Moses und Aron es una tentativa de escenificar cinematográficamente la estática ópera -más bien oratorio- de Arnold Schoenberg, que encadena con anteriores films de Jean-Marie Straub en tanto en cuanto que todos ellos se apoyan en un texto preexistente: la novela de Heinrich Böll Billard um Halb Zehn (Nicht veröhnt, 1965), la música de Johann Sebastian Bach (Chronik der Anna Magdalena Bach, 1967), el drama Othon de Pierre Corneille (Les Yeux ne veulent pas toujours se fermer ou Peut-être qu’un jour Rome se permettra de choisir à son tour, 1969), la novela Die Geschäfte des Herrn Julius Caesar (Geschichtunterricht, 1972), el artículo de Franco Fortini I cani del Sinai (Fortini/Cani, 1976). No conozco las dos últimas, pero Moses und Aron representa un fracaso bastante más grave que el que supuso la versión cinematográfica de Othon.
Tanto Nicht veröhnt como Chronik eran obras singularmente austeras y armoniosas, que evocaban -por su rigor y precisión, por su amplitud y desnudez, por su capacidad de síntesis y su desprecio de lo superfluo u ornamental- las más ricas de Mizoguchi, Dreyer o Lang. Eran obras de plenitud, producto de un esfuerzo gigantesco que lograba transfigurar la materia narrativa o biográfico-musical que constituía su punto de partida. Eran películas reflexivas, de una sorprendente madurez, que reelaboraban los textos originarios cinematográficamente, potenciándolos, sin depender de ellos, y sin interferir su auténtico significado. Les Yeux…, sin embargo, distorsionaba el genial drama de Corneille al situarlo en la Roma de nuestros días, conservando -como fácil efecto “distanciador”, más bien irritante- el ambiente sonoro, captado en directo, de la ciudad, mientras que actores de diferentes nacionalidades y acentos -casi todos ajenos a la lengua francesa- recitaban monocordemente los versos de la obra, quebrando su ritmo y dificultando su comprensión, sin que, por lo demás, Straub aportase nada nuevo -ni siquiera un análisis o un punto de vista- al drama original. En Moses und Aron el resultado obtenido es aún más decepcionante, pues si bien Straub no ha introducido factores perturbadores, lo cierto es que se ha limitado a registrar una representación al aire libre de la ópera de Schoenberg; los actores no son simplemente “no profesionales”, sino cantantes, y su voz ha sido grabada en directo, sobre un fondo musical preexistente. Los movimientos de cámara y el montaje no suelen añadir nada a los conflictos explícitos de la obra, y a menudo resultan gratuitos (por no mencionar el significado que Straub pretende darles), salvo en el breve acto final, hablado y no cantado. Lo cierto es que es muy poco lo que se pierde si uno se limita a escuchar la versión discográfica editada por Philips, también dirigida por Michael Gielen y los mismos intérpretes. Es más, hasta cierto punto, si es preciso visualizar en forma de representación dramática la música y el libreto de Schoenberg, las imágenes de Straub pueden ser una limitación y un freno a la imaginación del oyente.
En Dirigido por nº 45 (junio-julio de 1977)