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viernes, 1 de diciembre de 2023

Pat Garrett & Billy The Kid (Sam Peckinpah, 1973)

La vida legendaria de William Bonney sigue tentando al cine. Tras los BILLY THE KID de King Vidor (1930, con Johnny Mack Brown) y David Miller (1941, con Robert Taylor), EL TEMERARIO (THE LEFT-HANDED GUN) de Arthur Penn (1958, con Paul Newman) , UNE AVENTURE DE BILLY THE KID de Luc Moullet (1970, con Jean-Pierre Léaud) y BILLY EL ASQUEROSO (DIRTY LITTLE BILLY) de Stan Dragoti (1972, con Michael J. Pollard), es ahora Sam Peckinpah quien aborda la saga de PAT GARRETT & BILLY THE KID (1973, con James Coburn y Kris Kristofferson, respectivamente), que ya había fascinado a Jorge Luis Borges (“El asesino desinteresado Bill Harrigan”, en “Historia Universal de la Infamia”), pues no en vano Billy el niño es el más mítico de los personajes del Oeste americano, junto con Jesse James (a quien Henry King, Fritz Lang, Samuel Fuller y Nicholas Ray han dedicado películas).

La historia que narra este film es conocida de todos; Billy the Kid y Pat Garrett abandonaron hace ya mucho tiempo la historia para inmortalizarse en la mitología. En consecuencia, cualquier espectador de PAT GARRETT & BILLY THE KID sabe de antemano lo que va a ocurrir: que Billy, el joven bandido y pistolero, va a ser muerto por su antiguo mentor y amigo, el ahora sheriff Pat Garrett. Por lo tanto, acudimos a esta película no para enteramos de qué fue lo que sucedió entre estos dos personajes, sino para asistir —una vez más—, como a un rito, al espectáculo legendario de su confrontación a muerte. No es el qué, sino el cómo, lo que nos importa; no es el suceso, sino lo representación, lo que nos interesa. En última instancia, lo que queremos es descubrir el sentido, el significado profundo, —no las causas, ni las motivaciones— de la muerte de Billy the Kid a manos de Pat Garrett. No hay pues intriga ni “suspense” alguno, y Peckinpah no pretende crearlo, pues sería un absurdo con una historia cuyo fin y cuyo principio son del dominio público, que es —por tanto— reversible (de hecho, en el montaje inicial de Peckinpah, alterado por la M.G.M», el film se abría con la muerte de Pat Garrett, años después de haber matado a Billy). Ni siquiera es un film propia y clásicamente narrativo; su argumento es tan conocido que no es preciso contarlo, relatarlo minuciosamente; sobran —por no imprescindibles— la continuidad, las explicaciones, la presentación de los personajes: Peckinpah, en consecuencia, se permite omitirla, y pasa a exponer, limpiamente, las cartas con que va a jugar, desde la primera secuencia. En ella, tras una pelea de gallos, se reencuentran los amigos distanciados. Escenario: un cafetín da mala muerte, en una aldea del territorio de Arizona, bordeando con México, Pat pide a Billy que abandone el país, pues así lo desea la “gente decente”. Ambos saben muy bien de quién se trata, y se ríen de su supuesta decencia. Billy le pregunta si se lo ruega o se lo ordena. “Te lo pido yo, pero dentro de tres días seré el sheriff de Lincoln County y te haré irte”, contesta Pat. Billy le reprocha que se haya vendido a Chisum, el poderoso ranchero que entes le persiguió también, Pero Pat Garrett está ya viejo, está cansado, ha claudicado; sin mucha convicción, con melancolía, no sin vergüenza, se disculpa: “Es como si los tiempos hubiesen… cambiado”. A lo que Billy, sin pensarlo, como un adolescente que se niega a aceptar el peso de la realidad y el paso de los años, replica: “Los tiempos, tal vez… pero yo no”. Nos encontramos, pues, con el enfrentamiento de dos hombres que han sido amigos, que cabalgaron juntos, que juntos fueron perseguidos, que alguna vez —o varias— se salvaron mutuamente, y que ahora, al reencontrarse de nuevo tras una separación mis o menos prolongada, descubren que compartan un pasado —que Pat quiere olvidar, al que Billy se aferra—, pero no el presente en el que ambos, cada uno a su manera, pugnan por sobrevivir. Para los dos —aunque Billy se niegue a reconocerlo, y Pat, en cambio, lo admita con tristeza para autojustificarse— los tiempos han cambiado, su hora ha pasado, bien porque el progreso, la civilización, la ley, la guerra, el capitalismo, los nuevos conceptos sociales han corrido más que ellos y les han expatriado de su tiempo; bien porque se han hecho viejos o bien, por el contrario, porque no han sabido madurar, hacerse adultos. En cualquier caso, ambos se sienten, si no caducos y anacrónicos, sí con las horas contadas: no tienen ye sitio en el mundo o, al menos, no tienen su antiguo lugar en su antiguo mundo. Como los últimos dinosaurios, son meros supervivientes. Son unos desplazados, llevan las de perder, están cansados o acosados, acorralados por el tiempo o por la sociedad. Empiezan a comprender que la historia no se detiene: ambos piensan ya en retirarse, en dar el último golpe, en cambiar de vida. Pero, por la fuerza de las circunstancias, o par su propio carácter, o su mayor experiencia, uno de ellos ha sido más rápido en cambiar, se ha dejado llevar por la corriente de los nuevos tiempos oponiéndole menos resistencia, o se ha hecho más escéptico y ha depuesto sus principios o sus ideales o sus instintos vitales. Estos dos supervivientes fraternales se enfrentan precisamente porque se conocen, porque la existencia del otro constituye por sí sola un reproche y un recordatorio da la falsedad o insinceridad de su propia actitud, y porque uno de ellos —más o menos voluntariamente— ha traicionado la amistad que les unió cuando los dos eran todavía verdaderamente ellos mismos. Uno de ellos morirá, siempre el que —para su desgracia— se ha resignado menos al curso de la historia y se ha convertido, de una forma u otra, en un anacronismo viviente. Y el otro, en el fondo, también morirá —si no logra renacer asumiendo una nueva causa que le redima—, al menos moralmente. Este drama, de resonancias universales, no es privativo del “western” (“Nido de nobles” de Turgeniev, “El reto” de Chejov, “El gatopardo” de Lampedusa y Visconti, o “The Unvanquished” de Faulkner, no abordan otro tema), pero ha encontrado en él terreno propicio, de DUEL IN THE SUN (1946) y MAN WITHOUT A STAR (1955) de King Vidor a RED RIVER (1948) de Hawks y HOMBRE DEL OESTE (1958) de Anthony Mann. Con los matices y la estructura dualista enmelada más arriba, este planteamiento de la tragedia, el de PAT GARRETT & BILLY THE KID, resulta servir también para describir PISTOLEROS DEL ATARDECER (1962), JURAMENTO DE VENGANZA (MAJOR DUNDEE, 1964), LA PANDILLA SALVAJE (1969) e incluso —en clave de comedia, con menos dramatismo, casi sin violencia— LA BALADA DEL DESIERTO (THE BALLAD OF CABLE HOGUE, 1970); es decir, los otros cuatro magistrales “westerns” de su autor (no conozco THE DEADLY COMPANIONS, 1961, su primer film, también perteneciente al género que más le inspira). Pero esta semejanza sirve no solo para constatar la importancia que tiene tal tema para Peckinpah (ye que le ha consagrado la mayor parte de su obra), sino para dar más relieve a las divergencias que existen entre films tan claramente emparentados. Por ejemplo, es importante tener en cuenta que Billy the Kid es, de todos los personajes centrales de Peckinpah, el que muere más joven, a los 21 años, mientras Pat Garrett alcanza vivo el medio siglo y Gil Westrum, Steve Judd, Amos Charles Dundee, Benjamin Tyreen, Deke Thornton, Pike Bishop, Cable Hogue y Joshua Duncan Sloane oscilan entre los treinta y tantos y los sesenta y pico de años. También hay que recordar que, con la excepción de Tyreen frente a Dundee, hasta PAT GARRETT & BILLY THE KID solían perecer antes los de más edad. Para colmo, resulta significativo que todas las muertes mencionadas —salvo la de Tyreen, en 1865, pero en las postrimerías de una guerra fratricida— tengan lugar a inicios del siglo XX, mientras que la de Billy aconteció en 1881, es decir, antes, cuando el progreso no había avanzado todavía demasiado, cuando la frontera estaba todavía al Norte del Río Grande y al Este de les Montañas Rocosas, cuando todavía algunas tribus indias se mantenían insumisas y en pie de guerra, cuando Arizona todavía era un territorio y no un estado de la Unión, cuando todavía quedaban veteranos del ejército confederado que no aceptaban la derrota del Sur, cuando se recordaban las correrías de los guerrilleros de Quantrill, cuando todavía faltaba un año para que Jesse James fuese asesinado a traición por Bob Ford. Es decir, que cuando Billy the Kid es muerto por su viejo amigo Pat Garrett —su maestro y cómplice tornado perseguidor y enemigo descontento de su misión—, no hay guerra, no hay automóviles, no es viejo todavía; esto es, no hay causas, no hay excusas para su muerte salvo la misma esencia del drama planteado, el drama existencial de toda la obra de Peckinpah: el fin de la frontera, el estrechamiento de los horizontes vitales, el arrinconamiento del individualismo y el ocaso de la anarquía. No debe extrañamos el interés que siente Peckinpah por las guerras civiles (la de Secesión en Estados Unidos, las de la Revolución Mexicana, las que enfrentan a blancos e indios), ya que suelen representar una extensión a todo un país, un territorio o una sociedad del conflicto latente entre los dos personajes contrapuestos, simétricos y complementarios en torno a los que se estructuran sus mejores y más características películas (e incluso, dentro del “western” moderno, y en términos muy generales, la muy triste y notable JUNIOR BONNER, 1972, a través de la oposición entre Steve McQueen y su hermano en la película). El conflicto entre el Norte y el Sur, entre Dundee y Sierra Charriba y entre los campesinos mexicanos y los lanceros franceses de Maximiliano no son sino una manifestación más amplia del duelo que enfrenta a Dundee y Tyreen. Pero en PAT GARRETT & BILLY THE KID Peckinpah ha despojado el film de todo drama que no sea el enunciado por el título: de esta forma el sentido de la tragedia queda al desnudo, más evidente que nunca puesto que no son causas externas las que acotan y ponen fin a la vida de Billy, sino su propia actitud frente a la existencia y la alternativa que le quedaría si la depusiese: la de corromperse y convertirse en un Pat Garrett. Se podrá aducir en contra de PAT GARRETT & BILLY THE KID que Peckinpah se repite, que todo eso ya nos lo había contado y ya había sido el objeto de sus reflexiones, tal vez con una resonancia más amplia, con una mayor complejidad (LA PANDILLA SALVAJE, MAJOR DUNDEE), o de forma más discreta (LA BALADA DEL DESIERTO), o más clásica (PISTOLEROS DEL ATARDECER). Pero es que en ese más o menos es donde reside la novedad esencial de PAT GARRETT & BILLY THE KID con respecto a los restantes “westerns” de Peckinpah: en que este último film es ya otra cosa, no es propiamente un “western”, sino la disolución del “western”, el estertor agónico —y el último coletazo, pero ya disgregado, desecado, descamado— del género; de ahí el barroquismo espontáneo de ciertas composiciones, de los juegos de luces y sombras y colores (nubarrones, lluvia suave, ocasos, árboles retorcidos como no se veían desde DUEL IN THE SUN, madera reseca, paredes desconchadas o enrojecidas por el sol poniente, actitudes crispadas) que componen los planos exageradamente anchos de este “western” fantasmagórico y fúnebre; de ahí también el ritmo lento, majestuosamente dilatado —por dispersión narrativa, por reiteración ritualizada de unas mismas situaciones—, de lánguidos y tristes “blues”, que se corresponde fielmente con la admirable partitura de Bob Dylan. Es el “western” que, antes de ser definitivamente desarbolado y arrinconado, se viste can sus mejores ropajes para despedirse; es el “western” moribundo, el punto final, el acta de defunción. Por eso, PAT GARRETT & BILLY THE KID es, para mí, uno de los films más conmovedores, más acongojantes y más lúcidos que existen, y por eso es un film extraño y desconcertante. Este desconcierto, esta frustración que lógicamente suele provocar PAT GARRETT & BILLY THE KID provienen, en primer lugar, de que —cosa rara en el género— no existe narración, ni casi acción, y muy poca verosimilitud naturalista (dentro del restringido campo que tiene el naturalismo en el “western”). Aquí todo es comentario, reflexión, mito, en una palabra, forma. Este altísimo grado de formalización que puede apreciarse en el último Peckinpah obedece, precisamente, a que del “western” lo único que perviven son las formas, los signos, los iconogramas (algunos de gran potencia: “iglesia, patíbulo, bandera americana”, “niños columpiándose en la horca del patíbulo que se erige para Billy a la sombra de la bandera”). Cada plano posee una singular y desgarradora belleza, con en color aún más “antiguo”, más físico y desgastado que el de MAJOR DUNDEE o LA PANDILLA SALVAJE (debido al genial fotógrafo inglés John Coquillon), y su acumulación pausada y monótona (sin dar a este calificativo su habitual sentido peyorativo) no hace progresar la acción, sino que amontona patéticos testimonios de la decadencia y desintegración de los bunches, de la traición, del abandono, de la soledad, de la violencia insensata y absurda, de la aterradora tristeza de la muerte (de cada muerte, que anula, abre un vacío, asola, pero sobre todo las de L. Q. Jones, Slim Pickens, Jack Elam, Kris Kristofferson), de la amarga ironía que encierra el tener que matar o morir, de la ciega y omnipresente amenaza de los esbirros de Chisum, de la más total desolación que todo lo corroe (el amor de Billy y María, la mirada final de Rita Coolidge, el viejo que sigue hablando solo; Billy que cae asesinado por Pat, quien luego defiende su cadáver y lo vela en la mecedora-columpio del porche hasta que, al amanecer, se aleja solo y vacío mientras los niños le tiran piedras). Es un film no sólo ajeno, sino incluso contrario a toda trepidación espectacular (sobre todo vacía, como la de LA FUGA, 1972), más cercano, por tanto, a la cansada melancolía de JUNIOR BONNER, pero conservando aún las ruinas del vigor de LA PANDILLA SALVAJE: toda la película es como el final de LA PANDILLA SALVAJE, desde la llegada de Deke Thornton al escenario de la matanza hasta que se levanta del polvoriento suelo para irse con el viejo Sykes a luchar por una nueva causa, sólo que en PAT GARRETT & BILLY THE KID ya no queda ni siquiera la alternativa de irse a México (Billy encuentra a Paco —Emilio Fernández, el Mapache de LA PANDILLA SALVAJE— torturado hasta morir, y desiste de cruzar le frontera del Río Grande). Por eso es que la película parece irse desangrando poco a poco, haciéndose cada vez más severa, taciturna, grave, pesimista, desesperada. Las muertes no son “impresionantes” (LOS PERROS DE PAJA, 1971) ni “divertidas” (LA FUGA), sino terriblemente tristes y dolorosas: canción “Knockin’ on Heaven’s Door” (por Dylan) mientras L. Q. Jones agoniza lentamente, acribillado por Coburn, y Slim Pickens, herido de muerte, se aleja (comienza a llover) hacia el fondo del plano, a morir en el río, perplejo, con una sonrisa para su mujer (Katy Jurado), que llora; Jack Elam y Kris Kristofferson desafiándose contra su voluntad, obligados por las circunstancias, sabiendo el primero que va a morir, y el segundo que lo va a matar; etc. Esta melancolía explica también que Pat Garrett, sumido en la indignidad, conserve aún un resto de dignidad herida que le hace despreciar a sus colegas (“Este país está envejeciendo y yo envejeceré con él”, aclara al detective Poe, para mantener las distancias), y que, en el fondo, sea más afortunado Billy, que muere amado por María, y cuando aún le queda algo de confianza en la amistad, que Pat Garrett, cuyo horizonte, al cerrarse el film, queda reducido a esperar que le llegue a él la muerte, porque ya nada justifica su supervivencia.

POST-SCRIPTUM

Por falta de mucho más espacio, no se abordan en este comentario varias cuestiones de indudable interés que suscita la visión de PAT GARRETT & BILLY THE KID, y entre las que cabría mencionar, someramente, las siguientes:

a) El uso del “ralentí” (cámara lenta) en todos sus films posteriores a MAJOR DUNDEE —aunque es muy probable que en sus telefilms anteriores recurriese ya a este discutible procedimiento— ha oscilado entre lo aparentemente funcional y significativo —LA PANDILLA SALVAJE— y lo puramente arbitrario y fumista —JUNIOR BONNER— o efectista —LA FUGA—, pasando por lo rutinariamente sistemático —LOS PERROS DE PAJA—, pero no cabe duda que su adhesión a un procedimiento tan exterior y obvio, al igual que la “split-screen” (división de pantalla o pantalla múltiple) de LA BALADA DEL DESIERTO, al no ser jamás imprescindible —y sí en cambio, con frecuencia innecesario y pleonástico— su empleo revela en Peckinpah una falta de confianza, de seguridad y de rigor inimaginables en Ford, Hawks o Walsh, e incluso en Ray, Mann o Boetticher, y constituyan, por tanto, el síntoma de una limitación o de una falta de madurez que PISTOLEROS DEL ATARDECER, pese a ciertos movimientos de cámara o cambios de plano demasiado evidentemente significantes, no permitía temer. Sin embargo, y aunque —pare mí— sigan sobrando los “ralentí” de PAT GARRETT & BILLY THE KID son más discretos y, sobre todo, están mejor integrados en la absoluta estilización del film que en cualquiera de las ocasiones precedentes.

b) El tratamiento absolutamente legendario y mitológico conferido por Peckinpah a su narración de hechos históricos pero inciertos tiene un claro precedente en lo que Nicholas Ray trató de hacer —y sólo consiguió en parte, a causa de la productora, que insistía en dar al film el enfoque opuesto— en THE TRUE STORY OF JESSE JAMES (1957).

c) En estrecha relación con el punto anterior está al hecho de que, por vez primera en el cine americano, Billy the Kid no sea ni un héroe del tipo Robin Hood, ni un villano, ni un neurótico, sino más bien, a despecho de la edad que puede aparentar Kris Kristofferson —pero no de la que suele atribuírsele al Billy histórico—, de un adolescente enquistado un hombre que no ha sabido y/o querido dejar de ser un adolescente, y que —en consecuencia— es a la vez tímido y agresivo, introvertido y exhibicionista, ingenuo y desesperado, violento y suave, irreflexivo y cauteloso, imprudente y cobarde, irresponsable y víctima de un complejo de culpabilidad, sexualmente ambivalente (Garrett, las prostitutas mexicanas, la banda, María) hasta cierto punto, lúcido e inconsciente, cínico e idealista (nunca matará a Garrett porque es —o fue— amigo suyo), retador y sumiso, rebelde y conformista; inestable en suma y emocionalmente desequilibrado, sin duda, pero no a causa de condiciones sociológico-familiares ni psiquiátricas, sino más bien enraizadas en su falta de madurez y en la época histórica que le ha tocado vivir: como Arthur Rimbaud, Georg Trakl, Paul Verlaine, Piotr Tchaikovski, Ludwig II de Baviera, Jesse James, etc., Billy the Kid fue un romántico tardío, y no siendo rey, ni artista, ni pirata, ni general, ni un revolucionario, halló en el bandidaje y en el pistolerismo su forma de vida y de expresión.

d) Las relaciones de simetría y complementariedad mencionadas en la crítica entre los dos personajes quedan de manifiesto, más que en ningún otro film de Peckinpah, en PAT GARRETT & BILLY THE KID, no sólo temáticamente (por orden de Chisum, Billy fue la ley, persiguiendo a Garrett; ahora es Garrett quien, convertido en sheriff de Chisum, persigue a Billy), sino también visualmente: tras asesinar a Billy —sin darle una oportunidad, con la frialdad y falta de entusiasmo de un ejecutor o de en verdugo profesional—, Garrett dispara contra su propia imagen reflejada en un espejo: este acto es, a la vez, una tentativa de cegarse a la desagradable realidad (no verse como el asesino de su amigo), una forma de rechazar su propia imagen (la del pistolero que fue y ya no quiere ser) y su pasado (del que tanto Billy como lo que ve reflejado en el espejo forman parte), y una especie de suicidio metafórico.

e) Valdría la pena estudiar a fondo la similitud existente entre lo que hace Peckinpah en este film con el “western” tradicional y lo que hace Bob Dylan en la banda de sonido del mismo con la música “folk” tradicional, así como la perfecta adecuación entre dicha música —tal vez el más importante L. P. de música moderna desde “Sergeant Pepper’s Lonelyhearts Club Band” de The Beatles— y el montaje basado en los tiempos muertos que Peckinpah —como Godard en SIN ALIENTO, 1959— ha empleado en el film.

f) El misterioso personaje —Alias— interpretado por Bob Dylan no precisa de más explicaciones para su ubicua pasividad que el hecho de ser reconocido como Dylan por la mayor parte de los espectadores, y que su función —sugerida por el oficio del linotipista de un periódico, que deja su pueblo para seguir a Billy the Kid— de testigo queda patente en su música y sus canciones.

g) La aparición de Peckinpah, en los minutos inmediatamente anteriores a la muerte de Billy, resulta muy significativa, ya que se limita a decirle a Garrett, con una mezcla de desprecio, comprensión y compasión fatalista, al ver qua llega al refugio de Billy y que va a matarle: “Por fin lo conseguiste, ¿eh, Garrett? Anda, ve y acaba de una vez”.

En "Ojo al Cine" nº2, 1975

lunes, 29 de mayo de 2023

Despedida a Sam Peckinpah

No sé si habrá sido así

pero quiero

imaginar tu entierro

como en un western de John Ford o alguno de los tuyos:

a contraluz

siluetas oscuras recortándose sobre el horizonte

un atardecer

en la cima de un promontorio

on top of Peckinpah Mountain

tu tierra natal

ahora lecho tumbal

de Madera County (California)


No sé si habrán cantado para ti otra vez

por última vez

Las Golondrinas (Adiós, adiós)

ni si te habrán despedido como hubieras querido

(tú tan dado siempre a los adioses hasta luegos hasta siempres)

pero así lo espero y lo deseo


Los que en todo caso no estuvimos allí

ni supimos a tiempo de tu muerte

sino a toro pasado a toro muerto

– como siempre, demasiado tarde –

queremos a distancia despedirte

despedirnos de ti

decirte poco a poco

adiós

con un vaso de ron Bermúdez

a falta de tequila y whiskey de Kentucky

escuchando la música de Grupo Salvaje

cantando para ti (aunque sea mal) Las Golondrinas

oyendo una vez más la melodía que escribió Bob Dylan

para tu Billy

o la amistosa queja de John Stewart en Durango

y brindando por Pat Garrett y Billy the Kid

Pike Bishop y Deke Thornton

Ben Tyreen y Amos Dundee

Gil Westrum y Steve Judd

y también ¿cómo no? el explorador Sam Potts y el viejo Sykes

Lyle y Tector Gorch o Arthur y O. W. Hadley – confederados –

Cable Hogue y Hildy, Bennie y Elita, Ace y Elvira y Junior Bonner

Doc y Carol McCoy, el reverendo Joshua Duncan Sloane

y el solitario mayor Scott, Buck Roan, Alamosa Bill, el sheriff Baker

y su presentida viuda, Paco, Pete Maxwell, Rolf Steiner y el sargento

Gómez, Teresa María Santiago, y otra Teresa, y otra más

y Elsa Knudsen, y otra Elsa distinta, y Aurora, María, Malinche, Amy

la enfermera, el juez Tolliver, los rapaces hermanos Hammond, Tim Ryan y

Aesop, Sierra Charriba, Riago, Linda, Mapache, Jimmy Lee Benteen

y tantos otros – “buenos” o “malos” – que nunca olvidaremos


Te recuerdo hace quince años casi

en el puerto de San Sebastián, comiendo sardinas con whiskey

y hablando de tu gente.

O precipitando el destino de Billy el Niño susurrando unas palabras

a Pat Garrett: “Termina de una vez”. Era de noche.


Te hiciste viejo

sin dejar de ser niño

y quizá por eso ofendió tu inocencia

tu violencia de niño

tu falta de pretextos


Ahora estás – supongo que insolente – Knock-

Knockin’ on Heaven’s Door

allí te esperan ya

muchos amigos:

Strother Martin, Warren Oates, Ben Johnson, R. G. Armstrong

John Davis Chandler (si no reapareció), Slim Pickens, Chill Wills

Paul Fix, Paco Reyguerra, William Holden, Robert Ryan, Edmond O’Brien

Steve McQueen, Al Lettieri, Joel McCrea, Robert Webber, Gig Young,

Helmut Dantine, James Mason…

qué se yo cuánto más…

No estarás solo, no…

parece como si a tu paso la muerte acelerase su trabajo

así que pronto

seguramente se reunirán contigo

los más inverosímiles supervivientes, como El Indio Fernández:

estás bien acompañado

y es seguro que todos acabaremos antes o después por esos pagos


Tú que quisiste seguir sin éxito el consejo

de otro asesinado por la vida – Nicholas Ray – y buscaste tu refugio

sin cesar

en la Frontera

y luego al Sur

y más y más al Sur del Río Grande

y luego en cualquier tiempo y cualquier parte, más cerca y más lejos

y no pudiste encontrar

ni la Frontera (borrada, perdida, traicionada u olvidada)

ni el refugio deseado

ni en México ni en las mujeres

ni en el alcohol ni en el cine

cabalgas ahora con el corazón parado

sin saberlo

completamente solo

hacia el refugio final


Ya nadie marcará tus pasos

criticará tus muertes y tu obra

mutilará tus imágenes

cortará el hilo de tu relato

apuntará a tu cabeza

ni tratará de confinarte en la reserva que según él corresponde

al indio que a medias siempre fuiste


Avanza con tu grupo, contigo tu wild bunch y tus fantasmas.

Ya no nos preguntaremos más

A dónde irá

veloz y fatigada

la golondrina que de aquí se va…

Esta vez sí lo encontrarás


Dicen que a todo llegaste demasiado tarde

– cuando el cine americano y el western tocaban al ocaso –

pero ahora te has adelantado

has llegado antes de tiempo

a la Región Dormida

quizá porque te hartaste de esperar en vano

de tanta mezquindad y corrupción

de tanto obstáculo

y preferiste dar el grito de marcha definitivo

el Let’s go! final


So goodbye, Sam, goodbye, we’ll drink to you someday.


Poema inédito (6 de enero de 1985)

viernes, 26 de mayo de 2023

Bring Me the Head of Alfredo Garcia (Sam Peckinpah, 1974)

Film «sucio» y delirante, rabioso y desequilibrado como pocos, no podía agradar ni al público acomodaticio, ni a los «enterados» que dejaba en fuera de juego, ni a una crítica que —salvo excepciones— se ha revelado incapaz de participar en una obra, que, además de reivindicar el caos, podría esgrimir como mascarón de proa el desafiante brindis con que Blaise Cendrars prendía la mecha de su novela Rhum: «Yo dedico esta vida aventurera de Jean Galmot a los jóvenes de hoy, cansados de la literatura, para demostrarles que una novela puede ser también un acto.» Incluso un acto suicida, agregaría Peckinpah, más cerca de Albert Camus y de su admirado Sartre que de Hemingway, de su tocayo Fuller que de su ídolo Huston.

Lo más curioso es que pocas veces se ha visto una película que sea hasta ese extremo un autorretrato de su autor, que dé tan intensamente la doble imagen —interior y exterior— de un hombre inconfundible: sólo Peckinpah —argumento y guión, dirección, producción incluso— podía imaginar, tramar y filmar así esta pesadilla brutal y desesperanzada, sin salida, que parece, por lo demás, un paso lógico, tras la muerte —¿y definitivo abandono?— del western que supuso, el año anterior, Pat Garrett & Billy the Kid: ya ni en su querido México puede hallar el último refugio, el paraíso perdido, la frontera que él y sus criaturas necesitan para respirar con libertad. Queda muy claro —foto fija en sepia del comienzo— que el México de The Wild Bunch pertenece al pasado; el resto de la película probará que es ya, también, un Edén corrompido: No hay frontera. Y pese a que Bring Me the Head of Alfredo Garcia es, con la ayuda de Warren Oates —ojos pequeños y vivos, huraños, tal vez asustados, ocultos tras gafas negras—, como el autorretrato que pintó Van Gogh el verano de 1887 (con sombrero de fieltro) o, más aún, como el ataque de locura que le impulsó a cortarse una oreja, el 25 de diciembre de 1888, hasta los más rígidos practicantes de la politique des auteurs han conseguido espantarle sus posibles espectadores, lo mismo tachándola de rutinaria e impersonal que arguyendo, una vez más, que su autor se repite. Atribuyéndole intenciones nada probables, han  llegado a decir que se autoparodia, olvidando que «el barroco es aquel estilo que deliberadamente agota (o quiere agotar) sus posibilidades y que linda con su propia caricatura», como dijo Borges en el prólogo a la edición de 1954 de su Historia Universal de la Infamialibro en el que tendría cabida, como tantas de Fuller, esta película de Peckinpah; y es que esos argumentos tienden a contribuir al rechazo de una obra demasiado heterodoxa, incómoda e inoportuna, que tiene la osadía de no ser «artística», ni «seria», ni «consciente» y de ni siquiera —el colmo de la desvergüenza— estar «bien hecha», pese a que Peckinpah ha demostrado con creces y repetidamente su savoir faire. Tamaña desfachatez, sea perversión o afán de provocar, había de ser castigada: fracaso comercial, peroratas moralizantes a derecha e izquierda, escándalo… Pero desde aquí escucho todavía las carcajadas sardónicas de Samuel David, tan poco interesado porque le crean un aplicado funcionario como porque le confundan con el exquisito Stanley (IBM) Kubrick, el taxidermista A. V. McLaglen, el trascendental Frank Perry, el sutil Mike Nichols y otros coquetos burócratas de Hollywood o Pinewood: Peckinpah se va a Durango o a México, D. F., enrola en su pandilla al cámara Alex Phillips Jr. y a las gentiles Isela Vega y Janine Maldonado, convoca a los hoscos Oates y Kristofferson, al malencarado Robert Webber, al ominoso suave Gig Young, al quisquilloso «Indio» Fernández, y se echa pendiente abajo, con el nihilismo combativo por bandera y la anarquía inspirada como método. Y eso es lo que revienta: que Peckinpah no pase por el aro y haga de toda madera fuego; ¿qué le importa a él, que no es constructor ni agente inmobiliario, que el material sea pobre, sucio o feo, que la pared esté descascarillada y el piso ceda, que la casa sea inhóspita y destartalada? La cabeza podrida y pasto de las moscas, el camastro deshecho, el tugurio de mala muerte, la absurda carnicería, la violación de sepultura, el padre inquisidor…; toda la cochambre familiar a escritores tan poco «recomendables» como Luis-Ferdinand Céline, Francis Careo, el salvaje León Bloy, Carlos Fuentes. Un relato alucinante de traición, amor, locura y muerte que no disgustaría a Horacio Quiroga, contado a bandazos, sin brújula pero con furia, pasión, instinto y lirismo. Un film sin brillo, sin orden ni concierto pero palpitante, fragoso, vivo aunque moribundo, agónico pero tajante, insensato, sin fe ni esperanza, tan radical en sus opciones como en sus rechazos. Cuento de buhonero que hace pensar en Flannery O'Connor, William Faulkner, Poe, Shakespeare, Rimbaud, Lautréamont, Malcolm Lowry, Blaise Cendrars. La América que pintó el gran novelista suizo en L'Or sobrevivió desplazándose sin cesar hacia el Oeste, a pesar del tajo de la guerra de secesión, hasta 1913 (muerte de Pike Bishop y los restos del Grupo salvaje) o 1915 (fusilamiento de Joe Hill). La Frontera desciende al México insurgente, donde la revolución permanente (aún no institucionalizada) coexiste en armonía con la naturaleza indómita; el inicio de Quiero la cabeza de Alfredo García suscita la imagen de esos tiempos, pronto disipada por los aviones y autos en que se ponen en marcha los mercenarios: la acción transcurre en 1974 y el western da paso al film negro, para luego virar al gothic horror y, finalmente, desbordar los géneros de un discurso formalmente inconexo, híbrido e hiriente, pero tan claro como elocuente. ¿Qué importa que sea un film deliberadamente caótico, que refleja y expresa el caos como pura sensación física, contado a salto de mata, con lagunas y simas irregularmente distribuidas? Si admitimos la improvisación como creación en el jazz, ¿por qué vedarle al cine esa libertad de invención expresiva? Sobre todo si se trata de un cine fundamentalmente de personajes, tan sólo marginal o residualmente narrativo, como el de Peckinpah cuando se siente implicado de verdad. No debe cegarnos el mito del clasicismo como perfección ortodoxa y transparente, porque lo clásico, como norma, genera lo académico, y no hay que confundir ambos términos (Wyler no es clásico; Ford o Vidor, sí); cabe, además, practicar o defender un cine opaco, fragmentario, astillado, disperso, más atento a la vibración, al golpe, al surco torcido o truncado que a la invisible y teórica «línea recta» que suele tomarse por la distancia más corta entre dos puntos (Hawks): depende de dónde estén los puntos; a veces puede ser más revelador o interesante el rodeo que el atajo, el sendero de cabras que la autopista, el terreno montañoso que el llano, sin olvidar que no sólo cuenta la distancia, que también la velocidad o el impulso, los obstáculos o el esfuerzo tienen importancia.

«Nadie pierde siempre», dice Bennie (Oates), pero se equivoca: él sí, y acabará por reconocerlo quijotescamente, puesto que todo está perdido y no queda más salida que la muerte, a ella se encamina por su propio pie para hacer de lo inevitable una decisión voluntaria, aunque ya sin justificación alguna —a diferencia del Grupo salvaje—, convertido en suicida sin causa: con motivos, pero sin una causa en la que creer, por la que luchar o morir, salvo la última e íntima de preservar de la invasora corrupción ambiental, si no su vida, puesto que ya no es posible, al menos el sentido que la muerte le confiere.

Publicado en el nº 12 de Casablanca (diciembre de 1981)

miércoles, 24 de mayo de 2023

Pat Garrett & Billy the Kid (Sam Peckinpah, 1973)

Todos conocéis la historia (o la leyenda); sabéis que Billy va a ser muerto por su antiguo mentor y compañero Pat Garrett, ahora convertido en sheriff. Nadie acude a esta película, pues, a averiguar qué pasó; atrae la idea de asistir, una vez más, como a un rito, a la confrontación mítica de dos visiones divergentes de la supervivencia. Es más el cómo que el qué lo que nos interesa; no es el acontecimiento en sí lo que importa ya, sino su representación, pues queremos descubrir el sentido profundo —no las motivaciones— de la muerte de Billy a manos de Garrett, y la interpretación de Peckinpah nos atañe más que ninguna otra, dado que la amistad tradicional es un tema que le obsesiona (Ride the High Country, Major Dundee, The Wild Bunch). No hay intriga ni «suspense», y Peckinpah no intenta crearlo, pues sería ilógico con un relato cuyo fin y principio son del dominio público. Ni siquiera es una película propiamente narrativa: un argumento tan sabido no precisa entrar en detalles; sobran —por dudosas o innecesarias— las explicaciones, la continuidad, la presentación de los protagonistas. Peckinpah las omite y pasa a exponer limpiamente, desde la primera secuencia, las cartas que va a jugar: un Garrett cansado, vendido a Chisum, sin convicción, con vergüenza y melancolía, trata de disculparse («Es como si los tiempos hubiesen… cambiado»), y Billy, sin reflexionar, con reflejo de adolescente que se niega a aceptar el peso de la realidad y el paso de los años, reafirma su desafío («Los tiempos, tal vez…, pero yo no»). En el fondo, se trata del combate entre dos opciones subjetivas, porque la situación objetiva de Pat y Billy no es tan diferente: ambos, lo reconozcan o no, son supervivientes, desplazados y acosados, y llevan las de perder, porque su hora ha quedado atrás. Y han de destruirse, porque se conocen fraternalmente, porque la existencia del otro constituye un reproche y un recordatorio de la falsedad o insinceridad de su propia postura, porque el más «realista» de los dos ha sido infiel a sí mismo: ha de morir uno, siempre el que se ha resignado menos y, por preservar su autenticidad, se ha convertido en un anacronismo; claro que el otro, en el fondo, morirá también, al menos como persona, si no logra renacer de sus cenizas haciendo suya una nueva causa (como Deke Thornton-Robert Ryan al cierre de Grupo salvaje.) Este drama universal no es privativo del cine —Nido de nobles, de Turgeniev; El reto, de Chejov; El gatopardo, de Lampedusa; The Unvanquished y Flags in the Dust, de Faulkner, lo tratan a su manera— ni del western, pero ha encontrado en este género un terreno propicio, de Duelo al sol y La pradera sin ley, de King Vidor, o Río Rojo, de Hawks, a Centauros del desierto y El hombre que mató a Liberty Valance, de Ford, pasando por Yumade Fuller; Hombre del Oeste, de Anthony Mann, y Una trompeta lejana, de Walsh. Pero esta semejanza no sólo demuestra la importancia que tiene el tema para Peckinpah, sino que sirve para resaltar las divergencias que existen entre películas tan claramente emparentadas. Si, en general, el conflicto entre los protagonistas opuestos y complementarios es un reflejo de la situación de guerra civil que atraviesa el país o el territorio en el que evolucionan, en Pat Garrett & Billy the Kid Peckinpah ha despojado el film de todo drama que no sea el enunciado por el título, de modo que su sentido queda más al desnudo que nunca, ya que no son causas externas las que ponen fin a la trayectoria de Billy, sino su propia actitud vital y el rechazo de la alternativa que Pat representa. Se podrá decir, claro, que todo eso estaba ya —tal vez con una resonancia más vasta y compleja (Grupo salvaje y Major Dundee), de forma más discreta (La balada de Cable Hogue) o clásica (Duelo en la alta sierra)— en films anteriores, pero creo que en esos más y menos reside la novedad esencial de Pat Garrett & Billy the Kid: en que este último «western» es ya otra cosa, algo así como la disolución del western, el último coletazo y el estertor agónico —ya disgregado, descarnado, desangrado— del género; de ahí el barroquismo de las composiciones, los juegos de luces al alba y al ocaso y de sombra que cae sobre el color y el paisaje —nubarrones, lluvia suave, árboles retorcidos, llanuras rojas, madera reseca y paredes desconchadas— que dominan los planos exageradamente anchos de este western fantasmagórico y fúnebre, de muerte y desolación; de ahí también el ritmo lento y ceremonioso, aunque entrecortado, majestuosamente dilatado por la dispersión narrativa y la reiteración ritual de las situaciones, como de lánguidos y tristes blues, del que se hace fielmente eco la magistral partitura de Bob Dylan. Es como si el western, antes de ser definitivamente arrinconado y convertido en despojos, se vistiese con sus mejores galas para despedirse, ya moribundo pero aún palpitante. Es el punto final, el acta de defunción; por eso Pat Garrett & Billy the Kid es para mí una de las películas más conmovedoras, acongojantes y lúcidas que se han hecho, la que prefiero de Peckinpah, la que más me emociona de los años 70. Admiración y entusiasmo que pocos comparten, porque Pat Garrett & Billy the Kid es también una obra desconcertante, frustrante por su propia naturaleza: no existe narración, ni casi acción, y muy poca verosimilitud; todo es comentario, reflexión, mito; en una palabra, forma, porque del western lo único que pervive ya son las formas, los signos, la imaginería. Cada plano posee una singular y desgarrada belleza, y su acumulación sucesiva y pausada no hace progresar el relato, sino que amontona patéticos testimonios sobre la decadencia y desintegración de las pandillas, la traición y el abandono, la soledad y la rendición, la violencia insensata y absurda, la aterradora tristeza de cada muerte —que anula, siega, abre un vacío, asola: recordad las de L. Q. Jones, Slim Pickens, Jack Elam, Kris Kristofferson, e imaginad, por su partida solitaria mientras los niños le tiran piedras, la de James Coburn— y la pérdida de sentido de la misma supervivencia.

Publicado en el nº 12 de Casablanca (diciembre de 1981)