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lunes, 8 de junio de 2026

El negro que tenía el alma blanca (Benito Perojo, 1927)

Los orígenes del cine musical: "El negro que tenía el alma blanca / Le Danseur de Jazz" (1927) de Benito Perojo

Miguel Marías (presentación)


Les confesaré que no he tenido nunca ganas de leer la novela de Alberto Insúa en que se basa esta película, y que la película misma, a pesar de sus indudables valores, tampoco me incita a buscarla, ya que, como tantas veces ha sucedido en el cine, no son precisamente los argumentos los que hacen grandes las películas, sino su tratamiento, a menudo transformador en extremo, que es el que las convierte en obras cinematográficas. Ya, para empezar, el propio título es un poco inquietante, con cierto aroma bienintencionado que a mí me hace acordarme de “Angelitos Negros”, aquella canción de Antonio Machín (escrita por Eloy Blanco y Álvarez Maciste, hoy quizá olvidada y tal vez hasta proscrita como incorrecta) en la que se decía “Aunque la virgen sea blanca/Píntame angelitos negros/Que también se van al cielo/Todos los negritos buenos/Pintor si pintas con amor/Por qué desprecias su color/Si sabes que en el cielo/También los quiere Dios”. Con todo, no deja de intrigarme que sólo siete años después, en 1934, el propio Benito Perojo la rehiciese, ya como película plenamente sonora, lo que indica que algo de esta historia le afectaba o interesaba por algún motivo. Desgraciadamente, no es posible comprobar si algo, y qué, había cambiado en esos años, aparte del sonido, porque, según todos los indicios, y como sucede con la mayor parte del cine español rodado entre 1931 y 1939, no se ha conservado.

A los que tenemos ya una cierta edad, e íbamos al cine entre los años 50 y los primeros 70, el nombre de Benito Perojo nos era muy familiar, porque figuraba a la cabecera de muchas películas, no siempre de aire prometedor, a menudo muy comerciales y a veces muy populares, entre las que abundaban las que podrían considerarse “españoladas”, aunque de vez en cuando también presentase alguna película de mayor ambición y riesgo. Pero conocíamos a Perojo meramente, o sobre todo, como un productor, función que desempeñó entre 1931 y 1971, e ignorábamos, probablemente, que era uno de los pioneros del cine español, en el que desempeñó prácticamente todos los oficios y desde fechas tan tempranas como Allan Dwan, Charles Chaplin, Raoul Walsh o John Ford. Nacido en 1894, como Ford o Jean Renoir, y fallecido en 1974, de 1914 a 1918 fue brevemente actor, a veces representando a un personaje cómico llamado “Peladilla”. Desde 1914 fue guionista y hasta 1950 también director, entre 1914 y 1931 fue montador de algunas de sus propias películas. Aunque buena parte de las 52 que dirigió están perdidas, lo que puede verse de su obra, casi solamente en filmotecas, muy raramente en la televisión, indican que fue un director importante, tanto en el mudo como ya en los años 30 y 40.

Su versión de La verbena de la Paloma, en 1935, es probablemente –con Morena Clara (1936) de Florián Rey– la mejor de las películas de la Segunda República que han sobrevivido. Pero son también notables Malvaloca (1927), La condesa María (1928), La bodega (1930), Marianela (1940), Goyescas (1942), La casta Susana (1944) o Yo no soy la Mata Hari (1950). Curiosamente, fue de los primeros que se embarcaron en coproducciones, varias con Francia muy pronto, luego con Alemania, después de la Guerra Civil en la Argentina, por lo que a veces surgen dudas acerca de la nacionalidad de su obra: a menudo rodadas en Francia y con técnicos de ese país, o en Argentina pero con intérpretes o temas españoles, o a veces aquí, pero con algún actor argentino.

Como yo creo que en el cine lo que aparece en la pantalla es y debe y suele ser algo deliberado, o como poco tolerado, no puedo creerme que sea una casualidad inadvertida que la primera imagen de su protagonista estelar, Conchita Piquer, nos la muestre de forma nada “glamourosa”, sucia, mal vestida, despeinada y con la cara totalmente tiznada de negro, lo que en Hollywood denominaban una “blackface” cuando los personajes “de color” eran interpretados por blancos con la cara maquillada de negro, práctica en aquellos tiempos (véase la afamada “primera película sonora”, El cantor de jazz de Alan Crosland, con Al Johnson) muy común, como lo era en el Japón que actores varones encarnasen a los personajes femeninos. Naturalmente, se trataba de una molesta falsificación, casi siempre bastante perceptible, y discriminatoria para aspirantes a esos papeles meramente por ser negros o mujeres, que es lo que exigían. No estoy seguro, pero pienso que hay un comentario irónico por parte de Perojo para con la inexplicable especie de “alergia” instantánea que, incluso muy a su pesar, siente el personaje de Emma Cortadell en cuanto ve que es negro el que va a ser su pareja de baile, un famosísimo “Peter Wald”, que, por cierto, interpreta Raymond de Sarka, un infrecuente actor francés (más bien aficionado, pues sólo salió en cuatro películas, y casi siempre sin acreditar), que seguramente Perojo había vislumbrado en L’Âge d’Or (1930) de Buñuel, donde llama la atención por su estatura y porte distinguido, pero que visiblemente es lo que, con tan poco precisión como “negro”, “amarillo” o “pielrroja”, llamamos “blanco”. Denominaciones, por lo demás, cargadas de connotaciones: lo blanco sugiere automáticamente asociaciones más bien positivas, como pureza, limpieza, inocencia, la nieve, la claridad, los vestidos de novia (en Occidente), apenas encuentro como negativas expresiones como “quedarse en blanco” en un examen o ponerse blanco de impresión o de un susto, mientras que lo negro parece unido a la oscuridad, el luto, la ceguera, lo sucio, el miedo, la mala suerte, lo aciago, el pesimismo y qué sé yo qué más, casi siempre malo o al menos ominoso (la noche). No dando la película la menor indicación acerca de un posible trauma biográfico de Emma (y Conchita Piquer tenía 21 años y estaba muy cuidada por su padre viudo) ni de que conociese anteriormente a ningún negro, sólo cabe deducir que eran esas connotaciones las que despiertan en ella una rara inquietud en cuanto ve al famoso bailarín por el que espera ser contratada como corista y lo es de inmediato como pareja de danza. No se trata, en absoluto, de un racismo ideológico, y además Peter Wald es educadísimo y amable a más no poder, estupendo bailarín, muy rico y generoso, además de respetuoso en extremo, totalmente irreprochable, y Emma llega a quererle aunque se siente incapaz de casarse con él cuando el bailarín, con el que baila todas las noches, pide su mano al padre, con la aprobación de Don Mucio, sin embargo preocupado por la especie de fobia de Emma. Cuando finalmente, tras acceder, se revela incapaz de casarse con él, “Peter Wald”, aquejado de tisis, se muere de desesperación y tristeza, porque su “enfermedad” es incurable, el color de su piel, una capa de un milímetro de espesor que no puede cambiar, Emma le atiende y acompaña durante su lenta agonía.

Se ha planteado alguna vez, un tanto de pasada, si no habrá una cierta dosis de sadismo por parte de los autores de historias melodramáticas o folletinescas, que por razones quizá en parte comerciales, pero tal vez en algún caso psíquicas personales, a menudo acumulan desdichas, desgracias, desengaños, frustraciones y tragedias en sus pobres protagonistas, apoyándose en el dicho “las desgracias nunca vienen solas”, o las inventan aunque sean gratuitas y sin explicación plausible posible, quizá para suscitar compasión y conmover al público lector, teatral y cinematográfico.

Texto preparatorio para la presentación de la película en la Fundación Juan March (3 de diciembre de 2021)

viernes, 8 de mayo de 2026

Luis Buñuel, Pérez Galdós, "Tristana" y… Toledo


Como supongo que no sabrán, llevo escribiendo –mentalmente y también literalmente, primero con máquina de escribir antigua, luego con una portátil eléctrica y otra electrónica, y más tarde en varios ordenadores– un libro sobre el cineasta Luis Buñuel desde, más o menos, 1969. No es que yo sea muy lento, más bien al contrario, pero sería exagerado pretender, cuando lo termine, que he pasado 55 años de mi vida escribiéndolo. Pretendo, además, que no sea excesivamente largo, aunque bien cierta es la paradoja de que ser breve exige más tiempo (y esfuerzo) que ser largo y tendido, e incluso extendido. Pero, aunque parezca increíble, escribir un libro concreto puede ser algo bastante accidentado.

Para empezar, sobre Buñuel se han escrito verdaderas montañas de libros, artículos y hasta documentales más o menos fantasiosos. Es, sin duda, con Chaplin, Eisenstein, John Ford, Hitchcock y Godard, y pocos más, uno de los cineastas sobre los cuales hay más abundante literatura. Que haya mucha, sin embargo, no garantiza su calidad y, mucho menos, que uno, al leerlos, vaya a estar de acuerdo. A mí me pasó algo aún más grave. Como en España prácticamente no se vio –con dos excepciones– su cine, me encontré, al irlas viendo casi todas fuera, y las restantes a partir de 1976, con que no encontraba ni reconocía en ellas prácticamente nada de lo que había leído sobre casi cada una y sobre Don Luis en general. Y eso fue precisamente lo que me impulsó tempranamente a plantearme un libro sobre “mi” Buñuel, que a nadie le importaría pero a mí sí, y mucho.

Cuando Buñuel murió, en 1983, llevaba escritas, en “versión revisada y definitiva” –creía yo– las primeras 65 páginas del libro. A mi presunto editor le entraron prisas por aprovechar la actualidad generada por la noticia y las mil necrológicas, y yo me negué a estar al servicio de la publicidad y la necrofilia: aún me faltaba revisar de nuevo toda su obra, y aclarar mi visión sobre la primera etapa de su carrera (1928-1932) y la última (1964-1977). Así que me quedé sin editor, mientras que la muerte de Buñuel desencadenó una nueva catarata de artículos, homenajes, ciclos y homenajes, y una montaña adicional de libros.

Mis 65 páginas iniciales se traspapelaron (eran tiempos de copia carbón), y encima, ya en el año 2000, llegó el centenario del nacimiento de Buñuel, y con él mil artículos y varios cientos de libros más.

Entre tanto, ya había encontrado tres o cuatro libros sobre Buñuel que, conjuntamente, lo pintaban de modo para mí más preciso y reconocible, o más cercano a mi visión de su cine, con lo que la siempre hipotética y discutible “necesidad” de mi libro se reducía bajo mínimos: ni siquiera a mí me hacía ya mucha falta.

Ha de ser, me temo, cabezonería y tozudez de carácter, rasgos que tradicionalmente se han atribuido a los aragoneses (y hay varios entre mis antepasados) lo que me anima aún hoy a rematarlo, junto a una frase pronunciada por Fritz Lang en la película de Jean-Luc Godard Le Mépris, y que me sonó a un imperativo moral: “Hay que terminar lo que se empieza”. A fin de cuentas, ya que hay mil versiones, ¿qué importa una más?

Supongo innecesario aclarar que Buñuel me parece uno de los más grandes creadores cinematográficos, muy probablemente el mejor con obra en nuestra lengua.

De Don Benito Pérez Galdós, en mis tiempos de estudiante, era imposible acabar el Bachillerato sin haber leído parte (o varias porciones) de su caudalosa obra literaria. Pero también, junto a muchos admiradores que lo tomaban como modelo, ha tenido abundantes detractores, a mi entender muy fuera de lugar en ocasiones: ha circulado mucho una visión de él como provinciano –cuando de los autores de su tiempo pocos eran tan viajeros, conocedores de otras lenguas y cosmopolitas– y “garbancero”. Buñuel era de otra generación y debió leerlo, si acaso, por curiosidad o por gusto, no por obligación escolar, que es algo que casi nunca genera grandes pasiones, salvo negativas. Y, desde luego, aunque de joven se interesaba más por otras cosas, no lo desdeñó nunca, sino que lo adaptó, con mayor o menor fidelidad a la letra, pero bastante al espíritu, en dos de sus películas, Nazarín y Tristana, y en algún otro momento se planteó hacer Doña Perfecta y alguna más. Eso sí, siempre destacó que las que adaptó al cine no le parecían de las novelas más logradas, como tales, de Galdós, sino de las que le interesaba algún personaje o algunas situaciones, Nazarín en esa película y, más que Tristana, Don Lope en la segunda.

Hay que destacar que pese a ser Tristana, como tantas otras de Pérez Galdós, esencialmente madrileña, Buñuel trasladó su acción completamente a Toledo, y ello no sólo porque creyese que sería más fácil rodar aquí que en Madrid, lo cual se va haciendo cada vez más dudoso en todas partes, no sólo por tráfico y elementos arquitectónicos, ornamentales y publicitarios que resultarían anacrónicos, sino porque desde que se trasladó de su Calanda natal y de la Zaragoza de su infancia a Madrid para estudiar en la Residencia de estudiantes, donde conoció a García Lorca, Dalí, Pepín Bello y varios otros amigos juveniles, formó con varios de ellos una “Orden de Toledo” que se venía en vagones de tercera clase a Toledo para pasar los fines de semana, aposentándose en la Posada de la Sangre y frecuentando otros locales de beber y comer en Zocodover y sus cercanías, y ya fuera de la ciudad, la Venta de Aires.

No es Buñuel, a diferencia de otros directores de cine, muy aficionado a usar como modelo referencias pictóricas, que no han solido ser cercanas al Greco sino, más bien, por ser ambos aragoneses, a Goya, que tampoco suele traslucirse en las imágenes de sus películas. Cuando periodistas o críticos extranjeros han creído ver sus ecos en el cine de Buñuel, él solía replicar que si lo decían por la presencia de enanos, era Velázquez el único con el que se le podía asociar, y de los demás sólo reconocía posibles recuerdos inconscientes, casi nunca deliberados, de cosas que, claro, conocía.

Hay que reconocer que sólo una porción minoritaria de la obra de Buñuel es española, al menos oficialmente, y que no fue, como se decía en mis tiempos, “profeta en su tierra”. Donde más logró trabajar fue en México, y después en Francia. En España, que a mi entender con un concepto acaparador del patriotismo últimamente se ha querido considerar española Un Chien Andalou con el pretexto de que se financió en parte con un dinero que le dio a Buñuel su madre, rodó parte de ese corto, su primera creación cinematográfica, y parte de L’Âge d’Or (La edad de oro) en 1930, y parte de Las Hurdes (más conocida como Terre sans pain) en 1932. Un Chien Andalou se vio sobre todo, y desde el principio, en sociedades de filmología, instituciones culturales, cineclubs y filmotecas. Las Hurdes se prohibió gubernamentalmente, aparte de ser, ya en épocas más recientes, acusada de falsedad y considerada ofensiva por las fuerzas vivas y autoridades de las zonas cercanas a la comarca. Volvió a rodar en nuestro país en 1961, con Viridiana; tuvo alguna pega de la censura en el guión, especialmente el final, que Buñuel cambió levemente. Pero el escándalo surgió después, cuando L’Osservatore Romano cargó contra la película y el gobierno de Franco prohibió la película y le retiró la nacionalidad española. Suerte que era coproducción con México y que el negativo estaba allí, o de lo contrario lo hubieran quemado y no existiría. Todo ese barullo acrecentó la fama y la difusión de la película, como suele suceder, e impidió que se estrenase en España hasta la muerte del dictador.

Cuando se volvió a plantear la producción de Tristana y el regreso de Buñuel, nueve años más tarde, fueron los sedicentes “de extrema izquierda” de la época (que no sé cómo serían catalogados, ni siquiera por ellos mismos; algunos se han corrido al otro extremo) los que atacaron a Buñuel y le acusaron de “entreguismo” y de colaborar con el régimen (hoy hubieran dicho que participaba en su “blanqueo” o “blanqueamiento”). Todo ello, claro, antes de que empezara a rodarla y sin leer el guión, por “principio” y sin tener ellos que optar entre esas dos posibilidades.

Aunque al filmar Tristana Buñuel tenía un edad a la que a mí, hoy día, no le consideraría “viejo” (entonces, con 22, me lo parecería), sí es una “gran película de viejo”, como lo eran, desde los 60 del siglo XX, algunas obras tardías, de madurez y resumen, algunas veces testamentarias, de grandes cineastas, casi todos formados durante el periodo mudo y que, cuando lograban que todavía les dejasen dirigir, cosa nada fácil, pues las compañías de seguros, si no tenían un buen éxito de taquilla reciente y gozaban de muy buena salud física, les forzaban a un retiro prematuro y frustrante. Cineastas como Ford o Capra se pasaron muchos años intentando hacer varios proyectos que ansiaban realizar, sin lograrlo. Los que lo consiguieron, a menudo generaron algunas de sus obras mayores, en alguna ocasión incluso una considerada su obra maestra. Eran de muy diverso género, estilo, tonalidad, energía y humor, pero tenían ciertos rasgos en común, como ser muy ricas y complejas bajo una apariencia de simplicidad, serenidad y sabiduría que con frecuencia hacía creer que les había resultado muy fácil hacerla.

Tristana es, creo yo, la primera “película de vejez” de Buñuel, que luego –pese a anunciar varias veces que no haría más– rodó otras tres, la más famosa y premiada, El discreto encanto de la burguesía, la menos conocida y una de las más surrealistas de su filmografía y la para mí mejor de su obra tardía, Ese oscuro objeto del deseo. Un rasgo fundamental de estas películas, claramente de las que hizo con mayor libertad, gracias a productores que parecían ser admiradores suyos a la par que astutos comerciantes: sabían que a esa altura de su vida, a Buñuel se le iba a permitir cualquier cosa, que todos los actores estarían encantados de rodar con él, y que sería un contrasentido si le pusieran trabas los propios financiadores. Era ya tan famoso que sus películas se estrenarían en todos los países, y Buñuel era famoso por rodar rápidamente y con pocos costes, de tal modo que ni sobrepasaba el presupuesto ni excedía el plan de rodaje.

Gracias a esas circunstancias, Buñuel consiguió hacer verdad, en varias ocasiones consecutivas, ese paradójico ideal que representa la fusión de clasicismo y vanguardia, de libertad argumental y claridad narrativa, de eficacia, precisión y misterio. Como primera de esa serie de películas, la más evidente de todas es Tristana, que sin embargo ya anuncia las crecientes libertades que se iba a tomar con ese sorprendente final que parece un imposible rebobinado fulgurante y acelerado de la historia de Tristana, Don Lope y Saturna que acaba de interrumpirse con un final parcial y por ello provisional.

Texto preparatorio para conferencia en el Museo El Greco de Toledo (5 de septiembre de 2024)

miércoles, 13 de diciembre de 2023

Naná (Jean Renoir, 1926)

 


Miguel Marías presenta la película "Naná", en la que Jean Renoir adaptó con gran talento la novela homónima de Zola, protagonizada por una prostituta (Catherine Hessling, esposa del director) durante el Segundo Imperio, recurriendo a ambientes inspirados en las pinturas de Auguste Renoir (padre del director) y de Édouard Manet y ofreciendo una espléndida y frenética escena de can can.

17 de febrero de 2012

Fundación Juan March, Madrid

Federico Fellini


El 6 de noviembre de 2017 tuvo lugar la conferencia de Miguel Marías en los #LunesAlCírculo: «Saltos de la realidad a la fantasía» en la Sala Ramón Gómez de la Serna en relación a «Fellini. Sueño y diseño». Tomando como punto de partida la premisa que contempla al cine como un arte deudor del realismo y de lo fantástico que oscila entre el documento y la ficción, entre la exactitud de la fotografía y la deformación de la realidad, observamos cómo en el cine de Fellini este vaivén adquiere un ritmo frenético capaz de entusiasmar y aturdir de la misma manera al espectador. La relación que Miguel Marías guarda con el cine de Fellini parte de esta ambivalencia para intentar definirse desde la admiración, la desconfianza y el desconcierto.

Lucky Star (Frank Borzage, 1929)


En "Lucky Star - Cineclube de Braga", el 25 de Julio de 2017.

Lecciones de cine. El cine según Helmut Käutner


Conversación entre Christoph Huber, Adriano Aprà, Miguel Marías y Olaf Möller.

En "Il Cinema Ritrovato" (28 de junio de 2017)

Vampyr (Carl Theodor Dreyer, 1932)


Dorogoi tsenoi (Mark Donskoi, 1957)


lunes, 4 de diciembre de 2023

Cinefilia allo stato puro, cinefilia classica in trasformazione e cinefilia new school online

Incontro con Jonathan Rosenbaum, Miguel Marías e Girish Shambu.

Conducono Daniela Persico e Alex Stellino (direttori di Filmidee)

Il Cinema Ritrovato - 26 de junio de 2012

viernes, 26 de mayo de 2023

Charla con Miguel Marías | Cine Club 60 [FICX]


Charla-presentación, con motivo de la proyección de “El Dorado” en Cineclub 60, el día 4 de junio de 2022 en Gijón.