viernes, 6 de marzo de 2026

Respuestas a un cuestionario sobre la crítica

- ¿Qué es un crítico de cine? ¿Por qué se hace uno crítico de cine? ¿Cuál es su función?

- Para decir qué es un crítico de cine, caben, al menos, tres perspectivas: la descriptiva -¿qué es, normalmente, un crítico de cine?-, la normativa -¿qué debiera ser, idealmente?- y la subjetiva -¿qué entiendo yo por ser crítico de cine?-, y sería preciso distinguir, en todo caso, entre los que son críticos a título personal y los que lo son en representación (de un medio, de un sector de la industria, de una capilla estética o de intereses, de un grupo político o una tendencia ideológica, etc.).

Normalmente, por desgracia, y circunscribiéndonos a España, un crítico de cine es un señor pluriempleado o mal remunerado, al que -en el mejor de los casos- alguna vez le gustó o interesó el cine, que tiene que redactar con prisas y con limitaciones graves de espacio una reseña de las películas que se estrenan cada semana, o al menos de la mayor parte de ellas, y que, por tanto, tiene que tragarse cantidad de subproductos y, para colmo, decir algo acerca de ellos, no muy claro ni muy agresivo o irónico (porque el medio en el que escribe necesita la publicidad que los que distribuyen o proyectan tal bazofia puedan darle). Por consiguiente, no le queda tiempo -ni ganas- para volver a ver las películas, ni para ir a la Filmoteca a repasar las grandes obras del pasado -los puntos de referencia, los términos de comparación, las unidades de medida- o descubrir las que censuras diversas, desidia cultural o temor al riesgo económico impiden llegar normalmente a las pantallas comerciales. Para colmo, al descender el nivel medio del cine que ve, se va haciendo cada vez más conformista, más fácil de satisfacer: cuando ve un film mediocre y vulgar, pero con fotografía nítida, color agradable, actores mínimamente verosímiles y una historia y un tratamiento que no le ofendan, no puede evitar sentirse feliz, reconciliado con el cine y con su oficio, y se permite un exceso de benevolencia que, desde otro punto de vista, puede resultar incomprensible.

Naturalmente, no pienso que un crítico de cine deba ser eso, por mucho que comprendo su utilidad "informativa" -equivalente al del cronista de sociedad o el que da acta de las reuniones municipales o las ruedas de prensa de los ministros-; nunca pretendería quitarles su trabajo, ni propugnaría su desaparición, entre otras cosas porque muchos espectadores se contentan con ese género de reseñas y porque su mera existencia hace posible que otros, con más suerte o con otra ocupación primordial, nos permitamos el lujo necesario de no ver todo y, sobre todo, no escribir de todo lo que vemos. Comprendo que tiene que ser angustioso ir al cine por obligación, a veces como si uno se encaminase al matadero o al potro de torturas, sin tener siquiera la posibilidad de silenciarlo ni de vengarse de los sufrimientos padecidos con una crítica justicieramente negativa. Pienso también que es muy malo (para un crítico que se acerque a lo que yo entiendo por tal) pasar más de un año convertido en cronista cotidiano de los estrenos, en su mayor parte deleznables y excesivos en número para cualquier cerebro medio, que tienen lugar en una gran ciudad como Madrid o Barcelona. Hasta un semanario supone un esfuerzo corrosivo, pues obliga a ver seis o siete películas a la semana, de las que probablemente a lo sumo dos son salvables, para poder elegir de qué tres hablar; es una experiencia que he tenido que soportar un par de meses, como suplente a algún amigo, y no me quedó la menor tentación de reemplazarle permanentemente: en lugar de ir a ver la película que a uno le apetece ese día, tiene que esforzarse por ver cuanto antes las que se estrenan, y si piensa que es mejor confinarlas al silencioso olvido, se esfuerza por ver otras, intentando encontrar algo que decir de ellas. Con lo que se vuelve al problema básico de la crítica, que luego trataré: ¿qué decir?

Pasemos ahora a lo que debería ser un crítico de cine: un hombre con cultura, no exclusivamente cinematográfica, y con libertad absoluta para expresar con claridad sus opiniones, por contrarias que fuesen a los intereses del medio, de la industria, de sus conocidos o amigos y hasta los suyos propios; y que sepa escribir, si hace, como se suele hacer, crítica de cine por escrito. Necesitaría, creo yo, bastante tiempo para hacer y rehacer la crítica, y para ver la película tantas veces como fuera preciso; las limitaciones -inevitables- de espacio debieran ser flexibles: ya trata uno de ser tan breve como puede, a riesgo de que un exceso de extensión desanime de la lectura de lo que con tanto esfuerzo ha hecho. Y ese esfuerzo hace imprescindible que la película acerca de la que reflexiona por escrito le interese bastante -positivamente o negativamente, aunque es más fácil que uno se anime a esfuerzos considerables movido por el entusiasmo y la admiración que por el odio y la indignación-, si no mucho, que sería lo ideal. Si se ciñe a su objeto, es difícil que un film mediocre dé de si para algo más que una crítica mediocre y rutinaria, a menos que la película contenga algún elemento misterioso y el crítico, al escribir sobre ella, consiga esclarecerlo, o a menos que los errores de la película contrapesen auténticos aciertos hasta dar por resultado un conjunto mediocre y el crítico acierte a deslindar a su vez defectos y logros, y a explicarlos, con lo que dé cuenta no de la película en sí, sino de los problemas que plantea (eso sería una verdadera crítica, no una reseña, una valoración o una recensión). Pero, puesto cue estamos hablando del ideal de crítico, voy a dar un paso más, y advertir que la crítica de cine no debiera escribirse, sino hacerse, en la medida en que supone comentario y discusión, explicación y discurso, oralmente y con por lo menos un interlocutor (más de tres personas me parecen demasiadas para llegar a resultados prácticos, pero menos de dos conduce a una visión nada dialéctica, muy unidimensional y exclusivista, forzosamente autoritaria para el que la escucha sin posibilidad de replicar), y, fundamentalmente, con imágenes, con fragmentos de la película que se comenta, de aquellas con las que se compara, de las que se citan de pasada como opuestas o semejantes. Es decir, que la crítica debiera añadir otro discurso -oral- al cinematográfico -que es su objeto-, porque es preciso aducir pruebas, mostrar y demostrar lo que se dice, dar ocasión a que el espectador compruebe por sí mismo, sin tener que fiarse de la memoria del crítico ni de la propia. Siempre imaginé que lo ideal sería hacer ese tipo de crítica o en público, con gente que interviniese ante una pantalla de video, o bien por televisión; por ejemplo, poner Río salvaje de Kazan, o Río Rojo de Hawks, o My Darling Clementine de Ford, y hacer que la comentasen Manolo Marinero y Antonio Drove, Fernando Méndez-Leite y Jesús Martínez León, Felipe Vega y José María Carreño, etc. No es preciso que se trate de críticos o ex-críticos, pueden ser muy bien los contados directores que en este país entienden algo de cine, como algunos de los citados o Víctor Erice; una leve aproximación del tipo de crítica a que me refiero la da Antonio Drove cuando "reinterpreta" una escena de El hombre que mató a Liberty Valance en El hombre de moda de Méndez-Leite. Tendría que parecerse un poco, pues, a lo que hacíamos de niños -en mis tiempos- cuando contábamos a los amigos una película que no habían visto o, años después, cuando un grupo de amigos rememorábamos una que no veíamos hace tiempo. El resultado podría ser caótico e inconcluyente, pero endiabladamente interesante en todo caso; sería lo opuesto a esos aburridos debates de cine-club, en los que nadie dice nada porque ni siquiera habla el mismo idioma: yo puedo opinar lo contrario que cualquiera de los que he citado acerca de muchas películas, pero existe una base de supuestos y experiencias comunes que haría posible la discusión y el debate; no llegaríamos a convencernos uno al otro acerca de la calidad de la película, pero sí llegaríamos a comprender cada uno la postura del otro.

Y, dentro de la crítica escrita, lo ideal sería poder escribir con seriedad y conocimiento de causa: que si uno redacta un estudio acerca de Hitchcock tenga la posibilidad de ver cuantas veces quiera, en su orden, todas las películas suyas que se conserven, y no tenga que recurrir a su memoria, a las notas que tomó (si, como yo, se toman) cuando la vio hace un montón de años (cuando tal vez uno era otro), y a reconocer (cosa que no suele hacerse, con deshonestidad que me pasma) que uno tiene lagunas. De otro modo, uno tiene que limitarse a proponer aproximaciones, vías de estudio, aspectos curiosos, notas dispersas, sugerencias… que pueden ser útiles para un lector/espectador activo, y cuya propia provisionalidad fragmentaria y tentativa tiene la virtud de no imponer opiniones sino insinuar ideas o cosas que buscar en las películas, puntos a los que dirigir la mirada y la atención o sobre los que pensar cada uno por su cuenta.

Pero estamos tan lejos de poder llegar alguna vez al ideal -y eso que mi proyecto de crítica televisiva sería perfectamente factible, y a no excesivo costo, si en televisión alguien tuviese interés por el cine como algo más que producto-, que más vale que me atenga a ese cruce de lo deseable y lo miserablemente más frecuente que hay, y que, dentro de lo posible, aclare ya qué es lo que, subjetivamente, entiendo que es un crítico de cine. Para mí un crítico de cine no es sino un aficionado al cine -cinéfilo o no-, que va con interés y frecuencia a ver películas, que luego piensa acerca de ellas, que habla sobre ellas con sus amigos, que escribe sus reflexiones y que, por alguna razón, tiene la suerte de que alguien publique lo que escribe. No creo ni que un crítico sepa o entienda más de cine que el que no escribe y publica artículos sobre cine, ni que sus opiniones sean más valiosas y acertadas -sí, a menudo, menos espontáneas, inocentes o sinceras- que las del cinéfilo medio. Todo es cuestión de que se pasen o no dos fronteras: la de la escritura y la de la publicación.

De modo que un crítico es un aficionado al cine -quiera o no llegar a hacerlo- que no se limita a ver películas -a menudo las ve, por otra parte, varias veces-, sino que piensa en ellas, y trata de comprender y explicar racionalmente, de forma inteligible y ordenada, por medio de la literatura, sus impresiones y sentimientos como espectador. Ni más ni menos. No creo que haga falta ningún título, ni unos estudios especiales: el único título lo dará su percepción, inteligencia u honradez; los únicos estudios son los precisos para que se sepa de qué se escribe -no puede hablarse de lo que se desconoce- y para saber manejar el instrumento -el lenguaje- con el que pretende expresarse y comunicarse. Y si se conoce bastante "el cine" y se sabe escribir, se aprende a ser crítico simplemente pensando mucho y con la práctica (entonces se adquiere "oficio" y se pueden hacer críticas con más facilidad y soltura, más rápidamente, sin divagar involuntariamente). Bueno, y todo eso no siempre: yo desconfiaría del crítico que pretenda ser capaz de escribir acerca de cualquier película, de cualquier director, y también de aquél que ni siquiera se plantee la necesidad de ser crítico, además de "de cine", de la crítica cinematográfica, empezando por la suya propia.

Yo también me pregunto por qué se hace uno crítico de cine. Sobre todo, teniendo en cuenta que es una profesión insuficientemente remunerada para vivir de ella sin graves carencias o sin el riesgo de caer en tentaciones no menos graves. Es, además, una actividad si no parasitaria -como se ha dicho a menudo, y en casos aislados con causa-, sí derivativa, subordinaria, secundaria, "menor". Difícilmente dará fama, y menos aún satisfacciones. Personalmente, no sé por qué soy crítico de cine. Nunca me lo propuse, ni fue esa mi ambición o mi sueño. La verdad es que es por afición, por hobby, por falta de imaginación y constancia para escribir novelas, por pudor para publicar cuentos o poesías, porque a veces me divierto y otras aprendo algo que ignoraba antes de escribir sobre ciertas películas o ciertos directores, no sé, por un conglomerado de causas no suficientes: iba mucho al cine, y con gran pasión e interés, y pensaba -durante y después- sobre lo que veía; para ponerlo en orden, a veces para acordarme de la película, lo escribía. Y, cuando me ofrecieron hacer para publicarlo lo que ya hacía para mí mismo, dije que "Bueno", sin ningún entusiasmo. Parecerán razones muy livianas para alguien que lleva 18 años escribiendo de cine y 16 publicándolo, es decir, que lleva en la crítica un tiempo que supera en mucho la vida media de los que ejercen esa actividad, pero no hay otras. He escrito mucho, y para muchos sitios, y siempre porque me lo han ofrecido y no he sabido decir que no. Me ha tentado siempre seguir escribiendo sobre una de las cosas que más me gustan. Por afición a escribir, por afán de expresarme, por deseo de comunicar a otros mi entusiasmo por tal o cual película. No sé bien, porque el caso es que es más cómodo y más sencillo ir al cine sin ser crítico, sin tener que juzgar, valorar, justificar o explicar por qué le gusta o disgusta a uno algo. Además, como a mí me obsesiona la preocupación por ser justo, me plantea graves problemas usar una u otra palabra, medir hasta qué punto pesa más o menos lo negativo o lo positivo de una obra irregular, decidir si pongo una estrella o dos en un cuadro de calificaciones. De modo que estaría más a gusto sin ser crítico (y mucha más gente se sentiría también a gusto si dejara de serlo, según me cuentan quienes frecuentan el mundillo cinematográfico). Pero... siempre me tientan. Y me dejo tentar, tal vez porque creo que difícilmente se puede desear que exista una buena revista de cine, una buena crítica cinematográfica, una buena afición y hasta un buen cine si todo aquél que lo desea no contribuye a ello en la medida de sus posibilidades y en el sentido en que Dios se lo dé a entender. También es cierto que nunca he hecho nada por conseguir el puesto de crítico en ningún sitio, y que, con todo, he ignorado o rechazado algunas ofertas o posibilidades de hacerlo.

Ahora bien, dejando mi caso, parece que hay muchas razones por las que la gente se hace crítico de cine. Casi ninguna de ellas me parece suficiente, y alguna me parece, incluso, una mala razón. Hay personas que se hacen críticos para influir; otras, para darse a conocer; bastantes, para conseguir ponerse en contacto con la industria cinematográfica en la que esperan integrarse; otros, porque creen que les puede preparar para ser directores (yo creo que, en todo caso, ayudaría a ser productor: creo que un excesivo espíritu crítico es paralizante para un creador); otros -ilusos o desesperados- para ganar dinero; otros, para matar el tiempo; muchos, porque creen que es fácil -bueno, y para ellos lo es, efectivamente-; bastantes, porque hay poca competencia en este terreno y piensan que es un buen agujero para introducirse en un medio y pasar luego a otra cosa; muchísimos, para, con el pretexto del cine, hablar de lo que realmente les interesa (la política, sus amigos, él mismo); muy pocos, si es que alguno, porque sea esa su vocación, porque quieran ser críticos de cine, porque crean en la utilidad de tal actividad o porque les guste realmente escribir.

Su función es, para mí, como puede imaginarse por lo antedicho, bastante dudosa, oscura o turbia. Depende de cada crítico, y no creo que en España haya diez que tengan la misma. Evidentemente, la crítica puede tener -queriendo o sin querer- una función publicitaria; puede pretender tenerla didáctica o divulgativa o informativa o de intermediación, pero yo creo que, en el fondo, es una actividad cuyo atractivo reside, en arte al menos, en su inutilidad, o, por lo menos -pues puede ser útil para ciertas personas, en algunos casos-, en su falta de necesidad: yo creo que ni los cineastas ni los espectadores necesitarían que se inventase, de no existir ya, esa especie de puente, filtro, tribunal, pantalla o espejo -según los casos- que es la crítica de cine.

- ¿A qué aspecto darías prioridad: didáctico, doctrinal, orientador, sugeridor, transmisor de placer...?

- Desde luego, no al doctrinal. No creo en las doctrinas ni en los dogmas, ni siquiera cinematográficos. Ni creo bueno criticar desde fortalezas teóricas o aplicando falsillas, rejillas, cuadrículas o prismas estéticos o ideológicos. Para ser didáctico hay que suponer que uno sabe y que se dirige a gente a la que tiene algo que enseñar (es decir, que sabe menos aun que uno), lo cual se me antoja sonrojantemente pretencioso. Por supuesto que, por poco que sepa, sabré más que alguna persona, pero ¿cuáles, cuántas, en qué y hasta qué punto?, también las habrá que sepan más, así que ¿qué voy a enseñarles? Hay que aprender cada uno por su cuenta, y no forzosamente de los que se dedican a la enseñanza, de modo que en eso me siento muy socrático: "Sólo sé que no sé nada", y espero que hasta mis errores, por reacción, por oposición, por provocación, puedan hacer que el desconocido lector encuentre, descubra, piense algo, que puede ser otro error (pero suyo) o un acierto (que no me deberá a mí). Lo de orientador y sugeridor ya me gusta más, me es más aceptable: no es que me considere un guardia de tráfico, ni un guía, ni un mapa, pero creo que, en efecto, lo que más hay en el cine, tanto entre creadores como entre aficionados e incluso público sin afición, es una desorientación mayúscula. Yo puedo estar mal orientado, pero creo que sé por dónde -si no hacia dónde- voy, y de dónde vengo, con lo cual, sin imponer a nadie mi orientación, sí quisiera incitar a los demás a que tratasen de orientarse, de hallar, mantener o cambiar su rumbo. En la medida en que el mío les guste, irrite o aburra, puede que les ayude a definir el suyo, a aclarar sus ideas, a tener criterio (discutible, como el mío, pero criterio al fin). También acepto lo de orientar en la medida en que trato siempre de describir dónde estoy, desde dónde miro, qué conozco de lo que critico, a fin de que puedan comprenderme y de que tengan datos adicionales para relativizar o matizar mis juicios, para aceptar o rechazar mis opiniones. Ser sugeridor me encantaría: creo que la función posible del crítico sería, hoy día, la de dar pistas, sugerir caminos, insinuar maneras de ver, señalar posibles atractivos ocultos, susurrar nombres de cineastas que merecen atención, proponer películas de interés... y dejar que el que siga esas pistas o sugerencias juzgue por sí mismo, desde sí y para sí. A lo sumo, un crítico puede ser un detective que no llega a aclarar el caso, sino que llama la atención sobre ciertos indicios no advertidos o que desenmascara ciertas apariencias engañosas; o como un Pulgarcito que, a mitad de camino, se quedase sin migas de pan: yo creo que no hay que llegar al final, sino indicar caminos o itinerarios posibles, sin convertirse en ese guía de museos que explica de carrerilla algo que se ha aprendido, sin dejar ver los cuadros. Hay que conformarse con decir: allí, en aquel cine, hay una película a que a mí me gusta -por esto y por aquello-, que a ti, desconocido lector, a lo mejor te gusta también, puede que por otros motivos, así que te recomendaría que te dieses una vuelta por allí, te fijases en tal aspecto, y espero que la excursión valga la pena para ti. O bien: ojo con esa película que la publicidad -declarada o encubierta- dice que es tan buena, porque es un camelo; o bien: si a ti no te gusta esa "obra maestra" que todos dicen admirar, no te preocupes, que a mí tampoco, y por tales y cuales razones, de modo que ya somos dos, y no temas expresar tu opinión, por minoritaria y disidente que sea. Transmitir placer, por otra parte, sería darlo, lo cual me parece de perlas; ahora bien, eso requiere ya algo muy difícil: que la crítica tenga un valor autónomo, independientemente de la película, y por ello, más que como crítica, como literatura, como texto poético, como paráfrasis o recreación literaria de la película, por su capacidad evocadora, por la fuerza con que comunica unos sentimientos muy vivos provocados por la película, o por el placer que puede procurar ver una inteligencia funcionando, una visión amplia, clara y penetrante traducida en un escrito. Y eso, aunque hay casos, muy variados hasta en un mismo crítico, es muy raro (Godard sobre Bitter Victory y The Wrong Man, Rivette sobre Hawks y Rossellini, Perkins sobre Ray, Wood sobre Preminger o Mizoguchi, Place o McBride sobre Ford, Marinero sobre Bande à part, Atlantic City, U.S.A., Raging Bull o A Distant Trumpet, Pere Gimferrer en artículos generales, a veces Jos Oliver, Palá, Carreño, María Jesús Arévalo, Serge Daney, Jean-Claude Biette, Louis Skorecki, etc.). Además, toda crítica que transmite placer es muy sugeridora, muy iluminadora, muy expresiva, muy comunicativa. La información siempre puede obtenerse en otro sitio, por lo que no es preciso que vaya en la crítica, ni siquiera cuando es realmente pertinente u oportuna.

- Una referencia personal: las constantes alusiones a otras películas en tus críticas.

- Tal vez sea una manía o un vicio, pues no soy muy consciente de hacerlo tan constantemente. De todos modos, ni siquiera Bresson hace cine en solitario, y ningún espectador va sólo una vez al año al cine (al menos, de los que leen revistas de cine), de forma que siempre hay relaciones e influencias, antecedentes y consecuencias, semejanzas o diferencias que pueden ser esclarecedoras. A veces es una forma de situar la película en el mapa; otras veces, trato de situar al espectador que no la haya visto aludiendo a otras películas que pueda haber visto; otras, trato de dar mis coordenadas en el mapa del cine, para que se sepa desde dónde acepto o rechazo lo que comento. Son pistas, sugerencias, orientaciones.

- ¿Cómo se forma un crítico de cine? ¿Qué se necesita: sensibilidad, conocimientos técnicos, haber visto mucho cine...? Tu experiencia personal, influencias, etc.

- Aunque esta pregunta está contestada, en parte, en la respuesta que di a la primera, lo cierto es que abre la puerta a un tema interminable. Dudo que nadie sin una cierta sensibilidad pueda dedicarse a ver y comentar una actividad artística, ni a desarrollar otra que, como la crítica, es más artística -literaria, concretamente- que científica. Pero sería ridículo pretender que uno tiene mucha sensibilidad, o más que otro: ¿quién sabe si es mucha o poca, o si tiene más o menos? Conocimientos técnicos es preciso tener algunos, siquiera rudimentarios, cuando se escribe de algo que se sirve de medios técnicos, pero no hay que obsesionarse con lo técnico ni caer en excesivos tecnicismos, que la mayoría ignora y que, a fin de cuentas, se refieren a los medios empleados para hacer arte. A menos que se considere la técnica en sentido amplio, y para eso da igual que se escriba con lápiz o que se filme en Panavision: hay técnicas narrativas, por ejemplo, igualmente complejas, y que es preciso conocer; lo que no significa que haya que saber usarlas en la práctica: un crítico cinematográfico, literario o musical no tiene que ser director, novelista o compositor. Haber visto mucho cine sí me parece imprescindible; no sólo muchas películas, de muchos países, de muchas épocas y de todas las calidades y todos los géneros, sino, al menos algunas, muchas veces cada una. Yo creo que un espectador de cine, un aficionado, un cinéfilo, se forma viendo cine y según el cine que ve, y cuánto; un crítico se forma del mismo modo, haciendo el ejercicio mental de pensar acerca de lo que ve, de relacionar y comparar películas y, por último, escribiendo críticas. Es una formación permanente, un proceso ininterrumpido: un crítico debería estar siempre cuestionando sus juicios, sus enfoques, sus métodos; siempre aprende de cine, siempre aprende a hablar o escribir de cine. Puede leer críticas de otros, libros de cines, de comunicación y lingüística, etc., aunque no es imprescindible; es más útil que escuche música, lea novelas, poesía y ensayos, textos políticos, históricos, sociológicos, vea pintura, haga otras cosas, viva en general. Es un proceso autodidacta: no creo que nadie le enseñe a uno a ser crítico; a menudo uno no se parece nada a los críticos que más le gustan. Lo que más le influye a uno son las películas que ve, las que más admira e incluso las que más aborrece, porque fijan una escala de valores y se convierten en términos de referencia que, por su diversidad y aparente contradicción obligan a establecer relaciones mucho más profundas. Pero, claro, todo influye: quien escribe en nombre propio, en primera persona -y creo que es inevitable, y que no hay más forma honrada de actuar que admitirlo, sin atribuirse representaciones generales ni pretender una ficticia "objetividad"-, escribe como quien es, con toda su personalidad, de modo que influyen desde factores genéticos heredados, raciales, culturales, de educación, de familia, de creencias hasta, si se me apura, el humor del que está uno cuando ve la película o escribe la crítica. Yo no tengo más método crítico que el de buscarlo en cada ocasión, intentar hallar el más adecuado a la película u obra en general que suscita la crítica o el artículo en cuestión y a lo que quiero decir: si escribo de McCarey, mi prosa tiene -automáticamente, no es algo deliberado- un ritmo más pausado que si escribo de Peckinpah. Así que en la crítica influye doblemente la película criticada: en sí misma y en el eco que produce en lo que soy, con todos mis sentimientos y emociones, todos mis recuerdos y afanes, toda mi experiencia vital, toda mi cultura, mis ideas, mi malestar o mi satisfacción.

- ¿Es imprescindible ser cinéfilo para escribir sobre cine?

- Si no se es masoquista, o un funcionario de la rutina, o un mercenario a sueldo, creo que es preciso tener amor o interés por el cine para dedicarse, al menos con cierta asiduidad, a escribir sobre cine. Mal puede uno hacer bien -al menos durante mucho tiempo- algo que le desagrada o que no le interesa.

- ¿Qué importancia tiene la crítica cinematográfica: - para la industria (el caso de La puerta del cielo de Michael Cimino), - para el espectador, - para el director (los casos de Arrabal, "Crítica profana de ‘Viva la muerte’", en El País; de José Luis Garci en TVE)?

- Para la industria, en general, poca. Para ciertos productos, sobre todo muy costosos, puede tener alguna la de ciertos medios poderosos o, si es unánime, cosa rara, cualquiera, más si es positiva que si es negativa (fácilmente contrarrestable por la publicidad: hay películas atroces y atacadas por todos que todo el mundo ve); en casos aislados y en pequeña escala, la crítica puede ser buena publicidad, más de tarde en tarde podría apuntillar una película ya de poco empuje o que el exhibidor o distribuidor no esté dispuesto a apoyar o mantener en cartel.

Para el espectador, depende de qué críticos y qué espectadores. Los espectadores, en teoría al menos, más asiduos y activos, los cinéfilos, suelen ver las películas antes de leer las críticas, o pese a ellas. Luego les agrada o molesta hallar en las críticas un apoyo, una confirmación, una aprobación, o una contradicción, un ataque, a sus más o menos firmes opiniones o convicciones. Por otra parte, el espectador con experiencia ya sabe "a priori" qué películas "hay que ver"; sólo en cuanto a las no incluidas en su lista puede intrigarle una buena crítica, si es de alguien que le merece confianza, que alguna vez le sugirió ver algo que le gustó. Así que en el espectador la influencia crítica es bastante escasa, creo yo, salvo a largo plazo: la revalorización de un director o una película antigua o "maldita".

Para los directores creo que tiene la de halagar o herir su vanidad. No creo que las críticas les hagan descubrir algo que ignorasen de sus películas, ni les hagan ver -menos aun reconocer- sus errores, ni les den buenos consejos para el futuro. A veces, pueden asumir como intencionado algo que un crítico ha visto o imaginado en su película y que a ellos les parece interesante o positivo. La reacción más frecuente es hablar bien de la crítica cuando habla bien de ellos, y despreciarla en caso contrario, sobre todo si la película funciona en taquilla. En cuanto a casos como los dos que citas no son sino manifestaciones agudas, grotescas y ridículas, de la paranoia congénita o adquirida de sus creadores; los dos se inventan un enemigo conspiratorio inexistente y no aciertan a defender sus películas con un solo argumento. Pero no es que les importe que tal o cual crítico al que estiman o respetan (o temen) les ponga mal, sino que les molesta que alguien, quien sea, no les rinda pleitesía, porque padecen de megalomanía compensatoria de sendos complejos de inferioridad que no estoy muy seguro de que sean realmente producto de su imaginación neurasténica, sino que son fugaces ramalazos de realismo que no quieren admitir.

- ¿Te sientes leído, seguido, crees que tus opiniones son tenidas en cuenta, que tu opinión puede, en última instancia, hacer que una persona acuda o no a ver una película? ¿Qué sensación te produce, qué responsabilidad?

- Me siento solo, cada vez más. Y cada vez me importa menos esa soledad, porque estoy más seguro de pensar con razones aducibles y explicables lo que digo en defensa o en ataque de una película. Antes había -entre 1963 y 1970, más o menos- un cierto consenso, al menos entre el grupo de personas que consideraba más afines o cinematográficamente amigas, que se ha roto y que sólo, y no siempre, se reconstruye retrospectivamente, acerca de películas del pasado (incluso si las hemos visto después, o las hemos revalorizado luego, descubrimos que nos ha pasado a todos: con Capra, por ejemplo, que conocemos ahora mucho mejor). Con respecto a los amigos, a los que dicen considerarme más o menos buen crítico, sucede eso, y que no siempre me leen (yo a ellos sí, siempre, atentamente, si escriben aun). Con respecto a los desconocidos, aunque de vez en cuando me llegan indicios de que se me lee, y de que hay personas que me admiran o detestan, me siento a ciegas. Sé que no cuento con que voy a ser leído, menos aún "seguido". No creo. Que mis opiniones sean comentadas -supongo que con estupor o irritación- es más probable, pero no creo que se tengan muy en cuenta. Puede que alguien, en la duda, se decida en función de mi opinión -pero no sólo de la mía, supongo- a ver o no una película, pero no confío en ello: si ni mis mejores amigos lo hacen, cuando les recomiendo vivamente y en persona, porque pienso que les puede gustar tanto como a mí o más, no sé por qué va a tener tanta fe en mí un desconocido. En todo caso, no creo que quite más de diez espectadores a una película, y será porque mi opinión confirme sus temores, sospechas o prejuicios y les acabe de quitar las pocas ganas que tenían de verla; el número que logre movilizar a favor debe ser aún más reducido, pues supone una decisión activa, un gasto, un desplazamiento. De modo que no me produce ninguna sensación, salvo, cuando me cuesta mucho trabajo escribir algo, la de que estoy esforzándome inútilmente, si nadie me va a leer. Como, por otra parte, no me importa mucho convencer de nada a nadie, tampoco me entristece que no me tomen por un oráculo o juez infalible, más bien lo celebro, sobre todo cuando luego descubro que me equivoqué, cosa no tan infrecuente, y que procuro reconocer o reparar si es posible y viene a cuento. En cuanto a responsabilidad, me siento totalmente responsable de cuanto digo, salvo de las erratas; por eso, procuro ser muy preciso, medir mis palabras y ser todo lo justo que soy capaz.

- ¿Puede recuperar la crítica algún film maldito? ¿Puede considerarse Arrebato una recuperación de la crítica?

- A veces, ciertas películas, en alguna ciudad. También puede crear algún mito, como Arrebato, que para mí es un horror desde cualquier punto de vista y de la que no he hallado una sola defensa convincente, que me haya animado a hacer el supremo esfuerzo de volver a verla y reconsiderar mi opinión. No consigo creer que guste a la mayor parte de sus ardientes defensores, ni siquiera a aquellos que encuentro lógico que les guste tal mamarracho. Yo la encuentro una película fácil, fea, descuidada e inadmisible en 1980, sin la menor originalidad y soporífera. Y como no soy amigo de su director -y aunque lo fuera me parecería igual-, ni me da pena su "pobreza" (que no es sólo económica), ni creo que sea sincera... no entiendo por qué la ha salvado la crítica. Aunque creo que, más que la crítica, a ciertas películas las salva el cine en que se proyectan, y la paciencia que tengan ante resultados iniciales poco prometedores los que deciden si mantenerla en cartel o retirarla.

- Cuando una película que la crítica, más o menos unánimemente, considera "muy buena" se convierte en un fracaso comercial, ¿a qué se debe? El caso de La mujer de París, de Charles Chaplin. ¿Quién tiene la culpa, el espectador, la crítica? Supongo que todo es más complejo.

- Si alguien supiese cómo evitar los fracasos comerciales, sería un potentado, aunque no supiese, en cambio, lograr grandes éxitos: con hacer películas de escaso coste obtendría una rentabilidad segura muy notable. El caso que citas demuestra que la crítica, si algo puede, no puede nada contra los elementos, que en este caso eran dos: la propia película, que difícilmente podría ser un éxito multitudinario con casi sesenta años a sus espaldas, cuando no lo fue en su tiempo -y la admiraban todos los cineastas y muchos críticos -, sobre todo en un país en el que no hay el menor hábito de ver cine mudo; por muy buena que sea -como en este caso- sólo podría ser un éxito minoritario, y si se estrena en el Real Cinema en vez de en un Alphaville parece obvio que se está pidiendo el fracaso, que una crítica favorable -pero raramente entusiasta, y con un tufo historicista y respetuoso hacia la figura de Chaplin que al público le huele a naftalina y polillas, a polvo y formol- no puede paliar, mucho menos evitar. La culpa no es de nadie. Hay cosas que no pueden ser.

- Tú has criticado a veces al espectador: artículo sobre Monte Hellman.

- Aunque no fuera crítico, me sentiría con derecho a criticar a cualquiera. Hay tres tipos de espectador que no me gustan nada: el que va al cine como podría ir a misa, al casino, al teatro, a un concierto o a un café, y al que le da lo mismo lo que le echen (es el perfecto espectador de TV, y suele hablar en voz alta); el gracioso profesional, que va a dar un espectáculo, en lugar de conformarse con asistir a él (da la lata aún más); el pedante "enteradillo" que se cree a la última y que lo sabe todo, y que explica con insufrible suficiencia -no sé por qué, generalmente su víctima es una mujer- al salir, con voz suficientemente alta para que todos se percaten de su inteligencia y sabiduría, una serie de bobadas y falsedades de hecho acerca de la película, cómo se hizo y la personalidad del director (hay que reconocer que este tipo es menos molesto durante la proyección que después de ella; una de sus variantes menos ofensivas la retrató Woody Allen en Annie Hall, aunque temo que Woody sea de ese tipo también). Los tres tipos se oponen al progreso del cine; el primero es, para colmo, mayoritario en los cines de estreno.

- ¿Es inútil la crítica cinematográfica? Álvaro del Amo: "La distancia entre la hoja de papel es insalvable".

- En principio, es inútil, pero depende para qué. A mí me es útil hacer críticas, me disciplina, me obliga a aclarar mis ideas o sensaciones, a escribir. Leerlas a veces me sirve, al menos para descubrir a quien la escribió, para recordar la película, para caer en algún detalle que se me escapó, para pasar un buen rato. En cuanto a la distancia, no es más insalvable que la que existe entre la pantalla y el espectador o entre la página blanca y el escritor o entre la página escrita y el lector. En todo caso, se trataría de intentar salvar esa distancia aun a sabiendas de que la tentativa está condenada al fracaso. Dentro de que, como expliqué antes, pienso que la crítica no es útil y que debería ser audiovisual, no escrita.

- La defensa de la crítica, incluso como ente propio. Fernando Trueba: "Prefiero una crítica de Miguel Marías o François Truffaut a una película de Ferreri o la Cavani". Tú mismo prefieres una crítica de Rivette sobre Esplendor en la yerba que la propia película de Kazan.

- Aparte de lo ya dicho en otra respuesta, no es un elogio muy alto decir que se prefiere una crítica buena -o regular- a una película mala; entre otras cosas, la primera lleva menos tiempo y es más fácil de abandonar. También prefiero un buen helado de chocolate que una mala película. Excepcionalmente, hay críticas buenas de películas malas, o mejor, escritos buenos sugeridos por una película mala, pero sugerente o con unas posibilidades no alcanzadas, que son malas críticas por injustas o inadecuadas a lo que es la película, pero que son buenos textos acerca de la película posible y no hecha, o imaginada por el crítico, como la que Fernando Trueba dedicó a Los restos del naufragio. O críticas que, como tales, son mejores que, como tales, las películas que comentan (caso de Rivette y Esplendor, Marinero y Siberiada, etc.). Sobre todo, una crítica puede ser tan buena literatura como un cuento: se basa en una película, en vez de en la vida, en la fantasía o en otro libro, pero es lo mismo, si el cine forma parte de la vida y de las experiencias del crítico, ¿por qué no va a hablar de películas y sí de cenas, noches de amor, paseos junto al Sena o veladas en la ópera?

- ¿Te has encontrado alguna vez ante la imposibilidad (sea por incapacidad, miedo, respeto) de escribir algo acerca de una película? Algunos amigos, por ejemplo, son incapaces de articular verbalmente las emociones que les han producido Lo importante es amar o Interiores, que resumen como "una bofetada en el rostro".

- No sé si tanto como imposibilidad, y desde luego no por miedo, creo que ni por respeto, sí por incapacidad, por la impresión de no abarcar o entender o no dar de mí para ello, me he sentido a menudo en grandes dificultades para hablar de una película o un cineasta. A veces, renuncia uno a ello de antemano, pues sabe que, con el espacio y el tiempo disponible, o con lo mal que conoce una obra, o habiendo visto la película sólo una vez en malas condiciones, no va a poder hacerlo. Otras se acepta el reto, y se logra o se fracasa en el intento. A mí, por ejemplo, me es imposible -lo he intentado dos o tres veces, y nunca me he sentido satisfecho del resultado, que encuentro insuficiente y parcial- escribir de uno de mis directores favoritos (y que conozco bien, encima), Jean Renoir; lo que escribí hace mucho sobre la que era y tal vez siga siendo mi película favorita -y la culpable de mi dedicación al cine-, Vertigo, me parece de una pobreza notable, y no es ni la milésima parte de lo que tendría que decir sobre ella. Hay películas admirables que le paralizan a uno, o que no le sugieren a uno nada que escribir, o cosas demasiado íntimas como para que puedan interesar a terceros, y entonces más vale callarse. Ahora bien, decir "algo" no es imposible en ningún caso: puede ser muy interesante describir el efecto de una bofetada, mostrar el rostro que la recibe. Como decía Nicolas de Stäel en una frase que citó Godard y a mí me gusta mucho recordar: "Pintar en mil vibraciones el golpe recibido". Esa es una de las posibles funciones del arte y, en la medida en que lo sea, de la crítica. No hace falta hablar de planos, actores, historias. Y a articular verbalmente las emociones se aprende: escribiendo cuentos, poesías y novelas. Luego da lo mismo que esas emociones sean producidas por una mujer, una película o un acontecimiento político; no son completamente inefables, y no es preciso relatarlas exhaustivamente.

- ¿Y por compromiso, amistad, etc.? Aunque lo explicas bien al escribir sobre Vecinos. Algunas críticas de A contratiempo dan la impresión de limitarse a comentar el argumento, como si se temiera herir si se criticara la película.

- Hombre, yo lamento hablar mal de un amigo, y me preocupa la posibilidad de que ello deteriore nuestra amistad -en realidad, la pone a prueba y, si lo es realmente, no se verá afectada-, de desmoralizarle, de que piense que me vengo o le envidio, de que le cree dificultades en su carrera, y me es más doloroso criticarle que a un desconocido o a un director instalado y totalmente invulnerable e insensible a mis opiniones, pero no puedo remediar decir todo lo que pienso, aún con más dureza, franqueza y exigencia: porque suelo esperar más de ellos, tener más elevada opinión de su talento o su ética, y suelen decepcionarme, cuando lo hacen, más que aquellos de quien no espero nada. Compromiso nunca he sentido más que conmigo mismo, y mi defensa de Borau no me impedirá atacar una hipotética película futura suya que me parezca mala, como mis defensas de Chávarri o Suárez no me han impedido criticarles luego negativamente. Y he calificado o comentado negativamente películas de mi tío Jesús Franco y de mi primo Ricardo Franco. Soy mucho más blando con gente como Saura, a la que no conozco. De las críticas de A contratiempo no me siento ni responsable ni solidario. La mía no es así, aunque no sea pública, ni fuera publicable por su extensión (6 holandesas apretadas), y es mucho más dura que la de personas a las que, sin duda, les gusta la película menos que a mí; por otra parte, como no soy amigo de Oscar Ladoire, sólo le conozco un poco...

Por lo demás, es mucho más peligroso para uno escribir con entusiasmo a favor de un director español, porque -por aquello de "piensa el ladrón que todos son de su condición", o por puro afán de desacreditar- empezarán a decir que estás vendido, que estás intentando que su productor te produzca o que él te contrate como ayudante o co-guionista, o que tal actriz secundaria es tu novia, o que lo elogias para disminuir a otro cineasta. Pese a ello, si me entusiasma un film de Mario Camus, Manolo Gutiérrez o Borau, no sé por qué voy a tener que hablar de él con menos entusiasmo que de un Coppola, Allen, Truffaut o Zulawski. Así que corro el riesgo, y que digan lo que quieran.

- ¿Puede hacer daño la crítica al uniformar criterios de calidad, ante los cuales ir a la contra no está demasiado bien visto en ciertos ambientes culturales? Me explico con un ejemplo: a mí no me gustó Teorema, pero es como si tuviera que ir con cuidado al decirlo, ¿entiendes?

- Vaya si lo entiendo. Si soy un especialista -involuntaria pero inevitablemente- en la discrepancia. A mí tampoco me gusta Teorema. Ni Ocho y medio, ni cientos de películas unánime o mayoritariamente consideradas geniales. Y viceversa. No me preocupa decirlo ya, porque siempre sé por qué opino así, y creo que podría justificar razonablemente mi posición. Y creo que hay que decirlo, entre otras cosas para que los que piensan lo mismo y no se atrevan a llevar la contraria a la opinión general -muchas veces no tan general, a menudo nada sincera-, se atrevan a hacerlo. Creo que es un peligro que la crítica que a mí me interesa no suele tener, porque no trata de imponer sus gustos o criterios, sino de despertar y hacer que se definan los del lector. Yo trato de ser un poco dinamitero, iconoclasta, si es preciso: me atrevo a decir lo que, por lo visto, otros piensan y se callan. Aunque eso hace que me llamen "Torquemada", extremista y qué sé yo. De modo que también puede haber una crítica liberadora.

- Y viceversa. A mí me encantó Llega un jinete libre y salvaje, la he visto cinco veces. Pero dicen que sólo es una película correcta y otra vez debes ir con cuidado al manifestar tu entusiasmo.

- ¿Por qué? No hay que ser tan tímido. Al contrario, hay que insistir, manifestarlo siempre que venga a cuento. A mí me gusta mucho también, y si la has visto 5 veces sin que decaiga tu interés estás demostrando con hechos que tu opinión es sincera, no puramente emocional o caprichosa y pasajera, sino firme y comprobada, con lo que vale más que la del que la ha visto una vez y la ha mirado superficialmente.

- Savater, a propósito de Nabokov: "El efecto que la crítica busca producir en todos los terrenos es introducir la mediación allá donde amenaza la evidencia sin intermediarios de lo inmediato".

- Depende de qué crítica. Y no siempre las obras son tan inmediatas. Y cabe una crítica que vaya contra el velo que han interpuesto los intermediarios (la publicidad, otros críticos, los propios autores, la taquilla, los premios).

- ¿Es importante al contemplar una película -para escribir luego sobre ella- el estado de ánimo, ir solo o acompañado, el cine donde se proyecta, etc.?

- Puede serlo. Depende. Si la película se ve sólo una vez, puede influir más el "ambiente". De todos modos, al escribir sobre ella hay que procurar aislar los factores que puedan no deberse a la película. Si uno está en una butaca incómoda, con proyección fuera de foco, viendo una película con cortes y mal doblada, con vecinos habladores o que se carcajean en los momentos que a uno le emocionan, y tiene uno mucho calor, no es probable que disfrute de la película tanto como podría, a menos que se trate de una obra tan excepcional que le haga a uno aislarse de todo lo demás. Por ejemplo, yo nunca he conseguido dormirme en una película -bien lo he intentado, a veces-, pero he entrado a ver dos cayéndome de sueño y cansancio, y muchas con intensos dolores de riñón, y la película ha hecho que venciera sueño, cansancio y dolores; cabe el riesgo de que un film bueno, pero no tanto, no lo consiga. También es conveniente no ir a una comedia un día que uno está de muy mal humor, aunque es posible que, si es muy buena, consiga animarle a uno. En la duda, siempre se puede volver a ver la película en mejores circunstancias y, si no, no escribir sobre ella.

- Como mero espectador, ¿acudes a una película empapado de críticas o limpio de ellas? ¿Te influyen? ¿Qué aconsejarías?

- No es fácil, pero procuro no leer las críticas antes, u olvidarlas. No suelen influirme, salvo que la de alguna persona puede animarme -por lo que dice, por ser él quien lo dice- a ir a ver una que no había pensado ver. Aconsejaría no leerlas antes, sino después, para discutir con ellas mentalmente. De antemano, pueden hacer que uno espere una película y, al encontrarse con otra cosa, sienta una decepción que nada tiene que ver con su calidad.

A veces, alguien ve algo que no he visto, y puede animarme no a cambiar de opinión, sino a volver a ver la película y comprobar si tiene razón. Y a veces sí.

- A propósito, ¿escribes para quien va a ver la película o para quien la haya visto?

- Esto es complicado. Como escribo en revistas, pienso que buena parte de los posibles lectores la habrá visto, aunque otra parte no. Si la crítica es favorable, tratará de incitar a que la vean -no a que la admiren- a los que no la hayan visto, y tratará de incitar a pensar sobre ella a los que ya la conozcan. Como yo siempre escribo tras verlas, tiendo a contar con que al lector sepa a qué aludo, a qué escena me refiero, etc. (es decir, le supongo con bastante buena memoria), y procuro, por si alguno no la ha visto, no destripar su posible intriga.

- Hay quien dice que una película es buena cuando gusta después de haberla visto cuatro o cinco veces. ¿Qué opinas? ¿Cuántas veces has llegado a ver una película?

- Ninguna película se hace contando con que la gente la vea más de una vez. Luego no hace falta más que una visión atenta para juzgarla (a veces, diez minutos sobran para ello). Ahora bien, para entenderla, para escribir sobre ella, para aprendérsela, para asimilar sus enseñanzas, conviene -no siempre es preciso- verla tres veces por lo menos. Y, si se quiere juzgarla con seguridad y confianza, la prueba de la repetición es buena. Pero no demuestra que un film sea bueno: aunque he leído de gente que ha visto 300 veces Sonrisas y lágrimas, no me parecerá buena jamás: me creo que a esa persona le encanta de verdad, y punto. Es fácil que películas poco llamativas se nos escapen en una visión única, o que otras, brillantes y hábiles, nos deslumbren a la primera, y que al revisarlas descubramos los secretos de la primera y la segunda se desmorone como un mecanismo vacío. Y sí conviene, en el tiempo, poner a prueba los gustos y disgustos de antaño, por ejemplo, cuando pasan las películas por TV, en la Filmoteca o se reponen. No es lo mismo ver 5 veces en tres días una película que verla cinco veces en diez años.

Yo he llegado a ver 30 veces una película, y claro, nadie va a convencerme de que no tiene interés: para mí, sí. Varias las he visto más de 20, muchas más de 15 y de 10, muchísimas más de 5, casi todas las que me gustan mucho un par de veces al menos. Pero no depende de lo que le gusten a uno, o no sólo: también de las ocasiones de verla, o de lo que a uno le intriguen. Unas se vuelven a ver para renovar el placer, otras para seguir aprendiendo de ellas, para seguir viendo cosas. Para estar seguro de que de verdad le parece buena a uno una película, lo mejor es verla varias veces.

- ¿Por qué crees que tienen tanto éxito ciertas reposiciones? ¿Es verdad que ya no se hacen películas como las de antes?

- Porque son famosas, porque son muy buenas, porque ya son conocidas o porque se siente la necesidad de conocerlas, cosa que no suele ocurrir con los estrenos, que obligan a enfrentarse a lo desconocido. También porque tienen estrellas, y hoy pocos actores lo son, y porque la gente ve por TV cine antiguo y le gusta, de modo que acude a verlo también en los cines. Por supuesto que ya no se hacen películas como las de antes; siempre ha sucedido eso, y no significa que no pueda haber películas de ahora tan buenas o incluso tan emocionantes como las de antes, aunque, claro, de otra manera. Para mí Loulou de Pialat es tan emocionante como pueda serlo In a Lonely Place de Ray o La Chienne de Renoir, y Raging Bull o Fat City lo son tanto como The Hustler y The Misfits, The Man Who Would Be King como Tambores lejanos, Fedora como Sunset Boulevard, etc.

- Una curiosidad a la que me gustaría que respondieras como crítico ¿Qué magia tiene Casablanca para que sea una película mítica para tanta gente?

- Dejando de lado su culto por malas razones -"snobismo", "campismo", moda, dejarse llevar por la corriente, etc.-, creo que responde a un conjunto de causas: a) que es maravillosa; b) que su carácter romántico e inverosímil no impide que sus autores-intérpretes muestren una convicción contagiosa; c) que es una película exaltadamente ética; d) que cuenta una historia de amor trágica y generosa entre dos tipos muy diferentes pero los dos admirables y una mujer que sería una pareja inesperadamente perfecta del que está condenado a perderla; e) que tiene empuje, ritmo, coraje, belleza, humor, exotismo, política... de todo; f) que se comunica en clave emocional y con intensidad capaz de vencer cualquier resistencia.

- El paso del tiempo, la visión repetida de una película, la lectura de críticas, ¿te ha hecho cambiar de opinión acerca de alguna película? ¿Te arrepientes de alguna crítica?

- No recuerdo que una crítica me haya hecho cambiar de opinión; en todo caso, me ha dado ganas de volver a ver la película, por si cambiaba, y unas veces así ha sido y otras no. Por paso del tiempo, sin más, a veces, pero no mucho: por lo visto, soy bastante estable, y fiel a mí mismo. Al volver a verlas, muchas veces, aunque casi nunca cambios de opinión extremados (alguna vez sí, eh). Algunas películas las he visto siete u ocho veces para tratar de decidir qué pensaba de ellas, porque me encantaban las impares y me decepcionaban las pares, y cosas así; por ejemplo, me ha pasado eso con Lord Jim durante años y visiones; últimamente me gusta mucho. Por supuesto que me arrepiento de críticas, aunque no de muchísimas; en particular, las de Le Samouraï y Profession: Reporter, minuciosamente negativas, cuando son para mí, ahora, sendas obras maestras. Ahora, son críticas que considero equivocadas, pero que no repudio; las asumo, no reniego de ellas, y creo que lo que digo de las películas no es falso, a lo sumo exagerado o demasiado exigente, o coloreado por mi juicio negativo, que es lo más equivocado de esas críticas.

- ¿Has salvado, como crítico, alguna película tan solo por un detalle, por un plano, por una escena...?

- Tienen que ser bastantes detalles o planos, al menos una escena muy buena, los que me hagan ponerle una estrellita de la Guía del ocio si todo lo demás es horrendo; algunos menos si el resto es simplemente malo o nulo. Claro que no sé qué entiendes por "salvar" una película. Más que como crítico salvarla yo, se salvará ella para mí como espectador si tiene algo muy bueno o muy original, siempre que el conjunto no sea canallesco, negativo, y contrapese ese acierto aislado.

- A mí hay algunas películas que no me entusiasman mientras las veo -físicamente- pero que, más tarde, al pensarlas, racionalizarlas, evocarlas o recrearlas, te arrastran. Me sucedió con Messidor.

- Claro. También sucede lo contrario: se gozan intensamente y luego se borran, se esfuman, se disipan, se olvidan. Son diferentes formas de actuar sobre el espectador. Ahora, en el caso que planteas lo que hay que hacer es volver a verla, no sea que guste por razones teóricas, y no la película en sí; en el opuesto, hay que volver a verla, a ver si se repite la experiencia y a ver si se le graba a uno más vivamente.

- La relatividad de la crítica. ¿Crees que se critica la película o la película en cuanto paso o eslabón de un director? Las películas de Huston, Wilder, etc., parecen ser siempre relativas en las críticas. Otro ejemplo, recuerdo muchas críticas negativas de Shampoo, pero ahora, gracias a Excalibur se ha revalorizado toda la obra anterior de John Boorman.

- Aquí has tenido un lapsus, pues Shampoo es de Warren Beatty & Buck Henry, pero entiendo por dónde va la pregunta, al menos su segunda parte. Lo primero es que depende de las películas, de los directores, de los críticos y de las críticas lo de que se consideren las películas "en sí", aisladamente, o como parte de la obra -estática o dinámicamente - de su autor. Es normal, y ambos enfoques son aceptables, unas veces uno más que otro, pero también pueden combinarse. En cuanto a las revalorizaciones globales, si no son abusivas y sin revisar las películas, encuentro normal que si un director mediocre o desconocido le sorprende a uno con una gran película, se pregunte uno ¿de dónde sale éste, qué hizo, seguro que me fijé bien, habría esbozos, no supe ver las posibilidades que anunciaba? Y que revise y, a lo mejor, revalorice parte de su obra anterior, si no toda, de igual modo que esperará con más interés la próxima.

- Bertolucci: "Cuando se ama a un director se aman también sus trabajos menos logrados".

- En todo caso, mucho menos que los más logrados, ¿no? Y a veces, nada en absoluto. Mi director favorito, y al que tengo, además, más afecto, es sin duda John Ford, pero eso no hace que ame, sino que deteste, The Fugitive. El siguiente entre mis preferidos es Renoir, pero no me interesa nada On purge Bébé. Mi amor por Vertigo me incita a detestar Jamaica Inn y a ser muy crítico con respecto a Family Plot, y el que siento por Prima della rivoluzione me ha hecho detestar a Bertolucci durante años, hasta que La tragedia di un uomo ridicolo me ha reconciliado con él. Lo que el amor por un director hace es que queramos ver, un poco supersticiosamente y otro poco por afán de coleccionismo tal vez, todo cuanto ha hecho, por poco prometedor que sea, y que estemos s dispuestos a soportarlo hasta el final, aunque estemos desfallecidos de aburrimiento.

- Una curiosidad particular: ¿qué te pareció Stardust Memories?

- Una película abominable, fea, pedante y soporífera, de las que le hacen a uno perder la estima y el respeto a un director, de las que hacen dudar de la calidad real y de la sinceridad de las obras precedentes que uno admira, y de las que le hacen esperar con aprensión y menos interés las futuras.

- ¿Hasta qué punto tienen importancia las manías personales para escribir sobre cine? Creo que a veces eres demasiado duro y quizá esté relacionado con lo que te he dicho: Función de noche, American Gigolo, Don Juan, Dedicatoria.

- Pese a que yo defienda la subjetividad como único punto de partida posible, creo que tengo pocas manías personales, o que éstas influyen muy poco en mi opinión acerca de las películas. Las he tenido, como he tenido partidismos y teorías estéticas, pero me he ido desprendiendo de ellas. En otros críticos, no sabría precisar: varía. No creo ser demasiado duro: si lo parezco es por comparación, porque noto que la mayoría prefiere escurrir el bulto, y cuando ataca, a continuación busca excusas y paliativos, o se limita a insultar, sin explicar por qué la obra le mueve al insulto. Como yo procuro decir que esto es atroz por esto y por esto, sale más duro. No quiero hacerme reputación de duro, y no me dejo llevar por fobias. En las 4 películas que mencionas hay una crónica de decepción: con mayor o menor confianza, esperaba más de ellas, podían todas haber sido mucho mejores, contaban, con elementos suficientes. Tanto a Schrader como a Chávarri les había defendido hasta entonces; de Función tenía buenas referencias presuntamente fiables; Losey tenía a Mozart. En el caso concreto de Losey, creo que he explicado con creces y en detalle por qué me parece nefasto su Don Juan; en el de Josefina Molina, creo haberme pasado por dedicarle excesiva atención; en Dedicatoria salvé todo lo salvable, tras el esfuerzo ímprobo de verla dos veces; en American Gigolo no recuerdo haber sido nada duro. Pero creo -aunque no por Función de noche- saber lo que insinúas: que me irrita que Schrader amague el plagio de Bresson y desperdicie a Lauren Hutton, que Losey hunda a Mozart bajo su carga de pedantería, que Chávarri se atreva a tocar a Mozart y Schubert y eche a perder a Luis Politti y Patricia Adriani. Pero no es eso, si acaso son las gotas que colman el vaso, como las alusiones tontas a La isla del tesoro de A contratiempo.

- A propósito, ahora que cito Función de noche, ¿una película tiene que perdurar a través del tiempo para ser buena?

- Al revés, creo yo: para perdurar, tiene que ser buena. Pero lo era cuando se hizo y lo sigue siendo, no es que se haga buena con el tiempo.

- ¿No crees que las críticas de los grandes periódicos, El País o La Vanguardia, no están a la altura?

- Aparte de remitirte a la primera respuesta, ya lejana, es evidente que no están a la altura. Pero ¿pueden estarlo? Un periódico contrata a un crítico que dé gusto a la mayoría de sus lectores, al lector medio de sus encuestas de "marketing", y que cuadre con la imagen "respetable" o "progre" que el periódico quiere dar. De modo que un crítico que no considerase un acontecimiento cultural el estreno de Mon oncle d’Amérique o Tre fratelli, por ejemplo, o que insulte a Saura o Bardem, no podría durar en El País, sobre todo si, en cambio, considera importante que den Ride Lonesome en TV o que se reponga The Quiet Man. Lo gracioso es que este mismo crítico tampoco duraría mucho en ABC, La Vanguardia, Ya...

- ¿Por qué desde que escribes en Casablanca no lo haces en Dirigido por...? ¿Qué tiene la primera que no tenga la segunda?

- No es del todo cierto, pues he escrito sobre el musical MGM y no sé si algo más; pero a ellos -Dirigido por...- no les gustó que escribiera en Casablanca, y tampoco me invitan mucho a hacerlo; además, no me queda tiempo, creo yo. En Casablanca me siento entre amigos, como en casa; en Dirigido por... como un huésped inoportuno e indeseado por la mayoría, que no tiene de qué hablar con nadie. Eso es mucho. Aparte de eso, yo me leo entera Casablanca, y me suele parecer, en conjunto, bien; de Dirigido por… no puedo decir ya casi nada, porque no logro leerla. Aunque ninguna de las dos me parecen la revista ideal, Casablanca es mucho más aceptable para mí.

- ¿Continúas pensando que "es mejor sentir las películas que entenderlas"? Creo que en este aspecto ya se ha cambiado: antes se buscaban excesivas alegorías en El espíritu de la colmena (o en el brazo escayolado de La prima Angélica) mientras que ahora se ve con ojos más libres...

- ¿Tú crees? Ojalá. Temo que se ve con ojos más distraídos, con mente más perezosa. Yo continúo pensando igual, aunque, conste, el sentimiento no excluye el entendimiento, sólo lo precede. Pero las risotadas con que se veía Johnny Guitar en los Alphaville me hacen dudar sobremanera que se esté cambiando en ese sentido. Las reacciones que suscitan películas como Sauve qui peut (la vie), Messidor, Light Years Away, Loulou, etc., confirman mis temores.

- ¿Qué te parecen las críticas de Contracampo?

- En general, ilegibles. A veces, plantean o sugieren cosas interesantes, o hablan sobre películas que a mí también me gustan, pero sin llegar a ninguna conclusión que me interese. Si se olvidasen de la jerga semisemiológica post-mayo del 68, que ya es hora, y tuviesen más afición a escribir, y menos a hacer declaraciones de principio o generalizaciones, a lo mejor me interesaban más. Tienen más curiosidad como espectadores que como críticos. Sin duda, quieren hacer otras cosas, lo cual me parece bien.

- ¿Crees que una revista debe mantener una determinada línea o bien debe ser ecléctica? El Pirata opina que todas las revistas de cine se parecen y son igualmente aburridas.

- Cierto que suelen ser aburridas, pero no del mismo modo ni en igual medida. EI aburrimiento de Contracampo es para mí muy distinto del de Dirigido por..., y éste del de Fotogramas, y éste del de El Pirata, que es de aúpa. De momento, no me aburre Casablanca, pero, de aburrir, lo hará otro modo. El eclecticismo lo creo inevitable, en cuanto hay dos redactores que no sean amo y esclavo; incluso un redactor único puede ser ecléctico: para mí la gracia del cine está en su riqueza y diversidad, en que me puedan encantar a la vez Marguerite Duras y Richard Thorpe, Budd Boetticher y Eisenstein, Hitchcock y Jean Rouch, Pasolini y John Irvin, Ford y Satyajit Ray, etc. Ahora, eso no justifica que una revista sea un cajón de sastre ni un batiburrillo. Sin llegar al dogmatismo, y sin encuestas previas ni pedir contraseñas a los colaboradores, creo que una línea subterránea sí debe existir en una revista, aunque no siempre sea perceptible.

- La crítica como rememoración, continuación del placer fugaz que produce la visión de una película.

- Es una posibilidad. Tanto para el que la escribe como para el que la lee, es un modo de seguir la película por otros medios. A veces es un "remake", una adaptación a otro lenguaje, una trasposición. Puede valer.

- Perdona el tópico: tus 15 películas preferidas, las que volverías a ver ahora mismo, las que te comprarías en video...

- Serían más de 15 ya las de Ford sólo. Tomando el criterio (más amplio, pero más desequilibrador) del citar una por autor, serían: Vertigo (Hitchcock), The Wings of Eagles (Ford; o 7 Women, The Searchers, The Quiet Man, The Horse Soldiers, Liberty Valance...), The River (Renoir), Shin Heike monogatari (Mizoguchi; o Sanshō Dayū), Sunrise (Murnau; o Tabu), To Have and Have Not (Hawks; u -only Angels have wings, Red River, Hatari!) , Der Tiger von Eschnapur-Das indische Grabmal (Lang; o Moonfleet); Gertrud (Dreyer; o Vredens Dag, Ordet); Germania, anno zero (Rossellini; o Viaggio in Italia, Europa '51); City Lights (Chaplin; o A Countess from Hong Kong, Limelight, The Kid); L'Atalante (Vigo); Bande à part (Godard; o Pierrot le fou, Le Mépris); Party Girl (N. Ray; o Johnny Guitar) ; The Student Prince (Lubitsch; o To Be or Not to Be, Heaven Can Wait, Madame Dubarry, Trouble in Paradise); An Affair to Remember (McCarey); Banshun o Tōkyō monogatari (Ozu); Exodus (Preminger) ; The Cameraman (Keaton; dirigida por Sedgwick) ; They Died With Their Boots On, A Distant Trumpet o Along the Great Divide (Walsh); Detstvo Gorkovo (Donskoi) ; Out of the Past (Tourneur); Broken Blosoms (Griffith); Letter from an Unknown Woman (Ophuls); Morocco (Sternberg); he hecho trampa, pero al menos he citado a mis 24 directores favoritos, y he indicado de cuáles no estoy seguro de qué película es la que más me gusta. No hay orden estricto, salvo tal vez las diez o doce primeras...

XXXXXX

Con esto doy respuesta, sin variar ni omitir nada, a tu cuestionario. Para terminar, añadiré tres o cuatro matizaciones personales que no he sabido bien dónde meter.

1. Para mí la crítica es, ante todo, escritura, literatura. Más concretamente, la considero incluible en el género epistolar: es una carta a destinatarios desconocidos y anónimos, un poco como el mensaje en la botella del náufrago. Como desconoce a sus destinatarios, el crítico escribe cartas a un amigo, a la mujer amada o alguien así, pero dándole un poco el carácter de carta abierta. El tema de partida es una película o la obra de un cineasta; el punto de llegada es imprevisible, si la crítica es una aventura, una tentativa de conocimiento, un aprendizaje para el que la hace. El lector puede subir a bordo y compartir el viaje, o amotinarse, o presenciar su navegación desde fuera. O, una vez terminado, puede tratar de repetirlo. Si uno logra llegar a una sola persona, o embarcarla, o invitarla al viaje, se puede dar por satisfecho. Si yo hago que alguien descubra por su cuenta Moonfleet y goce de ella, creeré que he servido para algo. Si, además, le sugiero formas de verla que no se le habían ocurrido y que le proporcionan algún placer o comprensión, mejor todavía.

2. Por otra parte, sin querer casi, el escritor implicado en lo que escribe se revela, se delata, se muestra más o meros explícitamente o entre líneas, con lo cual en una crítica habrá una cierta carga de expresión personal.

3. Desconfío de la objetividad y de las argumentaciones generalizadoras y despersonalizadas, que no suelen ser sino tretas para enmascarar un juicio y una visión irremediablemente subjetivos, de modo que creo que es mejor reconocer y hasta reivindicar ese subjetivismo.

4. Yo he disfrutado o aprendido algo -no siempre sobre la película en cuestión- leyendo críticas. Esto me sucede cada vez menos. Casi todas me aburren: suelen estar muy mal escritas, y si una persona no respeta el lenguaje en que se expresa, mal puede respetar aquél sobre el que escribe; tardan en empezar a decir algo que no sepa, si es que dicen algo; desde el arranque, preveo lo que van a decir, y si salto al final, que suele ser remachón y contundente, compruebo que así es, así que me inclino a prescindir de lo de enmedio.

Cuestionario realizado por Antoni Mayans. Inédito (4 de abril de 1982).

Agradecemos a Antoni Mayans la aportación de este texto.

miércoles, 4 de marzo de 2026

Imaginería del cine negro

Richard Brooks fue, hasta hace poco, un importante director americano. Logró dos obras maestras —entre lo visto en España— con El fuego y la palabra (Elmer Gantry, 1960), y, sobre todo, Dulce pájaro de juventud (Sweet Bird of Youth, 1961), la primera de las cuales era hasta entonces la única no producida por la Metro. Después de estas dos películas, se independiza y se convierte en su propio productor, con un sorprendente bajón de calidad: Lord Jim (1965) y Los profesionales (The Professionals, 1966), no pasan de mediocres, pese a ser muy personales y, por eso, dignas de algún interés, sobre todo Lord Jim, por fallida que esté, aunque la segunda sea más simpática. Con A sangre fría (In Cold Blood, 1967), llega al más bajo nivel de su carrera, destrozando una interesante novela de Truman Capote. Tras señalar el hecho bastante curioso —pero significativo— de que sus tres películas "en libertad" estén rodadas en Panavision, formato que en el 64 declaraba detestar, resulta interesante analizar por qué A sangre fría, pese a ser muy mala en mi opinión, merece verse.

En primer lugar, los fallos de la película provienen de la adaptación (del propio Brooks, antiguo guionista). Era imposible restituir la riqueza informativa de la "non-fiction novel" de Capote, por lo cual la empresa era arriesgada; pero Brooks ha caído en las peores trampas del psicologismo y del sentimentalismo, esquematizando todo a niveles inadmisibles. Mientras el libro nos da una fuerte sensación de simultaneidad y de implacabilidad, la película está llena de torpes "vueltas atrás" explicativas, muy forzadas y simplistas (esto es frecuente en Brooks, antiguo periodista como su amigo Fuller, con el que comparte una fuerte tendencia a hacer películas como si fueran titulares de periódico sensacionalista; ninguno de los dos se distingue por su inteligencia, aunque Fuller tiene más imaginación visual, y un demente sentido del cine que le falta a Brooks con frecuencia), que destrozan el ritmo y enturbian la narración. La novela condena implícitamente la pena de muerte, describiendo con igual y terrible minuciosidad el asesinato y la ejecución de los asesinos, con gran efecto —pero sin efectismo—, gracias a una inteligente estructura: primero se nos muestra, distanciadamente, a los dos criminales y a las víctimas; después asistimos al horrible asesinato y se siente una fuerte repugnancia por sus autores. Cuando éstos son condenados se nos acerca a ellos, implacablemente, y llegamos casi a comprenderlos y, por tanto, a compadecerlos, tras lo cual se nos describe la ejecución, colocándola indirectamente al mismo nivel que el asesinato. Dadas las ideas de Brooks, me imagino que esto fue lo que más le interesó —junto a su éxito— de la novela, que se sale bastante de su temática personal. Pero, como es frecuente en él, ha enfatizado todo, y para ello ha desplazado el asesinato, por medio de un flashback, casi al final de la película, de modo que queda justamente delante de la ejecución. Por otra parte, y dejando de lado los graves fallos de interpretación de los nuevos protagonistas Robert Blake y Scott Wilson —un sub-Paul Newman—, muequistas como pocos, Brooks ha sido muy cobarde en la presentación de las dos escenas-clave: cuando debían haber sido repugnantes hasta dar náuseas y, para ello, descritas con detalle y sin complacencia, se ha limitado a hacer una planificación efectista que, sin dejar ver prácticamente nada, logra dar a las escenas el rentable nivel de violencia que se lleva ahora en muchas películas americanas. Este escamoteo no es, como algunos quizá pretendan, una condena de la violencia, sino una muestra de su reciente inclinación a ganar dinero, haciendo una película inofensiva y poco perturbadora.


Pese a todo esto, y una vez superada la irritación que me produjo la primera visión, he vuelto a verla con el mayor distanciamiento, lo que, si bien no impide aburrirse e indignarse a veces, permite una mayor apreciación del aspecto más externo pero más logrado de la película: el visual. La película adopta la forma de un "thriller", de un film "negro", y emplea todo su atractivo repertorio de imágenes (muy visto, pero siempre eficaz): faros de coche que taladran las nocturnas carreteras, autobuses "Greyhound", estaciones, bares, hoteluchos, consignas, almacenes, coches patrulla, ambientes sórdidos, chaquetas de cuero, guitarras, voces interiores, pequeñas ciudades del Middle West, celdas, comisarías, que si bien malogran totalmente el tono "de reportaje" que hubiera correspondido a la novela, confieren al film una cierta belleza aparencial, objetal, mítica, gracias al empleo de todo el repertorio de signos codificados del género. Pero en este film, de factura eficaz, académicamente maciza y con tendencia al efectismo, lo más bello son las convenciones, lo que mejor funciona, las escenas más banales (policías charlando o interrogando a prisioneros, coches por las carreteras, etc.), en las que Brooks no subraya nada y logra un tono neutro, unos planos de clara y ordenada estructura visual, aumentada por la excelente fotografía en blanco y negro de Conrad Hall.

Otro gran atractivo —desgraciadamente sepultado entre diálogos explicativos y lapidarios, sermones sentenciosos, encadenados falsamente brillantes, música machacona o sensiblera, detalles demagógicos, sonido amplificado, etc. —reside en la fabulosa galería "negra" de personajes míticos (como el viejo y su nieto, que recorren la carretera recogiendo botellas vacías), que tenía la novela, y que gracias a la eficiencia y a la adecuación física de los actores de reparto americanos, pasa a la película con bastante fuerza (John Forsythe, Paul Stewart, los barmen, los tipejos que esmaltan el film en fulgurantes apariciones), pese a cambios y supresiones importantes. De ahí que, a nivel puramente visual y mítico, la película cobre cierto encanto que la hace menos detestable.

En El Noticiero Universal (hacia febrero de 1969)

lunes, 2 de marzo de 2026

Sólo para hombres (Fernando Fernán-Gómez, 1960)

Temo que el mismo título de esta película aleje de ella a muchas personas, entre ellas las que más podrían encontrarla sumamente interesante, aunque es de temer que hoy los nombres de Fernán-Gómez y de Miguel Mihura no les digan gran cosa a los más jóvenes, si no es que les atribuyen, apriorísticamente, algún tipo de machismo.

Sin embargo, es una película que mostraba en su época, y aún lo puede hacer ahora, no sólo que, como es evidente, las cosas habían cambiado mucho desde 1895 y siguientes, sino que todavía ahora, aunque menos, ciertamente, que en 1960, quedan muchas cosas por cambiar. Que lo haga con humor y hasta con buen humor, pacíficamente, y no con odio ni rabia, ni abusar de las generalizaciones, probablemente no deje ver lo que muy claramente pone de manifiesto y critica, ya que el mundo se ha hecho más malhumorado y agresivo, más gruñón y esquemático, más maniqueo y más intolerante.

No es, en modo alguno, una película tímida ni timorata, pero sí, ciertamente, es una comedia y no un drama realista ni tampoco un melodrama lacrimógeno, que son dos opciones asequibles para los hechos reales en que se basa. A mi entender, es una forma de hacer críticas más eficaz, y sobre todo, en 1960 el humor la hacía mucho más práctica, pues evitaba encontrarse frontalmente con la censura. Los que confunden lo ligero, ameno, divertido, humorístico con lo intrascendente y sin capacidad de transmitir ideas o de poner en solfa los principios que una sociedad anticuada y anquilosada trata de imponer, además de equivocarse, suelen dejar pasar lo que expresado con solemnidad prohibirían.

De ello han sido conscientes, diría que en todas las épocas, los cineastas españoles, como antes los dramaturgos en cuyas obras se han basado muy a menudo aquellos. Hoy se ignora o se finge despreciar (porque no se puede despreciar realmente lo que se desconoce) a Carlos Arniches o los Quintero, a Mihura o Jardiel, sin reparar en que desde Buñuel para abajo, en ellos se han apoyado la mayoría de los que han hecho cine en España, en especial (pero no sólo; la sociedad es a veces aún más regresiva) en tiempos de dictaduras.

Sólo para hombres plantea con sarcasmo e ironía la odisea burocrática y hasta objeto de agrios debates parlamentarios y mediáticos, de una joven (muy bien encarnada por Analía Gadé), nada ansiosa por casarse, hija de un cesante, que pide ingresar en la administración como empleada del Ministerio de Fomento. El estupor y el escándalo ante tan inédita e insólita pretensión son inmensos, pero al no encontrarse argumento legal convincente para impedírselo, se ve admitida por un periodo de prueba… en el que pone en evidencia lo anticuado de los usos y procedimientos imperantes, además de la desidia, pasividad, lentitud y vagancia de sus colegas masculinos y su falta de iniciativa, todo lo cual demuestra, sin subrayarlo y con discreta buena educación y serenidad, que ella es más eficiente, rápida, pulcra y ejecutiva que los demás. Naturalmente, la frecuencia con que los cambios de gobierno de la época dejaba en suspenso las iniciativas o derogaba las leyes recién aprobadas por los precedentes gobernantes, hace que la ejemplar empleada pública se vea despedida, y sin otra alternativa que casarse y esperar que al menos uno de los integrantes de la pareja tenga empleo cuando el otro lo pierda.

En “El universo de Fernando Fernán Gómez”. Madrid : Notorious, julio de 2021.