miércoles, 28 de junio de 2023

El amor brujo (Carlos Saura, 1986)

Como Carmen (1983), El amor brujo empieza muy bien con un aliento dramático impresionante; lo malo es que también pierde el resuello hacia los 50 minutos y se estanca: a esa hora, todos los elementos han entrado ya en juego, y ni se renuevan ni funcionan con dinamismo suficiente, por lo que, en el mejor de los casos, aunque no ofenda, la película empieza a pesar. Por fortuna, en esta ocasión Saura no ha caído en la tentación de estirar el metraje con una historia ridícula, como la que hundía estrepitosamente la segunda parte de Carmen, pero tampoco ha sabido sacar todo el partido posible al libreto de Gregorio Martínez Sierra, claramente raquítico para una película de hora y media, y del que sería lógico profundizar y desarrollar su vertiente fantasmagórica y de amour fou a lo Peter Ibbetson y Cumbres Borrascosas (y, recordando Peppermint frappé, su lado emparentable con el Vértigo de Hitchcock).

Pese a ello, se trata, a mi entender, de la culminación de la «trilogía danzada» de Saura, de cuyos logros me inclino a considerar responsable a Antonio Gades no ya porque las restantes películas de Saura de estos últimos cinco años sean espectacularmente inferiores, sino porque todos sus hallazgos son coreográficos, y a menudo conmueven a pesar de Saura, aunque hay que reconocer que ha ido aprendiendo a filmar ballet desde Bodas de sangre (1981) hasta El amor brujo. Y es ésta la mejor no sólo por ese creciente sentido del ritmo, el movimiento y el espacio detectable en Saura, y por la mayor adecuación entre el «motivo» del ballet y las necesidades narrativas de una película de metraje normal —no olvidemos que Bodas de sangre, la más modesta y experimental de la trilogía, duraba 40 minutos, y ni con relleno llegaba a hora y diez—, sino porque en ella se repara la tremenda injusticia cometida en Carmen con Cristina Hoyos, que demuestra —como era intuible por sus miradas— que, además de una gran bailarina, puede ser una excelente actriz, y también porque —gracias a Gerardo Vera y Teo Escamilla— aquí Saura alcanza un perfecto equilibrio entre la estilización teatral y el realismo cinematográfico.

En “Cine Nuevo” nº 5 (verano-1986)

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