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viernes, 23 de enero de 2026

Humillado y ofendido : la explotación del cine

CUESTIONES MORALES

Durante mucho tiempo, se ha denunciado con insistencia digna de mejor causa que el cine —por mero afán de lucro, por sensacionalismo comercial— se dedicaba a explotar, irresponsable o consciente y deliberadamente, las llamadas "bajas pasiones" del público, al que intentaba atraer a las salas oscuras con el señuelo de mostrarle mujeres desnudas, comportamientos aberrantes, violencias de todo género... o incluso, para algunos moralistas de otro credo, para engatusar a los espectadores con el tentador brillo del capitalismo, hacerles desear los lujos de la sociedad de consumo, o adormecer su conciencia y acallar sus frustraciones con una visión romántica, rosácea y soñadora de la vida, que nada tenía en común, según sus denunciantes, con la dura realidad cotidiana. Para la mayoría, el blanco de estas seducciones —más o menos solapadas por lo general, en ocasiones descarada y provocativamente explícitas— era la infancia y la juventud, es decir, los niños y adolescentes, insuficientemente formados y excesivamente influenciables; otros salvadores —de las almas ajenas o de la patria, que consideraban de su propiedad— iban aún más lejos, y consideraban igualmente deformables e inmaduros a todos los adultos, por lo que no vacilaban en suavizar, alterar, recortar, mutilar o simplemente prohibir cuantas películas ellos consideraban un peligro para la salud mental y moral de los demás.

Vinieron luego otros tiempos —que algunos agoreros alarmistas pretenden ahora que tocan a su fin, que ya se están acabando, con un derrotismo que puede permitir al enemigo alzarse con la victoria— en los que soplaron vientos de tolerancia y apertura, soplados a veces por el dinero que podía producir cierto cine si su exhibición no se topaba con limitaciones de ningún género y arropados en la defensa de los derechos del individuo a las libertades de expresión e información, como emisores y como receptores. Fueron cayendo y desapareciendo las censuras —alguna totalmente, como la española, que había sido de las más "eficaces", severas y paranoicas—, o perdiendo fuerza ejecutiva sus condenas, de modo que en la mayor parte de los países civilizados no existe tal órgano administrativo sino, a lo sumo, una comisión de carácter meramente consultivo, de escaso prestigio y muy limitada vigencia social, a veces corporativa —como en Estados Unidos—, que se limita a aconsejar sobre las edades mínimas que se consideran adecuadas para presenciar determinados espectáculos, sin que el principio de la libertad de mercado permita obligar al portero de un cine a impedir la entrada en la sala al menor que no haga caso de tal recomendación, vaya o no acompañado por su padre o tutor (o por el primer compañero de cola que se preste a ser cómplice de esa picardía, si es que el portero en cuestión es un hueso, y el encargado o dueño del cine le deja seguir ahuyentando clientes por mucho tiempo, lo que parece improbable cuando se ha hecho preciso cazarlos con lazo y darles bocadillos para que entren), siempre que haya pagado la entrada correspondiente. La excusa es siempre proteger a la infancia, aunque se den paradojas como que alguien con edad suficiente para ir a la cárcel, tener NIF y estar obligado a sacarse el DNI y el pasaporte, o a pagar licencia fiscal, no sea en cambio lo bastante mayor como para votar o para ver la película que le apetezca, sin importarle lo que puedan pensar los adultos de ella, o de su propia capacidad para distinguir el bien del mal.

LOS NUEVOS EXPLOTADORES

Pero no es de esta explotación, ni de la —en el fondo semejante— que pueda perpetrar con sus personajes un autor literario o cinematográfico, ni de las violaciones del derecho a la propia imagen en que pueden incurrir quienes ruedan documentales, ni de los sacrificios de animales que puede acarrear la filmación de escenas de cacería, de la que quiero hablar, sino de otra ya tan cotidiana que apenas se repara en ella, y tan intensa que se está perdiendo por completo, a pasos agigantados, hasta la conciencia y la sensibilidad para comprender siquiera en qué consiste el problema, y que constituye uno, de bastante gravedad, y por tanto la capacidad de reacción espontánea —e incluso inducida desde la crítica o los propios autores de películas, cuando éstas les importan algo— por parte de la gran mayoría de los espectadores.

Se trata, sencillamente, de la explotación del cine, especialmente en y por otros medios de difusión, que también forman parte del "sector audiovisual", pero que no tienen —al menos por ahora— la misma capacidad creativa ni tantas aspiraciones artísticas y que, volcados en la distribución y exhibición, tienen una orientación fundamentalmente economicista.

Se dirá que el cine siempre se ha "explotado", recordando que en francés a los exhibidores se les denomina "exploitants", y que para eso se hace, como todos los negocios: para explotarlos, obteniendo el máximo beneficio posible, aprovechando cada ocasión que se presente y pugnando por conseguir las condiciones más ventajosas.

Naturalmente, tampoco se trata de eso, aunque lo que está sucediendo sea una consecuencia de tal proceso, sobre todo donde o cuando no existen controles o, a pesar de que los haya, no se ejercen realmente, con eficacia, ni se aplican con energía los recursos legales preventivos, correctivos o sancionadores que tengan a su alcance, según los casos, y tanto individualmente como a través de asociaciones constituidas o que podrían crearse, los espectadores y usuarios o consumidores, los artistas y técnicos, los derechohabientes, productores y autores, los críticos e informadores, y los funcionarios encargados de velar por el respeto de la integridad de las obras de arte, por los derechos de los autores (y no los simples derechos de autor contantes y sonantes, que son los únicos que hoy parecen importar, y por cobrar los cuales hay gente capaz de todo, y dispuesta a dejarse hacer cualquier indignidad, o a dar su consentimiento y autorización a cualquier tropelía), y por la comercialización en buenas condiciones de los productos.

TIEMPO DE CRISIS

Me refiero a otra cosa, que en el fondo tampoco es nueva, aunque creo que nunca había llegado a extremos como los que hoy son habituales, ni tenía el problema una amplitud tan enorme como ahora, ya que tiene mucho que ver con la situación creada y las peculiares características de esta pintoresca fase que nos está tocando vivir —desde hace unos siete años— de la permanente crisis en que se ha desenvuelto el cine desde su mismísima invención, y de la que se empezó a hablar en tiempos de Lumière y Méliès, para desde entonces no parar de aludirse a ella, con más o menos dramatismo.

En estos últimos años, se ha repetido hasta la saciedad el tópico "truismo" —que no por reiterado deja de ser cierto— de que nunca se ha visto tanto cine —ni tantas imágenes, ni tanta ficción— como ahora, pese a la crisis en que se halla sumido el séptimo arte y, de paso, la industria que, según los casos, vive de él o permite existir a su "vanguardia" y a su "crema" o "élite", a pesar de la escasa o nula rentabilidad económica, por lo menos inmediata y a corto plazo, de sus creaciones. Se puntualiza que no es la creación cinematográfica —aunque esto, siempre relativo, y además muy subjetivo, también habría que verlo— lo que está en crisis, sino meramente su tradicional forma de exhibición —primero exclusiva, luego dominante, ya minoritaria y pronto residual—, es decir, la proyección en salas, y que no es el cine lo que ha dejado de gustar e interesar o se ha pasado de moda, sino el hábito de ir al cine, la costumbre de salir de casa para verlo, pagando una entrada, en compañía de otros espectadores, sentado en silencio y a oscuras. Se aducen múltiples causas, y más o menos sesudas o "sofisticadas", cuando no retorcidas, razones —sociológicas, en ocasiones psicológicas, mucho menos a menudo económicas, casi nunca cinematográficas— que explican tan brusca e inesperada, unánime y generalizada, universal y sincrónica evolución de los gustos y costumbres de los ciudadanos del mundo entero, sin reparar en que casi todas las justificaciones que se dan, si pueden valer para las grandes ciudades, no tienen base suficiente en ciudades menores o hasta capitales de provincia no muy extensas ni pobladas, y resultan incluso contradictorias con la desaparición arrolladora de los cines rurales y de los pueblos aislados. Que el fenómeno se haya presentado desde el primer momento —cuando apenas empezaba en muchos países, entre ellos España— como algo imparable e irreversible, junto a algunos otros síntomas de procedencia muy variada, pero de efectos complementarios, confluyentes o coincidentes —como la desaparición o uniformización conformista de la crítica, por ejemplo, sobre todo en revistas especializadas— debería hacernos sospechar, o al menos inducir a que nos preguntásemos si no habrá habido alguien interesado, y con medios para hacerlo eficazmente, en crear esa impresión de inevitabilidad, simplemente para convencer a los consumidores de que tenían que modificar sus costumbres y facilitar que esos pronósticos —quizá inicialmente sólo suyos, y necesarios como paso previo al logro de sus objetivos— se cumplieran sin gran resistencia, que podía haber supuesto obstáculos o demoras para la ejecución de sus planes.

CONSUMO EN MASA

El caso es que, como todos los implicados repiten sin cesar, se "consumen" —lo cual ya es significativo, antes sólo se veían, se comentaban, se recordaban—, y hasta se graban y guardan en casa, más películas que nunca, y es muy probable que, como promedio, cada espectador vea más horas de ficción audiovisual que en cualquier etapa anterior de la aún breve Historia del Cine —que aún no ha cumplido el siglo—, pero lo cierto es que, por lo general, mayoritariamente, masivamente, tiende a hacerlo en su casa, sentado a solas o con su familia y amigos —pero no con una muchedumbre de desconocidos—, en su aparato de televisión. Unas veces la película se está emitiendo en ese momento, y son sin duda millones los que están viendo lo mismo al unísono; otras se trata de una película ya programada, y grabada en magnetoscopio, o de una vídeocassette alquilada en el vídeo-club más próximo o comprada en unos grandes almacenes (significativamente, no suelen existir establecimientos especializados en la venta de películas grabadas). Salvo en el último caso —que no admite comparación—, ver una película en el propio domicilio resulta hoy no sólo mucho más cómodo, sino además considerablemente más barato que asistir a su proyección en una sala, y en mayor medida según crezca el número de espectadores de la familia o el grupo.

Dado el efecto multiplicador combinado de la novedad —relativa, ya que en el fondo la contemplación individual y sin proyección representa un retorno a los tiempos primitivos del nickelodeón—, del deseo de amortizar la inversión en magnetoscopio y en televisores cada vez con más canales y de pantalla más grande, y de la reciente ampliación de la oferta que ha supuesto la entrada en liza de los canales autonómicos y privados de televisión, la población española se ha convertido en masa y súbitamente a las delicias del hogar, al menos como punto desde el que soñar y evadirse a otras vidas, otros mundos, otros tiempos. Sólo un bombardeo publicitario muy intenso —cuyo coste no está al alcance de todos, por ejemplo de la mayor parte de los que hacen cine en España—, una acogida crítica unánimemente entusiasta —cosa harto infrecuente, y no siempre eficaz— o un acontecimiento "mediático" —como dicen los franceses— de carácter sociológico-cultural pueden sacarle de su cuarto de estar y animarle a coger el coche, buscar dónde dejarlo y pagar por ver una película en un cine.

LA PRIMACIA DEL CINE

Lo curioso es que, como bien saben los responsables de programación de todas las televisiones del mundo, y las sociedades anónimas o públicas que las promueven, financian o sostienen, lo que casi todos los espectadores piden a la televisión es… cine, cine y más cine. Ni siquiera series o telefilms, aunque a falta de otra cosa se conformen y los menos cultivados acaben —ayudados por varios trucos de programación— por confundirlos, sino que se difundan por televisión —y cuanto antes mejor, para "estar al día"— películas hechas para el cine, con medios, actores y técnicos cinematográficos, es decir, en general, más ambiciosas, mejor producidas y realizadas, con más tiempo y cuidado en la preparación, elaboración y acabado, sin contar con que muchos países —entre los que no se cuenta el nuestro— disponen de un patrimonio histórico cinematográfico de incalculable valor y que, debidamente dosificado, puede llenar horas y horas de programación, para alegría de viejos nostálgicos, jóvenes curiosos y hasta indiferentes "a priori" de todas las edades, sin que la fecha sea un obstáculo, si la cosecha es buena, o el film famoso, para que los anunciantes compren espacios publicitarios en terreno añejo.

Y aquí hemos topado con el meollo de la cuestión, o por lo menos con la causa originaria de los malos tratos que recibe el cine en estos nuevos medios, que viven y dependen en gran medida de él y que, para sacarle el jugo o vampirizarlo mejor, lo han expulsado y casi arrancado de su terreno de juego —las salas—, dejándolo casi casi sin otro recurso que rendirse incondicionalmente y venderse como sea —incluso por un plato de judías o 30 monedas— a la televisión y su complemento o extensión, el vídeo, que han pasado de hacerle la competencia al cine a poco menos que fagocitarlo. Porque no es que los programas televisivos hayan conquistado al público, desbancando al cine, ni que la producción videográfica se haya abierto camino a los espectadores, ofreciéndoles algo que no podrían encontrar en las salas de exhibición cinematográfica, sino que ambos medios —que comparten el mismo aparato de visión— se han apoderado del cine de tal modo que las películas se ven más a través de ellos que en los cines, y que muchas personas no paran de ver cine sin poner el pie en una sala.

LAS RELACIONES CINE-TELEVISION

Se dice con frecuencia —aunque con la boca chica— que el cine y la televisión no han de ser enemigos, porque no tienen por qué, y porque a ninguno de los dos le conviene, sino que, por el contrario, pueden y deben colaborar en mutuo beneficio. En teoría, es la pura verdad. En pura lógica, así tendría que ser. En la práctica, sin embargo, tal proclama se convierte en un deseo piadoso, una petición de tregua o de ayuda, o una afirmación hipócrita, cuando no de una muestra de cinismo diplomático, pues lo cierto es que la televisión trata al cine desde una posición de dominio, con la sartén por el mango, como a un pariente pobre —un aristócrata arruinado, venido a menos—, cuando no como a un enemigo derrotado, un antiguo rival al que puede humillar y vejar impunemente, del que tiene derecho a disponer como se le antoje, y con el que comete violaciones y pillajes que a veces parecen inspiradas por un complejo de inferioridad del que a menudo se ve aquejada la televisión frente al cine. El cine es hoy algo parecido a un territorio conquistado por una fuerza de ocupación que para sobrevivir necesita los recursos naturales que el país derrotado tiene y de los que el vencedor carece casi por completo. No puede extrañar, por ello, que algunos —cada vez menos numerosos— productores y cineastas miren con malos ojos, y traten casi como a colaboracionistas, a sus colegas más dispuestos a proclamar alegremente que "el cine ha muerto, viva la televisión" y a trabajar al servicio de este último medio, adaptándose a sus condicionamientos y limitaciones, y hasta camuflando en lo posible su formación y procedencia cinematográfica, para poder pasar por "televisivos puros", o prestando su prestigio y su oficio adquiridos en el cine, para legitimar series televisivas o ese producto híbrido que se llama "telefilm" y que, aunque dure hora y media, cueste como una película o más, y se ruede en soporte químico de 35 mm., no llega a ser cine.

El caso de Twin Peaks no es sino una de las contadas excepciones que confirman la regla, ya que su éxito se debe, fundamentalmente, a que no cumple ninguna de las normas "standard" de las series televisivas —que pueden seguirse "de oídas", sin apenas mirar a la pantalla, y perdiéndose capítulos—, sino que aplica sistemáticamente las del cine clásico de suspense a una materia melodramática tipo Peyton Place, de tal modo que cualquier frase que no se entienda bien, cualquier imagen que uno no vea (por estar haciendo otra cosa o por distracción), se convierte en la pérdida o carencia señalada de un dato o una pista que se percibe como necesaria, tal vez imprescindible, para la comprensión de una ficción de la que importa menos la resolución, el desenlace, que el propio misterio generado por la progresión narrativa, reavivado o reorientado en cada nuevo episodio con la aparición de nuevos indicios o la prolongación o modificación del sentido de otros previamente dados. Con todo, ya que no es totalmente excepcional, un acierto como el de Twin Peaks sirve para recordarnos que también esta pugna encubierta o latente entre cine y televisión podría ser productiva, sobre todo si fuese normalmente una confrontación en términos de igualdad, y si permitiese al cine recuperar posibilidades que tuvo y a las que ha renunciado (seriales, películas de episodios, duraciones breves o, por el contrario, desmedidamente largas para lo que hoy es aceptable), y a la televisión aprovechar la sabiduría narrativa, el control de la imagen y del sonido alcanzados por el cine.

Pero será —y de hecho suele ser, y normalmente tiende a ser— una escaramuza vana e inútil si, como todo parece indicar, la guerra está perdida de antemano, incluso si todavía puede ganarse alguna batalla. Y, puesto que, a pesar de todo, la televisión normalmente supone menos riesgo para los productores —que tienen asegurado hasta un beneficio industrial en función del presupuesto, y que no tienen que poner o aportar fondos propios— y mayores sueldos para técnicos y artistas, y además la promesa de una mayor popularidad para los actores y autores, lo más probable es que la gran mayoría de la gente de cine se pase con armas y bagajes al campo enemigo. En ese momento, es de temer que al cine ya no le queden ni defensores, y que sea pasto de los que parecen dispuestos a hacer con él cualquier cosa, con tal de que dé dinero, sin sentir el menor escrúpulo ni detenerse ante ninguna carnicería. El cine será entonces no sólo, como ya ahora, materia prima y soporte publicitario, sino carne de cañón e incluso, como buena parte de lo que eufemísticamente se llama "material de archivo", un vertedero de desperdicios reciclables, que podrán ser manipulados, coloreados, cortados, doblados, sonorizados, modificados, actualizados, mezclados, retocados y montados a voluntad, incluso caprichosamente y sin motivo alguno, para hacer con ellos videoclips o spots publicitarios (ya nos dieron un adelanto sendos anuncios que no dudaban en servirse de unos planos de Gary Cooper en Tambores Lejanos de Raoul Walsh para anunciar una cuchilla de afeitar, o de unos de Orson Welles para aconsejar algo así como no hacer caso de Citizen Kane, sin mencionar el uso y abuso que se ha hecho de las imágenes de Casablanca; imagínese el lector para lo que pueden emplearse imágenes de películas desconocidas, o no tan fácilmente identificables).

DE MAL EN PEOR

La situación, aun si todavía es o podría ser reversible, es ya bastante grave, y está empeorando a ritmo acelerado desde hace unos meses. Lejos de suponer una mayor competencia, que elevase el nivel de todos los contendientes, lo que ha hecho —por ahora, en el primer asalto— la entrada en juego de las televisiones privadas es intensificar la lucha por el "pastel publicitario", que no es indefinidamente ampliable, sino más bien repartible. Esto ha tendido a igualar la oferta, pero al nivel más bajo y de mínima exigencia, ya que es el de menor costo. Desgraciadamente, esta actitud se traduce en un mayor recurso al cine, y en un peor tratamiento del mismo, como si depender de él en tan gran medida provocase por reacción un rencor vengativo.

Naturalmente, no hay nada tan pasional como eso en juego, sino frío utilitarismo, indiferencia, incluso desprecio. Es el resultado del predominio de una mentalidad que asocia el cine no con arte, sueños, fantasía, ficción, inventiva, belleza, mitos, personajes, historia, sino pura y simplemente con dinero, o, para mayor precisión, con dinero y tiempo, pero advirtiendo que se trata de una concepción del tiempo que nada tiene que ver ni con el curso de la Historia ni con el transcurso de una historia, ni con el pasado que se recuerda o el presente que se dilata por impaciencia o miedo, ni siquiera con el ritmo de la acción, sino que tiene más que ver con el "horror vacui", con la angustia del escritor bloqueado ante la página en blanco: se trata de un hueco que hay que rellenar, de un agujero pendiente de cubrir. Con lo que sea, y como sea, en principio... pero como resulta que lo más barato de lo que hay grandes cantidades disponibles es el cine, se tiende a rellenar con películas, probablemente compradas "al peso" o por metros, es decir, por lotes, lo que significa sin elegir unas y no otras, sino aceptando por fuerza mucha basura o "morralla" a cambio de lograr la que de verdad se desea. Y ésta interesa, fundamentalmente, por su atractivo comercial, según las estadísticas de recaudación en los cines y los sondeos de audiencia en anteriores difusiones televisivas, que es lo que importa a los publicitarios, que indirectamente son los que determinan la programación, mucho más decisivamente que los supuestos encargados de ella en cada cadena. Y ni unos ni otros suelen ser —y más les vale, para ahorrarse sufrimientos y eludir errores sentimentales o guiados por las preferencias personales— aficionados al cine, sino, en el mejor de los casos, personas que consideran el cine como una mercancía que hay que comprar al menor precio posible, y emitir con los menores costes (de doblaje, de tiraje de copias, excepcionalmente de subtitulado, etc.), consiguiendo a cambio el máximo de publicidad. De ahí a ver el cine exclusivamente como si fuese una valla o una página de diario, es decir, un mero soporte publicitario en el que insertar, cuando y como sea, el mayor número de anuncios, no hay más que un paso, que se ha dado ya en casi todo el mundo, y ante el que no han vacilado ni las cadenas de titularidad pública autorizadas estatutariamente a obtener ingresos publicitarios, sin olvidar que todas ellas tienden a hacerse publicidad a sí mismas, es decir, a interrumpir una película para anunciar la del día o la semana siguiente, o cualquier otro de sus programas. La mayoría lo hacen sin el más mínimo reparo, y sin dedicarle tiempo a elegir el momento adecuado —o menos inoportuno y molesto para el telespectador interesado— para insertar el bloque de "spots", porque eso da trabajo y, por tanto, cuesta dinero. Y como no se respeta la obra cinematográfica ni el trabajo de sus creadores, y tampoco se tienen en cuenta los intereses del espectador, al que —a menudo con razón— se tiene por pasivo, más o menos distraído y dispuesto a tragarse lo que le echen —cualquier cosa, en cualquier estado—, lo normal es que se interrumpa al azar de la hora contratada por el anunciante, aunque sea en medio de un plano, de una frase, de un salto, de un paso de baile, de una canción o de un beso. Tampoco se suele tomar en cuenta el contenido de lo que se está emitiendo, por lo que no debe extrañar encontrarse un anuncio de coches rápidos en medio de una película sobre un colosal embotellamiento de carretera ni el de unas líneas aéreas en medio de un film de catástrofes aeronáuticas, pese a que si el contraste es más perjudicial para el "patrocinador" o anunciante que para la película, probablemente será evitado, lo que no sucederá en el caso contrario, es decir, cuando el "spot" daña a la película o contradice su significado.

PICADILLO AUDIOVISUAL

Como consecuencia de este afán rentabilizador, si hay demanda suficiente, una película de noventa minutos podrá ser interrumpida ocho o nueve veces, y hacer perder al espectador —además del hilo de la trama, si lo había cogido— dos horas o más de su vida, obligándole a soportar treinta minutos de publicidad indeseada, que le ocupará cinta de vídeo si deja la película grabándose, y con el riesgo adicional, si no es muy previsor, de quedarse sin el final.

Si a esta tendencia se suma la complementaria, tendente al máximo ahorro, se explica que la calidad del doblaje —y de la propia traducción previa— sea cada día más deplorable, y que esta operación deforme crecientemente las películas que se pasan por televisión, así como el preocupante fenómeno de que ya casi ninguna cadena se preocupe por la integridad temporal ni espacial de las películas que emite, ni, por supuesto, por la calidad de la copia —últimamente se usan vídeos, más baratos y manejables, con lo que la nitidez va en descenso— o por respetar el formato original en que fue rodada la película, sobre todo si era en alguna modalidad de pantalla ancha. Y no es que podamos respirar si la película que queremos ver es antigua, en formato normal (y no en CinemaScope, Panavisión o panorámica ancha) y en blanco y negro: aparte de tirajes oscuros o excesivamente claros, rayas, "lluvia", crujidos en la banda sonora, el formato televisivo recorta todos los del cine, unos en un sentido y otros en varios, pero no abarca en su integridad ni el más "standard" ni el más antiguo; todo ello sin contar con ingeniosas ocurrencias como colorear artificialmente —y muy mal— las películas en blanco y negro, ni la tendencia a prescindir de ruidos de fondo y efectos sonoros —lo que, encima, al anular la perspectiva sonora, "aplana" las imágenes e irrealiza todo—, y a sustituir la música original —por famosa que fuera, aunque tuviese premios— por un potpourri de "clásicos populares" (Brahms, Wagner y Chaikovski ocupan la cabeza del "hit parade"), en infames versiones casi siempre, que no se ajustan a la acción ni al tono de la escena —cuando no se prolongan indiferentemente por encima de varias del más diverso carácter— y destrozan el ritmo, sin que a los irresponsables que se ocupan de tan ruin tarea les inquiete en lo más mínimo el riesgo de incurrir en anacronismos —recuerdo un film de gansters de 1931 con música de The Beatles tocada por una orquesta de cuerdas, y otro de aventuras medievales con distanciador "acompañamiento" de Mozart—, ni que salgan actores bailando algo que no corresponde en lo más mínimo a la música que le han puesto, a menudo ni siquiera "bailable".

Sin insistir en los males del doblaje —ese hábito bochornoso, impuesto por la dictadura, que nos coloca en inferioridad de condiciones con Portugal, sin ir más lejos, donde todo, en cine, vídeo o televisión, está en versión original subtitulada—, y eso que en televisión y vídeo, por masificación, falta de interés, incuria y tacañería, se acentúan, y en que parecen encomendarse las traducciones a personas que no sólo desconocen las películas en cuestión sino tanto el idioma original como el español al que se supone que lo vierten, cabe concluir que ver una película en televisión o en vídeo se convierte a menudo —por no decir siempre— en una tortura para el verdadero aficionado, y además, lo que se ve es un fraude, una falsificación: como mucho, el 50% de la película original, ya que no sólo se ve más pequeño, menos nítido, con una gama de colores más pobre, con luz y mientras se hace otra cosa, etc., etc., sino que puede haber cien mil interferencias de todo tipo, amputaciones de imagen y de sonido, cambios de música y de diálogos, voces inadecuadas, etc., por lo que no significa nada, realmente, que una película vista por televisión nos decepcione, nos deje fríos, nos aburra o nos sea indiferente; en cambio, si a pesar de todos esos obstáculos, de esas molestias y adulteraciones, llega a parecernos magnífica y consigue emocionarnos, entonces no cabe duda de que se trata de una maravilla (que será mucho mejor y más conmovedora en una sala de cine). Lo malo es que muchas veces esa posibilidad no se dará nunca, y, sobre todo, que cada vez son menos los espectadores que aprecian la diferencia, porque se han ido acostumbrando de tal modo a ver y oír el cine en malas condiciones que ya ni protestan cuando se va el foco o no hay luz suficiente en una sala de proyección; se han habituado a escuchar sólo con un oído y seguir la trama sin atender constantemente, sin mirar siempre la pantalla chica, con interrupciones y ruidos, con luz, con anuncios y llamadas telefónicas, a hacer y permitir comentarios, a acelerar la videocassette si se aburren o impacientan, y así han acabado por perder primero el gusto por el cine y luego hasta el respeto a las películas, del que no hace gala precisamente, las raras veces que acuden a una sala, los telespectadores habituales.

FALTA DE RESPETO

Sería ocioso, y más bien deprimente, hacer un inventario más completo y detallado de los malos tratos que sufren las películas a manos de sus nuevos explotadores. Como muestra, creo que los enumerados son suficientes para dar una idea, y puede que sean ya demasiados para la escasa sensibilidad al respecto que han demostrado hasta ahora no sólo los que ven cine porque no paran de ver la televisión, sino incluso los que de vez en cuando conectan el aparato para ver una película, en general llenos de prevención y temiéndose lo peor. Tampoco creo oportuno aludir a otros fallos de la televisión en general, que podríamos calificar de "estructurales" —cambios de última hora, impuntualidad, etc.—, porque, si bien afectan —es decir, perjudican— a la programación cinematográfica —e incluso más que a la de otro tipo, que parece merecedora de trato preferente—, no son exclusivos de la misma, ni parecen tampoco deliberados.

De todos modos, hay que reconocer que lo que resulta más chocante, desde un punto de vista meramente lógico, es que se trate con tal desprecio algo que las cadenas de televisión necesitan tanto, y en tan grandes cantidades, ya que es lo que el público prefiere de cuanto se le ofrece y, por tanto, además de ser la forma más barata de llenar tiempo de programación, resulta imprescindible para su supervivencia. Lo mismo ocurre con el vídeo, que sin el cine, que es su materia prima, no tendría nada que hacer, porque, en el fondo, poco le aporta, salvo un envase. Por eso, no deja de ser misterioso que uno y otro medio, que viven del cine y, en el fondo, dependen completamente de él —habría que ver lo que sucedería si dejaran de hacerse películas, o si se quemasen los negativos de un par de productoras y algunos laboratorios y filmotecas, y se quedasen sin material suficiente para ofrecer una programación cinematográfica tan nutrida y variada, incluso tan desmedida, como la actual—, tengan la osadía y el desagradecimiento necesario para actuar como suelen, y traten al cine, en general, con tan poco cariño, con tanto descuido e ignorancia, con tanta indiferencia. En otros tiempos, se pensaría que estaban corriendo el riesgo de matar la gallina de los huevos de oro...

LA POSIBILIDAD DE REACCION

Para colmo de males, la verdad es que, en las presentes circunstancias, resulta impensable, con un mínimo de realismo, que la tendencia cambie de signo, y que pueda producirse entre los telespectadores una reacción de cansancio y rechazo que haga aconsejable para las propias cadenas de televisión una revisión a fondo del tratamiento que dan al cine. En primer lugar, porque entre su público no abundan los verdaderos aficionados al cine como arte, y con el tiempo hasta los que se hayan podido sentir más agredidos por las constantes interrupciones del flujo narrativo que suponen los bloques de publicidad acabarán por acostumbrarse, de modo que su capacidad de respuesta será menor, por lo menos hasta que, rebasando toda mesura, el bombardeo alcance un punto de saturación y acabe con la paciencia de los más sufridos usuarios del televisor.

Por eso pienso que estas interferencias sólo pueden ser mantenidas a raya por la caída de la inversión en publicidad, o por disposiciones legislativas que la limiten y obliguen a no interrumpir más de dos o tres veces y con una separación entre bloques de por lo menos tantos minutos o algo así; hay una directiva comunitaria en este sentido, que tendrá vigencia a partir de 1993, y siempre caben iniciativas legislativas como las propuestas en Italia hace unos meses, desgraciadamente muy debilitadas en la forma finalmente aprobada por el Parlamento. El único otro muro de contención que se me ocurre es que las televisiones públicas no se financien —o al menos, sólo en parte residual— por medio de ingresos publicitarios, y que aprovechen su fuerza y su prestigio para imponer como mínimos sus "standards", forzando a los demás a no colmar el vaso con interrupciones demasiado frecuentes y prolongadas, ni tan arbitrarias como inoportunas o injustificadas —calificaría de tales a las dedicadas a la autopromoción, que no generan ingresos y que podrían hacerse después de acabado el programa, y que suelen hacerse para recordar que se "alquila" espacio y que la cadena en cuestión está dispuesta a interrumpir la película. Con otros factores, igualmente importantes si no más, pero acerca de los que existe menos sensibilidad aún entre los telespectadores, a menudo no suficientemente informados acerca del formato o la duración original de las películas, reacios por falta de hábito a los subtítulos e incapaces de distinguir entre una copia buena y una mal etalonada o demasiado oscura (o clara), y entre ésta y la emisión de un vídeo, hay que ser, si cabe, más pesimistas todavía, porque —al no ser la presión del público suficientemente intensa— depende en exclusiva del grado de sensibilización de los responsables de la programación y de su fuerza dentro de la organización frente a los directores comerciales y los encargados de la contratación publicitaria. Uno podrá tener todo tipo de reservas con respecto a Pilar Miró, pero hay que reconocer que durante el tiempo que estuvo al frente del Ente Público Radiotelevisión Española, y a pesar de algunos fallos —que al menos podía resultar útil denunciar—, mejoró mucho en cuanto al respeto a los formatos y la continuidad narrativa a la hora de hacer inserciones publicitarias; claro que era una cineasta, y por tanto sentía algo más por el cine que la mera relación utilitarista que suele existir entre ese medio y los gestores de las televisiones, tanto privadas como públicas, y si ésa es, como me temo, la única explicación de que se tuviese un mínimo de consideración hacia el cine y los aficionados, estamos perdidos, ya que no se puede confiar en que todas las televisiones sean encomendadas a directores, técnicos o críticos de cine.

En “La moralidad del cine. 1”. Oviedo : Fundación Municipal de Cultura, febrero de 1991.

domingo, 27 de agosto de 2023

¿Por qué nunca veo la televisión?

Advierto de entrada que no me cuento entre los que presumen de no ver nunca la televisión aunque le dediquen de dos a cuatro horas diarias. Me gustaría tener ese tiempo libre, y una parte de él se lo dedicaría con gusto a la televisión... si ella me dejara. Pero como tiene una creciente habilidad para provocarme berrinches y descargas de adrenalina y, al mismo tiempo, un casi instantáneo sopor, mi paciencia (que creo considerable) no da para tanto, y mi salud - si la quiero conservar sin que empeore - me aconseja que no persevere en el intento con excesivo ahínco, ya que hasta lo que no empieza del todo mal, al cabo de tres o cuatro semanas o un par de capítulos ha emprendido la cuesta hacia el abismo.

Y es una lástima, lo digo completamente en serio, porque, como supongo nadie negará, la televisión es uno de los grandes inventos del siglo XX, uno de los más geniales, aunque quizá sea también, de todos ellos, el que más infiel a sí mismo se ha revelado al cabo de muy poco tiempo y, en mayor o menor medida, en cualquier parte. Cuando sólo había visto televisión española (que era entonces una y grande, aunque no libre), pensaba que la BBC sería otra cosa, y creía recordar con agrado la estadounidense del año 1956 (al menos, para un niño de ocho años). Luego he comprobado que las que conservan cierto prestigio viven del cuento, se durmieron en sus laureles y no son ni la sombra de lo que algún tiempo fueron. Las hay incluso peores (con las consabidas excepciones aisladas a altas horas, la italiana parece aún el anuncio ominoso de lo que nos espera si no se endereza el rumbo).

Me irrita, hasta cuando algún programa no es, en sí mismo, totalmente indignante, sino meramente soso, incluso ocasionalmente aceptable - y eso, seamos sinceros, no ocurre a diario, y ninguno de los siete de la semana sucede dos veces - que la televisión desaproveche de modo tan escandaloso sus increíbles (y casi inéditas, diría que insospechadas por buena parte del público) posibilidades, que abuse tan mezquina, pornográfica, demagógica o goebbelsianamente de su capacidad de penetración, que dilapide sus ventajas con respecto al cine y que, la mayoría de las veces, se conforme con ser mala radio con imágenes de archivo (si se trata de un noticiario) o antediluvianas (o, mejor dicho, para ser más exactos, preconstitucionales y, para rematar la faena, de una casposidad repelente).

Me da lo mismo de qué cadena se trate, que sea pública o privada, a qué Comunidad Autónoma sirva o en cual tenga su centro de producción, y hasta, si me apuran, de qué país, porque las diferencias se van reduciendo a ritmo acelerado. Asomarse y hacer un poco de zapping al llegar a la habitación de un hotel extranjero - casi siempre con de 30 a 60 canales que dan la vuelta al mundo y sus satélites artificiales - no es menos sobresaltante que hacerlo aquí, en el salón o el comedor de casa: piensa uno a los cinco minutos que Franco sigue vivo, a lo sumo que va a salir el compungido Carlos Arias Navarro a hablarnos de la lucecita del Pardo. Pongan si quieren Jruschev o Stalin, Perón o Batista, Nasser o Mao... alguien muy antiguo. El público no se rebela porque quedan muchos nostálgicos y porque los más jóvenes no saben de qué estoy hablando, seguramente ignoran que hubo una Guerra de Corea y otra de Suez, como mucho han oído hablar de la del Vietnam y de la de los Siete Días, y por ello no se percatan de hasta qué punto les están dando gato por liebre.

No entiendo que se convoque a cinco respetables personas - ¿por qué no siete, como los de Grecia, puestos a eso? – la mayoría de los cuales, por lo declarado, nada saben de televisión e incluso no suelen verla, ni que se dejen motejar ''comité de sabios'', para que, como el oráculo de Delfos, nos digan (un tanto vaporosamente) cómo arreglar la televisión gubernamental y sus maltrechas finanzas. Como si sólo fuese la pública (la que menos necesitada parece, con todo y parecer incurable) la que necesitase terapias de choque. La verdad, no hacían falta tales alforjas, no tanto tiempo ni tantas medallas. Con que la televisión fuese de verdad televisión, y no una mala imitación del peor cine español de cualquier tiempo, el peor teatro y la peor radio... ya se ganaría algo (aunque no, quizá, dinero suficiente; desde luego, no de la noche a la mañana).

Mientras que los espectáculos públicos se ven confinados, por la tradición, los horarios occidentales, la jornada laboral y las necesidades fisiológicas a la franja comprendida entre 90 y 120 minutos, sólo muy excepcionalmente ampliable hasta el tope máximo de 3 horas, la televisión puede permitirse programar productos o espacios de todas las duraciones imaginables, desde cortometrajes o hasta videoclips o dibujos animados de segundos de duración hasta series de incontables horas, fragmentadas en episodios de 20, 30, 45, 55, 70, 90 minutos y hasta de tres horas, que además pueden prorrogarse durante varias temporadas. Mientras que una película tarda desde que se rueda por lo menos unos meses en llegar a su público, la televisión puede trasmitir simultáneamente o - con una postproducción muy breve y sin la demora a veces prolongada de buscar un hueco en las muy copadas salas de exhibición - ser todavía de plena actualidad cuando la contemplan por vez primera los espectadores (por eso me asombra que parezca haberse convertido en una máquina del tiempo de pacotilla). La verdadera televisión podría mostrar a la gente la realidad que les rodea, o que tienen a unos pocos metros o miles de kilómetros, que no ven o (a veces) prefieren ignorar, aunque más nos valdría a todos ser conscientes de su existencia, conocer a nuestros vecinos, empezar a comprenderlos un poco mejor. En televisión caben las novelas-río más fantásticas, folletinescas, románticas y repletas de incidentes, pero cabe también prescindir de la ficción y del andamiaje forzado de la narrativa convencional, con lo que podría ser el terreno más apropiado para la experimentación y el aprendizaje, idóneo campo de ensayos y debates, espacio abierto a todo tipo de documentales (no sólo de fauna y flora, ni de difusión turística) , y algo tan vivo, a la hora de trasmitir noticias, como suele serlo la radio cuando de verdad pasa algo que es urgente saber. Naturalmente, eso exige que sus responsables - gubernamentales o empresariales - no vivan obsesionados hasta la obcecación ni por el control utilitario del medio ni por la ganancia rápida a través de publicidad, es decir, del número de impactos, es decir, de contar con un público masivo, pasivo, conformista y amaestrado que trague lo que le echen. Que estén dispuestos a correr riesgos y a no manipular ni censurar los contenidos, porque la televisión, si quiere ser ágil y estar a la vanguardia de la creación y de la información y la comunicación, tiene que ser ágil y estar dispuesta a experimentar, y no puede ser veloz como el rayo ni abierta a las nuevas experiencias sin contar con la mayor libertad, limitada tan sólo por el respeto a los derechos ajenos y a las leyes. Eso exige que se hagan cumplir, con vigilancia no inquisitorial y una autoridad visual competente, independiente y con capacidad para imponer sanciones económicas graves e incluso para suspender o cancelar las licencias. No puede ser que ni siquiera la televisión del Estado vulnere reiterada e impunemente las directivas europeas tramposa y dilatoriamente traspuestas a nuestra legislación.

De existir esa oferta que sería la lógica y natural de una auténtica televisión viva, no sumergida en la rutina, los conformistas la aceptarían - está demostrado que hay quien se traga todo -, y acabarían viendo películas japonesas con subtítulos hasta en horario de sobremesa, y los remisos acabarían teniendo la sensación de que, de seguir sin mirar la televisión, podrían perderse algo que valiera la pena. Pronto les llegaría noticia, alguien les pondría los dientes largos. Y si la televisión exigiera algún esfuerzo de los espectadores, estos, en lugar de amodorrarse y degradarse, se pondrían al nivel, aprenderían y se despejarían, pensarían por su cuenta, dudarían de lo inverosímil, discutirían sobre las tesis defendidas por cada cadena, se harían preguntas, se interesarían por más cosas, mirarían de otro modo lo que les rodea. Y esos programas interesantes y sorprendentes desplazarían, no les quepa duda, a los espacios basura, cortados por el mismo patrón, que compiten en la bajeza y el cotilleo. Se verían barridos, como merecen, no por una intervención más o menos parecida a la censura indirecta, o la autocensura gremial, casi peor y más irresponsable, sino por la competencia de lo bueno. La gente no es tonta, y no tiene mal gusto por naturaleza; sólo si se lo cultivan y les vedan otras opciones. ¿No hemos repetido todos tantas veces que el pueblo español demuestra su madurez sensatez cada vez que una tragedia le da ocasión? Pues dejen que lo pruebe, sin alardes, a diario, y sin necesidad de catástrofes.

Desaparecerían al cabo de un cierto tiempo, incluso, las situaciones convenidas y melifluas, los diálogos ridículos y chabacanos y previsibles, las series hoy de éxito que se limitan a reciclar tópicos sobados y manidos, con la vieja fórmula magistral de dar ''una de cal y una de arena"... Aunque parezca mentira, tal televisión, o algo no tan distante como lo que tenemos hoy, ha existido en tiempos no tan lejanos y hasta mucho menos propicios. No invocaré a Pilar Miró, me iré a la negra dictadura: en los 70 se hacían series, de ficción, documentales o híbridas, dirigidas a veces por alguno de los actuales directores de cine, que hoy nadie se atrevería a plantear ni proponer, con la certidumbre absoluta de que serían rechazadas, quizá amenazando al iluso trasnochado con mandarlo a un manicomio. Todavía sobrevive gente que trabajó en TVE en esos tiempos, y podrá atestiguar que no deliro. Parece mentira, y es una vergüenza, pero es así, y hay que reconocerlo antes de que se le pueda empezar a poner remedio: las televisiones actuales son infinitamente peores que la única de antaño, y no ya durante la transición a la democracia, sino incluso durante algunas temporadas de la dictadura.

Escrito para la revista “Academiatv” a comienzos de 2005