Esta película de Elia Kazan, situada entre Wild River (Río salvaje, 1960) y America America (América, América, 1963), compone con ellas una especie de trilogía informal sobre la América del primer tercio del siglo XX. Curiosamente, lo que en su país habría que aceptar como una muestra de cine histórico crítico, en España se convirtió en la película de la adolescencia de muchos, tal vez porque la situación, a principios de los 60, era equivalente a la de los Estados Unidos a finales de los años 20.
La tragedia que viven Deanie (Natalie Wood en la que quizá sea su más rica y compleja interpretación, en su momento de mayor belleza) y Bud (el debut de Warren Beatty) en la Kansas de los años 20, víctimas primero de la represión y de las diferencias sociales, luego de la depresión (en los dos sentidos, la económica, resultante del crack financiero de 1929, y la psicológica), les convierte, sin que pierdan un ápice de su identidad personal (y, por tanto, de su capacidad para que nos emocionemos por su suerte), en representantes de la juventud americana que pasó de la fortuna y el derroche de los años veinte, encarnación que parecía sin fin del "sueño americano", a la miseria y las dificultades económicas de la Gran Depresión, con la misma violencia con la que se producen los terremotos o se despierta de los sueños.
El panorama pintado –con trazo quizá algo grueso, pero enérgico y seguro– por Kazan, en el que la desesperación y el suicidio parecen generalizarse tan repentinamente como unos meses antes las fortunas bursátiles, sirve de marco a una patética historia de amor juvenil frustrado, de cuyo fracaso nadie es, estrictamente, culpable, aunque el espectador no pueda permanecer impasible, y se sienta tentado de condenar la hipocresía de la madre de Deanie y la cobardía de su padre (aunque también de aplaudirle cuando, por fin, tiene un arranque de sinceridad), el espíritu calculador y ambicioso del padre de Bud y la sumisión de este, la falta de energía y de decisión de Deanie, la inutilidad de sus compañeras de clase, y de compadecer la inferioridad de Angelina, la camarera italiana que acaba por casarse con un Bud amargado, que ha olvidado sus estudios, sus ambiciones y hasta sus recuerdos, reverdecidos súbitamente por la visita final de Deanie –una de las despedidas más dolorosas que ha mostrado el cine–, y subrayados, en contrapunto, por los hermosos versos de William Wordsworth de los que procede el título de la película, sin duda el mejor guión escrito por William Inge, ya autor del Picnic de Joshua Logan.
Quizás inédito. Escrito el 22 de octubre de 1998.

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