| "¡Qué grande es el cine!" (01/01/1996) |
Lo primero que aconsejaría a los espectadores, en esta ocasión, es que se olviden del reclinatorio, y que contemplen esta película sin dejarse acomplejar por su fama, su prestigio ni su apabullante esplendor formal; que se pregunten si de verdad es tan buena como se dice, y si les parece que "no es para tanto", no se inquieten, que no pasa nada: aunque pueda considerarse como una herejía o una falta de cultura, es perfectamente comprensible y aceptable. Y si, tal como parece hoy obligado, de verdad les parece maravillosa, que traten de averiguar por qué.
Yo debo decir que, aunque me gusta mucho, la encuentro sumamente irritante: me parece descortés e ineducada, ostentosa y petulante, efectista y retorcida, y hay en ella varios de los planos más horrorosamente obvios que he visto nunca. Es más, aunque me guste, tengo siempre la sensación de que, de no ser de Orson Welles, de no llegarme precedida por su fama, podría haber llegado a detestarla, y a ponerla como un ejemplo típico de debutante con ínfulas y afán de "épater les bourgeois", ya que en algunas cosas, en algunos momentos, incluso bastantes, representa lo que menos me gusta en el cine, hasta lo que más fervientemente odio encontrarme en una película.
Esto equivale a decir que dista mucho de parecerme una obra perfecta, y mucho menos "la mejor de la Historia del Cine", como desde hace décadas parece pensar una mayoría opinante: no sólo no es la obra de su autor que prefiero, ni de lejos, sino que ni la incluiría entre las diez mejores películas americanas de 1941; y del siglo de cine que hoy podemos contemplar habrá por lo menos mil que antepondría sin la menor vacilación a Citizen Kane.
Por una vez, pues, voy a quitarle a Juan Miguel Lamet su papel favorito, y voy a actuar yo como "abogado del diablo". Aclararé que, de todos modos, y como -por lo visto, aunque yo no me lo crea mucho- a todo el mundo, me gusta mucho Citizen Kane. La prueba, más allá de las palabras, es que la he visto 20 veces, cosa que no haría, por supuesto, con una película que no me gustase, por famosa que fuera, porque, anticuado como soy, no tengo un pelo de masoquista. Pero me irrita sobremanera la "beatería" que, desde hace unos 50 años, rodea al Kane, su rápida canonización como "la mejor película de la Historia", y hasta la leyenda martirológica montada en torno a la carrera de Orson Welles, no más terrible y conflictiva que la de otros, desde Stroheim a Nicholas Ray.
Como he dicho, no es, ni de lejos, la película que más me gusta de su autor. Puesto a elegir, me quedo, en primer lugar, con Campanadas a medianoche, una de esas películas que encuentro que son más grandes que su autor, seguida inmediatamente por El cuarto mandamiento y, muy poco después, por Sed de mal. Pero también me quedo, antes que con Kane, con La dama de Shanghai, con Mr. Arkadin, y casi, si se me aprieta un poco, con Macbeth, Otelo, Una historia inmortal, pues no me parecen inferiores y me "caen" más simpáticas. Para mí, Kane sólo fue la mejor película de Welles durante un año, es decir, cuando no había hecho otro largo, ya que la siguiente, El cuarto mandamiento, ha sido mi favorita hasta que hizo Campanadas. Y Kane no fue, para mi gusto, ni siquiera una de las diez mejores películas de 1941, año bastante brillante y en el prefiero con mucho Qué verde era mi valle de Ford -ganadora del Oscar con toda justicia, y no por ningún reaccionarismo de la Academia-, pero también otras varias, de Walsh, Borzage, Cukor, Preston Sturges (2 nada menos), Grémillon, Curtiz, Sternberg, Stevens, Lang, Capra, LaCava, DeMille.... Y al mismo nivel que Kane todavía encuentro ese año un segundo Ford, un Hawks, un Vidor desconocido que se dio hace poco en este mismo programa, un Powell & Pressburger y el primer Renoir americano.
Por si fuera poco, y a guisa de justificación, se le ha colgado a esta primera película de Welles una reputación de "revolucionaria" que me parece pura leyenda, un auténtico mito, y que no entiendo cómo perdura, ya que sólo la ignorancia y el olvido pueden dar pie a tal pretensión. Lo mismo que Iván el Terrible de Eisenstein, lejos de innovar lo que hace es recopilar: al ver Kane o ese film de Eisenstein, lo único que consigo hacer, si no hago un esfuerzo tremendo de abstracción, es identificar la procedencia, remota o reciente, y en general bastante ilustre, de cada plano, cada detalle, cada sombra, cada encuadre, cada movimiento, cada gesto.
En cuanto a las "novedades" que se le atribuyen, debo precisar que no se trata de que ocasionalmente y por casualidad Murnau, Dreyer o Lang, en pleno cine mudo, y a veces Griffith, Feuillade, Stroheim o hasta Edwin S. Porter en 1903, sino que en el sonoro, en los años 30, directores como Ford, Renoir y Mizoguchi utilizaban a menudo, a veces casi sistemáticamente, la profundidad de campo, aunque, eso sí, sin forzar encuadres ni composiciones, por lo cual no llama tanto la atención tal procedimiento en Hombres intrépidos ni en La regla del juego. Algunos de estos directores empleaban también tomas muy largas, e incluso construían sus películas a base de planos secuencia, y además no necesariamente fijos. Cualquier Mizoguchi sonoro y anterior a Kane valdría para probarlo.
Y también los famosos techos -techos, por lo demás, falsos, de decorado, que no de interiores reales- podrían verse, quizá, si los mencionados cineastas no sintiesen escasísima inclinación a filmar en contrapicado, cosa que se convirtió en una de las "marcas de fábrica" de Welles, y uno de los rasgos más copiados por sus imitadores superficiales.
En cuanto a la estructura narrativa, con flashbacks sucesivos que a veces se solapan y que contradicen la versión de alguna escena que se nos ha ofrecido ya antes desde otro punto de vista, no voy a entrar en la polémica montada por Pauline Kael acerca de si fue el notable guionista Herman J. Mankiewicz -el hermano más famoso pero menos inteligente de Joseph L.- quien tuvo la idea, o si fue Welles, porque para mí es evidente que el responsable absoluto de Citizen Kane, de sus virtudes y sus defectos, es su director e intérprete principal. Y, como no he visto la muy anterior The Power and the Glory, dirigida en 1933 por William K. Howard a partir de un guión de Preston Sturges ciertamente parecido en su estructura, tampoco voy a discutirle esta supuesta primicia... a la que, por lo demás, encuentro escaso mérito, ya que como recurso literario estaba archiinventado desde hacía un montón de años. De esa construcción lo único que me importa es si es la más adecuada para relatar esa historia, la más clara e intrigante para el espectador y la que permite economizar más eficazmente el tiempo narrativo; y si de lo primero tengo algunas dudas, de lo segundo las tengo todas y de lo tercero bastantes, pues ya se sabe que la fragmentación, el desorden cronológico y las repeticiones parciales contribuyen a que las películas parezcan más largas de lo que son, y eso incluso cuando no entorpecen o dificultan la cabal comprensión de lo que ocurre.
Otro "mérito" de Kane parece estribar en ser la primera película de su autor, y en lo joven que era entonces Welles. Sin contarme entre la gente que, como Noël Burch, cree supersticiosamente que la primera suele ser la mejor obra de cada cineasta, sino más bien lo contrario, ya que tiendo a considerar que los artistas, por muy listos y geniales, aprenden, llegan a dominar la técnica y depuran su estilo, y que las personas, por lo general, suelen madurar, serenarse, y hacerse más sabias y modestas -aunque no siempre sea así ni el progreso continúe indefinidamente, por lo que tampoco comparto la creencia igualmente caprichosa de que la última obra tenga que ser, por fuerza, la mejor de cada director-, lo cierto es que en la historia del cine hay bastantes "óperas primas" excelentes: aparte de Welles, se me ocurren ahora Luis Buñuel, Jean Vigo, Nicholas Ray, Joseph Losey, y un montón de ausentes de este programa, como Jean-Luc Godard, Jean Rouch, André Delvaux, Jean-Marie Straub, Arthur Penn, Manoel de Oliveira, Éric Rohmer, Alain Resnais, Jacques Rivette, Maurice Pialat, Jean Eustache, Danièle Dubroux, Jerzy Skolimowski, Víctor Erice, Alain Tanner, y paro de contar, porque son legión... En cuanto a la edad de Welles, siento decir que, suponiendo que sea una virtud, es más una película primeriza que juvenil -en muchos momentos, se diría que es la obra de un viejo amargado, o de un hombre prematuramente envejecido, obsesionado por la decadencia y la muerte-, y se olvida que muchos de los "viejos cineastas" -Ford, por ejemplo- empezaron a dirigir cuando eran aún más jóvenes que Welles. Aunque, eso sí, con menos libertad para hacer lo que se les antojase, y sin llegar a Hollywood cuando eran ya celebridades por sus actividades teatrales o radiofónicas.
Para mí, es un auténtico misterio que entusiasme tanto esta película, sobre todo, que gustase muy especialmente a quienes fueron los primeros en proclamar su genialidad. Porque puedo comprender que a quien no le guste nada, en general, el cine americano, y desdeñe los géneros, y encuentre convencional y vulgar su estilo clásico, y en cambio crea que para ser "artístico" el cine tiene que ser ambicioso y estar lleno de detalles raros y llamativos, le deslumbre una película tan barroca, recargada, retorcida, poco natural y estruendosa como Kane, que parece realizada con el propósito de demostrar que su inexperto realizador era capaz de hacer cualquier cosa. Pero que subyugue y despierte vocaciones arrebatadas entre los admiradores de, por ejemplo, Howard Hawks, la verdad, es algo que me asombra. Porque Kane representa -y no otras películas de Welles menos famosas, desde la siguiente, cuando ya no tenía que "probar" nada- la antítesis de lo que admiramos en el cine americano clásico, concepto lo bastante amplio para admitir en sus fronteras a Hitchcock y Raoul Walsh, a Ford y Hawks, a McCarey y Henry King, a King Vidor y a Borzage, a Wellman y Tod Browning, a DeMille y Chaplin, a Keaton y Capra, y en el que ciertamente ocupa un puesto destacado The Magnificent Ambersons, pero muy difícilmente cabe incluir como si tal cosa una película tan poco transparente, tan deliberadamente complicada y tenebrista, tan presuntuosa y chillona, tan llena de efectos, como Citizen Kane.
En última instancia, mucho me temo que hoy es casi imposible recuperar la sensación de sorpresa y novedad que pudo producir en 1941, o en 1945 en Europa, esta película, porque nos llega ya con su reputación a cuestas, con la abrumadora fama de ser la elegida una y otra vez, durante muchos años ya, como la mejor de la Historia del Cine.
Esto sucedía ya en 1966, cuando por fin se estrenó en España y por fin conseguí verla por primera vez. No es preciso que lo explique para imaginar la impaciencia con la que, el día de su estreno, esperé su primera sesión: por fin iba a cubrir una laguna que resultaba escandalosa, hiriente prueba de la ignorancia y del aislamiento y atraso en que vivíamos en este país; además, por fuerza tenía que ser magnífica, porque conocía ya, creo, todas las demás películas que para entonces había rodado Welles, y era Kane la que casi todo el mundo consideraba su obra maestra. Había leído páginas y páginas sobre ella; incluso, a falta de la propia película, me sabía de memoria el guión publicado por Film Ideal en Temas de Cine, y, siempre aficionado a la versión original, lo había leído también en inglés.
Debo confesar que, pese a mi admiración por Welles, a las enormes esperanzas que tenía en ella, y a pesar de tratarse de una obra indudablemente muy personal, y que proclama ostentosamente no ya su importancia sino su condición de Arte -con mayúsculas, por favor-, salí un poco decepcionado, mosqueado y desconcertado, con una mezcla de entusiasmo y contrariedad que no he dejado de experimentar cada una de las veces que he vuelto a ver la película -casi siempre, por suerte, ya en V.O.- en estos treinta años. La verdad, no me parecía para tanto, ni en su época ni dentro de la filmografía de Welles. Por mucho que descontase su influencia en el cine posterior, y el cuarto de siglo transcurrido para entonces desde su realización, y tratase de restituirla a su contexto histórico, no encontraba muchas novedades, y sí, en cambio, unas pretensiones que me resultaban antipáticas, un tono grandilocuente que me irritaba, una dosis de efectismo que me parecía inelegante, unos alardes de dominio técnico y una heteróclita pirotecnia formal que se me antojaban más propios de cualquier cinéfilo debutante y con ínfulas de grandeza que del genio del cine moderno, el Stroheim sonoro, el modelo -con Renoir y Rossellini- de la Nouvelle Vague: era un joven prodigio que mezclaba con habilidad pero sin mucho rigor Ford con el expresionismo, Hitchcock con Griffith, Murnau y Lang con Dreyer y los grandes del cine soviético mudo, los arabescos de Busby Berkeley y el naturalismo de Pagnol, todo ello revuelto más bien caprichosamente. La actitud de Welles me recordaba todo el rato -y sin la autoironía que luego adoptó en Fake, por ejemplo- a la del prestidigitador que saca de su chistera conejos, pañuelos y palomas, y que hace pausas muy medidas para cosechar los aplausos del público.
Pero he dicho, y es verdad, que Citizen Kane me gusta mucho. A pesar de todo lo enumerado, de un prestigio que me parece tan infundado como exagerado e inflado, y de que nadie parece atreverse a discrepar de tan rotundo, general y reiterado veredicto, reconozco que es una película excelente... pero como tantas otras de aquella época, no más. Algo fría quizá, desde luego mucho menos sutil y emocionante que El cuarto mandamiento, el caso es que Citizen Kane contiene, en sus casi dos horas de proyección, muchas imágenes imborrables, varios personajes memorables y algunos misterios en los que vale la pena tratar de ahondar.
No me extraña que Jorge Luis Borges, maestro en el arte de injuriar, titulase su temprana crítica de esta película (en el número 83 de la revista Sur, de agosto de 1941) "Un film abrumador", y que la empezase diciendo que "tiene por lo menos dos argumentos. El primero, de una imbecilidad casi banal, quiere sobornar el aplauso de los muy distraídos"... y es el que podemos resumir con el nombre del McGuffin más grande y hueco de la historia del cine: "Rosebud"... cuyo prestigio todavía hoy demuestra que abundan "los muy distraídos". Como persona bien leída, el otro argumento, que le parece más interesante y algo "kafkiano", y la forma de contarlo, evocan en Borges dos referencias: Chance, la excelente novela de Joseph Conrad, que data de 1914, es decir, un año antes de que Welles viniese al mundo, y el film de William K. Howard ya mencionado, que Borges califica de "hermoso". Termina Borges su breve y expeditiva reseña con una profecía: "Me atrevo a sospechar, sin embargo, que Citizen Kane perdurará como "perduran" ciertos films de Griffith o de Pudovkin, cuyo valor histórico nadie niega, pero que nadie se resigna a rever. Adolece de gigantismo, de pedantería, de tedio. No es inteligente, es genial: en el sentido más nocturno y más alemán de esta mala palabra."
Creo que Borges tenía bastante razón, aunque muchos sí nos resignemos a volver a ver, una y otra vez, Citizen Kane. Veinticinco años después, y treinta más tarde también, yo le encontraba ya un cierto tufillo museístico que es síntoma inequívoco de que una obra, por importante e influyente que pueda ser, ha perdido vigencia y frescura, ha entrado en la historia, pero no se mantiene viva y fresca. Les ocurre esto a algunas películas de los más grandes directores, a menudo las más famosas, como Intolerancia de Griffith, Juana de Arco de Dreyer, Metrópolis de Lang, el Potemkín de Eisenstein, y hasta, en medida algo menor, a El último de Murnau, La gran ilusión de Renoir, y La diligencia o El delator de Ford, mientras que la mayor parte de sus películas, incluso de esas mismas fechas o anteriores, permanecen enteramente libres de esa afección, de esa especie de enmohecimiento y apolillamiento, que tiene mucho que ver, creo yo, con las aspiraciones de novedad y las pretensiones de sus directores en el momento de realizarlas.
Por eso, desde la primera vez, mi momento favorito de Citizen Kane, el único que encuentro comparable a los mejores de los Ambersons, es uno muy breve y fugaz, que incluso puede pasar desapercibido: los contados fotogramas que preceden un fundido, en los que vemos al muy envejecido Jedediah Leland (Joseph Cotten) alejarse, tras mendigar una vez más al periodista que indaga acerca de Charles Foster Kane un puro de esos que las enfermeras no le dejan fumar. Siempre he sentido que estaba yéndose al tiempo que se desvanecía su imagen, que caminaba hacia su muerte, hacia la desaparición y la nada, hacia el olvido, o mejor, eso que ominosamente se llama en inglés oblivion, y que es un poco como la suma de la nada, el olvido y la eternidad.
Texto preparatorio para la intervención en ¡Qué grande es el cine! (1 de enero de 1996)
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