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lunes, 23 de marzo de 2026

The Field (Jim Sheridan, 1990)

Esta notable película anglo-irlandesa se enfrenta con una serie de contradicciones de partida que no ha sabido o podido resolver satisfactoriamente. De ahí su carácter híbrido y la frustración que provoca su visión, pues se siente casi continuamente que, aunque esté bien, podría haber sido mejor, que no llega al fondo del drama, que algo obstaculiza la visión del realizador y le hace quedarse en la superficie de las cosas, en su mera apariencia.

La primera contradicción es de medios y fines, y se traduce en una imprecisión de tono. Gracias al éxito de My Left Foot (Mi pie izquierdo), Sheridan ha conseguido fondos suficientes para embarcar en la empresa a actores que, aunque británicos (Richard Harris, John Hurt) son todavía (el primero) y ya (el segundo) "estrellas" de Hollywood con renombre internacional, y muy distantes, pues, del anonimato que rodea a casi todos los restantes intérpretes, muy buenos pero presumiblemente con escasa experiencia o, al menos, con poca "imagen pública" por proceder del teatro o trabajar sobre todo en la televisión. Es cierto que la labor de ambos es irreprochable —sin caer en el "número de actor" que bordean constantemente, ya que encarnan un energúmeno patriarcal y un retrasado mental—, pero su intervención da a la película una dimensión que choca con sus pretensiones de sobriedad y realismo, y provoca altibajos de tensión dramática nada beneficiosos a la unidad del conjunto. Parece como si Sheridan se hubiese quedado atrapado entre su voluntad casi marginal de narrar "desde fuera" y sin retórica y el hipervoltaje y la dramatización que introducen esos dos actores, y cabe concluir que no ha sido capaz de tomar una decisión, como si fuese el asno de Buridán.

La segunda es, en cierto sentido, paralela. Se trata de una película financiada, básicamente, por Granada Televisión, y para colmo adapta una pieza teatral (de John B. Keane), por lo que, exhibida en pantalla grande, proyectada, se revela un tanto pobre visualmente, y quedan amplificadas las gesticulaciones en que incurren casi todos los que tratan de "hacerse oír" desde la pequeña pantalla, efectismos y esteticismos que resultan ridículos e innecesarios cuando se ven a otra escala: es como mirar con microscopio lo que se hizo para ser contemplado con prismáticos. Pese a ser un telefilm rico en paisajes y rodado fundamentalmente en escenarios naturales, de ellos la mayor parte exteriores, no logra sustraerse a sus raíces teatrales, subrayadas por la estructura, el ritmo y la falta de homogeneidad entre los actores.

La tercera contradicción es, probablemente, consecuencia de la inmadurez de Jim Sheridan, que no le permite superar el conflicto entre el afán de hacer una película dura, seca, lacónica, hosca y primitiva, y la tentación de recrearse en la belleza del paisaje irlandés y las dotes histriónicas de sus actores.

En “Todos los estrenos. 1991”. Madrid : Ediciones JC, diciembre de 1991.

viernes, 22 de diciembre de 2023

In America (Jim Sheridan, 2003)

DESHIELO EN NUEVA YORK

Noto desde hace algún tiempo, y observo que va en aumento, una curiosa aversión hacia todas aquellas películas – no muy abundantes que digamos - que, siquiera por tomar a auténticos seres humanos como personajes y por atender a sus relaciones y sentimientos, tienen algo que ver con la realidad. Como si los espectadores sufriesen la misma depresión que el padre encarnado por Paddy Considine en En América, la última película del estimable cineasta irlandés Jim Sheridan (Mi pie izquierdo, El prado, El boxeador, En el nombre del padre), y no pudiesen soportar que les hablasen de semejantes cuestiones, no sé si dolorosas, espinosas o simplemente inoportunas (a nadie le gusta que le recuerden lo que le falta). Y no me cabe otra explicación, ya que sucede con películas a mi entender muy buenas pero, en cualquier caso, aun para los más insensibles a ellas, muy discretas, demasiado modestas y poco “imponentes” como para que, en sí mismas, pudieran molestar o irritar tanto a nadie. Se diría que tienen la impertinencia de quebrar un tabú, de mentar lo que debe ser silenciado y recordar lo que conviene olvidar. Si son seres de látex o esquemas de papel, que realizan proezas (o vilezas) exageradas hasta lo inverosímil, y están narradas espectacular o enfáticamente, pero de forma impersonal, sin implicación alguna de los autores y actores, todo va bien, y se acepta el número histriónico o circense-pirotécnico, aunque las películas sean nulas o pésimas, quizá precisamente porque son insignificantes e irrelevantes, y se pueden ver y olvidar en el acto. A mí, qué quieren que les diga, como no voy al cine para estar arropado de una pandilla sin tener que hablar, ni a comer palomitas sin ser visto, ni a matar un tiempo que no me sobra y para el que encuentro incontables ocupaciones alternativas, no me basta; es más, me parece un derroche molestarme en ver cosas que no me dejan huella ni recuerdo, y sin las cuales, por lo tanto, como nada me dan, nada pierdo, mientras que si caigo en ellas pierdo el tiempo, el dinero y a veces la paciencia.


El carácter subjetivo y relativo de los retorcidos reproches que se suelen dirigir a estas infrecuentes películas que tratan de personas, para justificar tal rechazo – “cursis”, “sentimentales”, “blandas”, “convencionales”, o el muy socorrido “lentas” –, me confirma en esa impresión de que el problema no está en las películas mismas sino en esos espectadores, quizá mayoría, que, decididamente, no quieren ver tales cosas, aunque, eso sí, se traguen sus variantes efectistas, sociologizantes, retóricas, caricaturescas (voluntariamente o no) o cínicas. Mientras la cosa no vaya en serio, mientras no les interpele ni les roce, mientras se hable de otros mundos, a ser posible imaginarios, vaya, la cosa puede pasar. Pero como tengan que darse por aludidos, y las balas pasen rozando, ah no, ya no se puede tolerar tanta incorrección. No sé si es falta de fe – que ya no se cree en ciertas cosas – o que se prefiere esa cómoda insensibilización que permite no echar en falta lo que, si se piensa, se ha perdido.



La mera descripción – siempre tan simplificadora que no cuadra – que se hace de semejantes películas, intentando sepultarlas en un nicho temático o genérico, es reveladora de que molestan, perturban, producen desasosiego. Así, no se vayan a creer que el film de Sheridan trata de “emigrantes irlandeses en América”. Sí, sus protagonistas son eso, y actuales, pero es algo muy secundario. Nada que ver con Lamerica de Gianni Amelio ni con América, América de Kazan. Los protagonistas podrían haber llegado a Nueva York de Kansas o Wisconsin, o ser africanos en París, turcos en Frankfurt, ecuatorianos en Madrid; simplemente son “extraños” – aquí hablan casi el mismo idioma - trasplantados a una gran ciudad, a un barrio empobrecido, sin medios apenas para sobrevivir, y que tratan de aclimatarse a un ambiente inhóspito y muy duro; para colmo, si se han mudado no es sólo para buscar una fortuna que tardarán en encontrar, si es que les llega, sino, sobre todo, para huir de su casa y su tierra, del entorno en el que vivían y en el que ya no pueden aguantar porque se les ha muerto un hijo; y aunque les quedan dos hijas estupendas - y otra, con problemas, vendrá en el curso del relato -, no se han consolado de tal pérdida ni la han aceptado, y mudamente se reprochan el marido y su mujer (Samantha Morton) la culpa que no es de nadie, o a lo sumo, de haberla, de los dos.


La película está contada desde el punto de vista de la mayor de las niñas, de unos once años prematuramente maduros (a la fuerza), y adicta a la videocámara, que trata de mantener intactas las ganas de vivir de su hermana menor, de unos siete, y de ir grabando recuerdos. Aunque no se nos dice que también sea autobiográfico lo más dramático de la película – pese a que la dedicatoria final, a la memoria de Frankie Sheridan, hace temer que sí, ya que el niño muerto de los Sullivan se llamaba Frankie –, se nota que buena parte de lo que nos cuenta corresponde a vivencias personales, a sentimientos experimentados, que Sheridan y sus hijas coguionistas recrean retrospectivamente. Vamos, que es una película que no han hecho ni para ganar dinero ni para hacerse famosos, sino porque tenían algo que contar y recordar, y han querido compartirlo. Y esto, curiosamente, parece que no es lo que interesa: buen futuro le espera al cine europeo, que tiene el valor de usar a gente nada embellecida, como la excelente Samantha Morton, en lugar de a la Julia Roberts de turno. Yo le puedo poner algún reparo formal, sobre todo a su arranque, pero al final me emociona.

En El Séptimo Vicio, en Radio 3 (22 de enero de 2004)