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lunes, 6 de noviembre de 2023

Mandingo (Richard Fleischer, 1975)

La actividad tiene un precio, y Richard Fleischer, uno de los raros directores americanos que ruedan todavía un par de películas al año, ha tenido que pagarlo: su carrera es ciertamente irregular; a veces original, en ocasiones rutinaria, su obra alcanza, sin embargo, un nivel medio bastante interesante, aunque no lo suficientemente sostenido y brillante como para atraer sobre este director la atención de la crítica. Menos todavía en unos tiempos en que el cine americano “no se lleva”, y en los que está atravesando una de sus peores etapas artísticas. Si se excluye el interés que despertó hacia 1963 en España —Fleischer fue, con Gordon Douglas, el único “descubrimiento” de Film Ideal—, con películas como Sábado trágico y La muchacha del trapecio rojo (1955), Bandido (1956), Los diablos del Pacífico (1957), Los vikingos y Duelo en el barro (1958), Impulso criminal (1959), etc., y la tardía rehabilitación, por ciertos sectores de la crítica francesa, de sus mejores films recientes —El estrangulador de Boston (1968), El estrangulador de Rillington Place (1971) y Los nuevos centuriones (1972)—, puede decirse que Richard Fleischer permanece, críticamente, en el anonimato, sin haber conseguido hacerse “un nombre” salvo, como profesional, entre los productores, que encuentran en él un director eficiente, con tendencia a aceptar cualquier guion, y sin más pretensión que la de hacer su trabajo lo mejor y más dignamente que pueda (véase El estudio, de John Gregory Dunne, interesante libro sobre la Fox a finales de la década de los 60).

Aunque Mandingo (1975) no esté, en mi opinión, a la altura de los films antes mencionados, ni siquiera al nivel del menospreciado El Don ha muerto (1973), sino, más bien, al de los interesantes Fuga sin fin (1971), Cuando el destino nos alcance (1973) o Mr. Majestyk (1974), creo que, en contra de lo que pudiera parecer, y a pesar de su dudoso origen, es un film de indudable novedad y considerable audacia. Su punto de partida es la novela homónima de Kyle Onstott, que forma parte de una serie de voluminosos folletines, la Saga de Falconhurst, reciente best-seller en América. Se diría que una novela-río de gran éxito —condensada para el teatro por Jack Kirkland, que ya adaptó a la escena otras célebres novelas sureñas, Tobacco Road y God’s Little Acre, de Erskine Caldwell, llevadas al cine, respectivamente, por John Ford en 1941 y por Anthony Mann en 1958— aseguraba a su versión cinematográfica unos elevados ingresos en taquilla; sin embargo, lo único que Mandingo tenía garantizado era la imposibilidad de ser exhibida en los estados del Sur, donde continúan vigentes una serie de tabúes raciales y sexuales que la película, deliberadamente, trasgrede (piénsese en las dificultades que tuvieron películas menos “provocadoras”, como La esclava libre de Walsh, La noche deseada de Preminger y Slaves de H. J. Biberman). Incluso fuera del Sur de los Estados Unidos, Mandingo puede resultar un film demoledor, ya que representa una sistemática desmitificación —tal vez, incluso demasiado metódica— de la imagen tradicionalmente difundida por el cine y la literatura acerca de la sociedad sureña anterior a la Guerra de Secesión. En efecto, aunque al Sur se le reprochaba su racismo y su esclavismo, se le reconocían, a título de compensación, ciertas virtudes: elegancia, belleza, honor, caballerosidad, distinción, altruismo incluso. Mandingo, en cambio, ofrece de la sociedad sureña una visión comparable a la que el mismo Fleischer nos dio de la romana en Barrabás (1961): Falconhurst es una plantación mal explotada, descuidada, fea, sucia, oscura, inhóspita, ruinosa; sus propietarios blancos son seres corrompidos y decadentes, completamente despreciables y antipáticos: la esclavitud nos es presentada, por vez primera, con todas sus consecuencias, especialmente en su vertiente de explotación sexual —totalmente inédita, y sin duda muy importante—; las privaciones que sufren los esclavos —físicas, económicas, sexuales, culturales, religiosas— no son producto del sadismo de sus propietarios, sino que forman parte de una “política económica” muy clara, que nunca había sido explicitada como en Mandingo. En este sentido, el film de Fleischer es el anti-Lo que el viento se llevó.

Además, Mandingo es un film —tal vez por su origen teatral— muy poco espectacular, y nada agradable para el público, por lo menos en tres aspectos: en primer lugar, todos los personajes blancos son antipáticos, cuando no odiosos, y la única posible “figura de identificación”, el joven Hammond Maxwell (Perry King), resulta excesivamente vacilante e inseguro, al principio, y más cruel de lo imaginable, al final, como para que el espectador pueda sentirse confortable ni un solo momento a lo largo de la película (los personajes negros, bastante importantes, son demasiado sumisos, o impotentes ante la fuerza de los terratenientes sureños, como para suscitar la adhesión del público); en segundo término, las escenas violentas del film alcanzan un grado tal que he visto salirse del cine a personas que habían pagado 100 pesetas por presenciarlo; por último, visualmente, y sobre todo en las escenas que transcurren en interiores —la mayoría—, la iluminación y el color, la composición de cada plano y el decorado, contribuyen a crear una sensación de claustrofobia y decrepitud que contrastan con los habitualmente blanqueados palacios sureños que se han visto en la pantalla. Si añadimos que ninguno de los actores de la película tiene suficiente atractivo como para facilitar que el público vea la película, y que Susan George está especialmente fea y odiosa, se comprenderá que Mandingo resulte una obra difícilmente aceptable por la mayor parte de los espectadores, confundidos por la frialdad implacable del tratamiento de Fleischer —distanciado de los personajes, sin concesiones a la galería, sin hacer plañideras y melodramáticas requisitorias a favor de los negros, sino, simplemente, mostrando un estado de cosas inadmisible— y por la acumulación inverosímil de incidencias melodramáticas que provoca la condensación, en un breve plazo de tiempo, de una larguísima novela.

Es una lástima que el guionista —Norman Wexler— no haya “podado” algunos sucesos folletinescos, procedentes de la novela y conservados por la adaptación teatral de Kirkland, que no aportan nada a la película y que, al resultar exagerados, restan fuerza de convicción a Mandingo. De haberse suprimido algunas peripecias, Fleischer hubiera dirigido un drama, no un folletín, evitando así que su demolición de los mitos sobre el idílico y pastoral Deep South resultase demasiado sistemática y recargada como para ser totalmente verosímil y eficaz. De todas maneras, y aunque sus excesos impidan que Mandingo suponga una fecha histórica en el cine americano, cabe apreciar la maestría y el rigor con que Fleischer ha puesto en imágenes la mayor parte de las escenas de la película, y su decidida oposición a las normas vigentes, desde hace sesenta años, en el cine de Hollywood al tratar un tema tan espinoso como el de la esclavitud en el Sur de los Estados Unidos.

En "Dirigido por" nº 30, feb-1976

miércoles, 21 de junio de 2023

The Jazz Singer (Richard Fleischer, 1980)

Autor de tres de la mejores películas anglosajonas del pasado decenio —10, Rillington Place (El estrangulador de Rillington Place, 1970), The New Centurions (Los nuevos centuriones, 1972) y Mandingo (1975)—, el veterano Richard Fleischer parece empeñado —y tal vez no le falten excusas para ello, en vista de lo sucedido con las carreras de otros directores de su edad— en mantenerse en activo a todo precio, en no dejar que una pausa de dos años pueda interpretarse como una señal de cansancio, debilitamiento o senilidad. De otro modo no se comprende que este hombre, hasta hace poco muy exigente, acepte con creciente frecuencia encargos indignos de su categoría, desesperadamente ineptos o a medio cocer y tan ajenos a sus preocupaciones, inclinaciones y dotes, como Doctor Dolittle (El extravagante Doctor Dolittle, 1967), Che! (1969), The Incredible Sarah (Sara, 1976), Ashanti (Ébano, 1979) o este absurdo y extemporáneo remake de la muy mediocre película que, en 1927 y en virtud del atractivo de su novedad técnica, provocó la muerte del cine mudo en su momento de máximo esplendor y la irrupción apresurada del sonoro.

Aunque el arrollador éxito comercial de la versión de Alan Crosland poco tuvo que ver con la historia que contaba, supongo que la obra teatral del ilustre guionista (nueve grandes Lubitsch y Suspicion, de Hitchcock) Samson Raphaelson, tío de Bob Rafelson, tendría algún sentido en su época, y puede que para su autor abordase cuestiones personalmente relevantes. Sin embargo, no acierto a imaginar qué razón —como no sea la falta de imaginación e inventiva que cabe sospechar tras la insólita proliferación de segundas y terceras versiones, partes, derivaciones y otras secuelas que corroen al cine americano desde hace unos años puede impulsar hoy a producir, adaptar al «gusto del día», interpretar, realizar nuevamente tan inverosímil, localista, anacrónica y minoritaria fábula, a menos que se optase por enfocarla desde un punto de vista humorístico, como puro disparate, y se encomendase su dirección al vulgar pero dinámico John Landis (o incluso al zafio pero taquillero Mel Brooks), y se pusiese a su disposición un reparto adecuado a tal perspectiva: el cantor de sinagoga podría ser Jerry Lewis —en lugar de Neil Diamond, que se revela aún peor actor que cantante—; su amante, Bette Midler —pues Lucie Arnaz, pese a ser hija de Lucille Ball, no es nada graciosa—; su padre, Woody Allen, debidamente envejecido y caracterizado —y no un Laurence Olivier, más petulante e irritantemente exasperado que nunca—, y los tres componentes del grupo de rock con el que, embadurnado de negro, actúa Yussel Rabinovitch en una de las pocas escenas en que Fleischer parece haber intuido —sin atreverse a explotarlas— posibilidades cómicas, por ejemplo, Richard Pryor, Roscoe Lee Browne y Antonio Fargas.

Lo que no entiendo es que se pretenda «actualizar» semejante folletín lacrimógeno tomándoselo en serio, porque dudo que alguien pueda creérselo en 1981: Fleischer, desde luego, demuestra su escepticismo con un rutinario savoir faire que vacila, sin ton ni son, entre la vulgaridad televisivo-estereofónica y la afectación crepuscular. Se nota que no se siente a gusto en esta camisa de once varas. Aparte de eso, tras el estrepitoso fracaso de tres films consecutivos —The Prince and the Pauper/Crossed Swords (El príncipe y el mendigo, 1977), que tenía que haber hecho, por lo menos, tan bien como Keighley cuarenta años antes; Ashanti y la que nos ocupa—, debería empezar a preocuparse, no sea que a algún productor se le ocurra verlas y decida que Fleischer no está en buena forma mental, por ágil y resistente que pueda mantenerse físicamente.

En “Casablanca” nº 5, mayo-1981

viernes, 14 de abril de 2023

These Thousand Hills (Richard Fleischer, 1958)

It is not really my favorite western, but it is certainly one of the ten I prefer; it is also the best film ever made by a persistently underrated director that I value more highly each day, without denying that his long career is somewhat uneven.

I will not say that it is a masterpiece, but I’m quite sure of thinking that for me it can be no other thing: since the first time I saw it, a very long time ago (in 1962, to be precise), until this day, after watching it fourteen times or so, it has always aroused in me a lasting enthusiasm, the same mixed and conflicting emotions, the same feeling of surprising freshness, ever renewed pleasure and an intense admiration, free of the influences of fame and prestige.

As a sample of the western genre it is simply exemplary. It provides wide spaces; a swiftly-growing community that becomes bourgeois and puritanical as it progresses in economic wealth and the civilization of “law and order” conquers the frontier plains; outlaws, landowners, naïve cowhands, saloon girls, embittered and aristocratic gamblers, cowherds, horses - only Indians seem already banished. But it also offers a lot of intelligence, of adult complexity, of narrative clarity and of a much missed sense of justice - and its necessary complement, scandal before injustice - in its subtle examination of a changing society and the development, not always for the best, of all the characters involved. These Thousand Hills has no heroes; I’d bet it is extremely realistic and that it escapes from the temptation of mystifying anything, of creating people of mythical dimensions. It is also, as so many westerns, a tale of learning and initiation, but in more than one ground (friendship, loyalty, sex, love, ambition, treason, violence) and in different, sometimes dramatically diverging directions.

Its cast is quite unusual in its seldom equalled perfection, reuniting some of the best and most obscure supporting actors of its time: Richard Egan and Stuart Whitman, the always pathetic Royal Dano, the reliable Harold J. Stone. Don Murray and Lee Remick were in the best moment of their respective careers (loosely, 1956-1962 for both). The photography in Color by De Luxe (at the height of its physical presence and definition, the latter soon to be lost) and CinemaScope by Charles G. Clarke is among the best I’ve ever seen: I have never found before or afterwards such a sensuous capture of the cool of dawn, the sweat of effort, the roughness of wooden fences, the shining hide of horses, the fatigue of bodies, the pain of beating and being beaten, the water of a river, the snow, the pastures, the mud.

It has also a title song which has damned me to search unsuccessfully for records by Randy Sparks, and a score that manages to be unobtrusive, functional and beautiful.

Either in interior settings or on landscape locations, in close two-shots of a couple of actors as well as in large frames of hundreds of cows or the thousand hills of Montana alluded to by the Biblical quotation of its title, the use of the wide screen ratio is magnificent, as usual in Fleischer since 1954, and one of the most distinguishing traits of his economical, precise and very unassuming style, miles apart from any attempt at attracting attention to itself.

Its lack of pretentiousness, pedantry and significant dialogue may help to explain why amateurs of “psychological” westerns did not pay any attention to this truly mature, critical and intelligent movie, ultimately closer and even parallel to Bernardo Bertolucci’s Prima della rivoluzione than to most standard westerns, lucid like Elia Kazan’s Wild River, tragic like Robert Rossen’s The Hustler and Richard Brooks’ Sweet Bird of Youth, stoical in its lyricism as Robert Parrish’s The Wonderful Country and Nicholas Ray’s misappreciated Run for Cover. A perfect illustration of the many virtues of American classicism at the height of its splendor and maturity, only a few years before the downturn started. It is a great film about ambition, the lure of success and its power of corruption, about how society works by discriminating some people while integrating those which conform to its values; about friendship, temptation, generosity, ungratefulness, treason and shame. Ethic questions of universal value about which there are no lectures - there is no preaching, we are free to judge or not - but which are enmeshed in the flesh and blood dramas lived by a group of characters which we get to know and understand like seldom in the cinema, through a linear story told keeping to its bare essentials, with order and serenity, with rage and modesty, with tension and tenderness, with delicacy and latent or suggested violence. There is in These Thousand Hills an exhilarating feeling of harmony and plenitude, that we fear won’t last, an unstable balance which suddenly breaks, often painfully and even brutally, under the combined weight of its inner contradictions and the pressure of imposed choices, the malaise provoked by the conflict between freedom and convenience. There is also that tragic impression of time eroding everything, and the realization that you don’t get any thing without relinquishing another, and that such a dilemma has no escape whatsoever.

One should not forget the screenplay by Alfred Hayes, the man who wrote Fritz Lang’s Clash by Night and Human Desire, nor the A. B. Guthrie, Jr. novel on which it was based, but the basic worth of Fleischer’s film lies his directing the actors in a style which by now has been completely forgotten: to recall what a pair of eyes, a jawbone, the shoulders or a way of walking can express, you need to have seen Callie (Lee Remick) when she returns downstairs after making herself up and finds that Lat (Don Murray), in a sudden surge of timidity and fear, is gone, leaving the music box playing; and Lat, after drinking to give himself courage in the company of an old drunkard in a stable, stumbling towards Callie’s house. Or, later, the jealous Yehu (Richard Egan) wiping out with a knife the dedication to Lat on the birthday cake Callie has cooked for him. Or the spite and disappointment of Tom (Stuart Whitman), when he reproaches Lat for forsaking his friends. Or Lat confessing to his poor wife Joyce (Patricia Owens) his past relationship with Callie and how much he owes her, and telling her she’ll have to trust him. Or Lat again, drawing aside a curtain and discovering Callie’s face disfigured by Yehu’s blows. Or Lat finally risking his social respectability, his economic future and his marriage by facing at last the truth and savagely fighting for Callie with Yehu, partly to forgive himself for not having had the courage and the power to stop the hanging of Tom - after having humiliated him with his haughty refusal to be his wedding godfather, when he sacrificed all his earliest friends to make for himself a place in the sun and let his new respectable acquaintances carry him to the Senate.

Texto ligeramente modificado y traducido al inglés por el propio Marías del artículo publicado en el nº 4 de Nickel Odeon (otoño de 1996)