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lunes, 2 de octubre de 2023

Night Moves (Arthur Penn, 1975)

El momento clave del penúltimo film de Arthur Penn, Night Moves (1975), tiene lugar, significativamente, en una sala de proyección: el protagonista, el investigador privado Harry Moseby (Gene Hackman), contempla, más bien escruta –tenso, perplejo, preocupado– dos series de imágenes confusas, inconexas, desordenadas.

Por un lado, los rushes de una película en pleno rodaje; por otro, algunos planos documentales, en 16 mm., filmados por unos estudiantes. En la primera serie de imágenes, que ilustran una típica persecución de coches, con ladrones y policías, no vemos nada sino la acción ficticia reconstruida en el plató; en la segunda, una cámara vacilante pero oportuna registra lo que ha sucedido entre bastidores, fuera de cuadro para la pesada Mitchell que filmaba la película de gangsters: el “accidente” que causó la muerte de Delly (Melanie Griffith). Este momento es crucial en varios sentidos: narrativamente, marca el inicio del tercer movimiento del film, aquel en el que, habitualmente, las ramificaciones de la trama convergen y se resuelve, explicándose mutuamente en un clímax final que nos permite abandonar el cine con la sensación de que la historia ha concluido satisfactoriamente psicológicamente, este instante es para Harry Moseby el de máxima desorientación, pues sólo entonces se percata de que cuanto hasta el momento ha averiguado o “resuelto” no significa nada, sin que todavía haya logrado enterarse de qué demonios está sucediendo a su alrededor; el suelo se hunde bajo sus pies, su brújula vital se vuelve loca, y no tiene más escapatoria que lanzarse ciegamente a la acción –su investigación, y por tanto el film de Penn, comienzan de nuevo a partir de cero, pero con dos cadáveres a sus espaldas–, lo que desencadena una nueva serie de asesinatos; para el espectador, por último, esta escena es la clave de la película –no de la intriga que parece narrar, sino de la película misma–, ya que nos insinúa la forma adecuada de contemplarla: activamente, detectivescamente, sobreponiéndonos a nuestro desconcierto, tomando conciencia de que no es eso que, trabajosa y convencionalmente, tratamos de recomponer –es decir, la intriga policiaca– lo que de verdad importa, sino algo mucho más próximo, más inmediato, más acá de las apariencias y mucho más cercano de nuestra propia experiencia cotidiana.

En efecto, no es la trama –mero pretexto o soporte de la película– lo que debe interesarnos ni lo que, evidentemente, le interesa a Penn, ni tampoco las pesquisas del detective Moseby, sino, precisamente, aquella investigación que Harry se resiste a llevar a cabo –salvo cuando, casual y esporádicamente, se lo imponen las circunstancias– sobre sí mismo (su identidad, su padre, su profesión) y sobre sus relaciones personales, tanto con Paula (Jennifer Warren) como, sobre todo, con su esposa, Ellen (Susan Clark). Es cierto que la intriga criminal no es lo suficientemente clara como para quedarse en el último término, como andamiaje invisible, y que es demasiado oscura –aunque, a base de hacer algunas suposiciones, pueda reconstruirse provisional e hipotéticamente– y aparatosa como para desentenderse de ella tan cómoda e inconscientemente como durante la proyección de The Big Sleep (Hawks, 1944), pero me parece fuera de toda duda que la película no tiene como tema la investigación de Harry acerca de lo que se traen entre manos unos personajes que ni él ni nosotros llegamos a conocer –y que son lo que Hitchcock llama un MacGuffin sino que tiene por sujeto (activo en el film; pasivo del film) a Harry Moseby y, por extensión, su entorno (Ellen, Paula, Los Ángeles, los Estados Unidos en 1973), Night Moves no es, por tanto, la clásica crónica de una investigación, sino la investigación que lleva a cabo Penn (no Moseby) a través del film, y a la que se nos invita a participar como espectadores.

Como la mayor parte de las películas americanas verdaderamente interesantes de los años setenta –Pat Garrett & Billy the Kid (Sam Peckinpah, 1973), Charley Varrick (Siegel, 1973), Love Among the Ruins (Cukor, 1974), Mandingo (Fleischer, 1975), etc.–, Night Moves es una película decepcionante e imperfecta, pero viva; deliberadamente insatisfactoria, pero apasionante. Esta característica, común a casi todo el cine procedente de Hollywood que puede importarnos realmente todavía, tiene sus antecedentes en algunas de las obras más lúcidas de la década anterior, tanto de los viejos maestros (7 Women, 1965, de Ford; Torn Courtain, 1966, y Topaz, 1969, de Hitchcock; Red Line 7000, 1965, y Eldorado, 1966, de Hawks) como de los jóvenes más escépticos (Jerry Lewis sobre todo), y sus raíces en la pérdida de confianza en el destino y el “papel” de su propio país que ha sacudido a los norteamericanos más sensibles a través de los asesinatos de John y Robert Kennedy (a los que se alude en Night Moves) o Martin Luther King, de la guerra de Vietnam, del asunto Watergate y la dimisión forzada de Richard Nixon, de las investigaciones del Senado acerca de las actividades del F.B.I. y de la C.I.A. El desconcierto que produce Night Moves tiene mucho que ver con el paulatino proceso de pérdida de confianza en sí mismos que han sufrido los americanos, y que ha sacudido los fundamentos ideológicos de su cultura. El cine americano ha pasado a ser asertivo a ser dubitativo, de la solidez a la vacilación, de la satisfacción a la inseguridad, de la épica a la desmitificación, del espíritu constructivo de los pioneros a la desconfianza y al desmoronamiento; no tiene, pues, nada de extraño, que las estructuras narrativas se resquebrajen, ni que las imágenes nítidas y precisas se hayan hecho –con la ayuda del zoom y del teleobjetivo– cada vez más difusas y borrosas, ni que su tradicional empuje narrativo haya dado paso a la dispersión y la fragmentación. El espejo, deformante o no, se ha hecho añicos, y sus reflejos son ahora forzosamente parciales e hirientes; la vitalidad y el entusiasmo han cedido su puesto a la catatonía y la taxidermia o, en el mejor de los casos, a la desesperación y la congoja, a la amargura y la esquizofrenia, cuando no a una paranoia suicida que, en última instancia, puede resultar reconfortante (The ExorcistEarthquakeThe Towering InfernoThe Taking of Pelham 1-2-3The Laughing PolicemanJawsSkyjackedThe Poseidon AdventureJuggernautAirport 75, etc.). Los géneros tradicionales han perdido su centro moral, y su crisis como imagen deseada y aceptada de América (de su historia –el musical–, etc.) ha desencadenado una corriente revisionista (The Wild BunchDirty Little BillyMcCabe & Mrs. MillerThe New CenturionsThe Long Goodbye, etc.) y otra, retrospectiva, que –en sus exponentes más serios– busca en el pasado más o menos reciente las causas de los males presentes de América, empezando a dudar que los felices años 50 de Eisenhower fuesen tan felices, o que las esperanzas de la New Frontier de Kennedy tuviesen fundamento (por ejemplo, American Graffiti, las dos partes de The Godfather, incluso The Way We Were o The Last Picture Show). En conjunto, el cine americano se oscurece, se hace más sombrío y la visión de los cineastas se hace cada vez más negra, como en la anterior postguerra; si añadimos a eso la importancia que todo tipo de investigadores está cobrando en los Estados Unidos –desde la comisión Warren o Mark Lane a los “fontaneros” del Watergate, o los periodistas que descubrieron sus actividades delictivas, o las comisiones senatoriales que las comprobaron o que se encargan de fiscalizar las inquisiciones del F.B.I. y la C.I.A.–, no puede extrañarnos el resurgir, siquiera cuantitativo, del cine negro (aparte de los ya citados anteriormente, KluteThe Parallax ViewAll the President’s MenChinatownThe Drowning PoolFarewell, My LovelyThe Black BirdThe YakuzaThree Days of the Condor, etc.).

Pues bien, la incomodidad –para el espectador– de “Night Moves” procede de su ambigua inscripción en el género negro; ambigua porque, siendo deliberada y extremadamente consciente (no olvidemos que su guionista es un escocés, Alan Sharp, que anteriormente había escrito The Hired HandThe Last RunUlzana’s Raid y Bill Two Hats,) y a pesar de acogerse a una serie de estructuras y convenciones básicas del género –desde las relaciones enrarecidas del detective y su esposa hasta la escena en que una mujer le encomienda a Moseby la clásica misión de encontrar a una heredera desaparecida; desde la opacidad de la intriga primordial (Los Ángeles) hasta la solitaria independencia del investigador privado; sin que, por lo demás, falten algunas alusiones a Hammett, Chandler o Macdonald ni a sus adaptaciones cinematográficas–, elude y niega, prescindiendo de ella, la materia misma de que están hechas estas películas desde The Maltese Falcon a Chinatown, pasando por The Big SleepDead ReckoningSomewhere in the NightHarper o The Long Goodbye, es decir, los atributos del protagonista (cfr. mi artículo a propósito de Chinatown, en Ojo al Cine nº 3-4, pp. 58-63) y, sobre todo, su incesante deambular, preferentemente nocturno –al que parece aludir el título original del film, Movimientos nocturnos, a menos que se refiera a la afición de Moseby al ajedrez, y signifique Jugadas nocturnas–, de un testigo a otro, de un lugar a otro, de una hipótesis a otra, de una sospecha a otra, en pos de la verdad, y presentándonos, de paso, a una serie de personajes marginales o pintorescos, una sucesión de escuálidos u opulentos decorados, unas biografías maltrechas y secretas, un largo recorrido en automóvil o a pie –por sórdidos callejones sin salida– cargado de misterio y de amenazas, de mentiras y de peligro. Porque, en efecto, Harry Moseby no es ya el duro cínico y autosuficiente “ojo privado” de la tradición, “corriente pero extraordinario”, intuitivo y valeroso, inteligente y honorable, íntimamente convencido de la validez del código moral por el que, sin pensarlo siquiera, se rige en todo momento. Harry es corriente, pero no extraordinario; ni siquiera parece cínico, ni tiene demasiado sentido del humor, no es “relativamente pobre”, sino más bien acomodado –sus honorarios han subido, trabaja con continuidad y no desprecia los casos de divorcio; y su mujer se gana un sueldo, en una tienda de antigüedades–; no está en la difusa frontera de la legalidad, sino es un burgués, y su profesión no es para él una misión moral, sino un trabajo como cualquier otro (es un exjugador de football, no es un expolicía ni un exdelincuente juvenil); como detective, no parece muy brillante, ni dotado de excesiva intuición, para colmo, es un hombre “perdido”, indeciso, inseguro, que no tiene un código moral al que agarrarse para sobrevivir sin volverse loco en un mundo en descomposición, en un matrimonio que está desintegrándose; su vida –como la de los restantes personajes, sobre todo Paula, Ellen, Delly, Arlene, Tom, Joey, los principales– carece de rumbo y de objetivo, y su forma de vivir revela incertidumbre, estupor, desilusión y cansancio.

Sin embargo, este precario ejemplar de detective podría haber sustentado, con todo, una trama tradicional, siguiendo las habituales veredas e impidiendo que “la ilusión de ficción” (más pertinente aquí que la “Ilusión de realidad”, ya que nadie entra a ver un film del género esperando presenciar un documental, sino dispuesto a que le narren una historia interesante y misteriosa) se resquebrajase. Prueba de ello es que el Philip Marlowe (Elliot Gould) de The Long Goodbye aun despojado por Altman de muchos de sus míticos atributos y convertido en un estrafalario Rip Van Winkle, nacido con 30 años de retraso, permitía una narración sin fisuras, nada discontinua, que entroncaba con la mejor tradición del género. Es decir, que el film de Altman funcionaba como film negro, mientras que el de Penn funciona, realmente, al margen del género, acercándose en cambio, curiosamente a la estructura –más reflexiva e introspectiva que narrativa y descriptiva– de los contes moraux de Eric Rohmer (y más a L’Amour, l’après-midi, 1972, que al citado Ma nuit chez Maud, 1969), lo que no tiene nada de extraño si se sabe que, al contrario que Moseby, Penn es un admirador de Rohmer. Pero, dejando de lado el subjetivismo objetivo (el protagonista omnipresente, seguido siempre de cerca, pero desde fuera sin imponer su restringida visión) que Night Moves  y los “cuentos morales” de Rohmer comparte, así como las relaciones triangulares “de ida y vuelta” de los personajes centrales (Harry-Ellen, Ellen-Marty, Harry-Paula, Ellen-Harry), lo que realmente choca en el último film de Penn, alejándolo del género que ha elegido como marco y convirtiéndolo en una obra de difícil acceso e incómoda salida, es su estructura brutalmente elíptica y por tanto, discontinua, que extirpa sin contemplaciones las digresiones que constituyen el atractivo, la esencia y casi la razón de ser del cine negro pero que, para alcanzar los objetivos que se proponía Penn, resultaban innecesarias e incluso contraproducentes.

Parece –y esta es una hipótesis de trabajo que no me interesa verificar, pues la sensación sería la misma tanto si se confirmase como si fuera desmentida por el propio Penn– como si, en una primera fase, el autor de The Left Handed Gun hubiese rodado una película de 4 (o 6, u 8) horas de duración, narrando absolutamente todo –cada ramificación de la trama, desde su principio a su fin–, con todas las explicaciones y transiciones –es decir, con la continuidad y claridad  a que nos tiene acostumbrados el cine americano clásico–, y luego, en el montaje definitivo, con un sentido crítico implacable, y con plena consciencia de sus fines y de los medios precisos para alcanzarlos, hubiese cortado todo lo no estrictamente imprescindible, todo lo imaginable o deducible, todo lo convencional (y, por tanto, conocido o inferible a partir de nuestra experiencia como espectadores de cine negro), todas las transiciones de tiempo y de lugar (los típicos planos que muestran a Harry bajando una escalera, subiéndose a un coche, recorriendo carreteras, llamando a puertas, tratando de vencer el recelo de las personas a las que interroga, buscando pistas, sacando conclusiones, contando cómo llegó a ellas, etc.), todas las escenas expositivas –de presentación de personajes, de relaciones entre ellos o de lugares– o explicativas (es decir, meramente narrativas o esclarecedoras pero temáticamente superfluas o reiterativas).

El resultado final es un film que, a pesar de su apariencia y del género a cuyo manto se acoge, no es narrativo, ni aspira a la perfección de los clásicos, ni a su coherencia. Al final, nada se ha resuelto –ni el “caso”, que simplemente se ha “cerrado” por defunción de todos los implicados; ni las relaciones entre Harry y Ellen, que atraviesan una tregua, pero están pendientes de esclarecimiento; ni el problema de identidad del detective–, la “historia” ha quedado inconclusa (girando sin rumbo sobre sí misma, como el protagonista, herido y solo, a bordo del Point of View); es decir, nada se nos ha contado, nada ha sido narrado. Únicamente se nos ha transmitido una serie de emociones y sensaciones parciales, confusas, contradictorias, que es cuestión nuestra el tratar de recomponer, como si fuese un puzle, para descubrir una imagen del malestar de América. Lo que ha hecho Penn ha sido –cosa nada extraña en un cineasta tan físico, tan sensible y tan poco intelectualizado una vez que se desahogó con Mickey One (1965)– huir del discurso explícito, de las manifestaciones verbales, de la narración alegórica –que bordeó en The Chase (1966) y en algunas escenas de Bonnie and Clyde (1967), Alice’s Restaurant (1969) y Little Big Man (1970)–, e incluso, si cabe, de lo que ahora suele llamarse la “práctica significante” o la “producción de sentido”, dirigiéndose, más que a nuestra inteligencia o a nuestra capacidad de raciocinio, a nuestros sentidos y a nuestros sentimientos, es decir, manteniéndose a un nivel –si se quiere, más primario, más elemental, aunque también más directo, más inmediato, menos interferible– puramente visceral, contando –como Fuller– con el impacto que producen en el espectador los colores, las luces y sombras, los movimientos y gestos, los sonidos y la música o el mero transcurso del tiempo en la pantalla, para comunicarnos, sin que nos demos cuenta, mientras equivocadamente –como Harry– tratamos de enterarnos de qué pasa (cuando sería más urgente averiguar qué nos pasa), su desencantada visión de América, la quiebra del American Way of Life y el desvanecimiento –o su transformación en pesadilla– del American Dream, del largo sueño americano del que ahora, tardíamente, con mala conciencia, algunos americanos empiezan a despertar. Parece evidente que, para ello, era necesario impedir que los espectadores se aferrasen a las convenciones, al misterio, al dinamismo, al ímpetu victorioso, al atractivo, al pintoresquismo, a la mitología del cine negro o que fuesen presa de la fascinación narrativa de un relato “total”, coherente, continuo, absorbente, significativo. Era preciso, por el contrario, reproducir en la mente del espectador la confusión, el desconcierto, las dudas, los temores, las frustraciones, las sospechas, la desorientación de los personajes. Era necesario, incluso, hacer que los cinéfilos reprodujesen la desilusión de Harry Moseby –y, más conscientemente, de Penn– con los Estados Unidos de 1973 (frente a cómo eran, los recuerda o los soñó en otros tiempos), aunque fuese a costa del propio film, es decir, a través de la decepción que Night Moves –o el cine americano de 1975– puede suponer con respecto a las obras maestras del género, aquellas que se hicieron durante la edad de oro del cine americano.

Night Moves no es –ni quiere ser– una obra maestra. Arthur Penn se limita a construir el laberinto, sin señalar una puerta, sin decir siquiera que exista una salida. A menos que Harry Moseby, si sobrevive en el tiovivo marino a sus heridas, y no se desmoraliza por completo ni se vuelve loco, decida unirse a la lucha sin esperanzas –a veces desesperada– de los habituales protagonistas de Penn y se convierta en un outsider, un rebelde, o por lo menos, un drop-out.

En “Ojo al cine” nº 5 (1976)

viernes, 21 de abril de 2023

El tiempo y América

Four Friends (Arthur Penn, 1981)

Como Sauve qui peut (la vie) y Raging BullFour Friends es una película que devuelve la esperanza: Godard demuestra que el cine no pertenece al pasado, que no es una lengua hermosa, pero muerta; Scorsese y Penn, cada uno a su manera, que el cine americano sigue vivo. Han muerto Renoir y Hitchcock, Walsh y Dwan, se ha suicidado Eustache, pero aún quedan algunos cineastas, cada vez más solos y con menos público, capaces de seguir explorando las posibilidades del cine, sabidas ya, o todavía por descubrir, para interpretar la realidad o dar forma a la fantasía.

Tras un largo silencio reparador, Penn vuelve tras la cámara. Y ha madurado: Four Friends (Georgia, 1981) cumple las promesas de Night Moves (La noche se mueve, 1975) y desmiente la recaída en tentaciones fáciles, que supuso The Missouri Breaks (Missouri, 1976). He aquí un film hecho con entusiasmo juvenil y serena sabiduría, sin ostentación, pero con firme seguridad; sin acritud, pero con fuerza y entereza; un film que está constantemente de despedida diciendo adiós a una época y a una etapa de la vida de sus protagonistas, pero sin permitir que surja la nostalgia, pues no da tiempo a que el espectador se instale a añorar tiempos pasados mejores (para él o para los personajes). El sentimiento del paso del tiempo, que tan bien supo describir Rivette (en una crítica de Esplendor en la yerba, muy superior a la película de Kazan), tiene en Four Friends una espléndida manifestación gracias a una estructura narrativa tan original como lógica, que hace que experimentemos con los protagonistas el curso — veloz o sin huella, unas veces; más lento o memorable, otras— de los años en un tiempo mínimo de proyección: pasan muchas cosas —tristes o divertidas, banales o excepcionales, terribles y hasta melodramáticas—, pero les ocurren a personas — ficticias, sin duda; pero creíbles— que nos conciernen, y se suceden sin prisas ni confusión, sin acumularse atropelladamente, a un ritmo flexible que se remansa o acelera sin empujones de guión o de montaje. El tiempo pasa, por mucho que se haga por retener un instante o adelantar un suceso, y, porque Penn acepta eso con realismo, su película es tranquila y reposada hasta en sus momentos más febriles o dramáticos. Penn se toma su tiempo para contar o mostrar en detalle lo que más le interesa, lo que suele omitirse o descuidarse, a cambio de pasar rápidamente por hechos sobre los que se ha insistido en demasía y que pueden evocarse con una leve alusión, con una imagen o una frase. Four Friends no aspira a la exhaustividad ni ambiciona enumerar los «grandes temas» del período en que sitúa la acción; no desdeña, en contrapartida, los pequeños sucesos sin repercusión social que afectan a los individuos hasta cambiar el rumbo de sus vidas o alterar su carácter. Los personajes no son «tipos», no representan clases sociales ni actitudes generales, sino seres vivos, con personalidad, por los que Penn siente afecto, interés o simpatía, que trata de entender y hacernos comprender porque, como sujetos pasivos de la historia, le permiten atisbar la cara oculta, las raíces de una época y de unos acontecimientos que dejan sentir ahora sus consecuencias.

Four Friends es, ante todo, la historia de tres amigos y una chica extraña y atractiva, Georgia (Jodi Thelen, una revelación), de la que los tres estuvieron enamorados y que quiso a los tres, en los años 60, en el corazón de América. No es toda la historia, ni la de todos ellos; son partes de sus historias, momentos escogidos al azar relativo de sus aproximaciones y alejamientos afectivos y geográficos en el tiempo. Tal vez por el sentido atribuido por Penn a esos fragmentos me vino a la memoria, hacia la mitad de la película, una frase de Thomas Wolfe (1900-1938) en la nota «Al lector», con que da comienzo a su primera novela, Look Homeward, Angel (1929): «Somos la suma de todos los momentos de nuestras vidas, todo lo nuestro está en ellos: no podemos evitarlo ni ocultarlo.» En esa misma introducción, el joven Wolfe advierte que ha escrito «desde una distancia intermedia y sin rencor ni acritud intencionada», y recuerda, con lucidez, que, aunque no es lo mismo realidad y ficción, «la ficción es realidad seleccionada y comprendida, es lo real estructurado y cargado de sentido». Esta admisión de que no hay escapatoria (de lo real, de lo vivido), unida a la defensa de lo fragmentario estilizado, da, creo yo, una pista para entender el criterio con que Penn y su guionista Steve Tesich han escogido los instantes que componen esta especie de crónica personal y sentimental de los años 60 en América. Al contrario que otras varias que recientemente se han propuesto abarcar un período más o menos largo de la historia de su país —como la mezquina Willie and Phil—, la película que inspira estas reflexiones se deja guiar por sus personajes, pero sin someterse a ellos, más que por la estela de los acontecimientos de mayor repercusión sociológica, política o informativa, o que por el capricho de la memoria subjetiva. No es, pues, una película de los años 60, sino de los 80, por mucho que el núcleo de lo que nos cuenta suceda en aquella década. Quiero decir con eso, para empezar, que no podría haberse hecho sin perspectiva temporal, y tampoco desde la de los 70, aunque en 1981 tampoco la hubieran hecho así Kazan, Kubrick o Altman, ni —no es cuestión de estatura artística o ética— Fuller, Mulligan o Peckinpah. Si antes de verla no la esperaba de Penn, al rato de empezar era evidente que, pese a las innovaciones que supone en su obra, era plenamente consecuente con su carrera, al menos con lo mejor de ella. Explicar, como en pura justicia requeriría tal afirmación, lo que de nuevo tiene en el cine de Penn me obligaría, sin embargo, a dar mi visión de su trayectoria, y no acabaríamos nunca, aun suponiendo que a alguien pudiera interesarle, sobre todo teniendo en cuenta que me siento incapaz de garantizar no ya que mi opinión sea acertada, sino ni siquiera que fuese a pensar ahora lo mismo que la última vez que vi cada una de sus películas precedentes, varias de ellas muy contradictorias y heteróclitas, casi tan repartidas entre lo admirable y lo aborrecible como las más características de Kazan. Ni el lector ni yo tenemos tiempo, y yo, además, no tengo espacio, ni ganas de hacerlo. Así hemos llegado, como quien no quiere la cosa, a los tres factores que explican —pues con ellos está hecha, de ellos depende— Four Friends: el tiempo y el espacio, marco y materia primera de todo el cine, y las ganas, el deseo, raíz de todo drama, estímulo de toda conquista, motor de toda creación (lograda o no), razón de la comedia e impulso de la vida y su conservación. Cine y vida en simbiosis, pero no confundidos: no es un film real «como la vida misma», no juega al reconocimiento —aunque puede que algunos de sus compatriotas se vean retrospectivamente reflejados—, sino que busca la perspectiva, si no se entiende ésta como «distancia», inexistente en Penn, el menos «bretchtiano» de los cineastas americanos, y no esta vez porque filme a quemarropa (y, en ocasiones, a traición: por la espalda, de perfil, desde abajo del mentón) con varias cámaras, sino porque es una película calurosamente amiga de sus pobladores ficticios (personajes jóvenes) y reales (actores novatos), así como de sus inquilinos de paso (espectadores); Penn contempla a los primeros, guía a los segundos y se dirige a los terceros exactamente como a Gene Hackman y compañía en la primera pieza cobrada (Night Moves) desde esa madurez adquirida de la que Four Friends —tras el bache con badenes de Missouri— es la segunda y más definitiva (esperemos) prueba. Es decir, desde una cierta distancia, con respeto, con confianza, con tranquila seguridad. No es la calma del viejo, el cansado o el perezoso, sino la del que está seguro, pero no del todo; de su oficio, tal vez, y de su honradez más que de su puntería, por lo que no se atrinchera en su posición. A lo mejor no piensa con claridad, pero ve claro y sabe plasmarlo dramáticamente en imágenes, sonidos, rostros, gestos, minutos, movimientos; no hace falta ser muy inteligente —y conviene no serlo demasiado, no pasarse de listo— para hacer una película como la última de Penn, sino algo más difícil de conservar, si se tiene, y que es un rasgo, no nos precipitemos a llamarle virtud, cada vez más infrecuente: generosidad. Pero no la del buen samaritano, ni la del rico desprendido, ni la del que se deja robar hasta la dentadura postiza, ni la del que juega a benefactor, sino otra, seguramente tan inconsciente e inevitable como la respiración, aunque menos mecánica y menos imprescindible —si no es nociva, en el fondo— para seguir con vida en un planeta de las características atmosféricas de este llamado Tierra, que compartimos quien esto lee, el que lo escribe, Penn, los personajes de sus películas y un montón de gente que nada tiene en común salvo el territorio que a menudo se disputa.

Publicado en el nº 15 de Casablanca (marzo de 1982) 

América se mueve

45 minutos con Arthur Penn

No podríamos calificar nunca de entrevista esta introducción a una entrevista que mantuvimos con Penn en la habitación de su hotel, en un ambiente de total cordialidad, pero en la que, como se refleja en las preguntas y respuestas que siguen, nos encontramos en la misma situación que el detective Harry Moseby de La noche se mueve: trazando, en círculos concéntricos, una serie de cuestiones sin respuestas concretas. Tal vez porque esas respuestas se encuentren solamente en las mismas imágenes de la obra de Penn y en concreto en esta su última película, Georgia (título que sustituye al original, Cuatro amigos).

Penn parecía más dispuesto a oír nuestras preguntas —claramente favorables— que a buscar otras respuestas. Nos decidimos, pues, a publicar este texto por el posible valor que sin duda se encuentra en su film. El valor de un americano que, a la manera de Ford en su Last Hurrah, lucha contra la historia mediante unos personajes que se mueven en imágenes y no en páginas, entre esa contradicción que siempre se produce (y reproducirá) entre verdad = historia y verdad, realidad = vida, ficción, repetición.

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CASABLANCA: ¿Qué tal está yendo de público la película?

ARTHUR PENN: Bueno, hace sólo tres semanas que se estrenó y acaban de darme las cifras…

C.: ¿Se proyecta en muchos cines?

A. P.: No, sólo en uno. Un cine de New York, uno en Los Ángeles y uno en Toronto.

C.: ¿Es eso normal?

A. P.: No, pero, ¿saben?, es una pequeña película…

C.: ¿Ah, sí?

A. P.: Por Navidades se estrenan muchas películas grandes y nosotros no podemos competir con la publicidad de estas grandes producciones, así que estrenamos en un cine y las dejamos pasar a nuestro lado. Y no les fue muy bien… La mayor parte se han retirado ya… Ragtime está fuera, Buddy, Buddy está fuera, Reds lo está pasando mal…, pero el primer sábado hicimos 4.000 y pico dólares, el segundo, 7.000 y el sábado pasado 20.000 dólares, en un día.

C.: He leído una buena crítica en «Variety» y era favorable.

A. P.: Sí, estaba bien.

C.: Suponemos que es una ayuda para la película.

A. P.: Sí, es muy importante. La recepción ha sido variada. En Los Ángeles a los críticos no les gustó la película, no les gustó nada.

C.: Creo que la opinión crítica que tiene más importancia es la de Vincent Canby, en el «New York Times», y le gustó.

A. P.: Sí, le gustó.

C.: Y la puso en su lista de las diez mejores películas del año.

A. P.: Sí, eso fue estupendo, una gran ayuda en New York.

C.: ¿Y Sarris? (1).

A. P.: La de Sarris, regular, pero The Village Voice la puso entre las diez mejores del año.

C.: Corliss (2) también la puso bien, ¿no?

A. P.: Corliss dijo cosas favorables…

C.: Pero también cosas bastante extrañas…

A. P.: ¡Sí!

C.: Para mí, al menos, porque ve una especie de discrepancia entre los puntos de vista de Tesich y de usted, entre «americanismos» del guión y su actitud más crítica, que es un choque que yo, aunque he visto dos veces la película, no he sido capaz de detectar.

A. P.: No la hay. No podría encontrarla porque no la hay. Estuvimos de acuerdo en todo el tiempo.

C.: ¿Conocía ya a Tesich? (3).

A. P.: Si, desde hace cinco o seis años.

C.: ¿Del teatro?

A. P.: Sí.

C.: ¿Cómo entró usted en la película? ¿Es un proyecto suyo o Tesich quería que la hiciese usted, o…?

A. P.: Tesich me quería a mí. Llevábamos años dándole vueltas a hacer juntos una película, y nunca estábamos libres al mismo tiempo ni un momento, y por fin Steve hizo el primer borrador, una sinopsis solamente de Four Friends y me la trajo. Y decidimos hacerlo. Entonces empezamos a trabajar juntos, a escribir realmente el guión. Y él estuvo conmigo durante todo el rodaje y todo el montaje, así que es una colaboración completa.

C.: De modo que estuvo en el proyecto desde el principio.

A. P.: Sí.

C.: Antes ha dicho una cosa que nos ha sonado extraña, porque nosotros sabemos —un poco— del cine, pero nada acerca del teatro americano, hemos visto sus películas, pero no su trabajo en la escena, de modo que cuando dice que no tenía un momento libre, mientras que han pasado cinco años desde su película anterior, Missouri, nos suena raro; pero, claro, mientras debió estar ocupado en el teatro, y tal vez sería interesante que nos hablara de ello, porque ni siquiera sabemos si se considera como un cineasta o más bien como un hombre de teatro que, de vez en cuando, hace películas.

A. P.: No…, me dedico casi igualmente a una cosa y otra, aunque quizá haya dirigido últimamente más teatro que cine. Pero en esos cinco años también he trabajado dos años en el guión de una película sobre el motín de la prisión de Attica, que no he logrado hacer…

C.: ¿Por falta de financiación?

A. P.: Sí, no conseguí dinero.

C.: Poder pasar del cine al teatro y viceversa es también una forma de libertad, ¿no? Si trabaja en el teatro puede elegir las películas, tomárselo con más calma…

A. P.: Sí, no tengo que aceptar hacer películas. Puedo quedarme en el teatro y trabajar sólo en las películas que quiero, en lugar de…, para ponerte un ejemplo, Sydney Pollack hace muchas películas, Marck Rydell también, algunas son buenas, pero otras las hacen sólo por seguir trabajando. Yo prefiero seguir trabajando en el teatro y probar suerte cuando una película me interesa.

C.: De modo que no ha estado de brazos cruzados.

A. P.: ¡Oh, no! En esos cinco años he trabajado en dos películas. También trabajé en Alterad States (4).

C.: Sí, lo sabemos, aunque no exactamente hasta qué punto.

A. P.: Hasta tres semanas antes de iniciar el rodaje. Tres semanas; todo estaba listo, y a esas alturas todavía Paddy y yo estábamos en desacuerdo acerca del tipo de película que deseábamos hacer. De modo que… Todos los actores estaban elegidos, los primeros decorados estaban construidos y todo estaba preparado para empezar a rodar y todavía seguíamos sin ponernos de acuerdo y discutiendo. Yo quería hacer una pequeña historia personal, sin muchos efectos especiales, y Paddy quería hacer algo más a lo Dr. Jekyll y Mr. Hyde, ¿entienden lo que quiero decir?

C.: ¿Le interesaba la historia?

A. P.: Sí, me gustaba…, al principio porque creí que iba a poder hacerlo como una historia de amor y con características extrañas, pero real, no tan «fantástica», pero cuando a tres semanas de empezar el rodaje estábamos mirando los decorados y en desacuerdo todavía, le dije, «escucha, no tiene sentido», y lo dejé. Así que entre dos años que dediqué a Attica y unos ocho meses de trabajo en Altered States, más tres obras de teatro en Broadway…, además no han sido cinco años. Four Friends me ha ocupado año y medio, así que son tres años y medio bastante llenos. Cada obra de teatro supone cinco o seis meses de trabajo.

C.: Entre 1965 y 1970, de Mickey One Pequeño gran hombre, parecía que iba a hacer cada año una película, pero luego, aparte del fragmento de A vision of eight (5), pasan de nuevo cinco años hasta La noche se mueve, que es una de sus películas que más me gustan…

A. P.: A mí también.

C.: De las que, que sepamos, ha hablado menos…

A. P.: Muy poca gente me ha preguntado por ella. Todos parecen molestos y prefieren no sentirse violentos preguntando por ella. No sé, a mucha gente no le gustó esa película, pero a mí me gusta. Creo que es una buena película, interesante por lo menos. Volviendo a esos años sin hacer cine antes de La noche..., no sé qué pasó en ese período. Después de Pequeño gran hombre creo que hice dos obras de teatro y luego La noche

C.: ¿Tardó mucho en estrenarse La noche…?

A. P.: En Europa, sí, porque a la Warner no le gustaba nada, de modo que no hicieron nada por exhibirla, ni en Estados Unidos ni fuera.

C.: Es curioso, porque en aquel momento Gene Hackman era un actor muy taquillero.

A. P.: Sí, era una gran estrella.

C.: Tal vez se debiera a que era una película muy poco convencional. Es lo contrario de Chinatown, que se estrenó por entonces.

A. P.: Justo al mismo tiempo. Me pidieron que hiciera esa película antes que a Polanski y les dije que no podía, precisamente porque estaba haciendo La noche se mueve.

C.: Había muchas preguntas en esa película para el público, y una clase de preguntas no habituales.

A. P.: Sí, eso hacía que el público se sintiese incómodo. Pero es realmente una especie de pesadilla, de mal gusto…

C.: Creemos que de sus últimas cinco películas, aparte de Four Friendses la más personal.

A. P.: Sí, eso creo yo.

C.: Y tal vez desconcertase su ambigüedad, desde el significado del título hasta el hecho de que la investigación no se centrase realmente en quién mató a quién, sino que lo que el detective tiene que descubrir es dónde está él, qué le pasa, está buscando quién es, su identidad.

A. P.: Exactamente, eso es.

C.: Y tal vez chocase y decepcionase al público ver a Gene Hackman en un papel tan reflexivo.

A. P.: Puede ser, tal vez esperasen de nuevo French Connection o algo así, pero Gene Hackman es un maravilloso actor, maravilloso, y es un gran actor reflexivo también, en serio. Pero algo no funcionó en esa película, algo fue mal.

C.: ¿Tuvo algún problema con la producción o algo?

A. P.: No, fue todo fácil. No he tenido ningún problema con los productores desde La jauría humana. Esa fue la última vez.

C.: Se ha cuidado bien de evitar que volviese a suceder algo parecido.

A. P.: Sí. Nunca antes y nunca después. Ahora tengo todo bien claro y sentado en el contrato. Tengo todo lo que quiero, hasta el derecho al «montaje final».

C.: ¿El primer montaje de Four Friends era mucho más largo que la versión final o era ya así?

A. P.: No, era muy parecido a como es ahora. Bueno, no el primer montaje, sino cuando pegamos todas las tomas, con repeticiones de planos desde ángulos y era más largo; eso suele durar unas tres o tres horas y media. Entonces se hace un primer montaje, que en Four Friends duraba unas dos horas y veinte minutos. Pero sabíamos que era largo, que había que afinar y ajustar, hasta que llegamos al montaje final de una hora cincuenta y dos minutos.

C.: Es que nos sorprendió desde la primera visión la cantidad de cosas que ocurren en tan poco tiempo, tratándose además de un film de ritmo tan reposado.

A. P.: Exacto. Yo tengo esa misma sensación. Da una sensación del paso del tiempo, de que cubre muchos años, que sale uno pensando que es una película más larga.

C.: Tal vez sea porque toda la película está siempre diciendo adiós a algo, despidiendo a alguien, viendo alejarse a un personaje, y eso acentúa la impresión de que pasan los años…, como cuando Danilo sale del hospital a la calle y se ve el cambio de época, de espíritu…, produce vértigo.

A. P.: En un plano. Exacto. Es vertiginoso. Y también en la primera parte de la película tenemos a la vecina de al lado de Georgia y empieza a hablarnos, y luego, un poco después, oímos de David que no sólo se ha convertido en empresario de funeraria, cosa que no quería ser, sino que además la vecina fue su primer cliente, y de este modo sabemos que ha pasado el tiempo.

C.: Es interesante el uso de breves voces en off, que van cambiando de personaje: primero Danilo, luego dos veces la vecina de Georgia, Mrs. Zoldos, luego David y luego Lonie…

A. P.: Sí, en el estadio, en la ceremonia en memoria de Kennedy.

C.: ¿Por qué sólo hay comentario en off de esos cuatro personajes precisamente?

A. P.: Bueno, también el padre, una vez, en el hospital, que dice sólo «América, América» y nada más. Pero sólo se utiliza en la primera parte de la película, donde había que crear esa sensación del paso del tiempo; más adelante ya no era necesario ese procedimiento, porque estaban pasándoles muchas cosas a los personajes principales.

C.: Los personajes que tienen voz en off actúan en ese momento de la película, o de la acción que se desarrolla en la película, un tanto como espectadores, más que como protagonistas activos…

A. P.: Exacto, eso es.

C.: Hay personajes, como Danilo y Georgia, que viven más bien sin pensar, sin reflexionar acerca de su vida, como el personaje de Gene Hackman en La noche…, que se siente incómodo, pero no piensa en la época, en el período que están atravesando los Estados Unidos.

A. P.: Sí; su mujer, en cambio, piensa un poco, reflexiona.

C.: Gene Hackman sólo piensa cuando ve la película del accidente.

A. P.: Sí, eso es.

C.: Hay también ciertos puntos comunes entre el personaje de Gene Hackman en La noche… y el de Marlon Brando en Missouri…

A. P.: ¿Cómo se llamaba?… John Robert, Lee Clayton… Bueno, en Missouri tuvimos un problema diferente: teníamos un personaje pintoresco y extraño, que no estaba del todo escrito, porque realmente no llegamos a tener un guión propiamente dicho, de modo que cuando llegó Marlon a Montana nos sentamos y le dije: ¿Qué vamos a hacer con este personaje, MarIon? «Tengo una idea», me dijo, «quizá que cada vez que aparezca sea alguien diferente.» Con que le dije, muy bien, Marlon, es una buena idea. «Para empezar seré un indio.» No, eso no, nada de indios, no quiero que hagas de indio. «Está bien, te sorprenderé.» Así que apareció en el funeral, en la primera que rodamos de sus apariciones, entró donde estaba el féretro con hielo y dijo: «Oh, hielo, me va a entrar dolor de muelas», y empezó a hablar y quejarse con acento irlandés… Era puro Brando, pura inventiva, es un espectáculo maravilloso.

C.: Nos perdimos parte de eso, porque la hemos visto doblada en español.

A. P.: ¡Oh, no!… Es imposible de doblar…, lo que hace no se puede doblar…

C.: Es un poco lo mismo que ocurre con Four Friendsque pierde mucho doblada, porque el doblaje supone una reinterpretación, convencional y exagerada…

A. P.: ¡Ooooh…!

C.: La voz de Georgia cambia el personaje… más que una persona joven, parece una joven tonta…

A. P.: ¿Así que la han convertido en una chica tonta? Es terrible porque Georgia es muy especial, pero maravillosa…

C.: Y Jodi Thelen está maravillosa…

A. P.: Es una maravillosa actriz, podría ser una gran estrella porque ésta era su primera película, tenía dieciocho años y era algo nuevo, original, una chica maravillosa.

C.: Y su cara va cambiando…

A. P.: Sí, muchísimo, es asombroso…, primero parece una adolescente y luego parece una mujer de veintitantos años, va madurando a lo largo de la película. Es realmente asombrosa.

C.: Todos los actores están magníficos y, por lo menos para nosotros, son desconocidos.

A. P.: Sí, lo son, es la primera vez que actúan en una película. Excepto Mrs. Carnahan, Lois Smith, que hacía de jovencita ya en East of Eden, todos actúan por vez primera en cine.

C.: ¿Hasta el padre de Danilo (Miklos Simon)?

A. P.: Sí, es su primera película. Bueno, Danilo, es decir, Craig Wasson, ha salido en un par de películas. Es muy bueno.

C.: Me suena algo la cara de Lonnie…

A. P.: ¿Reed Birney? No, es su primera película. Procede del teatro. Gene Lasko, que es mi coproductor en Four Friends y con el que llevo muchos años colaborando, es un magnífico distribuidor de papeles, tiene mucho ojo, se mueve por ahí, encuentra gente estupenda, descubre talentos.

C.: ¿Qué diferencia encuentra entre dirigir los actores en cine o teatro, sobre todo en relación con la cámara o el ángulo elegido?

A.P.: No, habitualmente suelo hacer primero la escena y luego elijo el ángulo de toma. A menos que se trate de un plano muy especial, pero generalmente hago primero la escena y luego escojo el ángulo, después de ver cómo es la escena. En cuanto a la diferencia con el teatro, es un poco difícil de explicar, pero en la escena lo que se aprende de los personajes es lo que dicen, se aprende de su boca, mientras que en el cine se aprende realmente de sus ojos. Pueden decir una cosa, pero sus ojos dicen otra, y ahí es donde la cámara es tan maravillosa. Por ejemplo, si alguien dice: «No, estoy muy bien; estoy perfectamente», pero la cámara nos dice que sucede algo enteramente distinto. Eso no puede hacerse en el teatro, porque hay demasiada distancia. Así el teatro es realmente para dramas acerca de ideas, yo trabajo en piezas filosóficas, y el cine es más para emociones inmediatas.

C.: Creemos que se ha producido un cambio en La noche se mueve y desde entonces, en sus movimientos de cámara. ¿Ha reflexionado acerca de la función de la cámara y ha cambiado su manera de usarla como consecuencia de esa reflexión? ¿Usa todavía varias cámaras o cada vez menos?

A. P.: Uso a veces dos cámaras, pero no muy a menudo. Sólo en ciertas escenas.

C.: Se lo preguntamos porque en sus primeras películas sí las usaba, y se notaba: había una proliferación de ángulos —cuatro o cinco— combinados en fragmentos muy cortos para construir la escena, seleccionados sin duda a partir de mucho material, y en cambio últimamente, desde La noche… y especialmente en Four Friendssus planos son mucho más…

A. P.: Más precisos que antes.

C.: Y más sencillos.

A. P.: Sí.

C.: Y da la sensación de que son películas pensadas para una sola cámara.

A. P.: Sí, es cierto. Excepto para planos muy especiales, como ciertos efectos con especialistas y destrucción de material, que no pueden repetirse y que hay que procurar hacer en una sola vez.

C.: ¿Como la pelea en el bar en Four Friends?

A. P.: No, ésa está rodada con una sola cámara, salvo un plano, un dos cámaras. Ahora filmo casi todo con una sola cámara, salvo cuando hay algo como cuando Danilo cae y rompe la mesa al caer. Sólo tenía dos mesas, así que usé dos cámaras, una muy cerca y otra a distancia.

C.: En todo caso, hasta cuando emplea dos cámaras, se sirve de ellas de un modo muy diferente que antes.

A. P.: Sí, lo es, porque cuando empecé a hacer cine usaba las cámaras tal y como lo hacía en televisión, que es una manera muy diferente. Además, desde que dirigí cine por primera vez, muchas cosas han cambiado. En primer lugar, la película es mucho más rápida; la emulsión es tan rápida, tan buena, y eso supone una gran diferencia. También la propia cámara. Ahora es tan ligera que puede manejarla realmente una persona. La cámara que usé en El zurdo era tan grande como esta mesa, y tenían que levantarla cuatro personas para moverla; era increíble, la gran Mitchell con «blimp». Así que eran precisos cuatro hombres para moverla, y si uno decía que la colocasen en un sitio y luego, al mover a los actores, pensaba que convendría correrla un poco hacia un lado, daba no sé qué hacer venir a cuatro hombres para moverla. Casi no me atrevía a hacerlo. En cambio, ahora tenemos la maravillosa Panaflex pequeña, que se puede coger y mover fácilmente. Y luego está la Steadycam (6), la cámara que Kubrick usó tanto en The Shining. Tuvimos al mismo operador, Garrett Brown, trabajando con nosotros… sólo unos pocos días, pero era increíble lo que podía hacer con esa cámara. Hay una escena que eliminamos en el montaje de Four Friends que era asombrosa, increíble: Tom jugaba al football americano y el plano empezaba en el centro del campo, con la cámara pegada al balón, y luego ese hombre empezaba a moverse a través del campo hasta la meta, y todo el rato una sola cámara corría tras él. Desgraciadamente, tuvimos que eliminarlo de la película, porque no decía nada, y visto en el contexto de toda la película, rompía la velocidad, el ritmo de la película. Y el estilo. Por eso lo quitamos.

C.: Es curioso que utilice con tanto entusiasmo todas esas nuevas técnicas cuando se trata de una película de estilo muy clásico.

A. P.: Sí, en la técnica y en la narración.

C.: Parece como si a partir de La noche se mueve hubiese descubierto realmente el cine, hubiese logrado separar el teatro del cine y hubiese llegado a una nueva forma…

A. P.: Eso espero, eso espero. Creo que ésta es la «forma» cinematográfica más interesante que he hecho. Me gusta la «forma» de esta película muchísimo. Y quiero hacer más. Tengo la intención de explorar más en este sentido en la próxima película.

C.: ¿Tiene algún proyecto inmediato, para dentro de menos de cinco años?

A. P.: Tengo ahora apetito de hacer películas otra vez. Después de Missouri perdí las ganas…

C.: ¿Por qué? ¿Fue un gran fracaso comercial?

A. P.: No, no fue un fracaso comercial. Hizo dinero, dio algún dinero, pero era…, era una película que no me gustaba…, y no me sentía satisfecho de ella…

C.: Es una película difícil. La primera vez que la vi la odié.

A. P.: ¡Sí!

C.: Pero al mismo tiempo me intrigó.

A. P.: Es intrigante, pero…

C.: Y la volví a ver más veces, y empecé a apreciar partes de ella…

A. P.: Sí, hay cosas…

C.: En especial Katherine Lloyd.

A. P.: ¡Katherine Lloyd! Es maravillosa, ¿verdad? Desapareció…

C.: ¡Ah, no sabía! Le iba a preguntar por ella (risas), porque era maravillosa…

A. P.: Era estupenda, una muchacha muy interesante…

C.: Cuando monta a caballo…

A. P.: Esa era una escena muy bonita, cuando va montada de espaldas…

C.: Y tenía mucho humor…

A. P.: Ella tenía mucho humor… Hay cosas de la película que me gustan, pero el problema fue… que no tuvimos tiempo para trabajar el guión, y que íbamos inventando las escenas mientras rodábamos…

C.: Eso sólo le ha sucedido una vez.

A. P.: Una es suficiente. Nunca antes y nunca después. No volveré a empezar a rodar sin que el guión esté listo. Todo el mundo me prometió que tendríamos un nuevo guión y que sería maravilloso, y el primer día de rodaje el guión era el mismo, el mismo horrible guión, que no servía para nada. Así que Marlon y yo, y Jack (Nicholson), nos sentamos y nos pusimos a inventar esos trucos —era todo trucos—, como para tratar de encubrir el hecho de que no teníamos una película…

Y luego eso se nota, se ve en la pantalla…; así que no es una película que me guste. Y cuando la acabé quise hacer yo el siguiente guión, ser parte de la película…, y trabajé en Attica muy seriamente…; es un guión estupendo, maravilloso. Es una lástima que no podamos hacerlo.

C.: Georgia me recordó a Faye Dunaway al principio de Bonnie and Clyde, es la misma actitud.

A. P.: Sí, su ansia de vivir es el mismo apetito por la vida. Me gustaba mucho eso de Bonnie, era tan inquieta y hambrienta e interesada en encontrar vida…, y me gusta también eso de Georgia.

C.: Es también la actitud de Jane Fonda en La jauría humana.

A. P.: Sí, también.

C.: Parece que abunda en sus películas ese tipo de mujer. Además, las mujeres de sus películas suelen ser más fuertes que los hombres; tal vez más inquietas y cambiantes también, como Bonnie y Georgia, pero más resistentes y firmes; se puede pensar en Angie Dickinson en La jauría humana.

A. P.: ¡Oh, sí, claro que lo son!

C.: O Delly en La noche se mueve.

A. P.: Sí. O remontándonos a El milagro de Ana Sullivan, son dos mujeres fuertes. Muy fuertes las dos.

C.: Four Friends representa una nueva forma de reflexionar sobre América, sobre todo un período de cambio en la sociedad americana. Quizá también en la película de John Milius…

A. P.: Sí, es una nueva forma de reflejar la época… ¿A qué película de Milius se refiere?

C.: El gran miércoles.

A. P.: ¡Oh, ésa no la he visto!

C.: Es casi la misma historia. Pero es una nueva forma de explicar la época, quizá una buena forma.

A. P.: ¡Oh, sí, yo creo que sí! Me gusta la forma de esta película. Es la forma más apasionante que he visto en tiempo. Tengo una idea todavía más interesante de hacerlo.

C.: Despacha con leves toques cosas de un período muy malo de América; cosas como la quema de la bandera, Vietnam, el racismo…

A. P.: Es cierto.

C.: Es una forma muy interesante de tocarlo, muy brevemente, sin insistir ni subrayar.

A. P.: Sí, me pareció muy interesante. También cuando le roban el coche a Danilo. Voy a seguir tratando las cosas de esa manera.

C.: Es una película más trabajada en cuanto a los ritmos y los cambios de ritmo en cada secuencia y en el conjunto. Quizá por eso es muy serena, y muy emocionante, con un tono elegiaco, pero sin llevarlo nunca demasiado lejos, de modo que no es una película nostálgica…

A. P.: Sí.

C.: Es curioso que esta película cubre prácticamente toda su vida, desde que empezó a trabajar en el teatro hasta que hizo El restaurante de Alicia. Y si coloca después El restaurante de Alicia y luego La noche se mueve, se tiene una especie de panorama de los Estados Unidos desde 1945 o así hasta 1975.

A. P.: No 1945, más bien 1948, 49… En realidad, volví en 1950 de Italia a Nueva York. Es una idea interesante. Me gustaría mucho volver a ver ahora El restaurante de Alicia.

C.: Yo volví a verla hace un par de años y me gustó mucho más que en su momento. Me gusta mucho, salvo un par de cosas, como la especie de «secuencia» de la canción…

A. P.: ¡Ah, sí!

C.: Es curioso que trata también de un grupo de personajes jóvenes como Four FriendsSería interesante volver a verla ahora.

A. P.: Yo quiero volver a verla. Me encontré el otro día con Arlo (Guthrie) y estuvimos hablando de eso. Hace cinco años que no la veo y me gustaría verla otra vez.

C.: Es curioso, pero si se piensa en las épocas que ha tratado en sus películas, se tiene una especie de pequeña historia.

A. P.: Historia de América. Sí, es verdad.

C.: Primero la que cubre un período más largo y remoto. Pequeño gran hombre; luego, El zurdo; después, El milagro de Ana Sullivan, Bonnie and Clyde, y ya empalma con Four Friends, El restaurante de Alicia La noche se mueve.

A. P.: Y Mickey One, y hasta La jauría humana, también trata de una época muy interesante, de Texas justo antes del asesinato de Kennedy.

C.: ¿Qué piensa de la gente de su generación? De hombres como Blake Edwards, Sam Peckinpah, John Cassavetes, Kubrick…

A. P.: Kubrick tiene mucho talento.

C.: ¿Lo cree realmente?

A. P.: Va a volver, se va a recuperar. Es un gran director. Hay algo oculto en él que va a surgir. Nunca he visto una película suya sin admirar algunas grandes partes de ella. Creo que va a sorprendernos. Es muy buen director y no le conozco; bueno, le vi una vez. Pero me gusta ver sus películas.

C.: ¿Y gente como Peckinpah?

A. P.: No tanto. Un poco menos. Me gusta Coppola mucho, Scorsese, Altman… Me gusta Peckinpah, pero a veces… El año pasado fui a Tokio a ver Kagemusha, por Kurosawa, y Peckinpah apareció y se sentó y nos dijo: «Sin vosotros dos no sería nunca capaz de hacer una película.» Porque imita mucho, y él lo sabe, y lo dice, es muy franco. Y es muy buen director, pero imitaba mucho; todos imitamos mucho, después de todo.

C.: ¿Conoce a gente como Scorsese, Lucas, Spielberg?

A. P.: No conozco a Lucas. Una vez me presentaron a Spielberg. Conozco a Scorsese, porque vive en Nueva York, y los otros viven en California. Me gusta Scorsese, me gusta Malas Calles muchísimo. Las otras, no tanto.

C.: ¿Y Toro Salvaje?

A. P.: Me gusta parte de ella, pero otra parte me parece que no está controlada, que está un poquito desequilibrada. Pero creo que Scorsese tiene básicamente mucho talento. Muy buen director.

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NOTAS

(1) Andrew Sarris. Autor de una serie de obras sobre el cine americano y crítico cinematográfico.

(2) Richard Corliss. Crítico habitual de la revista Time y director de la revista Film Comment.

(3) Steve Tesich es el guionista de Georgia y de Eyewitness, el film recientemente estrenado de Peter Yates.

(4) El título español es Viaje alucinante al fondo de la mente. Dirigida por Ken Russell, fue comenzada por el también guionista Paddy Chayefsky, que murió durante el rodaje.

(5) Documental sobre la Olimpiada de Múnich, codirigido por ocho cineastas, en el que Penn se ocupaba del salto de pértiga.

(6) Cámara modificada de 35 milímetros que, provista de un giroscopio y controlada por el cámara mediante un monitor TV, permite todo tipo de desplazamientos (incluyendo «el trote»), sustituyendo de forma espectacular las vías del travelling o la dolly.

Entrevista realizada por Miguel Marías, Franco Mortari y Felipe Vega. Publicada en el nº 15 de Casablanca (marzo de 1982).