viernes, 3 de julio de 2026

La aldea maldita (Florián Rey, 1929)

La primera La aldea maldita -pues el propio Florián Rey dirigió una versión sonora en 1942, mucho menos famosa, pero que yo, por lo menos, encuentro todavía más interesante- es hoy, sin el menor género de dudas, la más célebre de las películas mudas realizadas en España.

No es que causara sensación cuando por fin se estrenó en Madrid, un año después de terminada, hace hoy exactamente 66 años y cuatro días. No sé a ciencia cierta si es español o importado el refrán que advierte que "Nadie es profeta en su tierra", pero sospecho que debe ser de nuestra propia cosecha, porque La aldea maldita se exhibió antes y con mejor acogida en París que en España. Cierto que se empezó a rodar, como película muda, cuando hacía ya un par de años que se sabía de la existencia del cine sonoro y del éxito que el nuevo procedimiento técnico había cosechado en Estados Unidos, y estaba a punto de imponerse en los países cinematográficamente más avanzados, aunque no llegase a hacerse ninguna película sonora francesa hasta 1930.

A pesar de ello, lo cierto es que La aldea maldita suponía una ruptura en el cine español del momento, y como tal, al menos, debiera haberse apreciado. Pasaron bastantes años hasta que, hace ya mucho, fuese consagrada por Don Carlos Fernández Cuenca como la "obra cumbre de Florián Rey y del cine silencioso español", y hoy sigue siendo la más célebre de cuantas se rodaron en ese periodo en nuestro país.

Esto revela, aparte de la conocida tendencia a dar por buenos los juicios previos, sobre todo si los han "santificado" el tiempo y esa razón tan sospechosa que es la unanimidad, lo poco que se conoce actualmente en España, y prácticamente desde la misma llegada del sonido, el cine mudo nacional; como desde entonces, y no digamos tras la guerra civil, estas películas desaparecieron de la circulación comercial, y la mayoría se destruyeron -la guerra, los incendios que han sufrido casi todos los laboratorios, la inexistencia hasta 1953 de una Filmoteca, la persecución legal de los nitratos, la posibilidad de usar los rollos de película "inservibles" para hacer peines o para extraer la plata-, quedan hoy muy pocas, que nunca se programan en la televisión, que no se editan en vídeo, y que sólo de tarde en tarde, y las pocas que se van restaurando, se proyectan en la Filmoteca, o excepcionalmente en algún festival.

Digo esto porque, entre las pocas de las que se conservan en estado más o menos completo, no pienso que La aldea maldita sea la mejor película muda española; de las que conozco, al menos dos me parecen notablemente superiores, con el mérito adicional de ser más antiguas: por unos meses El sexto sentido, de Nemesio Martín Sobrevila, por doce años El golfo, de José de Togores. Será casualidad, pero conviene precisar que son también dos películas que apenas fueron vistas en su época, a las que nadie hizo caso y de las que nadie se acuerda, y que, en consecuencia, pocos valoran en nuestro país, pero que han sorprendido muy gratamente a todos los expertos extranjeros que han llegado a verlas en los últimos años. Pero es sabido que la época del cine más olvidada es la muda, y que el cine nacional importante que peor conocemos y menos apreciamos en este país es precisamente el nuestro.

Hay que admitir que el cine español no ha estado nunca entre los más avanzados, pese a que no tardase mucho en llegar a nuestro país el invento de los hermanos Lumière. Esto, me dirán, sigue sucediendo; no lo creo, pero era cierto durante el periodo mudo, en el que llevábamos un atraso estético y narrativo de unos diez años ya en 1915, que se fue ensanchando a medida que esta forma de cine se aproximaba a su brusco y prematuro final, impuesto por la técnica y la moda, más que por razones estéticas.

Casi todas las películas mudas españolas que he podido ver tienen más metraje de rótulos que de imágenes, y estas parecen a menudo estampitas estáticas y rígidas, que ilustran lo que los letreros nos han contado. De ahí que suelan ser más bien pesadas y aburridas, más largas y lentas de lo común en cada fecha. Pero no se alarmen: entre las contadas excepciones, siquiera relativas, está La aldea maldita de 1929.

No es la única, ni a mi juicio la más lograda, como ya he dicho; tampoco es, a mi entender, la obra suprema de su autor: de lo que conozco de Florián Rey encuentro mucho mejores sus películas sonoras, en particular Morena Clara. Pero, hechas estas salvedades, se trata de una película sumamente interesante, bastante original, y que todavía conserva ciertas bellezas y sustenta determinadas virtudes.

La primera, hoy quizá la más llamativa y vigente, es una cierta sobriedad, un acentuado aire de realismo. Rasgos que chocan en una película argumentalmente tan melodramática como esta. Incluso los letreros son mucho menos largos y frecuentes de lo que todavía por estos pagos era habitual, pese a que Murnau en 1924 hubiese prescindido de ellos en varias de sus últimas películas alemanas y en las primeras que realizó en Hollywood.

La segunda, quizá más de esperar para quien conozca la filmografía de Florián Rey, es un notable sentido de la composición y el encuadre, que dotan de fuerza y ritmo a sus imágenes, incluso en los momentos más solemnes, y a pesar de una cierta propensión al hieratismo.

La tercera tiene mucho que ver con las anteriores: la sobriedad de los intérpretes, que es, por supuesto, relativa; hay que situarla dentro de la mímica y el lenguaje corporal del cine mudo, y específicamente del español. El caso es que los actores no gesticulan como solían. Ese afán de sobriedad linda a veces con la inexpresividad, y explica en parte ese hieratismo que antes mencioné.

Aunque muy célebre, es una película que apenas se ha visto -y en no muy buena copia- entre 1936 y 1986, fecha en que la Filmoteca Española procedió a restaurarla y añadirle una partitura escrita especialmente por José Nieto. A mí, personalmente, no me parece una de sus mejores composiciones para el cine, pero es la que se ha incorporado a las únicas copias decentes hoy en circulación.

Para terminar ya con esta presentación, y dar paso a la película, que es lo verdaderamente importante, quiero aclarar que La aldea maldita es una película muy interesante y de visión obligada para todo español que se interese por el cine. Si he insistido en que no es -al menos para mí- una obra maestra, ni tampoco una de esas películas que a los cinco minutos nos hacen olvidar su edad, porque siguen frescas y plenamente vigentes, es porque creo que no se debe coaccionar al público con el prestigio de lo que no ha visto, y porque para poder apreciarla hay que contemplarla con una actitud distinta de la que se adopta habitualmente cuando se ve cine por la televisión o se acude a una sala a presenciar un estreno reciente.

Es como una de esas ancianas arrugadas, pero con el porte digno y cierta viveza en la mirada, de las que uno se dice "De joven debió ser muy guapa", y con las que hay que ser tolerantes y tener un poco de paciencia, porque, aunque nos cuente una historia muy melodramática, que hoy puede parecemos trasnochada, creo que refleja problemas que en su época tenían vigencia, y que todavía la conservaban, en forma residual, hasta hace no tanto tiempo, en muchos rincones de España.


Quizá no sea ocioso, a este respecto, explicar un poco el origen de La aldea maldita, porque tiene mucho que ver con esta provincia de Segovia. Parece que la idea inicial se le ocurrió a Rey en 1925, mientras rodaba los exteriores de Los chicos de la escuela en Pedraza de la Sierra, cuya población era entonces de 500 habitantes, cifra a la que había quedado reducida desde 15.000, como consecuencia de la sequía y las heladas. Era el éxodo forzoso del pueblo lo que le interesaba a Florián Rey, y lo demás fue probablemente un pretexto dramático, una infructuosa apoyatura comercial.

Escribió el guión en seis días y, tras reunir con Pedro Larrañaga, el actor principal del film, las 22.000 pesetas que costó hacerla, rodó todos los exteriores en Pedraza, incluso las escenas nocturnas. Parcialmente sonorizada en París, fue allí donde se estrenó, con elogios de la crítica y una aceptable carrera comercial. En cambio, en España no puede decirse que despertase inicialmente gran entusiasmo: como ya dije, no se estrenó hasta el 8 de diciembre de 1930, y no en una sala de primera categoría, lo que ayudó a que pasase sin pena ni gloria, o con más pena que gloria.

Pese a esa fría acogida, insisto en que no es lo mismo verla ahora que hace 66 años. Si no recuerdo mal, yo la vi por primera vez en 1964, cuando era ya muy antigua, pero yo tenía 16 años, y era para mí, en cierto sentido, una nueva. Hoy es otra película, y seguramente habrá cambiado de nuevo cuando vuelva a verla dentro de 20 años, porque las películas no sólo preservan grabadas en sus imágenes cosas y personas, sino que tienen una dimensión viva, y envejecen paralelamente a nosotros. Por eso a veces una película muy vieja recobra un frescor que había perdido, mientras que otras, una vez caducadas, se marchitan y mueren. Y de las películas mudas españolas La aldea maldita es una de las que siguen presentes.

Texto preparatorio para una presentación de la película en Segovia (12 de diciembre de 1996).

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