerrilleros hasta los conservadores, para mantener la cohesión. Creo que le agradará, le interesará que por primera vez gente que de alguna manera está vinculada al movimiento haga una película que tenga una repercusión mundial. Por nuestra parte también nos interesa que la vea.

¿Cuánto tiempo os llevó el trabajo?

— Bueno, teniendo en cuenta que no lo hicimos seguido, hubo meses en que no hicimos nada, desde la primera carta que intercambiamos Solanas y yo hasta que se estrenó en Pésaro pasaron dos años y cuatro meses.

¿En qué países se ha estrenado la película?

— En Uruguay se estrena ahora a través del semanario Marcha y la sección de críticos, en Chile a través de la Universidad y los partidos de izquierdas. En París se ha puesto en la «Cinemateca» y en la Facultad de Derecho, aunque se prohibió su proyección en la «Semana de Positif»; puede que también se difunda en el «Circuito Paralelo», porque los «Estados Generales», después de discutir profundamente con ellos, no la han querido, porque nosotros estamos tramitando que pase la censura y ellos no aceptan películas que hayan sido aprobadas por censura. En Suecia se está exhibiendo comercialmente a través del «Filmcentrum», un grupo de gente joven que trabaja en 16 mm. En Italia se está difundiendo a nivel de Universidades y la presentación, digamos comercial, se hará pasado el verano.

¿Ahora tenéis algún proyecto?

— Nuestro grupo también ha hecho varios números de un noticiario, el primero que edita una central obrera en América latina, que creo que Chris Marker va a traer ahora a Europa. Dentro del cine de autor nuestro grupo ha terminado una película con personajes reales, una especie de Los hijos de Sánchez, en cine; Camino hacia la muerte del viejo Reales es una familia en la que los hijos cuentan sus vidas y el viejo recrea su propia muerte para un espectador. Luego hay planteadas dos cosas importantes, una a nivel argentino y la otra a latinoamericano; en ésta, en principio, estarían Santiago Alvarez, Mario Handler, Miguel Littin, de Chile, y algunos brasileños.

(Grabada en magnetofón, por Augusto M. Torres y Miguel Marías). Madrid, mayo 1969.

En Nuestro Cine nº 89 (septiembre de 1969)