miércoles, 14 de junio de 2023

Fernán Gómez, el gran camaleón

Se puede recorrer la historia del cine español desde poco después de la Guerra Civil (1943) hasta hace todavía poco (2006), sin demasiadas ausencias significativas, siguiendo la filmografía de Fernando Fernán Gómez (1921-2007), tanto la muy prolífica como intérprete (210 películas) como la muy considerable y casi paralela (1954-1996) como director (30). Y no sería tampoco una historia parcial: hay de todo en sus múltiples carreras (además de actor, guionista y director de cine y de televisión, fue también autor, actor y director teatral, y escritor…), de todas las épocas, de todos los géneros y estilos, desde lo más vulgar a lo más original, extraño y exquisito. Pese a lo cual, sospecho que en el extranjero se ignora por lo general que también fue uno de los más notables cineastas españoles.

Encarnó a pícaros, desgraciados, nobles y villanos, de todas las ideologías y creencias, a creyentes y descreídos, a severos y bromistas, a vencedores y vencidos, a gente simpática y gente detestable, y todo lo hizo sorprendentemente bien, es decir, que nos lo creíamos lo mismo como un ser odioso —como el Faustino de El mundo sigue (1963)— que como un pintoresco abuelo, como un fotógrafo o un general, como un cura o un opositor, un burócrata o un cómico de la legua.

Estuvo en una buena porción del mejor cine español: desde Vida en sombras (1948), El último caballo (1950) o Esa pareja feliz (1951) a El abuelo (1998) o Tiovivo c.1950 (2004), pasando por FaustinaUn marido de ida y vueltaEl inquilino (1957), El espíritu de la colmena (1973), Pim, pam, pum… ¡fuego! (1975), Los restos del naufragio (1978), Maravillas (1981), Feroz (1984), o Mi general (1987), sin olvidar las dirigidas por él mismo, en las que a menudo también actuaba (sin la menor sombra de narcisismo). No puedo citar todas, ni siquiera otras muchas igualmente memorables o al menos significativas: son las que hoy, en este momento, me vienen primero a la memoria, no obedecen a ningún género de selección.

Tampoco faltan entre sus interpretaciones, siempre profesionalmente eficientes, películas que a mí no me dicen nada (o nada bueno) pero que otros adoran, quizá porque en su infancia les impresionaran, como Balarrasa (1951), y que en cualquier caso son igualmente parte de la historia no muy alegre del cine español.

Con todo, he de confesar que a mí Fernán Gómez me interesa, aún más que como actor, como director de cine, pese a que no fue en esta actividad tan regular como en la otra. Hay algunas películas sin duda alimentarias, y otras en las que quizá se dejase llevar por esa tendencia a la pereza que a menudo proclamaba y que su obra desmiente: no paró y a menudo, sobre todo cuando algo le importaba e interesaba de verdad, obtuvo excelentes resultados.

No son todas sus mejores películas hitos reconocidos, y varias fueron arrinconadas por la calificación ministerial, que las condenaba a no tener estreno digno, y en todo caso muy tardío (no se fíen de las fechas que suelen mencionarse, a menudo son películas hechas uno o dos años antes, o hasta cinco a veces), sobre todo, las dos mejores, El mundo sigue y El extraño viaje (1964), que tienen el raro mérito y la infrecuente virtud de ser al mismo tiempo muy amenas y aterradoras, dos esperpentos que, sin embargo, me parecen dos cumbres de realismo, por increíble que eso pueda parecer a los que no tuvieran ya una cierta edad para entonces. Sin duda, debieron ser de las películas más odiadas por los responsables de la censura y la propaganda turística.

Afortunadamente, algunas otras de sus películas más notables tuvieron vidas menos accidentadas y ruinosas para sus productores. Así tenemos, entre su curiosísimo debut, codirigiendo con Luis María Delgado, Manicomio (1954), y la final y no muy valorada Pesadilla para un rico (1996), obras como El malvado Carabel (1956), La vida por delante (1958), La vida alrededor (1959), Mambrú se fue a la guerra (1986), El viaje a ninguna parte (1986), que son hoy, con El extraño viaje y El mundo sigue, generalmente las más apreciadas.

No han tenido la misma aceptación algunas otras, quizá menos vistas, pero a mi entender enormemente interesantes y valiosas, como Sólo para hombres (1960), La venganza de Don Mendo (1962), Yo la vi primero (1974) y El mar y el tiempo (1989), películas que, dentro de su enorme variedad de temas, tonos y estilos, tienen en común ser anacrónicas e inoportunas en el momento en que se estrenaron, lo que tal vez explique que resultasen desconcertantes y no tuvieran mucho éxito.

Algunas sospecho que no sean hoy fáciles de ver, cuando quizá pudieran ser mejor comprendidas. Pienso, por ejemplo, en Sólo para hombres y Yo la vi primero, que no son lo que algunos pueden pensar a partir de sus títulos.

Esperemos que algún día aparezca una de las primeras películas que interpretó, Empezó en boda (1944) de Raffaello Matarazzo, y de la que por lo visto no hay rastro en Italia ni en España. Es ocioso subrayar que Fernán Gómez era un espléndido director de actores, tanto de los más veteranos como de los noveles. Como prueba, basta ver El mundo sigue y El extraño viaje.

En El Cultural (27 agosto, 2021)

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