El 5 de julio falleció en Santa Mónica (California) Leo McCarey, a consecuencia de una larga enfermedad pulmonar. Con él moría definitivamente —tras el retiro en 1959 de Douglas Sirk— uno de los grandes géneros del cine americano: el melodrama, que tanto Sirk como McCarey, por caminos opuestos, habían llegado a sublimar. También muere con él uno de los más grandes directores del cine cómico americano, y uno de los creadores de la comedia clásica de Hollywood.
Leo McCarey había nacido en Los Angeles, el 3 de octubre de 1898. Tras desempeñar muy variados oficios, entra en el cine en 1918, trabajando como script-boy y ayudante de Tod Browning de 1920 a 1923, año en que abandona la Universal y se pone a las órdenes de Hal Roach —con Sennett, Chaplin, Keaton y Lloyd, el más importante productor de películas cómicas—, donde escribe, dirige o supervisa numerosos cortometrajes de Charlie Chase (algunos excelentes, como De la prisión al trono, 1926, que pudo verse hace unos años en la Filmoteca). Tanto McCarey como Roach se atribuyen la idea de reunir a Stan Laurel y Oliver Hardy en la que sería la más famosa pareja del cine cómico, pero sería McCarey quien, de 1926 a 1930, dirigiera o supervisara casi todas las películas de "El Gordo y el Flaco". Bajo sus órdenes debutaron con Putting Pants on Philip y The Battle of the Century (La batalla del siglo), dos obras maestras. Sus mejores películas contaron siempre con la colaboración de McCarey, que desarrolló al límite la técnica del slow-burn, en sustitución de las desenfrenadas carreras que caracterizaban la concepción del gag en la escuela de Mack Sennett. La carrera de Oliver & Hardy culminaría —siempre bajo la supervisión de McCarey— en los años 29-30 con films como Liberty (Libertad), Wrong Again (El Muchacho Azul), Big Business (Ojo por ojo), The Perfect Day (Un día perfecto), The Hoose-Gow y Brats, para decaer con la partida de McCarey y la llegada del sonoro.
Con The Sophomore (1929), McCarey empieza a dirigir largometrajes, sobre todo comedias y melodramas de gran éxito y que le harían famoso. Entre sus obras más importantes podríamos citar Indiscreet (Indiscreta, 1931), The Kid from Spain (Torero a la fuerza, 1932), Duck Soup (Sopa de ganso, 1933), The Ruggles of Red Gap (1934), Make Way for Tomorrow (1936), The Awful Truth (1937), Love Affair (Tú y yo, 1938), Going My Way (Siguiendo mi camino, 1943), The Bells of St. Mary's (Las campanas de Santa María, 1945), Good Sam (El buen Sam, 1948), An Affair to Remember (Tú y yo, 1957) y Rally 'Round the Flag, Boys! (Un marido en apuros, 1958). Su último film, quizá el peor, fue Satan Never Sleeps (Satanás nunca duerme, 1961), ridículo panfleto clerical infantilmente anticomunista, del que sólo se salvaban la dirección de actores y las escenas intimistas (totalmente apolíticas), que enlazaba con un aspecto de su vida que le ha valido la animadversión indiscriminada de muchos críticos: su apoyo a McCarthy durante la "caza de brujas " y elementos anticomunistas en algunas películas como My Son John (Mi hijo John, 1951). Lo mismo ha ocurrido con sus comedias de curas y monjas —como casi todos los viejos directores americanos, McCarey era muy religioso—, ante las cuales me parece más justa la postura de S. M. Eisenstein, cuando calificaba de "excelente" a Siguiendo mi camino (y lo mismo podría decirse de Las campanas de Santa María), pese a señalar "la naturaleza religiosamente tendenciosa del film entero". Junto a estas películas, a sus comedias tradicionalistas, bien intencionadas y optimistas, y a sus melodramas nostálgicos, encontramos también películas como Un marido en apuros, sátira del American Way of Life, del matriarcado y del militarismo, de una ferocidad digna de Preston Sturges.
Aparte de este film y de Sopa de ganso, la obra maestra de los hermanos Marx, gracias a la fusión de sus personalidades con la de McCarey (muy manifiesta en lo referente a la mejor estructura del film, a su menor teatralidad, a la ausencia de números de "lucimiento musical" y a la presencia del slow-burn), que eleva la película a un nivel de locura muy por encima de las realizadas por directores impersonales como Sam Wood, Edward Buzzell, David Miller o William A. Seiter, y dejando de lado sus películas más célebres de los años 30 (The Ruggles of Red Gap, Make Way for Tomorrow), que se acaban de reponer en Francia entre elogios de Positif y Cahiers du Cinéma, el mejor film de McCarey es An Affair to Remember, remake de Love Affair y la muestra más madura de la sensibilidad y el talento de este director. Pocas veces como en esta película ha sido tan patente la sabiduría de McCarey en la dirección de actores, en la modulación de los sentimientos y en la recreación cinematográfica del fluir del tiempo. Porque a McCarey lo que le importaban no eran las historias, sino los sentimientos y las emociones. De ahí su predilección por el melodrama, en un estilo suave, desprovisto de la violencia barroca y lírica de Douglas Sirk, buscando siempre, con discreción, que las lágrimas afloraran a los ojos del espectador. Para ello, McCarey procedía por acumulación de diversos e incluso contradictorios sentimientos, procurando cargar cada escena del máximo potencial emotivo, matizando con gran elegancia el paso constante de una emoción a otra, de la sonrisa a las lágrimas, a través de una depuración formal insólita en el género. Por eso sus películas son una sucesión de instantes fugaces que, en sordina, intentan despertar en el público los sentimientos de alegría, tristeza, temor y compasión que McCarey, como buen sentimental, envolvía en suaves y nostálgicos colores, en miradas cargadas de sentimientos, en leves gestos reveladores, en intentos de disimulo condenados al fracaso ante una cámara voraz que, sin subrayarlos, los iluminaba con su mera presencia.
Es de lamentar que su retiro no permitiera a McCarey llevar a la práctica un proyecto enormemente atractivo: realizar una comedia policiaca interpretada por Alfred Hitchcock, que hubiera rematado la carrera de este ganador de Oscars (The Awful Truth y Going My Way) de forma mucho más digna que Satanás nunca duerme.
En Nuestro Cine nº 89 (septiembre de 1969)
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