Es ésta una película que no suele contarse entre las de Wyler que más se destacan hoy día, si es que alguien la recuerda o le presta todavía alguna atención, que más bien sospecho que no, y me lo temo por aquellos que, por desdeñarla, se la pierdan, ya que la encuentro una experiencia memorable.
Es, ciertamente, desde luego, y en todos los sentidos, muy de su tiempo, y por tanto, 78 años después, se la podrá encontrar forzosamente “anticuada”, tanto como los peinados o la ropa de Greer Garson. Pero no podía ser de otro modo, puesto que es una película precisamente de actualidad en su momento histórico, rodada en plena Segunda Guerra Mundial –empezada a rodar en abril y estrenada en junio de 1942, cuando aún los alemanes parecían llevar las de ganar– sobre esa guerra presente, aún indecidida y más bien ominosa, y vista no desde el frente, ni desde los puestos de mando de los estrategas o de los políticos a salvo, ni con la adrenalina y la tensión de la acción bélica, sino desde la retaguardia, donde se encuentran los civiles, los demasiado viejos o jóvenes para ser movilizados y combatir activamente, aunque no para ser bombardeados a diario o sufrir escaseces y racionamiento. Lo que llamaron home front, el frente casero o doméstico, que practicaba la paciencia, la resistencia pasiva y activa, el trabajo cotidiano, las tareas de mantenimiento y asistencia, fundamentalmente a cargo de las mujeres, acaso con la ayuda de algunos casi niños y de unos hombres marginados por su edad o por algún problema físico que les convertía en inútiles para la lucha, a veces muy a su pesar, pero no para la vigilancia y la alerta.
De estos luchadores de segunda clase, anónimos, generalmente no condecorados, la tarea mayor consistía en no desmoronarse, en mantener si no alta al menos no muy hundida la moral hasta cuando cundían el desánimo y la incertidumbre, les destruían la casa o la ciudad o les mataban a un ser querido, en recuperar el ánimo y la energía, en permanecer alerta y procurar que los demás no se distraigan u olviden el peligro (por ejemplo, de que una luz indique el blanco a los bombarderos del enemigo). Es decir, que Mrs. Miniver era una película de propósito y objetivo moralizante, esforzadamente animosa pese a todo, patriótica en el mejor sentido que puede tener ese adjetivo tan corrompido y prostituido por agitadores de toda laya a los que en realidad sólo importa “lo suyo”, por estrecho, ridículo, vulgar, innoble, falaz o quimérico que sea.
Eso es quizá lo más destacable para mí de esta hermosa, sobria y conmovedora película del reputadamente “frío” William Wyler: que, a pesar de ser una obra de propaganda, es una película sentida y sincera, en que cineasta, actores y antes aún los guionistas no se limitan a ejecutar, por eficientemente que sea, un “deber cívico” o un encargo que les es de algún modo ajeno, sino que parecen sentir verdaderos afecto y admiración por unos personajes que no se creen ni probablemente son héroes, pero que actúan con heroicidad y con estoicismo en la necesidad y ante la desgracia, y no tan sólo en un momento de arrebato excepcional o de exaltación ante el peligro, ni en un ataque de locura casi suicida, sino un día tras otro, semana tras semana, mes tras mes, y así durante años, los años que suelen durar las guerras.
De pronto caemos en que quizá no sea casualidad que –aunque alguna fuera por designio o decisión más bien de Samuel Goldwyn, durante años el productor que se sentía más afín y admirador de Wyler– haya dos o tres películas de los años 30 empezadas por uno y acabados por el otro, o cofirmadas por los dos, y que, sí, curiosa e insospechadamente, hay cierta semejanza entre la postura lacónica y animosa de Howard Hawks, alérgica a la quejumbre y la autocompasión, y la de Wyler, aunque a este último, al no reconocérsele la categoría de “autor”, nunca se le haya cantado por esa actitud, sin embargo presente y patente –porque en Wyler todo lo es, quizá de modo demasiado simple y obvio– en las mejores y hasta en bastantes que, sin serlo, sí se cuentan entre las más celebradas películas que realizó.
No sé si atribuir el carácter poco belicoso y nada fervorizante de Mrs. Miniver a que trate, no de personajes norteamericanos, sino de británicos, y a que la acción –aunque íntegramente rodada en los estudios de Culver City, en California– suceda en el Reino Unido, y que se parezca, asombrosamente, más a las películas bélicas inglesas –sobre todo In Which We Serve (1942) de Noel Coward & David Lean, The Way Ahead (1944) de Carol Reed y The True Glory (1945) de Garson Kanin & C. Reed, pero también los prodigiosos documentales de Humphrey Jennings y otros, así como, al menos en parte, varias de las películas de Michael Powell & Emeric Pressburger–, que suelen librarse de ciertos elementos molestos, como excesos (sobre todo verbales) de odio verbal generalizado hacia todos los pertenecientes a los países enemigos, en ocasiones con impulsos racistas o xenófobos y con frecuencia de ánimo vengativo y revanchista –y en eso cae a veces, lamentablemente, incluso un Howard Hawks–, mientras que el cine inglés tendía a ser más objetivo y templado, más proclive a aguantar y resistir, como si su reputada (y más bien relativa, cuando no mítica) “flema” les permitiera buscar más bien la victoria que la aniquilación de los enemigos y además hacer el esfuerzo de comprender que lo que sucede en una guerra es gran parte inevitable y a menudo nada personal, incluso a veces involuntario (como el “fuego amigo” y los “daños colaterales”). Es decir, que propugnan, más que aplastar al enemigo, lo que ahora se ha puesto tan de moda con el innecesario anglicismo, no muy eufónico, de “resiliencia”. Hay que reconocer que es un descanso ver gente que mientras es bombardeada no se pone histérica y no pierde la compostura, que se enfrenta al peligro con resignación y sin bravatas ni chulerías, que se adapta sin quejarse a las necesarias incomodidades y carencias.
Parte del mérito de Mrs. Miniver, que para mí es una de las dos más grandiosas películas de Wyler, y tan buena como las mejores de cualquier otro cineasta, puede deberse a un tal Jan Struther, que confieso no haber leído, pero que inspiró también al menos una admirable secuela fílmica, The Miniver Story (1950) de H.C. Potter, de nuevo con Pidgeon y Greer. Otra buena parte de ese mérito, sin duda, pertenece al nutrido y variopinto equipo de escritores que, no sé si conjuntamente o en sucesión, lograron un guión ejemplarmente construido: Arthur Wimperis, Georg Froeschel, James Hilton y Claudine West (y a cuyas aportaciones habría que añadir las no acreditadas y quizá cuantitativamente menores de los prestigiosos Paul Osborn y R.C. Sherriff y –lo más discutible, su discurso final en la iglesia destruida– del actor Henry Wilcoxon). Si no me equivoco, todos ingleses. Lo que, a pesar de que Wyler fuera alsaciano, explica por qué resulta tan británica como cualquiera verdaderamente inglesa, y quizá insinúe alguna de las causas que han hecho poco “fans” de Wyler a los fanáticos exclusivistas del cine americano.
Tras unos 35 minutos iniciales que sirven para mostrarnos cómo era la vida en un pacífico pueblecito inglés, no lejos de Londres, en el verano de 1939, y presentarnos a los personajes cuya peripecia vamos a compartir, Clement y Kay Miniver (la frecuente pareja Walter Pidgeon y Greer Garson), y sus hijos Vin (un muy pijo y petulante Richard Ney, inicialmente tratado con ironía muy crítica), Judy (Clare Sandars) y Toby (Christopher Severn), así como sus criados y algunos conocidos de todos ellos, se produce la temida noticia, en plena ceremonia religiosa dominical, de la declaración de guerra a Alemania, con la inmediata interrupción de la cotidianidad y la normalidad. No hay, como asombra ver en tantas películas (y noticiarios) alegría alguna en esta ocasión y lugar.
Tras una elipsis de ocho meses, estamos ya en la primavera de 1940, asistimos a la declaración en plena cena de Vin, forzada por sus hermanitos (mucho más pequeños ambos) a Carol (Teresa Wright), la nieta de la orgullosa aristócrata Lady Belton (Dame May Whitty). La ocasión feliz es interrumpida por los superiores de Vin, que le reclaman (se ha hecho piloto) en la base aérea cercana.
Se podría decir que en Mrs. Miniver “no pasa gran cosa”, para ser una película sobre la guerra y rodada a mitad de la guerra. Salvo la guerra y, mientras tanto, la un tanto desordenada y maltrecha vida de las personas, llena aún más de lo habitual de incertidumbres y riesgos, con sus sustos, sus alegrías, sus sobresaltos, sus afectos, sus celos, sus caprichos, sus bromas, sus fatigas, sus inquietudes, sus disgustos. En un notable encadenamiento de peripecias, vemos cómo Clem es despertado de madrugada y sale en su lancha motora, junto con otros vecinos, hasta unirse a una auténtica flota improvisada, para cruzar el Estrecho y tratar de salvar al ejército inglés cercado por los alemanes a la orilla del mar, en Dunquerque. Mientras tanto, el aviador alemán derribado cerca de la casa de los Miniver, al que han estado varios días buscando Clem y los civiles encargados de la vigilancia, se enfrenta, hambriento y desfallecido, con Kay, que logra desarmarlo y llamar a la policía antes del regreso de Clem. Poco después, es Kay la que ha de enfrentarse con Lady Belton, en una divertida escena, para convencerla de que no se oponga a la unión apresurada de Carol y Vin, haciéndole ver que ella era aún más joven cuando se casó, y que no ha lamentado haber perdido demasiado pronto a su marido, en otra guerra.
Otra de las grandes escenas de una película que es una elíptica sucesión de magníficas escenas de todas las tonalidades es la del bombardeo que aguantan los Miniver en su refugio, tras la lectura de “Alicia en el País de las Maravillas” a los niños pequeños, y que se despiertan asustados mientras el silbido de las bombas indica que se acercan cada vez más a su casa, que, como veremos más tarde, en parte fue alcanzada.
Poco después viene la parte final, la más dramática, la más trágica, de la película, tratada con una combinación de discreción y emoción que en los últimos años parecen fuera del alcance (y hasta, me temo, de las intenciones y los propósitos) de la inmensa mayoría de los directores en activo en cualquier país del mundo. Lástima que la última escena, a mi modo de ver, bordee lo que menos me gusta (aunque en esos momentos de la guerra lo vea como casi inevitable, desde luego comprensible) y que hasta entonces había evitado por completo Wyler: el sermón sustituido por un discurso más bien político-patriótico del Pastor que interpreta (y escribió) Henry Wilcoxon y el himno “Onward, Christian Soldiers” (Adelante, soldados cristianos), una combinación que, como todas las mezclas de religión y política, de fe e ideología, me parece muy peligrosa.
No creo necesario, porque en un film de Wyler, sobre todo uno de los mejores, es lo habitual y no tiene nada de excepcional que requiera subrayarlo, insistir en que la elección y dirección de actores, fundamentales siempre en la estética wyleriana, son magníficas, por mucho que a veces recurra a intérpretes no siempre estelares ni considerados generalmente como “carismáticos”. No puedo afirmarlo, pues no he vivido en esa época, y a veces nos sorprende que actores como Franchot Tone o Lew Ayres fuera muy populares en los años 30, pero me extrañaría que el canadiense Walter Pidgeon (pese a How Green Was My Valley) e incluso la inglesa Greer Garson (pese a Random Harvest) fueran ya grandes imanes de público cinéfilo. La reputación de Wilcoxon (emparentado con Cecil B. DeMille, y frecuente presencia en su cine) era más bien de secundario, Teresa Wright estaba empezando (Shadow of a Doubt), y Dame May Whitty casi podría ser una de las presencias más habituales tanto en el cine británico como en el americano de todo el elenco. Que cumplen todos a la perfección, como suele suceder con los actores que tienen un buen personaje y están bien dirigidos.
En “El universo de William Wyler”. Madrid : Notorious, septiembre de 2021.
No hay comentarios:
Publicar un comentario