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lunes, 18 de noviembre de 2024

Trollflöjten (Ingmar Bergman, 1975)

Un tanto menospreciada como "ópera filmada" y a primera vista no identificable como "bergmaniana", e incluso criticada por no usar el libreto original alemán, sino una traducción al sueco (cosa que le reprocharon hasta quienes, como yo, ignoramos ambas lenguas), La flauta mágica es, probablemente, y pese a no carecer la ópera de Mozart de aspectos visual y dramáticamente siniestros, la película más feliz y optimista, casi diría que la más alegre, de toda la filmografía bergmaniana. Por una vez, nos cuenta algo que le gusta completamente, que le entusiasma -probablemente desde chico- y que literalmente le encanta.

Ya sé que entre lo mucho que se le reprochó estaba su carácter naif, incluso infantil: es claro -además de lógico- que la emisión radiofónica (está producida por la Radio Sueca) y televisiva de Trollflöjten estaba destinada, casi diría que sobre todo, en todo caso también, a los niños. Y mi experiencia reiterada -con hijos y con nietos- es que les encanta, hasta si son incapaces aún de leer subtítulos y por supuesto de entender el sueco: les funciona desde el aspecto puramente visual, como si se tratase de una película muda acompañada de una música no cabe más adecuada y expresiva. Es decir, que funciona a través de dos canales puramente sensoriales y aunque la comprensión de la trama quede a merced de la imaginación, como les sucede a los niños muy pequeños con buena parte de lo que viven. En cambio, a los adultos de fantasía embotada o con complejos postmodernos les costará más recorrer esa misma trama -de cuento a la vez de hadas y de freudianos terrores familiares- y aguantar los intermedios con primeros planos de niños de todas las razas atentos y maravillados (un poco spot de Benetton, sí, pero sospecho que son así por decisión consciente e irónica de Bergman), que por otra parte podrían ser testimonios documentales de un concierto: los niños se toman muy en serio los espectáculos (en realidad, cuanto hacen).

Se trate de un encargo aceptado con gusto o de una elección deliberada de Bergman, yo encuentro interesante y revelador que de vez en cuando, por lo menos una en la vida, un cineasta nos revele algo que le gusta mucho, que le hace feliz, que le nutre, y creo que eso sucede, si acaso, cuando intentan plasmar en la pantalla una de sus novelas favoritas o la obra de un músico o pintor al que admiran. Hay huellas de Mozart, como de Bach, a lo largo de toda la carrera de Bergman (sin siquiera citas musicales directas), y hay no pocos puntos comunes (quizá no todos evidentes) entre lo que nos cuenta/canta/muestra La flauta mágica de Mozart y varias películas anteriores y posteriores del director (también de televisión, teatro y ópera, no lo olvidemos) sueco, como Till Glädje, En lektion i kärlek, Kvinnodröm, Sommarnattens leende, Smultronstället, Ansiktet, Djävulens öga, För att inte tala om alla dessa kvinnor, Persona, Vargtimmen, Fanny och Alexander... Esto, en un cineasta que ha tendido a ser notablemente pesimista, depresivo y angustiado casi siempre, incluso cuando abordaba o bordeaba (y hasta bordaba, en tres o cuatro ocasiones) la comedia, siempre con una obsesión por la humillación y el ridículo que las enlazaba con los dramas, y que dio vida cinematográfica a sus peores y más neurotizantes temores en la muy interesante pero menospreciada por él mismo Sånt händer inte här (1950) y también en la trilogía 1961-1963, en Skammen y en The Serpent's Egg, equivale a una confesión íntima y nos permite iluminar aspectos de la personalidad de quien indudablemente fue un autor completo de sus películas que, normalmente, quedaban implícitos, cuando no enmascarados, disimulados u ocultos, entre ellos el peso del pasado, la infancia y la familia, como puede apreciarse por la frecuencia de conflictos con padres o madres -incluso con abuelos-, de reuniones familiares amplias, de recuerdos o traumas infantiles, y de flashbacks, retornos al pasado, rememoraciones deseadas o indeseadas, cortas o largas (a veces ocupando el film casi entero, otras como flashes relampagueantes que asaltan y sacuden de repente a los personajes).

Por eso, aunque sea una obra más ligera y parcialmente festiva, con trucajes y decorados que parecen homenajear el cine mágico y primitivo de Georges Méliès -aunque a veces revoloteen también las sombras de Murnau y Sjöström, otras de sus influencias maestras-, aunque sea a la vez un cuento para niños y un relato de terror (géneros menospreciados si los hay) y supongo que hasta habrá quien considere la de Mozart más como una opereta que como una "auténtica" ópera, precisamente por cometer el doble pecado de ser ligera y encima tener también humor, conviene no tomarse a broma, ni como un capricho de vejez -a fin de cuentas, si se hacen cuentas, Bergman tenía sólo 56 años- que decidiera de pronto, entre las más bien oscuras Viskingar och rop y Höstsonaten, darse el gusto de tomarse unas vacaciones reconfortantes en compañía de Mozart y de unos actores, para mí desconocidos, probablemente cantantes, que nada tienen que ver con los rostros habituales de su cine, pero que se me antojan adecuados y oportunos, y de paso demuestran que Bergman seguía siendo capaz de detectar, guiar y canalizar ante la cámara un cierto talento, aunque fuese en gente no familiar o todavía en fase de formación. Tengamos en cuenta, además, que, como es por demás lógico, al tratarse de una ópera fantástica, no hay en la película el menor atisbo de realismo ni de naturalismo, sino una decidida disposición, por parte del cineasta, de creer lo increíble y lo inverosímil y hacernos compartir esa voluntaria deposición de nuestra acostumbrada incredulidad. Si queremos que nos cuenten un cuento debemos estar dispuestos a tener fe en el narrador y creernos lo que él finge creerse también.

En “El universo de Ingmar Bergman”. Madrid : Notorious, junio de 2018.

lunes, 11 de noviembre de 2024

Höstsonaten (Ingmar Bergman, 1978)

Tal vez sea la película más terrible y una de las más centradas en un número menor de personajes -en realidad, una madre (Ingrid Bergman) y una de sus dos hijas (Liv Ullmann)- de toda la filmografía bergmaniana. A primera vista, también una de las más sencillas, más fáciles de entender, más "para todos los públicos", menos de lo que antaño se etiquetó como "de arte y ensayo", ahuyentando a una parte del público potencial.

Para colmo, según cuenta Ingmar en alguno de sus libros memorísticos, el encuentro con Ingrid -casi se deduce que no fue idea suya, ni de ella, reunir a los dos Bergman más famosos del cine, aunque no se sabe de quién pudo ser, ya que Personafilm es sin duda del autor de Persona y además, en otra página de "Linterna mágica", se delata: narra que escribió rápidamente, en medio de su duelo con el Fisco sueco, el guión, y que anotó que las actrices serían Ingrid Bergman y Liv Ullmann- fue desastroso: resulta que no se admiraban mutuamente, ni siquiera se respetaban, que no estaban de acuerdo en nada y no se entendían bien, sino que se peleaban constantemente. Y por si eso fuera poco, Ingrid tuvo metástasis del cáncer que ya padecía. Quizá por eso, y por el tono áspero y agresivo de las confrontaciones madre-hija, Sonata de otoño no ha sido nunca una de las obras más populares de Bergman, aunque quepa pensar que es una de las mejores y más impresionantes, porque se atreve, cosa rara en el cine, a mirar de frente y sin paliativos la expresión explosiva de rencores y cuentas pendientes acumuladas y reprimidas durante años entre una madre, la famosa pianista Charlotte (Ingrid), y su hija Eva (Liv Ullmann), que llevan siete años sin verse y toda la vida sin explicarse.

Obviamente, no es película para pasar el rato, para divertirse ni para ponerse de buen humor; de hecho, corre uno el peligro de deprimirse o angustiarse, y si está uno ya de mal humor, de que empeore todavía más. No hay paliativos, ni paños calientes, ni súbitas soluciones de conflictos enquistados, ni reconciliaciones tardías. Apenas vagos gestos tardíos que suponemos inútiles, pues son asuntos que no tienen remedio, y menos después de tanto tiempo.

El grueso de la película es un diálogo, o un cruce de monólogos, entre dos actrices espléndidas (por mucho que su estilo no sea el de las musas bergmanianas, ni Bergman me va a convencer de que Ingrid no sea una gran actriz durante toda su carrera), con unos pocos personajes ausentes pero vivos en la memoria (Josef, el padre de Eva; el niño ahogado de Eva y Viktor, Erik; el violoncelista Lorenzo, duradero amante recién fallecido de Charlotte) y dos testigos casi mudos, Helena, la hija menor de Charlotte, enferma inmovilizada y a la que solo Eva parece entender, y el vicario Viktor, marido de Eva.

Esto significa que, además de tener muy pocos personajes, es una película fundamentalmente hablada, con muy escasos decorados -casi todo ocurre en la casa adjunta a la vicaría de un remoto pueblo noruego-, en apenas un par de días. Casi ni se entrevén paisajes ni hay escenas de exteriores. Es decir, es una película de atractivos y recursos sumamente escasos, nada espectacular, decididamente intimista, evidentemente no destinada al éxito de taquilla ni tampoco, que yo recuerde, al de crítica. Y, sin embargo, yo la encuentro admirable. Es posible que sea una trasposición a las relaciones entre una madre y su hija de la tormentosa relación que tuvo él con su padre, pero pocas veces se han expuesto con tal dureza y crueldad los errores y las deficiencias que, con la mejor de las intenciones, incluso por falta de capacidad o de tiempo o de energía, cometemos los padres con los hijos y también los hijos con los padres. Por mucho que los padres nos conozcan desde que nacimos (y en eso los hijos estamos en peores condiciones, y es raro que los padres nos cuenten su vida, si acaso fragmentos desconexos), en el fondo somos para ellos desconocidos imprevisibles, y, a partir de cierta edad incomprensibles, verdaderos enigmas disimulados por algunas semejanzas, rasgos heredados y gestos imitados.

Al parecer, Bergman escribió este guión muy rápidamente, en unos días, pero yo creo que es uno de los mejores que ha hecho, y que logró plasmarlo dramáticamente con un ritmo y una claridad y fluidez perfectas. Vemos los dos lados, notamos que ambas dicen su verdad pero las dos se equivocan, que las dos han cometido múltiples errores, no siempre por egoísmo o por centrarse en su trabajo o su vocación o sus intereses, sino incluso por discreción, por no herir, por cariño, por el tabú que convierte en un monstruo o poco menos a quien odia a su padre o su madre, por odiosos e injustos o ciegos, por dañinos que puedan ser. Parece que no hay excusas, que incluso era pecado no "honrar padre y madre", lo que los convertía en incriticables e indiscutibles, y los padres y madres serían "desnaturalizados" si no quisieran a sus hijos y no se sacrificasen por ellos. Con lo cual, se ha ido edificando una muralla de silencio entre las generaciones, como si ya la diferencia de edad y de educación no bastase, y además se han dado múltiples coartadas para la incomunicación. Menudo peligro que padres y madres e hijos e hijas se sinceren, se hagan críticas, se expliquen. Mejor callarse y aguantar, y que haya paz. No digamos en tiempos en que los padres eran autoritarios y podían imponer silencio y obligar a su prole a ser respetuosa con sus mayores.

Se trata, naturalmente, de un texto denso y difícil, que no puede decir cualquiera, que doblado en otra lengua con otras voces resulta increíble, enfático e insoportable por causas muy diferentes de las que hacen dura la visión de la versión original de esta película de Bergman, para mí ejemplar y una de las más perfectas y de interés más general que ha hecho, porque puede afectar, en mayor o menor medida, a todo el mundo, y puede además servir de advertencia para los que aún estén a tiempo -y mejor tarde que nunca, pero mejor todavía lo antes posible- de rectificar, de cambiar de actitud, de ser más abiertos y sinceros, de aceptar las críticas y admitir las equivocaciones, de pensar si se puede mejorar la relación no ya entre padres e hijos, sino entre las personas que viven o trabajan en compañía y proximidad de otras, y con las que siempre convendrá entenderse lo mejor posible, para lo cual un requisito elemental es conocerse un poco y admitir que no todo el mundo es igual ni tiene, por tanto, que aceptar nuestras ideas, principios, teorías, creencias, gustos o manías.

Y todo esto lo hizo Bergman en 1978, sin darse importancia ni predicar sermones moralizantes, sin ponerse como ejemplo, sin decir: esto es lo que tienen ustedes que hacer, o les pasará lo que a mis personajes, que se empiezan a dar cuenta de que han metido la pata, han sido egoístas o se han portado mal cuando el daño está hecho y con el paso del tiempo se ha ido envenenando la herida y la persona entera que la ha sufrido, y además ha añadido un odio reprimido o un rencor ahogado que ha acabado por hacer de sus vidas un largo infierno.

En “El universo de Ingmar Bergman”. Madrid : Notorious, junio de 2018.


miércoles, 18 de septiembre de 2024

El abandono

Acaba de estrenarse Nattvardsgästerna (Los comulgantes, 1962), de Ingmar Bergman. Es ésta una película dura, seca, difícil, de una sobriedad pocas veces igualada. No hay aquí rastro del barroquismo formal, algo anticuado, de El rostro (Ansiktet, 1958) o El séptimo sello (Det sjunde inseglet, 1956), ni de los simbolismos de esta última o de El manantial de la doncella (Jungfrukällan, 1959); ni siquiera del sensacionalismo temático de Tystnaden (El silencio, 1963); tampoco del humor de Sommarnattens leende (1955) o de la admirable y olvidada För att inte tala om alla dessa kvinnor (1964). Nos encontramos más bien en la culminación de ese camino hacia la desnudez y la sencillez que empezó en Nära livet (En el umbral de la vida, 1958), continuó formalmente en El manantial de la doncella y se ha consolidado en la trilogía. Porque Los comulgantes, en efecto, completa su discurso con los de otras dos películas, pero dado que las tres tienen suficiente independencia, que Tystnaden no se verá en España en mucho tiempo y que Såsom i en spegel (Como en un espejo, 1961) estaba cortada y alterada profundamente, me limitaré a decir que la trilogía se va ensombreciendo progresivamente, que en Como en un espejo hay una búsqueda de Dios, en Los comulgantes una pérdida y en Tystnaden una ausencia, y que Bergman mismo ha dicho que la primera parte de Los comulgantes es la destrucción de la tesis final de Como en un espejo: «Dios es amor, el amor es Dios».

Los comulgantes ocurre en un plazo de algo más de dos horas. Comienza con el pastor luterano Tomas (Gunnar Björnstrand) pronunciando las palabras de la consagración ante un muy reducido número de fieles, en un pueblecito del interior de Suecia, en invierno. Cinco comulgan. Tras la misa, empujado por su esposa Karin (Gunnel Lindblom), un pescador, Jonas Persson (Max von Sydow), consulta a Tomas: está angustiado por el temor a la bomba atómica china, y piensa en suicidarse. Tomas, griposo, cansado, en un estado de duda y repetición mecánica de las fórmulas religiosas, ha dado la comunión a la maestra Märta (Ingrid Thulin), que ha sido su amante, que no es creyente y que le acosa con un amor desesperado y posesivo, incluso a través de una carta que acaba de leer (momento en que Bergman, audazmente, mete un larguísimo primer plano de Märta «diciéndole» la carta, con un flashback de un plano en medio, dando así a la carta una fuerza que de otro modo no hubiera tenido). No sabiendo qué decir, Tomas, tras unos cuantos tópicos inútiles, acaba confesando a Jonas su egoísmo, sus dudas, su verdadera falta de fe, su no creencia en la existencia del Creador, del Protector. Jonas se va. Tomas, solo, en la fría y blanca luz invernal, murmura: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Poco después le comunican que Jonas se ha suicidado.

Tras recoger el cadáver, Märta y Tomas tienen una discusión en un aula de la escuela, en que ella le pide de nuevo que se case con ella, y él la rechaza con un durísimo hastío, reprochándole no ser como su mujer fallecida. Por fin la deja acompañarle a otro pueblo donde tiene una misa de tres. Allí habla con un sacristán jorobado que, leyendo las Escrituras, ha pensado que el mayor sufrimiento de Cristo no debió ser el físico, sino el sentirse abandonado por los apóstoles en Getsemaní, ser negado por Pedro y creerse abandonado por Dios, cuando en la cruz gritó: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». El film acaba con Tomas, que, pese a la costumbre de no oficiar si hay menos de tres fieles, dice la misa ante Marta, que ha rezado por segunda vez en su vida, y el sacristán.

Como se ve, en la película pasan muy pocas cosas, no tiene casi «argumento», sólo tiene tema. Y ese tema no es sólo el silencio de Dios, ni la pérdida de la fe, sino el del abandono en general. Tomas se ha visto abandonado por su esposa, que ha muerto, y que era la que le ayudaba y «rellenaba los huecos», y se ha sentido abandonado — quizá por eso mismo — por Dios: ha perdido el «contacto», ha dejado de ser el «ministro» de Dios, ha dejado de recibir su inspiración y sus palabras se han vaciado, se han convertido en fórmulas. Y Märta ha sido abandonada por Tomas, y le ruega, se le ofrece, llega a rezar para poder dedicar su vida a él. Y Jonas se siente abandonado, sin protección ante la bomba, y no quiere seguir viviendo. Y con su muerte abandona a Karin: «Entonces estoy sola», es lo primero que dice al darle Tomas la noticia. Las iglesias vacías, abandonadas por los fieles. Los pueblos vacíos, los campos helados. Todo el film está construido formalmente sobre la idea del vacío, del hueco, de la ausencia, del silencio. De ahí su concisión y rapidez (dura ochenta minutos), su sequedad, su precisión, su alternancia en bloques muy dialogados con otros silenciosos, su falta de sermones, de discursitos, de símbolos, de explicitud. Aquí tenemos a Bergman en el máximo de su dominio sobre cada una de las imágenes frías, justas, nunca esteticistas, que forman este film sin soluciones fáciles, de duda sin respuesta, que acaba con un pastor que intenta volver a creer en las palabras que pronuncia, esas palabras de la misa que él murmura como quien dice «Ábrete, sésamo» y espera que se abra una puerta.

En El Noticiero Universal (3 de mayo de 1968)

lunes, 18 de marzo de 2024

Till glädje (Ingmar Bergman, 1950)

Quizá la primera de las películas dirigidas por Bergman que supera el nivel de “interesante” o “prometedora” – que son los calificativos más justos aplicables a Hamstad (Puerto) o Fängelse (Prisión) –, Till glädje (Hacia la felicidad), aunque todavía inmadura, con errores de construcción y una cierta tendencia que podríamos llamar “ilustrativa” que suele afligir a los guionistas cuando se convierten en directores, revela ya, de forma inequívoca, un notable talento que justamente a partir de entonces se va consolidando, en ese mismo año, con la ya magistral Sommarlek (Juegos de verano).

Curiosamente, ya que Bergman tenía experiencia como director de actores, aunque en el teatro, es en este terreno, en el que pocos cineastas le han superado, en el que se muestra todavía, a esta altura de su carrera, más inseguro. No, por cierto, con las mujeres, que claramente le interesaban más y han sido su predilección, y para cuya elección tenía muy buen ojo, quizá hasta demasiado ávido (a veces en sus películas intervienen simultáneamente hasta cuatro de las que han ido sucediéndose en sus preferencias, e incluso con una o dos más fuera de la pantalla pero dentro del equipo técnico), sino con los hombres, que suelen ser el punto débil o menos convincente de todas sus primeras películas. Ni el sombrío Birger Malmsten ni menos todavía el blando y pesado Stig Olin (aquí cargado, para colmo, con un personaje que encuentro insufrible), ambos presentes en Till glädje, prometieron nunca gran cosa. Puede que el Bergman novicio no pudiera permitirse intérpretes más costosos y competentes, aunque aquí destaca con creces el maestro Victor Sjöström, al que acudía por vez primera (luego lo haría ilustremente en Smultronstället, Fresas salvajes) y puede atisbarse – en su ya segunda intervención en un film de Bergman – al luego casi constante – sobre todo en las últimas fases de su filmografía, en la que casi figura como el “doble” del propio director - Erland Josephson.

Son muchos los rasgos ya muy personales y “bergmanianos” de esta película, desde que todos los personajes principales (Maj-Britt Nilsson,Olin, Sjöström, Malmsten) sean músicos, con la lógica inclusión de fragmentos de Mozart, Mendelssohn, Smetana y Beethoven en ensayos y conciertos hasta la estructura a partir de un suceso trágico que abre un flashback reflexivo que ocupa ya toda la película.

Lo curioso es que la trágica historia de este breve matrimonio juvenil no resulte tan emocionante como debiera (y probablemente deseara y pensara entonces el joven Bergman) fundamentalmente por un error (parcial: Nilsson está perfecta, como solía en esos años) no sé si de dirección o simplemente de “casting”, o por un exceso de caricaturización de su personaje, con el que Bergman, casi siempre muy ambivalente hacia sí mismo, al mismo tiempo se identifica y lo detesta. Al contarnos la historia con “Marta” ya muerta y desde el exclusivo punto de vista de su marido, creo yo que Bergman no se dio cuenta de que se estaba zancadilleando a sí mismo como narrador, e impidiendo que lo que, sin duda, sobre el papel, mentalmente, en teoría, era y debía resultar para los espectadores sucesivamente encantador, emocionante y terrible, se quedase en la práctica en meras ideas que sólo intermitentemente, gracias a Nilsson y Sjöström, cobran presencia física.


Qué raro resulta, al ver esta película no cuando se hizo, es decir, durante los primeros años de la dilatada actividad cinematográfica de Bergman, sino en tiempos de su plena madurez, cuando ya conocíamos buena parte de su obra, toparnos con esa anómala falta de materialidad y volumen de los cuerpos, cuando su fuerza casi palpable fue – desde muy poco después, pongamos que desde Sommaren med Monika (Un verano con Mónica), sólo dos años posterior –, pese a la bidimensionalidad de la imagen cinematográfica, uno de los rasgos más constantes y distintivos de la manera de hacer cine del autor de Såsom en spegel (Como un espejo), Nattvardsgästerna (Los comulgantes), Persona (Persona), Skammen (La vergüenza), Viskingar och rop (Gritos y susurros) o Saraband (Saraband), incluso en los primeros planos de rostros, sin necesidad de que apenas aparezca casi nunca el cuerpo entero. Era, de hecho, uno de los rasgos estilísticos y casi podría decirse que ontológicos que hacían su cine realmente muy diferente del de otro cineasta, Robert Bresson, con el que a menudo se le comparaba, emparentaba o incluso asimilaba, falseando escandalosamente la verdadera naturaleza de uno y otro, a veces convertidos forzosamente y en contra de su voluntad manifiesta a un supuesto “catolicismo” con el que ni uno ni otro tenían nada que ver, pero que en aquellos años algunos se empeñaban – hasta falseando los diálogos en el doblaje – en proclamar para servirse de sus películas para otros fines, no precisamente cinematográficos.

En “El universo de Ingmar Bergman”. Madrid : Notorious, junio de 2018.

lunes, 23 de octubre de 2023

Persona (Ingmar Bergman, 1966)

Tras veintidós films con frecuencia admirables, casi siempre interesantes, pero formalmente de un barroquismo muy anticuado, en ocasiones casi expresionista, Bergman entró en su etapa de madurez con la trilogía. «Como en un espejo» (1961) supuso la primera manifestación homogénea de una evolución hacia la sencillez y el despojamiento, cuyos más claros —pero incompletos— antecedentes eran «En el umbral de la vida» (1958) y «El manantial de la doncella» (1959). Esta nueva sobriedad iba acompañada de un cambio en la posición de Bergman como artista, y era el comienzo de una serie de films ambiguos, poco confortables para el espectador. «Los comulgantes» (1962) supone una nueva ruptura, pues este proceso llega ya al máximo, y se continúa en Tystnaden («Silencio», 1963). Tras la reflexión crítica sobre el arte que es «Esas mujeres» (För att inte tala om alla dessa kvinnor, 1964, su primera experiencia con el color y una ele sus obras máximas), Persona (1966) se presenta como la lógica consecuencia de la trilogía. Es, pues, una «obra de cámara», con muy pocos personajes (aquí prácticamente dos) aislados del resto del mundo (en una isla). Con estos datos tan sencillos Bergman ha hecho su obra más compleja.

Por lo pronto, resulta que «Persona» ya no puede simplificarse diciendo cosas como «trata el tema del silencio de Dios», ni puede «recuperarse» para convertirla en un film religioso, como se hacía anteriormente (e incluso, con la ayuda de los diálogos españoles, en católico). Porque «Persona» es un film incomprensible. De ahí que Godard, gran admirador del film, confiese no haber comprendido absolutamente nada, y que el propio Bergman no pueda explicar su tema. Y es que lo que Bergman ha hecho ha sido «suspender el sentido», como decía Roland Barthes al hablar de «El Ángel Exterminador» (1962), de Buñuel, lo cual significa «desembarazarse de todos los significados parásitos», siendo un  film lleno de sentido, de ningún modo absurdo, pero que «no tiene un sentido, ni tampoco una serie de pequeños sentidos». Esta violación de las reglas o convenciones del cine choca con una obsesión del público y —sobre todo— del crítico, consistente en decretar que un film tiene que significar algo, y que si no se entiende nada es que las cosas no son lo que parecen sino símbolos de otras. Pues bien, este acercamiento, que no es sino un nuevo intento de recuperación, debe ser rechazado de plano: Bergman no es simbólico en 1966, y buena prueba de ello es «Esas mujeres», en que atacaba los excesos interpretativos de la crítica.

Lo más grave es que el espectador está acostumbrado a que las películas cuenten historias, a que haya unas relaciones de causalidad, de lógica y de orden cronológico entre las escenas que se suceden. En los últimos años algunos autores como Godard, Resnais, Chytilová, Delvaux, Buñuel, Bresson o Fellini, han destruido estas reglas de modo más o menos brutal. Pero ahora resulta que «Persona» rompe todas éstas y una más, porque como observa precisamente la autora de «Contra la interpretación», Susan Sontag, en su definitivo análisis de «Persona», «hasta la tentativa más inteligente de extraer del film una única intriga plausible tiene que mermar o contradecir alguna de sus partes, imágenes o procedimientos esenciales». Porque realmente Bergman no cuenta nada en «Persona», no «dice» nada, sino simplemente habla de una serie de cosas relacionadas con el tema del doble: así tenemos el cine y el teatro como doble de la vida, la actriz como doble del personaje real, Alma (Bibi Andersson) como doble de Elisabet (Liv Ullmann), el desdoblamiento, la inversión, la penetración, la posesión, la identificación, el vampirismo.

Es posible, sin embargo, que Bergman no haya llegado a «suspender el sentido» de modo totalmente consciente, sino que a partir de una idea inicial mucho menos ambiciosa el film no se le haya ido de las manos —a causa de su carácter alucinado— y se le haya impuesto. Este proceso, bastante habitual, es el que expresa Rivette cuando dice que «Playtime es un film revolucionario a pesar de Tati». Esta hipótesis parece ser confirmada por unas palabras del propio Bergman: «sobre numerosos puntos estoy indeciso, y un pasaje al menos me es totalmente ajeno».

Sea como fuere, Bergman ha logrado «borrar las huellas» de la narración a través de dos operaciones fundamentales. Una de ellas ha consistido en indeterminar todo. Si se confronta el guion inicial de «Persona» (publicado en el número 85 de «L'Avant-Scène du Cinema») con el film acabado, se ve en seguida que Bergman suprimió escenas que indicaban el paso del tiempo, quitó diálogos y detalles explicativos y cambió totalmente la parte final. Al quebrar de este modo la narración, aislando las escenas mediante bruscas e indefinidas elipsis, era inevitable que el film no fuese fluido. De ahí el que, para atraer desde el principio la atención del espectador, Bergman comience el film con una serie de imágenes agresivas e inexplicables (cadáveres, rostros, órganos sexuales, cordero degollado, una mano atravesada por un clavo, etc.). La segunda operación que ha realizado Bergman es también una forma de indeterminación, pero con un matiz muy concreto: mezclar lo real y lo imaginario. Como dice Susan Sontag, «está en la naturaleza misma del cine el conferir a todos los sucesos, si no hay indicaciones en sentido contrario, un igual grado de realidad», motivo por el cual los sueños o imaginaciones suelen ir separadas de la realidad por algún tipo de corte (más o menos tosco), o ser calificados como irreales por su textura visual (tipo de fotografía e iluminación, cámara lenta, etc.). Pues bien, Bergman trata de igual modo que las reales las escenas que pueden parecer imaginarias (Elisabet en el cuarto de Alma, la visita del marido de la actriz) y en cambio pueden tomarse como indicativos de paso a lo irreal algunos detalles como los encadenados y el uso de la música justo antes de algunas escenas aparentemente reales (la repetición del monólogo de Alma). Lo más curioso es que Bergman no indica jamás en el guion que alguna escena no sea real. De este modo, como señala Adriano Aprà, «las categorías de real e imaginario no subsisten ya como categorías racionalmente distinguibles que se excluyen recíprocamente». Y todo esto no es necesario justificarlo diciendo que «Persona» es, como «El hombre del cráneo rapado» y otros muchos de los films más importantes de los últimos tiempos, «cine fantástico», sino cine simplemente. El principio y el final (en que se ve un proyector que se enciende, una pantalla, una película), el «corte» que se produce a mitad del film, la aparición de la cámara y otros detalles fundamentales prueban claramente que el verdadero tema de «Persona» es el cine, sobre el cual toda la película (como las de Godard) es una reflexión. No en vano el título inicial del film era, precisamente, «Cinematografía». Esto explica, además, todos los elementos distanciadores que Bergman ha introducido con el fin de hacer que el espectador sea consciente de estar viendo cine. Así, la siempre superflua distinción entre el «fondo» y la «forma» es aquí imposible.

Es curioso que el lanzamiento publicitario del film se apoye en la frase «dos mujeres se quitan la máscara», no sólo por lo problemático que es esto, sino además es el film quien se pone una «máscara». En efecto, a partir de algunas de las características señaladas se puede pensar que «Persona» es un film abierto como lo era «El año pasado en Marienbad» (1961). Una declaración de Bergman, «invito a la fantasía del espectador a hacer libre uso de los elementos que pongo a su disposición», parece confirmarlo. Pero resulta que las imágenes del film de Resnais, barrocas y poco realistas, «advertían» su carácter fantástico, mientras que las de este film de Bergman, realistas y desnudas, no permitirían por sí solas pensar que hay algo irreal. Esta alternativa nace solamente de que, al faltar las conexiones lógico-psicológicas, temporales, espaciales o causales (aunque no siempre) entre las diferentes escenas, no se puede reconstruir ninguna trama coherente y se piensa por ello que el film no tiene sentido, cuando en realidad está «enmascarado». Como observa Sontag: «el sentido no está necesariamente ligado a una trama determinada». Además, tampoco es posible distinguir qué es real y qué es imaginario, y esto frena algunos intentos de explicar el film. Pero supongamos que Alma está enferma, que tiene alucinaciones, que la visita del señor Vogler (Gunnar Björnstrand) es una de ellas, y la entrada nocturna de Elisabet en su cuarto otra. ¿Qué nos aclara esto? Nada en absoluto, porque, a diferencia de lo que ocurre en «Marienbad», o en los films surrealistas de Buñuel (Un chien andalou, 1928, y L'Âge d'or, 1930), casi todas las escenas de «Persona» son en sí, aisladamente, comprensibles. Esto nos indica, por lo tanto, que no es realmente un film «abierto», que es «cerrado», que no depende de cómo la interprete el espectador sino que tiene su sentido.

Por todo esto, por el paso adelante que significa este enmascaramiento del sentido, por la violación de todas las reglas del cine clásico que supone, por la perfección que tiene dentro de un nuevo modo de hacer cine, «Persona» se coloca —junto a otros films no interpretables, como el de Resnais, citado, algunos de Buñuel y Bresson, «Los pájaros» (1963) de Hitchcock; Sedmikrásky (1966), de Vera Chytilová, y, por otro lado, «Pierrot el loco» (1965) y Deux ou trois choses que je sais d'elle (1966) , de Godard— en la frontera del cine.

En "Nuestro Cine" nº 81, enero-1969

domingo, 6 de agosto de 2023

El doble de Bergman

I. LOS ROSTROS.

Ingmar Bergman nace en 1918 (1). Cuando dirige su primera película, Crisis (Kris, 1945) tiene sobre sus espaldas una serie de experiencias que tendrán una importancia decisiva en su obra posterior: por un lado, es hijo de un pastor protestante; por otra parte, ha dirigido teatro (y continuará haciéndolo en lo sucesivo) y ha escrito ya uno de los seis guiones que han realizado otros directores. A esto puede sumarse un temprano interés por el cine, del cual nacen las influencias, más o menos explícitas a lo largo de las diferentes etapas que pueden distinguirse en su obra, de directores como Sjöström, Stiller, Dreyer, el expresionismo alemán, Renoir y Carné.

Sus films de aprendizaje son en general poco conocidos y, por lo que he visto y las referencias de que dispongo, carecen de interés, si se exceptúa Prisión (Fängelse, 1948), en el que ya aparecen, de forma embrionaria, algunos de los temas que darán forma a su obra (especialmente, parece ser que se trata de un precedente subterráneo de Persona). En estas primeras obras, Bergman aborda el cine como un mero vehículo dramático y narrativo, factor que, sumado a su impericia técnica, da como resultado una serie de películas bastante torpes e ingenuas, impregnadas del “realismo poético” que había ilustrado, desde la década anterior, Marcel Carné (y su guionista habitual, Jacques Prévert). Tenemos así películas como Llueve sobre nuestro amor (Det regnar på vår kärlek, 1946) y Noche eterna (Musik i mörker, 1947), típicos films de postguerra que, por esta circunstancia, pueden relacionarse con obras tan diferentes como Arroz amargo (Riso amaro, 1949) de Giuseppe De Santis o El ángel borracho (Yoidore Tenshi, 1948) de Kurosawa: estas películas muestran, con cierto desgarro y un existencialismo desesperado, unas sociedades pobres, a veces destruidas, en las que se debaten unos individuos desgraciados. En el caso de Bergman, las dos películas citadas tienen un guión plenamente melodramático y la evidente intención de transmitir un “mensaje”, tan primario como esquemático. Para ello nos presenta a unos personajes “aparte” (fuera de la ley, aislados de la sociedad por razones físicas – la ceguera – o de clase), en general perseguidos, sumergidos en un medio ambiente hostil, que encuentran sus raíces, curiosamente, en el cine de preguerra de los países más desarrollados: Furia (Fury, 1936) y Sólo se vive una vez (You Only Live Once, 1937) de Lang, o El muelle de las brumas (Le Quai des brumes, 1938) de Carné, El crimen del Sr. Lange (Le Crime de Monsieur Lange, 1935) y La golfa (La Chienne, 1931) de Renoir, a través de los cuales se reenlaza con la tradición de la literatura naturalista francesa del s. XIX. Estos personajes de misfits buscarán la seguridad en la mujer (como más tarde lo harán los personajes de Nicholas Ray), convirtiéndose así Bergman, desde el principio, en un cineasta de la pareja, cobrando una especial fuerza la mujer, como máximo conductor de las presiones de la sociedad (dada su mayor sensibilidad y, en aquellos tiempos hasta en Suecia, su menor independencia y su más acentuada falta de recursos). Estas películas se convierten así, a medio camino entre el melodrama y la comedia “social” a lo Capra, en alegatos socialdemócratas que aúnan, por un lado, un socialismo “rosa” y una llamada a la libertad individual. Si técnicamente esta primera época de Bergman (que va de Crisis a Hacia la felicidad, Till gladje, 1949, para reaparecer episódicamente en algunas películas de los años 50) se caracteriza por una notable torpeza y una postura ilustrativa, es indudable que empiezan ya a manifestarse algunas de las virtudes proverbiales de Bergman: la dirección de actores (especialmente la Mai Zetterling de Noche eterna) revela que la actividad teatral de Bergman le había conferido una soltura poco frecuente en un principiante. Sin embargo, incluso este aspecto, el más positivo de estos films, se veía empañado por un acentuado y poco eficaz afán caricaturesco, que luego sería abandonado.

En 1950 Bergman dirige Juegos de verano (Sommarlek), que años más tarde sería redescubierta y considerada como su primera obra maestra. Mientras Secretos de mujeres (Kvinnors väntan, 1952) centra por vez primera su atención en el mundo femenino, Un verano con Mónica (Sommaren med Monika, 1952) retoma, en clave más pesimista, el tema de los jóvenes amantes que escapan de la sociedad durante el corto verano nórdico, reenlazando así con los primeros films americanos de Fritz Lang y, por consiguiente, con They Live by Night, 1947, de N. Ray. Es en este film, quizá el primero sobre la “juventud rebelde”, en el que Bergman logra, a mi juicio, una mayor libertad narrativa, precediendo no sólo el Rebelde sin causa (Rebel Without a Cause, 1955) de Ray, sino incluso Pierrot el loco (Pierrot le fou, 1965), de Godard (gran admirador de Un verano con Mónica).

En efecto, el estatismo de origen teatral de sus films precedentes se ve aquí sustituido por una mayor vitalidad, concretada en la huida, por un lado, y en la comunión con la naturaleza, por otro.  La planificación se hace menos rígida, al igual que la estructura narrativa de la película, más abierta y centrada con frecuencia en los llamados “tiempos muertos” que más tarde popularizaría Antonioni. Consecuentemente, el elemento expresivo más relevante en Bergman, el primer plano, se libera y cobra una nueva función. Como es frecuente en los cineastas de origen teatral (véase el ejemplo de Kazan), Bergman se acercó al cine con complejos e inseguridades, que hallaron su válvula de escape más obvia en dos factores de los que carece, por definición, el teatro: el primer plano y el montaje (entendido principalmente como la posibilidad de mostrar una escena desde diferentes puntos de vista y no desde el único de que dispone el espectador teatral). Siendo este último factor poco asequible a un novato, y pasando el cine en los años 40-50 por una etapa de reacción contra la concepción del montaje como factor específico de la expresión cinematográfica que había imperado durante el cine mudo, era de esperar que Bergman adoptara, como eje de su estilo, el primer plano y que el rostro humano adquiriera una importancia desmedida, y con ella el actor (que, como hemos visto, es el instrumento que Bergman controló, desde el principio, con mayor seguridad y precisión).  Pues bien, hasta Un verano con Mónica, en lo que alcanza mi conocimiento de su obra, Bergman ha transmitido el sentido y el significado de sus películas a través del diálogo y de numerosos primeros planos (usualmente en plano-contraplano) que le servían de soporte y como medio de acentuar y subrayar los instantes más reveladores. En Un verano con Mónica, en cambio, hay algunos primeros planos -en especial aquél en que Harriet Andersson, sin decir una palabra, fuma un cigarrillo en compañía de su amante, y se vuelve insolentemente hacia la cámara (y el espectador)- que se independizan del contexto y de la palabra para llevar en sí mismos, de forma que viola las reglas gramáticas que se enseñan en las escuelas de cine y en los inútiles libros teóricos de los Spottiswoode y compañía, todo el significado de la escena (el plano-secuencia citado es el ejemplo más claro, y habrá de tener una repercusión inmensa en toda la obra de Godard, desde el inicio de Al final de la escapada (À bout de soufle, 1959, hasta Pierrot el loco, donde un primer plano de Anna Karina mintiendo “dobla” exactamente el de Harriet Andersson).

Esta nueva función del primer plano, que alcanzará la madurez en la Trilogía y obras posteriores (en especial Persona), se mantendrá ya, con mayor o menor fuerza, en todas las obras del segundo periodo bergmaniano, etapa de inseguridad, en la que Bergman empieza a hacerse más complejo, dando cabida en sus películas a ciertos elementos no autosuficientes cuyo aislamiento y subrayado les confieren, en algunos casos, un carácter simbólico, quizá inconsciente pero de bastante importancia, ya que ha condicionado el acercamiento a su obra posterior (ya desprovista de símbolos) por parte de muchos críticos.

La primera película que cobra un carácter netamente alegórico es Noche de circo (Gycklarnas afton, 1953), que Bergman defiende encarnizadamente cada vez que tiene ocasión para ello y que, personalmente, estimo muy mediocre, aunque de indudable relevancia para un estudio temático de Bergman, ya que en ella aparecen de forma explícita muchas de sus preocupaciones fundamentales (como los celos, que reaparecerán en Fresas salvajes Smulstronstället, 1957, o la vergüenza, que dará título a una de sus películas más recientes). Sin embargo, aparece en esta película, y de forma más acentuada que en las de los años 40, un barroquismo de clara raíz expresionista (más cercano, sin embargo, al moralizador Sjöström de La carreta fantasma, Körkarlen, 1920, y al cine producido por la U.F.A. en los años 30, que al expresionismo alemán), tan artificioso como anticuado, que le lleva a prestar más atención al encuadre, al decorado y a la iluminación que a la dirección de actores, que a su vez dejan de interpretar verdaderos personajes para dar cuerpo a seres que representan pasiones o categorías morales. La estructura se hace superficialmente complicada, dentro de una tónica tradicional (flashbacks explicativos, reiteraciones), y los actores, por vez primera, recurren más al maquillaje y a las muecas que a su talento. En conjunto, resulta una película teatralizada en el peor sentido de la palabra, además de desmedidamente pretenciosa y “oscura”. Como era de suponer, el film fue un absoluto fracaso comercial, y Bergman tuvo que abandonar, momentáneamente, sus experiencias estilísticas para consagrarse a dirigir una serie de comedias dramáticas, menos personales en apariencia, pero en general más logradas. Así Una lección de amor (En lektion i kärlek, 1954), que pese a ciertos residuos expresionistas o simbólicos (la estatuilla de Cupido que cierra el film) y una casi total ausencia de sentido del humor parece más sincera e incluye, posiblemente, episodios autobiográficos. Sueños de mujer (Kvinnodröm, 1955), pese a algunos elementos caricaturescos que recuerdan Llueve sobre nuestro amor (como el obeso patrón de Eva Dahlbeck) y un cierto desequilibrio entre las dos historias (confluyentes, pero muy diferentes estilísticamente) que cuenta, es una de sus mejores películas sobre la mujer, con una deslumbrante dirección de actrices. El episodio Harriet Andersson-Gunnar Björnstrand, menos logrado y con una elegancia muy “principio de siglo” es el precedente visual de su film siguiente, una de sus obras maestras: Sonrisas de una noche de verano (Sommarnattens leende, 1955). Este film es, en el fondo, una reflexión sobre el teatro: tomando el tema y la estructura de un vodevil, respetando casi las tres unidades clásicas (tiempo, acción y lugar) de la escena, con un abundante y agudo diálogo y unos personajes convencionales y más numerosos que de costumbre, Bergman se ha propuesto hacer cine, y ha conseguido así su primera obra perfecta, armónica, dentro de un clasicismo cercano al de Mankiewicz e introduciendo en la comedia una vertiente dramática heredada de Strindberg e Ibsen que convierte esta película en una seria meditación sobre el amor, próxima en más de un sentido a La regla del juego (La Règle du jeu, 1939) de Jean Renoir (que Bergman no había visto). Este film triunfa en Cannes en 1956. Se descubre a Bergman, se resucita su obra y se le convierte, de improviso, en uno de los grandes ídolos del cine mundial.

En este momento, Bergman cae, al parecer, en un cierto vedetismo, que le lleva a fabricar lo que podríamos llamar “films de festival”, de forma paralela a lo que, unos años más tarde, a partir de Eva y El sirviente (The Servant), le ocurriría a Joseph Losey con el súbito acceso a la fama tras años de oscuro trabajo. Esto da lugar a algunos films que intentan responder en exceso a ese prestigio y que, en consecuencia, dejando de lado su calidad intrínseca, implican una regresión: son films insinceros, superficiales, exóticos incluso. Estos films de miniaturista comienzan en El séptimo sello (Det sjunde inseglet, 1956), con un abandono no ya de la época actual, iniciado en Sonrisas de una noche de verano, sino incluso del pasado reciente: son sus films medievales, por fortuna sólo dos, que traducen, además, una cierta preocupación religiosa, en clave simbólica y legendaria (las viejas sagas nórdicas), que le permitirán convertirse en el salvador del cine a los ojos de los elementos más reaccionarios de algunos países católicos (en especial España). Reaparece entonces, con más fuerza que nunca (y también con más coherencia), el barroquismo de Noche de circo, las representaciones teatrales (que de una forma u otra habían ocupado siempre un cierto lugar en sus obras) se hacen más importantes, se recurre al simbolismo de forma bastante penosa y se plantean histriónicamente una serie de problemas metafísicos (el Alma, la Muerte, Dios, la Gloria) que reducen algunas escenas de estas películas a puro trascendentalismo decorativo, respaldado -eso sí- en una impecable dirección de actores y en una maestría técnica que roza el virtuosismo.

La película siguiente, sin embargo, Fresas salvajes, si bien se complica extraordinariamente desde un punto de vista estructural (relaciones entre el presente y el pasado, lo onírico y lo real), lo hace con más motivos, puesto que el film es una reflexión sobre la vida que realiza el profesor Isak Borg (Victor Sjöström) desde el umbral de la muerte. Como dijo Fereydoun Hoveyda, este film es “el mayor anillo de la espiral” que se ha ido ampliando a cada nuevo film de Bergman, pues en él se engloban todas sus tendencias anteriores: asistimos a la fusión de los diferentes estilos que desde Noche de circo hasta El séptimo sello ha recorrido Bergman. De ahí las rupturas estilísticas que dan forma y estructura a este film, el más profundo que Bergman había realizado hasta entonces, y que se mantiene, pese a estar visualmente un poco anticuado y recurrir a algunos procedimientos de raíz expresionista, como su mejor obra anterior a la trilogía. En este film, temporalmente, Bergman abandona su postura de malabarista, predicador, titiritero y showman, que tan peligrosamente había aparecido en El séptimo sello, para darnos una obra intimista, cerrada en sí misma, de meditación interior. Surge así una nueva faceta aparente de Bergman: tras el teólogo, el filósofo, el ensayista, el literato que, tras las huellas de Proust, se vuelve sobre el tiempo perdido con una angustia existencial cuyas raíces, inevitablemente, se encontrarán en Kierkegaard.

En estas circunstancias, pues, cada nuevo film de Bergman será un acontecimiento para la crítica y un peligro para su autor. Afortunadamente, En el umbral de la vida (Nära livet, 1958), planteada seguramente como un panfleto en contra del aborto (tema que, lateralmente, había aparecido insistentemente en su obra, a través de innumerables parejas en que el hombre no deseaba el hijo que su mujer iba a darle), escrito por Ulla Isaksson, lleva a Bergman a encerrarse, con tres mujeres parturientas, en el claustrofóbico, frío y aséptico escenario de un hospital. Se produce entonces una ruptura radical en su estilo: nos encontramos mucho más cerca de la trilogía que de Fresas salvajes. La iluminación se hace fría y uniforme, las imágenes hirientemente luminosas, la estructura se simplifica al máximo (quizá en exceso), los planos se hacen más largos, los encuadres se vacían y la narración se estanca, prácticamente, en una situación única. Si bien su interés intelectual es muy reducido, y por parte de Bergman lo más interesantes es, de nuevo, una introspección en la mujer, la desnudez y sobriedad del estilo suponen un importante paso adelante que, sin embargo, no tendrá repercusiones inmediatas, ya que su film siguiente, El rostro (Ansiktet, 1958), cuyo título es inevitable relacionar con Persona, vuelve, con más maestría que nunca, al “ilusionismo” formal de El séptimo sello, sólo que aquí este estilo tiene una justificación evidente: su protagonista es un mago, un ilusionista, un hipnotizador, y el film se sumerge en el terreno de lo fantástico, apareciendo aquí el primer contacto de Bergman con el cine de terror.

El manantial de la doncella (Jungfrukällan, 1959) tiene, de nuevo, un discutible guión de Ulla Isaksson, y de nuevo nos encontramos en la Edad Media e inmersos en una alegoría religiosa, en la que contrasta, sin embargo, la sobriedad del estilo y la longitud de los planos (prolongación del estilo inaugurado con En el umbral de la vida, nuevo paso hacia el despojamiento y la madurez) con ciertos simbolismos (la rana que salta de un bocadillo poco antes de que la doncella sea violada) que parecían abandonados. Inmediatamente después realiza El ojo del diablo (Djävulens öga, 1960), considerada por muchos su peor película, y que está estrechamente relacionada con Noche de circo a través de una comedia metafísica basada en el mito de Don Juan.

Así se cierra la que hemos llamado, de forma no exenta de arbitrariedad, pues los límites entre una y otra son difusos, la segunda etapa de la evolución de Bergman.


II. EL ARCHIPIÉLAGO.

A través de esta irregular trayectoria y a lo largo de muchos años y veintidós películas, Ingmar Bergman llegó a la Isla de Färo y encontró la madurez: Como en un espejo (Såsom i en spegel, 1961) abría su famosa trilogía y marcaba una ruptura casi definitiva en su obra. El proceso de paulatina decantación que se había ido operando en algunas obras aisladas y dispersas se hace aquí, por vez primera, total y coherente. Los comulgantes (Nattvardsgästerna, 1962) es todavía un paso adelante: la sobriedad de este film, su linealidad y pureza llegan a un grado tal que se piensa inmediatamente en el Bresson de Procès de Jeanne d’Arc (1962). Los devaneos gratuitamente barrocos y espectaculares que empañaron un momento la obra de Bergman han sido desplazados por una limpidez y una dignidad evocadoras de Un condamné à mort s’est échappé ou Le Vent souffle où il veut (1956). El silencio (Tystnaden, 1963) prosigue en la misma tónica (tan abstracta como en Bresson, pero más carnal, más física, cercana en ello a Dreyer) y con esta película Bergman acaba la trilogía (que, dato significativo, iba a haber empezado en El manantial de la doncella) y una etapa de su carrera.

En ese momento, Bergman ha llegado al límite de un trayecto, ha borrado de su cine todo lo inútil, lo superfluo, lo llamativo pero accesorio. Ya no queda sino la esencia misma de las cosas, los seres y las ideas, expresadas con el máximo rigor y la máxima concisión. A lo largo de estos tres films, además, Bergman se ha liberado, como él dice, de la superestructura religiosa que le obsesionaba y le aprisionaba. Este camino recorrido se hace patente en la búsqueda esperanzada del Dios ausente que es Como en un espejo y en la certidumbre con que acaba, en la duda irresuelta de Los comulgantes y, finalmente, en El silencio donde lo único que queda es eso, el silencio, la ausencia, el abandono. Obsérvese además cómo la evolución formal es en todo momento paralela a la trayectoria espiritual de Bergman, cómo la “distancia estilística” (el barroquismo) decrece al hacerse Bergman más sincero, más confidencial.

Es entonces cuando Bergman parte en una nueva dirección, y para ello se vuelve hacia su obra, la contempla, la analiza, la critica desde la madurez tan arduamente conquistada. Esa encrucijada es A propósito de esas mujeres (För att inte tala om alla dessa kvinnor, 1964), donde Bergman, reenlazando con Sonrisas de una noche de verano, se confiesa. Este film-clave constituye la segunda liberación de Bergman: en él se descarga de las rémoras que le suponen su prestigio, las alabanzas de la crítica y el complejo frente al cine de todo hombre de teatro.

En este instante crucial, Bergman abandona su postura de predicador, deja de deslumbrarnos con juegos de luces y abandona el terreno de las afirmaciones, de la seguridad, desapareciendo los mensajes junto a la certidumbre. Desde entonces, Bergman pisará arenas movedizas, se arriesgará al fracaso a cada film, se levantará de nuevo si cae. Porque ya sabe que lo que tiene que hacer no es seguir un camino, sino buscarlo, y para ello interrogará al cine y al espectador como se interroga a sí mismo, y se convertirá en un explorador, en un experimentador, en un “hombre que se lanza al vacío” -como dijo Godard de Becker- y que, por tanto, no tiene que rendir cuentas a nadie más que a sí mismo (esa es una de las lecciones de A propósito de esas mujeres), dejando de ser un cineasta tradicional, atreviéndose a romper las convenciones narrativas y sintácticas que hasta entonces acataba escrupulosamente.

Surge así Persona (Persona, 1966), tras el divertimento íntimo y familiar que es Daniel (episodio de Stimulantia, 1965). Persona es la prolongación de la trilogía desde la plataforma de A propósito de esas mujeres, y en ella no queda ya ni siquiera el simulacro de narración, minada y dispersa, que se mantenía en el film anterior. La estructuración abandona las nociones de causalidad, temporalidad y verosimilitud psicológica. El film no explica nada, no da soluciones ni respuestas. Bergman deja, como en A propósito de esas mujeres pero aún con más libertad, que las formas hablen por sí solas, que el film se exprese por sí mismo, que cree su propio tiempo interno, poniendo ante nuestros ojos un panorama amplísimo de sugerencias. Entramos, pues, ya que el film (especialmente su “prólogo”) nos obliga a ello, en el terreno de lo indeterminado. El sentido no precede a la obra, ni es comunicado a través de ella, sino que nace y se genera en ella. Bergman reconoces entonces públicamente que no tiene un control absoluto y autoritario sobre la obra, que ya no es el demiurgo de El séptimo sello, que se limita a poner en marcha sus películas, que se le escapan de las manos absorbiendo en su camino, como una piedra que rueda por una ladera nevada, una serie de ideas, elementos y significados que están allí, que laten en Bergman, pero que Bergman no ha colocado en el film de forma deliberada. Es decir, que la película actuará vampíricamente con su autor, extrayendo de él todo lo que siente o piensa y trascendiendo y superando las intenciones explícitas y conscientes del creador. Sus obras ya no tienen lo que Bergman estima estrictamente necesario, sino que ellas mismas determinan lo que necesitan. La necesidad sigue siendo, como en la trilogía, el criterio que da forma a la obra, pero se trata ahora de una necesidad interna. Persona es, por tanto, un film autónomo y autosuficiente, absolutamente irrecuperable.

Cada plano de los últimos films de Bergman es la sencillez misma, la economía máxima. Como en Bresson, esta sencillez es deliberada, voluntaria, intransigente, conquistada, producto de un esfuerzo; no tiene nada que ver, por tanto, con la espontánea y natural simplicidad de los viejos clásicos -en especial americanos, pero también Renoir serviría como ejemplo, aunque no Lang, más consciente y maniático-. Sin embargo, a nivel estructural, las cosas se complican, pues Persona es un film formado por elementos sencillos (esquematizados incluso, sin sentido peyorativo) pero que no sólo crea su propio tiempo, sino también su propio funcionamiento y su propio espacio (de ahí el desconcierto de Bullitta en el artículo citado) que si bien está extraído de la realidad, no es el espacio real, sino el espacio de Persona, necesariamente abstracto, cortado de su contexto habitual y reducido a su mínima expresión. Y si nos adentramos en el terreno psicológico e interpretativo (hasta hacía poco muy fértil y sembrado de pistas) nos encontraremos ante multitud de puertas, algunas de ellas cerradas, que acaban por formar un laberinto desértico por el que no podremos llegar al hipotético centro de la obra sin forzar las puertas o romper los muros. Contra esta actitud, que era la del crítico Cornelius (Jarl Kulle), ya nos advirtió Bergman en A propósito de esas mujeres (que, como los sketchs de Godard, es un film didáctico) que no conducía a nada (o a la oscuridad, o al ridículo). Por consiguiente, nuestro mejor guía será Susan Sontag, que en Contra la interpretación nos explica que “La interpretación supone una hipócrita negativa a dejar sola (ensimismada) la obra de arte. El verdadero arte tiene la facultad de ponernos nerviosos. Cuando reducimos la obra de arte a su contenido para luego interpretar aquello, domesticamos la obra de arte, la reducimos”.

No tratemos, pues, de exprimir Persona en busca de unas gotas de significado, no la descuarticemos para reconstruir una historia, no saltemos sobre sus imágenes en pos de un sentido oculto, porque este no nos dice nada: nos hace experimentar una serie de sensaciones -intelectuales, emotivas, físicas incluso- que hacen que seamos nosotros mismos los que, incitados por ella, nos planteemos una serie de problemas, sugiriéndonos unas ideas que tal vez el propio Bergman no se propuso expresar.

Prescindiendo de La hora del lobo (Vargtimmen, 1967), que no conozco, y que parece ser El rostro corregido y revisado, revisitado desde la madurez (2), nos encontramos ante La vergüenza (Skammen, 1968), que parece más próxima a la escueta desnudez de Los comulgantes que a la complejidad de Persona en el plano narrativo-estructural, que a su ambigüedad psicológica, que a sus sistemáticas variaciones sobre el tema del “Doble” (de donde surge la idea de igualar Elisabet a Bergman y Alma al film, quizá descabellada, pero no sin cierta inquietante verosimilitud), que a sus métodos de distanciación.

El significado de La vergüenza parece evidente, aprehensible en primer grado; su tema último y primero ya no es el cine, Bergman no nos habla ya tan sólo o primordialmente a través de las formas, los personajes tienen una mayor entidad psicológica, no hay pasajes oscuros e indeterminados, no hay amalgama indiferenciada de sucesos reales e imaginarios. ¿Sería entonces Skammen una obra de retroceso, un paso atrás? La respuesta es, indudablemente, negativa.  Por el contrario, La vergüenza no podría existir sin Persona, al igual que Persona sería inconcebible e inexplicable antes de A propósito de esas mujeres. Lo que ocurre es que Persona -como A propósito de esas mujeres de forma más explícita, desde el guión- es un film hasta cierto punto experimental, de transición, es una reflexión sobre el cine, es la huella del paso de Bergman hacia una madurez más total y perfecta. Como huella, pues, Persona es un film incompleto, un reflejo, hay en él incertidumbres, rozamientos y contradicciones. Contradicciones que no son defectos, que son necesarias y que contribuyen a la riqueza y a la potencia perturbadora de la película, pero que no pueden hacerse permanentes: por su misma naturaleza y función son transitorias. Persona es un colosal paso adelante, no ya para Bergman, sino para todo el cine, es una obra revolucionaria, pero es un paso, y un paso hacia algo. Ese algo es, por lo pronto, La vergüenza. De ahí que en este film lo que en Persona había de misterio y de oscuridad sea ahora evidencia y claridad. Lo que La vergüenza pierde de atractivo, de estimulante, de innovador, lo gana en perfección, en armonía y en pureza, en efectividad incluso. Persona tenía la apasionante característica de que en él se podría ver el film haciéndose (en train de se faire, como diría Godar); Skammen es ya el film hecho.

Si en La vergüenza Bergman vuelve a expresarse a través de los personajes, y no sólo o principalmente a través de las formas, es porque a través de las reflexiones activas, prácticas, de A propósito de esas mujeres y Persona ha conseguido ya dominar esas formas por completo, y utilizarlas como un medio y un fin a la vez, y no como un fin en sí mismas. Por eso La vergüenza es un film total, más sobrio y perfecto, más sólido y estable que Persona.

Sin embargo, la reflexión bergmaniana continúa. Como en Como en un espejo, Los comulgantes, El silencio, Persona y La hora del lobo, los personajes de La vergüenza son seres aislados en su propia soledad y entregados a la reflexión (nuevamente, la obra dobla al autor, es su reflejo). Estas películas, que Bergman llama “obras de cámara” y que van del dúo al cuarteto, reúnen a unos pocos ejemplares de la fauna bergmaniana y los aprisionan en unos recintos (abiertos o cerrados, da lo mismo) separados a su vez de la civilización y de la sociedad. Este artificio dramático, muy antiguo y frecuente en el cine, de probable (y no censurable) origen teatral, ha encontrado en Bergman uno de sus más notables artífices. Este lugar es una isla: literalmente, en Como en un espejo, Persona, La hora del lobo y La vergüenza; metafóricamente en Los comulgantes (un pequeño pueblo del Norte de Suecia, aislado y casi vacío en pleno invierno) y El silencio (un hotel de Timoka, ciudad imaginaria en la que un lenguaje incomprensible hace imposible toda comunicación). Incluso, aumentando a nueve o diez el número de personajes, lo mismo puede decirse de Villa Trémolo, la mansión campestre del maestro Félix, en A propósito de esas mujeres.

Esta “insularidad” se reproduce en las relaciones entre los personajes, aislados por la locura, la frialdad, la incomprensión, el hastío, el idioma, la ausencia, el silencio, los demás personajes, la insolidaridad o la guerra, y que se traducirá a su vez en el intento frenético de establecer contacto, a través del vampirismo (no ya en Persona o La hora del lobo, sino en el acoso del que es objeto el pastor Tömas de Los comulgantes por parte de Märta), el canibalismo, el crimen, el sexo (hetero y homosexual), la palabra.

Sin embargo, a partir de A propósito de esas mujeres desaparece una de las formas de ausencia (y de comunicación) presentadas: la de Dios. Además, incluso antes de ese film-pivot, resulta frecuente que los personajes de estas películas incluyan a un artista: David (G. Björnstrand) en Como en un espejo, Félix en A propósito de esas mujeres, Elisabeth (Liv Ullman) en Persona, Jan Borg (Max Von Sydow) en La hora del lobo, Jan y Eva Rosenberg (M. V. Sidow y L. Ullmann) en La vergüenza, o tengan una profesión basada en la comunicación y en la idea de ayudar a los demás: Sydow en Como en un espejo (médico), Ingrid Thulin (maestra) y Björnstrand (sacerdote) en Los comulgantes, Thulin (traductora) en El silencio, Jarl Kulle en A propósito de esas mujeres (crítico), Bibi Andersson en Persona (enfermera).

La presencia del artista (identificable con Bergman y auténtico objeto de su reflexión) es la más significativa, y a través de ella se expondrá una crítica (autocrítica) de su indiferencia, de su vampirismo (David cebándose en la enfermedad de su hija para escribir una novela, Cornelius viviendo como parásito de Félix, y éste de siete mujeres, Elisabet aprovechando las confidencias de Alma; la sombra de Edgar Allan Poe y su Retrato oval, como la de E.T.A. Hoffmann, está siempre presente), de su aislamiento en torres de marfil (ya sean islas, la mudez, la invisibilidad, los viajes continuos). Todo esto hay que relacionarlo con el humanismo apolítico que confiesa Bergman, y que se traduce en el combate entre sus sentimientos y su egoísmo, preocupación que tiene su correspondencia en el frecuente enfrentamiento de la ciencia y la razón, por un lado, y la fe y la superstición, por otro (a veces de forma muy obvia, como en El rostro; últimamente con mayor sutileza). Así, la idea obsesiva del Dios-araña ha sido sustituida por del Artista-vampiro. El silencio del Creador (Dios) ha sido reemplazado por el silencio del creador (el artista). Puede observarse, incluso, que el maestro Félix posee prácticamente todos los atributos divinos (perfección, invisibilidad, omnipresencia, inefabilidad, diferentes “personas”, etc.) y que se le rinde una especie de culto adoratorio y se le paga un tributo. De esta forma puede apreciarse cómo, bajo cambios aparentes, la obra de Bergman manifiesta una continuidad asombrosa.

Y, en última instancia, ¿quién es el artista? Bergman mismo: hasta cierto punto, cada film reciente de Bergman es una confesión, una autocrítica, una declaración de principios, especialmente -de forma muy explícita- A propósito de esas mujeres y -a través del “cine dentro del cine”- Persona. Lo mismo sucede, en otro terreno, con sus últimas declaraciones, y con las autocríticas y autoentrevistas que Bergman se ha hecho con el seudónimo de Ernest Riffe. Estas dudas, estos debates son el origen del desequilibrio de Persona, y a la vez la fuente de la perfección de La vergüenza, porque después de aquel film ya sabe cómo hacer lo que quiere. Lo que quizá no sepa aún es qué quiere hacer. Por eso la duda sigue en pie, y con ella la reflexión. Por eso La vergüenza no es simple y únicamente -quizá ni siquiera primordialmente- el panfleto antibelicista con que muchos se han contentado. La vergüenza es, ante todo, una meditación sobre la cobardía aislacionista del artista que se encierra en su isla. El dilema no está en si la guerra es nociva, condenable o corruptora (el film nos muestra que sí, por otra parte), sino en cuál es la misión, la responsabilidad del artista. En La vergüenza la guerra (pues no se trata de una guerra determinada, sino de la guerra en general) no es sino otra isla, una circunstancia extremada en la que Bergman sitúa a sus personajes. Y si pocas películas (quizá sólo Los carabineros, Les Carabiniers, 1963, de Godard) han representado una cara tan terrible e inequívoca de la guerra, esto se debe ante todo al absoluto rigor de Bergman, a la perfección de su puesta en escena (que sabe ser realista sin caer en el naturalismo), a la sobriedad e inteligencia con la que usa los diversos elementos del cine (actores, ritmo, estructura, sonido directo, fotografía, diálogo) y a la ausencia de sentimentalismo, efectismos o digresiones. No es la guerra lo vergonzoso (no sólo, al menos), sino la actitud del matrimonio Rosenberg y, en general, del artista, y si, pese a las afirmaciones en sentido contrario de Bergman, La vergüenza es un film político, ello se debe a su planteamiento de la postura del artista (postura que, se traduzca en la inhibición o en el compromiso, tiene un significado político) y en el testimonio objetivo que da sobre la guerra, por “indeliberado” que sea (al igual que en Persona hay una condena implícita de la guerra del Vietnam, al establecer un paralelismo funcional-estructural entre la foto fija -pasado- del niño judío detenido por los nazis y la imagen televisiva en movimiento -presente- del bonzo quemándose vivo en protesta por la guerra del Vietnam).

De esta forma, de isla en isla y de prisión en prisión, Bergman se busca a sí mismo a través de sus obras, madurando con ellas y alcanzando la perfecta armonía entre sus medios de expresión y lo que quiere expresar: esto se revela en que lo uno y lo otro nacen unidos, se crean mutuamente y son (han llegado a ser) una y la misma cosa.

(1) Véase “Ingmar Bergman: presentación crítica”, por Juan M. Bullitta, en Hablemos de Cine nº 41, pág. 23.

(2) Véase “Amanecer y anochecer en la isla Negra”, por Federico de Cárdenas, en Hablemos de Cine, nº 41. Pág. 28.

Escrito a mediados de 1969 para Hablemos de cine.

viernes, 21 de julio de 2023

För att inte tala om alla dessa kvinnor (Ingmar Bergman, 1964)

“Todos los artistas, salvo los actores, deberían ser invisibles.”

(I. Bergman.)

Esta película no es una comedia. Precisamente el fiarse de las apariencias ha desorientado a muchos, que no comprenden qué hace “¡Esas mujeres…!” en la obra de Bergman, justo después de la Trilogía, y que, en consecuencia, consideran este film como una regresión, como un abandono de la depuración formal de “Como en un espejo” (1961), “Los comulgantes” (1962) y Tystnaden (1963), para hacer una intrascendente comedia, un frívolo vodevil, anticuado y de mal gusto. Sin embargo, För att inte tala om alla dessa kvinnor (1964) es un film muy serio, de una importancia decisiva en la obra de Bergman, y uno de los mejores que ha realizado.

Esta película da comienzo a una nueva etapa: llegado a un punto límite con las tres obras maestras anteriores, Bergman abandona el problema del silencio del Creador (Dios) para estudiar el silencio del creador (el artista). Para ello, Bergman se replantea los fundamentos de su arte, analiza su postura como creador y reflexiona sobre sí mismo como hombre y como artista. Esta plataforma autocrítica es “¡Esas mujeres…!”, y sin ella Bergman no habría podido concebir “Persona” (1966) o “La vergüenza” (Skammen, 1968).

Ante todo, “¡Esas mujeres…!” es una declaración de principios. Como Preston Sturges (Sullivan’s Travels), Renoir (Le carrosse d'or), Chaplin (“Candilejas”), Godard (Le Mépris), Lewis (“Jerry Calamidad”), Mankiewicz (“Mujeres en Venecia”) o Welles (“Una historia inmortal”), Bergman nos habla de su arte, en este caso, a la vez, el cine y el teatro. De ahí la abundancia de planos generales fijos, de composición simétrica, decorado escénico y numerosas entradas y salidas de los actores (y el teatralismo de alguno de ellos, especialmente Jarl Kulle). De ahí, por otra parte, los numerosos puntos de contacto con anteriores films de Bergman, sobre todo con “Sonrisas de una noche de verano” (Sommarnattens leende, 1955) (1), con el cine cómico americano, principalmente mudo (cartelitos; algunos gags; el movimiento de los actores dentro del cuadro, que recuerda los cortos de Charlot; la pelea con tartas y tirones de pelo, que evoca Laurel & Hardy; los andares y el puro de Cornelius, cercanos a Groucho Marx). Todo esto guarda estrecha relación con una actividad poco conocida de Bergman, la de autocrítico (2), y con el hecho de que Bergman posea copias de todas sus películas, que se proyecta continuamente para corregir defectos.

Por otra parte, la película, además de un muy justificado ataque a los críticos y a sus excesos interpretativos (3), constituye una reflexión moral sobre el deber del artista, su independencia y su libertad, manifestada en el derecho a contradecir la imagen que la crítica se ha hecho de él. Todo este aspecto queda resumido en la orden de Félix, el maestro del violonchelo, a Adelaide, su esposa: “si traiciono mi arte, mátame”.

Finalmente, y en estrecha relación con los dos anteriores elementos, nos encontramos con la consecuencia de esta reflexión: Bergman ha cambiado su forma de relación con el espectador. Hasta esta película, Bergman había sido lo que, un poco vagamente, se suele llamar un cineasta “tradicional”, pero desde “¡Esas mujeres…!” Bergman pasa a hablarnos en primera persona, expresándose a través de las formas mismas, y no por medio de la historia o los personajes. Esto le lleva a exigir un espectador consciente, distanciado y activo. Para ello. Bergman recurre a la desdramatización. Los actores no representan ya unos personajes, sino que son meras marionetas. La narración queda destruida: Bergman amplifica gratuitamente algunas secuencias (como la de los fuegos artificiales), cuya dilatación no sirve al desarrollo de la historia, y que, para colmo, carecen de significado oculto (“este fuego de artificio nada tiene de simbólico”), a la vez que disloca la cronología (de forma más aparente que real, ya que los tres flashbacks que constituyen la película ocurren respectivamente cuatro, tres y dos días antes, es decir, se suceden ordenadamente). Además, Bergman denuncia la película como tal, mediante alusiones a la censura, gestos y miradas al espectador por parte de los actores, destrucción de la homogeneidad estilística (pasos del color al blanco y negro, reintroducción del cromatismo dentro del blanco y negro), disonancias de todo tipo (por ejemplo, en la banda sonora), estructuración discontinua, etc. Por si fuera poco, Bergman no duda en fijar o acelerar las imágenes, en introducir aplausos, en hacer sangrar (o mirar al espectador) a las estatuas, disfrazar a Cornelius de mujer, mostrar a Jillker haciendo fotos —filmando casi— y otra serie de factores que impiden que el público se abandone, cómodamente, al (falso) espectáculo que se le ofrece. Igualmente, y con el mismo fin, Bergman destruye la comedia y se dedica, como Lewis en “Jerry Calamidad” (The Patsy, 1964), a frustrar, quebrar o anular los gags (4), de forma que la película, unas veces por exceso (gags demasiado prolongados, monótonos y exagerados ademanes de Jarl Kulle) y otras por defecto, resulta muy poco divertida y constantemente irritante. Encima de que el espectador no puede evadirse en ningún momento y olvidar que está viendo una película, en “¡Esas mujeres…!” se nos habla continuamente del arte y de la crítica, y se nos hace seguir a un crítico ridículo, caricaturesco, vampírico, parásito, fisgón e interesado, que llega a las más absurdas interpretaciones, perdiéndose en los laberintos de la obra como en los pasillos de Villa Trémolo, abriendo puertas que no llevan ningún lado, tropezando, equivocándose de cuarto, cayendo en la oscuridad, escribiendo cosas que ni él mismo comprende, más preocupado por su obra que por aquella que comenta y de la que vive, para no llegar a esclarecer nada del artista (al que no veremos más que una vez, y de lejos: entonces, cada uno de los seres que le rodean creerá que se dirige a él exclusivamente). Esto convierte a “¡Esas mujeres…!” en un film provocador, molesto y agresivo: el crítico malparado y puesto en ridículo, queda desarmado e indeciso ante la cantidad de trampas que le tiende la obra (los símbolos, la cronología), y el espectador normal se ve obligado a adoptar una incómoda posición crítica. Por eso esta frase sarcástica y feroz resulta tan antipática, indignante y odiosa. Sin embargo, pocas películas tan esclarecedoras como ésta, que me obligó hace unos años, cuando la vi por primera vez, a revisar los films de Bergman que conocía sin admirar demasiado, y que me ha ayudado a comprender los que he visto después, y en especial “Persona”, gigantesco paso adelante que Bergman pudo dar gracias a “¡Esas mujeres…!” (5).

Finalmente, esta película, que marca la transformación de Bergman en un cineasta interrogativo (que no dice nada, que no afirma, sino que calla y pregunta) y le sitúa en una de las posiciones más avanzadas del cine actual, nos hace ver que la prostitución es la muerte del artista, que la gloria es efímera y la crítica inútil (quizá la mejor crítica de “Para no hablar de todas estas mujeres” —tal es su verdadero título, aunque el subrayado es mío, y conviene recordar que la anterior se llamaba “El silencio"— sea la película misma). Al final, muerto el maestro Félix, las contristadas "viudas” se disponen a acoger en Villa Trémolo a un nuevo ídolo del que ocuparse y al que dar forma. Así empezaba The Patsy, un film de Jerry Lewis que es lo más parecido a “¡Esas mujeres…!” que he visto nunca, y, por tanto, una obra fundamental, igualmente “molesta” e igualmente menospreciada, maldita e incomprendida.

NOTAS

(1) Obsérvese, dejando aparte cuestiones de calidad, que entre “¡Esas mujeres…!” y “Sonrisas de una noche de verano” existe el mismo tipo de relación que entre “Eldorado” (1966) y “Río Bravo” ( 1958) en la obra de Hawks; Le Caporal épinglé (1962) y “La gran ilusión” (1937) en la de Renoir; “La taberna del irlandés” (1963) y “El hombre tranquilo” (1952), en la de Ford; “Cortina rasgada” (1966) y “El hombre que sabía demasiado” (1956) en la de Hitchcock, o “Una trompeta lejana” (1964) y “Murieron con las botas puestas” (1941) en la de Walsh. Las más recientes de estas películas son, en cierto sentido, remakes invertidos y “deshumanizados” de las más antiguas, revelando un cambio de óptica en sus respectivos autores, que da lugar a obras más “rechinantes” y menos sentimentales.

(2) Con el pseudónimo de Ernest Riffe, Bergman ha escrito un feroz ataque a sí mismo y una reveladora autoentrevista (“Entrevista esquizofrénica con un director nervioso”), que ha sido publicada en “Cahiers du Cinéma”, número 206, y traducida al castellano en “Film Ideal”, números 205-206-207.

(3) Bergman ha sido levantado y derribado de un pedestal por la crítica, con tanto descuido y torpeza como Cornelius tira e intenta levantar el busto del maestro Félix, y su obra ha dado lugar a las más disparatadas y deformadoras interpretaciones.

(4) Ejemplos: gag frustrado cuando Cornelius no cae al estanque; gag quebrado cuando Cornelius y Jillker se salpican agua, y Bergman intercala un plano en blanco y negro del funeral, que no viene a cuento y que destroza, el efecto cómico; gag anulado, cuando Cornelius tira e intenta levantar el busto de Félix, gag que tiene gracia mientras contrasta con la música de Bach, pero que, como típico gag de cine mudo, queda arruinado desde el momento en que Bergman subraya su comicidad con la música deliberadamente “graciosa”, a muy elevado volumen, y con un ritmo diferente al del gag.

(5) A través de Tristán y Félix se nos presenta ya el tema fundamental de “Persona”, el del “doble”, y si tenemos en cuenta ciertos factores formales y estructurales, las alusiones al aislamiento del artista y al vampirismo, se verá esto muy claramente.

En “Nuestro Cine” nº 88, agosto-1969