miércoles, 27 de marzo de 2024

Entrevista con Budd Boetticher

CASABLANCA: Resulta muy curioso que un americano se interese por el mundo de los toros. ¿Cómo llegó a ser torero?

BUDD BOETTICHER: Tuve mucha suerte. Yo jugaba al rugby, y me concedieron un año de vacaciones en el que no tenía que asistir a la universidad. Entonces me fui a Méjico para embarcarme desde allí y viajar por todo Sudamérica. Y en Méjico tuve la ocasión de ver a uno de los mejores toreros mejicanos de todos los tiempos, Lorenzo Garza, lidiando seis toros en una sola corrida. No tres matadores con dos toros cada uno, sino él solo con seis toros. Esa temporada no había tenido mucho éxito y, para demostrarle al público mejicano que seguía siendo el mejor, compró los cuatro toros de los otros dos matadores que tenían que salir al ruedo con él para enfrentarse a todos ellos. Yo estaba allí, y fue algo grandioso. Esa misma noche acudí a una fiesta, y un hombre mayor se ocupó de mí y me dio conversación. Y, de pronto, me preguntó qué pensaba yo del mundo de los toros. Y le mentí. Me gustaban los toros, pero mentí diciendo que me habría gustado ser torero. Esto ocurrió el domingo por la noche, yo sabía que me iba a marchar el miércoles y que en tres días no iban a hacer de mí un torero, por lo que me pareció bonito decirlo. Pero a la mañana siguiente, Lorenzo Garza se presentó en mi hotel para llevarme a la plaza y enseñarme a torear. Lo que yo no había entendido la noche anterior era que el hombre con el que estaba hablando era el hermano del entonces presidente de Méjico, la única persona que podía llamar a Lorenzo Garza por teléfono y decirle «Mira, ahora te vas al hotel de ese joven americano jugador de rugby y le enseñas a torear». Tardé poco en descubrir que necesitaba muchos meses de entrenamiento antes de poder torear una vaquilla, y que sería divertido quedarme ahí hasta entonces. Luego inventaría alguna historia, como que mi madre se estaba muriendo, para salir corriendo de Méjico y volver a casa. Lo malo fue que para entonces estaba tan metido en ello que ya aspiraba a lidiar un toro y convertirme en torero. Cuando mis padres descubrieron que iba totalmente en serio, que iba a quedarme en Méjico para ser torero, se horrorizaron. Mi madre pensaba que me había vuelto loco. Leyeron la noticia de mis actuaciones en la plaza en el Chicago Tribune —mi familia era muy rica, lo cual ha sido un fuerte obstáculo, además de una ventaja, a lo largo de toda mi vida—, y dejaron de enviarme dinero. Fue un golpe muy duro, porque en 1939 tenía una asignación semanal de ciento cincuenta dólares, que corresponderían a unos mil dólares de ahora. A mis diecinueve años tenía todo lo que quería, un magnífico Cadillac nuevo... Y, cuando me encontré sin mis ciento cincuenta dólares semanales, vendí el coche y me fui a vivir con Fermín Espinoza y Armillita; era su protegido. Y entonces mi madre se sintió realmente frustrada, porque vio que iba en serio, y gracias a sus amistades me consiguió una cita con Darryl Zanuck. Viajé desde Méjico a Hollywood con una maleta llena de fotografías y recortes de periódicos para demostrar que era cierto que sabía torear. También me llevé una muleta, un capote y un estoque, e hice algunos pases en la oficina de Zanuck delante de todos sus colaboradores. Y diez minutos más tarde, Zanuck estaba ahí empujando una silla como si fuera un toro... Le demostré entonces que sabía hacer una verónica, y conseguí el trabajo. Y así fue como entré en el cine.

C.: ¿Fue ése entonces su primer contacto con el cine?

B. B.: Sí, hasta ese momento no me había interesado por ello. Veía muchas películas, pero mi padre no quería que tuviera nada que ver con el cine. Pero, una vez entrado en Hollywood, los Rotschild eran mis amigos, y era la época dorada en que en las fiestas te encontrabas con Carole Lombard y Clark Gable y Spencer Tracy..., y era realmente un mundo fantástico. En Méjico aún no había empezado la temporada, así que decidí quedarme en Hollywood, aunque en realidad no tenía ningún talento, excepto como atleta. Y tanto era así que el único trabajo que pudieron asignarme fue el de repartir el correo por las distintas oficinas. Y es algo que me gusta contar porque los jóvenes siempre quieren empezar desde arriba... Me hace mucha gracia cuando alguien me dice: «Yo quiero ser director de cine», le digo: «Y yo quiero ser general, pero hay que empezar desde abajo.» Lo que pasaba es que cada vez que entraba en un despacho para entregar una carta, por ejemplo, a Frank Capra, éste me decía: «Red, quédate un rato... Quiero preguntarte algo... ¿Cuando toreabas en Méjico... etc.? ¿Cuando boxeabas... etc.?» Y muy pronto me hice amigo de todos ellos, y ya me daba vergüenza ser el chico de los recados, así que me fueron ascendiendo y acabé por trabajar como ayudante de dirección. Y, con mucha suerte, pronto pude dirigir.

C.: ¿Es cierto que ha dirigido usted películas utilizando el seudónimo de Mark Randall?

B. B.: No, ése era el nombre que he utilizado en mis libros, porque Boetticher es un nombre espantoso. Y mi verdadero nombre es Oscar, Oscar Manfred von Boetticher. El «von» lo suprimí porque me parece ridículo, me encantaría saber qué tengo yo de alemán, y Oscar es un nombre muy afeminado. En América la gente llama Oscar a sus perritos, o gatos... En la universidad me dieron el apodo de Red, porque era pelirrojo, y mi familia siempre me llamó Budd.

Mi padre odiaba el cine, pensaba que estaba perdiendo mi tiempo trabajando en Hollywood, así que empecé firmando mis trabajos como Oscar Boetticher Jr., y sólo cuando mi padre se murió lo cambié por Budd Boetticher.

C.: ¿Y es cierta la anécdota que he oído de que alguien en una fiesta le dijo que usted hacía cine gracias a su hermano Oscar?

B. B.: ¿Han oído esa anécdota? Es muy divertida. Acababa de rodar The Bullfighter and the Lady. Mi padre había muerto, yo sabía que la película iba a ser un éxito, y decidí firmarla con el nombre de Budd Boetticher. Wayne —que había sido el productor— y yo dimos entonces una gran fiesta. De pie, detrás de la barra, dos jóvenes actores, con los que luego trabajé en repetidas ocasiones, Jack Kelly y Hugh O'Brien, hablaban del cine, y Hugh le explicaba a Kelly cómo se llegaba a dirigir películas. Y le dijo: «Mira, por ejemplo, a este tipo, Boetticher. De no haber sido por su hermano Oscar, este hijo de perra nunca habría llegado a ser director.» Yo lo oí y les dije: «¡Eh, vosotros! Yo soy Budd Boetticher.» Me saludaron amablemente y les pedí que me acompañaran al lavabo. Allí les señalé mi imagen reflejada en el espejo y dije: «¡Ahí tienen a mi hermano Oscar! Es cierto, es la única persona que me ha ayudado. A él le debo haber llegado a ser lo que soy.»

C.: Usted rodó algunos documentales durante la segunda guerra mundial.

B. B.: Sí, rodé muchos documentales, y algunos de ellos son muy buenos. Lo curioso es que, cuando estás trabajando como director de cine en la guerra, aunque vayas de uniforme y veas cómo están matando a gente a tu alrededor, nunca piensas que te puedan disparar a ti también. Piensas que estás rodando una película, y que ahí vienen los aviones japoneses, ahí hay alguien disparando, allí alguien cae herido. Tenía un amigo, Charles Marquis Warren, un excelente director, que también dirigió la serie de televisión Gunsmoke, que fue el único oficial de la Armada que estuvo en Iwo-Jima. Llegó allí con su cámara de dieciséis milímetros y empezó a rodar en medio del combate, pensando lo afortunado que era al no participar en la acción. A su alrededor, los soldados caían por docenas. De pronto se dio cuenta de que sí estaba allí y que los japoneses no miraban a quién disparaban. Saltó al cráter de una bomba para guarecerse y allí estaba un tipo, con el que había cenado la noche anterior en el barco, al que le habían volado la cabeza.

Durante la guerra rodamos a los kamikaze japoneses. Cuando el Estado Mayor americano se enteró de que en el ejército japonés había jóvenes pilotos dispuestos a morir de esa forma, la existencia de los kamikaze se convirtió en el mayor secreto militar. Pensaban que si nuestros muchachos llegaban a enterarse, nunca podrían ganar la guerra. Y nosotros rodamos esa película, que luego se llamó The Fleet That Came to Stay... Y nos sentamos a esperar que llegaran los japoneses para filmarlo. Fue terrible... Pero ésa ha sido toda mi guerra, nunca maté a nadie.

C.: El otro día en la rueda de prensa usted dijo que había rodado 58 películas...

B. B.: Sí, pero sólo hay catalogadas unas treinta y cinco, de las que me gustaría esconder por lo menos doce.

C.: ¿Y en todas ellas aparece su nombre?

B. B.: Sí, o un seudónimo. Muchas están firmadas por otros directores. Participé en ellas dirigiendo algunos días, para aprender...

C.: ¿Trabajó en la segunda unidad?

B. B.: Sí, dirigir la segunda unidad realmente ayuda a aprender. Estuve con muchos directores que eran realmente buenos amigos míos, como George Stevens. Dirigí una secuencia de The More the Merrier (El amor llamó dos veces), y nadie lo sabe. Dirigí la secuencia del baile en Sangre y arenacon Rita Hayworth y Tony Quinn... y nadie lo sabe.

C.: Pero mucha gente dice que es la única cosa buena de la película...

B. B.: Yo también lo creo... Lo que ocurrió con esa película es que en los Estados Unidos pensaron que era la biblia del toreo, cuando en realidad Blasco Ibáñez había escrito su novela como un alegato en contra del mundo de los toros. Tyrone Power era un hombre maravilloso, todo el mundo le adoraba, podría haber hecho cualquier cosa, pero Mamoulian lo único que quería era ganar el Oscar por la fotografía en color, y de hecho lo consiguió.

La primera película auténtica sobre el mundo de los toros fue The Bullfighter and the Lady.

C.: ¿Dobla usted personalmente las escenas de toreo en The Bullfighter and the Lady?

B. B.: Algunas de ellas. Robert Stack era un hombre muy corpulento, los dos nos teñimos el pelo de rubio, tuvimos que inventarnos un montón de trucos porque los toreros eran mucho más pequeños que Stack y era difícil doblarle...

C.: ¿Qué directores le gustan? ¿Es cierto que John Sturges, por ejemplo, era muy amigo suyo?

B. B.: No sé si John Sturges me quiere o no, porque gastó doscientos mil dólares de su dinero para terminar Arruza. Nos peleamos y él quería quedarse con mi película. Entonces le dije: «Un momento, John, yo no me atrevería a proponerte que volvieras a montar Los siete magníficos, ¿cómo te atreves tú a tocar mi película?» Y él me dijo: «¡Puedes coger tu película y metértela por donde te quepa!» Así que no sé... Yo le adoro, es un gran hombre, y tuvo la enorme responsabilidad de permitirme terminar Arruza. No sé lo que piensa de mí, porque no le he vuelto a ver desde entonces, pero le admiro. Sam Peckinpah me divierte, es un tipo muy divertido y un excelente director cuando quiere serlo. Y hablando del pasado, de los directores que todos admiramos, creo que Hawks era fantástico. Mi cineasta favorito, nunca llegué a conocerle, es David Lean. Creo que es el mejor. Me admira que un director pueda coger una película como Doctor Zhivago o Lawrence de Arabia y consiga terminarla. Normalmente las «grandes» películas se pierden en el solo hecho de ser «grandes» y nunca salen bien. Creo que George Stevens es muy bueno y Preston Sturges fue posiblemente el mejor director de comedias que ha tenido el cine en toda su historia. Creo que Charles Vidor es mejor director de personajes femeninos que el mismo Cukor... En fin, todos tenemos nuestros gustos.

C.: ¿De qué forma se siente unido a gente de su generación, como Fuller, Peckinpah, Ray...?

B. B.: No son realmente de mi generación. Son mucho más viejos que yo, y no me refiero a, la edad, son mucho más «viejos». Y yo soy mucho más joven ahora que hace veinte años. Y tengo en realidad dos años menos de lo que dicen los periódicos, porque cuando tenía veinticuatro dije que tenía veintiséis porque me daba vergüenza ser tan joven teniendo a un director de fotografía de sesenta años. Así que en realidad nací en 1918, no en 1916. Pero ser joven es un estado de felicidad. Mi mujer es joven y hermosa, tenemos una maravillosa vida juntos y soy mucho más feliz ahora que hace años. No puedo mirar a alguien cinco o seis años mayor que yo y pensar que tengo algo que ver con él. Vivo en el mañana, no en el pasado. Les voy a decir un hombre que era de mi edad y que murió anteayer a los ochenta y seis años. Se trata de King Vidor, nunca envejeció. Es una forma de vivir. Algunos hombres envejecen prematuramente porque creen que tienen que hacerlo. No sé por qué demonios Sam Peckinpah tiene que tener un bigote canoso si es diez años más joven que yo. Hay que mantenerse jóvenes el mayor tiempo posible, ya es bastante duro mantenerse vivos.

C.: ¿No cree que uno de los problemas del western ahora es que todo el mundo habla de una renovación necesaria cuando en realidad esa renovación no es posible y sólo se ha llevado a cabo en la forma de describir a los personajes?

B. B.: Creo que la única forma posible de resucitar el western es volviendo a hacer la clase de películas que se hacían antes. Y hacerlas bien. Hace poco tuve una experiencia muy curiosa. Fui a UCLA (Universidad de California, Los Angeles) para una proyección de Arruza. No quería ir porque pensaba que todos esos jóvenes, en su mayoría «hippies», no iban a entender nada de lo que yo hacía. Y al final de la proyección un muchacho se levantó y me dijo: «Mr. Boetticher, si usted sigue haciendo películas como ésa va a conseguir que dejemos la marihuana» Si consigues llegar a esos jóvenes es fantástico, son tipos estupendos. Y también hubo otra cosa muy divertida, otro de ellos se levantó y me preguntó: «Mr. Boetticher, ¿qué consejo le daría a alguien que quisiera ser director de cine?» Y contesté: «No acostarse nunca con la protagonista hasta la última noche de rodaje».

C.: Cuando empezó a rodar la serie de películas con Randolph Scott con Seven Men From Now, ¿tenía ya la idea de que fueran todas producciones pequeñas, de bajo presupuesto, o fue algo que vino dado por las circunstancias?

B. B.: Había una razón muy concreta que no dependía para nada de las circunstancias. Yo creo que lo que nosotros hacemos es arte. Y la gente lo único que valora ahora es cuánto dinero ha recaudado una película. Si haces una buena película, lo más seguro es que dé un montón de dinero; hoy, en Hollywood, si haces Halloween, que es una película horrorosa, sacas un montón de dinero porque es la clase de cosa que la gente quiere ver. Y yo no puedo hacer eso. Lo importante para mí es hacer una buena película, y si no estoy plenamente convencido de que la película que voy a hacer puede ser realmente buena, prefiero no empezarla siquiera. He rechazado muchas ofertas de trabajo por esa razón. Cuando empecé a dirigir era muy joven: tenía veinticinco años. Me convertí «oficialmente» en director a los veinticuatro, pero no pude dirigir hasta los veinticinco, y entonces no había televisión, no existía ninguna forma de aprender un oficio como el mío... Harry Cohen y todos los tipos duros de esa época eran amigos míos. Cuídense de los que aparentan ser amables y agradables, son los que te pueden causar más problemas. Pero los verdaderos «villanos» de Hollywood eran amigos míos, y Cohen necesitaba a un director joven, y me preguntó si yo podía dirigir. Le mentí y dije que sí, pero fue sólo más tarde —después de rodar quince o veinte películas— cuando me enteré realmente de lo que estaba haciendo. Después de The Bullfighter and the Lady me asignaron películas muy importantes en la Universal, pero estaba bajo su control y era muy duro. Era muy duro hacer películas para un estudio que estaba más interesado en sacarle cinco dólares a la gente por visitar los decorados que en hacer buenas películas. Y no me refiero con eso a gente como Spielberg o como Lucas, que tienen el control total sobre sus películas.

C.: ¿Estando bajo contrato en un estudio, puede escoger los guiones que quiere rodar?

B. B.: No, nunca. Y en la Universal, como en la mayoría de los grandes estudios, al estar bajo contrato por un período de siete años, tenía cada año cuarenta semanas de trabajo y doce de descanso. Pero mis dos primeros años trabajé ciento cuatro semanas. Eso quiere decir que no tuve un solo día de vacaciones, exceptuando los domingos. En ese tiempo hice nueve películas, y todas dieron mucho dinero, pero yo no las podía soportar porque no eran todo lo buenas que tenían que ser. Así que cuando tuve la oportunidad de dirigir Seven Men From Now con la productora de John Wayne, en la que podía tener el control artístico sobre el producto y trabajar con la gente que me gustaba, decidí que para mí era mucho más importante hacer películas baratas y buenas que hacer películas caras y malas.

Una chica me preguntó el otro día: «Señor Boetticher, ¿sabe que a usted se le considera como el rey de las películas de serie B?» Y le dije que no, porque para mí no existen las películas de serie B o A, sólo hay películas buenas o malas. Y he hecho buenas películas que a veces costaban mucho dinero y a veces no. Una película puede costar cuarenta millones de dólares y resultar ser una película C...

C.: Resulta curioso que al mismo tiempo que usted empezaba a dirigir esa serie de películas, en la televisión se empezaban a hacer series de westerns baratas y, por lo general, muy malas. Y usted conseguía films baratos y buenos. De alguna manera fue el precursor de cierto tipo de producciones independientes.

B. B.: En efecto, no era nada corriente en esa época, tuvimos mucha suerte y el control total sobre lo que hacíamos. Las películas las hacíamos yo, Randolph Scott, Harry Joe Brown, Burt Kennedy... Decidíamos qué historia queríamos rodar, Burt escribía el guión —más tarde yo con Burt—, Randy las protagonizaba... Y cada película que hicimos con él nos permitió lanzar a alguien completamente desconocido, y todos ellos han acabado por convertirse en estrellas... Y eso era algo que no se podía hacer en un estudio. Rock Hudson es un tipo encantador, pero hasta que empezó a trabajar con Doris Day no iba realmente a ninguna parte. Intentaron hacer de él una estrella del western, rodé cuatro películas con él. Y era una estrella del western como podría haberlo sido Oliver Hardy, estaba completamente fuera de lugar. Pero los del estudio me obligaban a trabajar con él, era muy joven... Y sólo después de hacer Confidencias a medianoche se dieron cuenta de que era un magnífico actor de comedia, y que no tenía que llevar pistolas ni montar a caballo... Y entonces se convirtió en Rock Hudson. En los estudios siempre te imponen a los actores; es algo que detesto; a veces te obligaban a utilizar a protagonistas femeninas que ni siquiera podían hablar. Había también otra razón por la que hice esas películas con Randy. En esa época yo ya estaba filmando corridas de toros para Arruza, y me apresuraba en terminar una película en dieciocho días para luego irme a Méjico a rodar corridas. Evidentemente, si hubiese estado dirigiendo películas de noventa o cien días de rodaje, como en la Universal, no podría haberlo hecho de ninguna manera. Y también aprendimos algo que resulta muy interesante para los jóvenes cineastas, y es que cuando ruedas una película con mucho presupuesto, al llegar al primer montaje es posible que tengas tres horas de película, cuando todo lo que quieres es una hora y treinta y cinco minutos. Si tienes un copión demasiado largo, lo pueden volver a montar, y entonces nada encaja. En Gigantepor ejemplo —y me considero un gran admirador de George Stevens—, no sabías quiénes eran algunos de los personajes, porque de las cuatro horas iniciales hubo que cortar al menos dos. En las películas con Scott, si necesitábamos hora y media de película, yo les entregaba una hora y treinta y cinco minutos, y así no había forma de que cambiaran nada, no podían estropear mi película...

C.: ¿Se refiere usted a tragedias como la de Heaven's Gate?

B. B.: No he visto Heaven's Gate y no la veré nunca. Y tengo una buena razón para ello. Se trata, probablemente, de una película espantosa, y no quiero verla porque me gusta Cimino; es un tipo con agallas, cree en lo que hace, por lo que, si ha cometido un error, se tratará seguramente de un error muy gordo. Y no quiero verla por no tener que decir, cuando me pregunten, que es una mala película, porque admiro a la gente con agallas, y Cimino realmente luchó para hacer las cosas a su manera. Tampoco me sorprendería que dentro de unos años volvieran a lanzar la película y fuera un éxito.

C.: De las películas anteriores a las que hizo con Randolph Scott, ¿cuáles le gustan? ¿Le gusta, por ejemplo, The Killer Is Loose?

B. B.: Sí, creo que es un buen espectáculo... Es curioso que usted la mencione... Lucien Ballard y yo éramos muy amigos y pensaron: «Si dejamos que estos dos tipos trabajen juntos —él a la cámara y yo dirigiendo—, se pasarán siempre del presupuesto, nos arruinarán... Nada les asusta, así que será mejor que nos libremos de ellos». Y cuando Lucien y yo oímos hablar del proyecto, nos fuimos a la Fox, nos enteramos de que el rodaje iba a durar dieciocho días y les propusimos hacerla en quince; de lo contrario no habríamos cobrado nuestros sueldos. Nos dieron una oportunidad, conseguimos rodarla en quince días, y ha resultado ser una buena película.

C.: ¿Y Seminole El desertor de El Alamo?

B. B.: El desertor de El Alamo es una buena película.

C.: Tiene un argumento muy interesante...

B. B.: Es una historia verídica. Y Glenn Ford es siempre magnífico. Además, Julia Adams era mi actriz favorita... Una vez estuve muy enamorado de ella. La película estaba bien, pero no se pueden rodar películas en tan poco tiempo, muchas veces mientras terminaba de dirigir una película ya estaba leyendo el guión de la siguiente... Acababa siempre por discutir con los productores, y así me construí una fama de tipo difícil, porque nunca escuchaba sus consejos. Afortunadamente no los escuché, pero... hacer películas es como ir a la guerra, y no debería ser así. Antes, cuando decía que para mí el cine es arte, no he llegado a explicarlo. Pero piensen, por un momento, qué grandes películas tendríamos hoy si los artistas del pasado hubieran tenido cámaras y sonido... Piensen, por un momento, en lo que habría hecho Miguel Angel con los medios de los que disponemos ahora... O Van Gogh. Sus películas habrían sido posiblemente como las de Andy Warhol, quién sabe; pero seguramente habrían sido muy interesantes. Pero hoy, en Hollywood, sólo piensan en el dinero que recaudará una película. La industria se encuentra en peligro por esto.

C.: Se hacen películas «tecnológicas», muy frías...

B. B.: Es que son gente muy fría. Es algo que siempre me ha preocupado. Antes de venir a España llamé a Andrew Sarris y Vincent Canby —los dos críticos más importantes de Nueva York— y les dije «Quiero preguntaros algo, porque voy a gastar un montón de dinero en un western, en la película que pienso rodar en España, y no quiero engañar a nadie. Si hiciera la mejor película que he hecho nunca, con mi experiencia y mi habilidad en dirigir este tipo de películas, ¿tendría éxito?» Y creyeron que les estaba tomando el pelo, me dijeron «Si hicieras la mejor película que has hecho nunca, sería el mayor éxito de taquilla en los Estados Unidos, y empezaría aquí, en Nueva York.» Creo que tienen ustedes razón, simplemente no se han hecho buenas películas del Oeste. Y es porque no se pueden hacer películas para hacer dinero. Don Siegel —que es un hombre encantador y un excelente director— me llamó después de la proyección de Two mules for Sister Sara (Dos mulas y una mujer) para agradecerme el no haberme levantado en medio de la proyección. Yo estaba horrorizado por lo que habían hecho con mi guión, y creo que es realmente la única mala película que ha hecho Siegel en toda su carrera. En la Universal ni siquiera entendieron quién era la otra mula... Y el único imbécil en todo el cine que no se dio cuenta inmediatamente de que Shirley McLaine no era una monja fue Clint Eastwood. En realidad tenía que enamorarse de ella sólo porque era la única mujer con la que nunca se había acostado, pero ¿no se daba cuenta de que olía a tabaco y alcohol? Yo quería haber hecho la película con Bob Mitchum y Silvia Pinal, quería a una actriz que pudiera parecer de verdad una monja hasta los dos últimos minutos de la película, y pensé en alguien desconocido en Hollywood, como Silvia Pinal, porque las actrices de Hollywood que podrían haber hecho bien el papel ya lo habían interpretado en otras ocasiones, como, por ejemplo, Audrey Hepburn. Pero la única razón por la que contrataron a Shriley McLaine fue porque tenía un contrato con la Universal para dos películas más, y, como entendieron que no resultaría creíble como monja, cambiaron todo el sentido de la película. Y eso que Shirley McLaine es una actriz absolutamente maravillosa, y lo ha demostrado en la casi totalidad de su carrera, por ejemplo, en El apartamento. Es realmente muy duro hacer películas así... Una de las razones por las que Arruza ha representado tantas cosas buenas para mí es que me sirvió para darme cuenta de que podía enfrentarme a esa gente, ignorarles, y, sin embargo, ganarles la partida. Alguien me preguntó en una ocasión: «¿Por qué no teme a la gente de Hollywood?» Me eché a reír y le contesté: «Bueno, porque, comparados con esos toros negros, ¡parecen la Virgen María!» Y es cierto, ¿qué productor puede parecerse a un miura? Pero la gente tiene tanto miedo a perder su trabajo, a perder su dinero, a no poderse permitir cuatro automóviles y dos sirvientas... Una vez, cuando todavía estaba casado con Debra Paget, discutí con ella. Entonces salí al jardín y pensé que era el tipo más insignificante en todo Hollywood, porque nunca acudía a las fiestas ni frecuentaba a la gente que se suponía debía frecuentar. Estaban encendidas todas las luces en mi jardín, paseé un poco y eché una ojeada en mi garaje: tenía cuatro coches nuevos de fábrica. De pronto me di cuenta de que era tan mezquino como todos los de Hollywood, y a la semana siguiente vendí tres coches. Y ése es realmente el problema: si tienes que hacer una mala película para poder pagar tus facturas, estás metido en un buen lío.

C.: Sólo he visto quince o dieciséis de sus películas, pero creo que no ha dirigido usted nunca una comedia.

B. B.: ¿Saben por qué no he hecho una comedia? Mis películas son muy divertidas. La que vieron ustedes anoche (Seven Men From Now) es muy divertida y muy seria. Lo que, por ejemplo, resulta divertido para mí es cuando Butch Cassidy y The Sundance Kid están metidos en un lío —y mis personajes siempre tienen algún problema— y llegan al borde de ese precipicio y Newman le dice a Redford «¡Salta!» y Redford le contesta «No sé nadar» y Newman dice «Da igual, la caída nos va a matar...» Y la gente se ríe. Pero no es lo mismo que cuando Blake Edwards decide hacer La Pantera Rosaporque es muy difícil hacer reír al público cuando se tiene la intención de hacerle reír.

C.: ¿No cree que uno de los problemas del western hoy es que la gente que de verdad lo ha conocido ya está muerta y está desapareciendo la tradición? Creo que usted ha tenido contacto con esa gente que vivió en el legendario Oeste...

B. B.: Bueno, es quizá el tipo de vida que yo he llevado. La gente a veces me pregunta por qué he hecho esas películas y por qué esas películas han sido un éxito. En mis películas no he tenido nunca que dirigirme hacia lo que yo era en Sangre y arena como se dirigía Mamoulian hacia ese muchacho de veinte años que era yo, para preguntarle qué era lo que tenía que hacer. Entiendo de caballos, entiendo de toros, ahora entiendo también de gángsters —son realmente gente muy dura—, y no tengo que preguntarle a nadie. Y el resultado es que cuando les pido a mis actores que hagan algo saben que tengo razón, y nunca he tenido ningún problema en ese terreno. Sólo hago películas sobre cosas que conozco.

C.: Un poco como Raoul Walsh, que también fue vaquero antes que director de cine...

B. B.: Bueno, Walsh era un genio... Les voy a contar una anécdota muy divertida sobre Walsh, a quien realmente admiro. Lucien Ballard siempre ha sido mi director de fotografía favorito, es realmente un hombre de una pieza... Un día nos levantamos a las cuatro de la mañana, hacía un frío terrible... Nos montamos en mi furgoneta y nos dirigimos a las montañas. Luego conseguimos dos mulas y fuimos con las mulas hasta donde podíamos llegar, y después anduvimos un buen trecho. Hacia las seis menos cuarto de la mañana llegamos cerca de la cumbre —estaba todo nevado— y le dije a Lucien: «Mira, Lucien. El sol va a salir por ahí dentro de una hora. Mañana por la mañana, a las seis menos cuarto, tienes que estar aquí con un objetivo del 25. Esta será la escena inicial de la película. Quiero ver a Randolph Scott así de pequeño acercándose desde allá lejos.» Lucien me dijo entonces que esperara un momento y subió un poco más arriba, hasta que encontró una señal clavada en el suelo. Me miró y dijo: «Raoul Walsh rodó desde este punto exacto, hace diez años. ¿Quieres poner la cámara aquí o donde estás tú?» Y le dije: «Aquí.» O sea, que el viejo había estado en esa misma montaña... Era realmente un tipo con agallas... Nos estuvimos riendo un buen rato... No puedes hacer nunca nada que alguien no haya hecho antes. Pero Walsh era maravilloso, Hawks era maravilloso, Ford era maravilloso...

C.: En las películas con Randolph Scott su personaje demuestra siempre cierto fanatismo en alcanzar sus objetivos, está quizá menos matizado que los personajes de los «villanos», que resultan siempre más atractivos y divertidos.

B. B.: Es totalmente cierto. Por eso todos los «villanos» de mis películas han acabado por convertirse en estrellas. Era una idea completamente nueva y hecha a propósito. Antes de mis películas los «villanos» eran siempre malos, y en mis películas son maravillosos, le gustan al público siempre más que Scott. También por eso dejé que Randy interpretara sus papeles con tanta sobriedad, para permitirle una mayor libertad a mis «villanos», y que pudieran bromear y hacer tonterías.

C.: Son en cierto modo más humanos...

B. B.: Por supuesto. Legs Diamond era un tipo terrible, un hombre verdaderamente peligroso, el único en la historia del gangsterismo que nunca tuvo una banda. Asesinó a muchos hombres, pero al final de la película el público está completamente fascinado por él, hasta que llegan a sus casas y piensan «Dios mío, ¡era un hombre terrible!» Y así todos esos «villanos», Marvin, Coburn..., se han hecho mucho más famosos de lo que jamás llegara a serlo Randy Scott. Son muy humanos.

C.: Es terrible el momento en que Randolph Scott tiene que matar a Richard Boone en The Tall T...

B. B.: En The Tall T la última persona que Boone quiere ver antes de morir es a Scott, su cara está destrozada, pero quiere ver a Scott para decirle que lo entiende...

C.: Y también es terrible la expresión de Lee Marvin en Seven Men From Now, no puede entender por qué no ha conseguido desenfundar..., por qué las pistolas no están en sus manos...

B. B.: Sí, pero, en vez de tener a Randy diciendo «¡Fantástico!», le vemos sentarse en una roca, y está realmente triste. Nadie había visto en un western que el protagonista estuviera triste por haber matado al malo. ¿Se imaginan a Alan Ladd triste después de haber matado a Jack Palance? (Raíces profundas, de George Stevens)...

C.: Y, por ejemplo, en A Time for Dying el protagonista muere.

B. B.: Y tenía que morir. Se lo merecía. Quería mostrar en esa película que un muchacho fuera de su elemento no puede ser algo que no debería ser. Para ser un «matón» se puede ser el pistolero más rápido del mundo, pero tienes que aparentar también que eres capaz de matar. Por ejemplo, ¿cuántos toreros consiguen las dos orejas y el rabo? Pero si eres un gran matador como Manolete, Joselito, Arruza, El Viti, Belmonte, no dices «Espero poder matar ese toro», dices «Voy a matar ese toro». Si no piensas de esa forma nunca vas a conseguir nada.

C.: Ayer, en la rueda de prensa, usted dijo que creía que se volverían a rodar westerns. En su opinión, ¿qué clase de directores serán los que rueden estos nuevos westerns? ¿Jóvenes directores salidos de las universidades escuelas de cine...?

B. B.: Bueno, la universidad te puede enseñar técnicamente lo que tienes que hacer, pero eso no te convierte en un director. En primer lugar, porque la gente que te está enseñando no son directores, son profesores, y ¿qué pueden enseñarte? Los jóvenes deberían intentar buscarse sus propias experiencias, como hice yo, y cometer un millón de errores hasta que un buen día te conviertes en un director. Alguien me preguntó hace algunos años: «¿Cuándo sentiste que eras un director hecho y derecho?» y respondí: «¡Después de rodar quince películas horrorosas!» Tienes que equivocarte muchas veces hasta que un día, si tienes talento, todo empieza a encajar. Ocurre lo mismo con algunos purasangres que criamos en nuestra granja. Trabajas con ellos todos los días y tienes la impresión de que no están aprendiendo nada, hasta que un buen día lo hacen todo bien. En la universidad no te pueden enseñar cómo tratar a Anthony Quinn cuando tiene un problema; para ser director tienes que ser también un poco psiquiatra y saber por instinto cómo contar una historia... Lo cierto es que ahora no hay buenos narradores en Hollywood.

C.: ¿Pero no cree que ahora es difícil para los jóvenes directores aprender a rodar un western?

B. B.: La única forma para aprender es viviendo en el Oeste, estudiando a los cow-boys, montando a caballo. No verán nunca en mis películas, como en cambio ocurre en tantas otras, a un actor que no sepa montar a caballo con gran soltura. Lo primero que hago antes de contratar a un actor nuevo es llevarle a dar un paseo a caballo. Si pasa la prueba, estupendo.

C.: ¿Cambió la muerte de Arruza de alguna manera el planteamiento original de la película?

B. B.: No, sólo el final. La película que hay ahora es exactamente lo que yo quería que fuera: un documental. Me casé con Debra Paget; no había visto nunca sus películas, pero pensaba que era mucho mejor actriz de lo que nunca tuvo ocasión de demostrar, por lo que cambié la idea original del documental por una película de ficción en la que Debra encarnaría a la mujer de Arruza. Y cambié el nombre de Arruza por el de Estrada e iba a utilizar a Carlos Arruza como actor. Pero cuando Debra se divorció de mí, volví al proyecto inicial.

C.: ¿Ha llegado a estrenarse la película en Méjico?

B. B.: Sí, pero sólo en una sala muy pequeña. Voy a recuperarla este año, y entonces se exhibirá en todo el mundo.

C.: ¿Rodó cada película con una cámara?

B. B.: No, con diez. Nunca rodé ninguna corrida con menos de diez cámaras. Recuerdo que el entonces empresario de la plaza de Méjico era un tipo temible; a su lado, Hitler hubiera parecido una colegiala. Y Carlos y yo cavamos un hoyo en la plaza, detrás de la barrera, en el callejón, para meter dos cámaras. Y vino el empresario y me dijo: «Budd, no puedes cavar un hoyo en la mayor plaza del mundo.» Y Arruza contestó: «Si Budd no cava, yo no toreo.» Luego, uno de los cámaras me preguntó: «¿Quieres que haga una panorámica con el público?» Y le dije: «No, lo que quiero es que se vea que el hombre en el ruedo está completamente solo. La arena tiene que parecer el desierto del Sáhara.»

Ahora estoy buscando financiación en España para mi próxima película, A Horse For Mister Barnum, porque creo que cuando ruedas una película en un país, ese país debería invertir dinero en ella. Si voy a hacer algo en España quiero dinero español.

C.: ¿Tiene ya algún contacto?

B. B.: No, todavía no. Además, no es mi trabajo. La única película por la que me moví personalmente para terminarla fue Arruza. Nunca más... He tenido una entrevista con un joven muy agradable, un portugués llamado Paulo Branco. Nosotros pensamos poner lo esencial de la película, eso es, el guión, el director, el productor, los actores americanos, que son sólo tres. Lo demás —los transportes, la película virgen, las cámaras— lo tendrían que poner entre España, Portugal y posiblemente Francia.

C.: ¿Estuvo usted aquí hace diez años con el mismo proyecto?

B. B.: No, lo escribí hace diez años. Y no voy a cambiar nada. Lo he vuelto a leer por primera vez aquí, en estos días. Cuando termino algo, lo meto en el cajón y no lo vuelvo a mirar hasta que voy a hacerlo. De la misma forma he metido en un cajón cuatro guiones y un libro. Y es curioso, porque, al volverlo a leer, ha sido como si estuviera leyendo algo que había escrito otra persona. Y de veras pienso que va a ser una película magnífica.

C.: Pero me parece recordar que estuvo aquí hace diez años intentando montar esta misma película...

B. B.: No, no... Vine a hacer turismo y a ver torear a Paco Camino, Diego Puerta y El Cordobés... Para mi nueva película tengo ya contratado a James Coburn, y luego quiero también, para el otro papel protagonista, a Dustin Hoffman o Richard Dreyfuss. Las únicas personas que voy a traer de los Estados Unidos son mi director de fotografía, Lucien Ballard, mi ayudante de dirección, los tres americanos y el señor Barnum, que tiene ochenta y ocho años y sólo trabajará una semana. Todos los demás serán actores y actrices europeos.

C.: He leído en algunas revistas que ha escrito usted dos libros, una novela y una especie de autobiografía.

B. B.: No, uno es un guión, Feathernest, que mi esposa me sugirió que escribiera porque nadie sabe en realidad cómo llegué a entrar en el mundo de los toros. Y es una historia apasionante.

C.: ¿Y qué puede decirnos de When In Disgrace? ¿Se ha publicado ya?

B. B.: No, y les voy a contar por qué. Cuando volví de Méjico —y When in disgrace no quiere decir when in disgrace, punto—. Es el principio de When, in disgrace with fortune and men's eyes... (l). Y eso es tan cierto en relación a mi historia en Méjico... Look upon myself and curse my fate... que es lo que me ocurrió. No entendía nada y maldecía mi destino, no podía entender que nadie allá arriba no me echara una mano. Tengo tan buena memoria que pude trasladar al papel esos siete años terribles en Méjico. Estuve en prisión, querían el diez por ciento de la película y la mafia mejicana consiguió meterme en la cárcel. Pude salir gracias al presidente de Méjico, quien, para protegerme, llegó a decir «A menos que el señor Boetticher intente asesinarme, no le vuelvan a molestar.» Luego, mi asesor financiero organizó todo un tinglado para intentar que volviera a los Estados Unidos para rodar una película con John Wayne. El tipo estaba preocupado porque no sólo no le estaba pagando el diez por ciento de todo lo que ganaba, sino que me estaba gastando todo mi dinero para hacer Arruza. Entonces, cuando Debra me dejó y me agarré una borrachera monstruosa, me dijeron que tenían que inyectarme glucosa en la sangre para salvarme, y en realidad me pusieron pentotal y me encerraron en un hospital psiquiátrico. Mi asesor financiero, después de las experiencias con drogas en la segunda guerra mundial, pensaba que después de cinco días a base de inyecciones de pentotal acabaría por firmar cualquier documento y podrían llevarme de regreso a los Estados Unidos para volverme a poner a trabajar.

Pero cuando Arruza se enteró de dónde estaba, vino a verme con dos pistoleros y su cuadrilla. En la puerta le reconocieron y no le dejaron entrar. Entonces se montaron en su furgoneta, dieron marcha atrás y se lanzaron con ella contra las puertas del hospital hasta entrar en el mismo hall. Fue fantástico. Años más tarde, mi asesor financiero acabó en la cárcel, con una condena de dieciséis años por estafa. Consiguió estafarle un millón y medio de dólares a Jack Warner. Hay que ser muy listo para eso. Pero volviendo al libro, escribí todo eso, y al salir del sanatorio estaba completamente arruinado. Escribí el guión de Two Mules For Sister Sara en el suelo de una pequeña cabaña sucia, sin luz eléctrica... Cuando alguien me dice «¡Qué cosa más terrible le ocurrió con Arruza!» les digo que no, porque por lo menos nunca tuve que tragarme la mierda de Hollywood y nunca he tenido que sacrificar una película a los intereses de esa gente, como ha sucedido con Two Mules For Sister Sara.

Ahora ya no estoy arruinado, tengo una esposa maravillosa y veinticuatro hermosos caballos y una nueva vida por delante.

Pero, volviendo a la pregunta sobre el libro, después de escribirlo —y todo en él es auténtico— se lo envié a las dos mayores editoriales americanas. Al cabo de cierto tiempo recibí la misma respuesta de las dos: «Estimado Mr. Boetticher, hemos leído su libro con gran interés, y cuando decida, finalmente, si quiere escribir una novela de ficción o una autobiografía, vuelva a ponerse en contacto con nosotros» Nadie podía creerlo. Ahora todo el mundo sabe que es verdad.

C.: ¿Y ahora piensa publicarlo?

B. B.: Voy a publicarlo y además voy a utilizarlo para hacer una película. Empezará con la voz de Orson Welles leyendo el soneto When, in disgrace... sobre los títulos de crédito. Me encantaría que Burt Reynolds hiciera mi papel. He cambiado algo la historia. Será la de un director de cine que va a Méjico en un hermoso Rolls Royce blanco con su mujer, para dirigir la película «definitiva» sobre el mundo de los toros. No consigue empezarla nunca porque el joven torero, que tiene que interpretar al viejo maestro, y éste no llegan a ponerse de acuerdo en nada, y cuando por fin lo consiguen mueren en un accidente de automóvil, como Arruza. Y allí es donde interviene la nueva compañera del director, que le convence para que escriba un guión sobre su experiencia en Méjico, que ha sido, sin quererlo, la más hermosa película de su vida.

1. Soneto XXIX de William Shakespeare

Entrevista realizada por Valeria Ciompi, Ignacio Gutiérrez-Solana, Miguel Marías, Manolo Marinero y Felipe Vega. Publicada en el nº 24 de Casablanca (diciembre de 1982)

viernes, 22 de marzo de 2024

Las huellas mudas de Stahl

No es mucho lo que se conserva hoy, como se sabe, de la amplia obra muda de John M. Stahl. Lo visto (apenas un tercio) no permite extraer conclusiones definitivas, pues no hay forma de saber si lo mejor se encuentre entre lo recuperado, y sería imprudente dar por buenas las hipótesis provisionales que sugiere una porción no demasiado significativa cuantitativamente de su filmografía muda, seleccionada por el mero azar de la resistencia de los soportes físicos, de las condiciones de conservación de las copias o de hallazgos más o menos fortuitos, y que, por tanto, no sabemos si es o no cualitativamente menos representativa todavía.

Con todo, la evidencia disponible no permite incluir a Stahl entre los grandes cineastas del mudo, los que hicieron toda su obra, o la mejor, antes de la llegada del sonido, y que ya hacia 1927 se habían ganado un puesto entre los máximos creadores cinematográficos, como es el caso de D.W. Griffith, Louis Feuillade, Charles Chaplin, Buster Keaton, F.W. Murnau, Erich von Stroheim, Mauritz Stiller, Victor Sjöström, Carl Th. Dreyer, Ernst Lubitsch, Alieksandr Dovjenko, S.M. Eisenstein, Robert J. Flaherty, King Vidor, Cecil B. DeMille o Josef von Sternberg.

Más bien parece encontrarse - aunque toda sorpresa es posible, y conviene no fiarse de la apariencia, de la acogida crítica o en taquilla de la época o, menos aún, de las nada estimulantes sinopsis argumentales disponibles, a menudo infieles a la realidad - entre el grupo de cineastas que, aunque lograsen hacer alguna excelente película muda, y deban gran parte de su sabiduría al aprendizaje durante ese periodo, no ocuparían un puesto tan destacado como el que les corresponde (con independencia de que se les reconozca) de no ser por el sonido, medio en el que madurarían y alcanzarían su plenitud: es el caso de John Ford, Howard Hawks o Jean Renoir, e incluso de un director a primera vista tan tributario del cine mudo y tan fiel a sus postulados fundamentales como Alfred Hitchcock.

Lo que sorprende de las películas silenciosas de Stahl - sobre todo las más antiguas - es su madurez y refinamiento, y lo poco dependientes que lograron ser del lenguaje elaborado para compensar las limitaciones impuestas por el mutismo forzado. Incluso las de 1919 podrían haberse "sonorizado" sin cambiar nada: parece como si fuesen películas habladas, pero desprovistas de banda sonora. Ni los encuadres o la composición ni su "planificación" o desglose y montaje, ni el estilo interpretativo de sus actores, ni su uso del tiempo y del espacio son de concepción silente. No hay mímica - mucho menos gesticulación amplificada -, sino expresión sobria y natural de sentimientos, ademanes y reacciones. No hay metáforas visuales, ni un empleo "significante" del montaje, para hacer que la sucesión de imágenes dé a entender o "signifique" lo que los personajes no pueden expresar verbalmente o lo que ciertos cineastas dudaban que el espectador pudiese entender sin "ayudas". Ya en 1919, y siempre después, no sólo en los últimos años del periodo, los rótulos intercalados son concisos y están empleados con economía, suprimiéndolos siempre que la situación o el movimiento de los labios permiten dar por supuesto o deducir lo que sucede o lo que dicen los personajes. Y eso que son películas con fuerte anclaje en la realidad o, mejor dicho, en la verosimilitud aparente, y todas de una gran complejidad narrativa, con uso frecuente de elipsis temporales y espaciales, flashbacks, digresiones y rodeos, y en las que las tramas propenden a lo descabellado, con una concentración de malentendidos, actos fallidos, "lapsus", cruces, interferencias, encuentros y casualidades improbables que los propios rótulos de alguna de ellas, por ejemplo Suspicious Wives no pueden resistirse a comentar al espectador, como si los autores reconocieran que tales azares son difícilmente aceptables y requieren un toque de ironía que los haga tolerables, un grado de complicidad entre los que cuentan historias semejantes y los que se sientan a oscuras a ver qué sucede; otros se refieren explícitamente al relato: "Esta es la historia más vieja que se ha contado: Dos chicos y una chica", admite Memory Lane; "Dedicada al gran marido americano", arranca provocadoramente Why Men Leave Home, para añadir de inmediato "Y su paciente y sufrida esposa."

De hecho, esa misma película advierte que empieza por lo que otras suelen concluir, por una boda (hecho que se repite en otros Stahl de la época, anteriores y posteriores, como The Child Thou Gavest Me, Memory Lane, Suspicious Wives), antes de poner en marcha un dispositivo de creciente complejidad y menguante verosimilitud, que casi obliga a comentar que "la casualidad" actúa como "un perverso demonio", y que hasta cuando parece disfrazarse de "ángel" casi siempre es, en el fondo, malévola, haciendo más explícita que nunca una sensación que otras obras de Stahl, ya sonoras, producen o sugieren: que el cineasta se "lava las manos" de las fatalidades que se acumulan sobre los personajes, de los excesos interpretativos de sus seres de ficción (que pecan por celosos o por confiados, que se complican tanto la vida como los de Rohmer o Hitchcock), de las jugarretas de la fortuna, de los equívocos de que son víctimas, y que son obra de esos agentes del destino que son, en la ficción cinematográfica, los guionistas (a veces ayudados, voluntaria o forzosamente, por los espectadores y los personajes).

Al mismo tiempo que Stahl se cubre así las espaldas, aceptando de antemano los excesos imputables al argumento - incluso cuando es total o parcialmente suyo -, parece dedicar su esfuerzo a que cada instante, en sí mismo, cada gesto, cada escena, cada conducta, parezcan "naturales" y resulten comprensibles, impidiendo deliberadamente cualquier asomo de histrionismo en los intérpretes, cuidando que los escenarios y decorados (de pequeños pueblos o grandes ciudades, de suntuosas mansiones o de modestos apartamentos, genuinamente americanos o "extranjeros") sean verosímiles, recreando las condiciones que hacen posible que los personajes incurran en errores de perspectiva (que llegan al trompe-l'oeil) y que malinterpreten (melodramática y agoreramente, exagerándolos) los hechos más normales, no digamos aquellos que pueden considerarse como excentricidades (Memory Lane) o que se envuelven en excusas, ocultaciones, mentiras o disimulos, como tan a menudo sucede (y suele ser una labor típicamente materna y paterna, o de todos aquellos que desempeñan funciones "tutelares").

De poco sirve a los padres (y sobre todo a las madres) pagar o redimir sus pecados, padecer en silencio o llevarse a la tumba sus vergonzantes secretos: casi siempre a los hijos les toca, de todos modos, aunque sean totalmente inocentes, pagar las consecuencias (Her Code of Honor, Sowing the Wind, Suspicious Wives, The Child Thou Gavest Me) de prejuicios y convenciones sociales, que se agravan por desconfianza o celos infundados (Suspicious Wives), por falta de atención, de comprensión, de paciencia o de tolerancia (Husbands and Wives, Why Men Leave Home), o por el impacto de confesiones a medias o revelaciones tardías (Her Code of Honor, The Child Thou Gavest Me), casi siempre por saltar a conclusiones demasiado trágicas a partir de meros indicios o aparentes pistas delatoras, a menudo propaladas por cotillas malpensantes (Memory Lane, Her Code of Honor, Sowing the Wind, Suspicious Wives) o timoratos bienintencionados. Es un mecanismo más patente en las películas mudas, pero que Stahl siguió aplicando en las sonoras, y que el realismo de la puesta en escena intenta paliar en lo que tiene de artificioso. De ahí, posiblemente, que Stahl se granjease una reputación de maniático detallista, y que repitiera las tomas hasta lograr limar cualquier exceso de los actores, pues sabía que, en caso contrario, se notaría demasiado el carácter retorcido de los argumentos y su afán de sorprender o de jugar con las expectativas del público (a menudo para defraudarlas, con menos dramatismo del esperado: véase lo que sucede cada vez que tememos por la vida o la seguridad de un niño, en Memory Lane o, sobre todo, en The Child Thou Gavest Me), aspecto este sumamente hitchcockiano.

Dejando de lado Husbands and Lovers, de la que sólo ha aparecido hasta la fecha un prometedor fragmento, claramente insuficiente para emitir valoración alguna o para tenerla en cuenta, las otras ocho obras mudas de Stahl que se han recobrado son de un nivel medio asombrosamente alto; en ocasiones, adolecen de historias sin excesivo interés (One Clear Call, la previsible y nada dramática In Old Kentucky), aunque la mayoría tienen excelentes guiones, muy bien construidos y llenos de inteligencia (Memory Lane); sólo en Sowing the Wind hay algunos actores que se extralimitan, aunque en varias otras las protagonistas son tan poco atractivas (Her Code of Honor, Sowing the Wind, Suspicious Wives) que asombra que tuvieran cierta popularidad y que fuesen productoras de sus vehículos. Pero incluso en las menos personales es posible hallar escenas magníficas (siempre excelentemente compuestas en profundidad de campo, con un gran uso de las tomas diagonales, de los espejos, de las escaleras y de los reencuadres internos, y con un juego de puntos de vista que anuncia a Hitchcock) o rasgos propios muy curiosos (su tratamiento de otros grupos raciales o sociales, en particular la estupenda pareja formada por Carolynne Snowden y el precursor negro de Jerry Lewis, el genial Stepin Fetchit, en In Old Kentucky, cuyo abrazo cierra la película, no el de los protagonistas blancos James Murray y Helene Costello).

A mi entender, son realmente muy buenas y avanzadas para su época Her Code of Honor y Suspicious Wives, y notables todas en general. Pero en el exiguo botín de películas mudas de Stahl que nos ha deparado la suerte hay dos auténticas revelaciones, ambas con el gran actor Lewis Stone, que en ningún sitio se mencionan entre las obras maestras de sus años respectivos, y que están a la altura de las mejores películas sonoras de Stahl. Una es - como casi todas - un melodrama "familiar", The Child Thou Gavest Me; la otra, una "excepción que confirma la regla" adicional, es una brillante e irónica comedia matrimonial, de una elegancia comparable a la de Lubitsch, sin duda influida (como el título mismo parece reconocer) por las que desde hacía unos años elaboraba el muy innovador Cecil B. DeMille, y que es, a su vez, un claro y original precedente de la comedy of remarriage característica del periodo screwball, Why Men Leave Home, de la que nada me extrañaría que otros cineastas hayan copiado detalles aislados, y que demuestra una capacidad de observación y de comentario de costumbres realmente asombrosa, jugando a fondo con la muy particular posibilidad (extrañamente "impersonal", no forzosamente "autoral", pero externa a los personajes y ajena a la propia narración cinematográfica) de interpelar al público que brindaban los rótulos y que la llegada del sonoro barrió del arsenal de recursos expresivos y de comunicación del cine (y cuya falta Stahl lamentó, creo yo, durante los años 30).

Las obras mudas revelan que la carrera de Stahl puede dividirse en tres periodos bien diferenciados, casi coincidentes con los decenios de su actividad, y que, bajo la aparente continuidad de género, de temas, de situaciones dramáticas (insinuaciones de incesto, hijos ilegítimos, prolongadas fidelidades extraconyugales, confesiones póstumas o tardías, casualidades, coincidencias, la tesis omnipresente de que "el mundo es un pañuelo", etc.) y hasta de objetos (brazaletes, collares, pendientes, cartas, diarios íntimos, ventanas, espejos, escaleras), en los 20 había elaborado un estilo muy moderno (basado en la profundidad y la perspectiva, y con un notable sentido de la ironía y la elipsis), que se diluye o "aplana" en los 30, haciéndose mucho menos directo y humorístico (tal vez por el continuo conflicto con la Oficina Breen por sus violaciones del Código Hays), para reaparecer en los 40, con una profundidad espacial todavía más acentuada, aunque resulte más difícil de percibir a causa de la mayor irregularidad o la menor coherencia de las películas, sobre las que, evidentemente, ya no ejercía el mismo grado de control que había conseguido en los 20 y había logrado mantener durante los 30.

En “John M. Stahl”, edición a cargo de Valeria Ciompi y Miguel Marías. San Sebastián-Madrid : Festival Internacional de Cine-Filmoteca Española, septiembre de 1999.

miércoles, 20 de marzo de 2024

Conversación con Mercedes Álvarez

1. Desde tu primer largo, acabado en 2004, hasta ahora, sólo has hecho otro. Sé que en los dos has empleado mucho tiempo, pero ¿te ha preguntado algún productor, alguna TV, si tienes algún proyecto, o te han propuesto ellos que hicieras algo? Y en caso afirmativo, ¿cine de ficción o documental?

La verdad es que no, no he tenido ninguna propuesta que recuerde. Sí que he hecho algunas cosas cortas por encargo, ligadas a la didáctica del cine o, recientemente, unos vídeos de museo que se integraron en una exposición del artista Francesc Torres para la Biennale de Venecia.

2. No sé si es el caso, pero tengo la impresión de que no tienes por ahí unas historias que deseas contar y para las que busques medios, ni un libro que te apetezca adaptar al cine. Pero ¿quizá sí una cuestión o un problema que quieras investigar con la cámara y el micro?

Bueno, hay muchas cosas que me gustaría investigar con una cámara. Pero también pienso que no tiene por qué ser una película, un largometraje. Un proyecto que siempre está ahí es el de viajar por los pueblos – sobre todo de Soria y alrededores – para recuperar y conservar, cámara en mano, aquellos lugares, rostros, historias y canciones que están desapareciendo o van a desaparecer, inevitable y desgraciadamente. Me gustaría integrar ese proyecto con más gente y con otros proyectos ajenos con los que formar un gran archivo de la memoria.

3. El cielo gira tenía un claro elemento autobiográfico, y tu propia voz en primera persona; Mercado de futuros es algo menos personal, a lo que veo más posibilidades de prolongación futura, pero ¿has pensado en seguir contando lo que ha ido sucediendo en Aldealseñor (el propio palacio convertido en hotel) o sus alrededores (el proyecto de Ciudad Sostenible)?

Toda la comarca de Tierras Altas sigue siendo un lugar inhóspito, solitario, bello y genuino por muchas cosas. Todos esos lugares tienen un montón de cosas que contar.

4. ¿Has pensado (si no te lo han propuesto) en hacer cine de ficción, en escoger y dirigir actores... o más bien usarías como intérpretes a no profesionales?

La verdad es que dirigir actores me parece una de las cosas más difíciles del cine. Quizá lo que más me gustaría intentar es el trabajo con actores no profesionales, en eso el que me parece un maestro es Ermanno Olmi.

5. No te veo “modelos”, pero quizá sí admiraciones. ¿Qué películas sientes más cercanas, documentales o no, antiguas o recientes?

Siempre están ahí Vigo, Eustache, Pasolini, Ozu, Kiarostami, Erice… y unos cuantos autores más y muchas y variadas películas. Por otro lado, siempre me ha interesado el trabajo más experimental, artesano y combativo como el de Chris Marker o Franciszka y Stefan Themerson en sus trabajos cortos. Todos aportan algo, renuevan la mirada, incluso siguen haciéndolo hoy en día frente a los lenguajes uniformados.

6. Nunca he entendido que se pueda escribir un “guión” de un documental, pero hay gente que lo hace. ¿Tú cómo te preparas, cómo buscas financiación, cómo estructuras lo que vas filmando y montando, cómo terminas la película?

En El cielo gira no había guión pero si unas previsiones de rodaje y mucho trabajo de observación. En Mercado de Futuros junto a Arturo Redín hicimos un guión previo al rodaje, desarrollado y completo, aunque luego acabara en la papelera, pero eso no quiere decir que no sirviera para nada. Hay mucha observación, documentación, previsiones, apuntes, montajes parciales, antes y durante el rodaje. Luego, el material rodado es como una memoria en bruto de la experiencia y el tiempo vivido durante el rodaje. Es la memoria de un viaje y a esa memoria hay que darle forma en la mesa de montaje. En la mesa de edición se comprende lo que se vivió, se comprende mejor y de otra manera. La experiencia del tiempo de rodaje y montaje cambia también tu mirada sobre las cosas, ese cambio sería imposible en un guión cerrado y pensado de antemano.

7. ¿Tienes “teorías” sobre el documental o un acercamiento, en cada caso, más intuitivo y práctico?

No tengo teorías sobre el documental. Me gusta pensar que hay tantas formas de documental como de mirar algo. Al repasar la historia del cine nos damos cuenta de que hay muchas formas de eso que llamamos documental. Algunas han cristalizado en géneros – el retrato, el diario, el viaje, el manifiesto, la crónica, el ensayo, la poesía – como ocurre también en la literatura.

8. ¿Crees importante que un documental refleje un punto de vista o más bien lo contrario, que aspire a la “objetividad”?

La objetividad es imposible, siempre hay una mirada. Quizá solo no hay mirada cuando el documental se convierte en un género con sus códigos prefijados. De todas formas, más que de objetividad-subjetividad se puede hablar de qué espacio se deja a la mirada del espectador. Creo que la cámara atrapa imágenes y sonidos como pájaros en una jaula. Y luego hay que liberarlas. Muchas veces me ocurre que, si intento dar forma a las imágenes según mi punto de vista, luego, al ver el resultado, me arrepiento y quisiera algo menos interpretado. Y al contrario también ocurre. Hay imágenes que dejo libres y luego creo que necesitan algún tipo de explicación, de comprensión o de escritura, para ser verdaderas.

9. ¿No hay en tiempos de crisis como los actuales mil cuestiones que abordar documentalmente – y yo entiendo por eso, como decía Jean Vigo, dar “un punto de vista documentado” –, tratar de hacer visible aquello sobre lo que se discute desde perspectivas opuestas, con mucha desinformación?

Siempre me planteo como necesaria esta cuestión – no solo en tiempos de crisis –. Recibimos diariamente un aluvión de imágenes, por diversas fuentes y canales. Todas quieren imponerse sobre otras y en esa pelea todas las imágenes tienden a la uniformización, sobre todo en los mass media y siempre que hay intereses publicitarios o político-ideológicos, aunque no solo en ese terreno. Las imágenes hoy en día más que nunca, conforman nuestra visión del mundo. Quizá lo más importante hoy en día es oponerse a esa estandarización de la mirada. Todos los asuntos pueden ser tratados de una manera cinematográfica, ensanchando la forma de mirarlos. Creo que la primera exigencia al tratar de documentar algo es evitar las imágenes descuidadas y uniformadas, el discurso uniformado y convencional. Y como espectadores o ciudadanos, creo que el primer derecho que tenemos es el derecho a la mirada, y después vienen todos los demás.

Encontros Cinematográficos de Fundão (30 de marzo de 2014)

lunes, 18 de marzo de 2024

Till glädje (Ingmar Bergman, 1950)

Quizá la primera de las películas dirigidas por Bergman que supera el nivel de “interesante” o “prometedora” – que son los calificativos más justos aplicables a Hamstad (Puerto) o Fängelse (Prisión) –, Till glädje (Hacia la felicidad), aunque todavía inmadura, con errores de construcción y una cierta tendencia que podríamos llamar “ilustrativa” que suele afligir a los guionistas cuando se convierten en directores, revela ya, de forma inequívoca, un notable talento que justamente a partir de entonces se va consolidando, en ese mismo año, con la ya magistral Sommarlek (Juegos de verano).

Curiosamente, ya que Bergman tenía experiencia como director de actores, aunque en el teatro, es en este terreno, en el que pocos cineastas le han superado, en el que se muestra todavía, a esta altura de su carrera, más inseguro. No, por cierto, con las mujeres, que claramente le interesaban más y han sido su predilección, y para cuya elección tenía muy buen ojo, quizá hasta demasiado ávido (a veces en sus películas intervienen simultáneamente hasta cuatro de las que han ido sucediéndose en sus preferencias, e incluso con una o dos más fuera de la pantalla pero dentro del equipo técnico), sino con los hombres, que suelen ser el punto débil o menos convincente de todas sus primeras películas. Ni el sombrío Birger Malmsten ni menos todavía el blando y pesado Stig Olin (aquí cargado, para colmo, con un personaje que encuentro insufrible), ambos presentes en Till glädje, prometieron nunca gran cosa. Puede que el Bergman novicio no pudiera permitirse intérpretes más costosos y competentes, aunque aquí destaca con creces el maestro Victor Sjöström, al que acudía por vez primera (luego lo haría ilustremente en Smultronstället, Fresas salvajes) y puede atisbarse – en su ya segunda intervención en un film de Bergman – al luego casi constante – sobre todo en las últimas fases de su filmografía, en la que casi figura como el “doble” del propio director - Erland Josephson.

Son muchos los rasgos ya muy personales y “bergmanianos” de esta película, desde que todos los personajes principales (Maj-Britt Nilsson,Olin, Sjöström, Malmsten) sean músicos, con la lógica inclusión de fragmentos de Mozart, Mendelssohn, Smetana y Beethoven en ensayos y conciertos hasta la estructura a partir de un suceso trágico que abre un flashback reflexivo que ocupa ya toda la película.

Lo curioso es que la trágica historia de este breve matrimonio juvenil no resulte tan emocionante como debiera (y probablemente deseara y pensara entonces el joven Bergman) fundamentalmente por un error (parcial: Nilsson está perfecta, como solía en esos años) no sé si de dirección o simplemente de “casting”, o por un exceso de caricaturización de su personaje, con el que Bergman, casi siempre muy ambivalente hacia sí mismo, al mismo tiempo se identifica y lo detesta. Al contarnos la historia con “Marta” ya muerta y desde el exclusivo punto de vista de su marido, creo yo que Bergman no se dio cuenta de que se estaba zancadilleando a sí mismo como narrador, e impidiendo que lo que, sin duda, sobre el papel, mentalmente, en teoría, era y debía resultar para los espectadores sucesivamente encantador, emocionante y terrible, se quedase en la práctica en meras ideas que sólo intermitentemente, gracias a Nilsson y Sjöström, cobran presencia física.


Qué raro resulta, al ver esta película no cuando se hizo, es decir, durante los primeros años de la dilatada actividad cinematográfica de Bergman, sino en tiempos de su plena madurez, cuando ya conocíamos buena parte de su obra, toparnos con esa anómala falta de materialidad y volumen de los cuerpos, cuando su fuerza casi palpable fue – desde muy poco después, pongamos que desde Sommaren med Monika (Un verano con Mónica), sólo dos años posterior –, pese a la bidimensionalidad de la imagen cinematográfica, uno de los rasgos más constantes y distintivos de la manera de hacer cine del autor de Såsom en spegel (Como un espejo), Nattvardsgästerna (Los comulgantes), Persona (Persona), Skammen (La vergüenza), Viskingar och rop (Gritos y susurros) o Saraband (Saraband), incluso en los primeros planos de rostros, sin necesidad de que apenas aparezca casi nunca el cuerpo entero. Era, de hecho, uno de los rasgos estilísticos y casi podría decirse que ontológicos que hacían su cine realmente muy diferente del de otro cineasta, Robert Bresson, con el que a menudo se le comparaba, emparentaba o incluso asimilaba, falseando escandalosamente la verdadera naturaleza de uno y otro, a veces convertidos forzosamente y en contra de su voluntad manifiesta a un supuesto “catolicismo” con el que ni uno ni otro tenían nada que ver, pero que en aquellos años algunos se empeñaban – hasta falseando los diálogos en el doblaje – en proclamar para servirse de sus películas para otros fines, no precisamente cinematográficos.

En “El universo de Ingmar Bergman”. Madrid : Notorious, junio de 2018.

viernes, 15 de marzo de 2024

Juste avant la nuit (Claude Chabrol, 1971)

Tras La Rupture, Chabrol tenía previsto rodar La Décade prodigieuse, según la novela de Ellery Queen. Sin embargo, cuando los preparativos estaban muy avanzados, Chabrol se vio obligado a retrasar el rodaje de este film, a causa de la enfermedad de Orson Welles, que había de ser uno de sus protagonistas. Entonces decidió rodar antes un nuevo film, Juste avant la nuit, adaptando una novela de Edward Atiyah, «The Thin Line», editada en Francia en 1963 como «L'Etau» (casualmente, el título francés del film de Hitchcock Topaz). Estas circunstancias no deben llevar a inferir, sin embargo, que Juste avant la nuit sea un film poco elaborado, rodado con precipitación o poco relevante para Chabrol, porque no es un mero sustituto de última hora; de hecho, la fecha de publicación de la versión francesa de la novela puede hacernos suponer que Chabrol llevaba siete años pensando en adaptarla. Además, parece evidente que Juste avant la nuit es una de las obras más perfectas y orgánicas —en el mismo sentido que da Robin Wood a esta palabra cuando se refiere a Vertigo— de Chabrol, y tal vez, incluso, la culminación —al menos por ahora— de la nueva trayectoria emprendida en Les Biches aún imperfectamente —es un film que ocupa una posición, en la obra de Chabrol, equivalente a la de Sasom i en spegel, en la de Bergman— y consolidada magistralmente en La Femme infidèle: es más, Juste avant la nuit hubiera podido llamarse El marido infiel, y los puntos de contacto existentes entre ambos films pueden haber llevado a que algunos críticos consideren el film posterior como la contrapartida o la pareja de La Femme infidèle, como su reflejo en un espejo: idéntico, pero invertido. La tentación de abordar Juste avant la nuit desde esta perspectiva de «simetría» es tentadora para un crítico, pero debe ser rechazada: sería completamente erróneo reducir este film a “la otra cara” de La Femme infidèle, pese a que sus personajes centrales tengan los mismos nombres (Charles y Hélène) y estén interpretados por los mismos actores (Michel Bouquet y Stéphane Audran, respectivamente), ya que si, indudablemente, hay una estrecha relación entre ambos films, Juste avant la nuit sería más bien, en todo caso, el corolario, extremado además, del planteamiento y resolución del problema de la infidelidad de la película anterior, y resultaría más instructivo, por tanto, fijarse en sus divergencias que en sus similitudes.

Robin Wood y Tom Milne han observado que La Femme infidèle violaba la estructura dramática del triángulo que, desde Les Cousins hasta Les Biches, había sido habitual en Chabrol; Juste avant la nuit también abandona esta estructura, pero de forma diferente, y mucho más compleja. Como Wood comentaba, se podía esperar que el triángulo de La Femme infidèle, una vez que Charles matase al amante de su esposa, Pegala, se disolviese definitivamente cuando Hélène se vengase matando —o entregando a la Policía— a su marido. Sin embargo, Hélène se hacía cómplice de Charles y ocultaba la fotografía de Pegala que constituía el único indicio —aparte del testimonio del detective privado que el mismo Charles contrató para que siguiese a su mujer— de la culpabilidad de su marido, fortaleciendo así los debilitados lazos conyugales que les unían, e intentando preservar a Michel de las consecuencias de la infidelidad de su madre y los celos de su padre. Tanto Wood como Michael Walker, por otra parte, han destacado con cierta inquietud que Charles se siente más satisfecho que arrepentido de su crimen, y que su falta de sentimiento de culpabilidad se ve respaldada por Chabrol y por el público del film, a pesar de la comprensiva y simpática presentación de Pegala. De hecho, este crimen, lejos de destruir definitivamente el matrimonio de los Desvallées, hace reavivarse entre Hélène y Charles el amor que el tiempo y la costumbre habían banalizado, apagado, hecho rutinario y poco apasionante, o tal vez, en definitiva, sólo adormecido.

En Juste avant la nuit todo es aún más complejo, todavía menos convencional. Puesto que aquí el infiel es Charles Masson, se podría suponer que Héléne mataría a la amante de su marido, y que entonces o bien —según el patrón anterior a La Femme infidèle— Charles se desharía de su mujer, o bien —siguiendo la línea de dicho film— intentaría protegerla, volviendo a ella cuando ya es demasiado tarde. Pues bien, una vez que tenemos en cuenta los principales factores distintivos de La Femme infidèle, nos encontramos con que Juste avant la nuit es un film profundamente diferente y original, aunque posiblemente tenga su origen en el anterior y sea, en algún sentido, una revisión autocrítica de algunas de sus actitudes fundamentales. Para empezar, Juste avant la nuit amplía su radio de acción para incluir entre sus protagonistas, además del matrimonio Masson, a un tercer personaje, François Tellier (conmovedoramente encarnado por François Périer), vecino y gran amigo de los Masson, que conoce a Charles desde que eran muy jóvenes y es su mejor amigo. Por si fuera poco, la amante de Charles es Laura, la mujer de François, y ni éste ni Hélène sospechan nada (François llega incluso a rechazar como imposible la mera sugerencia de que hubiese algo entre su mujer y Charles).

El matrimonio Masson parece perfectamente feliz; no se trata ya de una armonía superficial —pero apagada, frágil, «normal»—, como la de los Desvallées en La Femme infidèle, sino de algo más: Charles parece disfrutar de la vida con su mujer y sus hijos, y Hélène, evidentemente, se siente satisfecha. Pese a los años que llevan casados, aún parecen entusiasmados el uno por el otro, y están mucho más vivos que los Desvallées, aunque, como ellos, un poco apartados de la sociedad: viven aislados en su espléndida mansión —diseñada por François, que es arquitecto—, cerca de Versailles, y si Charles va a París todos los días (dirige una agencia de publicidad), Hélène no parece salir más que para llevar a los niños a la escuela. Frente a este matrimonio feliz y «ejemplar», los Tellier, en cambio, aunque no tienen conflictos, no funcionan como pareja, ni tienen hijos: cada uno hace su vida, sin que el otro le pida cuentas. Es más, por lo que Chabrol nos muestra, no parece que François se aproveche de su libertad para engañar a su mujer, mientras que Laura resulta ser una ninfómana pervertida y dominante —un poco como Sonia (Catherine Rouvel) en La Rupture—, que no tuvo reparo en hacer de Charles uno de sus numerosos amantes. Charles, débil y vanidoso, se dejó seducir, para pronto sentirse incapaz para los masoquistas juegos eróticos a que Laura le arrastraba. En uno de ellos, mientras simula estrangularla —a petición de ella: «Charles, no sabes lo que he hecho..., tienes que castigarme..., aprieta más»—, exasperado y casi sin darse cuenta de lo que hace, Charles la asesina. Es decir, que es el propio Charles quien, casi accidentalmente —al menos indeliberadamente, y desde luego impremeditadamente—, da muerte a una amante de la que se sentía insatisfecho, que le hacía sentirse culpable frente a su esposa e hijos y frente a su mejor amigo, que ponía en peligro la armonía familiar que tanto aprecia, y que se servía de él para saciar sus instintos mediante degradantes juegos amatorios (cuando, más avanzada la película, confiesa todo a su mujer, le explica: «Elle m'a fasciné un moment, mais je ne l'aimais pas... Elle me poussait à la brutaliser. Elle savait que c'était atroce pour moi. C'était elle qui me torturait... Avec toi, l'amour est simple et clair. Avec elle, c'était une espèce... une sorte de théâtre insensé... Ce n'étaient pas des rapports d'êtres qui s'aiment. C’étaient des rapports de violence et humiliation...») (1).

Juste avant la nuit comienza, bruscamente, con este asesinato. Charles, no demasiado preocupado ni asustado, sin borrar sus huellas del apartamento parisino en que se veía con su amante (perteneciente a Gina, una complaciente amiga de Laura), abandona el escenario del crimen. Es entonces, mientras camina sin rumbo preciso, cuando empieza a inquietarse, a imaginar que le miran con desconfianza, y busca refugio en la penumbra de una cafetería. Aún angustiado, crecientemente desasosegado, intenta evadirse todavía más de la realidad bebiéndose dos vasos de whisky. Al resultar esto inútil, corre con paso vacilante a los servicios y, mareado, vomita en un fundido dreyeriano que sugiere casi un desvanecimiento. Pero ni así consigue arrojar fuera de sí el sentimiento de culpabilidad que le va royendo por dentro cada vez más: recurre entonces a enmascararse y cegarse al mismo tiempo, cubriéndose los ojos con unas gafas negras que apenas le permiten reconocer a François, que subraya la casualidad de que se hayan encontrado en una cafetería en la que nunca habían estado. De esta forma, Chabrol nos presenta al amigo aún antes que a la esposa, y en ese momento nos enteramos de quién era Laura, y vemos la profunda amistad que une a François —ignorante aún de la suerte de su mujer— y a Charles, que se siente cada vez más nervioso y turbado, y que —como bien sabemos— miente y disimula ante el solícito François, que le cree cansado por su trabajo y le ofrece llevarle en coche hasta su casa. Este amable gesto se ve ratificado por la generosidad con que François ha recomendado para un empleo al hijo de los dueños de un “bistrot” de Nanterre, en el que paran un momento, y en el que François recibe la noticia de que Laura ha tenido «un accidente». Preocupado, François vuelve hacia París, sin aceptar la hipócrita oferta de acompañarle que le hace Charles.

Aparece ahora el tercer protagonista de la película, Hélène, que adelanta en moto, con los niños, a Charles cuando este camina hacia su casa al anochecer invernal. Con el contraste entre la espontánea alegría de Hélène —manifestada aún más claramente en una escena posterior, que nos la muestra jugando a pieles rojas con sus hijos— y el nerviosismo displicente de Charles —subrayado dialogalmente por Hélène en la escena siguiente—, Chabrol completa el insólito triángulo (formado no por el matrimonio y el amante de uno de los cónyuges, sino por los Masson y un amigo, marido de la amante) que sirve de base a la estructura dramática del film, y pasa a ofrecernos su más típica escena familiar: una comida. Durante la cena, Charles permanece aparte, inquieto y taciturno, mientras Hélène —a quien ha contado que Laura ha tenido un accidente—, los niños y Jacqueline —una especie de criada negra a quien tratan como a un miembro de la familia— nos sugieren la armonía familiar que normalmente reina en la casa, y que Charles ha puesto en peligro.

Mientras tanto, François, en el piso de Gina, es informado por el inspector Cavanna de parte de lo que hasta entonces ignoraba: que Laura le engañaba, y que ha sido asesinada. Tras identificar el cadáver, François, abatido de una forma que recuerda al Charles Thénier de Que la bête meure —de hecho, inspira el mismo tipo de simpatía que Michel Duchaussoy tras la muerte de su hijo—, explica a la Policía el estado de sus relaciones con Laura, y declara no tener la menor sospecha en cuanto a la identidad del asesino y amante de su mujer. De vuelta a su casa, duda un momento si detenerse a contarles los sucesos a los Masson —como había prometido a Charles—, pero, con la consideración y la sobriedad que le caracterizan, y dado lo avanzado de la hora, sigue su camino.

Charles, que no consigue conciliar el sueño, se levanta y toma unas gotas de somnífero que, tras la visión de Que la bête meure, no pueden sino evocar la medicina contra la diarrea con la que fue envenenado Paul Decourt (Jean Yanne). A pesar de todo, Charles se levanta temprano, y sale al jardín a leer el periódico, que publica la noticia del asesinato de Laura. Durante el desayuno —en el que se muestra desganado e inquieto—, poco antes de irse, y en el momento en que Hélène va a salir para llevar al colegio a uno de los niños, le enseña el periódico a su mujer y le cuenta como de pasada que Laura ha sido asesinada. Hélène recibe la noticia con asombro y consternación, pero no hablan del asunto, a causa de los niños. Charles va a visitar a François, que está en su jardín, al parecer esperándole, y que le cuenta lo ocurrido, explicándole con más detalle su relación con Laura, comparando amargamente su matrimonio con el feliz de Charles y Hélène, y mostrando compasión por Laura, y horror ante el hecho de que haya sido asesinada. Cuando Charles sale de la casa, se cruza con el inspector Cavanna, que viene a informar a François de la falta de indicios que rodea el caso.

Charles, en su oficina, se muestra cansado y nervioso, y se siente contrariado cuando su socio, Prince, le dice que Bardin, el contable de la empresa desde hace muchos años, un hombre de absoluta confianza, es sospechoso de irregularidades en la contabilidad, y que debe ser interrogado. Charles se niega, pero Prince le obliga a hablar con Bardin, un anciano muy ofendido de que se dude de su honradez, ante el que Charles no se atreve a tocar la cuestión sino para ratificarle su confianza en él y decir que él mismo tal vez sea culpable, ya que pudo haber olvidado entregar algunos justificantes de gastos. Esta actitud irrita a Prince, y Charles le explica que está muy preocupado por el asesinato de la mujer de su amigo François.

Mientras tanto, los juegos de Hélène y sus hijos se ven interrumpidos por la llegada de la madre de Charles —muy semejante a la madre del Charles de La Femme infidèle, e interpretada por una actriz de aspecto parecido—, una señora bastante estúpida y pesada, aunque «simpática», muy orgullosa de su hijo, al que en algún sentido considera todavía un niño, y por el que —al enterarse de la identidad de la anticuaria estrangulada de que habla el periódico— resulta haber tenido celos de Laura (notó que miraba a Charles con excesivo interés, cosa que Hélène, en cambio, nunca notó) y, probablemente, incluso de Hélène, con quien tiene cierta rivalidad bajo una superficial cortesía, y a quien, en todo caso, no le cae muy bien su suegra. Tal es la precisión de Chabrol en sus últimos films que hasta los datos dispersos que configuran un personaje tan episódico como el de Mme. Masson nos permiten deducir el ambiente familiar en que se crio Charles, y que, sin duda, le condicionaron: una madre posesiva y dominante, demasiado mimosa y absorbente para con su único hijo, y además viuda quién sabe desde cuándo. Este personaje materno tiene una clara raíz hitchcockiana, pues es una versión suavizada de numerosas madres de sus films, equivalente tal vez a la que interpretó Jessie Royce Landis en North by Northwest, aunque sustituyendo la desconfianza de ésta hacia Cary Grant por un excesivo orgullo materno, y sirve para introducir una posible explicación psicológica —en términos freudianos— del ulterior comportamiento de Charles. Porque si los personajes así llamados de La Femme infidèle y Que la bête meure llamaban la atención por su carencia de sentimiento de culpa, el Charles de Juste avant la nuit llega, incluso, a ser víctima de un “complejo de culpabilidad”, y no por ser inocente —Chabrol no hace la menor trampa al respecto—, sino por no ser tan culpable como acaba por creer.

Mientras la madre de Charles se queda con los niños, el matrimonio Masson asiste al entierro de Laura Tellier. Allí está Gina, que se siente terriblemente culpable por haber prestado su piso a Laura y a su amante y asesino, y que no deja de mirar, durante toda la ceremonia, a Charles. Hélène advierte sus miradas, pero no Charles, que —inconsciente del peligro— no se preocupa cuando Hélène lo comenta. Curiosamente, la policía —pese a la falta de cuidado del asesino— sigue sin encontrar la menor pista que ayude a esclarecer el caso. Parece que aquí la suerte o el destino favorecen al impremeditado criminal, ya que Charles ni siquiera ha sido interrogado y nadie sospecha de él. Sin embargo, sin que éste lo imagine, las cosas han cambiado: a la mañana siguiente, mientras espera el tren que ha de llevarle a su trabajo, ve llegar a Gina, que va a contarle a François que está casi segura de haber visto a Charles salir de su piso con Laura. Pero François, amigo fiel y confiado, responde que tiene la fe más absoluta en su amigo, y que —suponiendo que ella esté en lo cierto— está seguro de poder hallar una explicación tan lógica como inocente a que Charles y Laura estuviesen juntos, y hace prometer a Gina que no dirá nada a la policía —cosa que, en el fondo, ella prefiere, ya que declaró no saber nada—, dadas las irremediables y trágicas consecuencias que para Charles y su familia podría tener el convertirle en sospechoso.

A todo esto, Charles, cada vez más deprimido e irritable, tiene una discusión banal con Hélène y, al reconciliarse, empieza a confesarle una primera parte de la verdad: que fue amante de Laura. Aunque esto es cierto, no es toda la verdad (omite que la mató, e incluso dice que está muy impresionado por el suceso), ni sólo la verdad (dice que hace mucho que todo acabó y que no se veían), y expresa a la perfección la lucha que se está desarrollando en el interior de Charles entre dos tendencias irresistibles opuestas: por un lado, el de liberarse de su culpa mediante la confesión; por otro, el de salvarse, el de eludir las consecuencias de su acto. Esta contradicción hace de él un hombre suspendido —sólo en este sentido utiliza Chabrol el suspense hitchcockiano—, inestable, en precario equilibrio y siempre a punto de desfallecer; es decir, que Charles se convierte en algo muy parecido a lo que Douglas Sirk llama un in-between man (2), como, por ejemplo, el personaje interpretado por Robert Stack en Written on the Wind. Porque, en efecto, además de la influencia —cada vez más profunda y menos visible— de Hitchcock y la de Lang, los últimos films de Chabrol —véanse, además, sus declaraciones a propósito de La Rupture y el melodrama (3)— revelan un profundo parentesco con otro gran director que siempre admiró: Douglas Sirk. Y así resulta que, como él, Chabrol da cada vez mayor importancia a los fenómenos meteorológicos (la lluvia, el viento, el anochecer, las estaciones del año) y se dedica a analizar críticamente la burguesía de una sociedad satisfecha que está en proceso de descomposición (tanto da que la burguesía que se autodestruye, víctima de sus contradicciones y de su corrupción sea la de los Estados Unidos de Eisenhower o la de la Francia de De Gaulle o Pompidou). Así resulta, en cambio, que Hélène es un personaje «no dividido interiormente», mucho más estable, como Lauren Bacall en Written on the Wind, y encaja con serenidad y entereza las tardías revelaciones de Charles, que evidentemente —puesto que es sensible y confiaba en él— le duelen y le sorprenden. Pero hace un esfuerzo para sobreponerse y perdona a Charles, llegando incluso a disculparle (insinuando que tal vez ella tenga algo de culpa) e intentar consolarle.

A pesar de este primer desahogo, Charles no logra conciliar el sueño, y sigue inquieto, extenuándose poco a poco. Lo que preocupa a Charles es un creciente sentimiento de la culpabilidad, sin duda masoquista, que no le permite seguir viviendo como si no hubiese ocurrido nada: desea ser juzgado, necesita el castigo que cree merecer. Por eso no soporta que no le descubran, que le perdonen, que le compadezcan incluso. Desea que los demás sean tan rigurosos con él como lo es él mismo para consigo, y por eso cuanto más generosos y comprensivos se muestran con él, cuanto más le favorece el azar, más se desespera. Al verle en ese estado, presa del insomnio, a punto del colapso mental —y también intentando volverle definitivamente a su lado—, Hélène le propone pasar juntos, a solas, unos días de descanso en la playa. En un largo plano general, entre las dunas batidas por el viento, en medio de una playa solitaria, Charles confiesa a Hélène que mató a Laura. Hélène intenta tranquilizarle y, ya en la casa de la playa, escucha la totalidad de la historia. Y sin embargo Hélène perdona, disculpa, olvida. Entonces llega un mensaje de Prince, requiriendo el urgente regreso a París de Charles. Resulta que Bardin se fugó con el dinero de la empresa, y que el inspector Cavanna se encarga del caso. Charles reconoce al policía, le pregunta por el abandonado caso «Laura Tellier», e incluso coquetea con la idea de infundirle sospechas, reprochándole casi que no le interrogue a él, que conocía a la víctima. Observamos con creciente intranquilidad las tendencias suicidas que se manifiestan en Charles: no le ha bastado con confesar la verdad a su mujer. Ahora necesita confesarla a su amigo. Y así, ante la mirada preocupada pero impotente de Hélène, sale al jardín con François, con el pretexto de despedirle. Y allí, casi brutalmente, ya sin atenuantes, en un larguísimo travelling de retroceso —recto, estable y con los dos actores en cuadro, como sugiriendo la solidez de su amistad y lo difícil que es que algo les separe—, le cuenta que fue amante de Laura y que la asesinó. Pero François, entristecido, abrumado, haciendo un esfuerzo, disculpa, intenta comprender, perdona, e insiste en que no tiene remedio y más vale olvidar el asunto, no volver a hablar de ello, no provocar más desgracias. Piensa, sin duda, en las consecuencias que tendría para la familia Masson el que Charles fuese descubierto. En resumen, le dice lo mismo que Hélène —hay entre ella y François un paralelismo, una afinidad que Chabrol no subraya, pero que resulta especialmente evidente en la escena final de la película—, y no acepta la oferta de dejar de ser amigos que el desesperado Charles le hace. Tras este nuevo perdón, Charles, que lo que quiere es que le insulten, que le hagan reproches, que le abandonen, que le castiguen para así expiar su culpa, le cuenta a Hélène, acongojado, que François le ha dicho lo mismo que ella.

Cuando, poco después, Bardin es detenido, vemos que Charles se siente fascinado por las esposas, por la idea de ser detenido y castigado, por el orgullo de que hace prueba el detenido. La policía comenta que fue detenido cuando se arrepintió de haber dejado a su familia sin un céntimo al fugarse con una joven, y envió dinero desde Marsella. Charles, cada vez más torturado, no consigue dormir, y rechaza los intentos de Hélène para tranquilizarle: cada vez se imagina más culpable, ya incluso cree que mató a Laura deliberadamente, que disfrutó estrangulándola. Hélène intenta hacerle ver que no fue así, que se reprocha más de lo debido, que se está volviendo loco. Pero Charles está decidido a entregarse a la policía a la mañana siguiente, y no atiende a los ruegos de Hélène, que le pide por ella, por los niños, que no destroce la vida y el buen nombre de la familia. Pero Charles ya no razona: Je ne peux pas supporter de ne pas être jugé... C'est une affaire entre moi et moi. Je cherche la paix et je ne l'aurai qu’avec les menottes aux mains. Je veux faire ce qui est juste, il n'y a rien d'autre qui compte... (4). Lo cual, más que una noción católica de la culpa, me parece indicar un agudo grado de neurosis en el personaje, y creo que así es como Chabrol lo entiende; por supuesto que la noción cristiana de pecado, y la posibilidad de expiarlo por el arrepentimiento, la confesión y el castigo, están presentes entre los factores determinantes de la actitud de Charles Masson, al igual que su background familiar (ausencia de figura paterna, madre dominante) o su pertenencia a la burguesía. Sin embargo, Chabrol deja bien claro que el aspecto religioso de su culpabilidad no es sino parte del problema: de hecho, aparte del entierro, no hay ninguna ceremonia religiosa, y Charles no reza jamás, ni se confiesa con un sacerdote (queda claro, además, que la “absolución” tras confesar su crimen no le libera ni cuando proviene de su mujer ni cuando se la concede François), ni espera a recibir su castigo en la otra vida. De hecho, no quiere ser perdonado, sino simplemente castigado, y cuanto antes; tampoco parece arrepentido, sino cada vez más convencido de su propia maldad. Todo ello contribuye a hacer de Juste avant la nuit un gran film sobre —entre otras cosas— el complejo de culpabilidad y, por tanto, junto con Vertigo, Psycho y Marnie de Hitchcock, Él y Ensayo de un crimen de Buñuel, De man die zijn haar kort liet knippen de Delvaux y Le Boucher, una de las mejores películas que se han hecho sobre la neurosis y la locura.

Pero pasemos ahora a lo más turbador e inquietante del film, tal vez el más ambiguo de los finales de Chabrol, más incluso que el —más explícitamente irresoluble— de Que la bête meure: Hélène, sin que Charles se dé cuenta, echa más gotas de somnífero de las inofensivas en el vaso de agua que prepara para su marido, antes de entregarse, logre dormir un poco, y le contempla, ya más apaciguado, dormirse para no volverse a despertar. La mirada y la expresión de Stéphane Audran en este momento bastarían para demostrar que Chabrol es un magnífico director de actores y que su mujer es una gran actriz, pero contribuyen a mantener en pie una absoluta incertidumbre con respecto a las motivaciones que subyacen en la generosa actitud de Hélène y François para con Charles y, sobre todo, el último acto de Hélène en el film.

Porque no hay que olvidar que Juste avant la nuit forma parte del «gran retrato de la burguesía francesa» que están componiendo, poco a poco, todos los films personales de Chabrol. Se ha repetido una y otra vez, sobre todo a partir de 1968 —es decir, de La Femme infidèle— que Chabrol se siente perfectamente integrado dentro de esta clase social, incluso que es el poeta elegíaco de la burguesía. Creo que esto no es tan simple: Chabrol es burgués, qué duda cabe, pero el que deje de caricaturizarla abiertamente, como en Ophélia, Landru e incluso Le Scandale, por no citar La Muette (su episodio de Paris vu par…), no impide que sus últimas y más maduras obras constituyan una crítica serena y objetiva, sin demagogia alguna, del espíritu burgués. Solo que —y en esto no se parece a Lang— Chabrol no suele sentir desprecio hacia sus personajes, y es capaz al mismo tiempo —como Orson Welles con el Quinlan de Touch of Evil, por ejemplo— de amar a un personaje como hombre y detestarle por lo que hace, de sentirse cercano a un personaje pero a la vez —como el Buñuel de Tristana con Don Lope, o el de Le Journal d’une femme de chambre con Célestine— conservar la suficiente distancia como para no cegarse ante sus defectos. Chabrol, actualmente, no juzga, muestra, y deja al espectador en libertad de juzgar, pero sin permitirle un juicio seguro y definitivo (como el Preminger de Bonjour Tristesse o Anatomy of a Murder). Y el film de Chabrol en que su postura ambivalente —más que ambigua— frente a la burguesía queda más clara es Juste avant la nuit, porque es precisamente en esta película donde Chabrol se muestra, al mismo tiempo, más interesado, más implicado en sus personajes y más ajeno mentalmente, más distante de su mundo. Y justamente de ahí proviene la dificultad que se tiene para decidir si cuando François perdona a Charles lo hace por verdadera y generosa amistad o simplemente para preservar «el buen orden de las cosas» —las palabras del arquitecto no indican más que lo segundo, y ¿quién puede interpretar con seguridad un gesto, una mirada?—, y si cuando Hélène mata a su marido lo hace meramente por guardar las apariencias y evitar el escándalo, o por salvar a sus hijos de las consecuencias de los actos de su padre, o en un desesperado y definitivo gesto amoroso —que bordearía la eutanasia—, para librarle para siempre de la culpabilidad que le atormenta y al mismo tiempo identificarse totalmente con él convirtiéndose ella a su vez en culpable de haber dado muerte a su marido. Esto último —caso límite de la «transferencia de culpabilidad» a la que Chabrol, tras Hitchcock, es tan aficionado— es lo que parece indicar la inmovilidad de Hélène al final de la película —que hace eco a la de las Hélène de los finales de La Femme infidèle, Que la bête meure y Le Boucher, y que sugiere que sus vidas pueden darse por acabadas—, en medio de la playa en que Charles le confesó su crimen, rodeada de sus niños que juegan y “parecen ir olvidando”, junto a su suegra y leyendo una carta de François en que comenta con dolor la muerte de Charles, y lo que hubiese hecho explícito su autoacusación final, en voz interior, prevista en el guión pero eliminada del film. Sin embargo, sólo el primer motivo y el segundo llegan a ser expresados claramente: la otra motivación, la más hermosa, no pueden sugerirla más que el rostro misterioso de Stéphane Audran en las dos últimas escenas.

(1) "Me fascinó por un momento, pero no la amaba... Me empujaba a maltratarla. Sabía que esto era atroz para mí. Era ella quien me torturaba... Contigo, el amor es simple y claro. Con ella era una especie... una forma de teatro insensato... No eran relaciones de seres que se aman. Eran relaciones de violencia y humillación...".

2) Sirk on Sirk, por Jon Halliday. Edit. Fundamentos. Cinema One Series nº 18, Secker & Warburg, Londres, 1971.

(3) Conversation With Chabrol, por Rui Nogueira, en "Sight & Sound", Invierno 1970-71.

(4) "No puedo soportar el no ser juzgado... Es un asunto entre yo y yo. Busco la paz y no la tendré sino con las esposas en las muñecas. Quiero hacer lo que es justo, no hay ninguna otra cosa que importe...".

Texto íntegro. Publicado recortado y modificado por el editor en “Claude Chabrol” de Robin Wood y Michael Walker. Madrid : Fundamentos, 1972.