miércoles, 28 de junio de 2023

Notas sobre Allan Dwan

Dwan parece (por lo poco visto, un poco circunstancial) haber atravesado una especie de fase de decadencia (o desprestigio) en los 30 (tras éxitos e importantes proyectos mudos; quizá ya entonces, con la llegada del sonido, le catalogaron como “anticuado”), pero en los 40 –siempre ya a la sombra, con bajos presupuestos y condenado al anonimato, salvo Sands of Iwo Jima, película no muy característica suya, y que pese a cosas crispantes acaba siendo excelente, si bien de las que menos aprecio suyas–, hace películas ya tan admirables como en los 50 (y aún más insólitas), con una variedad absoluta de géneros (comedias modestas como Up in Mabel’s Room, genial, y Getting Gertie’s Garter, casi, pero que con tales títulos ya serán a priori despreciadas y no programadas por un festival que se “respete”), apólogos, tanto en “Americana”, The Inside Story o Driftwood, como en “western”, Angel in Exile, absolutamente “émerveillants”, y no lejanos en algún sentido de los Borzage más raros y de peor fama de los 40-50 y de algunos Tourneur, o de algunos Ford “privados” tipo The Sun Shines Bright. Son, por lo demás, profundamente admirables desde un punto de vista –horror de los horrores– moral: generosas, tolerantes, pacíficas (más que pacifistas), conciliadoras y reivindicativas, equilibradas, empeñadas en ver las razones de unos y otros y permitir que el espectador juzgue con un máximo de elementos de juicio… pero siempre ha tenido mala pata: Suez –que no sólo es Kingiana por reparto y guión, es que estuvo a punto de dirigirla– nunca ha sido apreciada (y es menos ligera que otros Dwan, pero admirable), y se arma mucha bulla con otros Fairbanks y no con The Iron Mask (para mí sublime totalmente) o Robin Hood; sus “westerns” nunca han alcanzado dimensión mítica ni han sido populares, y las películas sin género claro, que abundan, lo tienen aún peor: el caso más escandaloso es la sublime The River’s Edge, en cierto sentido muy Tiger-Grabmal y que es una especie de “thriller rural-western” que parece descolocar: bajo su apariencia corriente, “undistinguished”, nada excepcional, hasta convencional y tópica, que hace que se vean como “rutinarias” y “del montón”, se ocultan películas absolutamente misteriosas, insólitas, originales y sumamente (pero no deliberadamente) anti-convencionales… comprendo la angustia del crítico de diario ante la película que debe comentar en media hora y sobre la que nada se le ocurre: exigencia que incita al rencor y a atrincherarse en la batería de frases hechas: serie B, factura correcta, tópicos, escasa coherencia, pobreza visual… incluso con un Scope y un color tan prodigiosos como los de The River’s Edge.

He intentado y siempre en vano hacer o promover un ciclo Dwan en varios sitios. Y es difícil por una doble excusa contradictoria: demasiado largo y demasiado incompleto; que encubre la verdad: mucho esfuerzo y gasto para muy poco público; nadie lo conoce, ni aprecia, luego a nadie le interesa. Sólo vale lo consabido. Y nada hay espectacular ni escandaloso ni revolucionario ni en su obra (desmedida) ni en su vida (muy larga), así que… Tampoco es un director para ver en grandes dosis, y menos aún con atropellamientos y prisas. Cambia lo que uno ve, de lo poco llamativo y lo muy discreto que es, según esté uno de tranquilo y descansado y receptivo. Por eso algo que se puede antojar vulgar y del montón, un día se percibe como asombrosamente sabio, rico y sereno y otro, si las circunstancias no son las adecuadas, no consigue uno ver de nuevo lo que vio. Si hay un arte fugitivo y sutil, como los libros de arena de Borges, o lo escrito sobre el viento, son las películas de Dwan, que además requieren los ojos bien abiertos, la mente despejada, el cuerpo en reposo y relajado. Paciencia y curiosidad, generosidad con lo modesto; casi las tres cosas que el espectador usual de hoy no está dispuesto a dar. Luego mal lo tiene la vieja tortuga. Jamás ingresará en el Olimpo; jamás se admitirá su grandeza invisible, pero sensible y maravillosa cuando uno está en forma y acierta a ver más allá de la apariencia de trivialidad y rutina, de género y convención, de falta de dinero y de carencia de elementos atractivos. Un hombre que neutraliza a Anthony Quinn y potencia a Ray Milland, que es capaz de embellecer y erotizar lo mismo a Rhonda Fleming y Debra Paget que a Arlene Dahl o una ya mayorcita Barbara Stanwyck, que hace creíble y hasta simpático a Reagan, que supo ver y usar el raro talento mate y atonal de John Payne (aparente encarnación de la mediocridad y la frustración todavía más opaca que la de Dana Andrews). Y que se entendía igual con John Alton que con Reggie Lanning y Jack Marta. Y que era panteísta ateo, o algo así de raro, y familiarmente marginal como solo esos apenas inmigrantes que son los canadienses pueden serlo. Ah, por fin se ha visto el día en que Ford, Tourneur y Sirk son admitidos; no se verá el día en que lo sean Dwan o King. Al menos, no lo veremos nosotros.

Escrito en 2002

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