No cabe duda de la ambición que ha presidido la realización de Don Juan en los infiernos. Es una película, salta a la vista, distinguida, respetable, seria hasta bordear la solemnidad. A pesar de que, como en Reina Zanahoria (1977) por Alberto Corazón, Suárez parezca haberse dejado dominar plásticamente por su figurinista Yvonne Blake, y los planos más llamativos hagan pensar en Pasolini, Fellini o el Bergman de El séptimo sello (1956) y El ojo del diablo (1960, curiosamente sobre Don Juan), es incluso un film distinto, y no sólo del resto de la producción española reciente, sino de cualquiera.
Aunque hay en ella temas inequívocamente suarecianos, momentos de gran intensidad y emoción, y un grado de belleza visual tan constante que casi resulta empalagosa, no creo que pueda juzgarse, en su conjunto, como una obra satisfactoria, ni siquiera como un paso adelante —aunque fuese balbuciente— de su director: antes bien, supone un alarmante retroceso con respecto al equilibrio expresivo alcanzado en Rowing with the Wind/Remando al viento (1988), sin duda la más perfecta y madura de Gonzalo Suárez, pues en ella contaba de forma objetivizada lo mismo que, más caóticamente, en El extraño caso del Doctor Fausto (1969) y Aoom (1970), que sigo considerando fundamentales (aunque estériles) en la historia del cine español, y algo más ordenadamente en Ditirambo (1967) y Epílogo (1983). Y lo preocupante del paso atrás —¿la zancada del cangrejo?— que representa, en este sentido, Don Juan en los infiernos radica, a mi modo de ver, en su carácter voluntario, deliberado o, por lo menos, complaciente, carente del menor sentido de la autocrítica. Es, casi, una película "en verso", que no por hermoso deja de constituir una provocación, sobre todo si, metafóricamente, tal hecho afecta a las imágenes tan pretenciosas y rebuscadas que apenas dejan asomar un instante de vida o autenticidad (salvo la agonía del buhonero encarnado por un envejecido y patético Manuel de Blas), y que teatraliza las notables "presencias" de los actores. Es una obra constantemente "pasada de rosca", en la que se acuerda uno cada poco —y en especial ante ciertos ralentis gratuitos ¡en 1991!— de la admirable frase de Orson Welles — cuando montaba Campanadas a medianoche (1965)—, que advertía contra el riesgo de enamorarse de las imágenes bellas pero inútiles: "una película se hace, tanto con lo que se pone en ella, como lo que se descarta".
En “Todos los estrenos. 1991”. Madrid : Ediciones JC, diciembre de 1991.