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lunes, 27 de octubre de 2025

Simón del desierto (Luis Buñuel, 1965)

Simón del desierto está directamente entroncada con Nazarín (1958) y Viridiana (1961). Como en ellas, el tema, reducido a sus líneas esenciales, es la inutilidad de la religión. Si en Nazarín Buñuel mostraba la ineficacia del padre Nazario, incluso cuando abandona los hábitos y se dedica a predicar y ejercer la caridad por su cuenta, y en Viridiana insistía, con mayor virulencia, en este segundo aspecto, en Simón del desierto son el ascetismo y el ideal de pureza los que se revelan inútiles y prácticamente imposibles. Estas tres películas, escritas en colaboración con el escritor católico Julio Alejandro, no son, sin embargo, los esquemáticos panfletos que muchos han querido ver, sino que se ven enriquecidas por una cierta admiración y simpatía que siente Buñuel por la obstinación y sinceridad de los personajes que dan título a los tres films, y que se articula dialécticamente con la postura crítica del autor de Un chien andalou. Por otra parte, Simón del desierto es el mejor prólogo de La Voie lactée (1968) que pueda imaginarse, completando así el esperpéntico retablo "religioso" de Buñuel.

Como es normal en Buñuel, la crítica se ejerce sutilmente a través del humor y un agudo sentido de la caricatura, por un lado, y de una estructuración muy rigurosa, que alcanza en La Voie lactée su punto culminante al unir la mayor complejidad y la máxima claridad, por otra parte. Sin que este segundo aspecto haya sido descuidado, en Simón del desierto predomina el primero, hasta el punto de convertirla en la más bufa y burlona de todas sus películas, superando incluso a Ensayo de un crimen (1955), L'Âge d'or (1930) o Susana (1951), apartándose en eso de Nazarín, su film más serio junto con Los olvidados (1950). Estructuralmente, en cambio, tiene su más claro precedente en El Ángel Exterminador (1962), ya que concentra la acción en un espacio único y bien delimitado —aunque abierto, como en Robinson Crusoe (1952)—: la columna en que Simón ayuna, ora y medita, apartado del mundo, sus pompas y sus tentaciones, en medio del desierto y a gran altura. Como en todos sus films mexicanos, Buñuel saca partido de los pésimos actores que suele tener a su disposición a través de la caricatura y de los diálogos, aquí más hilarantes que nunca.

La idea de la película, como ocurre con frecuencia en Buñuel, se relaciona con sus lecturas bíblicas, ya que no sólo se inspira en la vida y milagros de Simeón el Estilita, sino también en las tentaciones del Diablo a Jesucristo cuando éste se retiró al desierto: mientras Simón (admirablemente interpretado por Claudio Brook) rechaza obstinadamente la farisaica adulación de sus seguidores y los víveres que intentan proporcionarle, el Diablo (Silvia Pinal) le tienta bajo los más diversos y divertidos disfraces (desde el de colegiala, que le enseña sus inocentes piernas y pechos, al de Buen Pastor, que pega una patada al cordero pascual). Simón, sin embargo, resiste estoicamente, y se mantiene firme y casi imperturbable en su columna. Paralelamente, Buñuel nos hace una crónica "entomológica" de la vida del estilita, señalando todos los problemas de orden práctico que se le pueden presentar a un hombre en la situación de Simón: el calor, el hambre, el aburrimiento ("esto de las bendiciones, además de santo, resulta muy entretenido", se dice, buscando algo que bendecir), la suciedad, el mal olor, las moscas (interrumpe sus oraciones en latín para comentar "hoy no hay moscas"), la locura ("empiezo a darme cuenta de que no me doy cuenta de lo que hago"). La película, como se ve, es muy sencilla de personajes y situaciones, y está resuelta casi únicamente a base de grúas hacia y alrededor de la columna, siempre funcionales y de gran claridad espacial. A ello se unen las divertidas y absurdas discusiones teológicas que Simón mantiene con sus discípulos (una de ellas, gritando "viva la hipóstasis" y "muera la hipóstasis", evoca La Voie lactée, construida casi enteramente sobre este principio), su exigencia (les reprocha volverse a mirar a Silvia Pinal cuando pasa por allí, no acepta ser ordenado sacerdote), sus relaciones con un pastor enano, su anciana madre y un fraile saltarín, o con los insectos y otros animalillos. Pero quizá lo más disparatado sean las tentaciones del Diablo (que aparece, por ejemplo, en un veloz féretro que se desliza por el desierto), y sus discusiones con Simón ("aunque te asombre", le dice, "tú y yo nos diferenciamos en muy poco: creo en Dios Padre, aunque en cuanto a su único Hijo tendríamos mucho que hablar", palabras que recuerdan las del "buen ladrón" a Nazarín). Finalmente, acosado por el Diablo y por alucinaciones extrañas, harto de sus aduladores discípulos (que acaban por acusarle de ser un "rebelde enviado de Satanás"), Simón no consigue alejar de sí al Demonio, que le lleva en jet a Nueva York, en un salto de quince siglos que sería el primero de los muchos viajes a través del tiempo y de las tentaciones que hubieran constituido la película si estuviera acabada. Pero resulta que, por desavenencias con el productor, Buñuel no pudo terminarla y sólo nos quedan los primeros 45 minutos que, por supuesto, se nos hacen cortos. Sin embargo, esto no quiere decir que a la película le falte nada o se quede en suspenso. Por un lado, Buñuel ha logrado llevar a cabo sus propósitos en ese viaje a través del tiempo y de las herejías que es La Voie lactée, y, por otro, Simón del desierto, tal como está, es una obra acabada, autosuficiente y llena de sentido, cuyo final se convierte, accidentalmente, en un equivalente del de El Ángel Exterminador, sugiriéndonos de forma evidente, aunque sin mostrarlo, lo que iba a suceder después: Simón, convertido en beatnik, abandona, aburrido y con un "vade retro" cansino, a Silvia Pinal, que baila un desenfrenado jerk en un club nocturno de Nueva York.

En Hablemos de Cine nº 47 (mayo-junio de 1969)

lunes, 25 de agosto de 2025

Otro Luis Buñuel

 

Miguel Marías

Un ensayo que supone la feliz reunión del mejor de nuestros críticos con el genio cinematográfico indiscutible del siglo XX español. El Buñuel de Marías está llamado a ser el libro clásico sobre el cineasta aragonés

Legendario ensayo, interrumpido, pospuesto durante décadas, retomado entre profundas dudas, siempre al borde de quedar para siempre en un cajón, Otro Luis Buñuel responde a una necesidad íntima, la que sentía uno de nuestros mejores y más influyentes cinéfilos, Miguel Marías, por expresar su opinión sobre el más importante cineasta español de todos los tiempos. Este preciso y certero ejercicio de escritura, este acto de clarificación, aleja por un lado a Buñuel del tópico —cimentado por la excesiva bibliografía y las todopoderosas lecturas exógenas, que se apropiaron de su obra ante nuestra acomplejada permisividad— del artista protestatario, cruel, sarcástico, blasfemo y misantrópico, para acercarlo, por otro, y a partir de una continua revisión de sus películas en el tiempo, al estatuto que en esencia lo definió: un cineasta obligado a profesionalizarse en la industria tras el arranque vanguardista de su obra. Se proyecta luz aquí, entonces, sobre ese «otro Luis Buñuel», sin duda el mejor, el que atravesado por un privilegiado sentido del humor y una lúdica consideración del cine como arte narrativo, se dirigió al público para proponerle maneras de ensanchar su sensibilidad y apreciar las bondades de la indeterminación entre lo vivido y lo soñado, lo real y lo imaginario.

«Desde El gran calavera, Los olvidados y Susana, hasta llegar a Nazarín, The Young One y Viridiana, pasando, claro está, por Robinson Crusoe, Él y Ensayo de un crimen, Buñuel se convirtió en lo que nadie se pudo imaginar en 1930, es decir, en un gran cineasta clásico, que conjugaba una inusitada capacidad de narrar con concisión y elegancia con una no menor libertad estructural».

***

ÍNDICE

Introducción. ¿Demasiado para nosotros?
Explicación de una larga historia      . . . . . . . . . . . . . . . . 9

OTRO LUIS BUÑUEL    . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .15

A VISTA DE PÁJARO . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 27

EL OJO DE LA AGUJA . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 33

LA PREMONICIÓN DEL PERRO . . . . . . . . . . . . . . . .39

LA TIERRA SUMERGIDA . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 59

SAINETES REPUBLICANOS . . . . . . . . . . . . . . . . . . .69

LA CONVENCIÓN PERVERTIDA . . . . . . . . . . . . . . .79

MANUAL DE SUPERVIVENCIA . . . . . . . . . . . . . . . 105

BUÑUEL AMABLE . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .   113

    Susana (1950/1) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .   116

    La hija del engaño (1951) . . . . . . . . . . . . . . . . . . .  .118

    Una mujer sin amor (1951) . . . . . . . . . . . .  . . . . . . .118

    Subida al cielo (1951/2) . . . . . . . . . . . . . . .  . . . . . . 121

    El bruto (1952/3) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .  . . . . . .  122

    La ilusión viaja en tranvía (1953/4) . . . . . . . . .. . . . 123

    El río y la muerte (1954) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 124

ÉL (1952/3) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .   127

ABISMOS DE PASIÓN (1954) . . . . . . . . . . . . . . . . .  . 131

ENSAYO DE UN CRIMEN (1955) . . . . . . . . . . . . . .. . 133

INTERLUDIO FRANCÉS . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 137

    Cela s’appelle l’aurore (1955/6) . . . . . . . . . . . . . . .137

    La Mort en ce jardin (1956) . . . . . . . . . . . . . . . . . . .139

    La Fièvre monte à El Pao (1959) . . . . . . . . . . . . . . .140

NAZARÍN (1958/9) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .  .   143

THE YOUNG ONE/LA JOVEN (1960) . . . . . . . . . . .. .147

VIRIDIANA (1961) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .  151

EL ÁNGEL EXTERMINADOR (1962) . . . . . . . . . . . . .159

¿BUNUEL O BUÑUEL? . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .  167

    Le Journal d’une femme de chambre (1963/4) . . . . .167

final del periodo mexicano . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .171

    Simón del desierto (1964/5) . . . . . . . . . . . . . . . . . . .171

LOS ADIOSES DE BUÑUEL . . . . . . . . . . . . . . . . . . .177

    Belle de jour (1966/7) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 182

    La Voie Lactée (1968/9) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 187

    Tristana (1969/70) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 189

    Le Charme discret de la bourgeoisie (1972) . . . . . 195

    Le Fantôme de la Liberté (1974) . . . . . . . . . . . . . . .198

    Cet obscur objet du désir (1977) . . . . . . . . . . . . . . .199

BUÑUEL (Poema) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 203

https://www.athenaica.com/libro/otro-luis-bunuel_165597/

miércoles, 12 de marzo de 2025

El Gran Calavera (Luis Buñuel, 1949)

La persistente minusvaloración, cuando no menosprecio apriorístico o mero puro desconocimiento, de El Gran Calavera (1949), se debe hoy, me temo, a su escasa reputación crítico-historiográfica: para el saber convencional carece de importancia, no es preciso conocerla. Ni siquiera llega a plantearse el verdadero obstáculo: su "pinta", su aspecto visual, y su tono.

Es, y además lo parece, apenas lo disimula – no tendría con qué, ni por qué hacerlo –, una película pobre; para colmo, parte de su trama nos hace vivir entre gente de muy escasos medios, peor aún, venida a menos – al menos en apariencia – y sacada de su ambiente. Es decir, que El Gran Calavera carece por completo de glamour. No es que sea en ello una excepción en la muy productiva etapa mexicana de Don Luis, pero quizá sea, con El Bruto y Susana, uno de los casos más extremos, y menos "disculpables", pues no trata explícitamente de la miseria, como Los Olvidados, ni es realista, y menos aún naturalista. Pero hay más: en cuanto al tono – aspecto del que no se suele escribir nunca, pero al que el público es instintivamente sensible –, es patente e innegable que no es seria; lo cual, en un cineasta de la importancia/trascendencia atribuidas consuetudinariamente a Buñuel por los que carecen del sentido del humor y sólo se toman en serio a sí mismos, la convierte automáticamente en esa cosa tan rara que la rutina académica ha dado en llamar “una obra menor”; siendo mexicana y filmada por Buñuel en tiempo de necesidad, casi de penuria, suele calificarse condenatoria o despectivamente de “encargo”, como si tal circunstancia (común a muchas de las obras máximas de todas las artes, a lo largo de los siglos) la hiciese forzosa y automáticamente desdeñable, impersonal y mercenaria. Para rematar la maldición, además de poco (bueno, nada) solemne, El Gran Calavera es al mismo tiempo muy divertida y bastante inquietante, con una crítica tan aguda y certera como matizada y descarada de muchas conductas muy frecuentes tanto en 1949 como, seguro, en 2009 (es difícil que un solo espectador pueda darse por “no aludido”, salvo que sea un ególatra voluntariamente ciego y sordo).


La mala fama, pues, y la apariencia, son las dos endebles y escasamente fiables razones por la que muchos se siguen privando (porque quieren o son muy flojos, pues no basta para conformarse a ignorarla con que no la recomienden ( o incluso la desaconsejen) los muy poco fiables santones de costumbre) de uno de los máximos placeres que fabricó Buñuel, con la inestimable ayuda de un cómplice frecuente en los guiones pugnaces que aquellos primeros tiempos, un tocayo igualmente exiliado, Luis Alcoriza, que años más tarde se haría director.

Cabe añadir otra falsa razón más, quizá la más sorprende, ya que es una característica casi constante en la obra buñueliana: los siempre sorprendentes giros de la trama, los cambios constantes de tonalidad, la dificultad de adscribirla a un género concreto, dada su habilidad para moverse en las fronteras o los bordes de varios, descolocando al espectador de cualquier postura comodona. Tan pronto parece una sátira como una farsa, una comedia como un drama, un melodrama como un documento, una parábola como un juego de apariencias, y eso que en este caso no hay imágenes oníricas ni incisos surrealistas, aunque sí un cierto tono de chanza y provocación, de ruptura de las normas de buena conducta, sobre todo en los graciosísimos diálogos, que tiene bastante que ver con algunas de las iniciativas del grupo.

En Miradas de Cine nº 77 (agosto de 2008).

lunes, 11 de diciembre de 2023

Los mutis de Buñuel

Tras los éxitos consecutivos de Viridiana y El ángel Exterminador —que le devuelven definitivamente un prestigio sólo alcanzado al comienzo de su carrera—, y el regreso a Francia para rodar Diario de una camarera, casi toda la producción de Buñuel es francesa, con alguna escapada española. Aumentan los presupuestos, el renombre y la calidad teórica de los actores, mejora el “acabado” de sus películas, más suaves y “elegantes”. Su apellido aparece normalmente en los créditos sin tilde; de ahí que a veces se distinga entre “Bunuel” y Buñuel, como queriendo insinuar cierta afrancesada domesticación de sus impulsos más hispánicos, que encontraron en México el terreno propicio que nunca le brindó España.

Son quizá, sobre todo Belle de Jour, sus mayores éxitos comerciales, pero su cine parece más “asimilable”, menos capaz de provocar escándalo, y pierde repercusión: se aceptan o rechazan sus obras finales como ocurrencias seniles, como excentricidades ya conocidas e incluso repetitivas, dando a entender él mismo que ya no tiene nada que decir y presentando cada película como la última, aunque sólo a partir de 1977 —tras diez años de anunciarlo— cumpliese su promesa.

Aunque es indudable que algunas de esas películas —ocho si contamos desde Le Journal d’une femme de chambre, seis si empezamos por Belle de Jour— son, a primera vista, menos atractivas y virulentas que buena parte de las anteriores, por lo menos dos de ellas —Tristana y Ese oscuro objeto del deseo— se cuentan entre sus obras maestras máximas, y me he ido convenciendo de que todas han sido insuficientemente valoradas y analizadas, por lo que merecen la más atenta revisión.

En primer lugar, se trata del periodo más libre de toda su carrera, en el que se le permitió hacer su antojo, incluso si parecía incomprensible a sus productores y entrañaba cierto riesgo comercial. Parece como si ya nadie se atreviese a llevarle la contraria, y Buñuel se “hiciese el loco”, además del sordo, para salirse con la suya, cuando le ponían alguna pega, lo que probablemente no sucediera a menudo, ya que la mayoría de sus productores eran amigos y pensaban que algunas infracciones a la norma serían admitidas gracias a la etiqueta “Luis Buñuel”.

Casi todas esas películas, como quien no quiere la cosa, son audaces experimentos narrativos, comparables —sin que apenas nadie se maliciase de ello— a los que llevaban a cabo, de forma más ruidosa, y cada cual a su manera, los entonces aún “jóvenes” o “nuevos” cineastas Godard, Straub, Skolimowski, Garrel, Eustache, Delvaux, Guerra, Rocha, Makavejev, Rivette, Resnais y otros cuyos nombres apenas dirán hoy nada a las nuevas generaciones de espectadores, y, curiosamente, también un trío de ancianos rebeldes, Dreyer en Gertrud, el recientemente fallecido Robert Bresson y el aún vivo y coleando Manoel de Oliveira, cada vez más activo y atrevido.

No era nuevo que Buñuel jugase con el tiempo, pero en esta fase final se convierte en algo casi obsesivo, en un empeño que acomete desde los ángulos más diversos. Son también sus obras más oníricas, o más abiertamente fantásticas, o mejor, las que plantean y plasman en la pantalla una concepción más amplia y compleja de la realidad, que abarca, de acuerdo con los postulados del surrealismo, en el mismo plano, sin establecer fronteras claras ni gradaciones, tanto el mundo externo y perceptible como el interno e invisible, lo mismo lo sucedido que lo “meramente” (sin aceptar que tenga una importancia o una realidad inferior) soñado o imaginado.

Son películas tan sorprendentes que pueden suscitar cierto desconcierto, desorientación, lo mismo que las conductas inexplicables (o socialmente inadmisibles) de sus personajes, presentados sin embargo como normales y con la mayor naturalidad del mundo, y que resultan regocijantes, cuando no hilarantes, más que inquietantes.

En este periodo de prolongada despedida, el siempre fundamental humorismo de Buñuel aumenta su presencia, en la misma medida en que lo hace un escepticismo desencantado, muy acusado al final, incluso una cierta misantropía (más que misoginia, como se dice a veces, con mirada un poco tuerta). Sobre todo a partir de 1967 y Belle de Jour, y ya sin interrupción durante los diez años finales de actividad, asistimos a un profundo rejuvenecimiento subterráneo del estilo de Buñuel. El ritmo se hace vertiginoso y al mismo tiempo sinuoso en sus minuciosamente medidas modulaciones; las imágenes cobran un poder de síntesis que las hace fulgurantes y memorables, por su fuerza y trasparencia plástica, así como por su capacidad de sugerencia y resonancia, pero también, simultáneamente, elusivas y hasta evasivas, por la opacidad de su sentido, nunca explícito ni exento de elementos contradictorios; los chistes y los refranes se multiplican en los diálogos (y hasta en las formas narrativas), en la misma medida que las paradojas y las traiciones o los “lapsus” de los personajes, o las sutiles distorsiones de las expresiones convencionales.

La caracterización de los personajes, siempre precisa, llega a la penetración absoluta de la instantánea (piénsese en el Don Lope de Tristana, encarnado por Fernando Rey, y totalmente definido, en toda su compleja ambigüedad, en 20 segundos), y la estructura narrativa se hace cada vez más elíptica, con bruscos saltos o cortes a partir de los cuales se encadenan perfectamente bloques de tres o cuatro secuencias engarzadas con la lógica de un silogismo y con el apoyo de rimas visuales nunca subrayadas. No creo que se haya hecho todavía, pero llegará el día en que estas películas se estudien en las escuelas de cine dentro de los programas de todas las asignaturas o especialidades, como modelos de audacia y economía en la puesta en escena, en el montaje y en la construcción de guiones, más allá de los enigmas y problemas que proponen, explícitamente Belle de Jour, La Vía Láctea, El discreto encanto de la burguesía, y sobre todo las libérrimas El fantasma de la libertad y Ese oscuro objeto del deseo, y más solapadamente —pero también de forma todavía más intrigante— detalles tan sutiles como la “marea retrospectiva” que, a la muerte de Don Lope, cierra fascinantemente Tristana.

En "El Cultural", 13/02/2000

Le Charme discret de la bourgeoisie (Luis Buñuel, 1972)

Entre 1928 y 1932 Buñuel fue un cineasta libre: UN CHIEN ANDALOU (1928) y L’ÂGE D'OR (1930) constituyen la aportación al cine del movimiento surrealista, y LAS HURDES (1932), sin dejar de ser un film vanguardista, añadía a la provocación de las otras dos películas una protesta social que la industria cinematográfica no le hubiese permitido manifestar. Desde esa fecha hasta 1946 Buñuel no dirige ninguna otra película, aunque no deja de trabajar en el cine: produce y supervisa varios films comerciales en España, asesora y monta documentales americanos sobre la guerra civil que tiene lugar en su patria, colabora vagamente en otras películas, etc. En resumen, continúa el aprendizaje iniciado en Francia, antes de UN CHIEN ANDALOU, como ayudante de Jean Epstein. En 1946 Buñuel dirige su cuarta película, su segundo largometraje, pero no en Francia y con libertad, sino sometido a las exigencias económicas y comerciales de la escala más baja de la industria cinematográfica mexicana. Hasta 1950 Buñuel sigue eclipsado para los europeos, que recuerdan su existencia gracias a un malentendido: el “neorrealismo” está de moda, y se cree ver en esa prolongación de LAS HURDES que es LOS OLVIDADOS una versión mexicana y algo surrealista de SCIUSCIÁ. Sin embargo, Buñuel sigue trabajando, oscuramente, en México, hasta que en 1955 vuelve a rodar en Francia una obra admirable pero poco característica (CELA S'APPELLE L'AURORE). Sus películas mexicanas empiezan a verse en Europa; NAZARÍN (1958) le devuelve su antiguo prestigio; el regreso a España y el escándalo de VIRIDIANA (1961), hacen que sus películas interesen a tantas y tan amplias minorías que resultan rentables: Buñuel, de nuevo en México, recobra la libertad perdida y rueda, después de 30 años, otro film vanguardista, que entronca con el surrealismo y que, pese a los 62 años de su autor, le convierte en uno de los cineastas más modernos, junto con Godard. Desde entonces, Buñuel vuelve a ser considerado en todas partes como uno de los grandes autores de la historia del cine y puede permitirse hacer lo que quiere, cuando quiere, como quiere y casi donde quiere.

Para aquellos que ven en L’ÂGE D'OR la cumbre del cine buñueliano, los años que separan LAS HURDES de EL ÁNGEL EXTERMINADOR (1962) son años perdidos, el elevado precio que tiene que pagar el artista para sobrevivir. No creo que Buñuel adopte una postura tan melodramática frente a esos años de su vida, pero no sé si será consciente de lo beneficiosos que han sido para él esos treinta años de libertad vigilada o restringida. No pretendo con esto decir que las adversas circunstancias de todo tipo que limitaron la libertad de Buñuel fuesen, en sí mismas,  benéficas; podrían haberle destruido, como lo han hecho otros directores; lo que quiero decir es que Buñuel supo desenvolverse dentro de esos límites de tal forma que en vez de prostituirse se hizo más universal y más profundo, evitando el riesgo de todo joven vanguardista, de todo enfant terrible, de convertirse en un dilettante desfasado, anclado en lo que años antes era “moderno” (Véase el efecto que hacen hoy muchas películas que entre 1960 y 1965 parecían lo más avanzado e innovador). Durante esos treinta años, Buñuel se convirtió en un profesional y en un gran cineasta. En 1932 Buñuel era un genio, un hombre inspirado, épatant, pero no un gran autor cinematográfico; sus tres películas —una larga y dos cortas— revelaban talento, imaginación, fantasía, audacia, un sentido del humor desafiante, pero no rigor, ni madurez, ni sabiduría. Tenían algo de juego, de capricho, de ilustración onírica, y hacían gala de la falta de control que exige toda escritura automática (fenómeno que, en el cine, es forzosamente fingido, pues cada plano requiere una preparación que anula la espontaneidad de su ocurrencia). En cambio, al pasarse años produciendo películas baratas, montando películas rodadas por otros, aceptando las convenciones dramáticas y narrativas del cine popular mexicano, le enseñaron a ser claro y fácilmente comprensible, a narrar con precisión y eficacia una historia, a estructurar una película de tal forma que su significado inicial se viera subvertido, a ser sutil y solapado, conciso y elegante. El resultado no se hizo esperar: para mí, la primera obra maestra absoluta de Buñuel, la primera en que se manifiesta a la perfección su actual estilo —que poco tiene que ver con UN CHIEN ANDALOU o L’ÂGE D'OR—, no es LOS OLVIDADOS, sino SUSANA (1950). Poco después, ÉL (1953) y ENSAYO DE UN CRIMEN (1955) hacían ya de Buñuel uno de los más grandes directores de la historia del cine. Y esas películas, como THE YOUNG ONE (1960), le han permitido alcanzar un dominio en el cine clásico narrativo que han hecho posible no sólo la plenitud de TRISTANA (1970), sino el que —ahora con fundamento— pueda verdaderamente romper con la narratividad y reenlazar con el espíritu surrealista de sus primeras obras aportándole una madurez y un dominio del que L’ÂGE D'OR carecía por completo: ahí están EL ÁNGEL EXTERMINADOR o LA VOIE LACTÉE (1968), sus obras más audaces y avanzadas hasta que la perfección de LE CHARME DISCRET DE LA BOURGEOISIE (1972) viniese a demostrar olímpicamente que Buñuel es, hoy día, el más moderno de los cineastas.

Veamos por qué. En la primera etapa de la obra de Buñuel (1928-1932) no existe más tensión que la normal entre la objetividad de la cámara y la imaginación del director: todo el esfuerzo del cineasta se vuelca en el intento de traducir a imágenes visibles y concretas las imágenes mentales que ha soñado o que su fantasía ha suscitado. Se trata, prácticamente, de ilustrar un “texto” preexistente, de materializar algo pensado. La dificultad, por tanto, es más o menos la misma —cualitativa, no cuantitativamente— que si se tratase de adaptar al cine una novela. En consecuencia, y peso a su apariencia, UN CHIEN ANDALOU o L’ÂGE D'OR son películas muy simples, que el espectador complica al no aceptarlas literalmente tal como son, sino tratar de imponerles un sentido que no tienen, intentando interpretarlas simbólicamente. Por eso ambas películas me parecen divertidas, provocativas, fascinantes, pero, en definitiva, bastante pobres y muy limitadas. LAS HURDES es otra cosa, bastante más compleja y más sutil: se trata del más surrealista de los films de Buñuel, descubriendo lo insólito y lo fantástico en la propia realidad externa, captada por la cámara de forma documental; es decir, que lo surreal no está construido, sino simplemente visto, hallado en el mundo, haciendo imposible la separación entre lo real y lo fantástico. En LAS HURDES nace el cine puramente buñueliano (no hay que olvidar la participación de Salvador Dalí en la concepción de las dos obras anteriores), pero “en bruto”, toscamente, casi por casualidad.

En la segunda etapa (1946-1955) las tensiones internas de la obra de Buñuel se agudizan: por un lado, entre lo que Buñuel ha hecho y sabe —o sabía, pues hace mucho tiempo que lo hizo— hacer y lo que los productores mexicanos le exigen que haga; por otra parto, entre las tendencias naturales del autor de SUSANA y los deseos del público mexicano; es decir, entre el surrealismo y el aparente naturalismo, entre la vanguardia y el subdesarrollo, entro el absurdo y el melodrama moralizante, entre la audacia y el conformismo, entre la estilización y la vulgaridad, entre el uso de actores como meros elementos plásticos y la interpretación psicologista de torpes histriones, entre la libre asociación y la estructura más elementalmente lógica, entre la no narración y la máxima economía en el relato, entre la experimentación y las más grotescas convenciones. Y he aquí cómo de esa pugna dialéctica entre el Buñuel surrealista y la industria mexicana surgió el Buñuel que hoy admiramos, que el público acepta y que hasta Hollywood premia con justicia.

Porque Buñuel pronto supo servirse de las limitaciones que se había visto obligado a aceptar. No estaba dispuesto a renunciar a sus principios, ni a hacer concesiones morales, ni a someterse a los imperativos del género más demagógico del cine mexicano, pero supo ver que para sobrevivir tenía que aparentar que aceptaba las reglas del juego, y una vez contratado como director, intentar apoderarse de la obra. Para ello no debía ser tan directo y agresivo, tan brutalmente explícito como cuando poseía una libertad casi absoluta, sino recurrir a la astucia y a la sutileza, actuar insidiosa y solapadamente para modificar o invertir el sentido “oficial” de las historias que podía filmar. Para conseguir esto, Buñuel dispone de tres recursos fundamentales, característicos de toda su obra: la construcción del relato, el humor y la interrupción.

Es decir, que Buñuel empieza a servirse del montaje para algo más que chocar al espectador al yuxtaponer cosas cuya reunión resultase insólita y sorprendente (obispos y esqueletos, por ejemplo), aunque do un valor metafórico demasiado evidente. Sin duda, su experiencia como montador de documentales lo hizo ver que una escena puedo variar de sentido cambiando el orden de los planos que la componen, que la interposición de una secuencia a otra puede alterar el significado de un film, por “neutras y objetivas” que sean sus imágenes, y que esto era aún más fácil de conseguir con planos rodados por él mismo. En consecuencia, todos los films de Buñuel, por lo menos a partir do SUSANA, poseen una estructura ejemplar, con frecuencia muy compleja, —ÉL, ENSAYO DE UN CRIMEN— y al mismo tiempo muy clara. Piezas básicas de la construcción buñueliana son las elipsis, la asociación de imágenes en los encadenados, los flash backs —a veces imbricados dentro de otros—, los insertos analógicos, algún plano de ruptura, el breve apunte que sugiere algo que no muestra o que despierta un eco amplificador (finales de ÉL y EL ÁNGEL EXTERMINADOR, por ejemplo), etc. Por otra parte, cuando su opinión acerca de los personajes no coincide con la del productor y dispone para encarnarlos de actores tan torpes y ampulosos como Fernando Soler, Buñuel procura acentuar sus deficiencias como intérpretes para convertir a un “digno padre burgués” en un fantoche hipócrita, o a una “esposa y madre que triunfa sobre el vicio” en una fiera rabiosa de celos y envidia (en SUSANA). Esta dirección caricaturizadora do los actores le permite, además, un cierto grado de estilización que le libera del naturalismo superficial que suele exigir el público. Por último, Buñuel intenta combatir, en la medida de lo posible, la supuesta “coherencia” del relato convencional, y para ello recurre a todo tipo de interrupciones: saltos temporales, secuencias oníricas, chistes, planos de animales, etc. A partir del éxito critico de LOS OLVIDADOS Buñuel pudo proponer algunas historias que, bajo una apariencia más o menos melodramática, le permitiesen tratar temas que le interesaban (ROBINSON CRUSOE, 1952; ÉL; ABISMOS DE PASIÓN, 1954; ENSAYO DE UN CRIMEN), lo que le permitió en ocasiones un control prácticamente absoluto sobre lo que hacía, y lo que explica que en esta difícil etapa de su carrera lograse realizar varias de sus mejores obras, y tal vez incluso la mejor (ÉL).

En 1955 Buñuel vuelve a Francia y da comienzo, con CELA S'APPELLE L'AURORE, a una nueva etapa, a la vez de transición —varios films técnicamente perfectos y de proyección internacional pero menos característicos como el citado o LA FIÈVRE MONTE À EL PAO, 1959— y de madurez clásica —NAZARÍN, 1958; THE YOUNG ONE, 1960; VIRIDIANA, 1961—, contando ya con más medios, mayor libertad y mejores actores, y por tanto reduciendo los elementos caricaturescos y permitiéndose más audacias temáticas y formales.

Tales audacias culminan en la cuarta etapa de su obra, iniciada en 1962 y todavía en marcha. En EL ÁNGEL EXTERMINADOR Buñuel retoma al surrealismo y a la libertad de acción con medios limitados. Pero las dificultades, como en SIMÓN DEL DESIERTO (1965), estimulan su imaginación, y ha aprendido ya a remontar condiciones aún más desfavorables. Además, vuelve a España y consigue realizar TRISTANA (1970), y en Francia dirige, con todos los recursos precisos, sus películas más acabadas y perfectas: LE JOURNAL D'UNE FEMME DE CHAMBRE (1964), BELLE DE JOUR (1967), LA VOIE LACTÉE (1968) y LE CHARME DISCRET DE LA BOURGEOISIE. Esta última etapa de la carrera de Buñuel es aquella en que aúna por fin libertad, surrealismo, dominio estilístico, madurez y rigor, y en ella dirige sus películas más avanzadas e innovadoras. No se trata ahora de luchar contra unas conveniencias impuestas, sino de valerse de todo aquello que domina: la narración y la destrucción narrativa, la continuidad y la discontinuidad, para lograr la máxima libertad de expresión posible. Es el momento de las elipsis más sugerentes (finales de EL ÁNGEL y de SIMÓN), de jugar con el tiempo y el espacio (LA VOIE LACTÉE, el misterioso final de TRISTANA) y también, sobre todo, de mezclar los diferentes niveles de la realidad (ÁNGEL, SIMÓN, BELLE, VOIE, TRISTANA, CHARME). Buñuel, en posesión de todos los recursos del cine, dominándolos con soltura y sin aparente esfuerzo, puede por fin dar rienda suelta a su fantasía, con conocimiento de causa, desde la madurez estilista e ideológica a la que ha llegado. Es decir, que toda ruptura con la narrativa tradicional, que toda destrucción del lenguaje clásico del cine no proviene en sus últimas películas de un parti pris apriorístico, ni de una decisión caprichosa, ni del mero deseo de epater les bourgeois, ni de la ignorancia de las formas que niega, ni de su capacidad para servirse de ellas, sino, por fin, de haberlas dominado absolutamente y encontrarlas insuficientes para lograr sus fines. El Buñuel que, desde hace diez años, vulnera las tradiciones aceptadas de “verosimilitud fílmica” y “lógica narrativa” ha demostrado ser uno de los más eficientes y sutiles narradores cinematográficos del mundo.

Es hora ya, tras tan largo preámbulo, de explicar por qué puede considerarse que LE CHARME DISCRET DE LA BOURGEOISIE es la culminación de las dos tendencias quo conviven en la obra reciente de Buñuel. En primer lugar, quiero precisar que, si este film me parece la síntesis más perfecta de ambas tendencias, y su provisional punto culminante, ello no impide que siga considerando ÉL como la obra maestra de Buñuel, ni que TRISTANA me parezca, en algún sentido, incluso más madura y personal que LE CHARME DISCRET DE LA BOURGEOISIE, ya que sus películas francesas pierden, forzosamente, algo que sus films hispánicos poseen sin esfuerzo alguno.

Dejando de lado ciertos films poco característicos como CELA S'APPELLE L'AURORE, LA FIÈVRE MONTE À EL PAO o LOS OLVIDADOS, la obra de Buñuel se divide en dos tipos de películas: por un lado, aquellas centradas en un personaje —o un reducidísimo número de ellos—, analizado psicológicamente en profundidad, con un comportamiento coherente y dentro de una narración predominantemente clásica, como SUSANA, ROBINSON CRUSOE, ÉL, ABISMOS DE PASIÓN, ENSAYO DE UN CRIMEN, NAZARÍN, THE YOUNG ONE, VIRIDIANA, LA JOURNAL D'UNE FEMME DE CHAMBRE, SIMÓN DEL DESIERTO, BELLE DE JOUR y TRISTANA; por otro, las que siguen las peripecias de un grupo de comparsas que no llegan a existir como personajes, y que suelen basarse en situaciones más o menos absurdas o irreales que niegan el clasicismo narrativo, como UN CHIEN ANDALOU, L’ÂGE D'OR, EL ÁNGEL EXTERMINADOR, LA VOIE LACTÉE y, hasta cierto punto, LE CHARME DISCRET DE LA BOURGEOISIE.

Ahora bien, pertenezcan al primer grupo o al segundo, todas las obras recientes de Buñuel se basan en la dialéctica “continuidad narrativa frente a discontinuidad asociativa”. Parece evidente que el propósito fundamental de los films de Buñuel es el de poner en tela de juicio las ideas recibidas, los prejuicios, los principios que el espectador da por sentados, tanto con respecto a la moral, la sociedad o la religión como con respecto a lo que puede considerarse la “realidad”. Para ello, Buñuel sabe que la artificiosa lógica de la narración tradicional no es el mejor medio de comunicación, ya que se basa precisamente en aquellos principios básicos e implícitos que Buñuel pone en cuestión e intenta derribar: separación nítida y clara entre pasado, presente y futuro, por un lado, y entre realidad, sueño e imaginación, por otro; estratificación social estable; principios de comportamiento social (externo) y psicológico (interno) bien definidos y prácticamente inmutables, que implican una teórica coherencia y continuidad en el desenvolvimiento de los personajes de ficción (explicándose, de paso, toda “ruptura” o “incoherencia” en su conducta bien como error del director o del intérprete, bien como anormalidad del personaje); interpretación naturalista y psicologista, en busca de la mera “verosimilitud”; respeto a la realidad (es decir, no intervencionismo del director); uniformidad de tono y supresión de toda digresión que no haga avanzar el relato. Parece claro que Buñuel, si ha conseguido dominar a la perfección el sistema narrativo que se apoya en tales criterios, no los considera el vehículo más adecuado para su fin. Y por ello, desde que ha recobrado la libertad, se ha dedicado, gradual y conscientemente, a servirse de las virtudes y de la aceptación general de dicho sistema para subvertirlo. En lugar de ser francamente no-narrativo, suscitando así la desconfianza o el rechazo de su cine por parte del público, Buñuel ha narrado a la perfección historias que violan los principios antes mencionados, mezclando lo real y lo imaginario, interrumpiendo la acción una y otra vez, volviendo a ponerla en marcha en un punto bien distinto de aquél en que se había detenido. De manera muy diferente a la de Hitchcock, Buñuel se dedica a contrariar como el autor de THE BIRDS (LOS PÁJAROS), las expectativas del público; partiendo, en general, de hechos cotidianos, normales e incluso que prometen, ser agradables, —una cena, una fiesta— Buñuel pasa a introducir lo inexplicable (y, por tanto, inesperado) y a destruir mediante dicho factor la trama argumental apuntada, sugerida, anunciada, propuesta o iniciada (Véanse, por ejemplo, la súbita huida de todos los criados salvo el mayordomo y la imposibilidad de salir que exaspera a los invitados de los Nóbile en EL ÁNGEL EXTERMINADOR, o los sucesos verosímiles —tal vez irreales—, absurdos —aunque quizá reales— u oníricos que impiden cenar juntos a los ocho protagonistas de LE CHARME DISCRET DE LA BOURGEOISIE). En unos casos, —EL ÁNGEL EXTERMINADOR— la acción se paraliza; en otros, en cambio, parece regida por una “máquina del tiempo” enloquecida que nadie puede detener —LA VOIE LACTÉE—; en cualquier caso, Buñuel utiliza los esplendores de la narración para destruir la narratividad y desembocar, solapadamente, en el absurdo más completo, un absurdo regido y puesto en marcha precisamente —como en el país de las maravillas que Lewis Carroll descubriera para la pequeña Alicia en el fondo de un pozo o al otro lado del espejo— por las convenciones, usos, ritos y costumbres del mundo “normal” y “real”.

Este proceso alcanza un máximo de sutileza en el film más “amable” y “placentero” de Buñuel, en el menos explícitamente agresivo —lo cual explica, pero no invalida, el Oscar de Hollywood; y ha dado lugar a injustos ataques por parte de algunos pretendidos “buñuelistas"— de cuantos ha realizado en libertad: LE CHARME DISCRET DE LA BOURGEOISIE. Como el título ya indica reconociendo a los burgueses un "encanto” que inmediatamente califica de “discreto” (en todas las posibles acepciones de este adjetivo), se trata de una película enormemente irónica, sutilmente burlona. Esta superior elegancia se debe, en parte, a que Buñuel disponía de actores mucho mejores que en, por ejemplo, EL ÁNGEL EXTERMINADOR, lo que le permite ser menos caricaturesco, y presentar auténticos personajes —por numerosos que sean— en lugar de meros papeles. LE CHARME, como casi todas las películas de Buñuel —desde UN CHIEN ANDALOU— recurre a la fascinación para cautivar, desde el comienzo, a sus espectadores; la elegancia, el sprit, la gentileza, la despreocupación de sus personajes instala pronto al público en una confortable sensación de normalidad, en una historia brillantemente narrada. Súbitamente, algo no marcha, surge el primer contratiempo, el primor equivoco, la primera interrupción. Poco después, la historia vuelve a ponerse en marcha, al parecer definitivamente, pero se vuelve a frustrar la esperada continuidad. Así, la película se convierte en una continua discontinuidad, en una serie de soluciones de continuidad, en una ininterrumpida serie de interrupciones. Esta paradójica naturaleza del film, sin duda uno de los más divertidos que ha realizado Buñuel, constituye su principal característica, y aquella que hace LE CHARME el más perfecto de su autor, pues ha logrado reconciliar el clasicismo (objetividad funcional de tomas y encuadres, claridad dirección “psicológica” de los actores, funcionalismo del decorado, verosimilitud de detalle, narratividad) con las corrientes más modernas del cine (ausencia de relato, discontinuidad, secuencias independientes entre sí, elipsis brutales, onirismo, ausencia de explicaciones, montaje “aleatorio”, personajes definidos por su apariencia física) a través del ingenioso truco del prestidigitador (que exige una imaginación sin fronteras y un rigor estructural desacostumbrado) consistente en hacer pensar (mediante encadenados normales, referencias a la escena precedente, cambios de hora, indicios de aparente continuidad, desarrollo de una misma acción en varias escenas, repetición de la misma idea en secuencias sucesivas, elementos formales que conectan unos episodios con otros, y juegos de variaciones-repeticiones) que existe una continuidad narrativa, y destruirla a posteriori —cuando más se confía en ella, cuando uno se cree instalado en ella y cree lo que está viendo sin reservas—, revelándola como una especie de trompe-l’oeil narrativo, mediante tres procedimientos disruptivos o “decepcionantes”: descubriendo que ha pasado un lapso de tiempo determinado pero diferente del que parecía; frustrando e interrumpiendo tanto el desarrollo de cada escena como el del film en su conjunto. De esta forma, Buñuel —fundiendo las técnicas contrapuestas de Hitchcock y Godard— se revela como el más moderno y avanzado de los cineastas actuales, y el que mejor sabe construir una “anti-estructura” (es decir, el que mejor sabe estructurar a contracorriente), llevando a cabo así un ataque oblicuo pero contundente a lo que de pasivo e inoperante tienen las formas narrativas habituales, al mismo tiempo quo una divertidísima sátira (veladamente caricaturesca, pero aparentemente realista) y un film desconcertante que simula no desconcertar, jugando dialécticamente con las apariencias y asimilando el absurdo y lo inesperado del surrealismo a la inercia creada por la marcha fluida y decidida de un relato ofrecido, eludido, distorsionado, negado y, finalmente subvertido, que consigue así intervenir las coordenadas en que cree hallarse situado el espectador para empujarle a un no man’s land narrativo, a una “tierra de nadie” en la que todo es posible y nada es seguro.

En "Ojo al Cine" nº1, 1974

jueves, 16 de noviembre de 2023

Belle de jour (Luis Buñuel, 1967)

Aunque no creo que Buñuel lo haya pretendido conscientemente, “Belle de jour” (1967) constituye, de hecho, una radical puesta en cuestión no ya de la “narrativa tradicional” —continua, lineal, temporalmente sucesiva; psicológica, dramática, explícita y dirigida; con un planteamiento, un nudo y un desenlace—, sino incluso, profundizando aún más, de la habitual forma de percepción cinematográfica a la que 80 años de cine nos han acostumbrado. Con unas imágenes “normales” —límpidas, sencillas, hermosas y casi “naturalistas"— y una planificación "invisible” —simple y casi elemental en el montaje, con suaves e inquietantes movimientos de cámara deslizantes que recuerdan a Hitchcock—, Buñuel ha logrado eludir la convencional distinción que suele hacer el espectador entre lo “real” y lo “imaginario” de un film en el que resulta imposible compatibilizar unas escenas con otras o admitir el comportamiento contradictorio o paradójico de los personajes.

Lo más notable es que Buñuel ha conseguido borrar las fronteras ficticias entre imágenes “reales” e imágenes “imaginarias” (puesto que en una película, a fin de cuentas, todo es ficticio, todo es imaginario) no a la manera evidente y explícita de un Resnais (“El año pasado en Marienbad”) ni recurriendo al barroco onirismo distorsionante de un Fellini (“Ocho y medio”, “Julieta de los espíritus”), sino disimulada y solapadamente, “como quien no quiere la cosa”, insensiblemente, sin imágenes “fantásticas” ni deformadas, sino confundiendo deliberadamente —mediante los más sencillos desplazamientos estructurales— los puntos de referencia que podrían calificar de “reales” o “irreales” para el público las sucesivas —en el tiempo de la proyección, pero no en el tiempo de la narración— secuencias de la película.

Como “El Ángel Exterminador” (1962), La Voie lactée” (1968) o Le Charme discret de la bourgeoisie” (1972), “Belle de jour” es un capricho, de cuya indescifrable ambigüedad responde a la burlona voluntad de Buñuel de embrollar las pistas y tender cepos al incauto snob intelectualoide que trate a cualquier precio de interpretar la película, al mismo tiempo que obliga a reaccionar y salir de su cómodo sopor al espectador pasivo, al que consigue mistificar una y otra vez. No es raro, pues, que “Belle de jour” resulte, tras su inofensiva apariencia, y más allá de una supuesta “inmoralidad” que sólo puede épater a los burgueses menos “discretamente encantadores”, una experiencia provocadora, que parece causar bastante irritación y que yo, personalmente, encuentro enormemente divertida (como casi todas las películas de Buñuel, de “L'Age d'or” al “Discreto encanto…” pasando por “Susana”, “Ensayo de un Crimen”, “El Ángel Exterminador” “Simón del Desierto”). Claro que para divertirse con las películas de Buñuel es preciso entrar en el juego —pues no se trata de otra cosa, aunque puedan tener resonancias o implicaciones más trascendentales: Buñuel nunca ha creído que un film pueda alterar el curso de la historia, ni ha confundido una película con un fusil, ni el cine con un púlpito o una tribuna de orador—; comprender, por ejemplo, que el suspense de “Belle de jour” no está en la intriga ni en el “personaje” que finge seguir a través de una serie de peripecias incompatibles, sino en la estructura misma de la película: lo que intriga de “Belle de jour” no es “quién” ni “por qué” hace tal o cual cosa, sino, simplemente, “qué pasa”, y si lo que estamos viendo sucede realmente, o dónde sucede (en el pasado, en el presente real, en el futuro desiderativo o en la imaginación de los personajes). El golpe maestro de Buñuel ha consistido en asestarnos al final de la película un interrogante que pone en duda no sólo el grado de realidad atribuido a ciertas escenas, sino el de todo cuanto hemos visto e incluso de aquello a lo que estamos asistiendo en ese mismo instante. Buñuel recurre deliberadamente a “tranquilizadoras” convenciones —melodramáticas, sentimentales o psicológicas— que no tarda en destruir, sin que se sepa si lo negado o el instrumento de dicha negación es lo “real” o lo “imaginario”, o ninguna de las dos cosas, ya que no se trata de dos líneas narrativas intercaladas alternativamente, sino de una sola, situada visualmente al mismo nivel —no hay escenas más “realistas” que otras, y la ausencia de música contribuye a no “calificar” las secuencias en un sentido u otro—, pero en la cual la conducta de los personajes no resulta coherente continuamente, ya que los actores se comportan con la misma flema disparatada, apartándose súbita y tangencialmente de su conducta “educada” o “natural” para dar rienda suelta a sus instintos, caprichos, bromas, locuras o impertinencias, rompiendo con las normas sociales como si estuviesen portándose con la más versallesca urbanidad.

Más que un personaje, la Séverine de “Belle de jour” es un espejo que devuelve al espectador su propia imagen (rechazando así su proyección identificativa), una delicada figurita de porcelana (la elección de Catherine Deneuve es un rasgo genial) que sirve de conductor pasivo del supuesto “relato” de Buñuel. Es un “personaje” tan estúpido e insulso que, en cierta medida, limita el alcance de la película, porque —a diferencia de los demás films de Buñuel con un personaje central individual, y no colectivo, es decir, Él, “Tristana”, “Viridiana”, “Susana”, “Diario de una camarera”, “Nazarín”, “Ensayo de un crimen”, “Simón del Desierto”, “Robinson Crusoe”, “El gran calavera”, etc.— reduce “Belle de jour” a una abstracción. Es un film provocador y petardista, en el que no se nota una verdadera implicación personal de Buñuel, sino el afán —siempre saludable— de dinamitar los prejuicios apriorísticos y la actitud incauta y crédula tanto del espectador pasivo como del admirador reverencial que al buscarle tres pies al gato se puede encontrar incluso con cinco. Como “Persona” o “El Ángel Exterminador”, es un film que se niega a ser utilizado como percha de la que colgar sentidos ajenos: por eso los niega —o los suspende— todos, y se reduce deliberada e insistentemente a su mera condición de película, disfrutando del desconcierto que crea al fomentar primero, y destruir después, la ilusión de realidad o de irrealidad de casi todas las escenas de la película. En realidad, “Belle de jour” no es ni una disquisición sobre lo real y lo imaginario (sino, en todo caso, la negativa a poner fronteras artificiales a la experiencia), ni un film en clave simbólica, ni una fantasía onírica, ni el estudio clínico de un caso psicopatológico, ni una sátira del masoquismo burgués. Es, más bien, una divertida sesión de toreo de salón, en la que el toro y el espectador son una misma persona y en la que, de pronto, el estoque resulta no ser de madera.

En "Dirigido por" nº 23, May-1975

lunes, 23 de octubre de 2023

Un chien andalou (Luis Buñuel & Salvador Dalí, 1928)

1. Por fin, tras cuarenta años de espera, se ha estrenado en España el primer film de Luis Buñuel, «Un chien andalou» (1928). Antes se había podido ver en cine-clubs y en la Filmoteca. La copia que circulaba desde hace unos años estaba incompleta. La versión estrenada ahora dura dieciséis minutos, proyectada a veinticuatro fotogramas por segundo, y tiene repetidos algunos para que discurra a su velocidad normal pese a estar proyectada más deprisa. Es, por fin, «Un perro andaluz» íntegro, sonorizado por Buñuel en 1960 con la misma música que se ejecutaba cuando fue estrenado, mudo, en París.

Es lamentable, sin embargo, que haya servido como reclamo para tener que ver también la película de Jorge Grau «Acteón» (1965), film pretendidamente audaz y vanguardista, cuyo carácter reaccionario —artísticamente sobre todo— pone de manifiesto el film que Buñuel había realizado treinta y siete años antes.

2. Junto a su film siguiente, que fue el largometraje «L'Âge d'or» (1930), «Un chien andalou» es más abiertamente surrealista de los que ha dirigido Buñuel. Si en «L'Âge d'or» colaboró también Salvador Dalí —que rechazó la película—, en «Un chien andalou» su intervención en el guion es más claramente perceptible, por lo cual se hace necesario explicar la gestación del film. Dalí y Buñuel intercambiaron oralmente sus sueños, y a partir de ahí, de forma muy próxima a la «escritura automática» que propugnaban los surrealistas, escribieron el guion de «Un chien andalou».

3. Consecuencia de lo anterior es la revolucionaria e innovadora estructura de la película, que se anticipa en muchos años a las más recientes conquistas del cine moderno. Desde Resnais («El año pasado en Marienbad», 1961), a Godard, pasando por Bergman, raras son las audacias narrativas que Buñuel no había explorado o, al menos, sugerido en «Un chien andalou».

Este film es, aparentemente, tan absurdo como irreal. Su onirismo es indudable y su carácter «fantástico» no puede rechazarse. Pero si pensamos en la definición de «surrealidad» que da André Bretón en el primer «Manifeste du surréalisme» (1924), «fusión del sueño y la realidad en una realidad absoluta», veremos que Buñuel no pretendía hacer un film «irreal», sino que trataba de llegar a lo real por un camino más profundo que el llamado «realista». Otra cita de Bretón servirá para situar en su verdadera dimensión el aspecto fantástico de este film: «lo que hay de admirable en lo fantástico es que ya no hay nada fantástico: no existe más que lo real».

«Un chien andalou» no narra una historia. Los cartelitos destrozan la cronología, pues las indicaciones temporales se suceden en este orden: «Erase una vez…», «Ocho años después», «Hacia las tres de la madrugada», «Dieciséis años antes», «En primavera», sin que las imágenes nos permitan reestablecer un orden en los sucesos disjuntos —pero formal y significativamente relacionados— que nos muestra la película. Esta destrucción del sentido del tiempo real es la base de muchos de los films más avanzados de los últimos años, de forma tan manifiesta que hace innecesario citar títulos.

Pese a esta ausencia de «historia» dudo que alguien que haya visto «Un chien andalou» no haya sido inmediatamente capturado por la película. En primer lugar, gracias a la agresión que supone su primera secuencia que, como la que abre «Persona» (Bergman, 1966), influida por Buñuel, es un choque de tal magnitud sobre los sentidos del público que le impide asistir indiferente al desarrollo de los siguientes dieciséis minutos. Además, el film tiene una coherencia y una fuerza cuyo origen explica admirablemente Pierre Reverdy en el «Manifiesto del surrealismo», cuando dice que «cuanto más lejanas y exactas sean las relaciones entre dos realidades yuxtapuestas, más fuerte será la imagen, y mayor será su potencia emotiva y su realidad poética». Esto está escrito pensando en la pintura y en la literatura, pero se puede aplicar de modo aún más claro al montaje cinematográfico, tanto en este film de Buñuel como en los de Eisenstein o algunos de Godard.

4. Unido a todo lo anterior, y de origen probablemente onírico también, está el muy peculiar ritmo de la película, que no tiene un «crescendo», ni clímax ni anticlímax finales, que no es un ritmo atonal o uniforme, ni tampoco un solo ritmo, sino una serie de ritmos articulados, una sucesión de secuencias con ritmos variables y muy diferentes. Así hay escenas lentas y rápidas, sin que las primeras se agrupen al comienzo del film y las segundas al final, sino en un orden totalmente disperso, y justificado por el hecho de que el film no se estructure a través de una exposición, un desarrollo y un desenlace, como suele ocurrir. Por supuesto, el ritmo no sólo depende del montaje, la duración de los planos y su movimiento interno, sino también de su fuerza y del significado de su contenido, lo que aumenta la complejidad rítmica de las secuencias, breves y aisladas, que forman el film. Además, el ritmo es diferente para cada espectador: de ahí que la famosa secuencia de apertura, en sí breve y más bien lenta, parezca breve o interminable según el efecto provocado en cada individuo. La fluidez rítmica de «Un chien andalou» quedaba un tanto disminuida en las copias mudas, pero en esta labor los tangos o el «Tristán e Isolda» de Wagner —aparte de su función irónica o poetizadora— acentúan el dinamismo de las escenas, ya acelerándolo, ya frenándolo.

5. Uno de los aspectos fundamentales y más vigentes de «Un chien andalou» ha sido ejemplarmente analizado por Noël Burch —cuya importancia como teórico será algún día reconocida— en un artículo titulado «Estructuras de agresión», en el número 195 de «Cahiers du Cinéma». Efectivamente, y dejando aparte lo provocativo de su forma, su tema, su destrucción de la narración y de la cronología —sobre todo en 1928— «Un chien andalou» es el primer film basado en la agresión al espectador, y probablemente sigue siendo el más perfecto y coherente en este sentido.

Esto se manifiesta, sobre todo, en la primera secuencia del film, cuya violencia es, en una primera visión, casi insoportable y que no pierde fuerza por muchas veces que se vea (puedo testimoniar que a la séptima visión sigue siendo impresionante). Esta escena define todo el film y es de una importancia capital, dado que se convierte, por su impacto, en el eje estructural de la película, hasta tal punto que, sin ella —es más, sin el plano del corte de ojo— se disgregaría.

Buñuel, con una habilidad increíble, comienza el film con un hombre (él mismo) que, tranquila y cotidianamente, afila una navaja de afeitar, al son de un tango. Sale al balcón y contempla la Luna. Una mujer (Simone Mareuil) también la mira. Una nube alargada atraviesa la Luna. La navaja rasga el ojo de la mujer, del que sale abundante sangre. El clima plácido, idílico incluso de los primeros planos, ha sido bruscamente alterado de una forma verdaderamente dolorosa para el espectador. Este plano contamina toda la película, dado que el resto lo veremos bajo la impresión de esa imagen. Obsérvese, además que esta agresión se realiza cuando no puede esperarse y además afecta a un órgano especialmente vulnerable, y más todavía en un espectador de cine, dado que lo que está viendo depende precisamente de sus ojos.

No es ésta, por supuesto, la única escena agresiva de «Un chien andalou», pero sí la más reveladora y eficaz. Para comprobar la maestría de Buñuel bastará recordar «Dante no es únicamente severo» (1967), de Esteva y Jordá, en quien una operación de ojo servía de puntuación a lo largo de todo el film. Pues bien, aun teniendo en cuenta que estos planos eran lo menos malo de la película, su brevedad los hacía fácilmente soportables, y sus apariciones eran previsibles con tal anticipación que perdían toda su posible eficacia. El que se vieran venir no hubieran tenido nada de malo, por otra parte, si su impacto hubiera sido verdaderamente terrible, ya que esto provocaría un miedo a su aparición que daría lugar a una tensión y a un suspense muy eficaces para mantener al espectador «despierto» (cosa ya difícil, dada la baja calidad del film). En total, resulta que los numerosos planos de ojo operado no alcanzan la fuerza de aquél, único, que había en «Hiroshima, mon amour» (1959), de Resnais, para no hablar de «Un chien andalou».

6. En 1929 Buñuel se indignó por el éxito de su película, a la que un público burgués calificaba de «bella y poética», y declaró que era «una desesperada incitación al asesinato». No creo que actualmente Buñuel dijera lo mismo, pero en ese caso habría que considerar «Un chien andalou» como un film fallido en el plano de las intenciones. Esto no es nada claro, y dudo que alguien haya podido ver en el film esa llamada al asesinato.

Es un film revolucionario —no sólo por lo que supone dentro del cine mudo su muy precisa y articulada planificación y los demás valores ya señalados, sino como postura frente a la sociedad y la represión—, provocador, y también —aunque no sólo ni primordialmente— de una gran belleza formal (sin que por ello caiga jamás en el esteticismo). Y poético lo es, aunque no, por supuesto, al estilo de Campoamor, sino de Rimbaud, Lautréamont o Baudelaire.

7. Por todo lo antes apuntado, creo que «Un chien andalou» debería volver a proyectarse, con más publicidad, y como complemento de un film más atractivo y afín que «Acteón». Por ejemplo, sería el prólogo ideal de «El ángel exterminador» (1962) o, si se estrenaran —lo cual es necesario pero poco probable—, de «L'Âge d'or», «Viridiana» (1961) o, ya fuera de Buñuel, «Week-End» (1967), de Godard. Claro que, en mi opinión, «Un chien andalou», como buen «despertador», debería sustituir al adormecedor y coherente espectáculo que forman el No-Do y los «filmets» publicitarios, y proyectarse delante de «todas» las películas, siendo de paso la crítica y destrucción de muchas de ellas.

En "Nuestro Cine" nº 81, enero-1969

lunes, 2 de octubre de 2023

Buñuel mexicano

La condescendencia con que se tratan, por lo general, las películas de Buñuel realizadas en México y anteriores a Nazarín (1958) me parece del todo injustificada. La incomprensión que saludó a Ensayo de un Crimen (1955) se trocó en indiferencia con Él (1953) y en simple desprecio hacia Abismos de Pasión (1954), El Gran Calavera (1949) y La Hija del Engaño (1951). Tan sólo Los Olvidados (1950), por abordar un tema “social” con aparente “realismo”, y por el prestigio de que venía precedida, ha sido tratada con un cierto respeto. No se han estrenado ni Gran Casino (1947), Una Mujer sin Amor (1951), Subida al Cielo (1951), El Bruto (1952), La Ilusión viaja en Tranvía (1953), El Río y la Muerte (1954), que no conozco, ni Susana (1950), que pasa por ser “la peor película de Buñuel” —así se anunció en París— y que personalmente considero una de sus obras maestras. Robinsón Crusoe (1952) se estrenó cortada, hacia 1955, y a nadie se le ha ocurrido reponerla. De hecho, es muy improbable que nadie ose acometer tan poco prometedora empresa, ni la no menos arriesgada de importar las aún inéditas en España, a la vista de los pobres resultados que han debido dar todas las ya exhibidas pertenecientes a la etapa “comercial” de Buñuel en México. Hecho particularmente deplorable, a mi modo de ver, por cuanto —a pesar de la falta de libertad, o tal vez precisamente por ello— las que he visto revelan a un Buñuel astuto e ingenioso. Tanto El Gran Calavera como Susana, lo mismo Él que Ensayo de un Crimen —y estoy citando cuatro de las seis películas de Buñuel que más admiro— son películas que subvierten, solapadas y socarronamente, las convenciones rutinarias del cine pseudo-popular mexicano, sea melodrama o drama psicológico el género al que teóricamente pertenezcan, en manos de Buñuel se convierten todas en alucinantes e inquietantes comedias, gracias al empleo, en grandes dosis, de las tres características buñuelianas que considero más personales y atractivas, más ejemplares y profundas: un humor no siempre “negro”, lúcido e irónico, que logra invertir, corrosiva y disimuladamente, el sentido explícito del argumento; una hábil estructuración del relato, basada en la elipsis y, por consiguiente, en el encadenado sorprendente e intencionadamente significativo; una precisa, sencilla aparentemente pero muy expresiva y elaborada planificación, casi invisible, que pone de manifiesto, sin recurrir al énfasis —dejando ver, sin señalar, pero guiando la mirada—, la naturaleza grotesca y perturbada de los personajes. No sé si por autocensura prudente o por imposición de los productores, Buñuel renuncia a su caja de truenos expresionista y extremada, al simbolismo y al surrealismo explícito en los que recae, un tanto caprichosamente, cuando no tiene que rendir cuentas a nadie (al parecer ni a sí mismo, como atestigua el cariz autocomplacientemente juguetón de Le Fantôme de la liberté, 1974), o cuando se cree obligado o es incitado a “dar la campanada” (en sus películas más prestigiosas: Los Olvidados, Nazarín, Viridiana). Incluso en obras tan admirables como El Ángel Exterminador, La Voie lactée, Le Charme discret de la bourgeoisie, coherente y profundamente surrealistas, echo de menos el rigor ejemplar, la soltura clásica y la implacable objetividad afectiva hacia sus personajes que evidencian El Gran Calavera, Susana, Él y Ensayo de un Crimen y, en los últimos tiempos, The Young One (1960) y Tristana (1970).

La facilidad y simplicidad aparentes de estas seis películas de Buñuel son tan grandes que nadie parece prestar atención al hecho de que El Gran CalaveraÉlEnsayo de un Crimen y Tristana tienen una estructura mucho más compleja y misteriosa, aunque resulte perfectamente diáfana y legible, que las más aparatosamente oníricas e insólitas (El Ángel ExterminadorLa Voie lactée o El discreto encanto de la burguesía, menos ricas y rigurosas, aunque también muy divertidas). Y eso que parece que, por fin, se empieza a admitir que Buñuel, aun siendo un gran cineasta —como Bergman—, no por ello es un fabricante de “admirables productos culturales” que hay que ver en un respetuoso silencio acomplejado, sino que es el autor de películas divertidísimas. Claro que las más divertidas son las modestas producciones “de serie” mexicanas, que se han estrenado tarde y en desorden y a las que nadie ha prestado atención, ni siquiera ahora, a su paso por la Filmoteca.

En "Dirigido por" nº 45, junio-julio 1977