lunes, 9 de marzo de 2026

Edward Scissorhands (Tim Burton, 1990)

Salvo Batman (1989), probablemente la menos controlada, las películas de Tim Burton se caracterizan por una inventiva desbordante, tanto narrativa como plástica, un recurso funcional y fascinado a los efectos especiales, un imaginativo sentido del decorado y una afición notable a crear modernos cuentos de hadas cómicos e inquietantes y, en el fondo, románticos. De hecho, incluso Batman reúne algunos de esos rasgos, por lo que no sería de extrañar que la segunda parte, también encomendada a Burton, respondiese íntegramente a su personalidad: no es lógico elegir con acierto a un director por su afinidad al tema y luego no dejarle abordarlo a su manera.

Ya Beetlejuice (Bitelchús, 1987) era una película de prodigiosa fantasía y original talento cinematográfico de Burton, y hacía de él, más aún que el cuento televisivo que dirigió para Shelley Duvall, uno de los más prometedores cineastas americanos recientes, de esos a los que vale la pena seguirles la pista (son bastantes, por cierto, los surgidos en los años 80 que parecen dignos de atención, aunque pocos los que no admiten compromisos y tienen una idea clara de lo que quieren).

Eduardo Manostijeras es todavía mejor, más lograda y más original, una de esas sorpresas cada vez más infrecuentes que dan sal a la casi perdida costumbre de ir muy a menudo al cine. No sólo la historia —de la que Burton es co-autor, y que no voy a contar, pero que tiene sorprendentes puntos de contacto con El licenciado Vidriera de Cervantes— es de un ingenio y una inteligencia enormes, con poesía, humor y sorpresas a raudales, sino que el estilo "miniaturista", de "casa de muñecas", de "bola de cristal con nieve" que adopta Burton se revela un acierto, al que contribuyen también su uso del color y del decorado, la elección y dirección de actores, y la música. Alejado de cualquier tentación naturalista —aunque la realidad sea materia prima de apuntes satíricos a lo Frank Tashlin y de gags dignos de Jerry Lewis—, con alusiones cinematográficas justificadas (uso de Vincent Price, ecos de Walt Disney) en clave sentimental-humorística, Burton urde un "cuento de hadas" capaz de fascinar, maravillar y regocijar tanto a los niños pequeños como a sus hermanos adolescentes, a los padres y a los abuelos, desplazándose constantemente —y sin una caída de ritmo— de un nivel a otro de la ficción, de tal modo que la película es a la vez un cuento simple y directo, "en primer grado", y una juiciosa y jugosa reflexión sobre el arte de narrar, tanto oral como cinematográfico, sobre el paso del tiempo y sobre la trágica imposibilidad de materializar los sueños.

En “Todos los estrenos. 1991”. Madrid : Ediciones JC, diciembre de 1991.

No hay comentarios:

Publicar un comentario