Me pide Carlos F. Heredero, invocando no sé qué deuda para conmigo en su interés por la obra y personalidad —indisociables, aunque no lo parezca a primera vista ni el interesado lo subraye nunca— de Borau, que le abra el camino al lector de este libro, tan apasionado como lúcido en su detallado análisis de cuanto ha hecho este polifacético hombre de cine nacido en Aragón. No creo que sea preciso mi machete para despejar el sendero, ya que no sobra maleza; pero una promesa es una promesa, y ahí va a riesgo de decepcionarles, advierto ya a cuantos me sigan que no tendrán que hacerlo por un largo trecho: se trata de introducir al lector en el libro, no de demorar o interceptar su acercamiento, ni de hacerle perder un tiempo que mejor haría en dedicárselo al grueso del ensayo que a sus preámbulos.
Cuando yo escribí por vez primera sobre Borau, acababa de rodar Furtivos y tenía pendiente de estreno —desde hacía dos años— Hay que matar a B. Trece años y sólo tres películas más no han cambiado a mejor la situación. Los equívocos a cuyo paso intenté salir se han visto reforzados por On the Line (Río abajo), que fue lo que Borau sacó en limpio de su larga y penosa aventura americana, de la que una persona menos tesonera hubiera salido, probablemente, con las manos vacías. Las otras dos películas, en lugar de aclarar el panorama, lo han complicado, en otras dos direcciones divergentes: La Sabina fue radicalmente incomprendida y Tata mía supuso, asombrosamente, un cierto desprestigio, al ser confundida con un intento oportunista de subirse al carro de la comedia madrileña, cuando era dudoso que perteneciese a tal género y, en cambio, era evidente el riesgo que corría al hacer una película tan rara. Pero, claro, el peligro es algo a lo que Borau está acostumbrado, y que no le arredra: casi se diría que le atrae, le tienta y le fascina hasta en contra de su voluntad. Y la rareza no es tampoco una novedad: en el fondo, todas las películas de Borau son anómalas, y no ya en el contexto del cine que se hace en el momento —no sólo en España, porque Borau nunca ha sido provinciano—, sino como eslabón de su propia filmografía si se compara con el anterior... quizá meramente porque suelen ser bastantes los años que transcurren entre una película y otra, y mientras tanto, aunque no ruede, Borau no deja de hacer cine, en su cabeza desde luego, con su mirada constantemente, muy a menudo sobre el papel, escribiendo una y otra vez guiones que nunca cobrarán vida. Supongo que si Borau rodase, como los cineastas del viejo Hollywood, dos o tres películas al año, su trabajo tendría una lógica mucho más evidente, sin los saltos y los bruscos cambios de sentido —y hasta de terreno de juego— que tanto desconciertan en su carrera, cuando lo que sucede, simplemente, es que faltan los pasos intermedios, los que corresponden a las películas que ha pensado e imaginado, pero que no ha realizado.
Por carácter y por convencimiento, producto no del mero gusto personal, sino de una reflexión acerca de la naturaleza del cine, su narrativa y su modo de captar la realidad y estilizarla para que cobre sentido, Borau es un defensor del cine clásico, es decir, en líneas generales, del cine americano, que suele ser, no lo olvidemos, el que han hecho los cineastas europeos que han aspirado a ser entendidos por todo el mundo, sin distinción de clases, niveles de cultura, nacionalidades, razas, creencias, ideologías, edades o idiomas. Pero, precisamente por ser muy personal —un autor, y no un simple aunque excelso artesano— y por haber llegado a esa postura tras honda meditación, con consciencia de que los tiempos son otros —y no precisamente mejores— y de que no es fácil ya para un europeo emitir desde América, Borau ha evitado siempre la imitación y el remedo del cine clásico americano (a diferencia de muchos de los más jóvenes y cinéfilos directores estadounidenses), y ha buscado la esencia profunda, la raíz de la vigencia antaño universal de ese lenguaje, para aplicarlo a sus historias, a lo que le interesa e importa, sin caer en el mimetismo; a medida que se deterioraba ese estilo, o que era embalsamado para disimular su pérdida de vigor, el enfoque de Borau se aproximaba cada vez más a una crítica radical del sistema, pero plasmada en una práctica alternativa y actualizada, no en parrafadas o discursos teóricos. Y, curiosamente, en la medida en que la operación ha tenido éxito, Borau ha logrado comunicar con el espectador (e irritar a la crítica) o, cuando el público ha seguido perdiendo capacidad de concentración, atención y asociación, es decir, a medida que se ha hecho crecientemente incapaz de seguir una historia narrada por medio del cine, ha fallado en los dos campos, y no, curiosamente, por haber fracasado en su tentativa de recobrar el lenguaje del clasicismo, sino por conseguirlo cuando esa manera de hacer cine está a punto de convertirse en una lengua muerta, que sólo conocen unos pocos paleógrafos, historiadores y lingüistas, pero que la mayor parte del público, sin darse cuenta, ha olvidado, o sólo es capaz de recordar cuando sus rasgos se presentan acentuados por la caricatura o el pastiche, o le llegan con otro envoltorio, por otra vía, un poco como piezas de museo o en conserva (a través de la televisión, de la videocassette).
Este afán de ver la realidad de modo inteligente, y de transmitir esa visión de manera que sea comprensible ha tenido consecuencias graves para Borau. Una búsqueda lleva a otra: para hacer un cine que responda a los propios deseos y a la exigencia para consigo mismo de que ha hecho siempre profesión de fe Borau, es preciso obtener una autonomía financiera, un poder de decisión, un control del proceso de creación que sólo puede soñar el que, además de director y guionista, se hace productor. Más trabajo y más riesgo, que no todos son capaces de soportar, y que a Borau le ha complicado todavía más la vida. Pero qué remedio: no es, en su caso, un capricho, sino más bien una especie de resignación, de aceptación fatalista de lo lógico e irremediable, dadas las circunstancias.
Que, tras casi treinta años de ejercer combativamente el oficio, Borau siga en la brecha, intentando una vez más alcanzar su objetivo, no es sino demostración patente de su fuerza de voluntad, de la fe que tiene en el camino elegido para llegar a esa meta, de la necesidad que siente de expresarse, ciertamente, pero no por desahogo ni para un grupito de amigos, sino para comunicarse con los demás, y mejor cuanto más numerosos y distintos y distantes sean. Creo que todo eso es lo que, mejor que yo y con menos simplificaciones, remontándose a las fuentes y buscando las raíces, os va a contar ahora Carlos F. Heredero, así que con él y con Borau os dejo.
En “José Luis Borau : teoría y práctica de un cineasta” de Carlos F. Heredero. Madrid : Filmoteca Española, septiembre de 1990.
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