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miércoles, 2 de julio de 2025

Fernando Trueba

Es frecuente que los niños pequeños adquieran lo que se llama "un ojo perezoso", que se trata de corregir tapándole el que usan para que no tenga más remedio que usar el otro. La "planificación perezosa" de las primeras películas dirigidas por el ex-crítico influyente (Guía del Ocio y El País, nada menos) Fernando Trueba -sobre todo la famosa Ópera prima- tenía la virtud de alejarle por completo de la ramplona y chabacana machaconería de las comedias españolas dominantes en la época, que solo los dotados de conciencia histórica o memoria pueden siquiera imaginar. El espejismo no duró demasiado, pues tras una interesante tentativa documental -que no fue rentable- se vió que en el caso de Trueba el cuerpo no tenía mucho aguante y se embadurnó de Sal gorda, sellando un pacto "contra natura" con un aprendiz local de Mefistófeles que poco le ha beneficiado. Sólo una vez ha sabido sacar partido de esa larga alianza con uno de los mandarines del lugar, cortejado por el poder y temido por los bancos: lograr hacer El sueño del mono loco, la única vez que ha mostrado su rostro más auténtico. Por lo demás, se ha confinado a idealizar y falsificar el pasado y hacer comedias tan mecánicas como poco graciosas. No basta con pagar culto de boquilla al pobre Billy Wilder ni agitar la bandera tricolor de una República que ni vivió ni conoce; sin sentido del humor, es difícil hacer comedias. En ese recorrido, cada vez más desesperanzadoramente insípido, se ha ido instalando en la más funcionarial de las rutinas, en una indiferencia absoluta, que no logra convertir en oro la hojalata y que anula la materia prima cuando, de tarde en tarde, tiene valor, como en Calle 54 y El Embrujo de Shanghai, escandalosas exhibiciones del arte del desperdicio. ¡Qué lejos estamos del cinéfilo que admiraba a Robert Bresson, Éric Rohmer, Jean Eustache o Alain Tanner!

Siento concebir ya pocas esperanzas de que Trueba recupere algún día la relativa frescura de Ópera prima, la inquietante perversidad del Mono loco, ni siquiera la eficacia de Sé infiel y no mires con quién. La última película suya que de verdad me gusta, el episodio televisivo La mujer inesperada, con Resines y María Barranco, data de hace ya 12 años, y es mucho tiempo, dominado, cuando acierta, por logros de objetivos tan poco explicables como hacer una comedia como las que se hacen AHORA en Estados Unidos: Two Much desperdiciaba a Daryl Hannah.

Texto preparatorio para la intervención en El Séptimo Vicio, en Radio 3. Escrito el 17 de abril de 2002.

miércoles, 28 de junio de 2023

Ópera prima (Fernando Trueba, 1980)

Hay dos formas de dar los primeros pasos: pensándoselo mucho, tomando precauciones y planeando una jugada espectacular, o bien, simplemente, echando a andar, sin temor a pegarse un batacazo. Fernando Trueba, primero con sus cortos —sobre todo En legítima defensa (1978)—, ahora con su Ópera prima (1980), ha optado por la acción directa, más arriesgada pero, sin duda, mucho más estimulante tanto para los que hacen la película como para los que la ven.

Lo primero que me gusta —aunque no lo único ni lo que más— del primer largo de Trueba es su falta de pretensiones, está uno un poco harto de que las películas españolas respetables se den aires de obra maestra y trascendental, fácil coartada para el confusionismo y la falta de rigor, para no apreciar como se merece la aparición de un film «de andar por casa», en el que se siente uno a gusto, como un amigo, y no como un alumno retrasadillo, un preso o —en el mejor de los casos— un huésped de pago. Se le acusó de «descomprometido», de ácrata, de intrascendente, de superficial; se dirá que Ópera prima es «poca cosa» y se le reprochará su liviandad, cuando a nadie se le ocurriría elogiar la pesadez; tan pronto se tildará a Trueba de «irrealista» como de «costumbrista», y se intentará generalizar a toda una generación, a una abstracción tipo «la juventud de hoy», la actitud bien concreta y particular de sus personajes, que nada tienen de «representativos». De hecho, se calificará de «pasota» a su protagonista, Matías Marinero (Oscar Ladoire), cuando precisamente no pasa de nada, sino que es un apasionado, capaz del mayor entusiasmo y, sólo por eso, de las mayores decepciones, pero obstinado, tenaz hasta en su inconstancia; es un tipo al que, lejos de darle todo igual, le repatean muchas cosas: se podrá estar o no de acuerdo con él, pero al menos tiene las ideas claras y criterios muy definidos, sabe muy bien lo que —arbitrariamente o no— le gusta y lo que le repele.

Quedamos, pues, en que Ópera prima no trata de imponerse al espectador prometiéndole a golpes de timbal hora y media de denuncia, testimonio o ilustración; tampoco pretende «quedarse» con él simulando hablarle de algo tan inefable, profundo o complejo que, si no pertenece al restringido círculo de los iniciados, lo único que puede hacer es estarse quieto y calladito y tratar de aprenderse la lección o adquirir la conciencia de la que se le presupone carente. Ópera prima no trata de algo desconocido, que no podemos juzgar, sino de cosas que están al alcance de cualquiera, que todos hemos vivido o sentido, si no todos los días sí, por lo menos, alguna vez, y acerca de las cuales no vamos a dejar que nos den gato por liebre ni que nos vengan con cuentos chinos: el amor, la amistad, la soledad, el vacío, la pereza, los proyectos irrealizados, el fracaso, el paso del tiempo. Terreno arriesgado si los hay, habitualmente reservado al «pequeño naturalismo» por renuncia de los cineastas con capacidad de estilización, excesivamente ambiciosos para «rebajarse» a abordar temas tan vulgares, y que pocas veces —sobre todo en España— ha dado buena cosecha. Pero no se piense que Trueba intenta llevarse al huerto al público con guiños de complicidad o arrumacos halagadores: en el cine hay unas reglas no escritas del marqués de Queensberry o Fernando Trueba, que tanto propugnó como crítico su respeto, las sigue por convicción y porque desprecia los golpes bajos.

Así, en su película se entra o no se entra: la puerta está abierta de par en par, y nada cuesta franquearla; eso sí, el que se introduce en Ópera prima ya no quiere salir de ella, aunque podría hacerlo en cualquier momento, ya que Trueba respeta la libertad del espectador tanto como la de sus personajes o como aprecia la suya propia. De hecho, el mayor reparo que yo le pondría a esta película es uno muy raro en mí, decidido partidario de los metrajes de Jacques Tourneur y la serie «B»: que no dure media hora más. Creo que en dos horas habríamos tenido tiempo para saber algo más de Violeta Ibiricu (Paula Molina), para conocerla mejor y compartir motivadamente el entusiasmo de Matías; estoy seguro de que valdría la pena, y de que Ópera prima habría salido ganando al convertirse en un film sobre la pareja, en lugar de centrarse, un poco excesivamente, en su protagonista masculino.

Como buen film sonoro, Ópera prima no desdeña una de las principales actividades humanas, y ha procurado disponer de los medios necesarios para captar directamente, como es debido, la autenticidad de los numerosos diálogos que mantienen sus protagonistas. Al no contar, propiamente, un argumento, sino limitarse a mostrar unos personajes y dejamos ver las relaciones —cambiantes, precarias, frágiles, manifiestas o disimuladas— que se establecen entre ellos, Trueba se apoya, sobre todo, en los actores, en su mayor parte debutantes o no profesionales, que demuestra saber dirigir admirablemente, sobre todo a ese prodigioso y divertidísimo «espontáneo» que es Ladoire, que tiene la gracia de gestos y miradas que hoy ha perdido casi por completo —a fuerza de repetirse y exagerar— Jean-Pierre Léaud, y con una pinta que hace de él un curioso cruce de Harpo Marx, el Opale de El testamento del Doctor Cordelier y el mismísimo Femando Trueba; Ladoire no interpreta un personaje, es Matías —no en vano ha escrito con Trueba el guion—, lo mismo que, en medida sólo ligeramente menor, son sus personajes Paula Molina, Antonio Resines, Luis González-Regueral, David Thomson, Marisa Paredes y Kitty Manver.

Ópera prima es, de forma que se hace ruidosamente indiscutible, una película divertidísima; es también, en el fondo, no «en realidad» sino además, y por los mismos motivos que cómica, una película muy triste, emocionante y conmovedora, dolorida pese al «final feliz» y nada condescendiente para con sus personajes. Es, por supuesto, una cuestión de puntos de vista, de enfoque: ya dijo Chaplin que una misma historia puede ser un drama en primer plano y una comedia en plano general, y Trueba ha sabido moverse con soltura y desparpajo entre dos aguas, manteniendo la distancia imprescindible para eludir el patetismo y la queja, acercándose lo suficiente a sus protagonistas como para que podamos compartir sus venturas y desventuras sin necesidad de identificarnos con ellos, puesto que no son reflejos nuestros, pero sí, desde luego, «nuestros semejantes, nuestros hermanos».

En “Dirigido por” nº73, mayo-1980