lunes, 7 de septiembre de 2026

The Serpent's Egg (Ingmar Bergman, 1977)

La primera película no sueca de Bergman, rodada en inglés en Alemania (a donde se exilió varios años perseguido por el Fisco), con un par de actores norteamericanos (David Carradine y James Whitmore) y presentada por el italiano cosmopolita Dino De Laurentiis, se dedica a explorar los estados de ánimo y los conflictos sociales de una serie de personajes marginales en los años caóticos y decadentes de la república de Weimar, sumida en la Depresión y presa de los movimientos iniciales de los nazis para irse haciendo con el poder. Es, teóricamente, la película más "política" de Bergman, aunque no se refiera a una situación actual, sino -esta vez- difusamente histórica (más de cuarenta años, pero con una clara imprecisión en la datación, tan pronto parecen los años 20 como los 30), como otras veces ha situado la acción en diversos futuros, siempre indeterminados -en Sånt händer inte här (Esto no puede ocurrir aquí), en Tystnaden (El silencio), en Skammen (La vergüenza)- y tal vez no muy lejanos. En todas ellas reina (ya o todavía) un difuso y ominoso clima prebélico o policial, con movimiento de tropas o tanques por las calles, máscaras antigás, atentados, tiroteos, palizas y manifestaciones.

En El huevo de la serpiente es más notable la sensación de hambre, derroche y corrupción que en las otras películas de Bergman no intimistas o que, aún centradas en un microcosmos aislado (la isla de Farö de Skammen), sufren intrusiones de la amenaza o la crisis circundante: hay escasez, se oyen disparos o se ven estelas de reactores, movimientos que siempre resultan inquietantes y amenazadores, aunque no llegue a producirse un estallido revolucionario ni una declaración de guerra. Pero llegan ecos, rumores de guerra, inseguridad, desorden.

Narrativamente, quizá sea la película de Bergman más cercana al cine comercial y a sus modelos predominantes, que son los del cine americano, razón por la que decepcionó a algunos de sus admiradores, por considerarla una concesión y una vulgarización de su estilo habitual, aunque esto es bastante relativo, ya que se trajo al operador habitual suyo desde muchos años antes, el excelente Sven Nykvist, y a Liv Ullmann, y fichó a los mejores técnicos y actores locales. Hay que destacar los magníficos decorados, que revelan la admiración de Bergman por el cine alemán mudo y del comienzo del sonoro. Por otra parte, lo que revela es la adaptabilidad y flexibilidad de Bergman, y que no se dejó atrapar por un estilo rígido y reconocible desde el primer fotograma, cerrado a toda influencia, evolución o innovación, como les ha ocurrido a algunos otros cineastas célebres, convertidos en prisioneros de su propia imagen, de la que si se apartaban podían ser acusados de eclecticismo y falta de constancia, o hasta de incoherencia, y si no cambiaban se les reprochaba que se repitieran o que se hubieran hecho previsibles.

Es precisamente uno de los grandes méritos de Bergman el haber conseguido, a lo largo de casi sesenta años de carrera, mantener una indudable continuidad temática y estilística al tiempo que evolucionaba constantemente, y en varias direcciones, desarrollando diversos aspectos de su cine, y explorando a fondo rasgos que inicialmente no eran dominantes, sino tal vez hallazgos casuales o accidentales. Piénsese, por ejemplo, en la depuración y progresiva precisión de sus encuadres, la esencialización de la iluminación, la importancia y el tamaño de los primeros planos, el paso de un montaje más suave a uno que podría calificarse de cortante, la creciente sobriedad de sus escenas, la aminorada presencia del decorado, el muy cambiante uso de la música y el sonido, el menguante empleo de fundidos, la frecuencia cada vez mayor de las elipsis narrativas y de las omisiones.

Hay otros elementos que, ubicados ahora en Alemania y en los años 20, tienen antecedentes en otras películas anteriores de Bergman, o suponen trasposiciones no exactas pero aproximadas: el ambiente circense de Gycklarnas afton (Noche de circo), por ejemplo, se encuentra aquí en los más bien sórdidos cabarets. Y las relaciones un tanto ambiguas y desordenadas entre David Carradine y Liv Ullmann -que es la viuda de su hermano- sí son típicas de las películas de Bergman de cualquiera de las décadas en que se desarrolló su actividad como director. Sin embargo, es también cierto que, aunque excelente, es un poco menos personal, por estar hecha en circunstancias de excepción, sin el grado de control y libertad usual. Si nos hubieran dicho que era anónima, no la hubiéramos reconocido como indudablemente de Bergman, tal vez nos hubiera parecido, más bien, obra de un discípulo o admirador suyo, con alguna influencia de Bergman, que seguramente atribuiríamos a la presencia de Liv Ullmann, para colmo fotografiada por Nykvist. Pero podríamos haber aventurado otros posibles autores, tanto americanos, como Robert Aldrich o Richard Brooks, como alemanes, y hubiéramos dudado, en este caso, entre Rainer Werner Fassbinder, Völker Schlöndorff y Margarethe von Trotta.

En “El universo de Ingmar Bergman”. Madrid : Notorious, junio de 2018.

viernes, 4 de septiembre de 2026

Carta a Borau

Madrid, 14 de abril del 2000

Querido José Luis:

Aunque charlamos bastante el otro día, después de años de hablar muy de tarde en tarde, poco y apresuradamente, lo cierto es que de la película en sí misma apenas se trató, preocupado como estabas por su recepción; siento no haber podido darte excesivos ánimos al respecto, ni una visión más optimista del panorama en el que nos movemos, pero todavía soy incapaz de decir algo que no pienso, aunque alguna rara vez consiga callarme parte de lo que pienso. Y, además, ¿para qué hubiera servido?

Creo que poco puedes hacer ya por la película, después de haberla hecho, salvo prestarle ese apoyo de salida - necesario pero insuficiente - que supone estar "disponible" y aceptar contestar preguntas. Ni la crítica (mejor diría, "la crónica de estrenos") sirve de gran cosa, ni es seguro que quienes se ocupan de tales menesteres sepan muy bien qué decir a propósito de una película como Leo, con lo cual nada que resulte verdaderamente atractivo escribirán, si es que no llega a irritarles su incapacidad para explicarla, o su clara condición de "film de autor". Ah, si se limitaran, sin buscar frases supuestamente brillantes (chuscas misturas de metáforas desdichadas) ni justificaciones teóricas o culturales, a dar a entender que una obra es apasionante o a trasmitir al menos una curiosidad que diera ganas de verla...

Yo apostaría que todos los que presten a la pantalla un mínimo de atención la seguirán no ya sin problemas, sino sin lograr desengancharse un momento, desde el principio al final. Y que el espectador que se meta en ella saldrá satisfecho. Quizá no tanto como entusiasmado, porque no sabrá muy bien qué decir, y esa vacilación o indecisión le impedirá expresarse rotunda y claramente. El problema mayor sigue siendo conseguir que el número suficiente de personas decidan ir a ver Leo, y para colmo lo antes posible.

Las virtudes de la película me parecen claras y evidentes, y no te las voy a contar precisamente a tí, que las sabrás mejor que nadie, lo mismo que le verás algún defectillo que yo, al menos en primera visión, no he logrado encontrar; lo que dudo que muchos las tengan todavía por virtudes fundamentales. No podrán, seguramente, ser rotundos, porque la película no se da "aires" ni hace esfuerzo alguno por convencer al público de su excelencia o importancia histórica o estética. Y el desconocimiento y la falta de criterios claros impedirá a muchos percibir su superioridad con respecto a casi toda la cartelera. A mí me gusta mucho Todo sobre mi madre, porque es muy personal y se atreve a expresar muy claramente cosas bastante insólitas, muy sentidas, que suelen ocultarse; Leo me parece claramente mejor, pero ve por ahí a decirlo, y verás qué respuesta obtienes: no lo aceptaría ni uno de los que no han visto ninguna de las dos, y sospecho que ni siquiera aquellos que, en voz muy baja, casi en un susurro, declaran que a ellos no les gusta nada la película de Almodóvar. Si te fijas, hay muchos conmovidos y gratamente sorprendidos por Solas que dan por sentado que, por bien que esté, "naturalmente" carece de la importancia de Todo, y que no serán capaces de decir que les parece mejor, o en todo caso, como si fuese una limitación suya, que a ellos les "gusta" más Solas, como una muy discutible opinión subjetiva, aunque, "desde luego", sea más "importante" Todo... Y contra eso no hay nada que hacer. Así que no esperes que nadie se extasíe o lance las campanas al vuelo, por mucho que le guste o interese Leo, al menos entre los que escriben en los medios que pueden tener alguna influencia en la suerte en taquilla de la película.

Por eso creo que Leo ganará la batalla a largo plazo, en privado, entre personas que quizá no airean su opinión, y que es una película más adecuada para dos o tres cines no muy grandes que para 25 en Madrid y provincia. Pero como, en todo caso, aunque llegases a estar de acuerdo conmigo, no tienes poder para imponer un método de lanzamiento opuesto al hoy de moda, y encima tu única posibilidad económica parece que sería alcanzable únicamente con 80 copias y mucha suerte, sin que el tiempo en que se recauden 50 millones sea un factor secundario, sino de vida o muerte, el caso es que poco puedes hacer ya, una vez hecho lo fundamental, la película misma, salvo empezar la siguiente cuanto antes.

Como te dije muy de pasada anteanteayer, creo que Leo es tu mejor película. Con eso no quiero decir "mejor que las últimas", ni que la encuentre al mismo nivel que las mejores -para mí, como sabes, y en este orden, eran hasta ahora Hay que matar a B., Furtivos y La Sabina o, para ser más preciso, The Sabine, pues la versión española era poca cosa comparada con la original bilingüe-, sino nítidamente mejor. Tampoco me limito a pensar que es tu mejor trabajo de dirección, el más conciso, el más complejo, el más preciso, el más sobrio, el más controlado, sino la mejor de tus películas desde mi punto de vista de espectador (no de seguidor de tu carrera como autor cinematográfico): la más emocionante y menos sentimental, la más breve pero con información suficiente, la más misteriosa y elíptica aunque inteligible, la más exigente y crítica hacia los personajes pero también la más generosa; y siendo, en el fondo, la más escéptica (alguno diría pesimista), no es en modo alguno deprimente o desesperanzadora de tono, en parte simplemente por lo poco retórica que es.

Lo que ocurre es que una película así contrasta con todas las demás. Si en 1973 no tenías nada en común con el entorno e ibas por libre, hoy, habiendo evolucionado con el tiempo pero desde los mismos principios tanto sobre el cine como sobre los seres humanos y la vida, es decir, tras avanzar por el mismo camino, estás mucho más en desacuerdo (o en abierta discrepancia) con lo que te rodea. Eso hace que la película, sin proponerte tú que sea "diferente", sea completamente distinta de las demás. Y eso, José Luis, es peligroso, como muy bien sabes: si la gente, vagamente, se siente disconforme, puede encontrar en tu película una expresión de lo que intuye o le preocupa; si está entregada al conformismo y la satisfacción de sí misma, os verá a ti y a la película como un par de rarezas extemporáneas o inoportunas, incordiantes, y no le gustará Leo.

Creo que va a sorprender, en general. Que nadie se espera que sea como es. Eso me hace pensar que quizá se podría utilizar ese rasgo como argumento de atracción. No es descarado autobombo advertir que es una película sorprendente; avisa un poco, crea expectativas y, además, no las defraudará. Había algo semejante, si no recuerdo mal, en el lanzamiento de Furtivos (algo acerca del bosque y lo que en él sucede, por debajo o por detrás de la aparente calma, tranquilidad o normalidad). Otro elemento con el que ya nadie juega, y tú podrías hacerlo con abundante materia prima, son los personajes; creo que es una baza explotable, porque tienen mucha fuerza en Leo, son lo más importante, lo más visible y lo más oculto. Hasta la falta de explicaciones de la película da pie a "presentarlos" de antemano, muy someramente. Y quizá también, de algún modo, el escenario del drama, el polígono. Y puede que decir eso de que es una película sobre el peso o la gravitación del pasado, pero sin flashbacks, también podría ser intrigante y atractivo sin despistar, sino orientando un poco a los posibles espectadores sobre cómo ver la película.

Tampoco está mal como demostración en vivo de la plena vigencia actual del clasicismo que no se ha estancado, ni es copia o remedo del pasado, sino que se va adaptando a los temas y a la época que explora, lo mismo que fueron haciendo Hitchcock o Lang, Hawks o Ford: adaptando y desarrollando su estilo a cada época, sin que dejase de ser básicamente el mismo, y tan clásico en los 60 como en los 20.

En todo caso, como aficionado al cine, gracias por hacerla. Como amigo, te deseo suerte, y que no tardes mucho en ponerte a hacer la siguiente. Un abrazo,

Miguel Marías

* * *


Madrid, 25 de abril de 2000.

Querido Miguel:

No sé cómo explicarte el bien que me ha hecho tu carta. Y no sólo ya por cuanto dices en ella de "Leo", sino por el ánimo y la entrega que implica semejante atención.

Siempre he creído que la célebre soledad del corredor de fondo no se manifiesta durante la carrera -hay que ganar o al menos seguir adelante como sea-, sino al final, cuando el esfuerzo ha concluido y sólo se oyen, por lo regular, unos cuantos aplausos aislados.

Es el momento de preguntarse por qué y para qué se ha corrido e incluso, en el mejor de los casos, el sentido de la misma victoria. Uno recoge la impedimenta y se va despacio a las duchas, a que la alcachofa de zinc llore por él.

Creo que tienes razón en cuanto dices, sobre todo al hablar de lo difícil que resulta dirigirse al espectador de hoy, impaciente, distraído y estragado por el uso y abuso de los productos "en oferta". Quien trabaja sin edulcorantes ni colorantes, y se dedica a recoger los frutos cuando caen maduros, puede resultar tan patético como un catetillo situado a la puerta del supermercado con su cesto de manzanas.

Por otra parte, se puede saber la razón de haber hecho las cosas de una forma u otra, así o asá, pero nunca cómo han salido al final ni siquiera hasta qué punto quedaron cumplidos los propósitos del inicio.

Que entonces venga un buen amigo, de reconocido criterio y probada sinceridad como tú, dispuesto a poner orden en tamaña confusión, es algo muy difícil de pagar y por lo que uno ha de quedar en deuda a la fuerza "pa" los restos. (Yo ya lo estaba, dicho sea de paso).

Con la gratitud correspondiente, y el deseo de que vuelva a presentarse la ocasión de hablar más y con cierto sosiego, de Cine o de lo que sea, ahí va ahora un fuerte abrazo para Mary Reyes y para tí

José L.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

15 comedias sonoras de Hollywood y 15 europeas

15 COMEDIAS SONORAS DE HOLLYWOOD (por orden cronológico)

Trouble in Paradise (Un ladrón en la alcoba, 1932) de Ernest Lubitsch
Holiday (Free to Live/Unconventional Linda) (Vivir para gozar, 1937) de George Cukor
The Awful Truth (La pícara puritana, 1937) de Leo McCarey
Bringing Up Baby (La fiera de mi niña, 1938) de Howard Hawks
Four’s a Crowd (1938) de Michael Curtiz
The Philadelphia Story (Historias de Filadelfia, 1940) de George Cukor
The Lady Eve (Las tres noches de Eva, 1941) de Preston Sturges
Arsenic and Old Lace (Arsénico por compasión, 1941/44) de Frank Capra
Holy Matrimony (1943) de John M. Stahl
The Inside Story (1948) de Allan Dwan
Jet Pilot (Amor a reacción, 1950/57) de Josef von Sternberg (cl. N. Ray)
The Mating Season (Casado y con dos suegras, 1950) de Mitchell Leisen
The Quiet Man (El hombre tranquilo, 1952) de John Ford
Man’s Favorite Sport? (Su juego favorito, 1963) de Howard Hawks
Avanti! (¿Qué sucedió entre mi padre y tu madre?, 1972) de Billy Wilder

NOTA: Advierto que en lo que a veces se denomina "comedia dramática" para mí pesa más el tono dramático que la situación de comedia, y que no considero fundamentalmente como comedias -aunque tengan mucho del género- Breakfast at Tiffany’s (Desayuno con diamantes, 1961) de Blake Edwards, The Ghost and Mrs. Muir (1947), People Will Talk (1951) y The Honey Pot (Mujeres en Venecia, 1967) de Joseph L. Mankiewicz, The Trouble With Harry (Pero... ¿quién mató a Harry?, 1955) y North by Northwest (Con la muerte en los talones, 1959) de Alfred Hitchcock, Hatari! (¡Hatari!, 1961) y varias otras de Howard Hawks, Make Way For Tomorrow, Love Affair (Tú y yo, 1939), Once Upon A Honeymoon (1942) o An Affair to Remember (Tú y yo, 1957) de Leo McCarey, Angel (Ángel, 1937), The Shop Around the Corner (El bazar de las sorpresas, 1940), To Be or Not to Be (Ser o no ser, 1942) y Heaven Can Wait (El diablo dijo ¡no!, 1943) de Ernst Lubitsch, Unfinished Business (Ansia de amor, 1941) de Gregory LaCava, Rich and Famous (Ricas y famosas, 1981) o The Marrying Kind (Chica para matrimonio, 1952) de George Cukor, The Apartment (El apartamento, 1960) de Billy Wilder, Kiss Them for Me (Bésalas por mí, 1957) de Stanley Donen o It’s A Wonderful Life (¡Qué bello es vivir!, 1946), Mr. Smith Goes to Washington (Caballero sin espada, 1939) y You Can’t Take It With You (Vive como quieras, 1938) de Frank Capra, por ejemplo; al contrario que algunos, no veo nada de comedia en uno de mis melodramas favoritos, Blonde Venus (La Venus rubia, 1932) de Josef von Sternberg. Y excluyo cualquiera protagonizada por actores cómicos (de Buster Keaton y Chaplin, pasando por los hermanos Marx, a Woody Allen), salvo precisa y únicamente la de Jerry Lewis que hubiera figurado -Three on a Couch (Tres en un sofá, 1966) del propio Lewis- si hubiesen sido veinte -más no otras suyas-, porque no suelen ser comedias; considero que las "comedias musicales" pertenecen a otro género, el musical. He resistido la tentación de incluir una de las películas americanas más locas y divertidas que he visto, injustamente ignorada, porque es tan excéntrica que no sé si es la comedia el género con el que más tiene que ver: The Horn Blows at Midnight (1945) de Raoul Walsh. Y confieso que Vincente Minnelli me parece un gran director de melodramas y musicales, pero no tanto de comedias. Por último, he eliminado con todo el pesar del mundo Monkey Business (Me siento rejuvenecer, 1952), porque ya había dos de Howard Hawks, y era la que menos me desagradaba tachar.

* * *

15 COMEDIAS SONORAS EUROPEAS (por orden cronológico)

Ze soboty na nedeli / Von Samstag bis Sonntag (D'une nuit à l'autre) (Entre sábado y domingo, 1931) de Gustav Machaty
U samogo siniego moria (1935) de Boris Barnet (cl. S. Mardanov)
Bonne chance! (1935) de Sacha Guitry (cd. F. Rivers)
La vida en un hilo (1945) de Edgar Neville
Kind Hearts and Coronets (Ocho sentencias de muerte, 1948) de Robert Hamer
The Maggie (La bella Maggie, 1954) de Alexander Mackendrick
Calabuch (1956) de Luis Gª Berlanga
La Pyramide humaine (1959) de Jean Rouch
Le Déjeuner sur l'herbe (Comida en la hierba, 1959) de Jean Renoir
The Grass Is Greener (Página en blanco, 1960) de Stanley Donen
Tutti a casa (Todos a casa, 1960) de Luigi Comencini
Il sorpasso (La escapada, 1962) de Dino Risi
A Countess from Hong Kong (La condesa de Hong-Kong, 1966) de Charles Chaplin
Play Time (Playtime, 1967) de Jacques Tati
L'immorale (Demasiadas cuerdas para un violín, 1967) de Pietro Germi

Nota: Ante la sorprendente abundancia, y comprensible variedad, y tras descartar los casos más ambiguos, para llegar a 20 he dejado una película por director, lo que ha hecho desaparecer muchas de Guitry, y varias de Rohmer, Neville, Renoir, Berlanga, Tati, Risi, Germi, Comencini. Las últimas sacrificadas han sido, por "impurezas" genéricas más que por su calidad, Sonnenstrahl / Gardez le sourire (Rayo de sol, 1933) de Paul Fejös, La Verbena de la Paloma (1935) de Benito Perojo, Morena clara (1936) de Florián Rey, La vida por delante (1958) de Fernando Fernán-Gómez y Ma nuit chez Maud (Mi noche con Maud, 1969) de Éric Rohmer.

Inédito. Listas hechas a petición de Manolo Marinero (27 de agosto de 1995)

lunes, 31 de agosto de 2026

Basilio Martín Patino se retira, pero sus películas vuelven

Casi al mismo tiempo que hacía lo propio en Suiza Alain Tanner, el otrora célebre autor de La salamandra y Jonás, que tendrá 25 en el año 2000, anunciaba en Salamanca su definitiva retirada del cine Basilio Martín Patino, que figura en los libros como uno de los creadores del llamado Nuevo Cine Español, con Nueve cartas a Berta. No han sido muy numerosas las “películas” realizadas por Patino en los 37 años que van desde su primer largo, de 1965, al último, Octavia, de 2002, sin que por ello su actividad, aunque intermitente y semisubterránea, haya sufrido más interrupciones que las impuestas en un tiempo por la censura, ocasionalmente por la salud y siempre por la falta de medios y de procedimientos para financiar el cine de ambiciones culturales, sociales o políticas, que son y han sido siempre, por eso, una exigua minoría, hoy en vías de extinción. No siempre me han gustado las películas ni los inclasificables productos audiovisuales que ha generado Basilio; pero siempre me ha resultado simpática su figura, digna de respeto y hasta de encomio. Por eso lamento esta retirada, a la que tiene perfecto derecho, pero que lamentaría sirviera como ejemplo a otros no menos desanimados. Y eso sí, celebro que haya tomado esta decisión sólo cuando ha logrado recuperar casi toda su obra y volver a ponerla en circulación, porque lo cierto es que dudo que la mayoría de los jóvenes videastas, creadores audiovisuales, documentalistas, directores y críticos hoy en activo, no digamos la mayoría del público, probablemente desconocen lo que, con gran esfuerzo, ha logrado hacer, y que, en cualquier caso, constituye una obra digna de consideración y de ejemplar dignidad: Patino se habrá equivocado, pero ni se ha vendido ni ha claudicado, ni ha cometido chapuzas para ganarse la vida. Naturalmente, no habrá sido una vida de lujo y esplendor, sino de modestia y privaciones, como solían ser, hasta hace poco, las de los artistas, como lo han sido la de Robert Bresson y Carl Th. Dreyer, y lo son aún, sin duda, las de Jean-Luc Godard, Éric Rohmer, Jacques Rivette, Jean Rouch, Víctor Erice, Philippe Garrel o José Luis Guerín. Que no viven en La Moraleja o sus equivalentes ni tienen lujosos coches deportivos precisamente. Pero que no han hecho nada de lo que deban avergonzarse. Los que sí lo hacen, por lo demás, carecen de vergüenza y viven felices. El caso es que, por razones que nunca he logrado averiguar a ciencia cierta, quizá porque se hayan cruzado varios motivos, hace mucho que era casi imposible ver, ni en las televisiones ni menos aún en los cines, algunas de las mejores, más importantes o más interesantes películas de Patino. Ni se habían editado en vídeo, o hacía mucho que la que salió se había agotado. De tarde en tarde, si acaso, se podía ver Nueve cartas a Berta. Pero ni su mayor éxito, Canciones para después de una guerra, ni la que yo prefiero, Queridísimos verdugos, ni otra de las más famosas, Caudillo, estaban disponibles. No digamos las películas sobre Andalucía rodadas más recientemente –hacia 1995-1996– para la televisión de dicha autonomía, que sólo en alguna Filmoteca se han visto fuera de la región. Y no hablemos, claro, de otras películas que obtuvieron premios pero desconcertaron o demostraron ser muy poco del gusto de los espectadores, desde La fascinación del caos a Madrid u Octavia, pasando por Los paraísos perdidos y Del amor y otras soledades. Es una lástima que, por poco, lo que acaba de salir en 13 DVDs no sea su “obra completa”; creo que alguno le habríamos dado una nueva oportunidad incluso a las que nos parecieron en su tiempo menos conseguidas, más fallidas. Pero el caso es que, mientras Basilio opta por la dignidad de retirarse sin doblar la cerviz, sus películas hablarán por él, empezarán a moverse, a ser vistas, y recordarán que hasta en las peores circunstancias –peores incluso que las actuales–, si se tiene deseo y empeño, es posible hacer, incluso en este país, un cine que lo refleje y que reflexione sobre su carácter y su historia, que invente en cada ocasión el lenguaje adecuado para hacerlo y que, veinte o treinta años después, aún sea elocuente y nos muestre y diga cosas dignas de ser vistas y escuchadas. Y eso no se lo quitarán a Basilio Martín Patino.

En El Séptimo Vicio on Line. Escrito el 13 de febrero de 2004.

viernes, 28 de agosto de 2026

Citizen Kane (Orson Welles, 1941)

"¡Qué grande es el cine!" (01/01/1996)



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Lo primero que aconsejaría a los espectadores, en esta ocasión, es que se olviden del reclinatorio, y que contemplen esta película sin dejarse acomplejar por su fama, su prestigio ni su apabullante esplendor formal; que se pregunten si de verdad es tan buena como se dice, y si les parece que "no es para tanto", no se inquieten, que no pasa nada: aunque pueda considerarse como una herejía o una falta de cultura, es perfectamente comprensible y aceptable. Y si, tal como parece hoy obligado, de verdad les parece maravillosa, que traten de averiguar por qué.

Yo debo decir que, aunque me gusta mucho, la encuentro sumamente irritante: me parece descortés e ineducada, ostentosa y petulante, efectista y retorcida, y hay en ella varios de los planos más horrorosamente obvios que he visto nunca. Es más, aunque me guste, tengo siempre la sensación de que, de no ser de Orson Welles, de no llegarme precedida por su fama, podría haber llegado a detestarla, y a ponerla como un ejemplo típico de debutante con ínfulas y afán de "épater les bourgeois", ya que en algunas cosas, en algunos momentos, incluso bastantes, representa lo que menos me gusta en el cine, hasta lo que más fervientemente odio encontrarme en una película.

Esto equivale a decir que dista mucho de parecerme una obra perfecta, y mucho menos "la mejor de la Historia del Cine", como desde hace décadas parece pensar una mayoría opinante: no sólo no es la obra de su autor que prefiero, ni de lejos, sino que ni la incluiría entre las diez mejores películas americanas de 1941; y del siglo de cine que hoy podemos contemplar habrá por lo menos mil que antepondría sin la menor vacilación a Citizen Kane.

Por una vez, pues, voy a quitarle a Juan Miguel Lamet su papel favorito, y voy a actuar yo como "abogado del diablo". Aclararé que, de todos modos, y como -por lo visto, aunque yo no me lo crea mucho- a todo el mundo, me gusta mucho Citizen Kane. La prueba, más allá de las palabras, es que la he visto 20 veces, cosa que no haría, por supuesto, con una película que no me gustase, por famosa que fuera, porque, anticuado como soy, no tengo un pelo de masoquista. Pero me irrita sobremanera la "beatería" que, desde hace unos 50 años, rodea al Kane, su rápida canonización como "la mejor película de la Historia", y hasta la leyenda martirológica montada en torno a la carrera de Orson Welles, no más terrible y conflictiva que la de otros, desde Stroheim a Nicholas Ray.

Como he dicho, no es, ni de lejos, la película que más me gusta de su autor. Puesto a elegir, me quedo, en primer lugar, con Campanadas a medianoche, una de esas películas que encuentro que son más grandes que su autor, seguida inmediatamente por El cuarto mandamiento y, muy poco después, por Sed de mal. Pero también me quedo, antes que con Kane, con La dama de Shanghai, con Mr. Arkadin, y casi, si se me aprieta un poco, con Macbeth, Otelo, Una historia inmortal, pues no me parecen inferiores y me "caen" más simpáticas. Para mí, Kane sólo fue la mejor película de Welles durante un año, es decir, cuando no había hecho otro largo, ya que la siguiente, El cuarto mandamiento, ha sido mi favorita hasta que hizo Campanadas. Y Kane no fue, para mi gusto, ni siquiera una de las diez mejores películas de 1941, año bastante brillante y en el prefiero con mucho Qué verde era mi valle de Ford -ganadora del Oscar con toda justicia, y no por ningún reaccionarismo de la Academia-, pero también otras varias, de Walsh, Borzage, Cukor, Preston Sturges (2 nada menos), Grémillon, Curtiz, Sternberg, Stevens, Lang, Capra, LaCava, DeMille.... Y al mismo nivel que Kane todavía encuentro ese año un segundo Ford, un Hawks, un Vidor desconocido que se dio hace poco en este mismo programa, un Powell & Pressburger y el primer Renoir americano.

Por si fuera poco, y a guisa de justificación, se le ha colgado a esta primera película de Welles una reputación de "revolucionaria" que me parece pura leyenda, un auténtico mito, y que no entiendo cómo perdura, ya que sólo la ignorancia y el olvido pueden dar pie a tal pretensión. Lo mismo que Iván el Terrible de Eisenstein, lejos de innovar lo que hace es recopilar: al ver Kane o ese film de Eisenstein, lo único que consigo hacer, si no hago un esfuerzo tremendo de abstracción, es identificar la procedencia, remota o reciente, y en general bastante ilustre, de cada plano, cada detalle, cada sombra, cada encuadre, cada movimiento, cada gesto.

En cuanto a las "novedades" que se le atribuyen, debo precisar que no se trata de que ocasionalmente y por casualidad Murnau, Dreyer o Lang, en pleno cine mudo, y a veces Griffith, Feuillade, Stroheim o hasta Edwin S. Porter en 1903, sino que en el sonoro, en los años 30, directores como Ford, Renoir y Mizoguchi utilizaban a menudo, a veces casi sistemáticamente, la profundidad de campo, aunque, eso sí, sin forzar encuadres ni composiciones, por lo cual no llama tanto la atención tal procedimiento en Hombres intrépidos ni en La regla del juego. Algunos de estos directores empleaban también tomas muy largas, e incluso construían sus películas a base de planos secuencia, y además no necesariamente fijos. Cualquier Mizoguchi sonoro y anterior a Kane valdría para probarlo.

Y también los famosos techos -techos, por lo demás, falsos, de decorado, que no de interiores reales- podrían verse, quizá, si los mencionados cineastas no sintiesen escasísima inclinación a filmar en contrapicado, cosa que se convirtió en una de las "marcas de fábrica" de Welles, y uno de los rasgos más copiados por sus imitadores superficiales.

En cuanto a la estructura narrativa, con flashbacks sucesivos que a veces se solapan y que contradicen la versión de alguna escena que se nos ha ofrecido ya antes desde otro punto de vista, no voy a entrar en la polémica montada por Pauline Kael acerca de si fue el notable guionista Herman J. Mankiewicz -el hermano más famoso pero menos inteligente de Joseph L.- quien tuvo la idea, o si fue Welles, porque para mí es evidente que el responsable absoluto de Citizen Kane, de sus virtudes y sus defectos, es su director e intérprete principal. Y, como no he visto la muy anterior The Power and the Glory, dirigida en 1933 por William K. Howard a partir de un guión de Preston Sturges ciertamente parecido en su estructura, tampoco voy a discutirle esta supuesta primicia... a la que, por lo demás, encuentro escaso mérito, ya que como recurso literario estaba archiinventado desde hacía un montón de años. De esa construcción lo único que me importa es si es la más adecuada para relatar esa historia, la más clara e intrigante para el espectador y la que permite economizar más eficazmente el tiempo narrativo; y si de lo primero tengo algunas dudas, de lo segundo las tengo todas y de lo tercero bastantes, pues ya se sabe que la fragmentación, el desorden cronológico y las repeticiones parciales contribuyen a que las películas parezcan más largas de lo que son, y eso incluso cuando no entorpecen o dificultan la cabal comprensión de lo que ocurre.

Otro "mérito" de Kane parece estribar en ser la primera película de su autor, y en lo joven que era entonces Welles. Sin contarme entre la gente que, como Noël Burch, cree supersticiosamente que la primera suele ser la mejor obra de cada cineasta, sino más bien lo contrario, ya que tiendo a considerar que los artistas, por muy listos y geniales, aprenden, llegan a dominar la técnica y depuran su estilo, y que las personas, por lo general, suelen madurar, serenarse, y hacerse más sabias y modestas -aunque no siempre sea así ni el progreso continúe indefinidamente, por lo que tampoco comparto la creencia igualmente caprichosa de que la última obra tenga que ser, por fuerza, la mejor de cada director-, lo cierto es que en la historia del cine hay bastantes "óperas primas" excelentes: aparte de Welles, se me ocurren ahora Luis Buñuel, Jean Vigo, Nicholas Ray, Joseph Losey, y un montón de ausentes de este programa, como Jean-Luc Godard, Jean Rouch, André Delvaux, Jean-Marie Straub, Arthur Penn, Manoel de Oliveira, Éric Rohmer, Alain Resnais, Jacques Rivette, Maurice Pialat, Jean Eustache, Danièle Dubroux, Jerzy Skolimowski, Víctor Erice, Alain Tanner, y paro de contar, porque son legión... En cuanto a la edad de Welles, siento decir que, suponiendo que sea una virtud, es más una película primeriza que juvenil -en muchos momentos, se diría que es la obra de un viejo amargado, o de un hombre prematuramente envejecido, obsesionado por la decadencia y la muerte-, y se olvida que muchos de los "viejos cineastas" -Ford, por ejemplo- empezaron a dirigir cuando eran aún más jóvenes que Welles. Aunque, eso sí, con menos libertad para hacer lo que se les antojase, y sin llegar a Hollywood cuando eran ya celebridades por sus actividades teatrales o radiofónicas.

Para mí, es un auténtico misterio que entusiasme tanto esta película, sobre todo, que gustase muy especialmente a quienes fueron los primeros en proclamar su genialidad. Porque puedo comprender que a quien no le guste nada, en general, el cine americano, y desdeñe los géneros, y encuentre convencional y vulgar su estilo clásico, y en cambio crea que para ser "artístico" el cine tiene que ser ambicioso y estar lleno de detalles raros y llamativos, le deslumbre una película tan barroca, recargada, retorcida, poco natural y estruendosa como Kane, que parece realizada con el propósito de demostrar que su inexperto realizador era capaz de hacer cualquier cosa. Pero que subyugue y despierte vocaciones arrebatadas entre los admiradores de, por ejemplo, Howard Hawks, la verdad, es algo que me asombra. Porque Kane representa -y no otras películas de Welles menos famosas, desde la siguiente, cuando ya no tenía que "probar" nada- la antítesis de lo que admiramos en el cine americano clásico, concepto lo bastante amplio para admitir en sus fronteras a Hitchcock y Raoul Walsh, a Ford y Hawks, a McCarey y Henry King, a King Vidor y a Borzage, a Wellman y Tod Browning, a DeMille y Chaplin, a Keaton y Capra, y en el que ciertamente ocupa un puesto destacado The Magnificent Ambersons, pero muy difícilmente cabe incluir como si tal cosa una película tan poco transparente, tan deliberadamente complicada y tenebrista, tan presuntuosa y chillona, tan llena de efectos, como Citizen Kane.

En última instancia, mucho me temo que hoy es casi imposible recuperar la sensación de sorpresa y novedad que pudo producir en 1941, o en 1945 en Europa, esta película, porque nos llega ya con su reputación a cuestas, con la abrumadora fama de ser la elegida una y otra vez, durante muchos años ya, como la mejor de la Historia del Cine.

Esto sucedía ya en 1966, cuando por fin se estrenó en España y por fin conseguí verla por primera vez. No es preciso que lo explique para imaginar la impaciencia con la que, el día de su estreno, esperé su primera sesión: por fin iba a cubrir una laguna que resultaba escandalosa, hiriente prueba de la ignorancia y del aislamiento y atraso en que vivíamos en este país; además, por fuerza tenía que ser magnífica, porque conocía ya, creo, todas las demás películas que para entonces había rodado Welles, y era Kane la que casi todo el mundo consideraba su obra maestra. Había leído páginas y páginas sobre ella; incluso, a falta de la propia película, me sabía de memoria el guión publicado por Film Ideal en Temas de Cine, y, siempre aficionado a la versión original, lo había leído también en inglés.

Debo confesar que, pese a mi admiración por Welles, a las enormes esperanzas que tenía en ella, y a pesar de tratarse de una obra indudablemente muy personal, y que proclama ostentosamente no ya su importancia sino su condición de Arte -con mayúsculas, por favor-, salí un poco decepcionado, mosqueado y desconcertado, con una mezcla de entusiasmo y contrariedad que no he dejado de experimentar cada una de las veces que he vuelto a ver la película -casi siempre, por suerte, ya en V.O.- en estos treinta años. La verdad, no me parecía para tanto, ni en su época ni dentro de la filmografía de Welles. Por mucho que descontase su influencia en el cine posterior, y el cuarto de siglo transcurrido para entonces desde su realización, y tratase de restituirla a su contexto histórico, no encontraba muchas novedades, y sí, en cambio, unas pretensiones que me resultaban antipáticas, un tono grandilocuente que me irritaba, una dosis de efectismo que me parecía inelegante, unos alardes de dominio técnico y una heteróclita pirotecnia formal que se me antojaban más propios de cualquier cinéfilo debutante y con ínfulas de grandeza que del genio del cine moderno, el Stroheim sonoro, el modelo -con Renoir y Rossellini- de la Nouvelle Vague: era un joven prodigio que mezclaba con habilidad pero sin mucho rigor Ford con el expresionismo, Hitchcock con Griffith, Murnau y Lang con Dreyer y los grandes del cine soviético mudo, los arabescos de Busby Berkeley y el naturalismo de Pagnol, todo ello revuelto más bien caprichosamente. La actitud de Welles me recordaba todo el rato -y sin la autoironía que luego adoptó en Fake, por ejemplo- a la del prestidigitador que saca de su chistera conejos, pañuelos y palomas, y que hace pausas muy medidas para cosechar los aplausos del público.

Pero he dicho, y es verdad, que Citizen Kane me gusta mucho. A pesar de todo lo enumerado, de un prestigio que me parece tan infundado como exagerado e inflado, y de que nadie parece atreverse a discrepar de tan rotundo, general y reiterado veredicto, reconozco que es una película excelente... pero como tantas otras de aquella época, no más. Algo fría quizá, desde luego mucho menos sutil y emocionante que El cuarto mandamiento, el caso es que Citizen Kane contiene, en sus casi dos horas de proyección, muchas imágenes imborrables, varios personajes memorables y algunos misterios en los que vale la pena tratar de ahondar.

No me extraña que Jorge Luis Borges, maestro en el arte de injuriar, titulase su temprana crítica de esta película (en el número 83 de la revista Sur, de agosto de 1941) "Un film abrumador", y que la empezase diciendo que "tiene por lo menos dos argumentos. El primero, de una imbecilidad casi banal, quiere sobornar el aplauso de los muy distraídos"... y es el que podemos resumir con el nombre del McGuffin más grande y hueco de la historia del cine: "Rosebud"... cuyo prestigio todavía hoy demuestra que abundan "los muy distraídos". Como persona bien leída, el otro argumento, que le parece más interesante y algo "kafkiano", y la forma de contarlo, evocan en Borges dos referencias: Chance, la excelente novela de Joseph Conrad, que data de 1914, es decir, un año antes de que Welles viniese al mundo, y el film de William K. Howard ya mencionado, que Borges califica de "hermoso". Termina Borges su breve y expeditiva reseña con una profecía: "Me atrevo a sospechar, sin embargo, que Citizen Kane perdurará como "perduran" ciertos films de Griffith o de Pudovkin, cuyo valor histórico nadie niega, pero que nadie se resigna a rever. Adolece de gigantismo, de pedantería, de tedio. No es inteligente, es genial: en el sentido más nocturno y más alemán de esta mala palabra."

Creo que Borges tenía bastante razón, aunque muchos sí nos resignemos a volver a ver, una y otra vez, Citizen Kane. Veinticinco años después, y treinta más tarde también, yo le encontraba ya un cierto tufillo museístico que es síntoma inequívoco de que una obra, por importante e influyente que pueda ser, ha perdido vigencia y frescura, ha entrado en la historia, pero no se mantiene viva y fresca. Les ocurre esto a algunas películas de los más grandes directores, a menudo las más famosas, como Intolerancia de Griffith, Juana de Arco de Dreyer, Metrópolis de Lang, el Potemkín de Eisenstein, y hasta, en medida algo menor, a El último de Murnau, La gran ilusión de Renoir, y La diligencia o El delator de Ford, mientras que la mayor parte de sus películas, incluso de esas mismas fechas o anteriores, permanecen enteramente libres de esa afección, de esa especie de enmohecimiento y apolillamiento, que tiene mucho que ver, creo yo, con las aspiraciones de novedad y las pretensiones de sus directores en el momento de realizarlas.

Por eso, desde la primera vez, mi momento favorito de Citizen Kane, el único que encuentro comparable a los mejores de los Ambersons, es uno muy breve y fugaz, que incluso puede pasar desapercibido: los contados fotogramas que preceden un fundido, en los que vemos al muy envejecido Jedediah Leland (Joseph Cotten) alejarse, tras mendigar una vez más al periodista que indaga acerca de Charles Foster Kane un puro de esos que las enfermeras no le dejan fumar. Siempre he sentido que estaba yéndose al tiempo que se desvanecía su imagen, que caminaba hacia su muerte, hacia la desaparición y la nada, hacia el olvido, o mejor, eso que ominosamente se llama en inglés oblivion, y que es un poco como la suma de la nada, el olvido y la eternidad.

Texto preparatorio para la intervención en ¡Qué grande es el cine! (1 de enero de 1996)

miércoles, 26 de agosto de 2026

Gare du Nord (Jean Rouch) [Paris vu par…, 1965]

Toda la fuerza del mejor episodio de Paris vu par... proviene de la decisión de su director, Jean Rouch, de rodarlo virtualmente en un solo plano. Basándose la historia en un improbable juego de azar y coincidencias, resultaba evidente que la mejor — si no la única— forma de otorgar credibilidad al relato consistía precisamente en darle un carácter de evidencia irrefutable, y para ello Rouch, etnólogo-cineasta y uno de los más auténticos autores de "cinéma-vérité", tuvo la idea de aplicar a una ficción los métodos más extremados del cine "directo". Concebido, pues, como un suceso "fortuito", y filmado como un reportaje (cámara en mano, muy móvil, 16 mm., escenarios naturales, actores poco conocidos), cabía la posibilidad de fragmentar la planificación en varios planos o, por el contrario, rodarlo en un enorme plano-secuencia. Esta última solución ha sido la adoptada por Rouch, si bien la película consta realmente de cuatro planos: el primero es una breve panorámica de la Gare du Nord que acaba en zoom hacia la ventana de la casa en que viven Odile (Nadine Ballot) y Jean-Pierre (Barbet Schroeder). El segundo (nueve minutos) y el tercero (seis minutos) forman uno sólo, y su división es imperceptible, ya que se ha aprovechado la oscuridad total de un descenso en ascensor para hacer el inevitable cambio de rollo. El primero de estos planos nos muestra el desayuno del matrimonio y su absurda (pero muy auténtica) y cada vez más violenta discusión, en la que Odile formula una serie de quejas sobre el barrio, la casa, la falta de ambiciones de su marido, la falta de vida y de misterio en sus relaciones, y formula el deseo de vivir en Auteuil, tener coche, viajar en avión a Grecia, etc., hasta irse para no volver. La continuación de este plano, ya en la calle, nos permite ver el frenazo de un hombre (Gilles Quéant), que, al disculparse de casi atropellar a Odile, le cuenta que iba a suicidarse, pero que ese encuentro parecía predestinado y que si se va con él de viaje a Grecia, en avión, a vivir una historia de amor llena de misterio, y si se queda a vivir con él en Auteuil, en un chalet, con coche y todo tipo de comodidades, no se matará. Ante esta materialización de sus recién formulados deseos, Odile duda, perpleja. El hombre cuenta hasta diez, ella decide que no se va con él, y el hombre salta desde el puente, mientras ella grita. El cuarto y último plano nos muestra el cadáver del hombre, que yace sobre las vías de la estación del Este.


Se podrá argüir que esta división en tres planos (pues como tal se percibe el film, aunque en realidad sean cuatro) invalida la fuerza que teóricamente le conferiría la continuidad espacio-temporal, pero conviene recordar que Bazin decía que "tan sólo hace falta que la unidad espacial del suceso sea respetada en el momento en que su ruptura transformaría la realidad en su simple representación imaginaria"(1), y que esto es precisamente lo que hace Rouch: el primer plano sirve para situar geográficamente el punto de partida de la acción, y en él no pasa nada todavía, y el último es una nota final, cuando la acción ya ha terminado: el hombre misterioso ha muerto. Queda, pues, la división en dos planos de la acción del film, que además de imperceptible era inevitable, dado que un rollo de película no tiene más que diez minutos de duración. De esta forma, pues, Rouch ha conseguido que el tiempo y el espacio cinematográficos, sin solución de continuidad, coincidan exactamente con el tiempo del suceso "real", haciendo así irrevocable un acontecimiento que, de estar dividido en varios planos, según la sintaxis dramatizante tradicional, hubiera resultado trucado e increíble.

Ahora bien, este tipo de plano-secuencia, en que la cámara se mueve constantemente, se aparta del concepto baziniano del plano-secuencia, que debe ser fijo (con encuadre único y cámara inmóvil, cuyo ejemplo más claro sería el de la cocina en The Magnificent Ambersons, El cuarto mandamiento, 1942, de Welles, o el que Eisenstein explicaba a sus alumnos para representar el asesinato de la vieja prestamista de Crimen y castigo(2). Como en Rope (1948), de Hitchcock —aunque de forma menos forzada, dado que aquí no hay que cambiar de bobina tantas veces como para hacer un film de 80 minutos—, los movimientos de cámara, al variar los encuadres, reconstruyen en continuidad la planificación "analítica" que hubiera resultado de fragmentar la acción en varios planos. Surge así un tipo de plano —cuyo más impresionante ejemplo está en aquel de Pierrot le fou  (Pierrot el loco, 1965) en que, ante la llegada de Frank, Ferdinand y Marianne se esconden, luego ella reaparece, habla con Frank, entra en campo Ferdinand, dejan sin sentido a aquél, recogen un fusil y emprenden la huida— en el que, respetando la continuidad espacio-temporal de la acción, se logra una mayor riqueza que en un planosecuencia fijo, gracias a las elipsis dentro del plano que se consiguen gracias a las entradas y salidas de campo de los actores, los desencuadres y los reencuadres y el empleo del decorado como "caches" tras los que ocultar a los actores, llegándose así a una organización dentro del plano (a una mise-en-shot, puesta en plano, como decía Eisenstein, frente a la "puesta en escena" filmada y montada) que sustituye el montaje de planos fragmentarios por un montaje interno dentro de un plano continuo. Esto lleva a la destrucción del montaje como lenguaje, no naciendo ya el significado de la escena de la articulación de fragmentos significantes cuya yuxtaposición da un sentido reconstruido, sino que surge, directamente, de las acciones que tienen lugar ante la cámara.

Además de la importancia que tiene, desde un punto de vista lingüístico, este método de rodaje, la continuidad espacio-temporal de Gare du Nord (filmado en 1964), tiene la virtud de crear una forma de "suspense" (ya abordada por el "mago" en Ropeaunque, al parecer, sin demasiado éxito) basada únicamente en la acumulación de un segundo tras otro a lo largo de casi veinte minutos, en los que, a diferencia de Hitchcock, no sabemos si va a pasar algo, pero durante los cuales todo puede pasar.

(1) André Bazin: Montaje prohibido, en ¿Qué es el cine?, p. 119 (Rialp, 1966).

(2) Vladimir Nizhny: Organización dentro del plano, en Lecciones de cine de Eisenstein, p. 165-238. (Biblioteca Breve, Seix Barral, 1964).

En Nuestro Cine nº 91 (noviembre de 1969)

lunes, 24 de agosto de 2026

Colorado Territory (Raoul Walsh, 1949)

A partir de un relato de W. R. Burnett, Walsh rodó un film negro rural (El último refugio), en 1941 y, ocho años después, un western trágico de descampado.

Rescatado del penal de Missouri por un ex detective que quiere que dirija un atraco, Wes McQueen (Joel McCrea) se deja embarcar, guiado por la desilusión -su novia yace bajo una fría lápida- y la gratitud a un agonizante bandolero que fue como un padre para él y que necesita dar el último golpe antes de retirarse a morir en paz, en una aventura mal organizada y con cómplices poco de fiar. Entretanto, se ha dejado tentar por Julie Ann (Dorothy Malone), codiciosa hija de un sudista derrotado, desterrado y soñador, que pronto se revela indigna de las esperanzas que ha puesto en ella. El itinerario de Wes le lleva al Cañón de la Muerte, al pueblo fantasma de Todos los Santos y a la Ciudad de la Luna, necrópolis india en la que “sólo viven serpientes y lagartos”. Allí, una vez que los errores y la traición de sus colaboradores les han dejado solos, aprenderá Wes a apreciar a Colorado Carson (Virginia Mayo), rubia mestiza de dudosa reputación, evidentes encantos e innata nobleza. Cuando ya es demasiado tarde, Wes y Colorado sueñan de nuevo, se enamoran, creen poder alcanzar la libertad, al otro lado de la inminente frontera. Sólo las montañas les separan de Méjico. Pero están cercados, malheridos y son demasiado lúcidos para engañarse hasta el último momento. Colorado: “Ahora sí que podemos escaparnos.” Wes: “Sí; estoy seguro. No tenemos más que cruzar esas montañas…” Colorado: “¿Qué pasa, Wes?” Wes: “Que somos un par de imbéciles soñando en una ciudad muerta en medio del desierto algo que no ocurrirá”.

En Casablanca nº 2 (febrero de 1981)