miércoles, 12 de agosto de 2026

No somos ni Romeo ni Julieta (Alfonso Paso, 1969)

Y aquí tenemos la "opera prima" del prolífico Alfonso Paso: No somos ni Romeo ni Julieta. El candidato número uno a un posible Premio Nacional de Maternidad Teatral viene en ayuda de nuestro tan injustamente vilipendiado cine. El avispado Eduardo Manzanos, productor temerario y experimentalista si los hay, fue el mecenas de esta arriesgada empresa. El inevitable J. L. López Vázquez —que reiteradamente reincide, pese a Peppermint frappé—, el "comprometido" Emilio G. Caba, uno de nuestros "angry young men" más destacado y ejemplares, y otras joyas de nuestras gloriosas huestes interpretativas, han respaldado, con su áurea presencia, esta auténtica obra "de autor", en la que Paso, no contento con escribir el argumento, el guión y los diálogos, ha asumido la dirección y, para colmo, aparece fugazmente "a lo Hitchcock".

El resultado es, a pesar de nuestros temores, imprevisible: una de las obras más alucinantes y decrépitas que se han dado en toda la historia del cine español, pese a los muchos alardes de "modernidad" que Paso nos hace padecer: pseudopoéticos flous, escenas musicales con montaje sublesteriano, virados, colorines chillones, minifaldas y diálogos que citan constantemente las "estructuras", Servan-Schreiber, el "La, la, la" y otras lindezas de actualidad.

Es curioso que se haya estrenado esto en Madrid el mismo día que Ditirambo, y cuando se anunciaba Nocturno 29, obras que representan una cierta renovación dentro de nuestro cine.

No se crea, sin embargo, que No somos ni Romeo ni Julieta es una vulgar comedia, ni tan sólo una comedia, no. Se trata de un film con mensaje, profundo y original. Toda una lección de amor al prójimo, de fraternidad, de siglos y siglos de paz. La base de este objeto la forma la lucha de dos jóvenes por casarse. Estos dos jovencitos son los "ideales de pureza" que Paso presenta como ejemplares, y consisten en que el Romeo de turno no sepa pronunciar la "p" —lo que, sin duda, evita que diga algunos tacos— y en que la Julieta, a sus diecisiete añitos, no sepa aún, ni pueda comprender, cómo vienen los niños al mundo, ni qué hay que hacer para que vengan (ignorancia compartida, claro está, por su inteligente galán). Y así vemos cómo Paso nos enseña que lo bueno es el matrimonio, pero sin saber nada, sin sexo y otras "desagradables anormalidades". Y para hacernos comprender este sutil y revolucionario mensaje, Paso nos repite, con la machaconería de una apisonadora, que "tiene que haber Romeos y Julietas", ya que estamos "haciendo de cada barrio una guerra civil y de cada casa una insurrección". A la altura de este objetivo, el film tiene unas pretensiones perceptibles desde su cósmico inicio, en que una voz en off nos da la noticia de que "Dios creó el mundo en seis días...", mientras el magma se hace vida y el caos se hace orden en muy poéticos desenfoques, virados y contraluces que sólo abandonaremos para caer en el barullo, la chabacanería y la más ridícula cursilería, hasta tales extremos que, al lado de No somos..., Seducida y abandonada es tan elegante como Senso y esa West Side Story que tanto plagia Paso (en peor, claro está; así que resulta muy diferente) tan sobria como cualquier Bresson.

La acción no transcurre, claro está, en la Verona renacentista de Shakespeare, sino en una barriada de las afueras de Madrid, donde, según Paso, no hay más que ladrones, quinquis, chulitos madrileños, prostitutas, alquila-niños, camareros y conductores de autobús. "Yo soy de pensamiento socialista", declaraba —junto a otros desatinos, en especial sobre Alain Resnais— hace poco Alfonso Paso a Fotogramas, y aquí nos lo "demuestra" complaciéndose a la vez en el mayor clasismo y en la mayor demagogia (la pelea del camarero-padre-de-tonto con un burgués televisivo).

Pero lo más grotesco viene cuando leo en un ejemplar de El Alcázar (que casualmente cayó en mis manos) un articulito de Paso, en una sección (por lo visto) fija que tiene a su cargo ("Digo yo que...") y que preside un gato tan antipático como el de Exclusivas Floralva que abre la película. Bajo el título "Mil gracias", Paso se las da a sus hermanos de sangre, aquellos críticos madrileños de periódicos que, "con un absoluto entendimiento de lo que quise hacer y lo que hice", han conseguido ver en este film "capacidad y tino con un lenguaje cinematográfico personalísimo", virtudes a las que Paso añade, de su propia cosecha y con gran modestia, "una estimable dirección de actores, una coherencia narrativa notable y un entendimiento de los recursos del cine centímetros más allá de lo que podría exigirse a un principiante". La dirección de actores es tan siniestra o más que en cualquier horrenda película española, y en esto Paso no va a la zaga de nadie. La coherencia narrativa se reduce a pegar con poca fortuna, y una tras otra, reiterativas viñetas, tópicas y saineteras, muchas veces en montaje paralelo, y que constituyen, a lo sumo, dispersos y fragmentarios "chistecitos" dignos del peor Summers. En cuanto al entendimiento de los recursos del cine, y sin tener en cuenta lo que nos han dado algunos principiantes como Eisenstein, Godard, Delvaux y otros muchos (sería injusto pedirle lo que a directores con talento), me parece que el de Paso se sitúa bastantes millones de kilómetros más de lo que podría exigirse a una "opera prima" razonable, pues pocas veces habremos tenido que soportar una planificación tan absurda, desordenada y subrayona (como la inenarrable pelea callejera con seis u ocho insertos de gallinas), unos diálogos tan toscos y abundantes, un argumento tan reaccionariamente cursi, un guión de tan ínfima calidad, una música tan mala y tan pesadamente utilizada, unos colorines tan dañinos a la vista, una falta de sentido del ritmo y del ridículo como los que manifiesta Paso, y unos actores tan insoportables como los que aparecen en este horror que hay que llamar película. Porque la "película" ni siquiera es hábil y astutilla (como otras), sino torpe, ramplona y aburrida. Se antepone la cantidad a la calidad, como es frecuente en la "comedia a la española", sin tener en cuenta que los grandes del género, cuando no han podido reunirlas, han sacrificado siempre la primera en aras de la segunda, y así el "humor" de Paso es tosco y vulgar hasta constituir una auténtica e imperdonable provocación al buen gusto de cualquier espectador, que se ve arrastrado a sentir una dosis inimaginable de "vergüenza ajena". En cuanto al estilo, la falsedad y la actitud engañosa del realizador, son dignos de cualquier "producto Masó", pero —más difícil todavía, como dicen en los circos— aún peor si cabe.

Naturalmente, Paso se ha guardado las espaldas desde su alcázar, y así nos advierte, en su ya citado articulín, que todos le han comprendido y elogiado, salvo los dos o tres recalcitrantes que no van a ver una película, sino algo que ha hecho Alfonso Paso, "el gran enemigo de la revolución socialista, de las derechas reaccionarias, del comunismo sectario, del Opus Dei, del Gobierno, del antigobierno. En fin, el mito; esa cosa a la que se puede atacar cuando uno no se atreve a atacar lo que quiere". Pues sí, sí que nos atrevemos, por mucho que Paso se nos presente "solo ante el peligro", "solo contra todos" como un vulgar Maciste, "heroico y quijotesco", único poseedor de la verdad, "anti-TODO" que mezcla con sin par demagogia sus falsos y sus auténticos contrarios. Y el mito, si lo hay (que ya quisiera Paso), no lo tomo en cuenta, pues tengo el honor y la fortuna de no haber sufrido ninguna de sus incontables obras teatrales. Solamente he tenido la desdicha de presenciar esta película, que culmina en un fin rosa y viscoso en el que la paz (o la terrible idea de ésta que tiene Paso) y la incompletísima concepción del amor que Paso propugna vencen al odio y triunfa la armonía mientras la voz en off nos dice que hemos presenciado una "historia verdadera" y suena la musiquilla y la cancioncita dichosa que da título a esta talidomídica película. Pero ya es bastante, porque —si todo es como en esta película— hasta una vez al año ver un Paso sí hace daño. Y lo peor es que se avecina en el cine (como desde hace muchos años ha ocurrido en el teatro) a paso de carga, paso a paso, la inflación Alfonso Paso, peligro que debía ser conjurado pronto, pues su primera película, que sin duda será pronto superada, no debía ser autorizada ni siquiera exclusivamente para ciegos o "mayores de 500 dioptrías", ni para sordomudos, ni para nada que tenga que ver con el ser humano.

En unos cinco meses, Paso ha rodado esto y Vamos por la parejita, y a este paso, Paso amenaza con superar a Lazaga como máximo "ponedor" de engendros fílmicos nacionales. Para colmo, y como si las pretensiones, la falsedad, el esteticismo y la afectación de No somos ni Romeo ni Julieta no fueran suficientes, Paso nos promete, con inigualable sadismo, que en Vamos por la parejita "la técnica narrativa se ha hecho más revolucionaria, un poquito más incoherente. Los saltos de eje a veces son despiadados, pero con su motivación". Yo le rogaría que no se preocupe, que no insista, pues ya tenemos en su primera película fallos de raccord bastante alucinantes (como la carrera —en acelerado, encima— del autobús, que va de un lado a otro de Madrid sin la menor lógica geográfica) como para que, encima, pretenda "modernizar" su estilo (notemos de paso cuán sutilmente se identifica lo revolucionario con lo incoherente).

En cuanto a lo demás, me remito a las sabias palabras de Vicente Molina-Foix en el último párrafo de su crítica de Las secretarias (Nuestro Cine nº 84), haciendo mía su petición de algún tipo de medidas tendentes a evitar que se infrinja a los españoles una tortura de este calibre, en lugar de la hora y media de asueto y diversión que se le ha prometido a cambio de 40 pesetas, no por devaluadas menos contantes y sonantes, y que habrán perdido para siempre, junto a hora y media de vida y de aire (aunque sea el contaminado de Madrid).

En Nuestro Cine nº 91 (noviembre de 1969)

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