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lunes, 13 de julio de 2026

“Recibe la gabarra con flores empapada”



Recibe la gabarra con flores empapada

a la velada novia intimidada

que llega de blanco

en procesión (largo velo al viento)

junto al novio

por las calles del pueblo hasta los muelles

donde atracan un viejo y un chaval

que se apresuran con forzada sonrisa

en dar la bienvenida

a la recién casada

conmovedora torpeza afectuosa

tímida confusión de matelots.


Río abajo

a la desembocadura

bordean la tentación

que asoma a la borda y la seduce

con su atractiva distancia bulliciosa.


Bajo las aguas

intenta recobrar su imagen

y verla nuevamente reflejada

así cambia de rumbo por buscarla

bucea en la ciudad

y la rescata.


Ya se aleja la barca río arriba

río abajo la gabarra pasa

por el agua

ya suena el acordeón de nuevo

la risa cristalina

el ronco ronroneo paternal de un revoltoso viejo

tatoué clochard fluvial

y un pícaro aprendiz cero en conducta

de tunante de río y una pareja que al fin

se ve como tal

mutuamente reflejada

en el agua en las lágrimas en los abiertos ojos

o con los ojos cerrados

pues no dejan ya de mirarse

atónitos de dicha

ojiabiertos de tanta felicidad

tanto amor

tanto río

adelante y tanta libertad

para surcar noche y día

a la ventura

aventureros a bordo de todas las edades

y para todos los sueños

los viajes más lejanos

y las islas

de los mares del sur y del Caribe

del África ecuatorial

o Mozambique

sueños de acordeón

elásticos y vibrantes.

Inédito (escrito en los 70 o en los 80)

miércoles, 5 de junio de 2024

Jean Vigo : tres horas que conmovieron al cine

Pocos cineastas han tenido una repercusión sobre su arte comparable a la de Jean Vigo. Menos aún son los que han dejado huella tan profunda y duradera en tan poco tiempo (1930-34), y es todavía más raro que lo lograse con sólo cuatro películas, cuya duración global apenas rebasa las tres horas. Quizá influyera en su impacto una confluencia de hechos que se produjeron durante esos años (la revelación del cine soviético, la madurez del mudo, la irrupción del sonido, el surrealismo, el triunfo del Frente Popular en Francia) y que cristalizaron en una filmografía tan breve y convulsa como su propia vida. Pero lo que ni siquiera ese cúmulo de circunstancias explica es la vigencia y la fuerza que conserva hoy día esta obra breve y marginal, en su momento tan "maldita" como su autor.

Lo cierto es que ya su primera realización, el mediometraje À propos de Nice (1930), aunque no tuvo ningún eco ni distribución, tendría que haber caído como un meteorito en el cine francés de la transición del silencio al sonido. Presentado, más que como un documental objetivo, con la fórmula point de vue documenté (punto de vista documentado), sin duda para indicar el carácter personal, inevitablemente subjetivo, de su visión de la realidad, al tiempo que recordaba que era ésta, y no la fantasía, su punto de partida, este film ha sido luego víctima de múltiples y quizá deliberados malentendidos, que tienden indebidamente a relacionarlo con varias otras muestras de documentalismo más o menos "social" a la par que estéticamente ambicioso, es decir, estilizado o elaborado, desde Kino-Glaz (Cine-ojo, 1924) y Chelovek's kino apparatom (El hombre de la cámara, 1924), de Dziga Vertov (nombre artístico que encubría al presunto hermano del fotógrafo de Vigo, Boris Kaufman), hasta Menschen am Sonntag (Gente del domingo, 1929), de Robert Siodmak & Edgar G. Ulmer, pasando por Berlin, die Sinfonie der Großstadt (1927), de Walter Ruttmann, cuando se trata de un objeto aún hoy lo bastante original e insólito como para llamar la atención y causar no poco desconcierto, pero que en 1930, cuando la vanguardia cinematográfica bordeaba el academicismo y la vulgarización del experimentalismo, pasó curiosamente desapercibido, sin que se le diese importancia -y entonces tal vez desmedida- hasta después de la muerte de Vigo. Ahora, con la perspectiva que da el tiempo transcurrido, se puede apreciar que, junto a algunas piezas auténticamente audaces y provocadoras, por diferentes conceptos y desde posiciones incluso encontradas, como el Napoleon (Napoleón, 1927), de Abel Gance, Un chien andalou (Un perro andaluz, 1928) y L'Age d'Or (La edad de oro, 1930), de Luis Buñuel, La Chute de la Maison Usher (La caída de la casa Usher, 1928), de Jean Epstein o La Torture par l'Espérance (1928), de Gaston Modot, abundaron las películas sólo parcial, teórica o pretendidamente d'avantgarde, surrealistas o "poéticas", como las primeras de René Clair, Jean Mitry, Man Ray, Alberto Cavalcanti..., o que casi se confundían con el Film d'Art, como las de Marcel L'Herbier, Germaine Dulac o la primera de Jean Cocteau, Le Sang d'un poete (La sangre de un poeta, 1930). El único punto común entre todas estas obras, logradas o fallidas, afectadas o sinceras, espontáneas o falsificadas, era un alto grado de pretensión cultural y plástica, un carácter deliberada y ostensiblemente elitista, selecto y minoritario. Ahí radica la principal diferencia entre todos estos "innovadores" y Jean Vigo, quien tenía la misma vocación popular que los variados antecedentes, probablemente inconscientes, que hoy podemos encontrarle: los franceses Georges Méliès, Louis Lumière, Louis Feuillade, Léonce Perret, Max Linder y Jean Renoir, los norteamericanos D. W. Griffith, Erich von Stroheim, Thomas Harper Ince y sus colaboradores, Cecil B. DeMille, Allan Dwan, John Emerson y otros pilares de la Triangle, Mack Sennett, Charlie Chaplin, Buster Keaton y, en general, todo el cine cómico mudo que hoy conocemos englobado -a pesar de las diferencias existentes entre Ben Turpin y Harold Lloyd, entre Larry Semon y Harry Langdon, entre Fatty Arbuckle y Charlie Chase- como slapstick, Stan Laurel & Oliver Hardy, los hermanos Marx y, probablemente, los melodramas de Frank Borzage y King Vidor, así como los soviéticos Vertov, Eisenstein, Dovjenko, Pudovkin y, sobre todo, Boris Barnet y la experiencia del FEKS, encabezada por Kuleshov..., e insisto en que sin constancia de que Vigo estuviese al corriente del trabajo de estos cineastas.

Porque no se puede presentar a Jean Vigo como un erudito del cine, que no lo era, aunque dirigiese en Niza un cine-club en el que presentó obras independientes y de vanguardia, pero hay que tener en cuenta que el cine iba desarrollándose a partir de sus propias conquistas, y que su historia era lo bastante breve y reciente como para que un buen aficionado pudiese abarcar todavía en su memoria de espectador la mayor parte del camino recorrido. La posición de Vigo sería comparable a la de otros cineastas posteriores que, sin planteamientos teóricos, y sin apenas innovar realmente, tuvieron un efecto revolucionario y una influencia enorme, es decir, Orson Welles en 1941 con Citizen Kane (Ciudadano Kane) y Jean-Luc Godard en 1959 con À bout de souffle (Al final de la escapada), precisamente por sintetizar sus primeras obras elementos hasta entonces dispersos y olvidados o en desuso, con lo que las combinaciones resultantes, en conjunto, se antojaban algo radicalmente nuevo, y daban una segunda vida a procedimientos anticuados o pasados de moda, que muchos espectadores no conocían y otros no recordaban, y que, entremezclados, producían un efecto totalmente distinto. Esta labor de síntesis o recapitulación, si se hace con verdadera imaginación creadora, que es lo que sucedió con Vigo, Welles o Godard, pese a que sus mejores obras, sus aportaciones más personales y auténticamente renovadoras sean siempre posteriores a la primera -la más famosa o la que provoca mayor revuelo-, es decir, aquéllas en las que el propio autor pega el salto que ha preparado con esa revisión -intuitiva, no sistemática, en buena medida producto de la ignorancia- de la historia del cine que ha efectuado previamente.

En el caso de Vigo, es evidente un proceso de selección, producto más de afinidades electivas que de una reflexión teórica, que le lleva a descartar una parte de la historia y alimentarse de otra, quizá la peor considerada por los críticos y los intelectuales, la de menos pretensiones, la más dinámica, la que sabe establecer una comunicación intensa con el espectador sin tener que recurrir a fórmulas como el expresionismo o el impresionismo, y demostrando de paso la compatibilidad entre las dos tendencias básicas en que se ha bifurcado artificialmente el cine: la "fotográfica", objetiva, neutral y realista, documental y no narrativa (Lumière), y la "teatral", subjetivista, fantástica y manipuladora, de ficción y progresivamente interesada por la construcción dramática del relato y la estilización de las imágenes (Méliès).

La particularidad de À propos de Nice, como luego de Zéro de conduite (1933) y de L'Atalante (1934), consiste en su falta de pedantería y pretenciosidad: lo que pueda tener en común con las "vanguardias" se debe, más que nada, a que estaba "en el ambiente", y a Vigo le había entrado por los poros, o por los ojos, no a un deliberado propósito intelectual, ni el afán de épater o de pasar por "moderno". El corazón de Vigo estaba en hora, sincronizado con los tiempos y con los movimientos más avanzados de su época, tanto artísticos como sociales. Por eso, su audacia es impremeditada, cuestión de carácter, de humor, de sentimientos, de simpatías, cuando no pura y simplemente de la presión de las circunstancias de tiempo y dinero, y de salud también, en que realizó su brevísima obra. Si hay sintonía, por ejemplo, entre Buñuel y Vigo es porque, cada uno por su cuenta, expresa directamente, con franqueza, y si es preciso con humor y hasta descaro, lo que piensa y siente en cada momento: ninguno de los dos tenía pelos en la lengua, y de ahí precisamente surgieron los conflictos, las censuras y prohibiciones, las protestas del público, la incomprensión, su involuntario carácter de banderas que unos agitaban a favor y otros en contra, en medio de un ambiente de crispación y polémica que hoy puede resultar sorprendente y no fácilmente comprensible. Del mismo modo, si Vigo parece reencarnarse, quince o veinte años después, en la también fulgurante obra de Nicholas Ray, se debe más al estado febril en que unas y otras películas fueron creadas que a la influencia del cineasta francés en el americano.

À propos de Nice es un trabajo de amateur, de aficionado principiante, no excesivamente ordenado o riguroso y -aunque contenga elementos que se desarrollarían en Zéro de conduite y, sobre todo, en L'Atalante- insuficientemente logrado como para que justifique la importancia de su autor. El cortometraje Taris, ou la natation (1931) es tan interesante como puede serlo un cortometraje de encargo; hoy puede verse con curiosidad y benevolencia porque lleva la firma de Vigo, no por su (escaso) valor intrínseco. Aunque ya Zéro de conduite sea una película maravillosa, a la vez conmovedora y divertidísima, llena de ideas e imágenes inolvidables, tampoco puede decirse que técnicamente se acerque a la perfección. La verdad es que Vigo no tuvo tiempo de aprender el "oficio", por lo que hasta L'Atalante, su único largometraje y su indudable obra maestra, para muchos una de las más grandiosas, influyentes y emocionantes películas de toda la Historia del Cine, puede considerarse todavía como la labor de un aprendiz de cineasta, dotado, claro está, de un singular genio visual y dramático, y de un espíritu de libertad que se encuentra en la raíz de la mayor parte de sus hallazgos, producto casi siempre de la intuición y la necesidad, de la falta de medios y de tiempo, de la imposibilidad de rodar algunas escenas o algunos planos o de repetir las tomas. En eso se anticipó un cuarto de siglo a la Nouvelle Vague, y por ello su influjo se hace sentir intensamente en cada nueva oleada de cineastas que hace su aparición, hasta tal punto que cabe decir, sin temor a exagerar demasiado, que lo más valioso del cine francés hecho después de 1934 se sitúa bajo el signo de Jean Vigo.

En Dezine nº 2 (diciembre de 1990).

lunes, 22 de abril de 2024

Zéro de conduite : jeunes diables au collège (Jean Vigo, 1933)

En realidad, el puesto en la Historia del Cine de Jean Vigo descansa en las dos últimas películas que hizo, el mediometraje Zéro de conduite y el largo L'Atalante. Son dos obras sencillas y directas, que establecen de inmediato una relación emocional con el espectador, por lo que sus faltas de continuidad no entorpecen en lo más mínimo, al menos hoy, su comprensión. Y hago esta salvedad cronológica porque no fue así, sorprendentemente, en su momento: quizá Vigo se adelantaba demasiado a su tiempo como para que le siguieran, pues no cabe explicar de otro modo la ceguera, los malentendidos y las deformaciones que saludaron las escasas y no muy concurridas proyecciones públicas de estas dos películas, cuyas principales virtudes -aliento poético, originalidad, libertad narrativa, talento para la presentación de los personajes y para la dirección de actores, ritmo, belleza visual- resultan en la actualidad tan evidentes que ni se discuten. Por supuesto, hay ciertas "imperfecciones" de ambas, explicables por las condiciones de rodaje -premura, escasez de medios- a las que nos han habituado el neorrealismo y, sobre todo, la nueva ola francesa, por lo que hoy resulta menos llamativo, al menos desde un punto de vista negativo, el carácter de "inacabadas" que tienen, y es más fácil que los espectadores rellenen por su cuenta, sin protestar ni pedir explicaciones, las "lagunas" del relato, no siempre producto de elipsis deliberadas, sino más bien de que muchos planos no llegaron a rodarse o, al no quedar bien y ser imposible repetirlos, fueron suprimidos del montaje; incluso fue preciso prescindir de escenas enteras, previstas en el guión. Ahora bien, en modo alguno pueden considerarse como películas incomprensibles o difíciles de seguir, y tampoco creo que pueda decirse que es mala o excesivamente oscura su fotografía. Tampoco parece lógico, por otra parte, que en 1933-34 la crítica se hubiese acostumbrado tanto a la meticulosa y funcional continuidad narrativa del cine americano, ni a su perfecto y lujoso acabado industrial como para que algunas deficiencias de iluminación, sonido, montaje o dicción supusieran una barrera infranqueable para la mayoría de los espectadores, ni que la situación hubiese cambiado tanto en ese sentido como para que ya en 1945 se saludase casi unánimemente estas películas como dos de las cumbres del cine francés..., aunque cabe preguntarse si, de haber sido Vigo español, danés, belga o incluso italiano o inglés, se acordaría alguien de su existencia.

Zéro de conduite es una historia enormemente personal, parte extraída por Vigo de sus recuerdos de seis o siete años pasados en dos sucesivos internados. Los principales personajes son caricaturas o idealizaciones de seres reales; entre los chicos, tres de los más destacados llevan los nombres de sus amigos (Caussat, Colin, etc.), y el cuarto, que cobra una importancia decisiva en el último tercio de la película, parece una síntesis de sus compañeros, menor que él, y del propio cineasta (Tabard, que no sería excesivo tomar por un anagrama de Batard, bastardo si se recuerda que el padre de Vigo trocó su apellido por el de Almereyda, molestándose en explicar que procede de "il y a merde", es decir, "hay mierda"). Pero, lejos de ser una agresiva emanación del rencor acumulado por Vigo en sus años escolares, como se dijo en la época, Zéro de conduite es una película rebelde y entusiasta, que se complace menos en describir la penosa situación de los niños cautivos en el internado -la monótona y escasa comida cuartelera, el sadismo o el excesivo reglamentarismo de guardianes y profesores, la ignorancia de éstos y su propensión a imponer la autoridad de la que carecen mediante castigos, la falta de libertad y el aburrimiento- que su astucia, su camaradería, sus travesuras y su triunfal revuelta final. Los profesores están tratados con humorismo caricaturesco, no como villanos, y resultan con frecuencia más que antipáticos, patéticamente grotescos; los niños, en cambio, están contemplados como tales -no como símbolos o representantes de los oprimidos-, sin olvidar en ningún momento su proclividad a la fantasía, y con una generosidad que les hace menos crueles y más solidarios de lo que suelen ser, y que fomenta en el espectador cualquier tendencia reprimida que pueda conservar a compartir la complicidad que Vigo establece con ellos desde el primer momento. En el fondo, es una película que no puede estar demasiado lejos de la que hubieran hecho los propios internos de haber sabido cómo rodarla, incluso en aspectos que revelan en su autor una tendencia a jugar y divertirse haciendo cine que, desde luego, debió contribuir no poco a que ni los árbitros de la cultura ni los profesionales del cine quisieran tomarse muy en serio Zéro de conduite y tardasen tanto en darse cuenta de la novedad que suponía. Pero creo que es precisamente esa proximidad de Vigo con sus personajes la que hace -a diferencia de lo que sucede en À propos de Nice y en Taris ou la natation, y precisamente, en cambio, como en L'Atalante- tan emotiva y exaltante, tan contagiosamente divertida la película: sin que en ningún momento utilice imágenes subjetivas, voces interiores ni formas narrativas en primera persona, sin que siquiera haya un protagonista único en el que centrar nuestro interés y con el que identificarnos, tendemos a solidarizarnos -sin duda, porque de ahí parte Vigo, y es su punto de vista, a fin de cuentas, el que con excepcional fuerza nos transmite Zéro de conduite- con los niños en general, y en menor medida con aquellos adultos que, como el profesor Huguet (Jean Dasté), se sienten más próximos a los alumnos y tienen un comportamiento más alocado o despistado, más impulsivo y espontáneo, más sentimental y soñador, más "infantil". Buena prueba de ello es el delicioso paseo de este maestro y sus discípulos, que por fin se sienten libres y pueden actuar sin precauciones, y del que quien en realidad se "escapa" es precisamente el guía, más interesado por seguir los pasos de una atractiva mujer que por conservar el rumbo de la expedición o hacer guardar la compostura y la disciplina de los chicos, que de hecho acaban por reunirse con él o que, cuando Huguet "se pierde" en persecución de unas faldas -que resultan ser las de una sotana-, le siguen dócilmente y al ritmo de carrera que su deseo por la mujer impone al insólito profesor.


Sospecho que esta actitud de complicidad sistemática con los que desobedecen o burlan a los representantes del orden establecido, y además se mofan de la huera palabrería y de la solemnidad con que rodean su autoridad, con los rebeldes y los perseguidos, esta "compasión" bien entendida y desprovista de ternurismo o superioridad, es la que resultó escandalosa e inquietante para los censores franceses y quienes recomendasen o reclamasen su intervención, porque se veía muy claramente de qué lado estaba Vigo, de qué parte se ponía, y en cambio ellos se sentían directamente atacados o ridiculizados por una película que, por tratar sobre niños, podría atraer a los más jóvenes y supondría un pésimo ejemplo, una llamada a la resistencia e incluso a la algarada festiva y jubilosamente revolucionaria. Con lo que, a poco que sintiesen la menor inclinación a establecer paralelismos, leer mensajes cifrados, generalizar más de la cuenta y ver amenazas a su posición privilegiada, tendencias a las que los censores son paranoicamente propensos, Zéro de conduite acabaría por antojárseles un panfleto comunista o anarquista, de un alcance mucho mayor que el de la escuela..., para este síntoma de manía persecutoria encontrarían, además, un buen punto de apoyo en la escena final, que concluye con la victoria de los rebeldes sobre una embajada de gala de las "fuerzas vivas": el Prefecto, la policía, los bomberos, el clero son ignominiosamente bombardeados desde el tejado, junto con la dirección y el claustro del internado, por los niños amotinados, mientras Huguet asiste divertido a la batalla, con una pasividad que evidencia no sólo que nada teme de sus muchachos, sino que no está dispuesto a cerrar filas con sus colegas ni a mover un dedo en defensa de los adultos, los hipócritas, los manipuladores, los opresores y los aburridos, porque se siente cómplice, en el fondo, de los pequeños. Y quizá tampoco resultase simpática la irreverente actitud de Vigo con respecto al cine, el arte o la cultura, puesta de manifiesto no ya en lo que cuenta Zéro de conduite, ni por las enseñanzas que de la película se derivan, sino en el propio estilo con que está fotografiada y montada, es decir, en su descarada libertad, su alegre despreocupación, su desprecio por las normas y las convenciones, sus piruetas estilísticas, su falta de formalidad, su ironía y su desfachatez, su vitalidad iconoclasta y su lenguaje directo y desgarrado. Por eso consideraron que Vigo no era un buen chico, y le dieron un cero en conducta.

En Dezine nº 2 (diciembre de 1990)