Además de lo infrecuente que resulta una película finlandesa en las pantallas españolas, todo parece indicar que se trata de un film "anómalo", incluso dentro de la singular carrera del hiperactivo Aki Kaurismäki, al que conviene no confundir, por otra parte, con su hermano Mika. Lo que no quiere decir, en modo alguno, que La chica de la fábrica de cerillas sea una obra críptica, exótica o rara. Su extrañeza procede del extremado rigor y la absoluta sencillez con que Aki K. nos refiere una historia convencionalmente melodramática, más propia de un Griffith de 1920, cuando ya se le consideraba "anticuado".
Enemigo de la facilidad, y sin duda exageradamente pudoroso, Aki K. rechaza la tentación de hacernos llorar con la desdichada protagonista, demasiado fea y apática para despertar simpatía o compasión. Su aciago destino es de los que se ven venir, sin que la inminencia del golpe, el desengaño o el abandono la impulse a reaccionar, ni quisiera para escurrir el bulto; parece resignarse a lo que, con semejante actitud, resulta efectivamente inevitable.
Lo que este planteamiento supone de renuncia al dramatismo lo gana, en cambio, en lógica y concisión, por lo que no hay ocasión de hacerse preguntas acerca de la inteligencia y perspicacia de la protagonista, sin duda un rasgo en el que no sobresale. La falla de carácter dificulta incluso el menor asomo de solidaridad e instaura una distancia insalvable entre el espectador y la heroína, que invita a reflexionar sobre ciertos mecanismos sociales, sobre los presupuestos vitales que le han sido inculcados o transmitidos inconscientemente, sobre la enigmática relación existente entre el azar y el carácter (que parece atraer ciertas desgracias como un imán). Estas "aportaciones" del propio espectador están previstas en la película, que sirve de soporte a las meditaciones que pone en marcha, y permite que la lineal y muy elíptica trama no resulte esquemática, que la elemental y muy pasiva protagonista —admirablemente encarnada por una actriz que no se hará famosa fuera de Finlandia, ya que es un papel ingrato, poco brillante y muy difícil de interpretar convincentemente y sin pasarse— no caiga en el simplismo y preserve hasta el final todo su misterio.
En “Todos los estrenos. 1991”. Madrid : Ediciones JC, diciembre de 1991.
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