Salvo Batman (1989), probablemente la menos controlada, las películas de Tim Burton se caracterizan por una inventiva desbordante, tanto narrativa como plástica, un recurso funcional y fascinado a los efectos especiales, un imaginativo sentido del decorado y una afición notable a crear modernos cuentos de hadas cómicos e inquietantes y, en el fondo, románticos. De hecho, incluso Batman reúne algunos de esos rasgos, por lo que no sería de extrañar que la segunda parte, también encomendada a Burton, respondiese íntegramente a su personalidad: no es lógico elegir con acierto a un director por su afinidad al tema y luego no dejarle abordarlo a su manera.
Ya Beetlejuice (Bitelchús, 1987) era una película de prodigiosa fantasía y original talento cinematográfico de Burton, y hacía de él, más aún que el cuento televisivo que dirigió para Shelley Duvall, uno de los más prometedores cineastas americanos recientes, de esos a los que vale la pena seguirles la pista (son bastantes, por cierto, los surgidos en los años 80 que parecen dignos de atención, aunque pocos los que no admiten compromisos y tienen una idea clara de lo que quieren).
Eduardo Manostijeras es todavía mejor, más lograda y más original, una de esas sorpresas cada vez más infrecuentes que dan sal a la casi perdida costumbre de ir muy a menudo al cine. No sólo la historia —de la que Burton es co-autor, y que no voy a contar, pero que tiene sorprendentes puntos de contacto con El licenciado Vidriera de Cervantes— es de un ingenio y una inteligencia enormes, con poesía, humor y sorpresas a raudales, sino que el estilo "miniaturista", de "casa de muñecas", de "bola de cristal con nieve" que adopta Burton se revela un acierto, al que contribuyen también su uso del color y del decorado, la elección y dirección de actores, y la música. Alejado de cualquier tentación naturalista —aunque la realidad sea materia prima de apuntes satíricos a lo Frank Tashlin y de gags dignos de Jerry Lewis—, con alusiones cinematográficas justificadas (uso de Vincent Price, ecos de Walt Disney) en clave sentimental-humorística, Burton urde un "cuento de hadas" capaz de fascinar, maravillar y regocijar tanto a los niños pequeños como a sus hermanos adolescentes, a los padres y a los abuelos, desplazándose constantemente —y sin una caída de ritmo— de un nivel a otro de la ficción, de tal modo que la película es a la vez un cuento simple y directo, "en primer grado", y una juiciosa y jugosa reflexión sobre el arte de narrar, tanto oral como cinematográfico, sobre el paso del tiempo y sobre la trágica imposibilidad de materializar los sueños.
En “Todos los estrenos. 1991”. Madrid : Ediciones JC, diciembre de 1991.
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