A partir de un relato de W. R. Burnett, Walsh rodó un film negro rural (El último refugio), en 1941 y, ocho años después, un western trágico de descampado.
Rescatado del penal de Missouri por un ex detective que quiere que dirija un atraco, Wes McQueen (Joel McCrea) se deja embarcar, guiado por la desilusión -su novia yace bajo una fría lápida- y la gratitud a un agonizante bandolero que fue como un padre para él y que necesita dar el último golpe antes de retirarse a morir en paz, en una aventura mal organizada y con cómplices poco de fiar. Entretanto, se ha dejado tentar por Julie Ann (Dorothy Malone), codiciosa hija de un sudista derrotado, desterrado y soñador, que pronto se revela indigna de las esperanzas que ha puesto en ella. El itinerario de Wes le lleva al Cañón de la Muerte, al pueblo fantasma de Todos los Santos y a la Ciudad de la Luna, necrópolis india en la que “sólo viven serpientes y lagartos”. Allí, una vez que los errores y la traición de sus colaboradores les han dejado solos, aprenderá Wes a apreciar a Colorado Carson (Virginia Mayo), rubia mestiza de dudosa reputación, evidentes encantos e innata nobleza. Cuando ya es demasiado tarde, Wes y Colorado sueñan de nuevo, se enamoran, creen poder alcanzar la libertad, al otro lado de la inminente frontera. Sólo las montañas les separan de Méjico. Pero están cercados, malheridos y son demasiado lúcidos para engañarse hasta el último momento. Colorado: “Ahora sí que podemos escaparnos.” Wes: “Sí; estoy seguro. No tenemos más que cruzar esas montañas…” Colorado: “¿Qué pasa, Wes?” Wes: “Que somos un par de imbéciles soñando en una ciudad muerta en medio del desierto algo que no ocurrirá”.
En Casablanca nº 2 (febrero de 1981)
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