viernes, 7 de agosto de 2026

Westward the Women (Wiliam A. Wellman, 1951)

"¡Qué grande es el cine!" (19/07/1999)



***
Aunque en la larga carrera de Wellman abundan las películas sumamente extrañas, Caravana de mujeres es una de las que, sin serlo en apariencia, más raras resultan a medida que se contemplan e incluso una vez acabadas. Que semejante afirmación pueda aplicarse incluso a una muestra relativamente distinguida, y producida por una compañía normalmente tan convencional como MGM, de un género tan poco infrecuente en el cine americano de los años cincuenta como el western y, para colmo, siga en pie a los 48 de su realización tiene no poco mérito, y sería ya razón suficiente para ocuparse de ella. Sin embargo, no queda ahí la cosa.

Tampoco cifro su interés en la relativa actualidad que, paradójicamente, conserva hoy día ésta ya vieja película que, para colmo, podríamos calificar de "histórica", pues en su momento reflejaba un hecho excepcional acaecido un siglo antes, pues es obvio no sólo que un pase anterior de Westward the Women dio a los habitantes del pueblo español de Plan la idea de llevar hasta ese remoto lugar una "caravana de mujeres", como forma de combatir la despoblación, sino que está en cartel una reciente y muy notable película española, merecido premio de la Semana de la Crítica de Cannes, Flores de otro mundo, la segunda larga que realiza la actriz Icíar Bollaín, y que trata más o menos de lo mismo, aunque todo sea ahora más fácil y, sobre todo, mucho más cómodo e infinitamente menos arriesgado.

Como el mejor western -si no la mejor película, sin distinción de géneros- de Wellman, Cielo amarillo (Yellow Sky, 1948), Caravana de mujeres hace pensar, por su seco realismo, en Erich von Stroheim, sobre todo en ese extraño western mudo que siempre se olvida al hacer recuento del género, Greed (Avaricia, 1924), pero con un sobrio aliento épico que está más cerca de Walsh o Allan Dwan que de John Ford.

Repito que en un director tan personal y cambiante como William A. Wellman no debe sorprender que sus películas sean "atípicas", pues las mejores lo son siempre: incluso cuando se inscriben sin ningún tipo de problemas en un género tan manido como el western, Wellman se las apaña para que el resultado resulte inesperado. Lo son The Ox-Bow Incident (1943), Buffalo Bill (1944) o Across the Wide Missouri (1951), y por supuesto Cielo amarillo, con la que Westward the Women (Caravana de mujeres, 1951) comparte varios de los rasgos aparentemente contradictorios que concilia en ellas sin aparente dificultad: por citar sólo los más evidentes, la capacidad de abstracción y el realismo, el sentido épico y la sequedad.

Ahora bien, no es su exotismo dentro el género, ni fuera de él, lo más valioso de Caravana de mujeres; y no se piense que su interés reside en el hecho, desde luego excepcional en el western, de que esté mayoritaria y hasta crecientemente -a medida que avanza- protagonizado por mujeres.

Aviso del carácter "extraordinario" de la película, más que nada, porque a quienes no les gusta el cine del Oeste les parece que todos los westerns son iguales, lo mismo que buena parte de los hombres parecen reprocharle lo mismo a las mujeres -y viceversa- y los occidentales no distingamos a los japoneses de los chinos o de los coreanos -hasta que hemos visto los suficientes y nos hemos fijado en ellos con un poco de atención- o los blancos encontremos muy parecidos entre sí a los negros, a veces con tan trágicas consecuencias como las que narra Clint Eastwood en su última película. A los que nos gusta el género no nos hacen falta las excepciones, aunque tampoco nos molesten, porque demuestran su riqueza y variedad.

Además, en muchos aspectos, Caravana de mujeres es un western perfectamente clásico, fiel a los arquetipos de su variante itinerante, ilustrada a la perfección, y sin repetirse en absoluto, por obras como Río Rojo (1947) de Hawks, Wagon Master (1950) de Ford o Tierras lejanas (1954) de Anthony Mann. Que la mayoría de sus personajes sean mujeres -los pocos hombres van desapareciendo, y los que quedan se revelan distintos de lo que parecían a primera vista o evolucionan- no es lo importante, sino que estas protagonistas inhabituales sean interesantes y auténticas, y que demuestren ser tan resistentes y valerosas como pueda serlo cualquier hombre sin necesidad de que resulten atractivas ni de que se masculinicen.

Se tiene a Wellman, Ford, Capra, McCarey y los cineastas de su generación, como corresponde a la fecha en que nacieron y a la ya avanzada edad que tenían cuando rodaron muchas de sus obras de madurez, por carcamales reaccionarios; parecen haber sido muy anticomunistas en los años 50 -no tanto en los años de la Gran Depresión, cuando eran más jóvenes-, y sus oponentes de entonces no han vacilado en crearles una mala reputación de la que es difícil librarles. Yo me permitiría invitar a los espectadores, simplemente, a observar cómo esta película -con argumento de Frank Capra y guión de Charles Schnee- trata a las mujeres -sin ser, por supuesto, "feminista", ni nada remotamente parecido- y, a sólo 6 años del fin de la II Guerra Mundial, a un japonés bajito que es el segundo protagonista masculino. Que entre las mujeres haya irlandesas, francesas o italianas nada tiene de extraordinario: de sitios como esos procedían las "americanas" de 1850, y las madres de los que hacían estas películas, si no ellos mismos -caso de Capra-, un siglo más tarde.

Muy buenas las entrevistas de John McIntire (con los comentarios mudos de Robert Taylor) a las candidatas a ir a Whitman's Valley, California, para casarse.

Muy bueno el nada eufemístico discurso de Robert Taylor: "Una de cada tres morirá" (llevan 50 de más).

Muy buenas las dos (Magggie y Jean) que, además de saber montar y guiar un carro tirado por mulas, demuestran disparar con puntería. Es quizá la primera victoria de las mujeres en el terreno de los hombres, y lo primero que mina el escepticismo o la condescendencia muy masculina de "Buck Wyatt".

Sorprendente dureza con la que Buck cumple sus amenazas: mata al violador de "Laurie Smith", y "Maggie" al que iba a dispararle a traición.

"Sid" se queda, en vista de que la embarazada "Rose" (a la que quiere, a pesar de eso, que sabe ya por "Patience") se queda.

Casi todos los hombres se van -y ocho mujeres se fugan con ellos-; R.T. dice que siguen, pero que tendrán que aprender a disparar y hacer por sí mismas lo que ayudaban a hacer los hombres.

No omite la dificultad, la complicación, el peligro y sus consecuencias trágicas: la que muere al desengancharse el cable con el que, con gran esfuerzo, sostienen a las carretas para que no caigan en el descenso.

Tremenda tormenta.

Hasta "Laurie" muere.

R.T. les hace despojarse de todos los objetos queridos no imprescindibles, para aligerar el peso de las carretas y que no se hundan. Y han de ir a pie.

Muy bien toda la escena del parto de "Rose". La viuda Moroni, enloquecida desde la muerte de su hijo de 9 años, vuelve a hablar, cantando al recién nacido.

Carrera hacia el agua, cuando ya se divisa el valle, al que no vuelve Whitman. Se niegan a ir al pueblo sin adecentarse, y mandan a "Buck" por ropa.

Recepción de R.T., que les hace refrenar su impaciencia.

Maravillosa la imagen de todos los hombres en hilera, en silencio, esperando la llegada de las mujeres, respetuosos e ilusionados. Entran muy peripuestas y arregladas, muy "femeninas", en las carretas.

Y sacan las fotos que ya en el Este eligieron, y van a elegir ellas a los hombres.

R.T., medio escondido, pendiente de Denise Darcel, que le busca a él con la mirada, sola, aparte, en silencio. Mientras, se descubre que la genovesa Moroni eligió -con buen ojo- la foto de un italiano: un milanés.

Uno saca a bailar a "Rose", y para ello toma en sus brazos al bebé, aceptando a ambos. Sin palabras ni subrayados.

El japonés "Ito Kentaro" anima a Denise Darcel: "No time to be bashful!"; RT: "I shaved!". Se suman a la cola de bodas.

Texto preparatorio para la intervención en ¡Qué grande es el cine! (19 de julio de 1999)

No hay comentarios:

Publicar un comentario