Out of the Past
No, no se proyectó en Valladolid la obra maestra de Jacques Tourneur, pero me pasé buena parte del festival acordándome de ella, sobre todo de su doble título (el original y el español), y dudando si era más aplicable el primero —en el que uno se topa con fantasmas surgidos del pasado— o el segundo —en el que uno abandona el presente y vuelve al pasado—, sin que la zambullida en más de tres largos diarios y casi otros tantos cortometrajes, saltando de un país a otro, de una época a otra, de una lengua a otra, y hasta de una sala de proyección a otra, inmerso en una lengua ajena —el jurado adoptó el francés como idioma oficial— y apartado temporalmente de todo lo que constituye mi vida normal —el trabajo, mi familia, mi ciudad, el jazz, la lectura—, sin hablar más que de cine y sin hacer otra cosa que ver películas, ayudase mucho a aclararme las verdaderas causas de la angustiosa sensación de deja vu que me invadía y de la que apenas pude zafarme en un par de ocasiones.
Hacía doce años que no iba a un festival de cine, pero tenía la impresión de que por algún malévolo truco de H. G. Wells o de Borges, el tiempo transcurrido desde entonces se había volatilizado y estaba de nuevo en 1971, a menos que hubiese soñado cuanto ha sucedido en todo este tiempo y realmente siguiésemos en 1971. Había películas brasileñas estilo «Cinema Novo» —que era nuevo entonces, pero ahora...—, y uno de sus directores, Paulo Cezar Saraceni, seguía pareciendo tan «argentino» en su fascinación por lo europeo, y tomándoselo tan en serio como cuando rodó O desafio (1965). El divertido e interesante film eslovaco de Stefan Uher, Pásla kone na betóne, recordaba en exceso lo que hacía Forman entre 1964 y 1967. Un horripilante corto francés copiaba descaradamente Los paraguas de Cherburgo (1964). Rafael Gordón seguía rodando los mismos espantosos cortometrajes con los que afligía los festivales de 1968-69. Formalmente, la interesante película de Zsolt Kézdi-Kovács, Visszaesök, podía confundirse con cualquier producto húngaro de hace quince años, y la actriz, como siempre, muy bien, seguía siendo Lili Monori. Antes había más películas plagiadas de Bergman, Fellini, Visconti, Antonioni y Godard; ahora, aunque el influjo de Fellini persista esporádicamente, se toman como modelos a cineastas que empezaban por entonces: en Valladolid se han visto películas inspiradas por Wenders, Tanner, Ferreri, Angelopoulos, Beineix, George Miller, Fassbinder, Straub...; sobre todo, Wenders y la televisión (la falta de estilo de la televisión). Aparte de la inevitable ración de cine tercermundista, bienintencionado y quejumbroso, construido como un sainete y estilísticamente a caballo entre el primer De Sica y el reportaje televisivo.
Nueve días de un año
Cuando hay muy pocas películas que supongan cierta novedad no puede esperarse que un festival las ofrezca. Y de hecho, aunque nadie la vio, en Valladolid se proyectó la impresionante «Opera prima», de Aline Issermann, Le destin de Juliette, que me hizo un efecto similar al que me produjo en el Valladolid de 1969 la primera de Maurice Pialat, L'Enfance nue. El jurado —presidido por Yilmaz Güney, y compuesto por Lauro António, Ahmed El Maanouni, Juan Goytisolo, Jaromil Jirés, Jean-Pierre Léaud y el que esto escribe— no tuvo problemas para otorgar las Espigas de Oro: Kharij, de Mrinal Sen, fue la primera película a concurso que vimos, y ninguna se le acercó lo bastante como para hacerle la competencia; Beyrouth, ma ville, de Jocelyne Saab, era, aunque discutible, el único corto interesante. Hubo algunas películas no del todo conseguidas y de una cierta ambigüedad en sus planteamientos que despertaron interés: Sargento Getulio, de Hermano Penna; la decepcionante En haut des marches, de Paul Vecchiali; Ferestadeh, de Parvij Sayyad; incluso Menuet, de Lili Radamakers. Pero el nivel medio era bajo, gracias a lo cual una de las películas españolas, Alcamir, de José María Puigcerver, hizo un papel digno y supuso un alivio después de Españolito que vienes al mundo, de Fernando H. Guzmán, que fue no sólo la peor película del festival sino la más increíblemente inepta que he visto en mi vida.
La escapada
Las obligaciones de jurado no me permitieron ver más que algunas películas sueltas de las secciones paralelas, pero saqué la impresión —sobre todo por La mémoire fertile, de Michel Khleifi— de que el ciclo de «cine árabe» era, con mucho, lo más interesante del festival; del «novísimo cine francés» no creo que la excelente Le destin de Juliette fuera representativa de su nivel medio. Tras añadir Embrujo (1947) a mi exiguo conocimiento de las obras respectivas de Serrano de Osma y Marquina, sigo sin ganas de profundizar en sus carreras y sin comprender qué razones puede haber para la reivindicación sistemática de cineastas españoles justamente olvidados en que se han embarcado algunos amigos: desgraciadamente, no basta con excavar para encontrar oro.
Discutíamos, discutíamos
Lo mejor y más sorprendente de esta Semana de Valladolid ha sido, para mí, la animación de las conferencias «de prensa» con autores y equipos de algunas películas. La frustración inicial de no participar en ellas se vio casi siempre paliada por alguna intervención ajena, en la que se decía o preguntaba lo que yo no debía. Especialmente larga —pese a lo avanzado de la hora—, viva, inteligente y —en su dureza— justa me pareció la suscitada por la película de F. H. Guzmán, que demostró, al contrario de lo que el «acusado» pretendía, un interés por el cine español que bien quisieran para sus respectivos cines los cineastas de otros países. Además, se dijeron cosas muy pertinentes contra la película en cuestión y sobre el cine español, los festivales y varias otras cosas, y no sólo fueron brillantes las intervenciones de críticos —como Miguel Bilbatúa—, sino las de casi todos los «anónimos» cinéfilos allí congregados.
Movie, Movie
De las películas diré unas palabras de las que encontré más interesantes, dejando para su eventual estreno —improbable en muchos casos— un comentario más minucioso, que algunas merecían. Para mí, lo mejor fue, sin duda, la ya mencionada Le destin de Juliette, de una seguridad y un rigor asombrosos en un primer largo: he aquí una mujer que sabe en todo momento lo que hace y por qué, que sabe emplear la elipsis, que dirige admirablemente a los actores —en especial, Laure Duthilleul— y que, si puede hacer pensar, por su dureza y concisión brutal, en Pialat y Dreyer, nada debe a ninguno de ellos. Kharij (1982) tal vez no sea la mejor de Sen, pero para el que desconoce su carrera se impone desde el primer momento la evidencia de un talento cinematográfico muy considerable, con un dominio de la planificación y la dirección de actores que, sin necesidad de más datos, permite reconocer en su autor un gran cineasta, tal vez nada innovador, pero que sabe contar sin concesiones una historia interesante, y darle, mediante los juegos de miradas, la composición y el empleo de la profundidad de campo, una amplitud y una complejidad enriquecedoras. Junto con algunas escenas de En haut des marches —siempre con Danièle Darrieux—, éstas fueron las dos únicas películas del festival con un estilo cinematográfico propio.
Encontré interesante, fuera de competición, el film ecuatoriano Mi tía Nora (1982), del argentino Jorge Prelorán, que se salva del folletín gracias a un auténtico afecto por los personajes y un acierto constante en la dirección de actores. Ferestadeh es una inteligente muestra de cine policiaco-político que plantea arriesgadas cuestiones morales; le falta, tal vez, precisión, tanto estilística como ideológica, pero consigue que se siga con interés y esperando sorpresas. El film eslovaco, ya citado, de Uher (1982) es una comedia divertida, melancólica y algo surrealista, en la que destaca el trabajo de Milka Zimkova, protagonista y autora de los relatos en que se basa el guión. Visszeasok (1982) es una obra sólida y sensible, que se resiente de un planteamiento excesivamente teórico (no consigo detectar el menor asomo de amor, afecto, pasión o atracción entre la pareja de hermanastros). Sargento Getulio (1977) es un primer film, rodado en exteriores y en dieciséis milímetros, con escasez de medios y abundancia de ideas, apoyado en un texto que parece magnífico; desgraciadamente, la fuerza del actor principal y la falta de distancia estilística de Penna —en ocasiones más cerca de Leone que del Faria de Selva trágica— desequilibran la película y hacen excesivamente trágico y delirante su peligroso personaje central. Otras películas interesantes, aparte de las mencionadas, y fuera de concurso también, fueron Mãe Genoveva, Transes (1982) y Le mur, respectivamente, de António, El Maanouni y Güney.
En Casablanca nº 36 (diciembre de 1983)
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