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viernes, 27 de febrero de 2026

Retorno al pasado: Valladolid’83

Out of the Past

No, no se proyectó en Valladolid la obra maestra de Jacques Tourneur, pero me pasé buena parte del festival acordándome de ella, sobre todo de su doble título (el original y el español), y dudando si era más aplicable el primero —en el que uno se topa con fantasmas surgidos del pasado— o el segundo —en el que uno abandona el presente y vuelve al pasado—, sin que la zambullida en más de tres largos diarios y casi otros tantos cortometrajes, saltando de un país a otro, de una época a otra, de una lengua a otra, y hasta de una sala de proyección a otra, inmerso en una lengua ajena —el jurado adoptó el francés como idioma oficial— y apartado temporalmente de todo lo que constituye mi vida normal —el trabajo, mi familia, mi ciudad, el jazz, la lectura—, sin hablar más que de cine y sin hacer otra cosa que ver películas, ayudase mucho a aclararme las verdaderas causas de la angustiosa sensación de deja vu que me invadía y de la que apenas pude zafarme en un par de ocasiones.

Hacía doce años que no iba a un festival de cine, pero tenía la impresión de que por algún malévolo truco de H. G. Wells o de Borges, el tiempo transcurrido desde entonces se había volatilizado y estaba de nuevo en 1971, a menos que hubiese soñado cuanto ha sucedido en todo este tiempo y realmente siguiésemos en 1971. Había películas brasileñas estilo «Cinema Novo» —que era nuevo entonces, pero ahora...—, y uno de sus directores, Paulo Cezar Saraceni, seguía pareciendo tan «argentino» en su fascinación por lo europeo, y tomándoselo tan en serio como cuando rodó O desafio (1965). El divertido e interesante film eslovaco de Stefan Uher, Pásla kone na betóne, recordaba en exceso lo que hacía Forman entre 1964 y 1967. Un horripilante corto francés copiaba descaradamente Los paraguas de Cherburgo (1964). Rafael Gordón seguía rodando los mismos espantosos cortometrajes con los que afligía los festivales de 1968-69. Formalmente, la interesante película de Zsolt Kézdi-Kovács, Visszaesök, podía confundirse con cualquier producto húngaro de hace quince años, y la actriz, como siempre, muy bien, seguía siendo Lili Monori. Antes había más películas plagiadas de Bergman, Fellini, Visconti, Antonioni y Godard; ahora, aunque el influjo de Fellini persista esporádicamente, se toman como modelos a cineastas que empezaban por entonces: en Valladolid se han visto películas inspiradas por Wenders, Tanner, Ferreri, Angelopoulos, Beineix, George Miller, Fassbinder, Straub...; sobre todo, Wenders y la televisión (la falta de estilo de la televisión). Aparte de la inevitable ración de cine tercermundista, bienintencionado y quejumbroso, construido como un sainete y estilísticamente a caballo entre el primer De Sica y el reportaje televisivo.

Nueve días de un año

Cuando hay muy pocas películas que supongan cierta novedad no puede esperarse que un festival las ofrezca. Y de hecho, aunque nadie la vio, en Valladolid se proyectó la impresionante «Opera prima», de Aline Issermann, Le destin de Juliette, que me hizo un efecto similar al que me produjo en el Valladolid de 1969 la primera de Maurice Pialat, L'Enfance nue. El jurado —presidido por Yilmaz Güney, y compuesto por Lauro António, Ahmed El Maanouni, Juan Goytisolo, Jaromil Jirés, Jean-Pierre Léaud y el que esto escribe— no tuvo problemas para otorgar las Espigas de Oro: Kharij, de Mrinal Sen, fue la primera película a concurso que vimos, y ninguna se le acercó lo bastante como para hacerle la competencia; Beyrouth, ma ville, de Jocelyne Saab, era, aunque discutible, el único corto interesante. Hubo algunas películas no del todo conseguidas y de una cierta ambigüedad en sus planteamientos que despertaron interés: Sargento Getulio, de Hermano Penna; la decepcionante En haut des marches, de Paul Vecchiali; Ferestadeh, de Parvij Sayyad; incluso Menuet, de Lili Radamakers. Pero el nivel medio era bajo, gracias a lo cual una de las películas españolas, Alcamir, de José María Puigcerver, hizo un papel digno y supuso un alivio después de Españolito que vienes al mundo, de Fernando H. Guzmán, que fue no sólo la peor película del festival sino la más increíblemente inepta que he visto en mi vida.

La escapada

Las obligaciones de jurado no me permitieron ver más que algunas películas sueltas de las secciones paralelas, pero saqué la impresión —sobre todo por La mémoire fertile, de Michel Khleifi— de que el ciclo de «cine árabe» era, con mucho, lo más interesante del festival; del «novísimo cine francés» no creo que la excelente Le destin de Juliette fuera representativa de su nivel medio. Tras añadir Embrujo (1947) a mi exiguo conocimiento de las obras respectivas de Serrano de Osma y Marquina, sigo sin ganas de profundizar en sus carreras y sin comprender qué razones puede haber para la reivindicación sistemática de cineastas españoles justamente olvidados en que se han embarcado algunos amigos: desgraciadamente, no basta con excavar para encontrar oro.

Discutíamos, discutíamos

Lo mejor y más sorprendente de esta Semana de Valladolid ha sido, para mí, la animación de las conferencias «de prensa» con autores y equipos de algunas películas. La frustración inicial de no participar en ellas se vio casi siempre paliada por alguna intervención ajena, en la que se decía o preguntaba lo que yo no debía. Especialmente larga —pese a lo avanzado de la hora—, viva, inteligente y —en su dureza— justa me pareció la suscitada por la película de F. H. Guzmán, que demostró, al contrario de lo que el «acusado» pretendía, un interés por el cine español que bien quisieran para sus respectivos cines los cineastas de otros países. Además, se dijeron cosas muy pertinentes contra la película en cuestión y sobre el cine español, los festivales y varias otras cosas, y no sólo fueron brillantes las intervenciones de críticos —como Miguel Bilbatúa—, sino las de casi todos los «anónimos» cinéfilos allí congregados.

Movie, Movie

De las películas diré unas palabras de las que encontré más interesantes, dejando para su eventual estreno —improbable en muchos casos— un comentario más minucioso, que algunas merecían. Para mí, lo mejor fue, sin duda, la ya mencionada Le destin de Juliette, de una seguridad y un rigor asombrosos en un primer largo: he aquí una mujer que sabe en todo momento lo que hace y por qué, que sabe emplear la elipsis, que dirige admirablemente a los actores —en especial, Laure Duthilleul— y que, si puede hacer pensar, por su dureza y concisión brutal, en Pialat y Dreyer, nada debe a ninguno de ellos. Kharij (1982) tal vez no sea la mejor de Sen, pero para el que desconoce su carrera se impone desde el primer momento la evidencia de un talento cinematográfico muy considerable, con un dominio de la planificación y la dirección de actores que, sin necesidad de más datos, permite reconocer en su autor un gran cineasta, tal vez nada innovador, pero que sabe contar sin concesiones una historia interesante, y darle, mediante los juegos de miradas, la composición y el empleo de la profundidad de campo, una amplitud y una complejidad enriquecedoras. Junto con algunas escenas de En haut des marches —siempre con Danièle Darrieux—, éstas fueron las dos únicas películas del festival con un estilo cinematográfico propio.

Encontré interesante, fuera de competición, el film ecuatoriano Mi tía Nora (1982), del argentino Jorge Prelorán, que se salva del folletín gracias a un auténtico afecto por los personajes y un acierto constante en la dirección de actores. Ferestadeh es una inteligente muestra de cine policiaco-político que plantea arriesgadas cuestiones morales; le falta, tal vez, precisión, tanto estilística como ideológica, pero consigue que se siga con interés y esperando sorpresas. El film eslovaco, ya citado, de Uher (1982) es una comedia divertida, melancólica y algo surrealista, en la que destaca el trabajo de Milka Zimkova, protagonista y autora de los relatos en que se basa el guión. Visszeasok (1982) es una obra sólida y sensible, que se resiente de un planteamiento excesivamente teórico (no consigo detectar el menor asomo de amor, afecto, pasión o atracción entre la pareja de hermanastros). Sargento Getulio (1977) es un primer film, rodado en exteriores y en dieciséis milímetros, con escasez de medios y abundancia de ideas, apoyado en un texto que parece magnífico; desgraciadamente, la fuerza del actor principal y la falta de distancia estilística de Penna —en ocasiones más cerca de Leone que del Faria de Selva trágica— desequilibran la película y hacen excesivamente trágico y delirante su peligroso personaje central. Otras películas interesantes, aparte de las mencionadas, y fuera de concurso también, fueron Mãe Genoveva, Transes (1982) y Le mur, respectivamente, de António, El Maanouni y Güney.

En Casablanca nº 36 (diciembre de 1983)

lunes, 2 de febrero de 2026

Festival de Benalmádena 1970

Entre las películas proyectadas que ofrecen interés suficiente y no han sido comentadas en Hablemos de Cine podrían distinguirse diez, pertenecientes a cinco países:

ALEMANIA. Tras los tímidos intentos de Schlöndorff y Kluge, y los trascendentales logros de Jean-Marie Straub, el cine alemán parece esbozar siquiera un conato de recuperación: más todavía que la sobria y rigurosa Jagdszenen aus Niederbayern (Escenas de caza en la Baja Baviera), de Peter Fleischmann (1969), ya justamente célebre, Alemania nos sorprendió con la primera obra de Roland Gall, Wie ich ein Neger wurde (Cómo me convertí en negro, 1970), apasionante investigación estructural sobre el surgimiento del nazismo en los años 30, a través de un tratamiento que evoca a Lang y al Rivette de Paris nous appartient y, por la dirección de actores, a Bresson. Warum läuft Herr R. Amok? (1970), de Reiner Werner Fassbinder, hubiera resultado muy interesante de haber tenido algún subtítulo.

ESPAÑA. El Desastre de Annual (1970), primer largometraje de Ricardo Franco, se inscribe dentro del "cine de la cochambre" (Fernán Gómez, algún Berlanga y el Ferreri hispano) para dar una obra posible (e inadmisible para los Sindicatos, la Censura y la crítica oficializada), que se caracteriza por su coherencia: una familia de dementes infantiloides, enclaustrados en su casa y viviendo del recuerdo de la pasada gloria monárquico-imperial, se destruye a sí misma por inercia, en escenas feas y caóticas, hasta cobrar consciencia de que pueden contribuir al futuro acelerando su autodestrucción (esto tiene lugar en dos escenas-pivot, enclavadas precisamente en un cementerio y ante el Palacio Real de Madrid, mientras suena una crepuscular música de Beethoven y la planificación se hace serena y ordenada). A partir de entonces, variando la tonalidad grotesco-farsesca de la película hacia una pura destrucción lógica, y esclarecida la absurdidad de todo lo precedente, la película acaba con concisión y lucidez.

Contactos (1970), de Paulino Viota, es una arriesgada producción personal, no del todo lograda a causa de rozamientos internos causados por el naturalismo excesivamente banal de la anécdota, que aplica con rigor conceptos que provienen de Noël Burch a una investigación formal que no tiene precedente en España, y que una futura maduración del autor puede hacer más necesaria y coherente.

JAPÓN. Las escandalosas aventuras de Buraikan (1970), de Masahiro Shinoda, es una reflexión sobre la revolución, espoleada por las medidas represivas que oprimen al arte y al placer, formulada en términos que alían el relato comercial de aventuras con elementos distanciadores (música de jazz en ciertos momentos) al hieratismo y al simbolismo del teatro No.

DINAMARCA. Klabautermanden (1969) es un relato, bastante clásico y contenido, de aventuras pasionales en navíos errantes y condenados, con un sabor cercano a Herman Melville y Joseph Conrad, que la precisión de Henning Carlsen ha realizado adecuadamente.

CHECOSLOVAQUIA. Junto a la decepcionante pero no despreciable Romazné léto (1969) de Jirí Menzel, Valerie a týden divů (Valerie y la semana de las maravillas, 1970) sorprende gratamente en Jaromil Jires, que aliado a Ester Krumbachová ha creado no sólo el mejor film checo de la corriente fantástica, sino una de las mejores, más orgánicas, divertidas e imaginativas películas que se han hecho nunca sobre el vampirismo, relacionado aquí con la pubertad y todos los aspectos de la sexualidad, la religión y la brujería, en un estilo surrealista que, como el título deja suponer, remite a Lewis Carroll.

ALEMANIA-USA. Jerzy Skolimowski, lanzado como Polanski al cosmopolitismo forzoso, se encuentra en peligro de hacerse un realizador hábil, astuto y frívolo. Sin embargo, y pese a algunas aristas negativas y excesivamente brillantes a un nivel superficial, Deep End (1970), es un film lo suficientemente patético y agudo como para tener importancia, y lo bastante próximo a Le Départ (1967) como para ser una obra personal.

Para Hablemos de Cine nº 57 (enero-febrero de 1971)

martes, 2 de mayo de 2023

Semana Cultural de Cine Francés

Bajo este lema —y sin otro criterio selectivo aparente que la colaboración de la distribuidora Félix Films—, el Instituto Francés ha proyectado las siguientes películas: Le Deuxième Souffle (1966), de Jean-Pierre Melville, que me resulta, pese a no tener nada realmente malo, tan insuficiente como las demás de su autor. El último cuarto de hora es magnífico, pero esperar más de dos horas a que llegue resulta demasiado. Sin embargo, su ausencia de las pantallas españolas sólo puede obedecer a razones más bien sórdidas.

Hitler connais pas (1963) es el primer film de Bertrand Blier —hijo de Bernard— y se resiente de la juventud de su autor (tenía veintidós años), que le impide ser lo riguroso que hacía falta para no abandonar los duros territorios de la verdad, desfigurados por un artificioso montaje que convierte este film-encuesta en una película (mal) puesta en escena, hecho lamentable, dado el gran interés que, a priori, como idea, tenía.

Lamiel (1967), de Jean Aurel, es sólo apta para fanáticos de Anna Karina con gran resistencia. Que Un été sauvage (1969), de Marcel Camus, fuera presentado en estreno mundial, sólo sirve para convertirnos en sus primeras víctimas.

Del segundo largo de Eric Rohmer, La Collectionneuse (1966), se dará cuenta en un bloque dedicado al autor de Ma nuit chez Maud. Y de Une femme est une femme (1961), de Jean-Luc Godard, voy a hablar ahora.

EL ESPÍRITU DEL “MUSICAL”

Une femme es une femme es el tercer largometraje de Godard, el segundo con Anna Karina, el segundo con Belmondo y el primero en Scope, en color, con sonido directo y con rodaje en estudio. Si À bout de souffle es un falso film “negro”, Le Petit Soldat, un falso film “político” —pero un verdadero film negro y un Cuento Moral—, Vivre sa vie, un falso film “sobre la prostitución”, y Les Carabiniers, un falso film “de guerra”, Une femme est une femme es un falso film musical. Es, más bien, la ausencia de la comedia musical, su imposibilidad, su recuerdo, su nostalgia, su fantasma. Sería, en todo caso, un “musical” pensado por Bresson, es decir, la esencia del musical, si no su presencia. Es, por tanto, el más profundo y auténtico de los “musicales”, por oposición a los films de Demy —muy estimables en mi opinión—, que no son sino la apariencia del “musical”. En este sentido, Une femme est une femme está más cerca de Adieu Philippine —o incluso de Lola— que de Les Demoiselles de Rochefort. No hablemos ya de Funny Girl y compañía, que son a “Cantando bajo la lluvia”, “Siempre hace buen tiempo”, “Carmen Jones” o The Band Wagon lo que un espantapájaros a un hombre (pues ni siquiera tienen la honestidad de ser su calavera o su esqueleto).

Bruno Forestier, el soldadito, desprecia a los actores, porque obedecen las órdenes del director: ríen o lloran según se lo manden, y no son, por tanto, personas libres. Godard dice que el cine consiste en filmar a personas libres, es decir, que miran a su alrededor. Por eso sus actores —veamos a Belmondo y Karina, paseando la Porte Saint-Denis— se mueven con toda libertad; por eso Godard incluye un plano en que Anna se equivoca, llora, interrumpe su frase, la dice bien por fin. Y así caemos de lleno en el terreno del cine-verdad, porque a Godard le gusta mezclar la realidad y la ficción, la máxima verdad y el máximo artificio (la comedia musical). Por eso acierta cuando dice que Une femme est une femme es un musical neorrealista: filma como Rossellini a personajes cotidianos, que sueñan ser intérpretes de una comedia musical de Gene Kelly & Stanley Donen. Pero como no lo son, no bailan: la danza queda fijada, suspendida en el aire; no cantan: hablan mientras la música invasora de Michel Legrand da ritmo de canción a sus palabras (evitando así el artificio de Les Parapluies de Cherbourg). Estamos, pues, a mitad de camino entre One Hour with You, de Lubitsch & Cukor, y Due soldi di speranza, de Castellani, entre Le Carrosse d’or, de Renoir, y Rio Bravo, de Hawks; entre “La muñeca”, de Ernst (cuyo apellido lleva Alfred-Belmondo) y Europa ‘51. Godard recuerda que Chaplin decía que la tragedia es la vida en primer plano, y la comedia lo mismo en plano general, y hace una comedia en primer plano. No se sabe, por tanto, si estamos en una tragedia o en una comedia. En todo caso, en una persecución. Angéla, Alfred y Emile (Jean-Claude Brialy) disponen de veinticuatro horas para decidirse, y mientras tanto Godard les sigue con su cámara, intentando captar el momento en que sus personajes se dilatan: al son de una canción de Aznavour (en recuerdo de Tirez sur le pianiste), haciendo un strip-tease en primer plano, andando por las calles, corriendo para dar con la cabeza contra la pared.

Une femme est une femme es un film hecho con sentimientos e imaginación, con imágenes y sonidos, con una música cuyo aliento se corta —À bout de souffle— y reemprende la marcha, con tres actores que se mueven a lo largo de la pantalla ancha, tras las huellas de Gene Kelly, Cyd Charisse y Fred Astaire, en un París nublado, en un barrio sucio y multicolor, para acudir a una cita con el Cine.

Publicado en el nº 97 de Nuestro Cine (mayo de 1970)