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lunes, 16 de octubre de 2023

The Elephant Man (David Lynch, 1980)

Se ha lanzado contra David Lynch, con ánimo insultante, el calificativo —para algunos «descalificador»— de sentimental, simplemente porque The Elephant Man (1980) no es una película cínica ni se presta a la delectación morbosa. Es eso, sin duda —más que su reposada sobriedad o su cuidado tratamiento visual—, lo que hace que parezca «antigua». Entre cabezas que explotan, babas verduzcas, llagas purulentas, sangre que chorrea al «ralentí» en primerísimo plano y otras contorsiones, acaba por ser chocante que un cineasta underground-vanguardista, presentado como enfant terrible, dedique su atención a un personaje monstruoso y no se recree en sus horribles deformidades ni se empeñe en asquearnos, sino que, por el contrario, aspire a que venzamos nuestra inicial repugnancia —un tanto «apriorística», y mezclada con curiosidad, como demuestra Lynch al aplazar media hora la visión del «hombre elefante»— y acabemos por sentir afecto y simpatía por el inocente John Merrick (John Hurt, cuya interpretación queda reducida por el doblaje a una proeza del maquillador), pariente cercano del patético y torpemente afable monstruo creado por el doctor Frankenstein, que encarnó Boris Karloff en el film de James Whale de 1931, personaje que siempre pidió una película que relatase su breve y desdichada existencia con un protagonismo que se le arrebataba en favor del frío, megalómano y —en el fondo— timorato «autor del monstruo». Lynch reivindica la tradición dickensiana, que dio obras tan espléndidas como Great Expectations (Cadenas rotas, 1946), de David Lean, e inspiró decisivamente a Griffith, Tod Browning (el de Freaks) y los directores de Lon Chaney; su postura se aproxima más a la de Truffaut en L'enfant sauvage que a la de Penn en The Miracle Worker, o Herzog en El enigma de Gaspar Hauser, no digamos a la de Friedkin en El exorcista, o la truculencia chafarrinosa de sus imitadores italianos, pese a la prodigiosa iluminación de película de terror conseguida por Freddie Francis —recobrado para un oficio que, como Jack Cardiff o Guy Green, no debió abandonar para convertirse en director— y a la espléndida reconstrucción de un Londres neblinoso y victoriano, rasgos que, con la notable composición de una pintoresca galería de comparsas, dan a The Elephant Man un encanto y un misterio considerables, merecedores de una estima que, pese a las nominaciones al Oscar, no es verosímil que reciba, ya que se aparta en todo de lo que es hoy la norma en el cine comercial y tampoco ofrece, a modo de compensación, los dudosos placeres de la osadía «trasgresora» o «moderna» con que los pretendidos disidentes tratan de disimular su falta de imaginación y de recursos artísticos y personales.

La clave de la película de Lynch está en que no se ha dejado contaminar por la actitud mercantilmente sensacionalista de los exhibidores de monstruos en las barracas de feria, los Jacopetti de la época; sabe que cierta curiosidad malsana hace tolerable, e incluso regocijante, la contemplación, durante unos minutos y en compañía, de las mayores aberraciones de la genética o la patología, y por eso juega con la impaciencia y la aprensión del espectador —identificado narrativamente con el doctor Treves (Anthony Hopkins)—, para luego, gradualmente, acostumbrarnos a la presencia, durante casi hora y media, del infortunado «hombre elefante», propósito que consigue filmándolo con naturalidad, como si se tratase de una persona normal, sin buscarle siquiera «el lado bueno» (o menos malo), como sucede con tantos actores.

Para los que busquen sensaciones fuertes y pasajeras, la película de Lynch tiene que resultar muy decepcionante; puede que incluso molesta y un poco «azorante», ya que les obligará a asumir una cierta «familiaridad» con el monstruo del que quisieran burlarse, y les hará compartir los problemas y las aspiraciones, modestas e ingenuas, de Merrick. Los que acudan a The Elephant Man con escrúpulos, en cambio, nada tienen que temer, pues Lynch se revela un cineasta sensible, elegante y simpático, al que habrá que seguir los pasos, tanto retrospectivamente (Eraserhead) como los —imprevisibles— que pueda dar de ahora en adelante. Su pulso es firme y seguro; su criterio no vacila ni decae; no se amedrenta ante las dificultades, pero tampoco se complace en ellas, no busca sorprendernos ni pide para su querido «hombre elefante» nuestra compasión: le basta con nuestro respeto.

En “Casablanca” nº 5, mayo-1981

viernes, 21 de julio de 2023

Eraserhead (David Lynch, 1976)

Imagino que se aireará, a propósito de David Lynch, la convencional idea de que el paso de una producción independiente y casi familiar —Eraserhead, 1976— a la abundancia de medios —The Elephant Man, 1980— supone siempre una pérdida de libertad, audacia y originalidad, ya que este tipo de fáciles —y a menudo hipócritas— argumentaciones acerca del poder corruptor del dinero, se repiten cada vez que un cineasta da el salto desde la penuria a la normalidad —no digamos la opulencia—, y en este caso encontrarán un punto de apoyo incontrovertible en el hecho de que, efectivamente, El hombre elefante es una película mucho más comprensible y mucho menos desagradable que Eraserhead, aunque también, a mi modo de ver, bastante más —y más profunda y duraderamente— perturbadora.

Aparte del presupuesto —y Lynch parece habérselas arreglado bastante bien con los exiguos fondos de que dispuso para hacer Eraserhead, aunque a costa de dedicarle cinco años de trabajo—, lo que ha cambiado decisivamente de un film a otro es la estrategia seguida por el director para enfrentarse con el público, en el que no creo que haya dejado de pensar un instante durante la realización de ambas películas. Si en Eraserhead optó por la agresión directa, por tratar de suscitar horror o repugnancia, además de desconcierto, en el espectador, un poco a la manera del Buñuel principiante, pero sin la fuerza de Un chien andalou (1928), en El hombre elefante parece haber elegido un camino más sutil o solapado —como el Buñuel maduro, o Hitchcock—, pero a la larga más eficaz, y se ha propuesto, precisamente, evitar esos tres sentimientos y guiar sinuosamente al público desde la aprensión y la reserva hasta la comprensión y la simpatía para con el monstruoso personaje central de la película.

Los objetivos de Eraserhead eran relativamente fáciles de alcanzar, sobre todo una vez creado o descubierto el misterioso e inquietante ser embrionario que engendran Henry (John Nance) y Mary (Charlotte Stewart) y que resulta a la vez horripilante, grotesco y conmovedor; en cambio, el éxito de El hombre elefante nada debe a un hallazgo tal vez fortuito ni al escalofrío intermitente que provoca la criatura de Eraserhead, sino que requería una dramaturgia muy estudiada y precisa, así como un sentido del ritmo y la graduación que no están al alcance de cualquiera ni obedecen a la inspiración del momento, por lo que revelan en Lynch un director inteligente y prometedor y no —como Eraserhead— meramente excéntrico y curioso.

Pero hay más: Lynch ha conseguido integrarse —de momento y por la puerta grande— en la industria sin renunciar a sus obsesiones personales, sino aprovechando la posibilidad que se le brindaba de comunicárselas y hacérselas compartir a un mayor número de espectadores. Son muchos, en efecto, los puntos de contacto que existen entre Eraserhead y The Elephant Man, que son, sin lugar a dudas, producto de una misma mente, mientras que las diferencias parecen obedecer —más que a una concesión— a una maduración ética, sobre todo por parte del cineasta: su manera de tratar a los personajes y de establecer contacto con el público son pruebas concluyentes de que ha tenido lugar una evolución positiva.

En Eraserhead sería difícil hallar un solo personaje que pueda calificarse de normal, física o mentalmente, por lo que en la película no existe término de comparación posible, a diferencia de lo que sucede en The Elephant Man, donde la anomalía es excepcional y conduce al personaje a un aislamiento mucho más dramático que la vaga marginación común a todos los de Eraserhead. Además, no puede decirse que Lynch sienta afecto o simpatía, ni siquiera respeto, ni compasión tampoco, por ninguno de los monstruitos grotescos que pululan en su primer largo, por lo que estos quedan a merced de aquellos espectadores predispuestos a la impiedad y el desprecio o a disimular su inquietud mediante sonoras risotadas; en El hombre elefante, por el contrario, ni Lynch ni su más vasto —y por eso mismo menos inclinado a la complicidad despectiva— público sienten la tentación de burlarse de John Merryck. Consecuencia: Eraserhead podría proyectarse con éxito en un local especializado en sesiones continuas de películas de terror y —con acogida algo más fría— en cualquier circuito de arte y ensayo, ya que comparte con la clientela habitual de las primeras un cierto regusto morboso por lo repelente y lo deforme, por los golpes de efecto y por la ironía frente al espectáculo, y con los aficionados al vanguardismo un cierto desdén por la factura cuidada y por lo accesible para todos; en cambio, The Elephant Man es una película respetada a distancia, incapaz de atraer a un público demasiado amplio —porque da miedo, no promete dos horas agradables— y tal vez excesivamente medida y sutil como para ser apreciada por razones superficiales o extracinematográficas, con lo que resulta, a fin de cuentas, una obra destinada a una aceptación mucho más minoritaria que Eraserhead, aunque, paradójicamente, haya tenido una distribución general e indiscriminada de la que el primer film de Lynch se ha visto apartado por motivos puramente económicos.

En “Casablanca” nº 6, junio-1981