Entrevista a Maurice Pialat
Tiene
cincuenta y seis años. Entre cuatro y cinco más que los componentes de la
«nouvelle vague». Es corpulento —como sus historias— y su voz sale de sus
labios con una extraña y desconcertante dulzura. Es difícil ver en este hombre
un gesto de más.
Como
en este recién estrenado Loulou, su vida se pierde en las esquinas de
las ciudades que le han servido como decorado, y en las que uno le encontraría
tratando de observar sin ser visto.
Pocas veces el entrevistador tiene la sensación de encontrarse ante un hombre que no haya asimilado ya en exceso su papel de entrevistado. No es el caso de Pialat: su voluntad de borrar en sus películas toda huella de identidad, de personalismo, se prolonga en su vida como cineasta. Parece, como el escritor Traven, que su comprensión del mundo sólo se desarrolla ante las imágenes, lo demás pertenece al secreto y a las sombras de lo cotidiano.
CASABLANCA:
¿Está preparando usted algo en este momento? Porque hemos oído que estaba
preparando La Chambre Bleue y luego otro proyecto que se llamaba María...
MAURICE
PIALAT: No, no, lo he abandonado... Bueno, no exactamente abandonado, pero
digamos que está en una fase difícil. Se trata de una novela muy bella, editada
hace tiempo en provincias, casi inencontrable..., que, después de lo que conté
de ella en Cannes, hace dos años, ha terminado por ser editada en París. Así
que todo esto va a crear una cantidad de problemas de derechos tremenda. Lucien
Gachón, el autor, ha cedido ante la editorial y ha firmado lo que se dice un
contrato «leonino». Es un verdadero robo. Yo quería que hiciéramos esa película
juntos, pero va a resultar difícil encontrar financiación para una historia
como ésa, que se desarrolla en un medio rural, que necesita estar ambientada en
su época y que además no cuenta con la participación de actores famosos. No es
un proyecto fácil de montar; de hecho, deberíamos haber empezado a rodar hace
dos años con Isabelle Huppert, pero ella prefirió rodar La Dentellière (La
encajera).
C.:
Hemos oído que quería adaptar una novela de Simenon, no sé si trataba de una
de Maigret, pero no me sorprendería ver a Maigret en una de sus películas,
porque en sus relaciones con los personajes de la calle, de la vida cotidiana,
nos recuerda bastante a los que usted filma…
M. P.: Es cierto, me gusta mucho Maigret, pero supone entrar en una de las corrientes más peligrosas del cine francés de hoy, eso es, hacer películas ambientadas en los años treinta, sin ningún afán de renovación, de dejarse llevar por el gusto de cierto tipo de recreación fácil. Pero La Chambre Bleu no era eso. La había elegido pensando que se podía transponer a la época actual, y por eso he dejado de prepararla: me he dado cuenta de que me había equivocado. El mundo de Simenon puede llegar hasta los años cincuenta o sesenta, porque lo que describe después no corresponde en absoluto a la realidad. Incluso ya en los sesenta, tiene una visión de las cosas que ya no se adapta a los tiempos. Hay una novela de Simenon, La Disparition d'Odile (1971), en la que habla de una chica que se fuga de su casa, pero su descripción de los hechos es demencial, carece por completo de lo que podríamos llamar feeling... Se nota que Simenon está «tocado» por la edad, pero me niego a creer en eso. Por ejemplo, La Chambre Bleue es una novela que él escribió a los cincuenta o sesenta años, una edad de la que estoy cada vez más cerca, pero me resulta increíble su forma de escribir las cosas como un viejo que lamenta no poder volver a tener treinta años, que mira hacia el pasado con una nostalgia y tristeza terribles, y eso es todavía más extraño tratándose de Simenon, un autor que, por el contrario, escribe siempre con una gran sobriedad y «economía de medios». Por todo ello me convencí de que yo no podría rodar esa historia, porque no tengo, y espero no tenerla en mucho tiempo, esa sensación de nostalgia al contemplar a la gente que ahora tiene treinta años.
C.:
Usted hablaba en la rueda de prensa de un guión que le habían propuesto un
poco como un encargo... Tenía la impresión de que todas sus películas habían
nacido de una idea suya, que no trabajaba por encargo...
M.
P.: Hasta ahora nunca lo he hecho, y la película de la que usted habla, Un
Sac de Billes, al final no la dirigí yo. En otra ocasión me dijeron «Léete Section
Speciale y mira a ver si te interesa hacerla.» La leí, me interesó y
entonces me dijeron que al autor del libro no le gustaban mis películas y no
quería que yo la dirigiera. Y en el caso de Le Pullover Rouge, pedí
los derechos, pero no me los vendieron. Con eso quiero decir que siempre me he
interesado personalmente por mis proyectos, siempre he buscado personalmente
las ideas para mis películas, menos en el caso de Un Sac de Billes. En el
caso de L 'Intérimaire, seguramente mi próxima película, leí el
libro y pensé que me gustaría rodarlo con Isabelle Huppert, por lo que tampoco
es un encargo. De todas formas, volviendo a La Chambre Bleue, sí se
podría decir que es un poco un encargo que me he hecho a mí mismo. La veía
desde el punto de vista del productor, al igual que lo que me ocurrió con Loulou,
sobre todo al principio; cuando le encargué a Arlette Langman que escribiera el
guión, lo hice más como productor que como director, aunque luego esa actitud
desapareció por completo.
C.:
De haber rodado Section Speciale, esta película habría sido
una especie de agujero en su filmografía.
M.
P.: Si, sería un agujero. Pero trata de una época que me interesa mucho y toca
cosas que me interesan mucho, como todo lo relacionado con el terrorismo y que,
en mi opinión, Costa Gavras ha rodado muy mal —al igual que el resto de la
película—. La escena del atentado en el metro, no sé si la recuerdan, podía
haber sido muy curiosa. Se remitía a una época en que prácticamente no había
terrorismo en Francia, y se trataba de un francés que mataba a un alemán. Ahora
en Francia el terrorismo está muy presente, pero los franceses, al igual que en
muchas otras cosas, son simples espectadores, no lo ejercen. El problema que
plantea el terrorismo es muy complejo.
C.:
Se diría entonces que si usted no rueda más no es porque le falten temas,
sino por problemas económicos.
M.
P.: Sí, por supuesto. Creo, y tengo la sensación de que esto le ocurre a muchos
directores, que cuando se rueda hacen falta cada vez más medios, hacer cine
cuesta mucho dinero, o si no, se hacen las películas que ha enviado Francia
este año al Festival de Cannes. Y pienso que está muy bien rodar así, con pocos
medios, pero es otra cosa, es cine documental, de reportaje... Puede que sea
una forma superior de cine, pero no lo creo. Y en el cine de ficción es
necesario reconstruir muchas cosas, y eso cuesta mucho dinero.
C.:
En realidad, en el comienzo de su carrera estaba usted más cercano al cine de
Rouch, al documental, que al cine de ficción. Sus cortometrajes y documentales
en el extranjero…
M.
P.: Tampoco hice muchos, y escogí eso porque era la única posibilidad que tenía
de rodar. Además, eran unos cortos muy baratos...
C.:
¿Estaban producidos por la televisión?
M.
P.: No. Hice una serie en Turquía, pero no sé dónde habrá ido a parar. Luego
rodé algunas cosas en Arabia Saudí. Eso es todo. Y también una serie de
cortometrajes que distribuía el Ministerio de Asuntos Exteriores en el
extranjero. Y esos fueron mis primeros años en el cine.
C.:
Antes se dedicaba a la pintura.
M.
P.: Sí, pero cuando empecé a rodar llevaba diez años sin pintar.
C.:
Cuando no está rodando o preparando una película, ¿a qué se dedica?
¿Hace publicidad?
M.
P.: Sí, pero muy poca.
C.:
¿No piensa volver a pintar?
M.
P.: No, no sé..., es muy difícil.
C.:
¿Qué tipo de pintura hacía?
M.
P.: Al final de la guerra, la evolución enorme que había experimentado la
pintura en los últimos años se detuvo. Los pintores que se movían en mi mismo
ambiente iban todos en la misma dirección, seguían una línea muy cercana a
Matisse. Puede que ésa fuera también mi línea, pero me quedé en los primeros
balbuceos, acababa de «aprender a pintar» y a exponer cuando lo dejé. Francia
hoy ya no es el centro de la pintura del mundo, pero todavía hay pintores
interesantes, por lo menos para mí. De todas formas, no tengo demasiados
remordimientos porque creo que la pintura está todavía peor que el cine.
C.:
Cuando usted hizo L'Enfance nue, en 1968, parecía una especie
de respuesta a películas como Los 400 golpes, de Truffaut.
M.
P.: No pensaba en ello cuando la hice.
C.:
Quiero decir, parecía como si quisiera, en cierta forma, desenmascarar la
película de Truffaut.
M.
P.: No, posiblemente haya sido Truffaut el que lo ha dicho, pero las dos
películas no tienen nada que ver. Además, Los 400 golpes es un film
autobiográfico, y L'Enfance nue, no. Y no quiero decir que la mía sea
mejor, porque es una primera película llena de defectos, y quizá el mayor de
ellos deriva del hecho de que era un film de cuatro horas de duración, que
reduje hasta una hora veinticinco minutos, pensando que le estaba haciendo un
favor al distribuidor. Tiré todo el material que sobraba y estoy seguro de que
si lo pudiera volver a montar, el film no tendría nada que ver con lo que es
ahora. Pero, en fin, ya está hecho. Pero L'Enfance nue era totalmente
imaginario y parecía autobiográfico, y Los 400 golpes... no sé
qué es lo que parece...
C.:
La que sí se piensa que es totalmente autobiográfica es No
envejeceremos juntos.
M.
P.: Ah, sí, es completamente autobiográfica; diría más, es una película de
loco, de chiflado... Si la hubiera podido rodar como yo quería... Tiene algo
que ver con la obsesión de volver atrás en el tiempo, es como si alguien hubiera
encontrado la máquina del tiempo y se hubiera podido desdoblar y verse a sí
mismo en el pasado...
Es
una película destruida por una mujer; como siempre, las mujeres destruyen... No
todo, pero sí destruyen muchas cosas. Y si no destruyen, obligan a destruir, y
es aún peor, porque entonces destruyes la obra, nunca a la mujer. Y si se
destruye la obra se pierde a la mujer. Hay que elegir entre la obra y la mujer,
pero tampoco se puede, porque no se puede conservar a la mujer. Cuando se
destruye algo por ella, quiere decir que ya está perdida. Hay que intentar
entonces conservar la obra... Y no es mucho, en realidad sólo un juguete, pero
es siempre mejor conservar por lo menos el juguete, porque si no ya no queda
nada.
C.:
No sé qué ha ocurrido exactamente con la película. No sé si ha sufrido
cortes o si es cierta la historia que he oído de que hubo un enfrentamiento o
un malentendido con Jean Yanne durante el rodaje.
M.
P.: Bueno, Jean Yanne... Lo que ocurrió durante el rodaje de la película no fue
en absoluto un problema artístico, nada relacionado con la película en sí...
Era un conflicto no sólo con Yanne, sino también con mi socio, Jean-Pierre
Rassam, en el plano de la producción. Yanne no tuvo nada que ver con el
problema.
C.:
Había oído que a Yanne no le gustaba su personaje...
M.
P.: No, eso es lo que ha dicho él, pero miente. O, a lo mejor, simplemente le
daba igual.
C.:
Entonces, la película tuvo problemas de rodaje, pero no en el montaje.
M.
P.: No, aunque tuve que suspender el montaje, porque tuve una pelea, me pegué
con Rassam. Entonces todo lo que habíamos rodado en el sur de Francia se
eliminó, quedaron sólo unos cuantos planos, parecía más bien un spot
publicitario...
C.:
Eso parece ser una constante en sus películas.
M.
P.: Sí, porque la gente es imposible. Le aseguro que no soy yo, es la gente.
Son unos cerdos, porque se comprometen a hacer una película y luego no quieren
que esa película exista. Sí, se podría decir que escojo mal a mis socios...
C.:
Pero puede que eso resulte beneficioso, y esa sequedad, esa sobriedad
que hay en sus películas...
M.
P.: Sí, es posible que eso revierta a mi favor, porque hay una parte del
montaje, por ejemplo todo lo que se rodó en el sur de Francia, que puede que
parezca un anuncio, pero en realidad se suministra toda la información
necesaria. Y puede que con eso sea suficiente, pero desde luego no es lo que yo
quería. Además, los problemas que surgen durante el rodaje no suelen ser buenos
para la película. En el caso de No envejeceremos juntos puede que
haya una recuperación a mi favor, por esa sequedad que he conseguido en la
película y que, de haber tenido las manos libres, habría hecho posiblemente
algo más genial y armonioso, y desde luego no pude. Esas preocupaciones
sórdidas por la producción, si quiere, me obligaban a pensar en otras cosas y
no podía controlarlo todo. Yanne hizo entonces lo que le daba la gana, creyendo
que me iba a fastidiar, pero en realidad estaba sirviendo mis intereses, porque
esa forma de interpretar tan distanciada era, al final, la única correcta, la
mejor opción. Le daba mucha fuerza al personaje y más consistencia a los
diálogos.
C.:
En la mayoría de sus películas he notado una especie de pasión y compromiso
con sus personajes a nivel de guión, y una distanciación a nivel de filmación.
Y la tensión que se produce entre los dos extremos es muy interesante, en mi
opinión. Se diría que está usted muy cerca de sus personajes, pero no quiere
defenderlos ni justificarlos ni ponerse demasiado de su parte. ¿Lo hace de
forma consciente o inconsciente?
M.
P.: Sí, las dos cosas... No soy enteramente consciente, pero intento sacar
provecho de la situación. Después de todos los incidentes, muy serios, en el
rodaje de No envejeceremos juntos, al final de la película hicimos una
fiesta con todo el equipo; es la única vez que se ha hecho algo parecido en uno
de mis rodajes. Yanne y yo nos emborrachamos y entonces le dije: «A pesar de
todo, al final te he ganado.» Y es cierto. De hecho, yo creía en él, pero él en
mí no. En los últimos diez años, y me parece bastante sucio por su parte, ha
estado declarando que en todas las escenas estaba leyendo el texto, que no se
molestaba en aprenderse los diálogos. Y es cierto. Pero lo que no ha dicho,
porque miente constantemente, es que yo le dije que lo hiciera. No podía
aprenderse los diálogos y, como había que rodar escenas muy largas, ¿qué se podía
hacer? Entonces le dije: «Vamos a poner unas hojas fuera de campo y lo vas leyendo.»
Y todos tranquilos. Hay planos en los que se ve claramente que está leyendo.
Cuando, por ejemplo, está en el coche con Marlene Jobert se le ve desviar la
mirada diecisiete veces para leer. Pero ¿qué más da? Nadie se da cuenta.
Además, hay una cosa que me interesaba de Jean Yanne, y es que, como todos los
actores, es muy vanidoso. Él quería que la película fuera una mierda, lo estaba
repitiendo continuamente, decía que no iba a ir a verla nadie, pero lo que
desde luego no quería es que nadie pudiera decir que Yanne trabajaba mal. Si
hubiera querido hacerle daño a la película no tendría que haber leído el texto,
sino, simplemente, tendría que haber actuado mal. Pero eso debe de ser muy
difícil para un buen actor. Y prueba de ello es que le dieron un premio de
interpretación que él rechazó, pero hizo de todo, con tal de obtenerlo, no
tanto porque eso confirmara sus dotes de actor, sino porque le servía de
publicidad para su película que se estrenaba entonces. Y después de eso no se
volvió a hablar de él, por eso ha tenido que hacer declaraciones conflictivas
para salir en los periódicos. Es como la gente que rechaza un premio Nobel o un
homenaje. Resulta siempre muy confuso porque lo hacen después. Me
avisaron de que me iban a proponer para un premio en Francia en tres ocasiones.
Yo dije que no antes. Les expliqué amablemente que no creía en ese tipo
de cosas y que no iba a aceptarlo, pero podría no haber dicho nada y luego rechazar
el premio. Y eso son siempre unos cuantos artículos en la prensa. Ya sé que
hago mal mi trabajo, debería hacerme más publicidad. Pero nunca se sabe, espero
llegar a ser famoso en la tercera edad. Además, me apetece mucho intervenir
como actor en mi próxima película, L'Intérimaire, pero le voy a ceder el
papel protagonista a Jean Poiret, si él quiere y está libre, porque lo hará
seguramente mucho mejor que yo. De todas formas, me gustaría tener un papel
importante en la película, porque cuando uno actúa se hace famoso.
C.:
¿Entonces, ése es su próximo proyecto?
M.
P.: Sí. Está sacado de una novela que me ha gustado mucho. Puede que no
sea muy fácil adaptarla, pero si consigo hacerla será una película sofisticada,
distinta de mis otras películas, tendrá mucho trabajo de dirección.
C.:
¡Pero en todas sus películas hay un gran trabajo de dirección! La
primera vez que vi Loulou me pareció muy hermosa, me gustó mucho,
pero estaba cautivado por la relación de los personajes, la violencia de las
escenas. La segunda vez me di cuenta de que toda la película estaba muy cuidada
desde el lado de la dirección, cada plano estaba perfectamente estudiado, se
jugaba con los colores y los pequeños detalles, cosas que en la primera visión
no se notaban en absoluto. Y como la mayoría del público sólo ve las películas
una vez, no se da cuenta del trabajo de dirección que hay en ellas.
M.
P.: Es como lo que se oye a veces decir de que en Buñuel no hay dirección…, y
lo único que ocurre es que es tan buena que no se nota.
C.:
Ese trabajo de dirección se nota quizá más en la serie de televisión La
Maison des bois...
M.
P.: Si lo dice por la cantidad de zooms que hay en ella, es un error. La
mayoría de ellos no tienen ningún sentido. Como yo actuaba, además de dirigir,
y rodábamos muy deprisa, no podía controlar al operador y explicarle lo que
tenía que hacer.
C.:
Hablemos de Passe ton Bac d'abord. Lo que sorprende es su
forma de acercarse a las historias de los jóvenes, con esa sensación de no
perder el rumbo, de mantener un contacto constante con la realidad.
M.
P.: Bueno, sólo por momentos...
C.:
¿Cómo escribió el guión de Passe ton Bac d'abord?
M.
P.: En realidad era un guión que había interrumpido y que se titulaba Les
filles du faubourg. De repente me volvió a interesar el tema y
estuve entrevistando durante mucho tiempo a dos jóvenes. La historia que
escribí nació de estas conversaciones y decidí rodarla en el pueblo de esos dos
jóvenes, Lance, porque cuando intenté utilizar a actores profesionales para los
papeles protagonistas me di cuenta de que eran incapaces de rodar ese guión, y
fui eliminando sus apariciones y utilizando exclusivamente a actores no
profesionales, los chicos del pueblo. Ese error de casting inicial nos
supuso una enorme pérdida de tiempo, enorme en relación con lo que era el
presupuesto de la película. De hecho, teníamos tan poco dinero que al terminar
el primer rodaje sólo había una hora de película. Tres meses después encontré
una pequeña cantidad de dinero para rodar media hora más y, cuando estábamos
listos para empezar, los actores principales ya no estaban, no pudimos
encontrarlos. Y justo entonces la película podría haber empezado a estar muy
bien, pero se nos acabó el dinero y no pudimos seguir. Passe ton Bac d'abord
podría haber estado muy bien si hubiéramos podido llegar a encontrarnos a gusto
con el grupo de jóvenes, habría sido necesario rodar mucho tiempo con ellos y
utilizar sólo lo que valía. Ocurría una cosa muy curiosa, y es que cada día, al
ver una toma, me daba cuenta de que veía al día siguiente lo que había rodado
el día anterior. Me explico: al reunimos con los actores nos contaban lo que
habían hecho la noche anterior, y yo ya lo había rodado por la tarde, pero lo
que había rodado estaba mucho peor de lo que ellos habían vivido por la noche.
Entonces habría sido necesario rodar lo que habían vivido y poco a poco
habríamos conseguido algo muy bueno. Además, los jóvenes pertenecían a la clase
baja, por lo que eran menos desconfiados, estaban más dispuestos a entregarse,
pero si no te conocen no se abren tan fácilmente...
C.:
Passe ton Bac... es, posiblemente, su película más documental, más
antropológica, quizá más que L'Enfance nue.
M.
P.: Pero hay de todo. Algunas escenas resultan muy construidas, artificiales, y
no están bien.
C.:
¿Y comercialmente funcionó?
M.
P.: Sí, sí, tratándose de una película tan pequeña ha sido una verdadera
sorpresa. Lo que le ha hecho daño es que técnicamente estaba muy mal. En
realidad eso fue un poco porque no nos esperábamos nada de ella. Pero la
película no iba nada mal, había incluso pequeñas colas delante de los cines en
París, pero la gente se salía de la sala diciendo que aquello estaba muy mal, que
no se podía ver, que no se oía nada... Y yo creo que en París la
película no funcionó demasiado por eso. Mientras que en provincias, contrariamente
a lo que suele ocurrir, el público se interesó mucho por ella. De hecho, la
llegaron a ver 400.000 espectadores sólo en Francia, más o menos la mitad que
para Loulou. Pero los problemas técnicos y, sobre todo, el sonido
impidieron que tuviera más éxito.
C.:
¿Era un problema del sonido directo?
M.
P.: Sí; no pudimos doblar. Además, el sonido directo siempre tiene un problema,
sobre todo si se rueda en plano secuencia, y es que no te puedes acercar
suficientemente a los actores. De hecho, los técnicos de sonido eran muy
buenos, pero existía además el problema del acento. En el Norte, la gente habla
sin vocalizar, se come la mitad de las palabras..., pero si empiezas a
interrumpir para corregirlos, en cuanto oyen la palabra «corten», enseguida
piensan que lo están haciendo mal, que no son capaces de hacerlo y empiezan a
tener miedo y ya no hay nada que hacer. Puedes intentar decirles: «Oye, no se
puede hacer así porque no se te oye, escucha tú mismo la grabación...», pero
entonces empiezan a preocuparse sólo por la técnica. En algunos momentos
intenté hacerlo para ver si lo podíamos mejorar un poco, hablaba con ellos de
una forma absolutamente didáctica, explicándoles cómo se habla, cómo hay que
moverse en escena, cómo hay que quedarse escondido detrás de los otros. Y ese
tipo de explicaciones les interesaban mucho, porque los jóvenes en general se
interesan mucho por el cine, especialmente por sus aspectos técnicos y, de
hecho, sirvió para algo, pero lo de la dicción era imposible de mejorar.
Tendríamos que haber doblado algunas frases, de haber tenido tiempo, pero aun
así el doblaje con actores no profesionales es un trabajo durísimo. Alguien
como Depardieu es capaz de doblar en una sola tarde una parte importante de la
película, como ha ocurrido con Loulou, pero los no profesionales...
Ahora me doy cuenta que para rodar con sonido directo y conseguir una calidad similar
a la de las películas dobladas, hay que realizar un trabajo muy importante
después del rodaje, porque en realidad en el cine el sonido es lo que menos ha
evolucionado... O si no, deberíamos tener tiempo para hacerlo como los
americanos, que después de cada toma escuchan la cinta grabada y pueden
corregir inmediatamente lo que está mal. Y, en realidad, esto es algo que me ha
empezado a preocupar hace poco, porque antes pensaba que si no se podía oír
todo con claridad daba un poco igual, porque tampoco en la vida lo oímos
siempre todo, pero no es cierto, el público no soporta no oír.
C.:
En Loulou usted ha utilizado mucho la cámara en mano...
M.
P.: He utilizado mucho la cámara en mano para rodar más deprisa; si hubiéramos
tenido más tiempo no lo habría hecho.
C.:
¿Pero era consciente de sus efectos como, por ejemplo, cierto «baile»
del encuadre?
M.
P.: En el cine, estoy en contra de todo lo que se nota. El público está
cada vez más enterado de los aspectos técnicos del cine, pero generalmente no
sabe exactamente lo que ocurre, nota algo que estorba la visión de la película.
Antes me gustaban mucho los directores que realizaban una puesta en escena muy
evidente, de hecho, a veces se consiguen cosas muy bonitas, como en el caso de Hitchcock,
pero no todo el mundo es Hitchcock, y en la mayoría de los casos resulta
penoso. Entiendo que hacerlo puede ser una tentación muy fuerte, pero para que
esté bien —vuelvo a insistir sobre lo que parece una obsesión— hace falta
dinero.
C.:
¿Cómo es usted como espectador? ¿Va mucho al cine?
M.
P.: Me gustan todas las películas, incluso las mediocres, con tal de que no
sean pretenciosas. Y pretencioso quiere decir, volviendo al discurso de antes
sobre la dirección..., bueno..., Hitchcock no es pretencioso. Excluyendo las
películas pretenciosas, me gustan todas. Ha habido una temporada en que iba muy
poco al cine, pero ahora he vuelto a hacerlo.
C.:
¿Cómo ve el cine americano de hoy?
M.
P.: Creo que hay películas muy buenas... Pero Spielberg, por ejemplo, no me
gusta...
C.:
¿Scorsese?
M.
P.: Puedo hablar de él. Vi Mean Streets (Malas calles) y me
decepcionó tanto que me salí del cine. Lo mismo me ocurrió con Deer Hunter
(El cazador), de Cimino, me marché tres cuartos de hora antes del final,
y eso que la boda, la fiesta polaca, estaba muy bien. Taxi Driver no
estaba mal, pero hay cierto tipo de detalles que no entiendo... No entiendo
cómo se puede rodar un taxi montado en una plataforma, como hacen en muchos
planos... Y en cuanto a Francia, es muy deprimente, porque no hay ninguna
posibilidad de progresar debido a la falta de medios. Yo decía hace algunos
años, y lo puedo seguir diciendo, aunque el caso de L'Intérimaire sea
distinto, porque es como si fuera un poco un encargo, decía que si quieres
tratar un tema o una idea un poco personal, estás condenado a volver a hacer
continuamente tu primera película. Tienes que volver a demostrar, con cada
nuevo proyecto, que tienes capacidad para rodar y eso ciñéndose a un
presupuesto bajo. Sólo el cine americano permite rodar con presupuestos muy
altos, porque en Estados Unidos tienes garantizada la distribución mundial de
tu película, pero en Francia no ocurre así y a menudo un director joven
consigue más dinero para rodar su primera película que no alguien que lleva
años trabajando.
Entrevista
realizada por Miguel Marías y Felipe Vega. Publicada en el nº 18 de Casablanca
(junio de 1982)
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