Esta notable película anglo-irlandesa se enfrenta con una serie de contradicciones de partida que no ha sabido o podido resolver satisfactoriamente. De ahí su carácter híbrido y la frustración que provoca su visión, pues se siente casi continuamente que, aunque esté bien, podría haber sido mejor, que no llega al fondo del drama, que algo obstaculiza la visión del realizador y le hace quedarse en la superficie de las cosas, en su mera apariencia.
La primera contradicción es de medios y fines, y se traduce en una imprecisión de tono. Gracias al éxito de My Left Foot (Mi pie izquierdo), Sheridan ha conseguido fondos suficientes para embarcar en la empresa a actores que, aunque británicos (Richard Harris, John Hurt) son todavía (el primero) y ya (el segundo) "estrellas" de Hollywood con renombre internacional, y muy distantes, pues, del anonimato que rodea a casi todos los restantes intérpretes, muy buenos pero presumiblemente con escasa experiencia o, al menos, con poca "imagen pública" por proceder del teatro o trabajar sobre todo en la televisión. Es cierto que la labor de ambos es irreprochable —sin caer en el "número de actor" que bordean constantemente, ya que encarnan un energúmeno patriarcal y un retrasado mental—, pero su intervención da a la película una dimensión que choca con sus pretensiones de sobriedad y realismo, y provoca altibajos de tensión dramática nada beneficiosos a la unidad del conjunto. Parece como si Sheridan se hubiese quedado atrapado entre su voluntad casi marginal de narrar "desde fuera" y sin retórica y el hipervoltaje y la dramatización que introducen esos dos actores, y cabe concluir que no ha sido capaz de tomar una decisión, como si fuese el asno de Buridán.
La segunda es, en cierto sentido, paralela. Se trata de una película financiada, básicamente, por Granada Televisión, y para colmo adapta una pieza teatral (de John B. Keane), por lo que, exhibida en pantalla grande, proyectada, se revela un tanto pobre visualmente, y quedan amplificadas las gesticulaciones en que incurren casi todos los que tratan de "hacerse oír" desde la pequeña pantalla, efectismos y esteticismos que resultan ridículos e innecesarios cuando se ven a otra escala: es como mirar con microscopio lo que se hizo para ser contemplado con prismáticos. Pese a ser un telefilm rico en paisajes y rodado fundamentalmente en escenarios naturales, de ellos la mayor parte exteriores, no logra sustraerse a sus raíces teatrales, subrayadas por la estructura, el ritmo y la falta de homogeneidad entre los actores.
La tercera contradicción es, probablemente, consecuencia de la inmadurez de Jim Sheridan, que no le permite superar el conflicto entre el afán de hacer una película dura, seca, lacónica, hosca y primitiva, y la tentación de recrearse en la belleza del paisaje irlandés y las dotes histriónicas de sus actores.
En “Todos los estrenos. 1991”. Madrid : Ediciones JC, diciembre de 1991.
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