lunes, 12 de junio de 2023

American Gigolo (Paul Schrader, 1980)

Para quien —como el que esto escribe— tanto Blue Collar como Hardcore (ambas de 1978) representaban la confirmación del talento vislumbrado en Paul Schrader a partir de guiones como The Yakuza (1974) de Sydney Pollack o Taxi Driver (1976) de Martin Scorsese, el estreno de su tercer film como director, American Gigolo (1980) supone una inquietante decepción.

No se trata de que sea horrible, muy mal hecho o detestable; tampoco, simplemente, de que empiece bien y luego se desvíe hacia un film más o menos «policiaco» que no está logrado. El mal es más de raíz, y ni siquiera —como otras características de Schrader que le hacen odioso para mucha gente— muy personal. Es, más bien, un caso particular de un vicio cada vez más frecuente en el cine de todos los países, una enfermedad que antes parecía exclusivamente europea pero que ha cruzado el Atlántico a bordo del éxito de Tirez sur le pianisteJules et Jim y algún que otro Godard y se extiende ahora como una auténtica epidemia por el cuerpo inmaduro y un tanto anémico del joven cine americano, en el que amenaza con causar auténticos estragos.

Ya Arthur Penn en Mickey One (Acosado, 1965) o Robert Altman en 3 Women (3 mujeres, 1977) o el execrable Quintet (Quinteto, 1979) habían demostrado los peligros de copiar a Fellini o Bergman —es curiosa la frecuencia con que se eligen como «modelos» precisamente a los cineastas más exclusivos, obsesivos y reconcentrados, y menos «americanos», especialmente estos dos, y también un poco Antonioni, Buñuel o Kurosawa—; cuando Bob Fosse acaba de aburrirnos con su ensalada mixta de musical, Bergman y Fellini (filón Giulietta degli spiriti, encima), nos viene ahora Paul Schrader, que parecía más sensato, y se dedica a plagiar tan fuera de lugar como descaradamente nada menos que a Bresson, concretamente Pickpocket (1959).

Cierto que este film era ya una influencia patente —aunque subterránea y bastante bien integrada— en Taxi Driver, así como en The Driver (1978) de Walter Hill (con unas gotas de Le samouraï de Melville), y que Schrader ha escrito un libro, ominosamente titulado Transcendental Style y muy poco interesante, acerca de Dreyer, Ozu y… Bresson, pero no cabía esperar de él una transcripción tan burda y paradójica de Pickpocket. Esperemos que su próximo film no sea en realidad un «remake» sonoro y hollywoodense de La Passion de Jeanne d'Arc, con unas escenas de Ordet, o una nueva versión de Banshun y Akibiyori con protagonistas masculinos, aunque en un momento en el que se empieza a plagiar incluso a Carlos Saura ya todo parece posible.

El caso es que American Gigolo tampoco es, como se pudiera pensar, un tanto precipitadamente, el Pickpocket «del pobre»; eso, por lo menos, tendría algún sentido, mientras que lo que Schrader ha perpetrado es un absoluto contrasentido; American Gigolo es un Pickpocket «de nuevo rico»: no se llega su rigor y su ascetismo por razones de economía, sino que se parte de su esqueleto dramático y moral para utilizarlo como índice para una especie de «edición de lujo» brillantemente coloreada y realzada con una espantosa, machacona y monótona música discotequera (de Giorgio Moroder), como percha de la que colgar imágenes fríamente preciosistas y relucientes, innecesarios movimientos de cámara y una especie de desfile de moda masculina que no me explico, a menos que Schrader haya leído muy por encima les Notes sur le cinématographe de Bresson y haya entendido mal el sentido de la palabra modelo que el autor de Pickpocket emplea en lugar de actor… error de interpretación que paga también el pobre Richard Gere —notable con Mulligan y Malick, y aquí convertido en un sustituto de John Travolta, al que Schrader no pudo utilizar, como había planeado, pero al que, por lo visto, no se resignó a olvidar—, aunque consiga escapar, milagrosamente, esa extraña actriz que es Lauren Hutton, pese a que hacia la mitad de la película se quede sin personaje, y dé la penosa sensación de estar tratando de nadar contra corriente… y sin agua.

Sugeriría a Robert Bresson que demande por plagio a Schrader y ruede una película con la indemnización.

En “Dirigido por” nº 77, noviembre-1980

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