Antiguo gagman, actor en los primeros cortos de Chaplin, Lloyd Bacon es el típico veterano sin personalidad, recordado hoy exclusivamente por lo que no hizo: dirigir las escenas musicales de 42nd Street, Wonder Bar y otros musicales melodramáticos de la Warner durante los años 30. Resulta así que se asocia su nombre al del coreógrafo Busby Berkeley, generalmente para reprocharle las sólidas escenas explicativas o expositivas -entre bastidores, entre baile y baile- que interrumpen bruscamente la fascinada contemplación de los arabescos multitudinariamente femeninos de Berkeley. Pasa Bacon, pues, por un torvo aguafiestas, ignorando las clásicas y modestas virtudes de su estilo -directo, conciso, rudo en ocasiones- y el sabor popular e incluso reivindicativo de tales secuencias, gracias a las cuales Ruby Daniels o Warner Baxter se convertían en algo más que objetos brillantes inscritos sobre celuloide. Naturalmente, a nadie le importa ya el pequeño drama de las coristas o los tramoyistas que, en plena Gran Depresión, dependían para su supervivencia física del éxito o fracaso del show en el que habían logrado encontrar trabajo, pero para quienes un baile, una canción o un decorado no eran una diversión, sino la lucha por la vida.
Ese mismo estilo, soterradamente épico, nada llamativo, impersonal a fuerza de eficiencia, es el que impera en los films que realizó en la Warner, durante los años 30 y 40, el viejo Lloyd Bacon, conocedor de todos los géneros, desde el western mitificador a lo DeMille -el sardónico The Oklahoma Kid- hasta el drama -San Quentin- o la comedia -Brother Orchid- de prisiones, pasando por la aventura, el espionaje, la guerra -en tierra, mar o aire, le daba igual-, el deporte -Indianapolis Speedway-, el policiaco, la comedia rosácea, elegante o descarada; películas realizadas sin especial talento, pero con idéntico profesionalismo.
Su obra hasta 1944 sería el material de trabajo idóneo para estudiar el grueso de la producción de la Warner, mejor que las películas de directores igualmente vinculados a esta productora, pero más personales, como Walsh, Curtiz o incluso Keighley. Su carrera se vio hasta tal punto condicionada por los métodos de trabajo y los equipos técnicos de la Warner que, cuando abandonó esta compañía y se pasó primero a la Fox y luego a la R.K.O., su estilo -que no era suyo, sino de la Warner- se desintegró, perdiendo fuerza y eficacia durante los últimos años de su vida, hasta toparse, seguramente por casualidad, con un film de luchas submarinas, The Frogmen, que de alguna forma se parecía, dentro de los esquemas de la Fox, a los proyectos que solía dirigir en la Warner. Reencontró así, durante hora y media, la precisión dramática, la economía narrativa y la sequedad expresiva que caracterizaba la producción en serie de la Warner durante la época en la que Bacon fue uno de sus más sólidos y discretos pilares.
Quizá inédito. Escrito para Hablemos de Cine en 1976.
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